Capítulo 2:

En el puente, Howard observa a un desesperado Richard Castle, que mira a un lado y después a otro, con intención de saltar a las heladas aguas. Cuando va a subirse a la balaustrada, ve como alguien cae al agua y empieza a gritar pidiendo socorro.

Castle no lo piensa, se quita el abrigo y se lanza a salvar al hombre que pide auxilio. Lo agarra y lo va llevando hasta la orilla.

Cerca de allí hay una obra. El guardia de seguridad que ha escuchado los gritos se acerca para ayudar y los lleva hasta su caseta prefabricada, donde saca unas mantas que les da para que puedan quitarse la ropa mojada y ponerla a secar. Saca también un termo de café caliente y le ofrece un vaso a cada uno. Se instalan dentro de la caseta que está bastante caldeada pues tiene la calefacción encendida.

-¿Quiere que llame a una ambulancia? – pregunta el hombre con amabilidad, sacando un teléfono móvil – ¿a los bomberos?, ¿a la policía?

-No, no hace falta – dijo Howard, que lo último que quería era más gente allí – ya nos apañamos nosotros.

-¿Cómo se cayó usted? – pegunta amablemente el guardia que se presentó como Phil.

-Yo no me he caído – responde Howard – he saltado para salvar a Richard.

-¿Cómo dice? – pregunta Castle sorprendido – ¿para salvarme?, ¿a mí?, ¿de qué tiene usted que salvarme?

-De ti mismo, no has llegado a consumar el acto.

-¿Cómo que de mí mismo? ¿Y qué es lo que no he consumado?, no entiendo absolutamente nada – dice perplejo.

-No has consumado el suicidio.

-¿Quién iba a suicidarse? – preguntó el guardia pues no tenía muy claro quien se tiró primero. Aquí no puede suicidarse uno – dijo con seguridad.

-Ni aquí, ni de dónde yo vengo.

-¿Y de dónde viene? – preguntó el guardia interesado.

-Del cielo.

-Castle y el guardia se miraron con asombro.

-Tuve que darme prisa – siguió Howard – por eso me tiré, sin pensarlo, es lo primero que se me ocurrió hacer. Estaba seguro de que si estuviera ahogándome, tú me salvarías, pero en realidad eras tú quien se ahogaba y yo quien te he salvado – dijo Howard, sonriéndose ante su propio juego de palabras.

-¡Muy gracioso! – dijo Castle, ante la sonrisa de Howard – pero sigo sin entenderlo.

-Es facilísimo – dijo Howard – yo soy la respuesta a todas las oraciones pidiendo por ti, Richard. Por eso me han mandado aquí abajo.

-Oiga, ¿Cómo sabe mi nombre?

-Sé todo lo que se refiere a ti. Te he ido viendo crecer desde que eras un niño.

-¿Cómo que me conoce desde que era un niño?, ¿Quién demonios es usted y por qué dice que me conoce? – dijo Castle muy molesto, pensando que aquel hombre con pinta de dulce ancianito era un acosador o algún tipo de loco chiflado.

-¡Huy!, no nombres a ese.

-¿Qué no nombre a quién? – preguntó Castle, que estaba cada vez más confundido.

-Al demonio, a ese – dijo Howard bajito – no es correcto que hablemos de él.

-Pero, ¿quiere decirme quien es usted y como me conoce? – preguntó Castle de nuevo, un poco asustado, aunque aquel anciano no parecía capaz de hacerle daño ni a una mosca, sabía que no podía confiar en nadie.

-Soy Howard Mortimer ASG

-ASG, ¿Qué es eso?

-Ángel de segunda clase.

El guardia que no había perdido detalle, de la extraña conversación entre aquellos dos extraños sujetos, casi se cae de la silla al oír la respuesta del anciano, y decide salir fuera, a fumarse un cigarro, les dice, por lo que pueda pasar.

-¡Este hombre ha perdido la cabeza! – dijo Castle, para sí mismo, y luego volviéndose a dirigir a él – oiga, ¿Qué ha dicho hace un momento?, ¿Por qué quería salvarme?

-Es mi misión y me han mandado para eso, porque soy tu ángel de la guarda.

