Capítulo 2.
Italia, ciudad de Roma.
A media noche, en uno de los conventos que había en la periferia de aquella gran ciudad, en una antigua capilla iluminada solo con la luz de varias velas encendidas, había una mujer anciana vestida aun con el hábito de monja. La mujer arrodillada en los bancos de madera desde el que orar al Señor, rezaba e imploraba por los fallecidos por los últimos sucesos en el mundo. Concentrada en sus asuntos no se había dado cuenta que había estado ahí cerca de cuatro horas entre sus rezos y peticiones de ayuda divina.
Poniéndose en pie lentamente, debido a su edad, se hacía la señal de la cruz y encendía una última vela para que todas las almas encuentren el camino, se marchaba de aquella directa a sus aposentos. Para poder llegar hasta allí tuvo que pasar por un gran patio interior desde el que contemplaba el cielo, pero lo raro de aquella noche era que no se escuchaba absolutamente nada, ni el viento correr, ni un grillo, ni tan siquiera un crujido de alguna de las zonas del antiguo edificio. Cuando por fin llegó al corredor de las habitaciones se llevo una impresión al ver como tres de las clausuradas estaban en mitad de aquel pasillo, repleto de ventanas abiertas por un lado y puertas de habitaciones por el otro; al estar los ventanales abiertos el aire entraba agitando sus melenas de manera incontrolada.
Las tres mujeres solo llevaban puesto el camisón, que les cubría desde el cuello hasta los tobillos, estando las tres en cuclillas con las cabezas muy juntas, mirando al suelo aparentando comerse algo. Intrigada de aquel suceso, la superiora se aproximaba hasta ellas, pero el brusco movimiento de una de las que estaba en el suelo la detuvo y le hizo retroceder unos pasos. Aquel movimiento no fue natural, parecía que algo que estaba dentro de la joven monja la hubiera movido alertándola de la proximidad de la anciana.
Mientras las otras dos estaban concentradas comiendo con la cabeza agachada, la que le daba la espalda a la superiora que estaba en el pasillo alzó la mirada violentamente olfateando el aire. Sus pelos negros alborotados por el viento, con sus dedos manchados en sangre se los colocaba mientras giraba, de forma antinatural, la cabeza en dirección a la anciana.
La mujer casi sufre un infarto al ver como aquellas mujeres se habían arrancado los ojos y se los estaban comiendo de manera salvaje. A pesar de haberse quedado ciega, las tres miraron en dirección a la intrusa, pareciese que la habían detectado. Con la boca llena de sangre, de manera demoniaca, sonrieron al unísono a la vez que con otro movimiento antinatural se colocaron en posición de abalanzarse a por ella.
Corriendo como podía, se dirigía al inicio del pasillo mientras las otras tres, pegando gritos ensordecedores, una corriendo a cuatro patas por el suelo, otra pegada a la pared y la tercera corriendo desde el techo gritaban como seres de las tinieblas en su busca.
Por suerte para la superiora estaba cerca de la puerta y la cerró impidiendo que la alcanzaran. Pensando que ya estaba a salvo, a la velocidad que le permitía su edad se dirigió hasta el despacho más próximo desde el cual realizó una llamada de teléfono. Poniéndose en contacto con el Vaticano, con voz muy nerviosa, alertaba de lo sucedido.
Encerrada en aquel despacho la puerta que la separaba del exterior comenzó a ser violentamente aporreada, algo extremadamente fuerte trataba de tirarla abajo. La pobre mujer, lo único que pudo hacer una vez diera la voz de alarma fue la de arrinconarse en una esquina rezando, cuando la puerta al final cedió y su impresión fue mayor al ver como las monjas de menor edad del convento estaban todas iguales, en camisón ensangrentado, con sus ojos arrancados, al menos una treintena se aglomeraba junto a la puerta, todas ellas sonriendo a la vieja hablándole en un idioma que no conocía.
-¿Has alertado a los tuyos? –Una de ellas hablando ahora su idioma, con bruscos movimientos demoniacos la poseídas se aproximaba a la anciana y le acariciaba la cara, la cual solo asentía con la mirada aterrada-. Bien, estamos ansiosos por sentir su presencia –Con sus pulgares los aproximaba a los ojos de la mujer y violentamente se los clavaba provocando un abundante derramamiento de sangre y entre gritos no paró de apretar hasta que al final murió.
