Aquí el trágico suceso desde el punto de vista de Freddie. No hay peor castigo a nuestras estupideces, que perder a la persona amada, lo digo con propiedad porque yo viví en carne propia esa situación.
"Si supiera que hoy fuera la última vez que te voy a ver dormir, te abrazaría fuertemente y rezaría al Señor para poder ser el guardián de tu alma.
Si supiera que ésta fuera la última vez que te vería salir por la puerta, te daría un abrazo, un beso y te llamaría de nuevo para darte muchos más.
Si supiera que ésta fuera la última vez que voy a oír tu voz, grabaría cada una de tus palabras para poder oírlas una y otra vez indefinidamente.
Si supiera que éstos son los últimos minutos que te veré, te diría cuanto te quiero y no asumiría tontamente que ya lo sabes."
Gabriel García Márquez.
Un largo suspiro acompaña tus pensamientos, estás absorto en ellos acostado en tu cálida cama, sientes que apenas han pasado segundos y todavía respiras el perfume de la castaña, asumes que flotas en una nube, te reconforta el sentimiento de que has recibido un reconocimiento justo a tu persistencia, un poco de esperanza, que se resume en fugaces segundos. Tomas otra gran bocanada de aire. Consideras la idea de que quizá renació tu ilusión infantil. Cabeceas un poco por la imagen que llega a tu mente. Ves a tu rubia amiga riendo estridentemente. La culpa te resulta abrumadora. Vuelves a tierra. No la has olvidado. De nuevo te sientes frustrado. Divagas. Saltas de un lado a otro, recuerdas lo mucho que te gustaba Carly, pero añoras la insuperable sensación de plenitud que te otorgaba Sam.
Tu teléfono repiquetea con insistencia, lo que te hace reaccionar, sientes que tu sangre se congela, tu corazón palpita de una manera tan salvaje que tienes la sensación irreal de que está a punto de salir por tu boca. Sam ha tenido un accidente muy grave, advierte Gibby quien nerviosamente clama por tu auxilio, tus manos tiemblan. No sabes que decir. Cuelgas y corres a su encuentro.
Un escenario desolador nubla tu vista, a lo lejos oyes la sirena de lo que podría ser una ambulancia, un sentimiento penoso te causa la sensación de que tu pecho se ha rasgado en dos mitades. La ves y quisieras que fuera un mal sueño, está tendida en el suelo a pocos metros de la motocicleta que tanto proclamó amar. Gruesas lágrimas brotan por tus ojos, levantas su cabeza suavemente. Su respiración es cada vez más lenta. Sus dorados caireles se cuelan por tus dedos. Si pudieras cambiarte por ella lo harías sin dudar. —¡No te vayas!— Suplicas —¡Quédate conmigo!— Ruegas inútilmente. Ella fija una mirada suplicante sobre ti y entonces lo entiendes, está sufriendo, debe marcharse, un hilo de sangre bordea la comisura de sus labios. Con dificultad articula sus últimas palabras. En respuesta te acercas suavemente y el sentimiento más real que ha nacido dentro de ti lo depositas en su oído. —Te amo.— Musitas por última vez. Ella oprime delicadamente tu mano, la presión es casi imperceptible, pero tienes la certeza de que te ha oído e interpretas su gesto como un acto de reciprocidad, todo está perdido, solo aprietas el cuerpo ya sin alma contra tu pecho, mientras gotas llenas de intangible, pero violentamente real dolor caen sobre el mismo. El aire se vuelve pesado al respirarlo, sabes que no volverás a sentir un amor como el que por Sam Puckett sientes.
