Con las alas rotas
II
Madame Jarjayes estrujaba sus manos, impaciente: En la mesa el silencio era sepulcral, gélido…ninguna de las dos rompía ese tabú impuesto días antes. Finalmente, la madre decidió dar el primer paso…
-Hija, recibí una invitación para la fiesta del duque de Guemenais-
Le miró extrañada…
-La reina conversó conmigo unos días atrás, convenciéndome que vayamos para despejarnos un poco; además, creo que nuestra presencia sería-
-…Imprudente-interrumpió Oscar, dejando los cubiertos a un lado- Con ese hombre me batí a duelo unos meses atrás…no creo que debamos exponernos por ahora a las tertulias; mucho menos para irnos a meter a la "boca del lobo"…de todos es conocimiento de nuestra poca simpatía-
-¿Meternos a la "boca del lobo" dices? Oscar, temo que exageráis hija…-
-Bueno, si lo deseáis, podéis ir vos: yo tengo muchas tareas pendientes en la guardia…Andrè-
-¿Sí?-
-Prepara los caballos: Hoy vendrás conmigo a palacio-
-La niña Oscar parece perdida…como si hubiera pedido el rumbo-
-¿Perdón?-
-Ah, descuida-secaba sus lágrimas con el delantal mientras lavaba los trastes-estaba hablando sola…-
-Mmm…a mí me da la misma impresión, pero no se puede esperar menos: perdió a su padre. Existen ocasiones en las cuales hay que dejar que actúe el tiempo…-
-¡Ah, habladurías! Esa niña necesita de alguien que vele por ella: Que la cuide y le hable hasta que suelte toda esa pena reprimida…-miró en dirección al muchacho.
-A-abuela, creo que exageras: Ella es muy fuerte, más de lo que piensas-
-"Abuela, creo que exageras"-repitió mofándose de sus palabras- ¡Esa niña está sufriendo, niño desconsiderado, y tú todavía creyendo que su soledad es algo normal!-
-Oscar es así desde que la conozco…no creo que sea necesariamente un defecto-
-El que haya actuado toda su vida con tanto mutismo no es normal, los actos no son irremediables aunque haya pasado el tiempo…tú más que nadie deberías saberlo-
-¿Y yo por qué?-
-Porque eras igual a los cinco años. Cuando murieron tus padres…-
-Abuela…-
-Lamento recordártelo, pero es la verdad. Los momentos amargos no deben pasarse solos…y tú, como eres la persona más cercana, te toca el acompañarla pase lo que pase…-
-Entiendo tu punto, pero no va a ser tan sencillo. Hablé con ella anoche-
-Bueno ¿Y? ¿Qué te ha dicho?-
-Eh... creo que debo mantenerlo en secreto-
-Andrè Grandier ¡No le vas a ocultar nada de esto a tu abuela ¿Verdad?!-
-Lo lamento, pero no puedo decírtelo-
-¡Ah, ya verás, bribón desconsiderado: Recibirás tu merec!-
En el instante que la abuela estaba por continuar con el reto, apareció Madame Jarjayes.
-Y bien: ¿qué os ocurre, Madame Montblanc? ¿Pasando malos ratos con vuestro nieto?-
-¡Ah, si supiera madame! Este chiquillo me ha causado tantos dolores de cabeza que no sé si llegaré a sobrevivir este año-
-¡Ja, ja, ja! Abuela, eres tan melodramática-
-Me da gusto que estés de buen ánimo, Andrè-
-No hay de otra, madame Jarjayes-
-¡Pero qué manera de expresarse es esa! ¡Ven acá y recibirás tu merecido!-
Pero la dama tomó tiernamente la mano cuasi-homicida y puso una mano en su hombro:
-No, no, no... Ah, ah: No se estrese sin motivo-
Luego de tranquilizar a la abuela, se dirigió hacia Andrè:
-Muchacho: Venid conmigo-
Consternado por la petición, Andrè se quedó parado en la puerta del escritorio. La señora pasó se apoyó en el escritorio y retiró la mano al darse cuenta de lo polvoriento que se encontraba.
