II.
ADVERTENCIA: Lenguaje soez, lime y temas religiosos. Se recomienda discreción.
A la orden de Zafiro, los soldados se desplegaron, persiguiendo a la rubia sacerdotisa que se había perdido entre la gente.
Diamante tomó su caballo y también salió en pos de la chica. Se sentía burlado. Pero como diera lugar la atraparía y lograría su cometido.
Selene corrió entre la multitud, quien no comprendía lo que pasaba, pero al distinguirla como una sacerdotisa, la ayudaba a protegerse de los hombres que ya le pisaban los talones. Tenían la esperanza que ella terminara con esa masacre que Galaxia comenzara años atrás.
Pronto, llegó a una iglesia, donde y a pesar que su idiosincrasia era muy distinta a la que se predicaba en aquel templo, no dudó ni un segundo en entrar. Estaba cansada, agitada y asustada. Aún no comprendía en qué momento se le había ocurrido enfrentar a ese hombre.
La muchacha cayó de hinojos, mientras gruesas lágrimas corrían por sus mejillas.
- Diosa Selene, ayúdame.
En ese instante, escuchó unos pasos que se dirigían hacia ella. Rápidamente, la chica volteó, tan solo viendo la blanca sotana arrastrándose por el piso.
- Hija, ¿estás bien? - el hombre se agachó, tomándola por los hombros
- Yo… creo que no debería estar aquí – la muchacha se incorporó.
- Tranquila. Ésta es la casa de Dios y todos son bienvenidos.
- Pero…
En ese instante, la puerta de la iglesia se abrió violentamente, dando paso a Diamante, Zafiro y un grupo de hombres.
- ¡Padre Jadeite aléjese de esa mujer del demonio! – gritó el platinado, señalándola con índice de fuego.
- ¿Pero qué está pasando aquí? – el sacerdote no comprendía
- Padre, entréguenos a esa sacerdotisa que promulga el paganismo y la herejía sobre la Verdadera Fe – dijo el joven pelinegro, evidentemente excitado.
- Debemos purificar y convertir, promulgando la Verdadera Fe – reafirmó Diamante.
- ¡Por el amor de Dios! Aquí todos son bienvenidos y esta joven está buscando un refugio. No pueden tocarla mientras esté en la Casa de Dios.
- Pero padre, ¡es una sacerdotisa! ¡Le rinde culto a Selene! – el platinado estaba exaltado
- Yo solo veo una jovencita que está siendo mancillada por ustedes, que ningún daño le hace a nadie con sus creencias. Y ahora, ¡fuera de aquí! Esta muchacha está bajo asilo.
El padre acompañó a los hombres hasta la puerta, quienes, de mala gana, tuvieron que regresar sobre sus pasos. Sin embargo, nadie se percató que Diamante se escurrió entre los pilares, y una vez que el padre se distrajo con sus hombres, tomó a la chica por detrás, inmovilizándola.
- Si crees que te vas a librar tan fácilmente de mí, te equivocas – le susurró fríamente al oído.
- Suéltame – la chica forcejeó.
El hombre no pudo evitar deleitarse con el fino talle de la muchacha, y aspirar el suave olor a dulzón que emanaba de su cabello.
- No puedo imaginar a tan hermosa criatura condenada en lo más profundo de los avernos…- Diamante repegó su nariz al femenino cuello, inhalando el suave aroma, sintiendo como la opresión dentro de su pantalón se hacía dolorosa.
- ¿Qué haces? – ella movió la cabeza, intentado alejarse del contacto
Sin decir nada, el platinado la hizo girar sobre sí misma, quedando la chica frente a él y tomándola por los brazos. En ese instante, su pecho comenzaba a subir y bajar, agitado, ante la aurea e inmaculada belleza de la rubia. Se perdió en los hermosos ojos color azul cielo que lo miraban entre enojo y miedo, la respingona y pequeña naricilla y los carnosos y rosados labios que se antojaban exquisitos…
Diamante tragó saliva, aumentando la fuerza de su agarre. En ese momento comprendió que la deseaba como nunca había deseado a mujer alguna.
