Capítulo 1
Hogar de Pony
La comida había sido sin duda alguna, exquisita, aunque, la tristeza empañaba en ocasiones las esmeraldas de la rubia.
Los extrañaba, a quién engañaba.
Extrañaba a aquellos niños, y no tan niños que alguna vez hubieron ocupado un lugar en su corazón.
Terry, Stear, Anthony.
Los había amado, a todos de una manera distinta, y puede que a uno aún lo siguiese haciendo. Porque si no ¿Qué significaban esos golpeteos acelerados que sentía en el pecho cada vez que recordaba un bello azul mirarla en el colegio? Sí… obviamente pensaba en sus ojos, y vaya ojazos los de aquel muchacho.
Un suspiro lanzado al aire, que iba seguido de añoranza.
Y Albert, ese fiel amigo que a pesar de todo y de todos, seguía ahí, como el mejor de los guardianes. Su príncipe ¿quién diría fuese su tío abuelo?
Preciso es que envuelta en hospitalidad le invitó a pasar la noche en el hogar de Pony. De buena gana el muchacho aceptó, a sabiendas que la luz del día ya era casi nula, y volver a la ciudad, casi imposible, o más bien, no recomendable.
Y ahora, sus ojos verdes y curiosos, se perdían a la distancia. Su mente jugaba con los recuerdos. Iban y venían como una obra de teatro, la cual había empezado de manera inocente, desconociendo el significado de la maldad o del sufrimiento, pues en su humildad supo vivir con una sonrisa en el rostro.
Y tras escenas y actos, se veía ahora en el hogar de Pony… otra vez.
Una obra extraña, y algo irónica, con muchos bucles y callejones sin retorno. Aunque, siempre terminaba donde mismo.
Harta de perderse en sus pensamientos, como solía hacer, se calzó con botas para andar, y tomó una capa que anudó bien a su pecho, cubriendo la bata que conservadoramente impedía que la blancura de su piel quedara expuesta al fresco de aquella noche primaveral.
Entre pasos cuidadosos e inundados de silencio, el cantar de la naturaleza la envolvió en su magia bohemia. Bajo el magnetismo del momento, dejó fluir el instinto y sus brazos se abrieron en un abrazo hacia su padre. Ese árbol al que años atrás hubo cubierto de pintura para que no se lo llevasen.
Un suspiro.
Y luego otro.
Seguido de una risa traviesa y adormilada. Pues sólo a ella se le ocurría salir a esas horas como si nada.
O al menos eso creía.
- Hola – la saludo una conocida voz masculina.
- Hola – devolvió el saludo despegando su rostro de la corteza del árbol para mirar directamente al par de ojos azules que se posaban en ella de manera inquisitiva. - ¿Qué haces de pie? – preguntó en un suave susurro – Deberías de estar durmiendo Albert, mañana regresas a la ciudad, además … – bostezó – ... la noche está fresca, podrías resfriarte, y créeme, no es para nada agradable viajar con tu nariz escurriendo y el cuerpo entero irritado por la fiebre.
- ¿Ah sí? – expresó con burla entre líneas – Ya veo, aunque … déjame decirte que no soy yo la que anda con una bata de seda y una capa desgastada, que ni siquiera se puede llamar como tal – dicho esto, alzó una ceja provocando el sonrojo de la muchacha. Se retiró la capa que portaba y la colocó con delicadeza sobre los hombros de la chica. – Listo, así está mejor.
- ¿Y que hay ti? No puedes quedarte así Albert – él levantó una mano en señal de silencio.
- No permitiré que parezcas un germen andante Candy, además podrías contagiar a los niños del hogar, y la hermana María y la señorita Pony gastarían mucho dinero en remedios y en sopas para que mejorasen. Claro que yo les apoyaría para que no les faltara nada, pero puede que incluso ellas enfermen y nadie podría cuidar de los niños ni de ti – golpeteó con un dedo la nariz respingada de la chica frente a él y prosiguió – por lo tanto, si uno de los dos debe de resfriarse, considero que no eres tú la que deba pasar por ese calvario. – comentó dramáticamente.
- Suenan razonable tus argumentos, lo admito, pero … creo que es mejor el mío, el cuál dice que ambos deberíamos de estar acurrucados en nuestras camas, descansando, y no debatiendo sobre quién debería de parecer un germen o no. Así que ¿qué le parece tío abuelo si me acompaña a dentro para resguardarnos del frío de la noche? – dijo reclamándose previamente ganadora en el pequeño debate que mantenían.