-¡Si hombre!, quiere dejar de decir tonterías y decirme quien es realmente…

-Es tan absurdo que hayas querido matarte por pensar que no vas a poder ayudarla – dijo Howard sin hacer caso de lo que Castle le preguntaba – en vez de quedarte junto a ella para no perderla de vista y ayudarla si tuviese problemas, pero no, tú te desesperas y te quitas de en medio, eligiendo la peor opción.

-¿Cómo sabe usted eso? – pregunta asustado – ¿Cómo ha podido saberlo?

-Pero si te lo he dicho, soy tu ángel de la guarda, y sé todo lo que se refiere a ti.

-Desde luego si esto es cierto, tiene usted el aspecto del ángel que me merezco – dijo Castle con una triste sonrisa – Seguro que es un ángel caído, ¿no?, ¿Dónde están sus alas?

-Pero no le he dicho que soy un ángel de segunda clase – replicó Howard – eso quiere decir que aún no he ganado las alas.

-Solo me faltaba que me vieran andar por ahí con un ángel sin alas – dijo Castle tristemente.

-Es por eso que me tienes que ayudar para ganármelas.

-Por supuesto hombre, no faltaba más – dijo Castle con ironía – solo tiene que decirme que tengo que hacer y yo le ayudo sin problemas, como ya sabe quién soy, sabrá que tengo dinero, y seguro que lo que quiere es que le firme un cheque, ¿A que si? – dijo molesto – al final todo se arregla con dinero.

-No podemos aceptar dinero – dijo Howard serio – además yo no lo necesito.

-¿Pero no se quería comprar unas alas?

-Las alas no se compran se ganan, y solo necesito que me dejes ayudarte.

-¿Ayudarme?, nadie puede ayudarme. La única forma que yo tendría de evitar el desastre que va a pasar sería no habiendo metido las narices donde no debía, y eso solo hubiese podido pasar si yo no estuviera en el mundo.

-¡No hables así!, con esa actitud tan negativa, nunca podré ganarme las alas – dijo Howard – no sabes lo que has hecho, si no hubiera sido por ti…

-Si no hubiera sido por mí, mucha gente viviría mejor. Oiga señor ángel, ¿le importaría marcharse a otro sitio y dejarme tranquilo de una vez?

-¡Ah!, veo que no lo entiendes, tengo una misión…

-¡Que me deje en paz!

-¡Ay!, pero que difícil va a resultar esto, que trabajo cuesta cuando alguien no quiere dejarse ayudar.

-No necesito su ayuda – protestó Castle.

-Sí que la necesitas – aclaró Howard – estás convencido de que si te quitas la vida todo se arreglaría, ¿no?, sin pensar en tu familia, en los que te quieren.

-Les dejaría una buena pensión y se apañarían sin mí.

-Eso crees ¿verdad?, la solución fácil, es quitarse la vida, pues estas muy equivocado.

-Si, seguro que tiene razón, quizás hubiera sido mejor no haber nacido.

-¿Qué has dicho? – preguntó Howard – dilo más fuerte que no te he oído.

-He dicho que ojalá no hubiera nacido.

-¡Ohh!, no, no digas esas cosas…, tu… aunque, espera un momento, espera un momento, ¡Qué gran idea!, ¿A ti que te parece? – dijo Howard mirando al cielo – de acuerdo. Tu deseo se ha cumplido, no has venido al mundo.

-¿Cómo dice? – pregunta Castle que no lo ha entendido muy bien.

-Eso, que se ha cumplido lo que querías, no has venido al mundo, no has nacido, así que no existes, y como no has nacido no hay problemas, ni preocupaciones, ni obligaciones, ni nadie que se haya inmiscuido en la investigación sobre el asesinato de Johanna Becket. Por cierto, tu labio ya no sangra, Richard.

-Si es verdad – dice tocándose el labio – pero, ¿Qué ha pasado?, ha dejado de nevar de pronto – dice Castle mirando por la ventana – esto es muy raro, no sé qué ocurre, pero necesito un par de copas. Oiga ángel, ¿se viene a tomar algo? – dijo Castle pensando que sería mejor la compañía de aquel tipo, que estar solo.

-Jajajaja, que bueno – dice Howard por toda respuesta.