- Solo imagino lo bien que te quedaría una soga alrededor de tan hermoso cuello.
De un brusco movimiento, la sacerdotisa se soltó, alejándose unos pasos.
- Sé lo que te imaginas, y aun así pregonas la fe… me das asco - ella lo miró con el ceño adusto.
- Típico de las embusteras como tu, tentando a los hombres a sucumbir ante el pecado de la carne. Escúchame bien, sacerdotisa, no puedo hacerte nada aquí porque Dios es misericordioso y no sé cómo, te ha acogido bajo su amparo, pero pon un pie fuera y te juro, te juro por los ejércitos celestiales que voy a atraparte y yo mismo me encargaré de prenderle fuego a la leña que estará a tus pies.
Y dicho esto, el platinado agitó su capa y dio media vuelta, dirigiéndose hacia la puerta del lugar.
A partir de ese momento, el desasosiego se había apoderado de la razón y el corazón del joven juez. Confundido, su espíritu sufría y se corrompía ante los pensamientos pecaminosos que Selene había despertado en él, haciéndolo desearla cada vez más y sintiéndose avergonzado por ello.
Él había hecho un juramento, renunciando a los placeres terrenales para servirles a la Única Iglesia y a su amada Emperatriz, siendo un hombre de fe y ahora, el demonio se le había presentado en formas de mujer, internándose en sus sueños, alimentando sus más oscuros deseos.
Al paso de los días, la encarnizada batalla de Diamante con sus demonios se acrecentaba, y su obsesión por capturar a la hechicera causante de todos sus males se volvía desquiciante. Por alguna extraña razón, había escapado de la iglesia y ahora se encontraba prófuga, mientras las otras sacerdotisas eran torturadas, haciéndolas pagar el precio de su frustración.
Zafiro era silencioso testigo del sufrimiento de su hermano, no entendiendo como había podido ser tan débil y caer ante el embrujo de la ramera rubia. El pelinegro odiaba a la muchacha y pedía con todas sus fuerzas ser él quien la encontrara y poder arrancarle la cabeza de un solo tajo, para llevársela en una bandeja de plata a su afligido hermano que enfrentaba la dura prueba de la carne.
La sacerdotisa había logrado escapar con ayuda del Padre Jadeite, quien no estaba de acuerdo en la forma que tenía de evangelizar la Emperatriz Galaxia, pero tampoco podía hacer algo al respecto.
Por ello, había ayudado a la chica y ahora, ella recorría por las noches los pequeños poblados, ayudada por los buenos ciudadanos, tratando de salvar su existencia y poder hacer algo que evitara tanta masacre.
Sin embargo, los hombres del Príncipe ya estaban tras su pista. Pronto se enteraron que se encontraba en un poblado cercano a la Gran Ciudad, y el platinado juez ordenó sitiarlo y revisar casa por casa hasta que la capturaran, y a esa tarea se dieron los hombres.
~o~
Una noche, Diamante despertó agitado y bañado en sudor. Había sido víctima de una de esas habituales pesadillas que lo perseguían desde que clavara su mirada en los endemoniados ojos azul cielo.
Se sentó en la orilla de la cama, limpiando el sudor de su frente. Su miembro palpitaba, clamando ser saciado.
Tentado estuvo en autosatisfacerse, evocando las imágenes de su sueño en donde, espléndida en su mórbida desnudes, la hermosa sacerdotisa de Selene se colaba en su lecho, deslizando su cuerpo sobre el suyo mientras él le tomaba las firmes caderas, entrando lentamente en ella, haciéndola gemir de placer.
El joven juez movió la cabeza, alejando esos pensamientos pecaminosos; tomó el vaso que se encontraba junto a su buró, se sirvió un poco de agua fresca y bebió con avidez. Tenía la garganta seca.