-¡Vaya! Este lugar necesita aseado... ¿Hace cuánto tiempo que permanece cerrado el escritorio de mi marido, Andrè?-
-Cercano al mes que nadie ha visitado la habitación, madame-
-Ah, sí...-musitó, dando voz a sus pensamientos-ah, sí-
Se sentó en el puesto que dejó vacío su esposo, apoyando el mentón entre sus manos cerradas: meditando. La mirada de Andrè está cargada de sentimientos encontrados, hasta que la voz de ella lo despertó:
-¡Pero qué descortés! Tomad asiento, por favor-
-Muchas gracias-
-Bueno, cuéntame: ¿Cómo has estado?-
-Muy bien, madame...sólo que-
-Dime...-
-Creo que no debería sentir vergüenza alguna. Dígame: ¿en qué la puedo ayudar?-
-Mmm... Al parecer, creo que divago demasiado ¿No?...-
-¿En qué puedo ser útil?-
-Mira Andrè, la situación es la siguiente: Conoces más que nadie a mi hija… han sido amigos desde que puedo recordar. La situación no se ha dado fácil estos últimos meses; la comunicación va de mal en peor entre nosotras, y temo no ser la persona indicada para apoyarle…-su voz entrecortada por la angustia no la dejaba continuar, finalmente sacó palabra:
-…No sé a quién recurrir más que a ti: estoy desolada. No he cumplido mi rol como amiga, mucho menos como madre, y te pregunto cosas que no tendrías por qué contármelas-
-Madame Jarjayes, yo-
-No te preocupes; si no quieres contarme, no te presionaré-
-Escúcheme, por favor: la verdad es que no puedo confidenciaros todos los actos y circunstancias personales de su hija, pero puedo asegurarle que está bien. Lo único que necesita es vuestra comprensión y paciencia, de más está el decirle que el sufrimiento que padece todavía es muy fuerte, y que sólo el tiempo curará las heridas, por profundas que se vean-
-Eso es lo que creo…pero es difícil hacerse la idea de que en nada puedo ayudarle-
-Puedo entenderlo…-
-Gracias, Andrè. Estoy muy agradecida de vuestro apoyo para con mi hija-
-No es nada… lo que necesite-
-Lo tendré pendiente: Puedes retirarte-
-Con su permiso…-agachó la cabeza en señal de respeto y abandonó el escritorio, con la mala suerte que justo se topó con Oscar en el trayecto.
-¡Oscar!
-¡Al fin te he encontrado! ¡¿Pero en dónde demonios te habías meti-?!-interrumpió su reprimenda al ver la silueta de su madre desaparecer por el pasillo.
-"¿Mi madre en el escritorio, conversando con Andrè?, ¿De qué hablaban?"
-¿Oscar?
-¡Ah!-soltó un suspiro de la impresión.
-¿Te encuentras bien?, ¿pasa algo?
-N-nada que… ¡nada que te incumba, Andrè! Será mejor que vayamos inmediatamente a palacio, si es que no tienes otra cosa que hacer.
-¡Ah, Oscar: las cosas que dices!-respondió esquivando esa mirada inquisidora: dio su palabra de total discreción y debía cumplir.
-…como quieras-caminó en pos de la caballeriza, sin dejar de pensar…
-"No puede ser: estoy rodeada en mi propia casa"
-No ponga duda en vuestras habilidades, mi querido duque de Guemenais. En la mayor parte de las ocasiones, las apuestas están regidas por la mano del azar…-
-"Mal de muchos, consuelo de tontos"…dispénseme, Miladi, pero esta situación afecta poderosamente mi honra: dudo que alguien pudiese entenderlo.
La mujer se tocaba el ceño, pensativa. El duque la había ayudado a adentrarse en el mundo de Versalles a cambio de aumentar la ignominia entre las cortesanas sobre la familia Jarjayes, pero el nombre de Oscar se expandía como la peste en casi todos los reinos europeos…, ¡si tan sólo tuviese una acción, una mancha en su papel como comandante intachable! Tal vez sólo así podría lograr sacarla del mapa y subir en la escala social… si tan solo mostrase algo que hiciese desistir a la reina en su afán de mantenerla en ese estado casi inexpugnable…
-Tal vez…-la mirada del duque se posó en Miladi, cuyo rostro vislumbraba una salida.
