CHAPTER 2- CROWLEY

Al principio se sintió desorientado. No sabía quién era ni dónde estaba. Aunque tampoco recordaba muy bien qué era. Hasta que se bajó de la cama y descubrió que tenía pies (y esas uñas necesitaban un buen recorte, oh, sí) no decidió que debía de ser, ante todo, humano. Fue a tocarse la cara y descubrió que tenía como una especie de calavera en la mano y algo en su cabeza comenzó a bullir. Voces, chillidos, risas. Dejó la quijada sobre la cama y buscó por la habitación hasta que dio con el espejo.

Vaya.

Decididamente no era humano.

Y después, todos los recuerdos entraron en tropel en su cabeza. Y era Dean y no era Dean. Era el cazador y la bestia. Era humano y a su vez no lo era.

Apretó los dientes, cogió la quijada y abrió la puerta.

-Entonces, ¿cómo se lo ha tomado el alce?

Dean frunció el ceño, pero no respondió.

Crowley conducía. Se lo había encontrado al salir del bosque, mientras pensaba si hacer autoestop con una quijada en la mano iba a resultarle provechoso. El Rey del Infierno parecía tener comunicación directa con todos ojinegros del planeta, ya fueran nuevos o decrépitamente viejos. Sonrió. Llevaba un Bentley negro. Dean miró el coche y levantó una ceja hacia Crowley, quien se encogió de hombros.

-Larga historia.

Y ahora iban hacia alguna parte. Dean no sabía dónde, tampoco quería preguntar. Realmente, no tenía ni idea de qué hacer o qué sentir.

Crowley se lo puso fácil. Paró en medio de ninguna parte en un motel famoso por su discreción y su mal ambiente y allí se registraron bajo nombres falsos.

-Para que te acostumbres – fue lo único que dijo el Rey Del Inframundo antes de dejarle emborracharse con cualquier cosa que tuviese alcohol.

De eso hacía tres meses.

Crowley estaba furioso. Sí, debía de haber un período de prueba. Sí, ahora Dean era un demonio y cojones, se suponía que era un hijo de puta, pero debía de ser SU hijo de puta y no tirarse a cualquiera en SU cama.

Los demonios eran como perros. Se gobernaban con miedo y Crowley tenía mucho de eso que darles. Se le daba bien. Y le gustaba. Tenía tantos perritos como quisiera, la mayoría de ellos fieles, ya fuera por una razón o por otra. (El resto había formado una especie de sindicato, pero Crowley se ocuparía de ellos más adelante). La cuestión era que el Infierno funcionaba así.

Dean era un perro malo. Y había decidido que el que llevara la correa fuera Crowley, al que no le gustaba nada eso de que un demonio no le obedeciese. Aunque fuera Dean. Aunque él tuviese la culpa de haber presentado a Dean a Caín y en cierto modo era responsable de la jodida marca demoníaca.

Pero, ¡él era el jodido rey del Infierno y no Dean Winchester! Así se lo haría saber.

Cuando volvió a su habitación, la chica se había ido y Dean estaba sin pantalones.

-¡¿Quieres ponerte algo, por todos los infiernos?!-Crowley sufría con eso. ¡Él había dado su maldita alma por llegar a tener algo así y el maldito Winchester lo tenía por naturaleza!

-¿Qué tripa se te ha roto ahora?- Dean le ignoró y comenzó a vestirse.

-¡Tú me pasas! ¿Cuánto llevamos aquí? ¿Cuánto llevas siendo un….lo que quiere que seas? ¡Y solo te dedicas a beber y a follar!

-Creía que ser un demonio radicaba en eso justamente.-Dean lo miró divertido mientras se abrochaba el pantalón. No llevaba nada debajo.

. .- Crowley intentaba mirar más arriba, pero sus ojos resbalaban estrepitosamente.- Quiero que nos vayamos.

-¿Para qué? Eres el Rey del Infierno –esta vez Dean se le acercó y apoyó una mano contra la pared detrás de su oreja – Seguro que podemos hacer lo que quiera que esté pensando tu diabólica mente desde aquí.

Crowley abrió y cerró la boca. Por un momento pensó que Dean podía leerle la mente. Después decidió que le estaba tomando el pelo. Cogió el brazo de Dean e intentó apartarlo para salir de la habitación.

No se movió ni un ápice.

Y pasar por debajo no era algo que fuera a hacer un rey, ¿verdad?

Miró a Dean, quien ya mostraba todos los dientes de su dentadura y volvía a tener los ojos negros.

-Aparta.

-¿Es una orden, Fergus?

.Apártate.