- Sus deseos son órdenes mi bella dama – hizo una reverencia exagerada que arrancó una risa de Candy, quién tomó el brazo ofrecido por el rubio.
Juntos así, ingresaron al hogar de Pony para resguardarse del frío.
.
Muy de mañana los rubios se levantaron al primer atisbo de claridad. El desayuno fue ameno, entre risas y crías corriendo de un lado a otro, rompiendo el silencio con travesuras y sonoras carcajadas. Pasadas las primeras horas de luz, el patriarca de los Andrey se despidió de su "nieta", para acompañar a George de regreso a la ciudad.
- ¿Segura que no quieres venir conmigo, pequeña? Tengo unos asuntos que arreglar, pero iría a visitarte en cuanto pudiera a Magnolia ¿qué dices? – ofreció.
- Suena tentador, pero … aún no me siento preparada para volver a la ciudad y me gustaría pasar más tiempo con los niños, la hermana María y la señorita Pony.
- Comprendo – dijo un poco decepcionado por la negativa de la rubia – si cambias de parecer, no dudes en hacérmelo saber. George vendrá por ti en cuanto pueda. ¿de acuerdo? – una mano se alzó contra su mejilla para acariciarla tiernamente. La chica asintió. – Nos vemos Candy.
- Nos vemos Albert, lindo viaje.
El joven Andrey subió su equipaje sin prisas, e incluso, se detuvo unos minutos a platicar, con George fuera del coche. Minutos, que fueron suficientes para que Candy, cambiara de opinión y como alma que lleva el diablo, empacó rápidamente su valija y se presentó resuelta a acompañar a Albert en su travesía.
- ¡Espera! ¡Voy contigo! – anunció agitada por la carrera emprendida.
- ¿Estás segura Candy? ¿No quieres pasar más días con tus madres? – preguntó el rubio para cerciorarse, aunque por dentro deseaba meterla al auto en cuanto antes.
- ¿Es que acaso no quieres que te acompañe … William? – "William", así lo llamaba y entrecerraba los párpados cada vez que trataba de ponerse sería o molestarse con el patriarca de los Andrey.
- Para nada pequeña, será todo un honor contar con tu grata presencia de regreso a Chicago. – en señal de caballerosidad, abrió la puerta trasera y con su mano y una reverencia le dio el pase a la chica hacia el interior del vehículo. – George, Candy vendrá con nosotros.
El fiel servidor, y mano derecha, sonrió resignado, pues bien era sabido por él, que William no tenía planeado marcharse sin la chica, y quien la conocía lo suficiente como para saber qué cambiaría de opinión. Con sus propios ojos y muy a su pesar, había visto a la chica llorar mientras susurraba el nombre de aquel actor que le había roto el corazón.
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Nueva York
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- Terry, mi madre quiere que nos acompañes a desayunar mañana en la mañana. Estaba pensando en que podrías usar un traje azul claro para combinarlo con mi vestido de satín, el que confeccionó la amiga de mi madre, ¿recuerdas el que te mencioné el otro día? ¿Qué te parece? – culminó su parloteo, impaciente por escuchar una afirmativa de su novio.
- Veré que puedo hacer Susana, tengo ensayo. Robert nos pidió estar puntuales en el teatro, al parecer tiene algo importante que decirnos, y tú, mejor que nadie sabes que él con el tiempo no juega. – No quería ir, definitivamente no quería ir. Su muy "querida" suegra lo exasperaba en sobremanera, y aunque no era culpa de Susanna, le molestaba compartir su espacio con aquella señora que no hacía más que mirarlo con desaprobación y sonsacarle cuanto dinero pudiera.
- Lo se pero…
- Lo siento Susy, haré lo que esté en mis manos para asistir, pero desearía que le ofrecieras mis disculpas a tu madre si no voy.- No iría, Robert había dejado claro que el día de mañana se trataría. asuntos relacionados con la nueva temporada, y su posición como actor principal, le impedía tan siquiera considerar faltar.
- Pero..
- Susana, no quiero ser grosero, pero, tengo que repasar mis líneas.
