CAPÍTULO 2
AQUEL QUE PROTEJE
Con cada paso que daba, los macarras estaban más asustados, tanto que les temblaban las piernas y las notaban tan débiles como flanes, no pudiendo evitar caerse al suelo.
Si el haberlo visto por televisión dejar KO a un luchador de sumo como si nada les impresionó hasta el tal punto de tener miedo de toparse con ese chico de catorce años, ahora el haber visto como tumbaba a sus dos compañeros como si nada había terminado de acojonarlos. Por no mencionar que habían golpeado su hermano pequeño sin piedad alguna, a pesar de ser un crío.
- Bueno, ¿quién de vosotros será el primero? – Preguntó, chocando de nuevo sus puños, gesto que asustó aún más a los macarras.
Ninguno de los tres estaba dispuesto a enfrentarse a un tipo que había derrotado a sus dos compañeros, que eran más fuertes que ellos tres juntos, ni en broma. Pero este si que parecía dispuesto a enfrentarse a ellos tres sin ninguna piedad.
- ¿Se puede saber qué ocurre aquí? – Resonó una voz grave desde la entrada del colegio.
El ambiente de alegría y entusiasmo de los niños, al ver como ese recién llegado se había deshecho de los macarras, se volvió una atmósfera pesada. La aparición de una silueta gigante, de casi dos metros de altura, hizo enmudecer a todos los que estaban animando a Kenji a darle una lección a los macarras.
Kenji observó al recién llegado, sin mucho interés; a su lado parecería un gigante de casi dos metros, cabeza totalmente calva y un cuerpo tan musculoso que casi parecía exagerado, únicamente cubierto por una gabardina blanca. Sus ojos eran violentos, sin duda, podía notarlo sin problemas cuando sus miradas se cruzaron. Pero no eran para nada los más violentos que había visto en su corta vida.
- ¿Se puede saber por qué tardáis tanto vosotros tres? – Preguntó el calvo a los tres macarras, que al oír su voz grave se pusieron de inmediato en pie.
- ¡S-S-Saikoru-sama! – Exclamaron los tres.
El que parecía ser su líder, se acercó a ellos, y casi cuando estuvo frente a sus subordinados, estos cayeron al suelo, como empujados por una fuerza invisible. Algunos niños se sorprendieron e incluso se asustaron, pero Kenji se mantuvo impasible, hasta sonrió un poco.
- Hace media hora que tendríais que haber vuelto, ¿qué os ha hecho retrasaros así?
- L-L-Lo sentimos, Saikoru-sama – se disculpó el de la mascarilla – P-P-Pero es que ese chaval de allí nos ha estado dando problemas – le señaló hacía Kenji.
Saikoru miró al chico con suma atención. No parecía nada del otro mundo; estaba en los huesos, aunque se podía ver algo de músculo levemente, era mucho más bajito que él, si llegaba al metro sesenta sería un milagro, y su pelo estaba tan despeinado que parecía una escoba muy usada.
- Ese chico… - musitó.
- ¿Lo reconoce Saikoru-sama?
Se quedo pensativo, mirándolo fijamente. Sus hombres le miraban con atención, así como los estudiantes del colegio que esperaban oír su respuesta. Estaba claro que alguien como él tenía que reconocer a Kenji si sus hombres lo conocían.
- ¿Quién es? – Dijo finalmente, haciendo que sus subordinados se cayeran por los suelos de la impresión como varios estudiantes del colegio.
- ¡Es Kamiya Kenji! – Le gritó su subordinado de la mascarilla - ¡¿No le recuerda? ¡Le vimos en la televisión!
- ¿Cómo? – Dirigió de nuevo su mirada hacía Kenji - ¿Este chico es aquel Kamiya Kenji?
Los tres subordinados asintieron.
- ¿Y quién es ese?
De nuevo se cayeron por tierra ante esa respuesta. No se podían creer que su jefe, que era el que más alucinado había quedado con el resultado del combate, no se acordase de él.
- ¡Fue el que derrotado a Tatsumoto Ui, el luchador de sumo! ¡¿Es qué no se acuerda?
Se quedó otra vez pensativo, como asimilando ese dato que le acaban de dar como si fuera la primera vez que lo oía. Finalmente golpeó la palma de la mano derecha con el puño izquierdo.
- Ah, claro, es ese Kamiya Kenji.
Ante esas actuaciones, sus hombres no dejaron de preguntarse a veces, que hacían siguiendo a un hombre tan corto como ese.