-Esperamos un poco a que se seque la ropa…

-No hay que esperar, la ropa ya está seca – interrumpe Howard.

-Vaya la calefacción calienta más de lo que yo pensaba. Anda vístase e iremos andando hasta, ¡Ah perdone! usted ira volando!

-No puedo volar, todavía no tengo alas.

-Todavía no tiene alas, claro.

Se visten y salen, agradeciéndole al guardia de la obra el que les hubiese dejado secarse en su caseta. Castle tiene intención de acercarse a "La Guarida" su taberna, que no está muy lejos de allí, para tomarse un par de copas. Realmente le hacen falta.

Cuando llegan hasta la entrada del bar, Castle mira alucinado, donde debía estar el letrero de madera con letras de bronce que ponía "La Guarida", hay un luminoso rojo con letras amarillas, anunciando una conocida franquicia de comida rápida.

-Pero, ¿Qué es esto?, ¿Dónde está "La Guarida"? – preguntaba Castle extrañado – será que el chapuzón en el agua fría, me ha afectado más de la cuenta y me he equivocado – mientras daba vueltas por la zona – pero no, aquí es donde debería estar mi taberna, pero ¿Dónde está mi taberna? – vuelve a preguntarse aturdido.

-Tú no tienes taberna, Richard – dijo Howard.

-¿Cómo que no tengo taberna?, la compré hace un par de años al terminar un caso. Oiga – dijo dirigiéndose a un transeúnte – ¿no había aquí una taberna llamada "La Guarida"?

-No sé, yo hace algún tiempo que vengo por esta zona y no recuerdo haber visto esa taberna que usted dice – dijo el hombre al que habían preguntado.

-Voy a entrar – dijo un Castle cada vez más mosqueado.

Entró al restaurante lleno de gente, tanto en las mesas, como haciendo cola para adquirir comida. Se acercó a la barra, y reconoció a Brian, que estaba allí despachando, vestido con una escandalosa camisa roja y amarilla, que formaba parte del uniforme del local. Se acercó a preguntar.

-Brian, ¿Qué es todo esto?, ¿Qué ha pasado aquí?

-Perdone señor – le contestó el camarero – debe usted ponerse en la cola para que le atiendan.

-No quiero comprar comida, solo quiero hablar contigo.

-No le conozco señor, pero ahora estoy trabajando y no puedo entretenerme en hablar con usted.

-¿Cómo que no sabes quién soy?, soy Richard Castle, el dueño de este local.

-Perdone señor, pero este local pertenece a una empresa internacional, y que yo sepa el dueño no es usted.

-Oiga – dijo uno de los clientes que guardaban la cola molesto – quiere hacer el favor de largarse, si quiere comprar algo póngase en la fila, como los demás, que llevo más de media hora esperando.

-Eso – dijeron otros clientes – deje ya de molestar.

Viendo que aquello se ponía feo y que no tenía ganas de pelea, salió fuera donde lo esperaba Howard.

-No lo entiendo – dijo Castle – ¿Qué ha pasado con "La Guarida"?

-"La Guarida" no existe Richard – dijo Howard pacientemente – cuando asesinaron a su dueño, el banco se quedó con el local, y luego lo vendió a esta cadena de restaurantes.

-Pero, ¿Cómo que no existe?, ya te he dicho que yo la compré. No entiendo nada de lo que pasa.

-A partir de ahora verás cosas mucho más extrañas – dijo Howard serio.

-Oiga – dijo Castle – ¿se encuentra bien?

-Yo perfectamente, ¿y tú?

-La verdad es que algo aturdido, ¿Tiene algún sitio donde quedarse a pasar la noche?

-No – dijo Howard – no tengo donde ir y además no tengo dinero.

-¡Vaya no me extraña que se tirase de ese puente!

-Me tiré para salvarte y poder ganarme mis alas.

En ese momento pasaba un Santa Claus que tocaba una campana pidiendo el aguinaldo.

-Parece que alguien acaba de conseguirlo – dijo Howard feliz.

-¿Cómo dice? – preguntó Castle extrañado – conseguir, ¿el qué?

-Las alas, siempre que oigas campanillas significa que un ángel se ha ganado las alas.