-¿Me lo estás ordenando?- la cara de Dean cada vez estaba más cerca.- ¿Sabes, Fergus? Creo que no estás enfadado conmigo porque me dedique a jugar a Velvet Goldmine, creo…que estás enfadado porque no juego contigo.

Ya tenía bastante y eso se estaba poniendo muy mal. Crowley pasó por debajo de su brazo.

Dean cerró la puerta con el pie y se apoyó contra ella.

Crowley apretó los dientes.

-Estúpida ardilla. Puedo desaparecer de aquí sin necesidad de puertas.

-Prueba.

Vale. ¿Por qué le decía eso? Sintiendo un mal presagio, Crowley trató de desaparecer.

Y se quedó donde estaba.

Después de unos segundos de silencio estupefacto, intentó mandar a Dean a volar por los aires y después lanzarle una bola de fuego y finalmente trató de desaparecer otra vez.

Dean seguía sonriendo.

Crowley se arrodilló rápidamente y tiró de la moqueta. No. Ahí no había ningún pentagrama. En el techo tampoco. Ni en la puerta.

Se giró y dio dos zancadas hasta Dean, agarrándolo del hombro.

-¿Qué demonios me has hecho?

-Bueno, ¿recuerdas esa noche en la que nos emborrachamos tanto? ¿Te acuerdas de la chica del pelo rojo? ¿La de los tatoos?

Crowley se quedó petrificado y empezó a palparse el cuerpo.

-¿Dónde?

-No vas a encontrarlo, Fergus.- Dean comenzó a andar hacia él. Crowley retrocedió. -¿Sabes esta tinta especial que venden para las discotecas que solo se ve con luz ultravioleta?

-¡Hijo de puta!

-Ey.

Crowley no pudo hacer nada contra la fuerza de Dean cuando lo tiró contra la cama. Ni cuando lo arrastró a la cabecera. Ni cuando usó su propio cinturón para atarlo al cabecero de la cama. Después pensó que por qué demonios no se había emborrachado antes de entrar ahí.

Pero eh, era Crowley, tenía un gran talento para mentir, ¿verdad?

-¿Sabes, Dean? Creo...creo que podemos solucionar cualquier, ejem, cosa que haya dicho que te haya hecho sentir mal… realmente, esto no es necesario y estoy seguro de que puedo darte cualquier… ¡Mhf!- Dean le había amordazado con una toalla.

-¿Cosa que desee? Lo sé. Y ahora mismo esa cosa eres tú.- Dean se quitó de nuevo los pantalones silbando. Crowley no se podía creer lo que estaba pasando.- ¿Recuerdas, Fergus, cuando te dije aquella vez que ibas a ser mi putita?- Dean sonrió de nuevo y rasgó la camisa de Crowley, arrancándole todos los botones.- Lo decía en serio.

El Rey del Infierno miró con impotencia cómo su mejor traje era rasgado por todas partes y tirado al suelo como si se lo hubiese mordido un perro rabioso y sus esperanzas de domar a Dean Winchester, cualquiera que fuese su estado, se esfumaron igual que los dólares que le había costado el traje de Armani.

El Winchester estaba ahora sentado encima de él y sujetaba sus muñecas mientras se inclinaba sobre su cabeza.

-¿Sabes que me encanta inmovilizarte? – Comenzó a acariciarle la cara con dedo- Ahora que puedo pensar con claridad, llamémoslo así, me doy cuenta de que siempre he querido tenerte así. Todas las veces que nos hemos encontrado… la vez que Sammy se quedó contigo en la Iglesia… no es que no quisiera que él hiciese las malditas pruebas –el dedo llegó a los labios amordazados de Crowley. Los ojos de Dean eran profundamente negros y brillaban- es que… quería hacértelo yo. Deseaba encadenarte y hacerte gemir – susurró contra la oreja de Crowley.- Pero por fin ha llegado el momento, ¿verdad, Fergus? Ahora nos vamos a conocer tan profundamente como querías.

Crowley lo miraba con ojos desencajados. Dean bajó la mano hasta coger sus famosos centímetros extra.

-Bueno. Veamos si tu alma valió la pena, ¿eh?

Crowley gimió.

Sam había hecho cosas terribles para encontrar a Dean. También había preguntado en todas partes, había llamado a todo el mundo…omitiendo la parte de sus ojos negros.

Pero cuando Castiel llamó para preguntar por el estado de su hermano, no pudo decirle la verdad. Joder, era su maldito ángel de la guarda, no podía decirle que aquel al que protegía se había transformado en demonio.

