Capítulo II- El callejón Diagon.

"Esto es una locura, una completa locura."-me dije. Habían pasado muchos días desde que el hombre que se hacía llamar Dumbledore había hecho levitar el sofá de mi salón, y el tiempo hacía que dudase de su historia.

¿Había alguna forma de manipular algo así?¿Sería algún tipo de broma? No, no tenía ningún sentido, no creía que hubiese alguien capaz de hacer algo así. Era cruel, jugar con las ilusiones de la gente. Además, yo había sentido el poder dentro de aquel hombre, como si lo irradiase, y eso cuadraba con lo que me había contado.

"No eres una chica normal, Alicia, eres especial incluso entre los magos, eres una Mirror." Eso había dicho el director. Luego me explicó lo que eso significaba. "Puedes ver el poder en los magos y las brujas, y puedes copiarlo para conseguir hacer aquello que a ellos se les de mejor."

Dumbledore había respondido con paciencia a todas mis dudas, que no eran pocas, y a las de mis padres. Nadie podría inventar una historia tan elaborada. Le había preguntado hasta los más pequeños detalles del funcionamiento del mundo "mágico", y había contestado a todo sin dudar. Si era una mentira, era la mejor mentira que había escuchado en mi vida.

Eché de nuevo un vistazo al "Caldero Chorreante", que era el lugar dónde el director me había indicado que esperase al tal Hagrid, que me ayudaría con mis compras para el nuevo curso. Había pasado mil veces por aquella calle y hasta aquel día, no me había fijado en ese establecimiento. Incluso en ese momento podía ver a la gente pasando por delante sin dedicarle siquiera una mirada, ¿sería algún tipo de hechizo?

Paseé de nuevo la mirada por la gente, preguntándome cuál de ellos sería Hagrid.

"No te preocupes, lo reconocerás sin problemas."-Resonaron las palabras del director en la cabeza, y recordé haber notado una especie de broma secreta tras sus palabras. Eso no hizo más que aumentar mi inquietud. Por lo que había visto por el atuendo de Dumbledore, los magos vestían de una forma extraña, ¿acaso iba a aparecer un hombre con una túnica de color brillante en una calle llena de lo que ellos llamaban "muggles"?

Mis padres habían insistido en acompañarme, pero me había negado, si aquello era una broma, no les quería metidos en ella.

Sonreí ante mi propio escepticismo, me habían dado pruebas más que de sobra, pero aún así no terminaba de creerme que todo aquello fuera real.

"Entonces... ¿tengo poderes?" Sin que lo hubiese podido impedir, mi voz había sonado ilusionada. ¡Magia! ¿Quién no ha soñado con ser capaz de algo así?

Al profesor le había gustado mi ilusión y me había explicado que los Mirror tenemos nuestra propia magia, pero que nuestro poder aumenta si copiamos la de los demás.

"Tendrás que estudiar mucho para ponerme al día."-me había advertido la severa profesora que acompañaba al amable director.

No me importaba. Si aquello era real, me esforzaría al máximo por conseguir ser la mejor de mi curso. No me importaba dejar a mi familia, a mis amigos y mi vida; aquello era un sueño. Pero en el fondo de mi mente sabía que no lo hacía por la ilusión, sino que era la excusa perfecta para alejarme de él.

Antes de que el recuerdo me empañase los ojos con lágrimas, vi una figura acercándose, y comprendí a lo que se refería Dumbledore.

-No puede ser...-murmuró mi boca sin mi permiso mientras contemplaba a aquel gigantesco hombre caminar hacia mí.

-¡Tú debes de ser Alicia!-exclamó cuando llegó a dónde me encontraba.- Soy Rubeus Hagrid, guardabosques y profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas de Hogwarts.

-Eres increíblemente grande.-se me escapó, pues todavía estaba afectada por la sorpresa y siempre he tenido problemas para callarme las cosas que por educación es mejor no decir.

La sonrisa del hombre, radiante hasta ese momento, se debilitó un tanto.

-Eh... Si... Soy medio gigante.-explicó y comprendí en seguida que no era un tema del que soliese hablar.

-Ahh.-asentí como si eso no me hubiese creado mil dudas más.- Encantada. -le tendí una mano.- Soy Alicia Samin. El profesor Dumbledore me dijo que tú podías ayudarme a conseguir las cosas que necesito para empezar el curso.

Hagrid asintió y pude ver que le enorgullecía que el anciano director confiase en él.

-Por supuesto, te llevaré al Callejón Diagón, sígueme.-y entró dentro del establecimiento.

"¿Hay un callejón dentro del Caldero Chorreante?"-me pregunté, sin entender, antes de ir tras él.

El guardabosques me guió hasta la parte trasera de la tienda. Cuando se detuvo frente a la pared de ladrillos, contándolos, no pude evitar volver a pensar que todo era una broma, y cuando sacó un paraguas rosa de uno de los muchos bolsillos de su abrigo, este pensamiento se intensificó, pero él, ajeno a mis dudas, dio unos toques a un ladrillo y entonces el muro se empezó a modificar ante mis ojos.

Se me escapó una palabrota, que fue acallada por el ruído de los ladrillo moviéndose de sitio, mientras la pared nos comenzaba a mostrar una extraña calle.

En principio era normal, tiendas a los lados y gente andando en medio, deteniéndose de vez en cuando para mirar los escaparates; pero no podía ser más extraña.

