Disclαimer. Nada es mío. Sólo la historia, todo es de Rumiko Takahashi. Hasta creo que las fanáticas. (?

Especiαl. Para Morgan, Psicoseada y Miizzy3; yo sé que deseaban una continuación, xd Las quiero, locass (L


Mrs. Pαrαnoiα;

Tú, juegas con mi alma entre tus manos.
Tú, y no la dejas escapar.
Tú, un abismo y siempre al otro lado tú.

Creo que seré capaz de saltar.

Observó fijamente el retrato que se encontraba encima de la mesa de luz. Suspiró y lo tomó entre sus manos. Era raro despertar y no tenerla a su lado, no escuchar su melodiosa risa por las mañanas, y no abrir los ojos por culpa de sus besos.

¿Quién le pidió a él que se separara de ella? Nadie. La responsabilidad era totalmente de él.

«Idiota», pensó.

Se levantó de aquella cama y encendió la máquina de hacer café. Tenía que tomar una decisión importante. Y hoy, debía dársela a la persona en la cuál se preocupó estos meses.

Ante todo, no lograba entender cómo logró sobrevivir tanto tiempo sin ella. Era alguien indispensable en su vida. Algo tan vital como el aire que respiraba.

«Mierda, mierda, mierda»

Se encerró en el baño y abrió la perilla de agua fría, dejó que su cuerpo se acostumbrara a la sensación de las gotas recorriendo su anatomía y comenzó a enjabonarse.

¿Debería regresar? ¿Ella lo perdonaría?

Quizás no, por dejarla totalmente con una excusa barata. O, quizá sí, porque, ella decía que lo amaba, que entendería si él se apartaba de su lado. Pero, él mismo no podía perdonarse por hacerle semejante crueldad.

Tenía que llamarla.

Salió del baño, se envolvió con una toalla la cintura y tomó su celular.

—¿Hola?—se escuchó de fondo una voz suave, parecía despertarse.

—¿Kagome? Soy…

InuYasha.

Su cuerpo tembló ante el susurro de su nombre. Más si salía de la boca sensual y coqueta, que recordaba, de Kagome.

¡Basta! Dejá de avergonzarme.

Pero, es la verdad amor.

La vio correr por alrededor de la mesa, y él trató de alcanzarla. No era la primera vez que le decía que ella tenía una piel suave, y una boca que provocaba.

La tomó entre sus brazos y la aprisionó contra el borde de la mesa.

Atrapada.

¿Y qué vas a hacerme?

Él la observó, deseoso por hacerla suya una vez más, pero, la haría sufrir. Adoraba cuando Kagome le suplicaba cosas indecorosas, y él solo reía.

InuYasha era orgulloso, todos lo sabían, pero su debilidad era Kagome, y si ella le pedía que dijese algo fuera de su cordura, tal vez, lo haría.

Movió la cabeza frenéticamente, borrando las imágenes de ella, llamándolo. Pidiéndole que fuese más rápido, oyendo sus gemidos, rozando su piel.

—¿Por qué llamas?

—Para decirte que…

;#;

Estaba fuera de sí. La felicidad no le cabía en el cuerpo, pero, aún le daban ganas de golpearlo y decirle que fue totalmente un imbécil por dejarla sin razón.

O con una justificación un poco penosa.

Pero, además de la felicidad, le invadía la furia por recordar aquél pequeño desencuentro de los dos. ¡Él era un idiota y se las haría pagar!

«Tonto, tonto, tonto»

Abrió su placard y vio que ponerse. Iría a hablar con Sango para desquitarse un poco. Pobre, su amiga debería soportar su mal humor irradiante.

—Sango, voy para allá—suspiró, y cerró con llave la puerta del departamento—, no preguntes el porqué.

—Bien, pero si vienes con tu humor de perros…

—Te quiero.

Lo único que se escuchaba ahora era el tono de que había colgado. Genial, su mejor amiga venía con todo el enojo del mundo. ¡Qué suerte la suya!

Abrazó a su amiga, y ésta hizo lo mismo; la inventó a pasar para tomar un café, y ella aceptó gustosamente. Se sentaron en uno de los pequeños sillones que Sango tenía y comenzaron a charlar.

—Cálmate.

—¡No puedo!

—¡Ya cálmate, boba!

Kagome reaccionó y comenzó a respirar profundo. Sí, se había desahogado, pero no podía relajar la furia asesina que tenía por recordar aquellos sutiles momentos.

La castaña la observó, atenta a cualquier movimiento de su amiga, pendiente de qué cosa era la que podía salir de su boca mordaz. Era un peligro estar tan cerca de la morocha con su ceño fruncido y con ganas de escupirle ácido a alguien.

—Me das miedo ¿sabías?

—Sí, lo sé. Gracias por escucharme.

—No hay de que—, Sango se levantó del sofá y, justo en ese momento, sonó el teléfono, murmuró algo y se acercó al aparato,—supongo que es Miroku.

Kagome miró la hora. Cuatro y media. El esposo de la chica siempre llamaba en punto, así que se le hacía raro escucharlo llamar ahora.