Castle volvió a mirar el luminoso que había donde debía estar el letrero de "La Guarida".

-No lo entiendo, aquí debería estar mi taberna – dijo Castle confundido – será mejor que vuelva a casa – dijo para sí mismo.

Echó a andar a ver si tenía suerte y encontraba un taxi, cosa bastante difícil en una noche como esa, pero no le importaba tener que caminar hasta su loft, necesitaba despejarse.

Llegó a una zona de bares y una mujer bastante maquillada y con signos evidentes de haber bebido más de la cuenta, se acercó tambaleante. No podía dejar de mirarla, no sabía por qué, pero le resultaba extrañamente familiar, cuando se acercó un poco más y pudo verla a la luz de una farola, fue cuando la reconoció, no, no podía ser, aquella mujer era su…

-¡Madre! – exclamó preocupado – ¡Madre!, ¿Qué haces aquí y que te ha pasado?

La mujer lo miró, intentando fijar la vista.

-No sé quién es usted, no le conozco – dijo con voz aguardentosa signo evidente de que había bebido bastante.

-Pero mamá – dijo sujetándola por un brazo – soy Richard, tu hijo, ¿Qué ocurre?, ¿te encuentras bien?, ¿Qué te pasa?, ¿estas bebida?

-¡Suélteme! – gritó la mujer indignada y asustada – yo no le conozco, déjeme, no sé quién es, me está haciendo daño, suélteme.

-No digas eso mamá – dijo Castle ya con lágrimas en los ojos, soltándola al ver que había gente por la calle que se quedaba mirándolos – soy Richard, soy tu hijo – volvió a repetir.

-Yo no tengo hijos, nunca he tenido hijos, ¡déjeme! – y empezó a alejarse de allí dando tumbos.

Castle no podía creer lo que veían sus ojos. Aquella era su madre, borracha, sucia y mal vestida, parecía una…, no, no quería ni siquiera pensarlo. Vio a Howard allí parado.

-¿Quién es usted? – le preguntó asustado.

-Ya te lo he dicho, soy tu ángel de la guarda.

-¿Cómo ha hecho eso?, ¿me ha drogado?

-No, claro que no.

-Entonces ¿Por qué es todo tan raro?, ¿Por qué mi madre estaba así y no me ha reconocido?

-Porque no has nacido Richard.

-Pero si no he nacido, ¿Quién soy?

-No eres nadie, no tienes identidad, no existes.

-Eso es mentira, yo soy Richard Alexander Rodgers, Richard Castle es mi nombre artístico.

-No hay ningún Richard Alexander Rodgers, ni ningún Richard Castle. No tienes ningún documento de identidad, ni carnet de conducir, nada.

-Pero soy escritor y esa mujer que acabamos de ver es mi madre.

-Si, ella es Martha Rodgers, la actriz, pero nunca ha tenido un hijo.

-¿Y qué le ha pasado?, ¿Por qué está así?, ¿Qué le han hecho? – preguntó con gran tristeza.

-Ha tenido una vida dura. Vivió una noche de amor con un hombre del que se enamoró locamente. Él se fue dejándola sola. Nunca te tuvo, nunca tuvo a nadie por quien vivir y luchar. No ha podido superar la soledad, ha trabajado como actriz en algunas obras de teatro, pero cuando llegaba a casa, estaba sola, no tenía ilusión por la vida… no estabas tú.

-Yo… – titubeó sin saber que decir.

-Has recibido un gran don Richard. La ocasión de ver como sería el mundo sin ti.

-Esto no puede ser, no es real – dijo Castle aturdido – debo estar teniendo una pesadilla. Mejor me voy a casa con mi familia.

-¿A qué casa?, ¿Y qué familia?, acabas de ver a la mujer que hubiera sido tu madre y no te reconoce. No tienes ninguna casa.

-Claro que sí, un loft en el SoHo. Sé perfectamente donde vivo – dijo echando a andar.

Anduvieron mucho rato, hasta llegar a la casa de Castle. Cuando vio el edifico a oscuras y cerrado, Howard le dijo.

-Es una galería de arte, no vive nadie.

Castle estaba cada vez más asustado y preguntó casi gritando:

-¿Y Alexis?, ¿dónde está mi hija?

