DIECINUEVE MÁS UNO AÑOS DESPUÉS
—Potter —susurró Pansy deteniéndose bruscamente frente a la puerta del baño e impidiendo salir al resto. El corazón de Millicent dio un salto e intentó ver lo mismo que Pansy, pero ella ya estaba cerrando la puerta—. Oh, Merlín, id para atrás. Para atrás, que no nos ha visto.
—¿Cómo que está Potter aquí? ¿Aquí? —repitió tontamente. El corazón le latía muy deprisa. Bueno, vale, quizá Potter si le gustaba. Pero, ¿a quién no le iba a gustar? Era valiente, guapo, un buen jugador de Quidditch y luchaba contra el mal y las injusticias.
Aunque fuera le generaba un poquito de simpatía.
—No pensaba que fuera a ser tan estúpido. —Pansy sacó su varita y esbozó una sonrisita—. Creo que podríamos contra ellos, somos cinco a dos.
—¿Ellos? —repitió Sally-Anne.
Millicent puso la mano sobre el pomo de la puerta.
—No, no vamos a hacerlo.
—Pansy, yo también creo que no es buena idea —dijo Daphne bajando de forma tentativa la mano que sostenía su varita—. Potter ha luchado contra adultos, contra el Señor Tenebroso, y ha salido con vida.
—No seas absurda, está entretenido. Es un buen plan.
—¿Qué plan? —gruñó Millicent.
Pansy le fulminó con la mirada.
—Salimos, les hechizamos y llamamos a algún carroñero.
—¿Es que no ves que es absurdo?
—Yo estoy dentro —dijo Tracey asintiendo. La voz le tembló levemente, pero parecía lo suficientemente segura de sí misma—. Seguro que nos premian o algo.
—Daphne, Sally-Anne —gimoteó Millicent en busca de apoyos.
—No voy a atacar a Potter —asintió Daphne—, no te preocupes.
—Pues entonces no os mováis de aquí —Pansy se libró de la mano de Daphne que la sujetaba con un manotazo. Luego las señaló con la varita, como advertencia, abrió la puerta y salió.
Tracey se escabulló detrás con ella, también con la varita en alto.
—Esto es una locura —musitó Sally-Anne abrazándose a sí misma—. ¿Quién en su sano juicio…?
—¡Petrificus Totalus! —se oyó al otro lado de la puerta. Un grito de susto, femenino, les puso la piel de gallina. Millicent notó la mano de Daphne alrededor de la suya, como intentando darle ánimos.
—¡Confundo!
—¡Protego!
—Esto es absurdo. —Millicent sacó su varita y salió fuera del baño.
El pequeño corredor estaba prácticamente vacío. De no ser por Pansy, Tracey, la Weasley… espera, no. Frunció el ceño, se parecían. Debían de tener una altura parecida y el mismo cabello. Largo y completamente liso, pelirrojo. Pero sus caras…
—¡Protego! —la chica prácticamente lo gritó, sujetando su mano derecha con la izquierda para evitar desestabilizarse. Notó que la miraba, con una mezcla de pánico y sorpresa—. ¡Ayuda, se han vuelto locas!
—¡Stupefy! —insistió Pansy. Tracey cada vez estaba más lejos del enfrentamiento. ¿Estaba corriendo en busca de… ayuda?
Bajó la vista hacia abajo, hacia el bulto que debía de ser Potter y apretó los labios. Si se quedaba quieta… no, no podía. Y ni siquiera era una cuestión de que fuera Potter. Si se quedaba quieta sería su cómplice.
—Ya basta. —Se colocó detrás de Pansy y la agarró con fuerza por la cintura, asegurando sus brazos dentro del abrazo, y la levantó sin grandes dificultades.
—¡Merlín, Bulstrode! —chilló y pataleó. Al otro lado del pasillo Tracey la miró con sorpresa, se volteó y salió corriendo aún con más energía.
—Vete —le dijo a la chica.
Ella las miró y luego bajó la vista a Potter.
—¿Quién demonios es esa chiflada? —replicó entrecerrando los ojos e ignorando la orden de Millicent, acercándose al chico—. Finite.