-¿Tal vez…?-
-Mi querido duque-tomó sus manos con una calculadora sonrisa-tal vez exista una salida…
-¡¡ ¿Pero qué demonios estáis haciendo: ¡¡La segunda línea está dos tiempos atrasada de la primera, ¡Sed más cuidadosos en la marcha, parecéis gansos en vez de soldados!
Andrè no pudo evitar una mueca de risa al escuchar tal comentario. Mal momento para que Oscar se diese cuenta, pues lo silenció con una mirada que le llegó al centro del alma. Una sonrisa malévola apareció en los labios del conde Gerodelle para enternecerse al voltear la mirada a la muchacha…
-Muy correcta vuestra acción, mi comandante: vuestro lacayo se ha vuelto imprudente…, el lugar de un plebeyo siempre será con los plebeyos.
-No seáis majadero, Gerodelle: mejor será que veáis a los soldados: tengo un asunto pendiente que tratar- calló al capitán porque no estaba de humor para nada. De a poco, su silueta se perdió de vista ante los dolidos ojos de tundra del muchacho.
Hace tiempo que la actitud de Oscar era tosca: apenas y le dirigía la palabra. Comprendía el tremendo dolor por el cual estaba pasando, pero cada mueca de disgusto y de indiferencia quedaba clavada en su corazón. No podía sino acompañarla en fiel silencio camino a la mansión: y ahí estaban, en camino. El rostro de Oscar se contrajo al ver esa mirada tan triste.
-Y a ti, ¿qué te pasa?-preguntó, en son de demanda.
Dio un largo suspiro antes de contestarle.
-Nada, Oscar: sólo estoy cansado.
-¿Cansado tú? A ti te ocurre algo grave: jamás te he escuchado decir esas palabras-refutó, en son de mofa.
- Para que veas, soy humano igual que tú: me canso y me enojo como todos los demás.
Había un tono de displicencia en su voz: nunca lo había escuchado hablarle con enojo, pero no le dio importancia.
-Bueno, yo también estoy cansada, Andrè, pero eso no es excusa para no beber unas cervezas después del trabajo…
-¿Es una invitación?
-No, es un hecho. Vamos, ¡eah!
-¡Comandante Oscar: qué gusto el veros en mi humilde posada!
-A mí también me da gusto veros, Barhélemy: hace mucho tiempo que no vengo a vuestra posada-puso una mano en el hombro de Andrè-Te quería presentar a mi buen amigo: su nombre es Andrè de Grandier.
-Un gusto verte, muchacho.
-Igualmente, señor.
-¡Ah, es el muchacho del que me contabas! Se nota que son buenos amigos.
-Por supuesto: nos conocemos desde la infancia-contestó con una sonrisa. Andrè no podía estar más sorprendido del comentario de su Oscar: quien hace un tiempo atrás lo trataba como trapero viejo, ahora lo presentaba como un gran amigo. Ni siquiera se imaginaba lo que Oscar tenía planeado hacer.
Cuando el casero se fue a la cocina, Andrè sirvió sus jarros del espumoso líquido. Un brindis vació los vasos en un instante, para llenarlos nuevamente. Intentaba por todos los medios el verlo siquiera vulnerable para enjuiciarlo y sacarle la mayor cantidad de información posible con respecto a la conversación con su madre, pero parecía hecho de piedra: a cada jarra que se servían, sus esmeraldas la observaban con atención, como si tratara de auto controlar los efectos de la bebida.
Sin los resultados esperados, ambos pronto retomaron el camino hacia Versalles. La mirada, insistente, no había desvanecido: lo poco que le quedaba de compostura se iba desvaneciendo. Llegaron a la mansión. Andrè le dio las buenas noches, pero le pareció que no lo escuchaba: lo cierto era que el intenso efecto del alcohol la llenaba de rabia, de indignación. Se volteó, indiferente del trato y de las actitudes de Andrè: de alguna manera, para él, esa indiferencia le hacía bullir la sangre.