-Si tú no has nacido, no pudiste tenerla. Ella tampoco existe.

-No, no puede ser, esto tiene que ser una pesadilla. Usted me ha drogado con algo estoy seguro. Tengo que encontrar a Alexis, puede estar en peligro – dijo Castle, volviendo a andar.

-¿Dónde vas ahora? – preguntó Howard.

-A la 12th. Allí estarán Kate y los chicos, ellos seguro que me ayudarán.

Vio un taxi y lo paró, dándole la dirección de la comisaría. Entró y saludó al oficial de guardia de la puerta:

-Buenas noches Will, ¿Está la detective Becket arriba?

El policía lo miró como si estuviera loco.

-¿Quién es usted?, aquí no puede entrar, a no ser que quiera denunciar algo.

-Will soy yo, Castle, ¿no te acuerdas de mí?, te he firmado libros para tu novia Emma.

-No sé quién es, y no lo he visto en mi vida, y no tengo ni idea de que conoce a mi novia, pero tiene que irse.

-Pero necesito ver a Kate Becket, yo soy…

-Ella no está ya aquí – lo interrumpió serio – será mejor que se vaya o tendré que detenerle, y no querrá pasar la nochebuena en el calabozo, ¿no?, váyase.

Castle se volvió al escuchar voces que conocía.

-Chicos, que alegría de veros, tenéis que ayudarme a encontrar a Alexis. ¿Y dónde está Kate?

-¿Quién es usted? – preguntó Esposito serio.

-¿Cómo que quien soy?, Javi soy yo, Castle, vamos hombre no me gastes bromas.

-He dicho que no le conozco.

-Vamos hombre, ¿Y tú Kevin? – dijo volviéndose a Ryan – ¿Tu tampoco me conoces?

-Pues no, no sé quién será, pero quiero saber porque conoce nuestros nombres.

-Porque trabajo con vosotros, y con Becket, soy parte del equipo.

-Mire – dijo Esposito dándole un empujón – no sé quién es, pero a Katherine Becket, no se le ocurra ni nombrarla, ¿me oye? A ella la respeta – y volvió a empujarlo de tal forma que lo tiró al suelo.

Castle se levantó e hizo intención de volver a acercarse. Esta vez fue Ryan quien le frenó.

-Será mejor que se vaya de aquí o no voy a tener más remedio que detenerle.

Dándose por fin por vencido, Castle se alejó de allí. Al dar la vuelta a la esquina se topó con Howard.

-No entiendo nada, mis amigos no me reconocen.

-Ya te he dicho que no has nacido por eso no te conocen.

-¿Y dónde está Becket? Quiero ver a Kate, ella seguro que puede ayudarme.

-Ven y cojamos otro taxi, voy a llevarte a otro sitio – dijo Howard serio – quizás esto termine de convencerte.

Lograron parar otro taxi. Howard le dio una dirección y el taxista se puso en marcha. Al parar en un semáforo, Castle se asomó por la ventanilla, pues se dio cuenta de que conocía ese lugar, aunque estaba diferente.

-¿Este no es el orfanato Saint Joseph? – preguntó al taxista.

-Hace años que ese orfanato dejó de existir.

-¿Qué pasó? – preguntó Castle asombrado.

-Un incendio. Explotó la caldera, estaba muy vieja y no había medios para repararla. Una verdadera pena, murieron muchos niños, aquello fue una auténtica tragedia, ¿no es usted de aquí?

-¿Por qué me pregunta eso? – preguntó Castle confundido.

-La tragedia del orfanato fue la noticia más comentada de toda la ciudad, por eso lo pregunto.

-Hace tiempo que no vengo por aquí – dijo Castle serio metido en sus pensamientos y sin querer dar más explicaciones.

Cuando el taxi llegó a su destino y se bajaron después de haber abonado la carrera, es cuando Castle se dio cuenta que estaban en un cementerio.

-¿Qué hacemos aquí? – le preguntó a Howard, que lo miraba con lástima – un momento, ¿Quién está aquí?

-Aquí hay varias personas a las que no pudiste salvarles la vida, al no haber nacido.

-¡Qué tontería! – dijo Castle – yo no le he salvado la vida a nadie.