Giró su rostro hacia la vacilante veladora que con su macilenta luz iluminaba la habitación, proyectando sombras extrañas en la pared.
Desechó la idea de la autosatisfacción y se dirigió hacia el pequeño nicho que estaba en su alcoba, donde la imagen de María lo miraba, misericordiosa.
Tomó su rosario de cuentas de cristal oscuro y se hincó frente a la imagen, pasando entre sus dedos las pequeñas esferas.
- Beata María, tu sabes que hombre recto soy, que orgulloso lucho contra el mal – el platinado comenzó a rezar, desesperado – Beata María, tu sabes que muy puro soy, no como el vulgo débil y banal…
La plegaría del hombre se hizo desesperada, mientras gruesas lágrimas corrían por sus mejillas.
- Entonces María, di por qué la veo y sus ojos como llamas son – el hombre alzó la mirada hacia la imagen – la veo, la siento, su pelo rubio como el sol me quema y asi pierdo la razón…¡Cual fuego de infierno me quema el corazón, impuro deseo, maldita tentación!
Diamante se llevó las manos al rostro, cubriéndolo, para después reanudar su plegaria.
- Protégeme María, de este su hechizo cruel, sino su fuego a matarme va, ¡destruye a Selene, que pruebe el fuego de Luzbel o deja que sea mía y mía será!
En ese instante, la puerta de la habitación se abrió lentamente, dando paso al joven pelinegro.
- Hermano, ¿estás bien? – Zafiro lucía preocupado
- Sí – respondió el príncipe, pasando una mano sobre su cabello ahora despeinado - ¿qué pasa, Zafiro? - preguntó algo molesto
- La sacerdotisa escapó – soltó sin más.
- ¿Qué? ¿Pero cómo? ¿No tenían sitiado Elysion?
- Si pero… - el muchacho se llevó la mano a los labios – algo no salió bien.
- Bueno, no importa, la encontraré así tenga que quemar toda la ciudad – dijo, en una febril euforia.
Zafiro no dijo nada, simplemente apretó los puños ante la obsesión de su hermano por esa mujer. Miró la imagen santa, se persigno y salió de la habitación, cerrando lentamente la puerta mientras Diamante volvía a sus oraciones y plegarias.
- Hay fuego de infierno, sacerdotisa escogerás o a mí o a la hoguera, se mía o ¡arderas! – sentenció el desdichado prelado.
~o~
Diamante se había vuelto más duro y obsesivo en la búsqueda de Selene. Él mismo había decidido ir en persona, amenazando y haciendo uso de su poder para sacarle información a la gente mientras en el calabozo, torturaba a las pobres sacerdotisas tratando de sacarles alguna palabra que lo llevara directo hacia la rubia mujer causante de su perdición.
- ¡No se la pudo haber tragado la tierra! – espetó, golpeando la mesa, asustando a Zafiro – cuando la tenga entre mis manos juro que… - no terminó la frase, porque sabía perfectamente lo que quería hacerle, que no era precisamente quemarla en leña verde.
En ese instante, uno de los generales de su ejército entró en aquella sala del Palacio Imperial.
- Príncipe, Ministro – el hombre hizo una leve reverencia – capturamos a la sacerdotisa.
Al escuchar aquella noticia, Diamante y Zafiro abrieron mucho los ojos.
- ¿¡Cómo!? ¿Dónde está? – preguntó el prelado
- En el calabozo del Palacio de Justicia, Señor.
Los hermanos se miraron entre sí y rápidamente abandonaron la sala para dirigirse hacia el palacio.
~o~
Diamante abrió poco a poco la puerta de la celda, colocando la antorcha en la pared y cerrando la puerta tras de sí.
Ahí la divisó, agazapada en uno de los rincones. Tenía el largo cabello rubio enmarañado, el vestido hecho jirones y el rostro sucio. Sin embargo, eso en nada le restaba belleza.
El platinado se acercó lentamente, llenándose las pupilas de ella.
- Mira nada más – dijo, sardónico – creo que tu diosa te ha desamparado.
La chica ni siquiera lo volteó a ver. Simplemente se abrazó las piernas, repegándose contra la pared.
El hombre llegó hasta ella, agachándose. Estiró una mano y suavemente la tomó de la barbilla, haciéndola que lo encarara.
- Una hermosa chiquilla como tu no debería de estar en un lugar como este – Diamante le apartó algunas hebras de cabello que caían sobre su rostro – tu debes estar entre sábanas de seda.
Sin poder evitarlo, deslizó los dedos sobre los femeninos labios, al tiempo que se mordía el labio inferior. Se le antojaba hermosa y perfecta, ingenua y virginal.
- Déjame en paz – por fin habló la rubia.
- Sabes cuáles son los cargos que se te imputan, ¿verdad?
- No he cometido ningún crimen
- Tu crimen es el promulgar el culto a los dioses paganos que no existe. Eras la única sacerdotisa que faltaba y ahora las tengo a las cinco.
- ¿Cinco? ¿Estan vivas? ¿Y Urano y Neptune? – la muchacha preguntó esperanzada
- Ese par de rameras fueron las primeras en morir, sin embargo, las otras aun estan vivas, y todo depende de ti, mi querida sacerdotisa…
- No entiendo – la rubia lo miraba ceñuda
- Yo puedo salvarte, yo soy el camino – dijo el hombre, tocándose el pecho – escógeme y te otorgaré el perdón eterno, salvaras tu alma y la de tus amigas y las rescatarás de las garras de la muerte.
- ¿Y si no qué? – la muchacha preguntó desafiante
- Las verás morir de la peor manera, y luego morirás.
- Jamás te escogería, cerdo – Selene le respondió entre dientes.
En ese instante, los gritos de dolor y sufrimiento de sus amigas llegaron hasta la celda, preocupando a la chica.
Diamante mostró una sarcástica sonrisa, incorporándose.
- Piensa bien las cosas, Selene. En tus manos están no solo cuatro vidas, sino la vida de todos sus seguidores. Escógeme y yo les daré el indulto debido, y no solo eso, te libraré de la condena eterna, así que tú sabes.
El hombre se incorporó, agitó su capa y salió del lugar, dejando a la chica en la penumbra total.
Una vez sola, Selene sacó toda la tensión en un llanto nervioso, sintiéndose acorralada. No solo se trataba de su vida, sino que estaba en juego la vida de sus amigas y la de cientos de personas, y ella las tenía en sus manos. Ella podía decidir si vivían y morían.
Limpiándose las lágrimas, alzó el rostro hacia la ventana ojival del calabozo por donde se colaba la luz de la luna llena.
- Diosa Selene, ayúdame por favor. Ayúdame a decidir lo que tengo que hacer – rezó, casi en un débil susurro.
Qué tal Bombones! Pues ya estamos a la mitad de este three shot que espero les esté gustando, y al paso que voy, como que ya me estoy ganando mi pase directo al infierno xD
Diamante ya tiene en su poder a nuestra pobre Selene, y le ha dado a escoger, ¿qué creen que haga ella? ¿Aceptará intercambiar deseos carnales por su vida y la de sus amigas?
Quiero un rosario negro como el de Diamante! Me lo imagino y ha de ser precioso. En cuanto vea uno lo compraré jeje
Invitado Misterioso: Que bueno que te ha gustado! Si, esa es la idea, todo un mix de épocas jaja entre la griega, la medieval y un poquito de los años 1700. Gracias por leerme y por tu review!
Me despido, recuerden pasar por la página en FB, que compartimos cosillas bien chéveres y no olviden pasar por nuestro grupo, Constelación Estelar! Nos leemos pronto, que tengan excelente domingo, besos estelares!