Otro día en la familia Jarjayes, pero no sería un día igual…
-Buenos días, Oscar…
-¿Mamá?...: pero ¿qué haces en mi habitación?-se cubrió con las sábanas a más no poder.
-Ah, mi niña: quería veros, que habláramos un rato…
Extendió la mano para acariciarla, pero retrocedió a más no poder. Se incorporó dejándola con una terrible expresión en su rostro.
-¡Te he dicho que no me llames así!-ese impulso casi de oficial, casi pueril la impresionó mucho.
-¿Por qué me odias tanto, Oscar? No-no soporto tu desprecio-Las lágrimas cedieron, de ser largamente contenidas por el único anhelo de no ceder al dolor. Salió de la habitación de Oscar tapándose la cara, acto que fue presenciado por los mismos ojos que la miraban con juicio.
-… ¿A qué demonios viniste? Será mejor que te vayas a escrutar mis actitudes con mi madre, a ver si te sube el sueldo.
-¿De qué mierda estás hablando?
-¡De la misma mierda que me has tirado encima desde que murió mi padre: ¿crees que soy estúpida, que no me doy cuenta de vuestros tratos con tal de sacarme de mis casillas, de lograr ser una mujer y casarme lo antes posible?!
Esas palabras herían bien: jamás en la vida tenía pensado tales cosas. Su madre se preocupaba por ella con justa razón, y la desazón con cada una de sus acciones eran el karma con el que todos debían lidiar.
-No necesito tirártela: tú misma te has encargado de ahorrarnos el trabajo…
Los ojos, inyectados de furia, se cegaron ante sus palabras: estaba en su contra, en su contra.
Una cachetada marcó su rostro, el mismo que la miraba impertérrito, a pesar del daño que le estaba causando. Se incorporó y la tomó de los hombros, haciéndole chocar contra el ventanal: su rostro se veía angelical a causa de los rayos que se colaban por entre sus cabellos.
-Me tienes harto, harto…
-Déjame: me estás haciendo daño.
-¡A nosotros también nos estás haciendo daño!: ¿dices que te duele?, ¡a mí me está matando!
-Andrè…-musitó, sorprendida de tal reacción-¿D-de qué estás hablando?
Disminuyó la fuerza de sus brazos. Tomó una de sus manos y la colocó al lado izquierdo de su pecho.
-Aquí, Oscar-apretó su mano con fuerza, con mucha emotividad-me duele hasta el corazón que te hagas daño, que no seas capaz de confiar en mí.
- Andrè…-su nombre salió solo de su boca: obtuvo toda la atención que necesitaba para intentar llegar a ella.
-Por favor, Oscar: no me hagas pasar por tonto…Sé que todavía tienes tanto dolor con el cual cargas, tantas cosas que enfrentar: no me niegues la oportunidad de ayudarte…, tampoco niegues la ayuda que te pueda dar tu madre…
Al escuchar mencionar a su madre, volvió a su actitud iracunda: hizo a Andrè a un lado y le encaró nuevamente.
-Así que, de esta forma tan patética pretendes que te crea: ¡eres un imbécil: jamás me creeré tus patrañas! Todo esto es un complot para que mi madre logre hacer lo que en toda una vida no logró corregir, siquiera intervenir…Jamás esperé de ti la estocada, pero no creas que por ello voy a permitirlo: ¡desaparécete de mi vida: no quiero lidiar con traidores como tú!-de esta forma, salió rápidamente de la habitación, dejando a un Andrè totalmente atónito.
Se sentó, exhausta de la cabalgata, en el pasto, oculta en el nudo de su cuerpo… ni siquiera el vaivén del viento lograba sacarla de su mutismo. Después de mucho tiempo transcurrido, la tempestad de los ojos azules fue templándose, pero un cerco oscuro aparecía a la par que observaba la insignia que le había regalado su padre…
Esta situación la sobrepasaba: sin preguntas, sin explicación alguna lo arrebataron de su lado…Ese dolor tan intenso, como si le hubiesen sacado una extremidad de su cuerpo. Para colmo, debía lidiar con las penalidades de la reina: ahí mismo se encontraba, consolando a su majestad cuando Oscar se encontraba en un estado deplorable de salud, merecedora de la compasión más grande en el mundo… La reina casi y balbuceaba las palabras, por todo el llanterío.