Todas las luces del antiguo edificio se apagaron y quedando todo a oscuras pero no en silencio, pues los gritos comenzaron a producirse, mientras esperaban la llegada de alguien estaban acabando con las otras monjas de edad más avanzada.
A las afueras de otra zona rural de Italia, en una antigua Abadía, nada atractiva a los ojos de los turistas que ni se aproximaban a visitar sus inmediaciones, estaban tan aislados del mundo que cuando se produjeron los seísmos malamente se notó por aquel lugar. El retiro espiritual que aun seguía en funcionamiento, en su interior convivía un grupo de personas religiosas que habían consagrado su vida al señor. A pesar de ser la una de la madrugada el único teléfono que los conectaba con el exterior no paraba de sonar, en el único despacho que había en el retiro.
Un anciano abad que se encontraba haciendo penitencia a esas horas se aproximaba hasta el teléfono y descolgándolo preguntaba el motivo de aquella llamada tan tardía.
-Ha ocurrido algo, necesitamos ayuda urgente y él es el único que puede solucionar esta crisis -Desde el otro lado del audífono una voz se comunicaba con el viejo.
-¿No puede hacerlo otros de vuestros exorcistas? Nuestro hermano ha llegado aquí buscando apaciguar su alma atormentada, se está consumiendo a si mismo lentamente pero eso no parece preocuparos, vosotros lo llamáis cada vez que tenéis una urgencia.
-Créeme que si pudiera hacerlo otro, no dudaríamos en llamarle pero esto es algo que solo va a poder hacer él –La voz con la que hablaba estaba muy preocupada-. Entre más tiempo pase puede que el suceso se descontrole y traspase las fronteras de la iglesia, esto tenemos que solucionarlo ya.
-De acuerdo, le comunicaré lo que pretendéis de él –Colgando el teléfono el anciano salía del despacho.
Dentro de una de las habitaciones de la antigua abadía, en su interior solo había una cama con un colchón sin sábanas ni mantas, un crucifijo de madera colgado en la pared, una vela encendida sobre una mesita de noche y una ventana de pocas dimensiones, esta sin nada que impidiera que el frío exterior entrara en aquella habitación.
Un hombre estaba arrodillado en mitad de aquel cuarto, llevaba una túnica de abad que era la única posesión que le estaba permitido tener entre aquellos muros, pero aquel atuendo solo lo llevaba hasta la cintura, tenía su torso completamente al descubierto. En su mano portaba una fusta de varias terminaciones, todas ellas con piezas de metal en la punta para provocar más daño.
Aquel hombre de pelo negro corto, que superaba la treintena en edad, extremadamente delgado hasta el extremo de parecer anoréxico por un evidente ayuno, en su cuerpo se le notaban todas las costillas, en su cara los huesos de la mandíbula también eran muy visibles, pero lo peor era su espalda, la cual estaba cubierta de cicatrices por auto castigos anteriores. Apretando el látigo comenzó a azotarse el mismo la espalda.
-No merezco perdón –se decía así mismo mientras se golpeaba a modo de penitencia-. Con dolor es la única manera en la que puedo apaciguar mi alma –A una velocidad anormal comenzaba a incrementar el ritmo de los azotes, los cuales ya le provocaban sangre. Cuando estaba al borde del desmayo por el sufrimiento alguien llamó a la puerta de su aposento, consiguiendo que parara y quedara exhausto con sus manos apoyadas en el suelo.
-Hermano Ángelo, nos han llamado desde el Vaticano, en uno de los conventos se ha producido una posesión múltiple e imploran desesperadamente su ayuda.
Respirando agitado el hombre que aun no se había decidido abrir la puerta, sus ojos se volvieron negros como la noche y su visión se proyectó en la distancia llegando a la ciudad, la cual escudriñó para descubrir el lugar del suceso. No tardó mucho en localizarlo pues una masa de oscuridad lo envolvía y no dejaba penetrar su visión, pero lo que si resonó en su cabeza fueron las voces de los que estaban ahí dentro. "Te estamos esperando, vuelve con nosotros." Tras escuchar esa invitación y como le seguían llamando a través de la puerta volvió al cuarto.
-Ya voy –Aun con la espalda ensangrentada se colocaba su humilde indumentaria y agotado abría la puerta cayendo durante unos segundos apoyado en el bastidor, recuperando el aliento.
