Me tomó algo de tiempo realizar esta actualización. Sinceramente, me envolví en otros proyectos principalmente en "Guerras Doradas" que ya va en su capítulo 47 y mucho más cerca de su épico final. De igual manera, estoy por comenzar a resucitar un viejo proyecto. Hay una historia en este sitio de nombre: "Los Santos de Asgard", que me pertenece también y a pesar de no tener tanto éxito como yo quisiera, algunas personas que trabajan actualmente en un videojuego de Saint Seiya, me han pedido permiso para utilizar esa historia como parte del universo en que se ambientará el videojuego. Es por ello, que pronto editaré los dos capítulos actualmente existentes de "Los Santos de Asgard" para realizar algunas modificaciones menores, y le cambiaré el nombre a: "Guerras Vikingas", para seguir con la triada de mango-sagas que algunos de ustedes conocen: "Guerras Doradas", "Guerras Atlantes", y "Guerras Vikingas". Pero bueno, eso fue un poco de mi excusa por tardarme tanto en actualizar así como publicidad, jejeje, soy malo. De momento, a contestar reviews y esperar que disfruten de esta entrega.
NOTA: Para este capítulo hay algunos diálogos en Italiano que fueron utilizados para ambientar un poco la historia. Estas frases no tienen mucha relevancia con la historia, y las que sean necesarias serán traducidas. Así mismo, estas frases fueron colocadas usando un traductor. Por favor, si alguien sabe italiano y ve que están mal escritas no me recrimines, no sé italiano, pero haré las correcciones si me las mencionan.
TsukihimePrincess: Clienta frecuente de Guerras Doradas, que gusto verte por aquí en Guerras Atlantes. Al parecer disfrutas de los breves periodos de comedia previo a las matanzas y a la sangre que me caracterizan como en Guerras Doradas. Trataré de encontrar un equilibrio entre la sangre y las risas para tu deleite. De momento, me conoces de Guerras Doradas y sabes que tiendo a explotar a los personajes, y crearles su historia jamás contada y glorificarlos en ocasiones. Espero tus reacciones al respecto del perfil psicológico que planee para el protagonista de este capítulo.
Liluz de Geminis: Lamento lo de tu vista, a decir verdad, me conocen por mis capítulos exentos y llenos de sorpresa. No tienes idea de la cantidad de mensajes que encuentro diciendo: "Ah! Mis ojos!" Jajajajaja. Y sí, entiendo lo de la ortografía, ya dí una revisión, y para este capítulo no lo he hecho, pero prometo hacerlo y tener cuidado con la ortografía. En cuanto al castillo móvil de Anfitrite, eso lo inventé yo, jejeje, perdona, me tomé ciertas libertades. Cuando me di cuenta, estaban entrenando en los mares de la India siendo que el castillo de Anfitrite está en el Mar Egeo, un poco retirado, jejejejeje. Así que, o me llevaba a Krishna al mar Egeo, o movía el castillo, así que BAM moví el castillo… creo que era más fácil mover a Krishna. La idea original era la de poner a Sorrento de niñera de Julián, pero a Sorrento lo conoce después de la saga de Poseidón según el manga, por lo que no fue posible. Y sí, yo también disfruté los momentos de Julián y Anfitrite. Y no me molestan los testamentos, todo lo contrario, me agrada la lectura, jajajaajaj.
andromedaairossayita: Escribir ese pen name fue toda una odisea, jajajaja. Puede que tengas razón, pero prefiero llevar estas historias a lo más fiel posible. Es verdad que me tomo mis libertades creando personajes, pero espero nunca exagerar al nivel de que un personaje creado ensombrezca a los oficiales. Jejeje, me crees que hasta hace tres días no había visto la batalla de los dioses, jajajajaja. Gracias por tus palabras de aliento, me esforzaré porque al leer esta historia en verdad se lo imaginen como un capítulo de Saint Seiya, solo que con más efectos visuales y destrucción, muahahaha… y si, algo de romance.
PrincessVirgo: Sip, Kanon e Isaac no engañan a nadie. Según Lost Canvas, los Generales Marinos son reencarnaciones de los anteriores, pero Kanon rompió esa regla y supongo que también Isaac, por lo que se me hizo interesante la mención. Oh, parece que a todos les gusta el Julián y Anfitrite, no creo sin embargo que eso le guste a Poseidón, Tengo que explotar esto, jejejejeje.
cuatecatl88: ¿Escenarios sangrientos? ¿Cómo si no he empezado con las matanzas? No te tires por la ventana todavía, apenas vamos empezando, jajajaja. Clitos en verdad será un personaje que explotaré como una verdadera tragedia. Espero hacer un buen trabajo con su representación, estaré ansioso de tus comentarios al respecto. ¿Dulce y muy encantadora Anfitrite? Jejeje, hoy la vamos a fastidiar un poco, muahahahaha.
Prólogo:
Reggio de Calabria. Italia. Castillo de los Ruffo. Abril de 1983.
En las costas de Italia, hay una ciudad llamada Reggio de Calabria, construida en la cima de una enorme formación rocosa que aloja un castillo y aldeas pequeñas. Estás míticas tierras, esconden fantásticas leyendas y mitos que hacen de ellas lugares turísticos bastante populares en Italia, sin mencionar que los arrecifes de coral cercanos a las costas, albergan el mayor bosque de coral negro jamás descubierto.
Navegar por estas aguas sin embargo, es un verdadero suicidio en ocasiones, pues en Reggio de Calabria hay un estrecho por el que las embarcaciones deben cruzar. Dos rocas con cavernas inmensas se encuentran a cada lado del estrecho, una es Caribdis, la otra es Escila. Incontables leyendas se cuentan de estas rocas, y el cómo han hundido barqueros enteros, algunos de los cuales aún adornan las faldas de las inmensas rocas.
Solo los más experimentados se atreven a navegar estas aguas, ya que si bien las formaciones rocosas son un peligro, las corrientes generan vórtices de agua que o bien hunden a las embarcaciones, o las lanzan a las rocas para encontrar su fin estrellándolas con fuerza sobre las afiladas formaciones naturales que asemejan los colmillos de una bestia del mito.
Sobre la roca de Escila, donde el Castillo de los Ruffo fue construido, combatían dos guerreros que presumían fuerzas inhumanas y misteriosas. Uno era un joven de 14 años, de cabellera rosada y salvaje, y de ojos extrañamente rosados. El joven evadía los ataques de un hombre ya mayor, que aparentaba una edad de al menos 21 años, de tez bronceada, cabello negro y enchinado, y una sombra de barba que fácilmente se confundiría con el grafito de un lápiz al sacarle punta. El hombre al parecer no se había afeitado aquella mañana.
—¡Concéntrate, Eo! ¡Llevas tres años entrenando bajo mi mando y sigues soñando despierto por tu tierra natal! —gritó el hombre, que poseía dominio en el cosmos, y lanzando puñetazos que rasgaban el viento, obligaba al joven de nombre Eo a retroceder, a resbalar, y caer por el acantilado, obligándolo a aferrarse hasta con las uñas a la tierra, tratando de no caer—. Tu velocidad es impresionante, está al nivel de los caballeros dorados del Santuario, pero de nada te sirve si descuidas tus alrededores. No lograrás ser digno de vestir una Escama de Poseidón con esa mente tan desconcentrada, Eo. Tal vez debería dejarte caer —prosiguió el hombre.
—Maestro, no bromee —se preocupó Eo, mientras veía un remolino oscuro en el agua que seguro lo tragaría si llegase a caer del risco. Anteriormente, Eo ya había caído por esos riscos, y había sido azotado por el mar hasta casi la muerte. La memoria estaba fresca, temor era evidente en su mirada—. Maestro… ayúdeme por favor —suplicó Eo.
—Jamás dejes de temer al océano, Eo —explicó el hombre—. Solo temiendo al océano, y respetándolo, sobrevivirás a sus inclemencias. Ni el navegante más experimentado debe, por ningún motivo, irrespetar a la mar —y el hombre se agachó en cuclillas para ver a Eo más de cerca—. Pero de todas formas, tú solo te metiste en este problema. Tú solo debes salir también —y Eo comenzó a esforzarse, a tratar de levantarse a sí mismo. Y sin embargo, la tierra bajo sus dedos cedió, y comenzó a caer—. ¡Parece que aún no aprendes a temer al océano! ¡Búscame cuando salgas de ese remolino! —le gritó el hombre.
—¡Maestro Anceo! —gritó Eo, pero su maestro no lo ayudó y lo dejó caer. El remolino negro lo tragó, azotó su cuerpo por el litoral, y al final el aspirante a General de Poseidón perdió el conocimiento, mientras las aguas, seguían azotando su cuerpo.
Saint Seiya: Guerras Atlantes.
Los 10 Reyes Atlantes.
Capítulo 2: Entre Escila y Caribdis.
Reggio de Calabria. Italia. Costa Viola.
—Entonces así es la vida en la superficie. Jamás había estado tanto tiempo fuera de los mares, mi piel se siente toda seca y sensible —se quejó Anfitrite mientras desembarcaba en las playas de Costa Viola en Italia. Su rostro estaba horriblemente enrojecido por los rayos de sol que habían irritado su normalmente pálida piel. Llevaba poco más de un mes en la superficie, sin regresar al mar. La poca humectación y la exposición prolongada a los rayos del sol le estaban ocasionando quemaduras—. Me duele todo —se quejó Anfitrite.