No, no era llanterío: obviamente tenía sus razones…pero ¡qué afortunada era Su Majestad!
Una lágrima: sólo con una lágrima se consideraría dichosa, reposar en algo su mente turbada por su fantasma…pero no podía: se le había vedado ese derecho antes de nacer. El mutismo de la reina la devolvió a tierra…
-Oscar… ¿me estáis escuchando?-entre hipos a causa del llanto, notó su ausencia.
-Por supuesto, Su Majestad: nada me es más importante que vuestro bienestar. Me place que me tome como su confidente…
Mentira: cualquier mujer en el planeta se sentiría dichosa, excepto ella. No era la indicada para escuchar tales problemas…Pero ¿quién sino ella? A pesar de saberse su actitud reacia a los comentarios y conventilleos, característicos de las damas de la corte, era la única a la que se le podía guardar tamaña confidencia: era de saber general que era la discreción en persona…De Lady Oscar jamás se podría esperar sino apoyo y cautela por sobre todas las cosas…
-Lamento atormentaros con todos mis problemas, Oscar: es que tu presencia me reconforta como no tenéis idea… Todos alrededor mío sólo son tentados por su propia suerte al creer que los considero amigos: sólo entre nosotras puedo encontrar la fuerza suficiente para revelaros lo que ocurre en mi interior…
-Y es un honor, su Majestad: siempre que lo necesite, podrá contar con mi amistad…
-Ciertamente, querida Oscar… Por cierto, deseo que hagáis acto de presencia en la tertulia del duque de Guemenais: para escoltarme y distraer un poco la mente…
-Lo que Ud. disponga, su majestad…
-¿Alguna novedad, Gerodelle?-Oscar estaba escribiendo unos informes pendientes… Pensando que ella estaría muy concentrada en su labor, Gerodelle se quedó mirándola en silencio, hasta que la voz grave de Oscar lo despertara de su inconsciencia.
-Mis disculpas si os interrumpí, comandante.
-No os he dicho que estuviese molesta… Muy por el contrario: deseaba encontrarme con vos- dejó los informes a un lado- Por favor, entrad.
Gerodelle parpadeó, consternado: "¿Desde cuándo la comandante se mostraba tan amable con él?".
Oscar frunció el ceño: con una leve sonrisa, se dirigió nuevamente a su subordinado:
-Monsieur Gerodelle: si le gusta tanto la puerta, podría obsequiársela… No tengo inconveniente- le dijo en son de mofa, al ver su estupefacción, casi inmóvil en la puerta.
Al caer en cuenta a qué se refería, se dirigió a su escritorio. Se sentó frente a ella, con un poco de soltura: lo que le permitía la situación, obviamente.
-Temía el importunarle, comandante…
-No me importunáis en nada: ya terminé con los informes que me quedaban… Si existe algún problema con la tropa…
-¡No! No es de eso, mi comandante…-Gerodelle comenzaba a notarse nervioso y titubeante: el tema no era precisamente concerniente a lo laboral. Al sospechar cierta actitud melosa en su trato, la cara de Oscar pasó a la seriedad en cosa de segundos: volvió con una actitud sumamente cortante.
-¿Entonces…?
- Lo que ocurre, mi comandante, es que alguien la espera…
-¡Ah, era eso! Hombre: dejad de darle tanta vuelta a las cosas, que comenzabais a preocuparme. Hacedlo pasar…
-Temo que no sea de vuestro agrado…-refutó, sintiendo cómo le faltaba aliento. El rictus de Oscar era más demarcado.
-¿Y bien?-esperaba una respuesta, pero la obtuvo al instante. Unos pasos fuertes y marciales se dirigían a su escritorio.