Miraron a Kenji, esperando que estuviera impresionado por la aparición de su jefe, sobre todo porque no sabía lo que le esperaba. Pero no estaba haciendo nada de caso, sino que estaba con la niña pequeño de cabello castaño levantándola en el aire.
- ¡Por fin has venido, hermanito! – Gritó de alegría Kari, rodeándole el cuello con sus brazos.
- Y no sabes lo feliz que me hace haber vuelto, ¿estás bien verdad? – Le preguntó preocupado, acariciándole la mejilla donde le habían dado el bofetón.
- Si… - sujetó su mano, temblando un poco al recordar el golpe – Pero al verte, sabía que eras tú quien había venido a salvarnos ¡Te reconocí al instante! Y pensar que le distes una paliza hace que me duela menos.
- ¿M-Me reconociste?
- Sip, a la primera.
Ríos de lágrimas comenzaron a salir de los ojos de Kenji, que dio un fuerte abrazo a su hermana pequeña.
- ¡Qué feliz me hace oír eso! ¡Me haces tan feliz que podría llorar! – Exclamaba
"Pero si ya estás llorando…", pensaron los macarras mientras lo miraban.
Saikoru se acercó a sus dos hombres caídos. Por sus poses y formas de estar tirados en el suelo, supuso que habían sido derribados de un solo golpe. Pero eso no era lo que más le preocupaba. Su mirada estaba fijamente clavada en Kari y en esa sonrisa angelical. Era realmente bella, y parecía tan inocente. Pensar en esas cosas le hizo sentir un cosquilleo entre sus piernas.
- Oye, dame a esa niña – le ordenó a Kenji.
- ¿Mm? ¿Perdona? – Le preguntó, sin girarse hacía él.
- Te he dicho que me des a esa niña, ¿estás sordo?
- ¿Y por qué tendría que dártela?
- Mis hombres habían venido a buscar dos chicas para divertirnos un rato, y por lo que ha dicho la cría, supongo que ella iba a ser la pequeña que me traían para mí. Así que, dámela.
- ¿Trían para ti? – Guardó silencio unos segundos antes de decir otra cosa, dejando a Kari en el suelo – Ya entiendo… así que tú eres el que le quería hacer todas esas cosas a mi hermana.
- Así que tu hermana, ¿eh? Lamento decírtelo, pero cuando se venga conmigo, será a mi a quien llame hermanito.
- ¿De verdad?
Kari miraba a su hermano. Por culpa del sol no podía verle bien la cara, porque le cegaba y la sombra de su flequillo le tapaba la cara, pero podía notar por su tono de voz que estaba realmente cabreado. Tan cabreado que le daba miedo.
- Kari, vete con Tai. Enseguida voy con vosotros.
- Vale, hermanito. Ten cuidado.
Y la niña se marchó de nuevo con el resto de niños elegidos, dejando solo a su hermano a unos cuantos pasos de ese gigante calvo y musculoso con pinta de mala bestia.
- Dime una cosa, eres el líder de esta pandilla, ¿verdad?
- Si, lo soy. Me llamo Yamichi Saikoru de la zona este, que esta bajo mi control.
- Y supongo que querrás controlar también esta.
- Supones bien y también divertirme con sus chicas claro. Y tu hermana me servirá de diversión mucho tiempo.
Kenji se giró y se situó a nada más que unos solos pasos de él, quizás un par para el gigante y cuatro para Kenji, dejando notar su enorme diferencia de estatura así como de la musculatura. Las miradas de ambos chocaron, pero ninguno la apartó en ningún momento.
La tensión del lugar era insoportable para los niños, que tragaban saliva, deseando ver que era lo que iba a pasar a continuación. Algunos habían ido corriendo a llamar a los profesores para que fueran, pero ninguno había vuelto todavía. ¿Quizás es que los profesores los habían dejado tirados?
Tai, que había logrando reincorporarse con ayuda de Yamatto e Yoshiro, observaba atentamente a su hermano, que se mantenía impasible ante esa mole. ¿En serio se iba a enfrentar a él? Era imposible que ganase. Si bien había acabado con los otros dos como si nada, esos dos no le superaban mucho en altura, ni siquiera en la forma del cuerpo. Pero ese Saikoru, era como dos veces él en todos los aspectos. No quería entregar a Kari ni a Sora a esos tipos, ¿pero realmente Kenji iba a poder hacer algo para protegerlas? Viendo a ese gigante tenía sus dudas.