Para su propio alivio, se movió sin ningún tipo de dificultad. Sacó rápidamente su varita y levantó el rostro hacia ellas con expresión desafiante.
—No es Potter —observó Sally-Anne, aunque no hiciera falta.
Todo su parecido que existía era que los dos eran moreno, así que Millicent liberó de su abrazo a Pansy. Los dos muchachos se echaron instintivamente hacia atrás y levantaron sus varitas.
—Perra —gruñó girando la cabeza hacia Millicent e ignorándolos.
—¿Estás mal de la puta cabeza?
—Chicas.
—¡Ni siquiera se parecen!
—¡Te dije que no intervinieras! —insistió ella levantando el rostro. Estaban muy cerca, tanto que darle un puñetazo sería terriblemente fácil. Apretó los puños.
—Yo si fuera vosotros me largaría —aconsejó Sally-Anne con voz conciliadora.
—¿Qué nos larguemos? —repitió el chico.
—No, de eso nada. ¿Qué es eso de ir atacando a la gente? ¿Qué maldita mosca os ha picado? —La chica negó con la cabeza—. No, de eso nada. Teddy…
—Sí, ve. Yo me quedo.
—No, tú no vas a ninguna parte…
Millicent agarró con fuerza del brazo de Pansy, impidiendo que la siguiera.
—Déjalo ya, Pansy —pidió Daphne—. Y tú, Ted… Teddy. No… no se lo tengáis en cuenta. Ya sabes cómo están las cosas, ¿verdad? La gente está un poco nerviosa.
—¿Nerviosa? —repitió él frunciendo el ceño.
—¿De qué curso eres? ¿De sexto? Quizá sería bueno que fueras saliendo para que no manden a todo el mundo a buscarte y eso.
—Segundo. De la academia de aurores —replicó él sonriendo con cierta acritud—. Ahora, haz el favor de no moverte de dónde estás.
—Guau, Pan-Pan —se burló Millicent soltándola.
—Ellas no nos representan —explicó Sally-Anne—. De hecho, os hemos salvado. Podrías ser un poco más… menos…
Teddy arqueó una ceja y Sally-Anne cerró la boca.
—Mira, no he hecho nada malo —intervino Pansy cruzándose de brazos—. Hay una orden de arresto contra Potter. Ha sido un malentendido, nad…
—Perdona, ¿qué?
—Pensé que eras él. De verdad, de espaldas y con la chica pelirroja…
—¿Una orden de arresto?
—¿No lees el periódico? —Pansy se giró y sonrió con prepotencia—. ¿Os lo podéis creer?
Teddy frunció el ceño, aún con su varita en alto. Abrió la boca, como para decir algo, y en seguida volvió a cerrarla. Evidentemente, Pansy aprovechó aquel momento de debilidad para iniciar su ataque verbal.
—Vamos, muchacho. Te vas a meter en más líos de los que piensas solo por estar apuntándonos con la varita. ¿Acaso no sabes quién soy? ¿De quién soy amiga? Haznos un favor a todos y lárgate con tu noviecita.
Millicent giró la cabeza, avergonzada por su actitud. Tragó saliva y achicó los ojos, incrédula.
¿Eso era…?
»Antes de que se vaya con otro —seguía Pansy—. En serio, esa chica está por encima de tus posibilidades.
—Pansy…
—Déjalo. Mira, chico…
Millicent colocó su mano sobre el hombro de Pansy para llamar su atención.
—¿No querías atrapar a Potter? —le preguntó. La incredibilidad se había ido para dejar un profundo sentimiento de satisfacción. Ya se preocuparía más tarde de si se había dado un golpe en la cabeza—. Hala, todo tuyo.
Señaló con la cabeza hacia el túnel.
Fue un momento mágico. Pansy se giró con energía y su brazo se quedó congelado a medio camino. Daphne chilló. Potter se detuvo a cinco pies de ellas y frunció el ceño. De no ser por la cicatriz, alargada y brillante en el centro de su frente, Millicent no sabía si lo habría reconocido. Estaba mayor, mucho más.
Detrás suya, como no, le acompañaban Weasley y Granger. Y la chica pelirroja.
