Había sido un acuerdo tácito tras meses de una relación que olía a sexo caótico, besos hambrientos y necesidad; porque Obi-Wan no era capaz de olvidar y Anakin siempre había estado ahí para él.
Por entonces, Qui-Gon seguía doliendo y Skywalker pagaba por ello, siendo el único objetivo de la frustración de su maestro, quien no se sentía preparado para ocupar el puesto de su predecesor por entonces.
Y fue una vez, una de tantas que Obi-Wan aferraba una copa entre sus manos, brindando de manera silenciosa por su propio maestro, cuando decidió que aquel resquicio aún ardiente de su recuerdo debía atenuarse hasta casi desaparecer. Fue esa vez, tambaleándose de la embriaguez, que pegó los labios torpemente contra los de su padawan y le suplicó, mientras éste lo llevaba a tomar una ducha fría, que lo ayudara con aquel tormento que llevaba años arrastrando consigo.
Porque Qui-Gon no se marchó hasta que un taciturno Kenobi se arrastró, avergonzado de su comportamiento, hasta los cuarteles de su padawan, implorando un perdón que a Anakin le costó darle.
Porque su recuerdo no se mantuvo en la penumbra hasta que Obi-Wan escuchó una confesión escurrirse de los joviales labios de su pupilo, donde prometía esperarlo hasta que Qui-Gon solo fuese una sombra que ambos llevarían, cada uno a su manera, sin que su presencia entorpeciera el trascurrir de sus vidas.
Aquello no tardó mucho.
Anakin recién había cumplido veinte años cuando su mentor, horas antes de marchar a una misión, apareció en la puerta de su habitación con el temor infundado de poder perderlo aprisionándole el pecho, impidiéndole articular más que palabras sueltas e incoherentes a los oídos de su padawan, a quien solo le hizo falta besarlo en la frente para hacerle saber que todo iba bien.
Aquel miedo le hacía dirigirse a su pupilo cada vez, volviéndose una costumbre previa a los días de trabajo; Qui-Gon podía ya ser un vago recuerdo, pero la reincidencia de una perdida tal no dejaba de asustarlo.
