Finalmente doy un golpe seco en la madera, y espero en el exterior, pero nada sucede, lo que hace que me siente más inquieto, y esa ansiedad sea más fuerte ¿Dónde demonios está enano de Misaki? Como le haya pasado algo le mataré.
Chasqueo la lengua y me doy la vuelta pensando que realmente no es asunto mío lo que esté haciendo ese desagradecido de lengua sucia, sin embargo, por mucho que lo intento, mis piernas no se mueven de al lado de la puerta. Creo que mi cuerpo me está traicionando, y eso dibuja una sonrisa amarga en mi rostro.
Pego la oreja a la puerta y no consigo oír nada, así que rebusco en mi uniforme de Scepter 4 hasta que encuentro algo que me valga como ganzúa. Si de algo me sirvió perder el tiempo con HOMRA y ese atajo de críos fue para aprender a hacer cosas como estas, abrir cerraduras.
Tras un leve "clack" que hace crujir el metal, finalmente tengo el paso libre, procediendo a entrar en la estancia, cerrando la madera con cuidado.
No sé de qué me sorprendo cuando veo un pequeño apartamento muy desordenado, lleno de ropa por todos lados, envolturas de comida rápida tiradas por la cocina, una pila de platos en el fregadero, y su monopatín desmontado sobre la mesa, quizás porque va a cambiar los rodamientos de las ruedas.
A mi paso, una montaña de papeles que se encontraban en un imposible equilibrio ceden, provocando un gran estruendo.
-Tsk.
Maldito Misaki. Nunca crecerá ni aprenderá las leyes de la gravedad.
Me agacho y me dispongo a colocar los papeles donde estaban, cuando oigo unos pequeños pasos detrás de mí.
-¿Qué haces aquí?
La voz suena enfadada, lo cual hace que se dibuje una sonrisa en mi rostro.
Dejo caer de nuevo los documentos y me pongo en pie, erguido, dándome la vuelta con una pose altiva, que deja ver más que nunca esa diferencia de 11 centímetros entre ambos.
Sobre todo porque él está algo encogido, con mala cara, ojeras, el pelo revuelto y pálido. Pero no borro la sonrisa, aunque no dejo de pensar en si habrá tomado su leche y si ese es el motivo por el que parece tan demacrado.
-¿No te alegras de verme, Mi-sa-ki?
-Vete al infierno –dice sin mucha energía -, mono.
-La mano derecha de esa especie de rey tuyo…
-¡Más respeto para Mikoto-san!
Esta vez suena desafiante, aunque en seguida su aura rojiza y amenazante se apaga, como si estuviera cansado.
-Dijo –ignoro su mirada asesina – que estabas desaparecido últimamente…
-¿Estabas preocupado, mono estúpido? –parece divertido.
Dejo caer el peso en una de mis piernas, y cruzo los brazos. En cuanto ha dicho eso se me ha borrado la sonrisa, y ahora se asemeja a una mueca de asco, aunque apenas dura un instante.
-Quizás el pequeño Misaki se había metido en un lío –vuelvo a sonreír -, y como ya no me tiene al lado para…
-Solo estoy enfermo –me interrumpe.
Maldito Kusanagi y su forma de jugar con las palabras, hablaba del enano de lengua sucia como si estuviera triste, como si le hubiese sucedido algo grave, y solamente se encuentra resfriado.
Me planteo simplemente girarme sobre mis propios talones y largarme de allí dejándole con la palabra en la boca, pero eso sería una muestra de debilidad por mi parte. Voy a dar la impresión de haber estado preocupado.
El maldito skater se deja caer en el sofá, casi como si no tuviera fuerzas, aunque eso no suaviza su mirada de odio.
-Pareces indefenso –me relamo.
-Eso jamás –escupe sus palabras -. Solo estoy… -baja el tono -, algo cansado.
Ladeo la cabeza algo divertido, sobre todo cuando intenta aguantar un estornudo, y no puede, empezando lo que parece un pequeño ataque de estornudos que dura unos minutos.
Doy una vuelta por el pequeño lugar, situando las habitaciones, hasta que encuentro el cuarto de baño, donde cojo un rollo de papel higiénico y vuelvo al diminuto salón, donde el castaño sigue peleándose con su propio cuerpo que sigue estornudando de forma escandalosa.
-Aunque estoy disfrutando con este espectáculo lamentable… -le tiendo el rollo.