-¿Estáis en condiciones de hacerlo? –Ofreciéndole un hombro en el que apoyarse le acompañó hasta la salida del retiro, la cual daba a campo abierto, la ciudad estaba a muchos kilómetros de distancia.
-Pienso ayudar a mi semejante hasta mi último aliento, por desgracia puede que ni con eso y el dolor que soporto cada día logre borrar mis pecados pasados –Atravesando los corredores, se detuvo ante una superficie reflectante en la que se detuvo completamente al verse, a pesar de que para el otro personaje lo viera perfectamente, el hombre de pelo negro no podía ver su rostro reflejado, para él solo veía una masa de carne completamente lisa-. No merezco ser feliz, no merezco perdón, solo merezco soledad, dolor físico y sufrimiento interior.
-No digáis eso hermano Ángelo, todos merecemos la redención, el divino señor no se la negará a quien verdaderamente se arrepienta de lo que ha hecho en el pasado.
-Pero no es solo de él de quien busco el perdón, sino de muchos otros a los que he dañado injustamente, ellos también tienen derecho a juzgarme y si no puedo ganarme su perdón pienso sufrir día a día hasta el momento de mi muerte.
-Pedir perdón por el pasado está muy bien, muchos lo hacen a diario pero por desgracia muchos de esos que piden misericordia día a día repiten sus malos actos una y otra vez, eso no es arrepentirse de manera sincera, solo los que se arrepienten de verdad son conscientes de no volver a pecar de la misma forma y del presente en adelante actúan justamente, esos son los que de verdad se han retractado y tienen el perdón tanto del divino señor como de todos aquellos a los que han dañado.
-Bonitas palabras hermano, por desgracia la única manera que encuentro para apaciguar mi alma es la del auto castigo permanente, solo dañándome a mí mismo es la forma en la que evito ser tentado de dañar a los demás.
-¿Aunque eso os conduzca a una muerte segura?
-Si es el precio justo a pagar, lo aceptaré con gusto.
-Tened fe hermano, ese no creo que sea el camino correcto a seguir, espero que pronto encontréis la senda correcta, todos vemos la luz al final del túnel y quien no lo hace es porque prefiere estar perdido en las tinieblas –Llegando al principio de campo abierto las luces de la ciudad ni siquiera se veían desde la distancia, solo había cielo estrellado sobre ellos-. ¿Pensáis llegar a pie hasta Roma? –preguntaba el anciano sorprendiéndose de que su compañero ya no estaba a su lado, en una milésima de segundo desapareció de allí-. Por lo que se ve, esa era vuestra intención –hablando solo pensó en volver al interior pero poniéndose cómodo en una de las paredes de la entrada, esperó el retorno del italiano.
A prácticamente la velocidad de la luz, el delgado personaje llegaba hasta los aledaños del convento en el cual había solo dos sacerdotes en la entrada, oscuridad y silencio en el interior de la residencia de monjas. Los dos hombres de unos cincuenta años vestidos con sotana estaban inquietos de un lado para el otro, el aislamiento de aquella zona de la ciudad había evitado la llegada de las autoridades que no se habían percatado del asunto.
-Hermano Ángelo –Al verle aparecer tan deprisa uno de los curas saludaba al recién llegado aunque nunca entendían como podía moverse tan deprisa cuando era llamado-. Nos tranquiliza vuestra implicación en este delicado asunto –Admirando su deplorable estado de salud el hombre lo miraba de arriba abajo preocupado.
-He venido lo más deprisa que he podido, las fuerzas no me acompañan como antes.
-A cada petición de auxilio que la Santa Sede os implora, no dudáis ni un segundo en aparecer, pero cada vez que nos vemos estáis en peores condiciones, valoramos vuestra ayuda como una bendición divina pero no recurriremos mas a vos si vuestra vida corre peligro –Al ver lo mal que estaba el italiano se preguntaron si sería capaz de manejar el asunto-. ¿Estáis seguro de que podréis controlarlo?
-Las criaturas del infierno no son nada de lo que no pueda encargarme, si en uno de los exorcismos que realizo desgraciadamente fallezco recibiré a la muerte como una vieja amiga, que por fin ha venido a liberar mi cuerpo de su pesada carga para llevar mi alma a un lugar donde pueda seguir sufriendo, hasta que esté libre de pecados y pueda volver al mundo con la opción de ser feliz en una próxima vida.