- No necesitas repasar tus líneas Terry, eres un excelente actor, puedes improvisar o ... – aquí venía de nuevo la constante alabanza de la chica hacia su persona. Esperó a que terminase, y sin voltear a verla expresó su necesidad de repasar su libreto, mientras en su voz imprimía su urgencia por estar solo.
- No es bueno confiarse Susy, en serio creo que necesito repasar mi libreto - Y dicha urgencia de soledad fue olímpicamente ignorada por la rubia de cabellos labios quién se ofreció a ayudarlo.
- Yo te ayudo…
- Gracias Susy, pero no es correcto que pases tanto tiempo en mi departamento, no es decente en una dama, deberías volver con tu madre.
Decidido a poner fin a una de las tantas visitas de la chica Marlowe, se acercó a ella, depositando un suave beso en su gran frente, quién emocionada se ilusionó con los sentimientos inexistentes del joven inglés hacía su persona.
Finalmente, haciendo uso de la poca galantería que aún conservaba para las chicas, la miró y con unas de sus tantas sonrisas que hacían temblar la única pierna que le quedaba a Susanna, la despidió.
- Te veo luego Susy ¿De acuerdo?
- ¿Mañana? – preguntó embelesada, mirando la perfección del actor frente a ella, quién negó con la cabeza, dando por sentado, su negativa a verla el día postrero.
- Adiós Susy.
Dicho esto, la acompañó fuera y esperó a que un carruaje se detuviera para poner dentro a la joven y dar las indicaciones que llevarían a la chica Marlowe de regreso a su casa.
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El viaje fue tranquilo, Candy, descansaba como piedra en el hombro de Albert, ajena a todo lo que le rodeaba. Solo era ella, y su dulce sueño. Nada más. Empero William, miraba de manera casi idílica el rostro de aquella joven de cabellos tan dorados como el oro puro.
La quería.
Y mucho.
Y podría decirse que hasta le gustaba.
Porque sí lo hacía.
Más no se le declararía, no ahora. No así. Las cosas entre ellas y el heredero al ducado inglés estaban frescas, y representaban una fibra sensible que él no estaba dispuesto a tocar, no hasta pasado un tiempo. Había aprendido, que la impaciencia no siempre traía buenas consecuencias.
"Es muy linda, nunca pensé que aquella chica de coletas graciosas fuese mi mejor amiga" pensó al mirarla.
Porque era su mejor amiga.
Pero también la quería para él.
Soltó un suspiro, que se pareció más a un gruñido, levantó su palma. Entre sus dedos tomó un rizo que paseaba travieso sobre el rostro pecoso de la dama y lo colocó tras su lóbulo para que no perturbase su sueño.
- Siempre te cuidaré Candy.
Le prometió, no sólo a la rubia en estado adormilado de inconsciencia, sino también así mismo. Se prometió cuidarla, aún si la vida se le fuere en ello.
- Pequeña, ya llegamos – una caricia en su mejilla – Candy, despierta.
- ¿Mmm? – replicó ella, sin saber dónde estaba - ¿dónde estamos Albert? – susurró entre un bostezo.
- Llegamos a Magnolia Candy, vamos, allá adentro podrías seguir durmiendo.
Otro bostezo, y un estiramiento de brazos, fue lo que necesitó para ponerse en pie y bajar del coche. Albert, tomó la modesta valija de la chica y la depositó directamente en su habitación.
Candy, aún en medio de su trance y con los ojos a medio cerrar por el sueño, se dispuso a quitarse las botas para tirarse a la cama y continuar durmiendo plácidamente. Divertido con la escena, el rubio esbozó una sonrisa y negó con la cabeza.
- Ay Candy – se acercó a ella, tomó una manta y la colocó sobre el cuerpo de la muchacha. La miró un rato, embelesado. "Hasta dormida te ves linda". Sabiendo que tenía que retirarse, irguiose para cruzar la puerta no sin antes depositar un vasto beso en la coronilla de Candy.
Bienvenidas a la nueva edición de VUELVE A MÍ.
Aclaraciones:
- La idea central es la misma.
- Escenas han sido removidas, otras parcialmente editadas, y unas cuantas más añadidas, esto para el mejor desarrollo de la historia.
Lila Venezuela, gracias por tus palabras.
Agradecimientos especiales a las que recién se nos unen y a aquellas que desde un principio se han mantenido conmigo.
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Siempre suya La Niña Del Pandero.
Muchos besos y abrazos.