-¿Ah no? – dijo Howard – ¿Y quién era ese?

Castle miró la lápida y vio escrito el nombre de Jack Mitchell, con las fechas 1968 – 1980, y un sentido "Tu madre no te olvida".

-Es Jack, mi amigo Jack, pero él no murió, le vi el otro día, estuvimos tomando un café juntos y preparando la recogida de juguetes para el orfanato. Él siempre me ayuda con eso.

-Claro que murió, Richard – dijo Howard – aquella tarde en el teatro, ¿recuerdas?, los decorados se cayeron, y una de aquellas barras de hierro lo golpeó en la cabeza. El chico murió en el acto. Fue un auténtico drama. Su madre lo pasó muy mal – siguió Howard – es también por eso que nunca pudo convertirse en bombero, así que no pudo ayudar a los niños del orfanato. Como tú tampoco estabas, nunca pudiste donar tu dinero para arreglar la caldera y nadie más lo hizo. No solo salvaste la vida de Jack esa tarde en el teatro, sino la de muchos huérfanos.

-Howard – dijo Castle – ¿Dónde está Kate?

-Es que no sé si debo… va a ser…

-Por favor Howard, necesito verla.

Todo aquello lo estaba superando, cada vez se sentía más agobiado.

-Vamos entonces.

Howard lo condujo hasta otra parte del cementerio. Y allí vio Castle, lo que nunca hubiese querido ver. Al lado de la lápida de Johanna Becket, había otra con la inscripción "Katherine Houghton Becket 1978 – 2011"

Aquello fue ya demasiado para Castle. Cayó de rodillas, llorando y acariciando la lápida.

-No, no, tu no Kate, no puedes estar muerta, no puedes estarlo, por favor, ella no, ella no… – lloraba desconsolado – ¿Cómo ocurrió?

-Porque tú no estabas allí para salvarla. Lo hiciste varias veces, por cierto – dijo Howard – Kate sufrió una gran depresión cuando murió su madre y luego, ya ejerciendo de policía, le dispararon varias veces, pero fue el tiro que le dieron en el entierro del capitán Montgomery, el que acabó con su vida.

-No lo entiendo – dijo Castle lloroso – yo no hice nada, le dispararon de todas formas.

-Sí que hiciste. La apartaste de la trayectoria de la bala. Iba directa al corazón. Esos escasos milímetros le salvaron la vida, pero como no estabas allí para apartarla, ella murió en el acto.

-Sigo sin entenderlo, si como dices no he nacido, nunca empecé a investigar en el caso de su madre, entonces esto no tendría que haber pasado.

-¡Huy que engreído! – dijo Howard – aunque tuviste algo que ver, no eres el culpable. Dick Coonan tenía que aparecer y Ranglan también la hubiese llamado. De un modo u otro, ella hubiese vuelto a la investigación, no es tuyo todo el mérito, ¿sabes? Pero eso no es todo, mira ahí – dijo Howard señalándole otra lápida al lado de la de Kate.

Castle miró, al lado de su mujer y su hija, yacía Jim Becket.

-¿Jim también?, Dios mío, ¿Pero cómo?

-No pudo superarlo – aclaró Howard – perder a su mujer le destrozó, pero perder a su hija a manos de los mismos que mataron a su mujer, sencillamente lo devastó. Volvió a beber. Una noche que conducía ebrio, se estrelló con el coche.

-Yo… no sé qué decir – murmuró un abatido Castle, que de rodillas no podía apartar la vista de la lápida de Kate.

-Es curioso, la vida de cada hombre afecta a muchas vidas, y cuando él no está deja un terrible hueco, ¿no crees? – dijo Howard con un suspiro – tu vida ha sido maravillosa, ¿no comprendes el error que sería poner fin a ella?

Castle siguió llorando, cuando levantó la cabeza para buscar a Howard este ya no estaba por allí. Empezó a correr, llegó a la puerta del cementerio, corrió por las calles, llegó a un parque, estaba agotado. Cayó de rodillas derrotado y llorando como un crío.

-Ayúdame Howard, ayúdame, quiero volver a vivir, quiero volver a vivir, devuélveme mi vida, por favor Howard, devuélvemela.

CONTINUARÁ…