NA: ¡Hola! Estoy de vuelta, después de un largo periodo de exámenes primero, y un fuerte bloqueo creativo después. Juro que he intentado con todas mis fuerzas seguir la historia cuanto antes, pero cuando la inspiración se va no hay de otra, hay que esperar a que regrese :\ Esta vez ha sido el precioso comentario que una muchacha me hizo en facebook sobre LCDG lo me ha devuelto las ganas de sentarme de nuevo a escribir, renovadas y con más fuerza que nunca.
El recuento de votos quedó de la siguiente manera:
A) —¿Has pensado en abortar? —dijo de repente. Yo lo miré a los ojos, sorprendida. No podía creer que me estuviera haciendo esa pregunta. (3 votos)
B) —¿Por qué no me lo dijiste antes? —dijo de repente, y yo lo miré sin entender—. ¿Acaso pensaste ocultarme que iba a ser padre? (1 voto)
C) —No creo que pueda ser un buen padre —dijo de repente—. Y no quiero cometer los mismos errores que Lucius. (20 votos) [1 voto fuera de tiempo]
Vaya, parece que la mayoría quiere que las cosas vayan bien... Pero ya sabéis que conmigo eso es complicado, ¿no? Jajajaja, no, en serio, intentaré ser buena y adecuarme a lo que decida la mayoría... Aunque a veces tendréis que decidir entre una opción mala, otra malísima, y otra peor xD
Es broma, no me maten. Como siempre, recomiendo la canción que me inspiró para escribir este capítulo, que fue "Constellations", de Tom Odell. De ahí el nombre del cap. En la escena final me basé mucho en la letra de la canción, que para mí es realmente preciosa.
Sin más dilaciones, ¡a leer! Espero que os guste :)
Capítulo 2: Constelaciones.
Me desperté con los rayos del sol entrando en la habitación por entre las cortinas. Pestañeé un poco para adaptar mis ojos de nuevo a la claridad. Me desperecé y me giré para mirar a Draco… pero su parte de la cama estaba vacía.
Agudicé el oído, esperando escucharlo en el baño, viendo la tele, o incluso preparando el desayuno… pero el apartamento estaba completamente en silencio.
Me levanté, me puse las zapatillas y salí al pasillo.
—¿Draco? —pregunté en voz alta, pero no hubo respuesta.
Me dirigí entonces al salón, donde creía recordar que había dejado mi bolso con el móvil dentro, para llamarlo… pero al pasar por la cocina, una nota sobre la despejada y completamente limpia encimera me hizo detenerme en seco. Miré a ambos lados, asegurándome de que Draco no estaba en casa, antes de acercarme y cogerla.
"No comas nada. He salido a comprar algo para desayunar.
Volveré pronto.
DM."
No pude evitar llevarme una mano a la boca cuando me di cuenta de que se había dibujado una gran sonrisa en mi rostro.
Había vuelto.
Sí, había vuelto. Y yo era la chica más feliz por tenerlo de nuevo.
Me dirigí hacia la cafetera, la llené de agua y presioné el botón para que empezara a hacer café. Luego, abrí el frigorífico y saqué una botella de leche. Llené dos tazas a la mitad y esperé a que la cafetera terminara. Cuando por fin pitó un par de veces para avisar de que el café ya estaba listo, vertí un poco en cada taza, manchando así la leche con él.
Puse las tazas sobre sus correspondientes platos, así como una cuchara al lado de cada una, y las llevé a la mesa. Estaba volviendo sobre mis pasos para coger el azucarero cuando alguien metió la llave por la ranura de la puerta y la abrió.
Draco apareció con una bolsa de papel marrón en la mano y un paraguas en la otra.
—¿Hace frío? —pregunté divertida al percatarme de que tenía la nariz roja.
Cerró la puerta tras él mientras me dedicaba una sonrisa ladeada.
—¿Tan evidente es?
Yo reprimí la risa como pude, y él arqueó una ceja en respuesta.