-Conocéis la opinión de la iglesia respecto a las reencarnaciones, pero si en eso tenéis fe ciega no somos nadie para negároslo –Sujetando las llaves de las enormes puertas del convento, abría la cerradura para dejarle entrar en su interior-. ¿Seguro que esta vez no queréis que os acompañen? –Ante su pregunta el que iba a adentrarse en las sombras negó con la cabeza-. Que el señor este contigo hermano Ángelo.
La oscuridad del interior del edificio se abría ante el hombre anoréxico el cual no rechazó la invitación a luchar contra seres sobrenaturales y entrando solo los dos sacerdotes cerraron las puertas a cal y canto tras su paso.
Había unos dos cadáveres muy cerca de la puerta, se notaba que dos ancianas monjas habían tratado de llegar hasta allí cuando fueron abatidas antes de poder salir, tras comprobar que estuvieran muertas una de las dos aun con terribles heridas aun estaba agonizante.
Abrazando a la anciana que la habían dejado ciega arrancándole los ojos, una luz dorada salió de su cuerpo envolviendo a la mujer, milagrosamente cerraba sus heridas, no podía devolverle sus ojos pero al menos le salvó la vida. Dejándola inconsciente y a salvo, oculta en uno de las dependencias anexas al pasillo que estaba despejado, continuó su camino.
Todo era tétrico y oscuro, en las paredes y techos aun en la oscuridad el hombre podía verlas perfectamente impresas en sangre.
Sin encontrarse con nadie, llegaba hasta el enorme patio interior en el que se detuvo justo en el centro. Sin querer explorarlo más estuvo allí unos segundos esperando hasta que decidió pronunciar palabra.
-Aquí me tenéis, no se quienes sois ni lo que pretendéis pero habéis venido en mi busca y no he rechazado vuestra oferta.
"Máscara Mortal de Cáncer" las voces al unísono de una multitud de seres, resonaban por todo el lugar, "Torturador torturado siempre por la misma mano."
-Ese fui yo, no lo niego.
"Te equivocas, eras Ángelo antes de transformarte en Máscara Mortal, ahora solo buscas volver a ser el que eras antes."
-Dejándome la vida en ello lo intento.
"Quisiste el poder para controlar demonios y por eso te convertiste en Máscara Mortal, sacrificando tu propio rostro en el proceso, todo por poder."
-Era joven, inconsciente, lleno de rabia y con ansias de poder, me arrepiento cada día –En los ojos del Santo de Cáncer se reflejaba el arrepentimiento, aunque aquellos ojos él no los pudiera ver en ninguna superficie reflectante.
"Has contado tu historia a algunos pocos, pero en ella omites algunos detalles que crees que no tienen importancia, pero realmente sí que la tiene."
Flas Back.
En las vastas tierras del Hades, un joven Ángelo, con mirada enloquecida y sedienta de sangre, llevaba corriendo por aquella explanada infinita de tierra muerta y estéril durante siete días. Para el desdichado aspirante se convirtieron en interminables meses, pues en aquel lugar no había amaneceres, siempre era de noche. Sus manos estaban cubiertas de sangre de los otros aspirantes a ser el Santo de Cáncer. Solo uno de ellos lograría salir vivo con la armadura y sobrevivía durante aquella semana comiendo la carne de los caídos.
Cuando por fin se encontró con el último superviviente de aquella masacre, a pesar de haber convivido juntos en los años de entrenamiento y sufrimiento de manera igualitaria las mismas torturas por parte de su cruel maestro, no le importó nada partirle el cuello esperando así convertirse, por fin, en el elegido de la armadura. Para su desgracia eso no pasó, tras arrancarle los órganos más tiernos del último caído, se alimentaba antes de continuar su camino.
Desesperado y esperando a la muerte, cansado de caminar caía de rodillas. Con la mirada perdida al suelo, así estuvo unas horas hasta que al alzar nuevamente la vista, lo que antes era un horizonte desierto y llano, ahora tenía a unos cien metros de distancia una pirámide escalonada de cuatro caras y de grandes escalones de casi un metro y en pisos eran unos doce, justo en la parte más alta flotaba la armadura de Cáncer.