Así que le mintió, diciéndole únicamente que Dean había escapado y estaba en paradero desconocido.

Él, mientras tanto, se había preparado. Había cogido todas las herramientas mata-demonios que tenía en el coche y otras tantas en el refugio y se había puesto a conducir.

Era tan raro que él condujese el Impala… parpadeó y puso música. Le recibió ACDC. Frunció el ceño y cambió de emisora. Le respondió Metálica. Suspiró y pulsó por última vez la radio solo para escuchar Guns and Roses. Sacudió la cabeza y pensó que de alguna forma, Dean no se había ido del todo y escuchó durante todo el camino, las canciones preferidas de su hermano.

Después de tres semanas y unos cuarenta demonios menos, Sam estuvo a punto de perder la esperanza. Ni Dean ni Crowley aparecían por ninguna parte. El mero hecho de que estuviesen juntos, le ponía los pelos de punta. ¡Estaba con Crowley! ¡Ese maldito demonio se lo había llevado! Y él que por un momento había confiado en que Crowley se humanizara con su sangre… estaba claro que la sangre de los Winchester estaba maldita. No servía de nada.

Pero, al contrario de lo que pensase Sam, su sangre había humanizado bastante a Crowley. Mucho más de la cuenta, según el propio Rey del Infierno.

El problema básico era que ahora tenía sentimientos.

Si hubiera sido el demonio que era antes de que el puto alce le hiciera su transfusión humanizada, le habría importado una mierda que Dean lo usara toda la noche como una muñeca hinchable. Pero el caso era que dentro de él estaba resentido. Había empezado a desarrollar unos extraños pensamientos acerca de la criatura de ojos negros que lo había estado montando en todas las posturas posibles y ahora que había parado, no tenía ni idea de lo que sentía ni cuál iba a ser el siguiente paso que debía dar. Así que cuando Dean lo desató y le quitó la mordaza, Crowley se limitó a mirarle malhumorado sin decir nada.

-Vamos, Fergus, no ha sido para tanto – Dean sonreía mientras se vestía de nuevo. Sus ojos continuaban negros.- Después de todo este tiempo, por fin has conseguido, ¿cómo decías? Oh, sí. Aullar a la luna, ¿no?- sin dejar de sonreír, se dirigió hacia la puerta.

-Espera – ladró Crowley.- ¿Qué pasa con el tatuaje? ¿Dónde está?- no podía permitir a esa cosa que se fuera dejándolo así como así. Tan…tan…vulnerable. Tan…humano.

Dean levantó la comisura de los labios y por un segundo Crowley sintió que lo iba a dejar allí tirado y una ola de amargura se apoderó de él.

-Es una Hena. Se irá en 15 días. Así que tienes tooodo ese tiempo para disfrutar de tu…nueva humanidad, mi…rey. ¿Qué te parece?- Dean le guiñó un ojo a un estupefacto Crowley- Bye bye, Fergus.

Y lo dejó allí tirado en la cama.

Tras unos segundos, Crowley parpadeó un par de veces. La ira que le estaba subiendo por el cuerpo no tenía nombre. ¿Cómo se atrevía? Ese…ése maldito mortal o inmortal o lo que fuese…le había seguido la corriente, le había usado ¡y luego le había dejado tirado allí en ese motel de mierda! ¡Y con un cepo para demonios dibujado en alguna parte de su cuerpo!

Temblando de ira, miró los restos de su traje tirados por el suelo. Se agachó para alcanzar la cartera del bolsillo interior y gimió de dolor mientras maldecía a todos los Winchester de todas las épocas de ese ignominioso mundo.

Su cartera estaba vacía.

Lo mataría. En cuanto recuperara sus poderes, no importaba cómo, lo mataría.

Abrió y cerró los puños pensando. Estaba sin ropa y sin dinero en un motel alejado de todo. Y la única baza que tenía para dominar el mundo se había ido dejándole tirado y robándole todo el dinero que tenía. ¿Qué demonios iba a hacer? Si llamaba a los demonios para que lo recogieran, en su estado de debilidad, lo matarían sin dudarlo.

Dio un puñetazo a la almohada. ¡Maldito Winchester! ¿Por qué en nombre de todos los infiernos había confiado en poder trabajar mano a mano con un Winchester…?

Oh. Crowley bajó al suelo con un gemido y buscó en sus pantalones. Su móvil también había desaparecido. Así que buscó dentro del traje en el bolsillo oculto, que gracias al infierno, el cabrón del Winchester no había encontrado. Su otro móvil. Sonrió. Tenía batería. Bien.

Combate el fuego con fuego, ¿verdad?