Los dos parecían estando estudiándose el uno al otro, o eso parecía porque Saikoru estaba riéndose por dentro. Le parecía divertido que una pulga como Kenji se atreviese a plantarle cara de una forma tan abierta, a él, que había doblegado toda la zona este de la ciudad. Aunque lo había visto luchar en televisión, lo cierto era que no le creía capaz de algo así. Seguro que el combate había estado amañado para que ganará él. Conocía su fama, pero no se la creería hasta verle actuar.
- Cuatro golpes… - murmuró Kenji, lo que sacó a Saikoru de sus pensamientos interiores.
- ¿Cómo?
- Te derribaré en cuatro golpes – le dijo, haciendo el número cuatro con los dedos de la mano.
- ¿Perdona? – Se rió - ¿Has dicho cuatro? ¡Ja! ¡Esa si qué es buena, microbio!
Sus hombres se rieron a su vez con su jefe, salvo Hideo, que no perdía de vista a Kenji. Estaba sudando como un cerdo por los nervios. Desde que oyó hablar del Akuma Densa de Odaiba, no se había perdido uno solo de sus combates en los torneos televisados, ni tampoco reportajes en los que hablaran de él.
Conocía a su jefe, y seguramente estaba pensando que era un renacuajo del tres al cuarto, que era imposible que pudiera hacer nada contra alguien que le ganaba en tamaño y musculatura. Pero se equivocaba, la fuerza bruta no lo era todo, y Kamiya Kenji, el Akuma Densa, lo había demostrado muchas veces en sus combates ganando a luchadores incluso de más de dieciocho años en competiciones.
Lo que era cierto es que nunca había ganado ni una sola competición, pero porque siempre se retiraba en la semifinales, e incluso una vez durante un combate en la final se retiró sin que nadie se lo esperase. Cuando lo entrevistaron su respuesta fue: "vine solo a probar mis habilidades y para mejorar mi técnica, no estoy interesado en ser famoso. Solo quiero hacerme más fuerte porque tengo algo que quiere proteger, la fama y el dinero no me importan"
Estaba claro. Hideo había pensando mucho en esas palabras, y no las había entendido por más que las había memorizado y analizado una y otra vez. Pero cuando vio como alzaba a su hermana en los aires, y como había aparecido como un rayo en ayuda de esta y de su hermano, las comprendió al instante. Al lado de su jefe, que solo luchaba por la fama y el reconocimiento, Kenji solo se hacía más fuerte porque tenía algo importante para él que proteger, y esos eran sus hermanos.
- Así que cuatro golpes, ¿eh? Muy bien, te dejaré golpearme, a ver de lo que eres capaz, microbio ¡A ver si es verdad que me puedes derribar de cuatro golpes! – Le retó.
- Muy bien…
Sin hacerse derogar, Kenji dio una vuelta de 360º y golpeó a Saikoru en la zona de la costilla derecha con una patada. El grandullón escupió únicamente saliva, pero sus ojos casi se tornaron blancos con el golpe.
- Esta es por los amigos de mis hermanos…
Dio otro giro de 360º pero esta vez fue una patada alta contra la cara del gigante.
- ¡Esta por la chica a la que queríais secuestrar!
Esta vez únicamente dio una vuelta de 180º y concentró su patada en el estómago de Saikoru, que cayó de rodillas al suelo, posando sus manos sobre la zona del impacto.
- ¡Esta por mi hermano! Y…
Levantó tanto la pierna derecha que casi le llegaba hasta la cabeza y la bajó a la velocidad del rayo, golpeándole con el talón en la calva y estampando su cara contra el suelo.
- ¡Esta por mi hermana!
Todo el mundo se quedó mudo, impresionados por lo que acaban de ver sus ojos. Mientras Kenij se limpiaba el polvo de los pantalones, todos se quedaban mirándole fijamente. Era como si acabasen de ver una actuación en vivo del famoso Bruce Lee en persona o quizás hasta de Jackie Chan.
Los subordinados de Saikoru estaban no solo con los ojos abiertos como platos, sino también con la boca tan abierta que hasta al de la mascarilla se le podía ver los dientes. Habían reconocido ese golpe, porque lo habían visto en su combate contra el luchador de sumo.
- N-N-N-No puede ser, Saikoru-sama… el terror del este… ha perdido contra un… mocoso… - murmuró aterrado, el de la mascarilla.
Kenji los miró a los tres, y estos temblaron nerviosos, que casi parecía que se les fuera a salir el alma del cuerpo.
- Llevaos a estos tres de aquí, y que no os vuelva a ver por esta zona, ¿ha quedado claro?
- ¡S-S-S-Si, señor!