Toda la superficie de los escalones de la estructura tenía cuerpos oscuros, de seres aparentemente humanoides, pero hechos de pura oscuridad. Justo delante de la base de la armadura uno de esos personajes estaba quieto y de pie, portaba una máscara mortuoria de tonalidades oscuras pero mucho más colorido que el resto del ser que la portaba.
Al aproximarse desafiante, aquel que estaba de pie comenzó a moverse y con su reacción el resto de seres se movía igualmente, el joven aspirante trataba de subir por los escalones de la pirámide luchando contra las sombras demoniacas que lo atacaban sin parar, todas regidas por la danza del que portaba la máscara, que se movía también por la estructura.
Luchar contra aquellos demonios no le resultaba difícil, podía ir avanzando piso a piso hacia la armadura pues podía contra ellos, pero a cada escalón que subía divisaba a aquel que dirigía las huestes con su máscara para a continuación fijar su vista en la armadura.
No pudiendo resistir la tentación de ir a por el que controlaba a los demonios, se alejó de la senda de la armadura y lo persiguió incesantemente por las cuatro caras de la pirámide, aun luchando contra el resto de seres de oscuridad. Cuando al final le dio caza se abalanzó sobre él arrancándole de manera atroz la máscara del cuerpo, a pesar de no tener anatomía se podía notar que la extracción de tan ansiado objeto había resultado muy dolorosa.
Alzando su mano con el premio en ella el resto de seres se aletargaron, pero aun así no le obedecían como él pretendía que lo hicieran. Mirando aquella Máscara de Muerte la tentación de ponérsela era increíble y suavemente la conducía hacia su rostro, aunque por un momento tuvo que detenerse pues, la aparición de cinco personajes alrededor de la pirámide, a unos diez metros de distancia de la base, le hizo fijarse en ellos.
Eran cinco seres de dos metros y medio de altura, con una túnica completa blanca impoluta que le cubría desde el cuello hasta los pies, pareciera que llevaban una elegante sábana completa sobre el cuerpo pues no se les veía nada de su físico, la cabeza de estos seres era completamente lisa y reflectante, parecía una esfera ovalada metálica más que una cabeza.
-¡Es mía! –Les gritaba desde los escalones más altos de la estructura muy cerca de la armadura, pero sin prestarle atención-. ¡El poder es solo mío!
Ansioso de poder, se colocaba la máscara consiguiendo por fin el tan ansiado control de los demonios, no le importo sentir como esta se le fundía con la piel, la sensación de poder era increíble.
-¡Matad a mi maestro! –La forma humanoide de aquellos controlados cambió convirtiéndose en seres aun más deformes y peligrosos, dando aquella orden con decisión consiguió que su nuevo ejército de demonios ascendiera flotando en el aire hacia lo alto, directamente escapando del Hades y ejecutando en el mundo real a su tan odiado mentor. Una vez sintió que lo habían ejecutado trató de quitarse la máscara para ir en busca de su coraza, pero descubrió que ya no podía hacerlo pues formaba parte de su cuerpo- ¡Soy Máscara Mortal de Cáncer!
Sujetando la empuñadura de la coraza se preparaba para tirar de ella mientras los seres observadores seguían sin moverse, al invocar la armadura esta lo vistió convirtiéndolo para lo que había nacido, ser un Santo de la Diosa Atenea, pero pensando que esto atemorizaría a los espectadores estos comenzaron a cambiar la forma de sus cabezas adoptando la misma, la que era la del antiguo Ángelo. Dándole la espalda se alejaron de allí dejándolo a solas con su ejército de seres de oscuridad.
Fin Flas Back.
"Esa fue la última vez que vistes tu rostro ¿verdad?, desde entonces solo vez una masa de carne en el lugar donde el resto del mundo distingue tu cara." Las voces seguían resonando en mitad de aquel gran patio.
-Efectivamente.
"¿Por qué te torturas entonces? Eres un ser despiadado, un asesino, un coleccionista de rostros, tienes un ejército de demonios a tu servicio para lograr cualquiera de tus oscuros propósitos. ¿Qué sentido tiene que busques redimirte? Entrégate al placer del pecado."
-¡Jamás! He jurado llevar una vida con rectitud y lo pienso cumplir, cueste lo que cueste.
"¿A quién se lo has jurado?" Una nueva pregunta que dejaron al italiano otra vez en un mar de recuerdos.
Flas Back.
Allí estaban los doce Santos Dorados, reunidos por una última vez, delante del muro de los Lamentos. Todos ellos unieron sus energías para destruir aquella barrera que impedía el rescate de la diosa Atenea. Ninguno de ellos dudó un segundo en seguir a los demás directos a la muerte definitiva y cuando al final se sacrificaron, durante un lapso el tiempo dejó de existir.
Había estado muerto más veces, la sensación no era nueva para él, conocía el camino que había que seguir hasta dar con las tierras donde aguardarían su próxima venida al mundo, más ese no fue su verdadero destino.
Las Deidades Olímpicas atraparon el alma de los doce Santos y las mantenían prisioneras. Tras un juicio injusto fueron condenados a ser eternamente torturados en un monolito de sufrimiento.
En aquel monolito de piedra, estuvieron confinados los Santos Dorados todo el tiempo que duró la batalla del Olimpo, allí agonizaron cada segundo de encierro, al ver a sus hermanos de armas sufriendo el mismo castigo injusto, él no se quejó ni por un segundo, sí que lo aceptó pues hizo examen de conciencia y lo que vio en sus memorias no era bueno, a su espalda cargaba con miles de homicidios cometidos.
No quería salir nunca de allí, quería sufrir eternamente para pagar sus faltas. Aunque de repente, el día en el que lo que antes era solido se volvió líquido, no entendía bien lo que pasaba, pero el dolor se fue y ahora estaba en mitad de un oscuro océano muy en lo profundo.
Una fuerza desconocida lo arrastraba y como un muñeco sin voluntad se dejaba llevar hasta que al final llegó a la superficie y ahora estaba en una de las costas del reino de Hades. El cielo estaba oscuro y cubierto de nubes, en una larga playa que daba al vasto océano, allí se encontraba ahora, desnudo sobre la orilla y a los pocos minutos descubrió que no estaba solo, pues el resto de Santos Dorados que le habían acompañado en el tiempo de castigo estaban varados allí también.
Desorientado se pusieron en pie, una luz divina estaba frente a ellos, la diosa Atenea los había rescatado del mar de los muertos una vez liberados del monolito. Pese a que sus guardianes le brindaban una cálida sonrisa al verla sana y salva, la jovencita tenía cara de desilusión encima, estaba sola en la orilla y no parecía alegrarse de verles, parecía seguir triste y seguía tratando de atraer algo del mar de los muertos, era seguro que estaría buscando a alguien más.
Tras desistir de su intento de rescate, toda la luz que emitía les envolvió por completo cegándolos unos segundos, para al recuperar la vista, estaban todos en el Santuario, en el templo principal. Allí, Jabu, Shaina, Ban, Geki, Nachi e Ichi esperaban para recibirlos en el mundo de los vivos, tenían toallas, mantas y ropa en la que envolver y vestir a los rescatados del inframundo, al menos ellos si se alegraron de verles.
Los recién llegados no se habían enterado de nada de lo ocurrido durante la batalla, nadie les contaba nada y no sabían dónde estaban el resto de compañeros, solo habían sido rescatados once Santos de oro, Shion, Aioros y Kannon no habían sido recuperados.
Máscara Mortal poniéndose en pie se vio reflejado en uno de los espejos de la sala y seguía sin ver su rostro, pero lo que si vio ponerse a su lado fue a Afrodita de Piscis, que sabía de su maldición.
-¿Aun igual? –preguntó el sueco a lo que recibió una afirmación con la cabeza-. Otra vez entre los vivos, no sé tú, pero yo pienso portarme bien de ahora en adelante.
-Yo…. – Iba a pronunciar algo cuando vio que la diosa no pasaba muy lejos de allí y sintió la necesidad de implorarle ayuda- Atenea, muchas gracias por darnos otra oportunidad pero hay algo que me gustaría pediros.
-¿De qué se trata? –Con tristeza en sus palabras y aun aparentando estar medio distraída mentalmente le prestaba atención.
-Os suplicaría que me ayudarais a conseguir mi rostro, aunque el resto del mundo lo vea yo estoy privado de ello –Compadecida de sus palabras la mujer invocó su energía envolviendo al caballero por completo, por desgracia pese a su increíble poder, no pudo hacer nada al respecto.