-¡Media hora de espera! ... Ah, si vuestra belleza no fuese tal, no esperaría ni un segundo siquiera…- Esa voz…esa voz la conocía de algún lado- Pero, dado que las circunstancias lo ameritan, esperaría una vida entera en velo por vuestro consentimiento…
Casi se cayó de espaldas al descubrir de quién se trataba: era el duque de Guemenais. Se levantó de un golpe de su asiento, aún con la rabia hirviéndole en las venas al ver al asesino tras la apariencia del más noble de los hombres.
-¡¿Qué hace Ud. aquí?!
-Mademoiselle Oscar… es un honor también el veros- soltó una socarrona risotada, de las que conocía ya de memoria. Algo se tramaba ese hombre, de eso no le cabía duda alguna: por lo menos, debía averiguar algo.
-Capitán Gerodelle: os pido que nos dejéis a solas, por favor.
-Pero, comandante: con él os batisteis a duelo meses atrás. Podría tramar algo en contra de vos…-lo dijo en suma confidencia.
-No os preocupéis: con el duque yo sé arreglármelas. Si me permites…
-Por supuesto, comandante: cualquier cosa que necesite- lanzó una rápida pero iracunda mirada hacia el duque, para luego posarla paciente sobre el rostro de Oscar- no dude en pedírmela: con su permiso.
-Propio-respondió el duque. Al saber que estaban parcialmente solos, la postura de Oscar fue mucho más pétrea y cortante.
-Bueno, decidme: ¿a qué debo tan desagradable sorpresa?
-Oscar, Oscar: estáis siendo muy injusta en vuestro trato conmigo. Lo que deseo es hacer las paces…
-No os creo nada: decidme, ¿qué es lo que os traéis entre manos?
-Insistís en vuestro trato: no os comprendo. Os creía una mujer con criterio.
-Por sobre todas las cosas, es el criterio el que estoy usando más que nunca: no suelo compartir con gente déspota y asesina.
-…A propósito de su padre…
La ira se apoderó de Oscar: con rabia, lo tomó de las solapas. Tenía los ojos inyectados de furia.
-¡No os atreváis a mancillar la memoria de mi padre, desgraciado: que no responderé de mis actos si lo intenta!
-No seáis impaciente: hablaba de su entierro. No me refería a lo que hablábamos antes- lo soltó sin delicadeza alguna. El duque comenzó a respirar agitadamente: esa mujer sí que tenía agallas.
-Largaos de aquí, duque: sino, no conocerá de una segunda oportunidad…- se dio vuelta, mirando el vitral que empañaba la habitación con unos pocos rayos de luz.
-Comprendo vuestro dolor, Miladi Oscar: sin embargo, al preocuparme tanto de vuestro estado, decidí enviarle la invitación yo mismo. En honor a vos realizaré la fiesta de esta noche: está de más el deciros que estáis cordialmente invitada.
-Iré por mandato de su Majestad, duque: si fuese por mí, no lo vería ni en pintura.
-Si va, aunque con tal actitud, no me importaría: será un placer verla esta noche- Al improvisto, tomó su mano y depositó un profundo beso. Al darse cuenta de tal actitud, se soltó de él con rapidez… La mirada del duque era distinta: casi y podría decirse que cálida: el asombro en ella era evidente- "Air voi, mademoiselle Oscar"- con aquella reverencia, se fue del escritorio. Al salir de la habitación, se encuentra con Andrè. Le hace el quite, con una maliciosa sonrisa en sus labios.
Casi sin palabras se quedó al verlo, pero de un solo momento ya estaba en el escritorio de Oscar, pidiendo explicaciones.
-Se toca la puerta antes de entrar, Andrè…
-¿Qué quería el duque?, ¿qué hacía él aquí?
-Espera un segundo: a ti ni a nadie le debo explicaciones de mis actos…
-¡¿Qué hacía él aquí, Oscar?!-el tono no era para nada de petición, sino casi una orden marcial. Oscar quedó en una pieza, al verle tan enojado.
-Él, él, no lo sé, Andrè: no tengo idea…
El duque sale con una sonrisa triunfante en su rostro.
Un carruaje lo está esperando.
En una de las ventanillas, Miladi se asoma, con cara de pregunta…
El duque sólo asiente, con un malévolo rictus en su rostro.
Continuará…