Los macarras cogieron a su jefe y a sus compañeros y se marcharon de allí con el rabo entre las piernas. Tras unos segundos más, en que nadie se creía lo que había pasando, comenzaron a oírse gritos de alegría y de festejo.
Kenji no les hizo mucho caso y se acercó al grupo donde estaban sus hermanos. Su hermana se adelantó a él y corrió hasta donde se encontraba, tirándose sobre sus brazos.
- ¡Has ganado, hermanito!
- Claro que sí, ¿cómo iba a perder teniendo aquí a mi neko-chii?
- ¡No me llames así, tonto, que ya no soy una niña! – Protestó Kari, sonrojada, cosa que hizo que su hermano se riera.
Desde el otro lado de la verja, en el instituto, Asuka estaba sin habla, como otros muchos. Cuando vio a Kenji saltar la verja para dirigirse a salvar a sus hermanos, pensó que por un momento estaba loco, pero vaya que si los había salvado y encima había impedido que esos macarras se acercasen a esa zona para siempre.
Su corazón, aún nervioso, no paraba de latir con fuerza y lo notaba realmente caliente, como si algo la quemase por dentro. Tenía que irse de allí, porque estaba comenzando a sentirse incómoda. Además, podría hablar con Kenji al día siguiente.
Kenji dejó a Kari en el suelo y se apoyó a su hermano sobre los hombros, el cual se quejó un poco.
- ¿Te han dado una buena paliza, eh?
- Déjame… - le dijo, de forma borde, Tai.
- Voy a llevarme a Tai y Kari a casa, ¿os importa decírselo a los profesores? – Se dirigió a Mimi y Yoshiro.
- No, claro que no.
- Tú también deberías venir, Sora.
- ¿Eh? – Soltó Sora sorprendida - ¿Y-Yo?
- A ti también te han golpeado, ¿verdad? No creo que sea bueno que tras pasar por algo así tengas que quedarte en el colegio.
- B-Bueno, pero yo…
Kari la cogió de la mano, tirando de ella.
- Venta, por favor Sora-san, así podremos jugar en casa.
Cuando miró la mirada suplicante de Kari, Sora no pudo evitar asentir con la cabeza, lo que alegró mucho a la pequeña. Pero en el fondo, había una razón muy sencilla por la que no estaba muy segura de ir, y esa razón era Kenji. Su corazón latía con fuerza, tan fuerte como latió cinco años atrás, cuando era una simple niña de parvulario aquel día de invierno, cuando se marchó al extranjero. Aún recordaba como se puso el día que desapareció de su vida, pensando en que no lo volvería a ver.
Y ahora, allí estaba, frente a ella, más crecido, más maduro y, sobre todo, más atractivo. O eso era lo que le parecía a ella.
- En cuanto a ti… - Kenji se dirigió a Yamato, que simplemente suspiró.
- Por mi no te preocupes, yo me quedaré. Supongo que los profesores querrán que alguien les expliqué lo ocurrido.
- Bueno, como quieras.
- A todo esto – intervino Yoshiro - ¿Cómo pensáis iros hasta casa? A estas horas no hay autobuses para llegar hasta aquí.
- Oh, no hay problema, nuestro transporte llegará en un minuto o dos – le respondió Kenji, sonriente.
Justo al terminar la frase, se oyó un fuerte frenazo en la puerta del colegio, que llamó la atención de varios estudiantes, y también del grupo.
- Ah, mira allí está.
Del coche, furioso y llameante, salió el señor Kamiya, padre de los hermanos Kamiya que como si tuviera un localizador de robot en los ojos, buscó a su hijo, con los ojos estallados en llamas. Al verlo, se dirigió corriendo hacía él, parando en seco frente a frente con su hijo mayor y con los pequeños.
- ¡Kenji! ¡¿Qué es eso de irte del aeropuerto y dejarte las maletas para que yo las recoja? ¡He estado dos horas dando vueltas por la terminal buscándote!
- Venga, papá. Si ya le dije a mamá que tenía que venir a primera hora al instituto, ¿no te lo ha dicho?
- ¡Esa no es la cuestión! – Le gritó, soltando un enorme viento que le movio el pelo. Realmente estaba cabreado - ¡Me ha tocado pagar 4000 yenes por la custodio de tus maletas! ¡¿Sabes lo que es eso?
- No llevaba nada encima en ese momento, papá. Te prometo que te lo devolveré. Ahora necesito que nos lleves a casa.
- ¿Eh? ¿Llevaros a casa?