-Lo siento, pero creo que los que tienen tu rostro son más poderosos que yo, no me dejan rescatarlo –Sin decir más la jovencita se marchó al interior de su templo en soledad.
-Ya verás como todo mejorará –Ante la incapacidad de la diosa de dar aliento a un Santo, su compañero de armas tomo el relevo-. Lo importante es que ahora juremos llevar una vida correcta –Le ofrecía la mano en señal de un pacto.
-Te lo prometo.
Fin Flas Back.
"¿Cuál ha sido esa vida correcta?" volvían a preguntar los seres que permanecían en las sombras del monasterio. "¿Ayudar a la iglesia a desterrar entes que se han escapado del Hades una y otra vez? ¿Ayunar desgastando tu cuerpo, hasta quedar como una débil masa de huesos? ¿Azotar tu enclenque espalda cada noche sin parar, hasta que el dolor te deje inconsciente?"
-No encuentro otra opción de saldar mis faltas.
"¿Y si la hubiera?" Al formular aquella pregunta sintió que una agitación se producía entre las sombras. "Los que tienen tu rostro quieren darte una segunda oportunidad." Al pronunciar esas palabras los cuerpos de las mujeres se aproximaban tanto en la planta baja del patio como en el balcón de la superior, eran al menos sesenta mujeres todas ellas con los ojos arrancados y comenzaron a pronunciar una misma frase en otro idioma una y otra vez.
-¿Qué hacéis?
El sonido de sus cánticos retumbaba todo el entorno distorsionándolo. Sin saber cómo, todo aquel patio desapareció y ahora volvía estar en la tierra del Hades, frente a la pirámide escalonada, repleta de demonios aun más amenazantes de la primera vez que fue.
"No van a tener piedad contigo, ya no portas la máscara que los controla." Al decir aquello pudo divisar al antiguo señor de los demonios que volvía a portarla en lo alto de la pirámide, aunque en el lugar donde antes estuviera la armadura de Cáncer, ahora solo había una masa de luz blanca pura. "El premio esta vez será tu redención."
-No pienso fallar –Despojándose de las piezas de ropa, completamente desnudo sin nada del pasado que llevar encima se aproximó hacia la pirámide.
Cinco personajes observadores, aparecieron nuevamente al alrededor de la edificación, todos ellos con sus cabezas en forma de esferas metálicas y reflectantes. Sin decirles nada el hombre lentamente como un ladrón en la noche se aproximaba sigiloso hacia los primeros escalones. Sabía que si el líder de aquel enjambre se movía lo haría el resto así que trató de ser sigiloso y no dejarse detectar.
Multitud de cuerpos se congregaban en cada planta, pero parecían dormidos. Como alguien que no tenía ninguna prisa los iba esquivando sin que se dieran cuenta y todo eso sin dejar de fijar su vista al líder, el que portaba la máscara, quería permanecer lo más esquivo de su campo de visión.
Cuando le faltaban dos escalones y el diámetro de la pirámide encogía, a cada movimiento hacía que el portador se moviera tratando de detectarlo, aun tuvo que ser más precavido para evitar ser descubierto, aunque no le importaba morir tampoco tenía ninguna prisa, así que extremó sus movimientos siempre poniéndose a la espalda de su némesis.
Al final lo consiguió, se había colocado en lo alto sin ser detectado y la luz blanca estaba a un palmo de su mano aunque también lo estaba el des precavido portador de la máscara, podría atacarle a traición en aquel momento y volver a hacerse con el control de las sombras si quisiera, pues no podría defenderse de un golpe por la espalda.
Los cinco personajes, que observaban, permanecían quietos. El italiano estirando su mano acariciaba la luz y dejaba de lado las tentaciones. Al tocar esa masa de energía blanca sus ojos se volvieron blancos y su visión se proyectó más allá del firmamento. Adentrándose en el universo profundo, se detuvo para poder divisar perfectamente una conjunción de cinco estrellas, las cuales una tras otra comenzaron a incrementar su brillo, un nuevo enlace con la constelación de Cáncer se estaba produciendo, el que realmente tuvo que efectuarse hace años, si no fuera por la contaminación de un mal maestro que educó a sus alumnos en el sadismo y la crueldad.