—¿Hola?

Había un silencio incómodo entre ellos dos. Cosa que nunca solía suceder. Lo admitía: sus piernas temblaban de puro miedo.

No me cortes.

No iba a cortarte, bien, puede que sí.

Bufó del otro lado, Kagome no cambió en nada después de su partida, y eso le alegraba. Porque adoraba a su mujer, sea como fuese.

Tomó otro trago de cerveza y escuchó atentamente la respiración de Kagome. Hacía tanto que no la tenía en sus brazos, que no se deleitaba con sus labios, con sus caricias. Con ese cuerpo exquisito que tan solo al invocarlo en su mente, su boca se hacía agua.

Esa chica estaba manipulándolo, hasta a través del teléfono.

¿Volverás verdad?

Sí tonta. No te dejaría por nada en el mundo

Entonces, ¿por qué te fuiste?

Tragó duro. Ella sabía la razón, ambos lo sabían. O, realmente, él sólo lo sabía. Frustrado como estaba, intentó armar una oración coherente. Y que su tono de voz concordara con lo que iba a decir.

Me fui porque, tenía que terminar con Kikyo.

Los minutos, parecían bombas que estaban apunto de estallar y volarlo en pedazos.

¿Lo hiciste?—su voz temblaba, y él suponía que ella tenía los ojos vidriosos, de pura emoción. ¿Cuántas veces le había prometido que dejaría a aquella mujer por la cuál discutían todo el tiempo? Además del imbécil de Kouga, claro.

Sí. Kagome

No lo puedo creer, tantos cuentos que me hacías. ¡Y sí lo hiciste!

Oye,

Se rascó la nuca, el avión iba a salir en minutos y si no estaba sobre ese vuelo hoy, mañana despertaría y se vería rodeado de gente porque cometió un suicidio.

Era mucho, pero así lo pensaba si no tenía a Kagome entre sus brazos, no podía pasar un día más sin ella.

¡Kami-sama! Esa mujer era una maldita perra controladora de emociones. Una mujer capaz de matar hombres.

Entrecerró los ojos.

—…Te amo mi amor, gracias por hacerlo. Supongo que lo hiciste por mí ¿no?—se oyó una carcajada de parte de Sango del otro lado, susurró algo como: «—te ves súper desesperada por él. O pienso que, necesitada de él—», Inuyasha supuso que Kagome se sonrojó, y le hizo una mueca de disgusto. Él sólo sonrió.

Mi amor, voy a perder el vuelo. Nos vemos.

Tu, tu, tu. Había cortado.

;#;

En éste momento, se encontraba con el corazón desbocado sólo por imaginarse verla, con la sonrisa impúdica que siempre llevaba en su bonito rostro. Observó la ventanilla, y veía nubes y más nubes. Ahora rogaba porque no cayera un rayo encima del avión.

«Demasiada exageración»

—¿Una copa de champagne, señor?

InuYasha miró de pies a cabeza a la azafata, y le sonrió, pícaro.

—Claro, gracias.

—De nada, cualquier cosa sólo, pídalo—la indecorosa azafata se relamió los labios, y el moreno de ojos dorados no supo si la chica tenía un tic, o le estaba guiñando el ojo.

«Kagome me matará cuando le cuente»

;#;

Sorbió un trago de la copa y se colocó sus auriculares mientras que la pequeña señorita, hablaba detrás de todo del chico del asiento veintitrés.

Después de dejarle un beso marcado en la mejilla de Sango (gracias al labial que ella misma le regaló), salió corriendo a tomar un taxi, para, al menos, arreglar aquella habitación que alquiló y bañarse, para irlo a buscar.

—Gracias, quédese con el cambio—.

Subió las escaleras, maldijo porque se le cayeron las llaves, y cuando entró, no sabía por dónde empezar, ya que su departamento estaba dado vuelta. Parecía que había hecho una fiesta, y había tirado la casa por la ventana.

«Tengo que tomar clases de "como ser ordenada"»

Comenzó arreglando su placar, siguió limpiando el piso, luego la cocina. El baño, y por último, ella.

Cuando salió del baño, fue directo a ver qué podría ponerse. Decidió por un short de jean, y una remera negra, con un estampado floreado que se le caía del hombro. Tomó sus converse rojas, se secó el pelo con la toalla, se maquilló un poco los ojos, y los labios.

Agarró su mochila, las llaves, su celular, dinero. Y se despidió de la casa, con un 'hasta luego'.

Realmente estaba nerviosa, la última vez que se vieron él tenía su cuerpo escultural (y ella suponía que no iba a cambiarlo) aquel pelo revoltoso que le llegaba por los hombros, pero que lo ataba con una gomita haciéndose un rodete.

Suspiró, imaginarlo bajo el agua una noche de calor, fue la gota que derramó el vaso, y que hizo que Kagome babeará más por él.

Al entrar al aeropuerto, y ver todas las personas caminando por ahí, deseó haberse quedado en el departamento y esperar a que él tocara el timbre.

—Oh, mierda.