Las personas que se encontraban frente a mí vestían túnicas y las tiendas vendían cosas que jamás llegué a imaginar. Mi boca se abrió por la sorpresa, sin que yo pudiese evitarlo mientras todas mis dudas sobre si aquello era real o no se desvanecían.

Hagrid echó un vistazo a mi expresión.

-Impresionante, ¿no es así?-me preguntó.

Asentí energicamente.

-¿A dónde vamos primero?-pregunté.

-A Gringotts, el banco mágico, tienes que cambiar tu dinero muggle.

Le seguí hasta un enorme edificio de color blanco que destacaba entre las tiendas que le rodeaban. Custodiando la puerta había dos extraños personajes con uniformes carmesís y dorados.

-¿Son...?-empecé a preguntar pero Hagrid me interrumpió.

-Duendes, sí. Son los que se ocupan de dirigir el banco. No es buena idea intentar robarle a un duende.-dijo mientras cruzábamos las puertas de bronce pulido, momento que aproveché para observar mejor a las criaturas.

Eran bastante más bajos que yo, y en sus ojos había un brillo de inteligencia que de alguna forma me hizo entender porque era mejor no intentar robar nada. También me fije en sus dedos y pies, mucho más largos de lo normal. Nos siguieron con la mirada mientras entrábamos, como si desconfiasen.

-Se han vuelto un poco paranoicos después de todo lo sucedido.-comentó Hagrid.

Abrí la boca para preguntar a qué se refería, pero habíamos llegado a otras puertas dobles, en esta ocasión de plata y me distraje leyendo las palabras grabadas encima de ellas.

Entra, desconocido, pero ten cuidado

Con lo que le espera al pecado de la codicia,

Porque aquellos que cogen, pero no se lo han ganado,

Deberán pagar en cambio mucho más,

Así que si buscas por debajo de nuestro suelo

Un tesoro que nunca fue tuyo,

Ladrón, te hemos advertido, ten cuidado

De encontrar aquí algo más que un tesoro.

Algo me dijo que no era una simple amenaza, sino una promesa y me recorrió un escalofrío. Me pregunté que clase de castigo impondrían los duendes a aquellos que pillaban robando y me di cuenta de que probablemente era mejor no saberlo.

Al cruzar estas puertas nos encontramos en un amplio vestíbulo de mármol, lleno de duendes, sentados tras un largo mostrador. Algunos escribían en libros que supuse que eran de cuentas, mientras otros pesaban monedas en balanzas o examinaban piedras preciosas con lentes. Por lo que estaba viendo, allí había oro y gemas como para comprar una ciudad entera.

Nos acercamos a uno de los duendes para cambiar el dinero que había traído. En seguida, mis billetes fueron cambiados por extrañas monedas de oro, plata y bronce.

-Las de bronce son knuts. Veintinueve knutshacen un sickle, que son las de plata; y diecisiete sickles hacen un galeón, que son las de oro. Es muy fácil. -me explicó el semi-gigante cuando salimos de Gringotts.

"Es evidente que esta persona y yo no tenemos la misma definición de fácil"-pensé.

Me prometí a mi misma que apuntaría las equivalencias en alguna parte para no olvidarme y hacer el ridículo en alguna tienda.

-Ahora iremos a por tu uniforme.-me indicó Hagrid.

Eché un vistazo a mi indumentaria, unos pantalones vaqueros y una camiseta de color claro de manga corta, que en mi mundo no hubiese destacado pero allí me hacía ver como una completa extraterrestre.

Me llevó a una tienda llamada "Madame Malkin, túnicas para todas las ocasiones." Y cuando entramos nos recibió una bruja regordeta y muy sonriente.

Hagrid le explicó que necesitaba el uniforme de Hogwarts y ella se giró hacia mí.

-No te había visto nunca por aquí, ¿no?-preguntó, tal vez para saber si hasta ese día había comprado las túnicas a su competencia.

-No, es mi primer año.-expliqué, antes de recordar que Dumbledore me había dicho que mi circunstancia era muy extraña y que (se había disculpado por esto), eso había hecho que la comunidad mágica hablase de mí cuándo yo ni siquiera sabía de su existencia.

Madame Malkin se sorprendió, pero comprendió en seguida lo que pasaba.

-Oh, tú eres...-comenzó pero la interrumpí tendiéndole la mano.

-Alicia, encantada. ¿Puedo ver alguna túnica?

Eso hizo callar cualquier pregunta que me quisiese hacer. Estrechó rapidamente mi mano y un rato más tarde estábamos fuera de la tienda con las túnicas que necesitaba para aquel año.

-¿Tan raro es que sea una Mirror?-le pregunté a Hagrid, directa como siempre he sido.

-Según lo que he oído, nace un Mirror cada dos siglos, más o menos.

-Genial.-dije, con todo el sarcasmo que pude reunir, que era bastante, la verdad.

-Pero no te preocupes, en una semana ya se habrán cansado de la historia y te dejarán tranquila.-me aseguró Hagrid.

-Eso espero.

No me gustaba que gente que no me conocía hablase de mí a mis espaldas.

Suspiré antes de preguntar:

-¿Cuál es la siguiente parada?

-Bueno, si no te importa, quería visitar a unos amigos que tienen una tienda por aquí llamada "Sortilegios Weasley".