—¿Le duele todo? ¿A qué se refiere? —preguntó Isaac, que al verla se sorprendió de lo rojizo de su rostro—. ¿Eh? ¡Señorita Anfitrite! —reprendió Isaac, y Anfitrite se sobresaltó por el tono de regaño—. ¿Acaso no sabe que debe cubrir su piel con protector para el sol para evitarse esas quemaduras? ¿Está demente o qué? —continuó reprendiendo Isaac, y se ganó un golpe en la nuca por parte de Kanon—. ¿Y a ti que Hades te pasa? —se molestó Isaac.
—Estás reprendiendo a una diosa que no tiene idea del cómo funcionan las cosas en la superficie —habló Kanon con tranquilidad. Sinceramente, a Kanon le importaba poco Anfitrite, pero debía mantener el engaño para no perder sus escamas, misma que ahora cargaban en cofres de tesoro amarrados a sus espaldas—. Atiende a las necesidades de tu diosa, mocoso —se quejó Kanon.
—¡No veo que tú hagas mucho! —regresó la afrenta Isaac con molestia, y Anfitrite comenzó a preocuparse y a separar a ambos, aunque al hacerlo se lastimaba la irritada piel—. No hiciste más que leer tus libros durante todo el viaje. Por dos semanas te encerraste y dejaste a la señorita Anfitrite a su suerte. Yo por lo menos estaba allí para evitar que los sucios marineros intentaran ponerle sus manos encima —reprendió Isaac.
—¿Sabes Italiano? —preguntó Kanon, e Isaac lo negó con la cabeza—. Entonces siéntete afortunado de que me haya tomado las molestias durante esas dos semanas en el barco para estudiarlo —terminó Kanon, y le empujó su libro a Isaac en el pecho—. Ci scusiamo per l'inconveniente —comenzó en italiano—. Dove posso trovare il castello dei Ruffo?—preguntó a un pescador, que comenzó a darle indicaciones a Kanon.
—Kanon es en verdad impresionante… ¿verdad? —preguntó Anfitrite, e Isaac por supuesto que se molestó por las comparaciones—. Aprender todo un idioma en dos semanas. Yo solo conozco la lengua de los mares y el griego antiguo… creo recordar un poco de Atlante pero ese se hablaba desde mucho antes de que yo naciera. Al menos creo recordar la escritura correctamente —e Isaac la observó cuidadosamente. Anfitrite parecía una niña, no solo por su edad aparente que había mantenido por su divinidad, sino por su mentalidad. Anfitrite era inocencia pura.
—Venga conmigo —agregó Isaac, tomó de la mano de Anfitrite, y la lastimó un poco por su piel irritada. Pero ignorando su dolor, Isaac continuó jaloneándola por toda la playa. Kanon notó lo que pasaba, terminó de hablar con el pescador, y siguió a Isaac dentro de una tienda, donde Isaac comenzó a quitarse todos los objetos de valor, y apuntando a la piel de Anfitrite, intentó comunicarse con una sorprendida joven de cabello castaño y ojos color miel—. Bloqueador… crema… como ustedes lo llamen, no hablo italiano —continuó Isaac frente a una nerviosa vendedora, que trataba de comprender lo que Isaac le decía—. Para la piel, miré, esta irritada. Quiero algo para la piel —insistió Isaac.
—¿Sunblock? —preguntó la mujer, e Isaac pareció entender—. La pelle é molto bruciato —continuó la mujer, que comenzó a buscar ungüentos por toda la tienda—. Utilizzare questo. Strofinare con cura —terminó de decir la mujer, e Isaac miró a Kanon, que se burló y se cruzó de brazos—. Con cura, con cura —insistió la mujer—.Se molto forte, non rompere la buccia —trató de explicar nuevamente, e Isaac comenzó a rascarse la cabeza con molestia.
—Dice que debes frotar la piel de tu novia con esa crema cuidadosamente para que no le rompas la piel y se descarapele —habló un hombre que llegaba a la tienda. Estaba empapado, y cubierto de algas, y hablaba un perfecto griego—. ¿Son griegos, verdad? Te escuché balbucear en griego incoherencias —continuó el joven, que caminó hasta donde la mujer, que se horrorizó y comenzó a sacar vendajes del mostrador—. Non é cosi grave come é, Florette —habló el joven. Y la mujer movió su cabeza en negación—. Florette, Mi sono ben —insistió quitándose las manos de la mujer de encima—. E´colpa mia. Io sono debole —continuó hablando en italiano.
—Eo no ee debole —terminó la mujer defendiendo a Eo, y el de cabellera rosada se molestó y se hizo a un lado sin tomar los vendajes y las medicinas que la joven de cabellera castaña había colocado en el mostrador—. ¡Eo! —gritó la mujer, y entonces suspiró—. Questo dono loro, ma entregien questa medicina —terminó la mujer, que le entregó el ungüento a Isaac, pero apuntó a Eo que se marchaba, y apuntó a los vendajes y medicinas que había colocado en el mostrador.
—¡No entiendo ni una maldita palabra de lo que dices, mujer! —se fastidió Isaac por tanto italiano que hablaban a su alrededor sin prestarle importancia al poco conocimiento que él tenía del idioma—. ¿Y tú que espectros del inframundo esperas para comenzar a traducir? —insistió Isaac con suma molestia.
—Esperaba el momento en que te rebajaras al nivel de pedirlo —se burló Kanon, lo que molestó a Isaac aún más—. La joven Florette te regala ese ungüento para las quemaduras de Anfitrite, con la condición de que le llevemos estás medicinas a Eo, el que habla griego —explicó Kanon mientras tomaba las medicinas y los vendajes y hacía una reverencia—. Aunque no veo el por qué deberíamos entregarlo. Puede que estas medicinas nos sean de utilidad —terminó de decir Kanon mientras salía de la tienda.
—Eso es muy sucio, Dragón Marino —reprendió Anfitrite, y Kanon la ignoró—. Aunque poco me falta para tomarte la palabra. La verdad es que estoy muy molesta pero no debería odiar a alguien solo por la armadura que representa —elevó su cosmos Anfitrite, muy pero muy molesta, sorprendiendo a Isaac y a Kanon, que jamás habían visto a Anfitrite molesta por nada—. Vamos a buscar a ese sujeto y a entregarle su medicina, por más molesta que eso me haga sentir. No puedo simplemente darle la espalda a un General Marino —y Kanon e Isaac se sorprendieron, y Anfitrite los miró curiosa—. ¿Qué no lo sintieron? Ese horrible cosmos profundo. Ese sujeto posee el cosmos de Escila… esa maldita mujer… grrrrr… solo la mención de su nombre me hace hervir la sangre. Harpía marina, odiosa usurpadora del trono de los mares —y Anfitrite de pronto notó lo que estaba diciendo, y se estremeció de miedo y comenzó a llorar—. ¡Nooooo! ¡Sueno idéntica a Clitos! ¡Me siento sucia, sucia, sucia! —gritó Anfitrite.
—Oigan —interrumpió Eo, y Anfitrite de inmediato lo miró con desprecio, forzando al de cabellera rosada a retraerse por la sorpresa. Pero de alguna forma, Eo logró ignorar la mirada acusadora de Anfitrite, y se dirigió a Kanon e Isaac—. Ustedes tres… ¿acaso son un circo? Toda Reggio de Calabria los está mirando —y solo entonces se dieron cuenta del como los miraban todos—. Turistas ruidosos. Dejen de hacer espectáculos como esos en las calles de mi ciudad adoptiva, o tendré que lastimarlos —y Anfitrite por fin enfureció.
—¡Cierra la boca harpía de los mares roba novios! —y Eo se sobresaltó por lo que acababa de escuchar—. ¡Aléjate de mi amado Poseidón! ¡Sucia bestia de los mares! ¡Métetelo en la cabeza! ¡Yo soy su esposa! ¿Entendiste? ¡Mientras Anfitrite se siente en el trono de los mares no te acerques a mi hombre! —y tanto Kanon como Isaac tomaron cada uno de un brazo de Anfitrite, y al hacerlo, le ocasionaron a la diosa un horrible dolor, y la joven comenzó a llorar por la nueva sensación que no estaba acostumbrada a sentir—. ¡Me duele! —gritó la diosa de forma infantil.
—¿Dijo Anfitrite? —preguntó Eo, y todos lo observaron—. Ya entiendo… así que eso es lo que está ocurriendo. Ustedes son Generales de Poseidón… —apuntó Eo a Kanon e Isaac—. Y usted está molesta por que yo… —y Eo se ruborizó y se golpeó el rostro con su mano en señal de vergüenza—. ¡Soy un hombre! —gritó Eo, y tanto Kanon como Isaac no lo entendieron—. Además es solo una escama marina. Yo no soy Escila —y Anfitrite movió su cabeza ignorando a Eo—. Por Poseidón… esto no puede ser… —suspiró en señal de derrota Eo—. Ustedes, deben de tener hambre. Los invitaré a comer y allí podremos charlar —invitó Eo, y el trio de extranjeros lo observó con detenimiento.
—¿Clitos? —preguntó Eo casi una hora después de la escena que el trio hizo en medio de las calles de Reggio de Calabria. Se encontraban en un restaurant de mariscos cercano a la playa. Los pisos eran de madera, y estaban cubiertos de arena pues no había un código que lo impidiera. La gente amaba el mar, y ver algo de arena en los restaurantes era muy común e inclusive inevitable. Muchos incluso entraban a los restaurantes en traje de baño, y sin embargo, no eran muchos los que comían en los restaurantes en esos momentos—. Ya veo. Así que Clitos pretende levantar a la Atlántida de las profundidades. Siempre pensé que era un mito. Es increíble que la Atlántida en verdad exista —prosiguió Eo.
—Existe, pero nadie la ha encontrado nunca —habló Anfitrite, ya un poco más tranquila gracias a la hospitalidad de Eo, y también debido a que Isaac le estaba cubriendo el rostro de crema contra sus múltiples quemaduras, algo que a Anfitrite no le agradaba y terminaba en infantiles forcejeos contra Isaac, que al molestarse la obligaba a la fuerza a recibir la crema, que luego Anfitrite se limpiaba con su ropa, forzando a Isaac a volverla a llenar de crema—. No me gusta, se siente raro y muy pegajosa —se quejaba Anfitrite en todo momento.
—Mi señora, compórtese —la reprendió Kanon, y Anfitrite se cruzó de brazos y permitió a Isaac seguir curándole las quemaduras con los ungüentos—. No me explico que la tiene tan molesta. Entiendo que haya muchas cosas de la superficie que le sean desconocidas pero normalmente las atiende con curiosidad y alegría, como una niña de la edad que aparenta. Debe haber algo en esta ciudad que la tenga de tan mal humor —y Eo suspiró en señal de desaprobación mientras los meseros colocaban platillos típicos de la región en su mesa, aunque Kanon notó que los meseros comenzaban a susurrar. Tristemente, por su poco italiano, no era capaz de decifrar lo que ocurría, pero no le agradaba.
—Ese debo de ser yo —aceptó Eo, y tanto Isaac como Kanon lo miraron. Anfitrite por su parte, le dio la espalda, y comenzó a morder un camarón como si imaginara arrancarle la cabeza de un mordisco a Eo, que entendió la indirecta, y prefirió dirigirse a Kanon—. ¿Han escuchado el mito de Escila y Caribdis? —ninguno de los dos lo había escuchado, y mientras comían no dejaban de posar su atención contra las palabras de Eo—. Poseidón es famoso por sus muchos amoríos, Anfitrite ha sufrido mucho por ellos, aunque no siempre lo demuestra —explicó Eo.
—He escuchado de ello —interrumpió Kanon—. Pero Anfitrite también nos ha hablado de su hijo, Krishna de Crisaor, que es su hijastro y sin embargo habla de él con un cariño bastante… inusual para un hijo ilegitimo —terminó Kanon, y Eo asintió.
—Cuando se lucha contra la costumbre, solo se puede sufrir o aceptar. Anfitrite de seguro prefirió aceptar lo que era divinamente imposible de cambiar —y Anfitrite volvió a ignorar a Eo, sumamente molesta—. Les explicaré —prosiguió Eo—. Cuenta el mito, que recién Poseidón había tomado a Anfitrite por esposa, cuando volvió a enamorarse de una bella náyade de Nombre Escila —y Anfitrite tomó una langosta de uno de sus platos, y brutalmente la partió a la mitad, preocupando nuevamente a Eo—. Usted disculpará mis palabras —intentó tranquilizarla Eo, que entonces se aclaró la garganta y continuó—. Anfitrite estaba molesta. Poseidón le estaba siendo infiel. Se dice que esta fue la primera, y última vez en que Anfitrite recriminó un amorío a Poseidón. En otras palabras, era la primera vez que Anfitrite era engañada —y Kanon comenzó a comprenderlo—. Furiosa, Anfitrite buscó a la diosa Circe, una hechicera, que le entregó una poción que debía verter en las aguas donde la náyade Escila se bañaba. Y al hacerlo, la náyade se transformó en una horrible bestia. Su busto era el de una mujer, sus extremidades una combinación de bestias: un lobo, un oso pardo, un águila, una abeja, una serpiente y un murciélago. La horrible criatura repelió a Poseidón por su fealdad, pero al enterarse del sucio truco de Anfitrite —y Anfitrite respondió a esa acusación al arrancar las patas de un cangrejo con fuerza—. Perdón… la… noble tarea de buscar la lealtad del dios de los mares —corrigió Eo—. Poseidón no fue muy benevolente. Por la afrenta, juró negarle su trono a Anfitrite, y arrepentida la diosa juró jamás volver a interferir en los amoríos de su amado. Anfitrite es una diosa de extrema bondad, solo una fue la venganza que tomó por los amoríos de Poseidón. Ella no comprendía, que al ser eternos, los dioses son capaces de una inmensa lujuria —y Anfitrite bajó la cabeza en señal de derrota—. Por ello Anfitrite me odia y está de tan mal humor, pues represento a la bestia que le trae tan malos recuerdos —terminó Eo—. Escila es mi escama.
—No es razón para odiar a quien porta la armadura —concluyó Isaac, y Anfitrite se avergonzó por su comportamiento, sintiéndose reprendida—. Si eres el General de Poseidón de la escama de Escila entonces, ¿eso significa que nos ayudarás a enfrentar a Clitos? —preguntó Isaac, más Eo respondió moviendo su cabeza en negación—. ¿No vendrás? No eres leal a Poseidón entonces —se quejó Isaac.
—¡No te atrevas a cuestionar mi lealtad al dios de los mares! —se molestó Eo, que azotó sus manos contra la mesa y observó a Isaac con detenimiento—. No puedo ayudarlos… porque no me he ganado el derecho a portar la escama de Escila aún —explicó Eo, que entonces se sentó nuevamente—. Mi maestro es quien dicta cuando estaré listo —continuó diciendo Eo, y entonces miró en dirección al mar—. Hace tres años un sujeto llamado Eumolpo llegó a mi ciudad natal en el país de Chile. Navegaba en un barco hermoso de madera roja y adornada con incrustaciones de oro rojo —recordó Eo, y su vista pareció reflejar la luz del océano—. Me dijo que el mar lo había guiado hasta mí, y que el mar dictaba mi hogar no era en la tierra. Me ofreció zarpar con él, me ofreció conocer las bondades del océano, dijo que los dioses tenían planes para mí. Acepté sin darme cuenta —y Anfitrite notó que el corazón le pesaba a Eo, como si escondiese una soledad inmensa—. Llegué aquí, a Reggio de Calabria, y Eumolpo me dejó bajo la supervisión del capitán del navío que me trajo hasta aquí. Él me entrenaría para poder vestir una armadura que me declarara como un General de Poseidón —y Eo cerró sus manos en puños, aparentemente furioso—. Por tres años me he entrenado para ser merecedor de la escama pero sigo sin lograr mi cometido. Mi maestro sabe que estoy distraído, que no hago más que pensar en mi tierra natal, en mi gente, en si ha valido o no la pena el dejar mi vida atrás por servir en el nombre de Poseidón en tierras distantes. Es por esto, que hasta encontrar la respuesta, tan solo soy un estorbo —se apenó Eo, y Anfitrite por fin sintió compasión por él a pesar de odiar a la criatura que estaba destinado a portar—. Pero puedo ayudarlos a encontrar a Anceo, pues él es mi maestro —terminó Eo, y Anfitrite se alegró de oírlo.
Y sin embargo, la sonrisa de Anfitrite no duraría mucho, pues varios meseros comenzaron a rodear la mesa, incomodando a Anfitrite, y levantando las guardias de Kanon e Isaac que intuyeron que pronto habría problemas. Eo sin embargo, tranquilizó al grupo al colocar su mano sobre el hombro de un Isaac a punto de ponerse de pie, desafiante.
—Ci scusiamo per l'interruzione dei cavalieri —comenzó quien al parecer era el jefe de meseros, que se encontraba algo nervioso. Los meseros de los alrededores compartían la misma preocupación en sus rostros, Anfitrite lo notó—. In politica, mi spiace dover chiedere come fare a pagare questi alimenti —preguntó el jefe de meseros, y Anfitrite notó que los meseros cerraban el círculo, algo que comenzó a intimidarla.
—Questo deve essere suficiente —contestó Eo, y colocó una perla sobre la mesa. Al verla, el jefe de meseros se alegró, Anfitrite notó inclusive que se encontraba al borde de las lágrimas. Los sorprendidos meseros entonces exclamaron su alegría en voz alta, y todos se disculparon ante su actitud—. Scuse accettate —terminó por decir Eo con una sonrisa, y los meseros se retiraron.
—¿Qué es lo que acaba de suceder? —preguntó Anfitrite, y observó a los meseros dirigirse a otra mesa, donde una madre de familia comenzó a gritar, y los meseros con tristeza tuvieron que levantarla a ella y a sus hijos de la mesa y sacarlos del lugar. Luego tomaron los platillos que les acababan de servir, los envolvieron en una bolsa de plástico, y los llevaron al refrigerador. La mujer maldijo en italiano, y sus niños lloraron asustados. Eo tan solo se mordió los labios con molestia—. ¿Eo? ¿Qué está ocurriendo? —preguntó Anfitrite.
—Hace al menos dos meses… los pescadores dejaron de capturar peces —explicó Eo, y Anfitrite comenzó a comprenderlo, y notó que casi todo el restaurante estaba vacío—. El alimento que los restaurantes vendían, era fresco, recién pescado en ocasiones. Pero cuando los peces dejaron de caer atrapados en las redes, todo se vino abajo. Reggio de Calabria depende en gran medida de los frutos del mar —pocas eran las familias que comían en los restaurantes ahora, y al hacerlo, no dejaban nada. Los platos estaban completamente limpios, ni un grano de arroz se les escapaba—. Los restaurantes comenzaron a adoptar medidas desesperadas. Aumentaron el precio de los platillos a casi el triple, pero no tienen opción, la demanda por mariscos congelados ha aumentado bastante, y esta también se está terminando. Los pueblos pesqueros como este rara vez tienen necesidad de importar productos de carne. Los condados aún tienen la esperanza de que la pesca regrese, pero mientras tanto, la comida es cara, casi un lujo. Los meseros inclusive han tenido que pelear con muchos turistas que desconocen la crisis por la que pasamos, o con abusadores que comen y huyen sin pagar. La situación es tan drástica, que los meseros trabajan por comida en lugar de por sueldo. Si algo no cambia en esta ciudad y pronto… no sé qué pueda pasar —terminó de decir Eo, y al hacerlo, Anfitrite se puso de pie de repente, y caminó en dirección a la playa—. ¿Señorita Anfitrite? —preguntó Eo.
—Clitos ha ahuyentado a la vida marina. Cree que de esta forma castiga a quienes le hicieron la guerra a su reino —concluyó Anfitrite, que comenzó a caminar mar adentro, hasta que el agua le llegó a la cintura. Isaac y Eo intentaron ir con ella, pero Kanon los detuvo, interesado en lo que estaba por ocurrir—. El mar… está lleno de vida… —comenzó a decir Anfitrite—. Amo a las criaturas del mar. Pero ellas también deben cazar, y comer. Mi reino es prospero, completo, tranquilo. La tierra es hermosa también, diferente, mágica, colorida y cálida. Ambos mundos tienen mucho que aprender el uno del otro. No puedo dejar a este mundo morir. Como reina de los mares, es natural que haga mi ofrenda de paz —y Anfitrite se agachó, hasta que el agua le llegó a los hombros. Los meseros, curiosos del comportamiento de la joven, salieron a la playa a observar lo que estaba pasando. Anfitrite comenzó a desplegar un cosmos, tranquilo, y sereno, como el mar en calma. El oleaje comenzó a intensificarse, y la playa comenzó a despedir colores plateados y azules brillantes.
—Los peces… —habló Eo—. Señorita Anfitrite… usted en verdad es una diosa —prosiguió Eo, y corrió en dirección a los meseros—. ¡Portare secchi! —gritó Eo en italiano—. I pesci sono giá —insistió Eo, que corrió dentro del agua. Los sobresaltados meseros no supieron que hacer. Vieron a Eo cargar a Anfitrite fuera del agua, y al mar retraerse en dirección al océano—. ¡I pesci sono giá! —volvió a gritar Eo, y una ola inmensa comenzó a traer a varios peces, sorprendiendo a los meseros—. ¡No se queden allí y ayúdenme! —gritó Eo a Kanon e Isaac tras colocar a Anfitrite en la orilla de la playa. Entonces tomó unas redes cercanas a la playa, y saltó con esta a las olas, atrapando a varios peces—. ¡I pesci sono giá! —volvió a gritar Eo, y esta vez, los meseros gritaron también.
Era un milagro. Los meseros lloraron, fueron ante Anfitrite y le mostraron su agradecimiento con reverencias y sonrisas antes de lanzarse con sus uniformes al agua y atrapar a cuantos peces pudieron, en ocasiones dentro de cubetas, otras veces con redes, o con sus propias manos, lo que normalmente terminaba con bofetadas de las colas de los animales intentando huir, pero que en algunos casos dibujaban rostros en los meseros que comenzarían a gritar como si acabaran de encontrar oro.
—¡I pesci sono giaaaaa! —gritó Anfitritre, imitando los gritos de todos—. ¡No tengo idea de qué estoy gritando pero hace a todos muy felices! —sonrió Anfitrite, y Eo la observó, con un pez espada en su mano e intentando forzarlo a quedarse quieto—. ¿Qué significa? Podría acostumbrarme a decirlo, es muy divertido —preguntó Anfitrite.
—Significa los peces ya vienen —le tradujo Eo, y Anfitrite sonrió ante esa revelación—. Y esta frase, jamás había unido a tantas personas antes —terminó de decir Eo, y admiró, el cómo familias enteras entraban al mar y pescaban, sonreían, jugaban. Entre la multitud, Eo encontró a Florette, que se avergonzó y lo saludó antes de tomas una cubeta, subirse un poco la falda, y correr al mar a intentar atrapar algunos peces—. Incluso si no soy un General Marino, mi señora Anfitrite. La seguiré —y Anfitrite sonrió—. Incluso si odia a mi bestia guardiana —y Anfitrite se molestó, y le tiró un pescado en la cabeza a Eo, que solo rio con fuerza ante lo que estaba sucediendo. Isaac incluso se alegró también, y Kanon, aunque intentó evitarlo, terminó sonriendo de igual manera.
La Atlántida. El Templo de Poseidón.
—¿Sobrevivió? —preguntó Clitos molesta, mientras se sentaba en el trono de su amado Poseidón, con el Oricalco en sus manos y alimentándolo con un cosmos azul que emanaba de toda la desértica Atlántida, que extrañamente existía en un ambiente desprovisto de agua y bajo un manto de magma petrificado que servía como un domo oscuro con ramificaciones parecidas a venas de magma hirviente, que brindaban muy poca luz—. No importa… ya llegará el tiempo de torturar a esa maldita usurpadora de tronos… de momento debo concentrar toda la energía de mi reino en el Oricalco y acceder al dunamis de Poseidón durmiente en estas tierras —habló Clitos, mientras observaba a dos sombras bajo la oscuridad perpetua de sus tierras escasas de luz—. ¿Qué sugieren, Atlante, Gadiro? —preguntó Clitos, y los dos se pusieron de pie. Gemelos idénticos, de piel pálida y cabellera larga, una negra, la otra blanca. Vestían únicamente túnicas azules, aparentemente griegas, pero de sedas solo encontradas en tierras egipcias y con dibujos similares a los encontrados en los templos aztecas en tierras de los jaguares—. Para levantar la Atlántida requiero de reunir el cosmos de todos los muertos de la gran inundación. Su energía despertará el dunamis de Poseidón, el cosmos de los dioses que mi amado perdió en estas tierras hace milenios. Pero si la bruja de Anfitrite llega a estas tierras, con sus endemoniados Generales Marinos, se corre el riesgo de que interrumpan el ritual y el resurgimiento de nuestro reino —explicó Clitos.
—Eso sería una verdadera lástima, madre —habló Atlante, el de la cabellera negra. Todos los gemelos eran idénticos físicamente, solo la cabellera los ayudaba a diferenciarse, siendo el mayor el que presumía colores más profundos y oscuros, y el menor los más claros, y canosos en ocasiones—. Nuestro hermanito, Diaprepes, se encuentra en Caribdis. Él fue quien nos informó del avistamiento de la odiada Anfitrite —explicó Atlante.
—Diaprepes dice que los Generales de Poseidón a los que ha avistado son unos novatos. No dominan siquiera el cosmos profundo —prosiguió Gadiro, el de la cabellera de un blanco brillante—. Entre ellos se encuentra supuestamente Dragón Marino, pero Diaprepes asegura que el más peligroso es Escila. Su nivel es muy superior al de Dragón Marino y el Kraken que acompañan a Anfitrite. Pero Escila no ha reclamado su escama aún, es vulnerable —y Clitos asintió, pero no le agradaba a donde se dirigía la conversación—. Libera a Caribdis, madre —terminó de decir Gadiro.
—¿Usar a las bestias Ctónicas? —preguntó Clitos—. No perderé a mis hijos en batallas sin sentido. Yo misma mataré al ejercito de Anfitrite cuando lleguen a mis puertas, no antes —prosiguió Clitos. Temerosa de perder a sus hijos—. Soy una diosa. Unos sucios mortales no pueden hacerme frente —insistió Clitos.
—Pero en estos momentos eres vulnerable, madre —insistió Atlante—. Mientras te concentras en reunir el cosmos de los caídos en el Oricalco Principal, eres tan vulnerable como un mortal. Pero liberando a las bestias Ctónicas, nosotros podemos defenderte —más Clitos se mordió los labios, negándolo con la cabeza.
—¿Cuál es tu miedo, madre? —prosiguió Gadiro—. Somos hijos de Poseidón. Semi-dioses —insistió—. Somos muy superiores a los débiles mortales. Y si por pura coincidencia, llegamos a caer en batalla. Basta que vuelvas a resucitarnos con tu poder y el de padre. No hay nada que temer, nos volveríamos a ver a su debido tiempo —y Clitos lo pensó. Lágrimas le rodeaban los ojos, su dolor era mitológico—. Simplemente, no hay nada que perder —insistió Gadiro.
—Dale a Diaprepes su armadura, madre —prosiguió Atlante—. Verás cómo te entrega la cabeza de Anfitrite en una bandeja del hermoso coral negro que existe en Reggio de Calabria. Manchado de un bello rojo por la sangre de tu más odiada usurpadora —y Clito se mordió los labios, furiosa por el recuerdo de Anfitrite, y el cosmos azul se tornó rojo y endemoniado—. Vamos madre. Libera a Caribdis —y Anfitrite lloró sangre.
—Bestia Ctónica que proteges el estrecho de Regio de Calabria. Escucha las palabras de Campe, guardiana del Tártaros, madre de todas las bestias Ctónicas —comenzó Clitos, y tanto Atlante como Gadiro, sonrieron—. En el nombre de Poseidón, legitimo señor de los mares, y de Clitos la única diosa de los reinos en los abismos. Te ordeno vestir a Diaprepes con tu poder —y un cosmos gigantesco y azul despertó, tenía la forma de una medusa, medía al menos unos 60 metros de largo, y flotó en dirección a la superficie—. Trame la cabeza de Anfitrite hijo mío.
Reggio de Calabria. Italia.
—El humor de Anfitrite parece haber cambiado bastante —susurró Isaac a Kanon al ver que Anfitrite apresuraba a Eo a guiarla alrededor de la calle principal de Reggio de Calabria, que subía en dirección a la Roca de Escila, sobre la cual estaba construido el Castillo de los Ruffo—. En verdad es extraña. Sin ofender a nuestra diosa pero hace unas horas quería arrancarle la cabeza a Eo a mordidas y ahora no solo hace milagros al regresar la vida marina a las costas de Costa Viola sino que también toma a Eo de la mano y lo jala por toda la ciudad. Eso me molesta bastante —recriminó Isaac mientras veía a Anfitrite jalonear a Eo por la ciudad y preguntarle por todo lo que veía, desde comidas exóticas, hasta leyendas regionales.
—¿Y esto te molesta porque es inusual en nuestra diosa? ¿O porque deseas ser el centro de su atención? —agregó Kanon de forma arrogante, e Isaac se avergonzó—. Y sin embargo no puedo culparte. Tan solo es un sentimiento que Anfitrite es capaz de desplegar con naturalidad —prosiguió Kanon, e Isaac intentó comprenderlo—. Anfitrite, tiene un instinto maternal superior inclusive a su desprecio a los amoríos de Poseidón. Piénsalo con cuidado, el cómo habla de Krishna, de Eumolpo. Ninguno de ellos biológicamente es su hijo, y sin embargo los trata igual que a Tritón, los ve como si fueran sus hijos en verdad solo por haber nacido de Poseidón. Anfitrite, tiene un amor bastante inusual —concluyó Kanon.
—¿Y eso que tiene que ver con que Anfitrite se comporte de esta manera? —y Kanon movió su cabeza en negación—. No… no me digas que Anceo también es… —se sobresaltó Isaac al deducir lo que estaba ocurriendo.
—Es como lo sospechas —mencionó Eo mientras esperaba al grupo, pues Anfitrite se distrajo al parecer viendo una florería y disfrutando de los colores que no era capaz de ver en las profundidades. No a menos que adornaran a un pez en los litorales, los cuales no veía muy seguido por permanecer en las zonas abisales de los mares—. Anceo tiene sangre de Poseidón en sus venas también. No es sorpresa que Anfitrite haya olvidado su repudio a Escila —y Anfitrite se molestó al escuchar ese nombre, y miró de forma sombría a Eo—. Claro que… puedo equivocarme —se sorprendió Eo por el cambio repentino en la actitud de Anfitrite—. Admito sin embargo que usted es una diosa de lo más interesante, mi señorita Anfitrite —concluyó Eo.
—¿Lo soy? —preguntó Anfitrite, y Eo no respondió, y en su lugar siguió guiando al grupo por la ciudad, aunque con más lentitud pues la calle comenzaba a empinarse—. ¿Soy interesante? Nadie me ha llamado interesante antes —terminó de decir Anfitrite, y se puso pensativa—. ¿Acaso soy una mala diosa? —preguntó.
—No la llamaría mala, sino confundida —respondió Kanon con cierta frialdad—. Una diosa que siempre fue recluida por Poseidón al interior de su palacio. Era de esperarse que no conociera mucho. Incluso en el mito apenas y se le reverenciaba. De Anfitrite solo se sabe que era esposa de Poseidón. Nunca se le atribuyó un dominio específico, ni una personalidad. Solo se sabía que era su esposa, que vivía en su palacio en el mar, y que no le rendían culto los pueblos de la antigua Grecia. Los mitómanos todos coinciden en que ni siquiera tomaba decisiones políticas y solo existía para complacer los deseos de Poseidón —terminó Kanon.
—Eso fue bastante bajo y cruel, hasta para ti, Kanon —se quejó Isaac, y Kanon tan solo lo ignoró y siguió su camino, aunque Eo también se había detenido, sobresaltado por la conclusión tan frívola que había mencionado Kanon. Anfitrite por su parte se limitó a pensar en lo que Kanon había dicho—. No le haga caso, señorita Anfitrite. Seguro alguien le daba culto. Usted debe saberlo —insistió Isaac.
—La verdad es que yo jamás exigí culto alguno —concluyó Anfitrite—. Mi tarea como esposa de Poseidón, fue siempre el de tranquilizar su ira —explicó Anfitrite, y esta vez Kanon se detuvo, para prestar atención—. Era difícil. Poseidón tiene una personalidad bastante explosiva. Yo debía recibir sus gritos, sus quejas, su odio. Y a cambio, los humanos podían venerarlo —y Kanon comenzó a comprenderlo—. Creo que estaba muy ocupada calmando a Poseidón como para pedir culto. Pero saben… no me molesta… soy feliz así —terminó de decir Anfitrite—. ¡Vámonos Eo! ¡Ya quiero ver a Anceo! —insistió Anfitrite, y comenzó a jalar a Eo nuevamente.
—Yo creo… —comenzó Isaac—. Que sin Anfitrite para calmar a Poseidón. Todo el mundo sería submarino —concluyó Isaac, y Kanon pareció compartir aquella ideología—. Probablemente sea más importante proteger a Anfitrite, que arriesgarse a la cólera del dios de los mares —terminó Isaac, observando a Anfitrite, y a su eterna felicidad—. De todas formas. ¿Quién podría enfadarse con Anfitrite por mucho tiempo dada su actitud? —e Isaac siguió al grupo.
Castillo de los Ruffo.
—Caribdis ha despertado —habló Anceo, mientras observaba las oscuras aguas entre las rocas de Escila y de Caribdis. Bajo la última comenzaba a formarse un remolino oscuro, rodeado por un cosmos rojizo y maligno. Inclusive un par de ojos rojos observaban a Anceo fijamente, y se escuchaba un grito de una bestia, como hablándole a Anceo en un idioma similar al griego, pero de una lengua con raíces mucho más antiguas—. Listo o no, Eo. Parece que me han arrebatado la decisión de las manos —concluyó Anceo, y la roca de Escila comenzó a brillar con un cosmos azul y profundo.
Roca de Caribdis.
—Escuchen mi orden criaturas de las profundidades —resonó una voz masculina desde los interiores de una cueva marina que se encontraba en la Roca de Caribdis, la hermana de Escila—. Transformen la bendición de Anfitrite en una maldición. Clitos ordena que se haga la guerra entre los Atlantes y el reino de la superficie. ¡Que se propague la estela de la muerte! —resonó la voz, y el agua comenzó a hervir y a lanzar choques eléctricos por toda la costa.
Entrada del Castillo de los Ruffo.
—¡Llegamos! —gritó Anfitrite con alegría. Más al hacerlo, sintió un cosmos maligno. Eo pareció percibirlo de igual manera, sin embargo, Kanon e Isaac, que no eran conocedores del cosmos profundo de los mares, no lograron sentirlo, aunque escucharon sin problemas los gritos provenientes de las costas—. Caribdis ha despertado —se horrorizó Anfitrite, y Eo se preocupó por la revelación—. Hay gente muriendo en el mar —prosiguió Anfitrite.
—¡La playa! —gritó Eo mientras apuntaba en dirección a la playa—. ¡La playa está hirviendo! —prosiguió Eo, y comenzó a correr en dirección a la playa, como si al hacerlo pretendiera encontrar una solución a lo que estaba ocurriendo.
—Caribdis despierta. Uno de los 10 Reyes se encuentra aquí en Reggio de Calabria —explicó Anfitrite, que entonces cerró sus manos alrededor de su pecho—. Por favor, les suplico que vayan a ayudarlos. No tienen por qué sufrir por una guerra que no les concierne —suplicó Anfitrite, e Isaac de inmediato asintió, y corrió a la playa tras de Eo—. Dragón Marino te lo suplico. Sé que no me has aceptado como tu diosa aún pero son humanos y están sufriendo —lloró Anfitrite, y Kanon se mordió los labios con molestia, no deseando intervenir. Él no deseaba ser un salvador, deseaba ser un conquistador—. Por favor —volvió a suplicar Anfitrite, y Kanon, aunque repugnado, asintió—. Gracias —agregó Anfitrite con alegría.
—Solo lo hago por la armadura. No por usted —terminó de decir Kanon, y corrió tras Eo e Isaac. Anfitrite asintió, comprendiendo que aún no se había ganado el apoyo de Kanon, pero aceptando cualquier ayuda que fuera posible.
—¿Señora Anfitrite? —escuchó la diosa una voz, y al darse la media vuelta, se alegró al encontrar a Anceo, el maestro de Eo, detrás de ella—. Me arrodillo ante usted —presentó sus respetos Anceo.
—¡Anceo! —saltó Anfitrite y lo abrazó con fuerza, sorprendiendo al maestro de Eo. Más el cariño solo duró unos instantes antes de que Anfitrite se separara de Anceo, y lo viera con ojos de preocupación—. ¡Anceo! ¡Eres un Argonauta experimentado! ¡Por favor ayuda a mis Generales! —suplicó Anfitrite.
—Incluso si es usted quien me lo pide. Incluso si es la esposa de mi padre, Poseidón. Me temo que mi lealtad le pertenece a otro dios —le explicó Anceo a Anfitrite—. Es verdad que Caribdis no es rival para mí. Pero la única lealtad que le debo a usted o a mi padre es la de servir como maestro de los Generales Marinos, jamás como aliado. Perdóneme señorita Anfitrite, mi hospitalidad no le servirá a ese nivel —se avergonzó Anceo.
—Lo entiendo… Anceo… —prosiguió Anfitrite con preocupación—. Y espero que por el bien de mis Generales Marinos, que hayas entrenado bien a Eo para esta dura prueba —y Anfitrite oró a Poseidón, esperando que con su oración le brindara fuerza a sus Generales Marinos.
—¡No permitiré que hagan de las suyas en la ciudad que me ha adoptado durante 3 años! —se molestó Eo a su llegada a las costas, donde se percató que lo que forzaba el agua a hervir eran unas medusas gigantes que extendían sus enormes tentáculos quemando a los muchos pescadores que se habían reunido para atrapar a los peces que misteriosamente habían regresado—. Profanaron el milagro de la señorita Anfitrite con sus asquerosas artimañas. ¡Muéstrense! —gritó Eo, y lanzó un puñetazo que partió el mar, ahuyentando tanto a la gente de las costas, como a las medusas que huyeron asustadas por el agresivo cosmos de Eo.
—¿Acasos somos exterminadores de medusas? —se quejó Isaac, que lanzó su cosmos, congelando el agua, y sorprendiendo a los presentes que salieron corriendo de las costas, más asustados por la magia de Isaac que por las medusas que se amontonaban en las costas—. Esto es ridículo. Somos Generales de Poseidón. No deberíamos perder nuestro tiempo con estas criaturas. Si pican a los humanos es su culpa por acercárseles —más Eo tomó a Isaac del cuello de su ropa.
—No lo entiendes. Tras dos meses de hambruna en esta ciudad. Hay quienes se arriesgarían contra las medusas —le explicó Eo, y apuntó a un bote en medio del agua que ya estaba rodeado de medusas—. ¡Tengo que ayudarlos! —se lanzó Eo al mar, golpeando a las medusas que se le pegaban a la piel, e ignorando el agua hirviente por el choque eléctrico de las criaturas. Su cuerpo comenzó a sangrarle, pero apenas y le importaba, seguía adelante, y tras un brutal esfuerzo llegó hasta donde el par de pescadores lo ayudaron al subir al bote.
Eo entonces utilizó su cosmos, lo azotó en contra del agua ahuyentando a las medusas, abriendo el paso para que la lancha pudiera buscar su camino a tierra. Los pescadores estaban sorprendidos por las habilidades de Eo, pero más agradecidos por la ayuda, por lo que lo ayudaron a recostarse en la playa y comenzaron a frotar arena en sus brazos para reducir la picazón de las picaduras de las medusas.
—¿Estas demente? —gritó Isaac, empujando a los pescadores fuera del camino para pasar su aire congelado alrededor de las heridas—. Esto ayudará a reducir el ardor, pero lo que has hecho es una locura. ¡Pudiste haber muerto! —se quejó Isaac.
—No parece importarle —agregó Kanon mientras llegaba, vistiendo su armadura de Dragón Marino—. Patético. Dar su vida por un pueblo adoptivo. ¿Y te haces llamar un General de Poseidón? —le gritó Kanon sumamente molesto—. ¡Te enseñaré el verdadero poder de un General Marino! ¡Exterminaré a todas estas criaturas de un solo movimiento! ¡Explosión de Galaxias! —gritó Kanon, y su cosmos estalló con tanta fuerza, que las medusas se despedazaron y comenzaron a caer como tentáculos irritantes que caían sobre la gente, que huyó del lugar adolorida por la irritante lluvia, aunque a Kanon no parecía importarle—. Qué tontería —se burló Kanon, y Eo se puso de pie y se lanzó en su contra.
—¡Imbécil! —gritó Eo al taclear a Kanon al suelo, solo para que el Dragón Marino lo pateara con fuerza lejos de él. Eo se puso de pie entonces, dispuesto a combatir a Kanon, cuando de pronto escuchó los gritos de dolor de una mujer, y al voltear a verla, Eo se horrorizó—. ¡Florette! —gritó Eo y corrió hasta donde la mujer, que lloraba al tener unos tentáculos de medusa pegados al rostro, mismos que Eo comenzó a quitarle, aunque el daño ya estaba hecho, el veneno de las medusas le había quemado la piel a la mujer, que lloraba desconsoladamente. Eo estaba horrorizado, el rostro de su amiga estaba desfigurado formando una horrible cicatriz de sangre quemada que le rodeaba casi todo el rostro—. Florette… —la abrazó Eo, mientras la joven seguía llorando de dolor—. Maldito seas… —lloró Eo—. ¡Maldito seas Kanon! —volvió a gritar, y esta vez incluso Isaac sintió el dolor de Eo—. ¿Acaso no tienes corazón? ¡Cualquiera puede hacer estallar unas medusas! ¡Piensa en la gente maldita sea! —Eo estaba furioso. Ayudó a Florette a sentarse en la playa, y entonces desafió a Kanon—. Desearía… darte una paliza por lo que has hecho… pero… más importante que el odio es mi deber… —terminó Eo, y se acercó a la orilla de la playa—. De todas formas. ¿Qué se podía esperar de un General a prueba? —lo insultó Eo, pero a Kanon le importaban poco los insultos de Eo, que comenzó a nadar en dirección a la roca de Caribdis.
—Probablemente Eo le dé mucho interés a la calidez del corazón humano… —comenzó Isaac, que no se encontraba tan perturbado por las acciones de Kanon como el mismo Eo, pero tampoco estaba del todo tranquilo—. Pero también es cierto que fue algo precipitado —lo defendió Isaac, y observó a Florette, llorando en la playa—. Antes esto me hubiera afectado más —admitió Isaac.
—Señal de que te estas volviendo fuerte —fue la respuesta fría de Kanon—. No me importa si piensan que fue precipitado. Hay heridos, casualidades de guerra en mi opinión. Lo importante es que las medusas se han ido, y que los tontos no volverán a pescar sin antes tomar las precauciones debidas —terminó de decir Kanon, y se alejó de la playa, dejando a la adolorida Florette a su suerte.
Roca de Caribdis.
—¿Que tonto se arrojaría a sí mismo a las aguas cercanas a Caribdis? —resonó una voz por las cavernas de la roca de Caribdis, alrededor de la cual Eo era arrastrado. El aspirante a General de Poseidón golpeaba los corales negros con su cuerpo mientras intentaba aferrarse a las oscuras paredes de la Roca de Caribdis y escapar del remolino de agua que intentaba succionarlo a las profundidades—. Los humanos son en verdad todos unos tontos. Lanzarse a un mar rodeado de medusas venenosas. Desafiar los remolinos de Caribdis. Levantarte contra uno de los 10 Reyes Atlantes. ¿Estás demente, humano? —continuó burlándose Diaprepes.
—¿Humano? Entonces los Reyes Atlantes se creen seres superiores —agregó Eo mientras se abrazaba de una roca evitando ser arrastrado por el agua—. Al menos nosotros no estamos extintos, egocéntrico Rey de una civilización en decadencia. No importa cuán grandes hayan sido. Eso no te da derecho de presumir superioridad —prosiguió Eo, y se hundió en el agua para intentar nadar hasta la orilla, a la entrada de la caverna. Tras un esfuerzo sobrehumano, lo logró al aferrarse a los corales, y arrastrarse hasta la oscura piedra de la caverna de Caribdis, donde salió respirando pesadamente unas bocanadas de aire, y encontró una bota verde alzándole la cabeza, forzándolo a verlo.
—Soy superior —habló Driapepes, que vestía una armadura de cuerpo completo de color esmeralda brillante, con las protecciones de brazos y piernas algo redondeadas pues su armadura pertenecía a una inmensa medusa. Poseía puntas negras sobre las rodillas, los codos, y las hombreras redondeadas, y un par de ojos rojos intensos en la protección del pecho. Una capa de tentáculos verdes le caía por la espalda, y su casco tenía la forma de una cúpula espinosa asemejando una corona de coral. Su cabellera era blanca, y sus ojos parecían estar ciegos pues eran de un blanco lechoso—. Acostúmbrate a verme desde el suelo, patético mortal —lo pateó el rey de la Atlántida, con tanta fuerza que Eo comenzó a vomitar sangre—. Estás frente a Diaprepes de Caribdis. Último rey de la Atlántida. Yo mismo comandé los ejércitos a invadir las tierras Atenienses. Escupí sobre los cuerpos inertes de muchos antes que tú —y Diaprepes volvió a patearlo con fuerza, en repetidas ocasiones, rompiendo las costillas del agotado aspirante a General Marino—. ¿Esté es el supuesto poderío de mi padre? Debimos haber exterminado a la raza humana hace ya milenios —terminó Diaprepes al patearle el rostro a Eo.