Contuvo el aire, y se zambulló al mar con los tiburones. Vio que un avión acababa de despegar, y sólo quiso irse. Alejarse. Llamarlo a InuYasha al celular y mandarlo a la mierda.

Si llegaba a encontrarlo (con vida tal vez) le iba a pegar. Iba a dejarle una marca.

—¡Kagome!

El corazón le retumbó hasta llegar a dolerle, pero se giró sobre sí misma, y lo vio. «Carajo», estaba más sexy, y seductor que antes. Y tenía una sonrisa de mujeriego en el rostro. «Y lo de idiota nadie se lo quita».

Corrió hasta sus brazos, y se prendió por su cuello, mientras InuYasha la tomaba de las piernas y la obligaba a prenderse como koala a un árbol.

—Eres un idiota con todo los honores—lloriqueó Kagome en su hombro, y le tiró el pelo corto que ahora poseía— ¡me dejaste abandonada!

—¡Oye! No creas que no duele.

—¡Y por eso lo hago!

Los dos rieron, y él le plantó un beso pasional, mordiendo su labio inferior.

—Te extrañé.

—Ya tuviste el tiempo suficiente, no me dejes más.

InuYasha la bajó, y sonrió. Acomodó algunos mechones que estorbaban la cara de Kagome, y que seguían húmedos. «Recién bañada, con los labios rojos, uh, apetecible»

El chico con orbes doradas tomó la mano de Kagome, y salieron en busca de algún taxi.

Sintió un calor profundo cuando volvió a pisar la habitación donde vivía su novia. No importaba si era otra, no le importaba nada, sentía que su hogar era junto a ella y nadie más.

InuYasha dejó las valijas en el piso, y tomó la muñeca de Kagome, mientras ella lo observaba, emocionada.

—Es un regalo, para ti.

—¿Por qué?

El morocho sólo se permitió sonreír. Hacerle recordar los meses que pasó sin ella, y viceversa, no les pondría muy contentos que digamos.

La azabache abrió la pequeña caja que tenía un envoltorio muy llamativo, dentro de ésta, había un precioso anillo de oro, con un diamante negro. Las lágrimas le invadieron los ojos, y se lanzó encima de InuYasha para besarlo.

—Aunque sabes que no me gusta que gastes cosas en mí—suspiró, mientras que con un puchero le reprochaba que le haya comprado un obsequio,—esto te lo perdono.

Él se rió. Le convenía tomar ese regalo.

—Me alegra que te guste. Gasté mucho en eso; así que, quiero las gracias.

—Te daré más que las gracias.

La mirada provocativa de ella, hizo que las defensas de InuYasha se fueran al suelo, y que, en éste momento, estuviera besarla como nunca lo había hecho. Llevándola sobre la cama, quitándole todo lo que le estorbara observar el cuerpo de Kagome.

Gruñó cuando ella le jaló el pelo.

—Linda lencería.

—Mm,

—El rojo es mi color favorito.

Ella soltó un carcajada, seguido por un suspiro, y continuaron besándose. La azabache luchaba por desabrochar el pantalón, mientras que él sólo seguía lamiendo su cuello, dejándole marcas, mordisqueando. Degustándose con la anatomía de la chica.

—Kagome.

—¿Qué?—preguntó, mientras un gemido se le escapaba de los labios.

—Una azafata trató de seducirme.

Lo miró, y aunque estaba disfrutando el momento quiso golpearlo hasta que se desangrara. Quizás lo castrara, pero ella se quedaría sin ése placer. Tenía que admitirlo, como él en la cama no había.

Pero era un secreto de ella, aquellos que nunca se cuentan.

—Pobre. Una tonta más que cae en tus encantos, ¿no?

—Claro,

Empujó más fuerte, y Kagome gimió aún más. Estaban apunto de tocar el cielo con las manos, y ella aún no entendía cómo hizo para decir la oración con tal convicción.

InuYasha acarició los cabellos de la azabache, y sonrió. «Todo mejor que nunca»

—Por cierto, tú eres mío, acéptalo. Las aventuras con azafatas llegaron a su fin.

—Lo sé, por eso no hice nada con la rubia. Odio las rubias.

Kagome roló los ojos, y le propinó un codazo en el estómago. «Fanfarrón»

—Harás que esta vez, la que se marche, sea yo.

—No seas tonta. Me tienes a tus pies Kagome—, «rayos».

Él se arrepintió de sus palabras, ella festejó mentalmente. Total, ¿qué podía llegar a pasar? Ahora confirmaba que su amor estaba por sobretodos los obstáculos.

Y llevaban ese fino hilo del destino, que, aunque pareciese quebrarse con facilidad, estaba muy bien amarrado.

¿Sabes cuántas cosas olvidé, cuando llegó la confusión? Pero tu imagen sigue tan entera.


N/A: No sé qué pensar. Pero, eso se los dejo a ustedes. Aún no me convence, espero que les guste. (:

Saludos niñas, desde ya, gracias por leer mis atrocidades. (?
Las sonrisas sin permiso molestan a mi lado. ¬

Fin de transmisión. (: