2

Estaba sentado en un banco del jardín artificial al que le habían obligado a ir, con las manos en la cabeza y los codos en las rodillas, pensativo. Hay momentos en los que el Doctor tiene que luchar, y otros en los que tienen que pararse a pensar para resolver el dilema que siempre se le presenta delante. Y él sabía ésto. Se sabía un guerrero; así nació cuando peleó por Rose y el Planeta Tierra contra los Sycorax, perdiendo una mano que, después, supondría el fin de su última mejor amiga; Donna.

Oh, sí, había pasado grandes momentos con ellas. Recordaba las lecciones que siempre se veía obligado a enseñar a, como hubiera dicho su anterior encarnación, esos inútiles humanos deboradores de judías y patatas fritas. Sonrió al recordar cuando mandó a Rose a casa desde Satélite 5, temiendo por su vida, y ella se había sentado con su madre y su novio a comer patatas fritas, cosa que la había puesto histérica porque no podía volver, sintiéndose inútil. «Como una estúpida humana», le contaría tiempo después.

Sí, había pasado muchos tiempos difíciles, pero ahora se sentía encarcelado. Un sentimiento raro, se dio cuenta, al tratarse de un jardín cuyo aire está lleno de drogas tranquilizantes. No en la cantidad suficiente para alelarte o dejarte K.O., pero sí como para que no puedas reaccionar agresivamente.

A su lado se encontraba la mejor muestra de ello; la tal «Doctora». Había algo en ella que no acababa de conciliar. No le gustaban ni su mirada ni su escrupulosidad ante el tacto ajeno. Parecía con miedo a la respiración de los demás. «Ummm... qué íntimo...», había comentado su amiga Jabe Ceth Ceth Jafe cuando le entregó su aliento en Plataforma 1, como un regalo. Y no, no había ningún error en su nombre.

— ¿Piensas quedarte ahí toda la vida, Doctora? —preguntó con un poco de retintín.

—No. Pienso igual que tú lo haces —contestó mirando al frente, perdida en sus pensamientos.

—No creo que seas real —suspiró mosqueado, levantándose—. Mírate —la señaló con la mano y una mueca—. Las personas reales se dejan tocar, y tú sólo estás ahí... haciendo... ¡nada!

—Soy tan real como tú lo eres, Doctor —contestó ella desde su posición forzada—, pero para ti, todavía no lo soy.

—Oh, Dios, otra River Song no, por favor —gruñó, dándose la vuelta.

—¿River Song? —preguntó confundida—. Oh...

—Creo que empezaré a buscar por mi cuenta, gracias por tu no-ayuda.

—¡Al menos podrías dejar de estar tan irritado! —le recriminó levantándose—. Al fin y al cabo, ¡estamos juntos en ésto! Necesitamos colaborar para salir de aquí.

—¿Pero tú has visto ésto? —se dio la vuelta, ahora sí que enfadado del todo—. ¿No ves estas especies? —abarcó la sala con la mano—. ¡Están prisioneras! ¡Somos parte de una colección viva que sufre y padece! No puedo consentir esta aberración. Ha pasado una hora y siguen llevándoselos, y no vuelven. Tengo que averiguar qué está pasando aquí y hacer que pare de pasar, pero tú sigues ahí, tan tranquila, haciendo nada.

—Hacer nada es mejor que hacer erróneo, Doctor —contestó ella juiciosamente, dando un paso al frente—. Pronto te darás cuenta.

El Doctor bufó y se fue caminando lejos de aquella impostora. ¿TARDIS? Esa mujer no tenía una TARDIS. No podría tener una TARDIS. Igual no era una TARDIS, igual se llamaba Tardis. Podría ser, quizá fuera el nombre de su novio. Éso la reducía a otra estúpida humana.

Vamos, Doctor, pensó, un poco enfadado consigo mismo. No puedes estar tan enfadado con toda la humanidad por lo que pasó con Donna. Aunque tu yo humano aniquilara a toda una raza... nacisteis guerreros, está en vuestros genes. Quizá es una tontería...

Sacudió la cabeza y siguió rodeando la sala. No quería pensar en Donna, ni en los humanos, ni en nada. Quería salir de ahí y largarse a Teleftaia un buen rato.

Buscaba una salida, algo que le dejara escapar, pero estaba todo tan bien vigilado que dudaba poder hacerlo sin recibir un par de tiros. Y viendo el percal, no parecía que fueran a confiar en él. Aunque tampoco parecían agresivos...

—Qué raro... —se dio cuenta de repente, dando una vuelta de trescientos sesenta grados alrededor de sí mismo—. ¡No hay ningún baño!

—Tienes que pedir que te lleven a uno —le contestó una criatura a su espalda. Era un Xeron. Le reconoció en seguida, como si ya le conociera de antes, pero no estaba seguro.

—Perdona, ¿te conozco? —arrugó un poco el entrecejo—. Soy el Doctor, encantado —sonrió estrechándole la mano, a lo que él sonrió.

—¿El Doctor? No lo creo —rió—. Créeme, conocí al Doctor. ¡Un buen hombre! Nos ayudó mucho.

—¿Perdón? ¿Cómo te llamas?

—Me llamo...

El Doctor no llegó a escuchar el nombre. Un dolor penetrante atravesó su cerebro y calló de rodillas al suelo, hiperventilando, como si sus corazones hubieran decidido que era hora de una nueva encarnación, así de repente.

—¿Pueden traernos un poco de agua para nuestro amigo? —preguntó otro, y éste era un Morok. El Doctor no entendía, ¿por qué no se pegaban entre ellos? Juraría haberles visto compartir una sonrisa. ¿Y qué hacían allí? Tanto pensar le estaba dando mareos.