—Vamos, Draco… Eres tan blanco que sé el tiempo que hace con sólo mirarte a la cara.
—Yo prefiero pensar que mi tez es nívea y delicada… algo así como la de la antigua realeza —dijo, pasando por mi lado y dirigiéndose a la cocina—. Ya sabes, cuando estar blanco y que se te vieran perfectamente las venas a través de la piel era signo de belleza. ¿Has hecho café?
Lo seguí con la mirada mientras cogía un plato y ponía encima el contenido de la bolsa.
—¿Cruasanes? —pregunté cuando me dio aquel delicioso aroma en la nariz.
Draco se giró y se apoyó en la encimera, tapando el plato con su cuerpo.
—Yo he preguntado primero —comentó, sonriendo de nuevo.
Me permití un momento para apreciar lo bonita que era su sonrisa y lo mucho que la había echado de menos, antes de contestar.
—Sí, falta llevar el azúcar.
Él volvió a girarse para coger el plato y tendérmelo.
—Sí, cruasanes. Yo llevo el azúcar.
Me quedé clavada en el suelo. Eché un fugaz vistazo al plato que tenía en la mano, y luego alcé la vista para mirar cómo abría una puerta de la cocina y cogía el pequeño azucarero. Cuando se dio la vuelta, una expresión extrañada apareció en su rostro al encontrarme todavía allí.
—¿Tienes náuseas o algo por el estilo? —preguntó, algo nervioso—. No sé qué cosas pueden comer las embarazadas que no les de fatiga o les provoque algún tipo de molest…
—No —me apresuré a decir, tratando de tranquilizarlo—. No, hoy me encuentro bien… Es sólo que… me sorprende que te acuerdes.
Él me miró a los ojos un momento antes de decir:
—¿Acordarme de que te gustaban los cruasanes rellenos de crema y con azúcar glas por encima de París? —volvió a sonreír mientras se dirigía al salón—. No me daba tiempo a ir a "Le Petit Café" de la Avenida "Joseph Bouvard", pero he encontrado una tienda donde venden cruasanes caseros muy parecidos. No creo que igualen el sabor de los de allí, pero por fuera son idénticos.
Yo suspiré profundamente antes de seguirlo. Hacía mucho tiempo que no tenía ese tipo de detalles conmigo, y ver que volvía a cuidar nuestra relación me provocó una sensación inimaginable.
—Creo que sólo hay una manera de descubrirlo —dije, sentándome a la mesa y dejando el plato en ella. Cogí uno y le di un gran bocado.
—¿Y bien? —preguntó él, removiendo su café.
Yo mastiqué un poco más antes de tragar.
—¿Y dices que no has ido a París a por los cruasanes? —dije, dándole otro mordisco.
—¿Están buenos?
—Deliciosos.
Aprovechando el desayuno francés, desayunamos recordando anécdotas de nuestro viaje de fin de curso… como cuando Goyle se atragantó con una uva, cuando otro compañero se declaró a la chica que le gustaba desde primero bajo la Torre Eiffel y ésta le rechazó, o como cuando Ginny consiguió hacerse una foto con el recepcionista guapo del hotel.
—Gracias por el detalle —comenté, pasándome una servilleta por la comisura de los labios—. Había pensado en ir a ver cositas para el bebé… Quiero hacer una lista con todo lo necesario, pero aún no he tenido tiempo —hice una pausa, en la que aproveché para mirarlo de reojo por lo que estaba a punto de decir—. Luego podríamos pasarnos por casa de mis padres para darles la noticia…
Esperaba directamente una negativa de su parte, o quizás algún que otro intento de escabullirse para no tener que enfrentarse a, sobretodo, mi madre… pero, en cambio, Draco no dijo nada. Yo levanté la vista para mirarlo. Se había escurrido un poco en la silla y miraba la pared de enfrente con las manos metidas en los bolsillos de los vaqueros, como sumido en un profundo pensamiento.
—Draco, ¿te encuentras bien?