De repente todo se esfumó y volvía a estar en la estructura, pero esta vez tenía frente a él al que portaba la máscara y todos los demonios activos a su alrededor. En la base de la pirámide, tras los cinco seres que la rodeaban, había millares de seres humanos, todas las víctimas que había ejecutado en su vida, sus cuerpos eran grises, tristes y errantes, todos estaban pendientes de lo que realizara a continuación.
Fue entonces cuando descubrió como el ser de la máscara era la oscuridad que habitaba en su alma. El Santo, brillando con luz propia, le propinó una patada que destrozó aquella oscuridad en mil pedazos junto con la careta.
-¡Soy Ángelo! –Gritando enfurecido se colocaba en lo más alto de la pirámide escalonada-. Guardián de la Constelación de Cáncer, Santo de la diosa Atenea, protector del mundo y sus habitantes-. A medida que intensificaba sus palabras todos los espectros retrocedían alejándose de la pirámide-. Los defenderé hasta mi último aliento -Los espíritus grises y apagados que se amontonaban a los alrededores se volvían seres de pura luz y desaparecían de allí.
Su cuerpo se volvía a ver envuelto en un aura dorada intensa, tanto que alcazaba proporciones increíbles, las cicatrices a su espalda desaparecían, su marchitado cuerpo se regeneraba por completo. Toda su musculatura volvía a su lugar y la luz que lo envolvía consiguió que los demonios se postraran arrodillados a sus pies.
En la realidad, la luz que emitía traspasó las fronteras del monasterio, dejando a los dos curas que aguardaban afuera asombrados. En el interior, en el patio central, la luz que emitía el caballero, hacía que todos los demonios que habían escapado del infierno para la posesión en masa, huyeran espantados.
Cuando todo terminó, allí estaba solo el italiano, pero en el patio central a su alrededor permanecían aquellos personajes observadores que dándose por satisfechos se desmaterializaron, desapareciendo de allí.
Las mujeres estaban aún vivas, la luz emitida por el Santo les había curado las heridas, pero no pudo hacer nada por devolverles la vista. El personaje que había salvado a todos allí recogía sus ropajes del suelo y los tiraba a la basura como un recuerdo del pasado, aunque con su nueva musculatura no hubiera podido ni ponérselos, así que lo tiró y a toda velocidad buscó por el lugar algo que ponerse.
Saliendo cubierto con unas sábanas, los dos hombres que esperaban fuera quedaron perplejos del cambio tan radical que había sufrido, pero no quisieron hacer preguntas al respecto, solo se preocuparon por el estado de las que habitaban el convento.
-¿Qué ha pasado?
-Llamad a los médicos del Vaticano, que ayuden a los heridos, yo tengo que volver a mi retiro.
-Como siempre, no nos vas a contar como lo has hecho ¿verdad? –pronunciando aquellas palabras el que había ayudado se había esfumado en una milésima de segundo-. Por lo que se ve, hoy tampoco nos vas a contar como lo has hecho.
Recorriendo el camino de vuelta hasta la abadía, de la entrada no se había movido el anciano que aguardaba su regreso, no pareció impresionarle el impactante cambio físico del que se había marchado siendo un saco de huesos y vuelto como un hombre sin cicatrices y de constitución definida.
-Hermano Ángelo: ¿Habéis encontrado el sendero correcto a seguir?
-Efectivamente, aunque las cosas no suceden porque si, sabio hermano, esta segunda oportunidad en la vida es debida a que se espera algo de mí, próximamente.
-¿Y qué piensas hacer al respecto? Si la causa que te llama es justa ¿acudirás?
-Eso sin dudarlo –Sintiendo que se había quitado una pesada losa de encima, podía mirar al futuro y al verse en otra superficie reflectante esta vez sí que podía ver su rostro, al cerciorarse de que por fin se había librado de su maldición, por primera vez en mucho tiempo se vio sonreír de manera sincera.
-Es la primera vez que os veo sonreír, desde que llegaste a nuestra congregación jamás os había visto tan contento y eso apacigua mi alma.
-Tenias razón hermano, la absolución no está en solo arrepentirse de palabra de lo que has hecho y castigarte físicamente por ello, la verdadera redención se consigue ayudando al prójimo, viviendo con rectitud y con la cabeza muy alta mirando hacia el futuro –Miraba al firmamento estrellado-. No sé qué pretenderán las estrellas de mí, pero no pienso defraudarlas.