Y al mismo tiempo me está provocando una punzada fuerte, directa al centro de mi sádica alma, dándome cierta ternura y ganas de enrollarlo en una manta y cuidar de él… Como antes solíamos hacer.
-No tiene gracia apalear a un incapaz.
El pequeño me vuelve a dedicar una mirada de odio, que me atraviesa de lado a lado y me revuelve las entrañas, y acto seguido coge el papel y empieza a intentar calmar su resfriado, aunque no parece surtir mucho efecto, ya que sigue con los ojos llorosos y la nariz roja.
Sin poder evitarlo me muevo por la habitación, todavía con los ojos fijos en mi antiguo amigo, que tras combatir su enfermedad, me sigue con la mirada, sin despegar los ojos de mí, lo que casi me hace enloquecer de placer. Tengo toda su atención.
Inconscientemente mi vista se resbala como si de miel se tratara, lenta, pero inexorablemente desde su frente a sus labios, parándome en sus ojos fieros y en su pequeña nariz.
-Haz de una puta vez lo que estás pensando.
Le miro interrogante, veo como se levanta y como me agarra de la solapa de la camisa, apenas llegando a activar su aura rojiza, que despierta todos mis instintos animales.
-Eres un mal hablado.
-Y a ti te encanta –pone una mueca de asco.
Su expresión no hace más que provocarme, sobre todo cuando hace más fuerte su agarre, quedando nuestros rostros a apenas unos centímetros, y aunque sus ojos algo enrojecidos y nariz también deberían echarme hacia atrás, su mirada fiera, acaba haciendo que de un tirón salve la distancia entre ambos.
Me esperaba que se sorprendiese cuando mis labios se juntaran con los suyos, pero a pesar de sobresaltarse durante un segundo, en seguida corresponde el beso con agresividad e insolencia, mordiéndome los labios con odio, haciéndome sangrar.
Le agarro del cuello de un tirón, acercándole todo lo que las leyes de la física me permiten, devorándolo con ansiedad, esa ansiedad que me provoca estar tanto cerca de él como lejos. Más que un beso parece una batalla, sobre todo cuando me hace retroceder hasta empotrarme contra la pared en un golpe seco, sacándome un gruñido de la garganta.
No sé por qué, él enreda sus manos alrededor de mi cuello, y durante apenas unos segundos el beso se vuelve dulce, pero siempre juguetón, perdiendo ambos el sentido del tiempo y el espacio, hasta que el contacto se rompe de forma tan brusca como empezó.
-Jódete
Le miro interrogante.
-Mañana estarás tú lamentable –me vuelve a mirar con odio.
Maldito Misaki, ha hecho todo esto como una venganza, ya que no le gusta sentirse vulnerable ante mí, por eso ha tomado la delantera y ha querido pegarme el resfriado. Solamente era eso.
-Sigues siendo un crío virginal –intento provocarle.
Creo que ahora no solo sentiré esa ansiedad por verle o no, sino por volver a besarnos o no, porque ahora siento que podría tirarle encima del sofá de un tirón, arrancarle la ropa y morderle hasta doblegarlo sin piedad debajo de mí.
Este enano me hace enloquecer.
Bufo molesto cuando no responde a nada, y decido largarme finalmente de allí, encaminándome a la puerta. Él no parece querer seguir jugando, y sino no tiene gracia provocarle
-Puede.
Me giro.
-Puede que lo sea, mono estúpido –se cruza de brazos y me echa una mirada de arriba abajo llena de asco -. Pero tú no eres una mujer.
Sonrío con socarronería ante ese comentario ¿qué demonios significa eso? ¿Conmigo sí puede jugar y hablar porque soy de su mismo sexo? ¿Acaso eso debe significar algo? Maldito criajo.
-Sigamos odiándonos.
Me quedo en el marco de la puerta, titubeando durante un segundo, él se gira, pero puedo ver en sus orejas que se ha sonrojado fuertemente.
¿Por qué me suena como una declaración de amor esta frase? Al menos sé que esta guerra de ratón y gato no es unilateral, y que probablemente dure eternamente.
-Eso siempre –ronroneo -, Mi…sa…ki.
-Mono asqueroso.
-o-
¡Hola, hola! Siento mucho la tardanza pero he estado de exámenes y además no sabía cómo acabarlo, pero aquí lo tenéis, la segunda y última parte.