—Toma —la mujer pelirroja, la misma que se hacía llamar Doctora, se arrodilló frente a él y le dio de beber. El antiguo señor del tiempo comprobó su aún reticente actitud a tocar a nadie.

—Tampoco sé tu nombre —dijo tras beber, ya irritado por tantas dudas sin resolver.

—Y ya te he dicho que sólo soy Doctora. Llevadle a ése banco de ahí, se ha tenido que marear —y como dos autómatas, le llevaron. Tras éso, se despidieron y se fueron hablando tan tranquilamente.

—No es posible... —masculló, viéndoles marchar.

—Oh, sí que lo es —la Doctora contestó, sentándose a su lado—. En éste lugar todo el mundo se lleva bien.

—Ya, pero... ¿ellos? ¿Qué está pasando aquí? ¿Y quién eres tú, si puede saberse?

—Ya te lo he dicho... —suspiró frustrada—. Lo único que podemos hacer es esperar, tarde o temprano nos dejarán ir.

—¿Eres la capataz o algo?

—No, pero me consideran importante, lo más cercano a lo que están buscando, y éso es lo único que debes saber.

—¿Y qué están buscando?

—No puedo decírtelo.

—¿Por qué no?

—Eres insoportable cuando tratas de interrogar a alguien, Doctor —le atravesó con la mirada.

—Un momento, ya sé quién eres —aguantó la respiración—. ¿Donna?

—¿Qué Donna?

—¿No eres tú?

—No.

El Doctor se quedó callado y pensativo, mirándola. Sentía que todo se le escapaba de las manos. Aquella mujer era pelirroja, hablaba con un tono parecido al suyo, parecía tener conocimientos sobre la TARDIS... ¿y si era Donna, pero en otro cuerpo? Como una regeneración, pero en un humano... Tal vez había construido una TARDIS y se había escapado de la Tierra, siendo interceptada por aquellos... quienes fueran.

—¿Entonces no eres Donna? —preguntó casi esperanzado.

—No.

—Vaya —suspiró revolviéndose el pelo—. Perdona.

—Vale —suspiró ella también, con un gesto propio—. Entiendo que estés nervioso. Pero tenemos que calmarnos y mirar esto con cuidado. A nosotros no nos afectan los gases, por éso el dolor de cabeza —le dijo—. No sé qué pretenden con ésto.

—La mayoría de la gente que hay aquí la he visto alguna vez —suspiró el Doctor—, pero muy pocos me reconocen. Algunos son de... hace mucho tiempo. He cambiado —escondió el hecho de que había cambiado como nueve veces de cuerpo.

—Supongo —suspiró ella—. Entonces... ¿amigos?

El Doctor la miró con desconfianza. ¿Podía fiarse de ella? Era la única que parecía reconocerle y querer hablar con él, además de los conocimientos etc. Seguía sin darle buena espina esa mujer, pero tal vez tenerla cerca fuera de alguna utilidad. Además, ya se sabe el dicho: Ten a tus amigos cerca y a tus enemigos más. Sólo que no sabía en qué categoría ponerla.

—¿Te has fijado en que no hay baños? —sonrió el Doctor, tratando de ser amigable.

—Sí —sonrió ella—. Lo había notado.

—No es por nada, Doctor, pero no creo que éste vestido sea adecuado para ¡ésto!

—Oooooh, vamos, si es muy divertido —rió.

Llevaban media hora arrastrándose por unos conductos de ventilación. Se apostaba lo que fuera a que los guardias se estaban volviendo locos buscándoles. ¡Y no era para menos! Habían destrozado un baño sólo para entrar ahí. Ahora mismo, debían estar a cientos de kilómetros del suelo y un par de alguna sala. O igual no.

—¡Sí, muy divertido! —ironizó ella—. Pero no era mi plan, ¿sabes?

—Bah, bah —le quitó importancia—. Mira.

El Doctor había encontrado una pequeña rejilla que dejaba ver un pequeño despacho bajo ellos, al parecer se había equivocado de extremo a extremo con sus suposiciones.

En ése momento entraban dos humanos con semblante serio y preocupado, se miraban con gran intensidad, nerviosos, como si estuvieran a punto de morir. El Doctor avanzó un poco y se dio la vuelta en el tubo, así ambos podrían mirar.

—Menos mal que aquí todo es enorme —suspiró la Doctora.

Shhh —le dijo el Doctor y señaló hacia abajo.

—Oh.

—Sí, ¡oh!

«No podemos habernos equivocado, Giac, tiene que ser uno de los que hemos traído. Hemos cotejado con casi más de 50 especies diferentes que tuvieron contacto con él, ¡y sigue sin aparecer! Sabes tan bien como yo que éso no es posible»

«Pero Jack», protestó el otro. «Tal vez no hemos ajustado lo suficiente los parámetros. El Doctor que necesitamos tiene que estar por ahí, en alguna parte.»

«Jack, Giac», una tercera persona entró muy animada. «Hay dos personas que no están reaccionando al gas, ¡tienen que ser ellos!»

«¡Dos! Sólo necesitamos a uno», Jack, que era muy aprehensivo, frunció el ceño preocupado. «Tal vez el gas esté mal...»

«No, no, son ellos, ¡estoy seguro!»

«¿Y bien? ¿Dónde están?», Giac preguntó.

«Desaparecidos. Pero pronto les encontraremos. ¡Estamos salvados!» aplaudió yéndose. Los otros dos le siguieron.

—Vaya... —susurró el Doctor—. Parece que nos necesitan de verdad. Pero entonces, ¿por qué secuestrarnos en vez de pedírnoslo?

—Ni idea —se encogió la otra de hombros.

—Sigamos moviéndonos. Si encontramos la TARDIS podremos solucionar ésto.

—Estoy de acuerdo.