—No creo que pueda ser un buen padre —dijo de repente—. Y no quiero cometer los mismos errores que Lucius.
—Eh…
Estiré un brazo y apoyé el dorso de la mano sobre la mesa. Él se quedó mirándola unos segundos antes de sacarse una del bolsillo y ponerla, sin ganas, sobre la mía.
—Eh… Draco, no tienes por qué cometer los mismos errores que tu padre —dije, tratando de captar su atención—. De hecho, creo que las equivocaciones de Lucius pueden servirte para saber exactamente qué es lo que no tienes que hacer. No dejes que el fantasma de tu padre nuble tus capacidades, Draco… ¿Es que no ves todo lo que has cambiado? Te has dado cuenta de que ése no era el camino que querías tomar e hiciste todo lo posible por rectificar —le apreté la mano, infundiéndole ánimo—. Éste niño va a ser muy afortunado de tenerte como padre.
—Será niña —dijo inesperadamente. Tras mirar mi cara de sorpresa, se apresuró a explicarse—. Lo he sentido.
—Pues yo creo que será niño —tercié—. Y tendrá tus ojos.
—Tendrá los tuyos —rechistó.
—De eso nada… a este bebé lo estoy haciendo yo, y será como yo diga —sentencié mientras me levantaba de la mesa y cogía mi taza y el plato vacío.
—Eso ya lo veremos —dijo él, imitándome y recogiendo su taza—. Lo que es seguro ahora mismo es que no vamos a ir a ver a tus padres… —yo me giré hacia él, dispuesta a quejarme, pero él puso un dedo de la mano libre sobre mis labios—. No hoy. Quiero invitarte a cenar fuera y me gustaría estar vivo para entonces.
—¿Dónde? —pregunté, curiosa.
—Es una sorpresa… Sólo te puedo decir que es un sitio exclusivo, así que te tendrás que poner el mismo vestido de hace un par de noches, el de la graduación.
—¿Cuántas libras va a costar esa "exclusividad"?
—No lo sé, y tampoco me importa —confesó—. Ayer me diste una gran noticia y quiero celebrarlo de algún modo.
—Podríamos ir al McDonald's…
Él arqueó una ceja, tratando de encontrar un atisbo de "estoy de broma" en mi rostro, pero yo lo decía totalmente en serio, y él se dio cuenta.
—No seas ridícula —bufó, dándome la espalda para fregar las tazas del desayuno.
—No lo soy —me quejé—. Es un antojo.
Draco giró la cabeza para mirarme sólo un segundo.
—Podemos ir mañana a la hora de la comida… Así cojo fuerzas para enfrentarme a tu madre de nuevo.
Yo sonreí, satisfecha. Me parecía un buen trato.
—¿Y qué me dices de ir a mirar cosas para el bebé?
—¿Qué tal si nos quedamos en casa y vemos una peli? —sugirió—. Hoy hace frío, ¿recuerdas? Tenemos mucho tiempo por delante para eso.
. . .
Por suerte, le pareció buena idea el ver una peli y no trató de arrastrarme fuera de casa.
El mediodía llegó pronto, y tras la comida nos sentamos en el sofá a ver una de las películas que echaban en la tele. Trataba de un ladrón de guante blanco que se enamoraba de una dependienta que doblaba camisetas en una tienda de ropa que tenía un nombre absurdo.
La película en sí me pareció bastante ridícula, pero a ella pareció gustarle.
Cuando nos quisimos dar cuenta, la luz que entraba por la ventana había empezado a ser cada vez más débil, más tenue.
—Deberíamos empezar a arreglarnos —dije al ver que el reloj de pared marcaba las siete.
—¡Me pido ducharme primero! —exclamó, poniéndose de pie de un salto y corriendo hacia el baño.
Yo me puse un traje azul marino, una de mis camisas blancas y una pajarita roja.
Ella volvió a ponerse el vestido de la otra vez, y aun así, aquella noche estaba guapísima.