—¡Cáspita! —le susurró a Pansy con maldad. Ella la miró. Tenía los labios muy apretados y parecía que se estaba conteniendo para no empezar a decir palabrotas.
—Tío —dijo la chica pelirroja—, son…
—Bulstrode —dijo Potter frunciendo aún más el ceño.
Millicent abrió la boca. Pansy soltó una risotada.
—¡Cáspita! —se burló.
—Es imposible —replicó Granger, sacando su varita y apuntándolas.
Abrió la boca. Parecía que lo apropiado era decir «Potter». Sin duda sería algo que habría dicho Malfoy. Pero Pansy la interrumpió.
—Baja esa cosa, no sea que te vayas a hacer daño, bonita.
—¿A ti no te enseñaron tus padres a callarte?
(X)
—Parecen de verdad —susurró Daphne a sus espaldas—. Y no creo que esto sea un sueño.
—En todo caso una pesadilla.
(X)
—Harry…
—Llévate a Victoire para que coja el tren. Nosotros nos encargamos desde ahora.
Teddy bajó un poco la varita y las miró.
—¿De qué las conoces?
Harry le miró, aún con la expresión un poco descompuesta.
—Obedece.
—¿No creerás que es posible?
—Hermione, es difícil imitar la estupidez crónica de Parkinson.
—Ya, pero…
—¿Y si es una poción rejuvenecedora que ha salido mal?
—Eso… sorprendentemente tiene lógica.
Hermione suspiró y giró la cabeza. Y ella pensando que iba a tener tiempo para aburrirse ahora que Rose iba a ir a Hogwarts.
—¿Creéis que deberíamos decir algo? —preguntó Millicent.
—Creo que deberíamos correr —aportó Sally-Anne.
—¿No creéis que Granger está muy gorda?
—¿Tú qué tienes en la cabeza?
—Bueno, en general parecen todos muy mayores…
—¡Daphne!
Millicent dejó escapar un sonoro suspiro y giró la cabeza hacia Potter, Granger y Weasley. Parecían estar hablando entre ellos, tan nerviosos como ellas mismas. Tragó saliva y habló.
»Uno de septiembre de 1997 —anunció cruzándose de brazos. Ellos levantaron las miradas al unísono.
—2017 —respondió Weasley—. Vamos, sí, la misma fecha pero…
—Te han entendido, Ron.
—¿Y ahora qué?— espetó Pansy cruzándose de brazos y levantando la barbilla.
—Creo que lo más lógico sería ir a un lugar donde podamos hablar. La oficina de aurores.
Fuera de los baños, la diferencia fue algo más que palpable. Y no solo porque ni Crabbe ni Goyle estaban allí, esperando con sus baúles. Los padres se agolpaban para despedir a sus hijos frente al tren, en lugar de quedarse en un segundo plano observando en silencio. Había risas, sonrisas. Y no había funcionarios del ministerio registrando a los jóvenes.
—Vete a buscar a Ginny, Hermione. Os esperamos en el aparcamiento.
Granger le apretó levemente el brazo a Weasley antes de separarse del grupo. Apenas unos instantes después, se había perdido entre la multitud.
—¿Y por qué estamos yendo con ellos? Es absurdo.
—Oh, Pansy… —empezó Daphne.
—Por desgracia para ti, Parkinson —intervino Weasley con tono divertido—, tengo permiso del Jefe de Aurores para maldecirte y llevarte a rastras en caso de hacer falta.
Pansy frunció el ceño y Millicent no pudo evitar sonreír levemente. Unos pasos más adelante que ellas se oyó la risa queda de Weasley.
—Estoy pensando que las voy a llevar yo en el coche —comentó Potter—. Llevad a Ginny y a los niños a mi casa y luego Hermione y tú venís directos al Ministerio.
—Ginny se va a mosquear, colega.
—Ya —replicó él sin poner demasiada emoción en sus palabras. Weasley le palmeó el hombro, como si quisiera darle ánimos.
—¿Quieres que avise a alguien? Como a B…
—Merlín —murmuró Sally-Anne, deteniendo al grupo y provocando que todas las miradas acabaran en ella. Tenía la boca entreabierta y los ojos desorbitados, como si acabase de ver a un fantasma—. Es verdad.
Millicent siguió su mirada. Durante un instante no supo qué era lo que estaba buscando. Y entonces Malfoy apareció en su visión.
Si no fuera porque tenía a un Potter y a un Weasley mucho más viejos justo a su vera habría pensado que Lucius Malfoy estaba pasando una mala racha. Pero no, era Draco. Vestido de escrupuloso negro y con el cabello repeinado. Y…
—¿Malfoy se está quedando calvo? —preguntó en voz alta. Aunque no hacía realmente falta. El nacimiento de su pelo en las sienes había retrocedido unos cuantos centímetros.
Weasley ahogó una risilla complacida que acabó sonando como una pedorreta. Pansy, por supuesto, se cruzó de brazos y se colocó en medio de la imagen lejana de Draco y de ella. Como si pudiera protegerlo de su observación.
(Y a su cabello con él).
—Habría que verte a ti, gorda estúpida —le espetó.
—¡Parkinson! —exclamó Potter.
Sally-Anne jadeó con sorpresa.
—Eres… eres… —Apretó los puños y tomó aire. Pansy arqueó las cejas y sonrió con superioridad.
—Bueno, es suficiente, sigamos —dijo Potter.
—Siempre tan elocuente. No sé si desear que tus hijos hayan heredado esa cualidad de ti o de Goyle.
Weasley, sin intentar ya disimularlo, se empezó a reír como un loco.
—Así no me ayudas, Ron.
—Yo… yo… de verdad…
—¿Astoria?
La voz de Daphne rompió la tensión de la escena. Se había movido casi hasta la altura de Pansy y miraba al frente. Justo a Malfoy, a la mujer que estaba junto a él. Agarrándolo del brazo.
Pansy se giró bruscamente y ahogó un gritito de incredibilidad.
—No… —empezó Pansy con un timbre vibrante.
—No —repitió Daphne caminando hacia delante.
—Bueno, ya está bien. —Potter se colocó en una posición intermedia y agarró del brazo a Daphne—. Nos vamos.
Ella levantó la mirada. Parecía bastante impresionada.
—Pero es mi hermana pequeña —explicó antes de volver a girarse hacia ellos.
—Tienes dos opciones, Greengrass. Puedes venir andando o te puedo llevar en volandas. Tú decides.
No respondió y Potter debió interpretar eso como que estaba de acuerdo en ir con ellos, por lo que tiró de Daphne mientras caminaba. Weasley se quedó atrás y cerró la marcha.
Millicent miró una vez más y le pareció que Malfoy la miraba.
—Señor Potter —intervino Sally-Anne—, ¿qué pasa con Tracey?
El Ministerio de Magia era casi como lo recordaban de su época. Con grandes galerías y repleto de gente con demasiada prisa o demasiado ocupada. Quizá solo había un cambio importante: un enorme cristal grueso en medio del atrio que se veía desde lo lejos.
Sin embargo, Potter no estaba de humor para hacerles una visita guiada. Saludó brevemente a la gente que se encontraba y les indicó subir al primer ascensor que encontraron. Directos a la Oficina de Aurores.
—Buenos días, jefe Potter —saludó la que debía de ser la secretaria del departamento. Una señora mayor, con el rostro arrugado y un gracioso moño en la nuca.
—Buenos días, señora Bishopper —respondió él asintiendo con la cabeza—. ¿Tiene algo para mí?
—En su mesa, jefe.
Miró a las chicas y frunció levemente el ceño al llegar a Millicent. Deseó ser un poco más pequeña, lo justo para esconderse entre las demás y esquivar su mirada.
»¿Quiere que llame a alguien, jefe?
—No. Vendrá el auror Weasley y su mujer con una chica, hágalos pasar. Y, uhm, consígame cinco sillas más.
Potter golpeó levemente la mesa de la seora Bishopper con los nudillos antes de entrar en uno de los despachos. Sobre la puerta entreabierta se podía leer:
«Harry J. Potter
Jefe de Aurores».
tbc.