Se había peinado con una coleta alta y había aceptado maquillarse un poco. Era un maquillaje muy sutil, un poco de sombra marrón por los párpados, un poco de rímel y un pintalabios rosa muy suave en los labios.
Estaba diferente, ¿tal vez había pasado a verla más madura?
No sabía el por qué, pero no dudé en cogerla de la mano y recorrer la distancia que había entre donde había aparcado y el sitio donde íbamos a cenar.
—Tenías razón —dijo ella, de repente.
—Siempre la tengo —respondí, divertido por provocar que pusiera los ojos en blanco—. Pero dime, ¿a qué te refieres esta vez?
—A que hace frío.
—Esto es Londres, Granger… Ni en verano te libras de él.
Caminamos un par de minutos más por la City de la ciudad hasta que llegamos a las puertas de "The Shard", donde un hombre vestido con un impecable traje negro nos abrió la puerta para que pudiéramos pasar.
—Tienes que estar de broma —dijo ella, entrando en el edificio con un poco de reparo.
—Cállate, no lo estropees.
Recorrimos el impresionante e inmaculado hall, de suelos de mármol y paredes de cristal, hasta llegar a uno de los ascensores, donde otro hombre uniformado nos preguntó a qué planta íbamos.
—A "Aqua Shard", por favor —dije.
El hombre apretó el botón número 31, que se coloreó de un naranja muy suave, y acto seguido se cerraron las puertas ante nosotros.
—Tienes que estar de broma —repitió.
Yo la ignoré esta vez, pasándome la mano libre por el pelo y metiéndola en el bolsillo del pantalón justo después.
El ascensor tardó unos cinco minutos en llegar a la planta en cuestión, parando muy suavemente y haciendo un "clín" un instante antes de que se abrieran las puertas.
El sitio era completamente asombroso. Del techo colgaban lámparas alargadas que proporcionaban una luz tenue que contrastaba con las mesas y las cómodas sillas acolchadas de color chocolate, y en medio de la habitación, un hombre de tez oscura tocaba una pieza en un delicado piano de cola.
Una muchacha vestida con una camisa blanca y una falda de tubo negra ajustada nos recibió detrás de un pequeño atril de madera marrón oscuro.
—Sean bienvenidos a Aqua Shard, señores —dijo con una amplia sonrisa en el rostro—. ¿Tienen reserva?
—Sí, una reserva a nombre de Hermione Granger —respondí.
Hermione giró la cabeza como si una corriente eléctrica le hubiera recorrido la espina dorsal.
—Pero yo…
—Tú eres la protagonista de la noche, Granger, cállate.
La muchacha sonrió disimuladamente mientras anotaba algo en los papeles que tenía delante y nos pedía que la siguiéramos. Nos guio por el comedor hasta una pequeña mesa cuadrada al fondo de la sala, en una de las esquinas. En la mesa había dos copas y un vaso ovalado para cada uno, así como un plato cuadrado, cubiertos de los buenos y una pequeña vela en el medio. La empleada del restaurante hizo el amago de retirarle la silla a ella para que se sentara, pero yo la detuve justo a tiempo para hacerlo yo mismo.
—Debe ser una broma —siguió diciendo.
Yo rodé los ojos.
—Sí, es una broma. Levántate que nos vamos al McDonald's.
La chica volvió a sonreír mientras nos entregaba una carta a cada uno, y acto seguido nos dijo que en unos segundos volvería alguien para tomarnos nota.
—Yo encantada —susurró ella, respondiendo a mi comentario cuando la muchacha se alejó.
Las paredes del edificio eran totalmente de cristal, por lo que fuera se podía apreciar una maravillosa vista de la ciudad. Iluminado por las luces de los edificios más altos, el río Támesis parecía realmente hermoso bajo nosotros.
—¿No puedes simplemente disfrutar de las vistas? —espeté, empezando a sentirme irritado por su actitud. Dejé la carta a un lado de la mesa y alcé los ojos para mirarla.
Ella también me miraba.
—Lo estoy haciendo…
Ambos sonreímos, y en ese preciso instante llegó un chico joven con una pequeña Tablet en la mano.
—Buenas noches, mi nombre es Taylor y seré su camarero esta noche… ¿Han decidido qué van a tomar los señores?
Yo abrí la carta por la parte de bebidas y le eché un rápido vistazo.
—¿Un buen vino para celebrar? —pregunté, mirándola.
Ella se pasó una mano por el vientre a modo de respuesta.
—Cierto, olvida eso del vino, Taylor… ¿Qué tal un refresco?
Ella hizo un mohín y negó con la cabeza.
—Agua para mí, por favor. La última vez que bebí un refresco estuve vomitando dos días seguidos.
—Agua para ambos, Taylor —sentencié.
El muchacho asintió y apuntó algo en la Tablet, avisándonos de que volvería en un momento.
—¿Cómo has conseguido mesa aquí? —preguntó ella, admirando lo bonita que se veía la ciudad desde un trigésimo primer piso—. Tengo entendido que tienen lista de espera de varios meses, y yo te lo dije ayer…
—He sobornado a esa chica para que nos colara —admití, haciendo un gesto con la cabeza hacia la muchacha que nos había recibido.
Hermione se quedó mirándome con la boca abierta, totalmente perpleja.
—Qué inocente eres… —dije, negando con la cabeza—. Un amigo de mis padres tiene uno de los cargos más altos de este negocio y consiguió hacerme un hueco cuando le llamé y le dije la noticia.
Taylor volvió a aparecer con una botella de cristal bien fría en las manos. Nos la mostró, y tras darle el visto bueno a la marca, la abrió y empezó a servirnos en los vasos ovalados.
—¿No van a tomar bebidas con algo de alcohol esta noche, señores? —preguntó muy educadamente.
—Me temo que tenemos una embarazada a la mesa, así que mejor no —respondí.
—Muchas felicidades, señora —dijo él, dejando la botella en la mesa cuando terminó de llenar mi vaso—. ¿Puedo retirar las copas entonces? Es por su comodidad.
—Por supuesto —respondió ella, sonriéndole—. Muchas gracias.
—Es mi trabajo intentar que ésta sea una velada agradable para ustedes. ¿Les doy un momento para decidir qué van a pedir o ya lo saben?
—Danos unos minutos —pedí, tomando la carta de nuevo.
—Volveré luego, entonces.
Y acto seguido volvió sobre sus pasos y volvió a dejarnos solos.
—¿No miras qué quieres cenar? —le pregunté, percatándome de que se había quedado pensativa.
—Sí, claro —respondió, tomando la carta también.
—Venga, dilo.
—¿A qué te refieres?
—Que digas lo que estás pensando.
—¿Tan evidente es? —preguntó, sonriendo levemente.
—A mí podrá notárseme la meteorología, pero tú eres tan transparente que se te notan hasta las ideas.
Volvió a sonreír, debatiéndose entre decirlo en voz alta o no.
—Es que me ha sorprendido lo que has dicho… del amigo de tus padres. Realmente nunca había pensado en el hecho de que tuvieran alguno —comentó al fin.
Yo tragué saliva y desvié la mirada hacia la carta. Seguía siendo difícil para mí hablar de ese tema, sobre todo después de haber ido por primera vez al cementerio después de que mi padre muriera.
—Me gustaría hablarte de mi madre —dije, intentando que no se me notara lo incómodo que me había puesto—. Hay algo que no te he contado —admití, algo receloso—. Pero no será esta noche.
Hermione apretó un poco los labios a modo de respuesta, y asintió sin hacer ningún otro comentario.
Pasaron unos minutos más hasta que Taylor volvió a la mesa para preguntarnos si queríamos pedir ya.
—De entrante quisiera la ensalada de la casa, por favor —dijo ella.
—Para mí la crema de guisantes y jamón —continué—. Y de plato principal me gustaría la merluza asada con salsa de zanahorias y pimienta.
—¿Qué va a tomar la señora después del entrante? —preguntó el camarero mientras terminaba de apuntar mi pedido en la Tablet.
—Pollo en su salsa con verduritas —dijo ella después de pensárselo unos segundos.
—Perfecto. ¿Me permiten que les retire las cartas?
Taylor las tomó y se marchó hacia otra mesa.
Charlamos hasta que llegaron los entrantes, y la conversación pasó entonces a alabar el trabajo de los cocineros.
Los primeros platos no tardaron en llegar una vez que nos retiraron los platos vacíos, y la comida que nuestros paladares tuvieron la suerte de saborear parecía haber sido bajada directamente del mismísimo cielo.
—Es la primera vez en mucho tiempo que no siento arcadas comiendo —comentó ella—. Qué maravilla.
Yo probé lo que ella había pedido, y ella extendió su tenedor para robar un trozo de merluza de mi plato.
La observé sonreír mientras lo masticaba, distraída a causa de las impresionantes vistas que nos brindaba aquella hermosa ciudad, sintiéndome afortunado por poder pasar aquella velada en su compañía.
Decidimos no tomar postre, Hermione por miedo a empacharse demasiado y a terminar devolviéndolo todo en el baño, y yo por solidaridad con ella. En cambio, ambos pedimos un té inglés, que nos sirvieron en tazas de porcelana con detales dorados en los bordes.
La miré rodear la taza entre sus manos, como siempre hacía, para calentarse las palmas de las manos. Luego, empezó a hablar de algo. No era nada relacionado con su embarazo, ni con sus padres, ni conmigo. Era algo sólo y exclusivamente sobre ella. Recordé que yo ya sabía de lo que hablaba, pero dejé que siguiera contándomelo y me dediqué a admirar la forma en la que sus labios se movían. A veces se tornaban en una tímida sonrisa, otras se fruncían levemente mientras trataba de recordar algún otro hecho pasado que quisiera contarme.
También conocía aquellos otros.
Una pregunta pasó rápidamente por mi mente, haciendo que sintiera una punzada en la boca del estómago al considerarla de verdad…
Porque aquella era una conversación normal y corriente que podría haber tenido, en cualquier momento, con cualquier hombre dispuesto a escucharla. Y yo tenía la sensación de que no escasearían. Por eso… ¿Qué hubiera pasado si en ese preciso momento hubiera sido otra persona la que hubiera tenido la suerte de sentarse a su lado para escuchar sus desvaríos y sus pensamientos? ¿Qué hubiera ocurrido si aquel bebé nunca hubiera existido? Seguramente ella hubiera estado cenando con otro, intentando retomar su vida después de lo mal que habría acabado nuestra relación.
Tragué saliva, incómodo. Me sentía idiota, estúpido. Sin duda, lo había sido. Pero… ¿Hasta qué punto me merecía yo invitarla a cenar? Después de todo, ¿por qué había optado por perdonarme y hacer como si nada hubiera pasado? Ahora me daba cuenta del daño causado. Había sido tanto, innecesario, doloroso… Y, sin embargo, ella seguía frente a mí, contándome no sé qué cosa de sus notas en el instituto.
El hombre del piano tocaba en ese momento una lenta melodía en el piano, una profunda, no demasiado complicada, pero intensa y hermosa a la vez. Yo miré disimuladamente a la gente que nos rodeaba. Parecía que ninguno prestaba demasiada atención a la música, y daba la impresión de que la pieza que tocaba estaba de más en aquel momento… pero yo sabía que no, que ese hombre sentía cada nota recorrer sus venas y llegarle al corazón… como lo estaba haciendo conmigo. Porque si dejaba de tocar, estaba seguro de que las conversaciones pararían de repente, de que las miradas que se dedicaban los enamorados se extrañarían, de que la comida no sabría igual después del silencio. Por eso, esa melodía estaba significando tanto para todos en aquel momento. Tal vez inspirara al hombre que cenaba solo en la otra esquina de la habitación a seguir con su novela, o animara a aquel otro hombre a estirar la mano sobre la mesa para estrechar la de su hija, y así poner fin a aquella estúpida disputa que tenía a ambos en vilo.
Yo volví a fijar mis ojos en ella, que hablaba distraída mientras movía el té con la cucharilla para que se enfriara un poco. En aquel momento, ya no sabía de lo que hablaba, pero estaba seguro de que tendríamos mucha vida por delante para que me lo volviera a repetir.
Estiré un brazo para tocar su rostro. Ella alzó la mirada, sorprendida, y dejó de hablar al instante. Yo coloreé un poco sus mejillas al acariciarlas con mi dedo pulgar, provocando que la sangre fluyera bajo ella y se mezclara con las pecas bajo sus castaños ojos.
—Todavía no te he pedido perdón —susurré.
Ella abrió la boca, tratando de decir algo, pero volvió a cerrarla cuando se dio cuenta de que tenía poco más que decir. En sus ojos empezaron a agolparse unas cuantas lágrimas que los hicieron brillar a la luz de las velas sobre la mesa.
—Lo siento, Hermione —dije, desplazando con el pulgar una de ellas, que había logrado escapar de sus ojos—. No sabes cuánto.
Ella se mordió el labio inferior y apartó la vista de mí un momento. Estaba seguro de que su reacción se debía a que no había esperado una disculpa formal por mi parte. Yo tampoco había planeado disculparme.
De repente, todas las personas que nos rodeaban desaparecieron. Ahora, aquella melodía empezaba a significar un poco más para nosotros. Estaba seguro de que también se había colado en su interior y llegado a su corazón. ¿Cómo una simple pieza de piano podía hacernos sentir tanto sin previo aviso? Yo nunca había sido un gran amante de la música, pero aquel hombre negro había logrado que me replanteara varias cosas.
Cuando ella volvió a mirarme, yo me había entretenido en contar las estrellas que había fuera, sobre su cabeza. Era la misma vieja constelación de, seguramente, millones de años. Sin embargo, era totalmente nueva para mí.
Todas aquellas estrellas en el cielo, junto con la melodía a la que de repente me había urgido ponerle letra en mi cabeza, me habían proporcionado una sensación un tanto extraña…
Había estado muy asustado durante mucho tiempo. Había intentado actuar y aparentar que era fuerte, pero ahora sentía todo aquel daño en la boca del estómago. Y entonces supe que sería diferente aquella vez.
Porque lo sabía todo sobre ella, porque me gustaba simplemente por cómo era, con sus tantas virtudes y sus molestos defectos.
Porque ese bebé fue la causa de esta última oportunidad. Porque no quería que fuera en vano.
Porque podría dejar que Hermione besara mis labios por el resto de la eternidad para que nunca más se volvieran a secar.
A) —Hermione, eres mi hija y te quiero más de lo que puedas imaginar —dijo su madre, acercándose a ella y tomándola por los hombros—. Por eso quiero que sepas que te apoyaré en la decisión que tomes, y que siempre tendrás la ayuda de tus padres en todo momento... pero en cuanto a él —hizo una pausa, en la que se giró para mirarme—, él tendrá que demostrar muchas cosas antes de que considere volver a recibirlo en mi casa.
B) —Hermione... no sé qué decirte —dijo su madre, dejándose caer en una de las sillas de la cocina—. Siempre te dimos libertad porque pensamos que eras responsable... pero esto me hace ver que nos equivocamos al respecto.
C) —Hermione, no puedes estar hablando en serio —dijo su madre, echándose las manos a la cabeza—. Dime que no vas a tener a ese bebé.
Recuerdo que sólo contaré un voto por persona, el primero que se deje, ya que hubo alguien que votó dos veces.
Tenéis hasta el día 18 a las 18:00 para votar, hora española.
Y recordad, que compartáis vuestras impresiones sobre el fic me ayuda a sentirme inspirada (aparte de ponerme muy feliz, jeje)
Muchas gracias, de verdad, a todos los que dedican un momento a redactar un review.
Muchos besos.
Cristy.