—Convertiste… el milagro de la señorita Anfitrite… en una verdadera pesadilla —escupió sangre Eo. Pero intentó ponerse de pie de todas formas—. Atormentaste a mi pueblo adoptivo. Que me recibió con los brazos abiertos. Que me enseñó su cultura, me empapó en sus costumbres —prosiguió Eo, por fin incorporándose, aunque su cuerpo le temblaba por la mezcla de dolores entre las quemaduras de las medusas, y las raspaduras de los corales que le habían rasgado la piel—. Puede que Kanon también haya tenido algo que ver. Pero fueron tus medusas las que desfiguraron a Florette, quien siempre se ha preocupado por mi… un extranjero… —prosiguió Eo, temblando de dolor—. Después de mi natal, Chile, Italia y Reggio de Calabria han sido mi hogar. Y voy a defenderlo —insistió Eo, y se lanzó en contra de Diaprepes, que lo evadió sin problema, e impactó su puño en contra de la espalda de Eo, disparando un choque eléctrico tremendo que paralizó a Eo y lo derribó.
—No deberías jugar con medusas. Podrías encontrar una electrizante sorpresa en tu camino —se burló Diaprepes, que entonces levantó a Eo de la cabellera, y le azotó el rostro al suelo—. ¿Dónde están tus amigos? Creí que sería divertido el torturarlos a los tres con mis medusas, y en su lugar solo castigo a un aspirante sin armadura, tú ni siquiera eres un General de Poseidón. No hay gloria en esta batalla tan sencilla, te descuartizaré y te daré de alimento a mis medusas —continuó Diaprepes, forzando a Eo a ponerse de pie al tirarle de la cabellera, y pateando su rodilla dentro de su cuerpo, causándole a Diaprepes un terrible dolor. Diaprepes entonces empujó a Eo en dirección a una estalagmita, donde comenzó a clavarlo también. Eo estaba siendo perforado por estómago y espalda—. Qué ironía. Se podría decir que te encuentras entre Escila y Caribdis —se burló Diaprepes, y soltó por fin a Eo que cayó sin defenderse en contra del suelo—. Eso ha sido muy sencillo. Matar al otro par no deberá representar muchos problemas, y después le cortaré la cabeza a Anfitrite. Clitos nuestra madre quiere su cabeza, y por culpa de Atlante y Gadiro tengo que entregársela en un plato de coral negro. Y yo que pensaba darle sus sesos a las gaviotas, hubiera sido muy divertido —se burló Diaprepes, y Eo comenzó a ponerse de pie nuevamente—. ¿Sigues con vida? Creo que tendré que jugar contigo otro rato. Anfitrite puede esperar un poco más —terminó Diaprepes, y se lanzó con el puño en alto—. ¡Aguja de Caribdis! —enunció Diaprepes su técnica eléctrica, que Eo bloqueó con su mano y resistió, aunque gruñía por el dolor que hacerlo le ocasionaba—. ¿Estás resistiendo mis choques eléctricos? Debes estar más demente de lo que creí —rio Diaprepes.
—La señorita Anfitrite. Le devolvió la esperanza a mi gente —prosiguió Eo, empujando el puño de Diaprepes con su mano—. Puede que la señorita Anfitrite odie la escama por la que me he entrenado todos estos años. Pero inclusive si debo ser el receptor de su odio, como ella ha sido siempre del odio de Poseidón. Bien habrá valido la pena si la señorita Anfitrite sigue viviendo para guiarnos a un mundo donde sus bondades den riqueza a la humanidad —cerró los ojos Eo, concentrándose—. Un mundo sin hambre, alimentado por el fruto del amor de Anfitrite. ¡No permitiré que tú vuelvas a manchar ese mundo! —gritó Eo, y su cosmos profundo se intensificó.
Castillo de los Ruffo.
—Ese cosmos es de… —comenzó Anfitrite, que observaba desde la cima de Escila a un par de luces de cosmos, uno azul y uno rojo, empujarse la una a la otra intentando superarse—. ¿Eo? —preguntó Anfitrite. Anceo estaba a su lado, y Kanon e Isaac llegaban a unirse a ella, mientras observaban los cosmos estallar en Caribdis a solo un tiro de flecha de donde se encontraba la Roca de Escila, sobre la cual estaba construido el Castillo de los Ruffo.
—Llevo tres años entrenando a Eo —comenzó Anceo—. Su mente es distraída. Piensa mucho en su tierra natal. Se ha preguntado día tras día, si esforzarse por la armadura de Escila, que lo ha apartado de su hogar por tres años, ha valido la pena —explicó Anceo, y Anfitrite lo miró curiosa—. He tratado de enseñarle que el océano es su verdadero hogar. Que no tenemos un ancla que nos deje atracados en estas tierras. Donde quiera que exista la mar, es su hogar. Y que debe temerle a este hogar, debe tenerle respeto a este reino. Solo así, será un General, ya sea en su océano, o en cualquier otro. Un verdadero surcador de los mares. Todo lugar al que viaje será su reino —y Anfitrite asintió—. No fue hasta que la conoció, señorita Anfitrite, que Eo dejó de pensar en su tierra natal, y aceptó que el océano era vida y esperanza, y que ya sea en su tierra, o en un pueblo adoptivo, se debe combatir por salvar a los mares, y por la gente que vive de ellos —y Anfitrite sonrió—. Su nostalgia, se ha expandido a Reggio de Calabria. Lo ha llamado su hogar adoptivo. Aún falta mucho para que acepte al océano como su verdadero hogar. Pero ha dado un paso muy importante. Escila le brindará ahora su fuerza —concluyó Anceo, y una luz dorada salió de las aguas cercanas a Escila, y voló al interior de las cuevas de Caribdis.
—Me molesta. No me gusta esa armadura —admitió Anfitrite, aunque con una sonrisa—. Pero Eo pertenece al mar —aceptó Anfitrite, recordando la alegría de Eo al invitar a su pueblo adoptivo al océano—. Eo… serás un gran General de Poseidón —terminó Anfitrite.
Roca de Caribdis.
Un aullido resonó por los interiores de la Roca de Caribdis, seguido del rugido de un oso, el chillido de un murciélago, el siseo de una serpiente, y una vibrante sensación que resonaba por las paredes como el sonido de una abeja. Estos sonidos alertaron a Diaprepes, que se separó de Eo intentando encontrar su origen.
—¿Qué ha sido todo eso? —se preguntó Diaprepes, y Eo subió su guardia también. De pronto escucharon la risa de una mujer, y ambos vieron a un espíritu, de una mujer con la mirada endemoniada, y ojos llenos de sangre, burlándose de Diaprepes, como contoneándose frente a los dominios de Caribdis, alegando superioridad—. ¿Quién? ¿Quién en el nombre de Clitos eres? —se horrorizó Diaprepes, y comenzó a retroceder.
—Escila —se sorprendió Eo, y el espíritu de la mujer comenzó a mover su mano, invitando a Eo con su dedo a acercarse—. Cuenta la leyenda… que la risa de Escila y su enigmática belleza atraerá a los viajeros hasta su roca, donde serán devorados por las monstruosas criaturas que forman sus extremidades inferiores —comenzó Eo, que caminó en dirección a Escila. Diaprepes por su parte retrocedió más y más—. Entre Escila y Caribdis comenzó a usarse como una frase que significaba estar entre dos males, ya que Escila y Caribdis son dos grandes males en las costas de Reggio de Calabria, en un estrecho que sale al Mar Mediterraneo. Aún hoy en día atormentan a los marineros, que deben elegir entre arriesgarse a ser hundidos por Caribdis, o devorados por Escila. En otras palabras, deben elegir entre dos males —y Eo llegó ante el espíritu de Escila, que le coqueteó al acariciarle la mejilla—. Yo elijo a Escila —y la bruja de los mares sonrió, y las otras bestias salieron, y se abalanzaron todas sobre Eo, forzando a Diaprepes a esconder su rostro evitando presenciar una horrenda matanza, y en su lugar, solo vio un brillo dorado—. O mejor dicho. Escila me ha elegido a mí —terminó Eo, que ahora vestía orgulloso la armadura de Escila, y se había convertido en el guardián de sus seis bestias.
—¿La armadura de un General de Poseidón? Debí matarte cuando podía en lugar de jugar contigo —se quejó Diaprepes, y Eo lo miró de forma sombría—. No importa. Hay más gloria en asesinar a un General de Poseidón, que humillar a un miserable aspirante —refutó Diaprepes, elevando su cosmos, y reuniendo electricidad en su puño—. ¡El Aguijón de Caribdis! —gritó Diaprepes, y se lanzó en contra de Eo.
—¡Voy a demostrarte el verdadero poder de un aguijón! ¡Aguijón de la Abeja Reina! —lanzó su ataque Eo, que se desprendió de su puño en la forma de múltiples aguijones guiados por una poderosa ventisca marina. Diaprepes sintió todo su poder, recibió varios impactos en su armadura, que comenzó a cuartearse, sorprendiendo al más joven de los 10 Reyes Atlantes, que comenzó a perder su armadura y a gritar de dolor por recibir el ataque—. ¡Regresa a las profundidades abisales de las cuales saliste! ¡Tornado de Escila! —gritó Eo al unir sus manos, y lanzar vientos como un torrente de brisa marina que guiados por el espíritu de Escila comenzaron a destrozar el cuerpo de Diaprepes, el cual fue lanzado al mismo remolino oscuro que creara su mito.
La Atlántida. Templo de Poseidón.
—¿Dia… Diaprepes? —comenzó Clitos con una voz que se quebraba por el dolor. Sus ojos estaban bien abiertos, y en estos comenzaban a formarse lágrimas. Su cosmos entonces se tornó rojo y endemoniado, y soltó un alarido descomunal que resonó por toda la Atlántida, que comenzó a temblar guiada por el dolor en el corazón de Clitos que sufría la pérdida de su hijo menor, su querido Diaprepes—. ¡Nooooo! ¡Maldita seas Anfitrite! ¡Maldita! ¡Devuélveme a mi hijo! ¡Nooooo! —continuó gritando Clitos.
—Una pérdida en verdad terrible —habló Atlante, aunque el tono de su voz reflejaba que no le importaba del todo—. Fue un tonto descuidado, madre. Jugó con su presa en lugar de acabarla cuando tenía la oportunidad —pero Clitos no deseaba escucharlo, y siguió lamentándose, tornando el dunamis dormido de Poseidón, en un cosmos maligno y oscuro.
—Lamentable en verdad. Ahora su reino le pertenece a su gemelo, Azaes —continuó Gadiro, pero Anfitrite no hacía más que lamentarse—. Son las leyes de nuestro padre, madre. Si un reino ha de caer. No habrá disputa por este. Pertenecerá al hermano con quien compartió el vientre —explicó Gadiro.
—No llores, madre —prosiguió Atlante—. Es solo temporal. Cuando el dunamis de padre resucite, serás capas de anclar el alma de Diaprepes a un nuevo cuerpo mortal. Tú solo debes concentrarte en alimentar ese dunamis con toda la fuerza vital de la Atlántida —insistió Atlante.
—Deja que Atlánte y yo nos hagamos cargo, madre. Vengaremos a Diaprepes —y Clitos movió su cabeza en negación un buen número de veces, y Atlante y Gadiro intercambiaron miradas—. Claro, que sin el resto de las bestias Ctónicas, muy probablemente nos exterminen también —finalizó Gadiro, y eso despertó los miedos de Clitos.
—¡Nooooo! ¡No perderé a mis hijos! ¡No! ¡No! ¡No! Nooooo! —lloró Clitos—. ¡Bestias Ctónicas! ¡Protejan a mis hijos! ¡Protejan a mis hijos! ¡Protejan a mis hijos! —continuó llorando Clitos en su locura, y Atlante y Gadiro sonrieron, mientras otras nueve bestias comenzaban a despertar en la forma de armaduras—. Protéjanlos… por favooooor… protéjanlos… yo solo quiero que todo sea como antes… yo solo quiero recuperar a mi amado y a mi reino… yo solo quiero… que todo vuelva a ser hermoso… por favor… —lloró Clitos, pero está vez de una forma más tranquila.
Castillo de los Ruffo.
—Florette —habló Eo un par de horas después de que asesinó a Diaprepes. Estaba en una habitación del Castillo de los Ruffo, donde al parecer Anceo era un sirviente y Eo un mayordomo, lo que era curioso pues tanto Kanon como Isaac eran mayordomos también sirviendo a Julián Solo, lo cual parecía ser una coincidencia bastante extraña—. Tu sei bella. Dimenticate le cicatrici —comenzó Eo, acariciando el vendado rostro de Florette—. Io ti amo comunque —terminó Eo, y Florette sonrió y lloró ante aquellas palabras.
—No es como que debiera interesarme —comenzó Isaac, aparentemente intranquilo—. Pero en el nombre de Poseidón, comienzo a odiar el italiano. ¿Qué Hades está diciendo Eo? —le preguntó Isaac a Kanon, que se negó a darle respuesta.
—Tienes una gran curiosidad para alguien que pretende tener un corazón tan frio —comenzó Eo, e Isaac se molestó y comenzó a elevar su cosmos—. Le he dicho que no me importan sus cicatrices. Que de cualquier forma yo la amo —e Isaac se sobresaltó por aquellas palabras. Simplemente no se esperaba oírlas—. Y Kanon no te ha respondido, porque no entendió —terminó de decir Eo, y Kanon se mordió los labios con molestia.
—No puedes esperar que aprenda todo un idioma en dos semanas de todas formas —se molestó Kanon, e Isaac sonrió de forma maliciosa—. De cualquier forma, entiendo la mitad de lo que me dicen en italiano, eso debiera ser suficiente de momento —se defendió Kanon.
—No es necesario que lo sigas intentando. De todas formas voy a acompañarlos —agregó Eo, y Kanon e Isaac ambos se sorprendieron. Eo por su parte besó la mejilla de Florette—. Io sono in viaggio per un certo periodo di tempo —habló nuevamente en italiano Eo, que molestó a Isaac nuevamente—. Ma torneró —y Florette observó a los dos aspirantes a Generales, y se ocultó bajó sus sabanas, pero asintió. Eo entonces le besó los labios con gentileza antes de ponerse de pie y caminar a la puerta para salir del cuarto, seguido del par de Generales Marinos a prueba.
—¡No era necesario que presumieras esa parte! —se quejó Isaac refiriéndose al beso que Eo le había dado a Florette. La verdad es que el de Kraken estaba celoso de aquel despliegue de cariño que ambos habían reflejado—. ¿Por qué nos acompañarás? —preguntó Isaac curioso.
—Puedo asegurarte, que hay más razones para hacerlo que para no hacerlo —miró Eo con desprecio a Kanon, que le regresó la mirada fijamente—. Primero, no dejaré la seguridad de la diosa que frente a mis ojos se preocupó por mi pueblo adoptivo, bajo las incapaces manos de un inexperto General Marino —y Kanon preparó su puño—. Ahórrate las molestias. No soy tan poderoso como tú, pero al menos sé combatir por eso que deseo proteger. Ahora tengo un deber a con Anfitrite, y si es su deseo, aún a costa de mi vida te combatiré —y Kanon se fastidió por esas palabras—. La otra razón por la que los acompaños, es porque a pesar de tu no tan cuidadosa intervención, quien trajo las medusas que desfiguraron a Florette fue uno de los hijos de Clitos. Y personalmente me encargaré de que no vuelvan a hacer sufrir a nadie —terminó Eo—. Reúnan sus cosas, en cuanto Anfitrite termine sus pendientes los estaré esperando afuera junto a Anceo para partir a Costa Viola —y sin decir más, Eo se retiró en dirección a las afueras del castillo.
Kanon e Isaac entraron entonces a una habitación, en la cual encontraron a Anfitrite, que al verlos entrar de inmediato se puso de pie como si hubiera estado esperándolos, lo cual resultó ser una sorpresa para el par.
—¡Perdón! —comenzó Anfitrite—. La superficie tiene muchas maravillas inexplicables para los habitantes de las profundidades. Anceo me contó de una y pues… yo… a decir verdad… —continuó Anfitrite, que se encontraba en extremo avergonzada. Y al final, sin saber que más decir, le mostró un teléfono al par—. ¿Podrían… ya saben…? —se avergonzó Anfitrite.
—¿Crees que me entienda si le explico lo que es una larga distancia? —preguntó Isaac, y Kanon tan solo lo ignoró y se sentó. Molesto por todas las infantiles interrupciones en su búsqueda de poder—. Puede que Eo haya dicho que tengo un corazón frio. Y puede que también sea cierto —e Isaac se acercó a Anfitrite, y tomó el teléfono—. Pero puede que haya encontrado a la persona que es capaz de derretir ese frio tempano —agregó Isaac con una sonrisa, y comenzó a marcar.
Residencia Solo. Grecia.
—¿Señor Solo? —comenzó una joven, que entró en la habitación del aburrido heredero de la familia Solo, que veía fuera de su balcón en dirección a un sol de mediodía—. Señor Solo. ¿Lo interrumpo? —preguntó la mujer, y Julián no respondió—. Es solo que su… bueno… ella mencionó una palabra algo extraña pero… creo que su esposa lo busca —y en ese momento, Julián que se tambaleaba en su silla perdió el equilibrio y cayó al suelo—. ¿Señor Julián? —se horrorizó la mujer.
—¡E-e-ella no es mi esposa! —gritó Julián en señal de vergüenza y sorpresa—. Más bien es una conocida que extrañamente se convirtió en mi prometida —corrigió Julián en extremo avergonzado—. ¡Pero no es mi esposa! —se quejó.
—Lo-lo-lo entiendo señor Julián —continuó la nerviosa mujer—. Le informaré a la señorita Anfitrite que deje de molestarlo —prosiguió la sirvienta y se preparó para irse, más Julián la detuvo—. ¿Señor? —preguntó la mujer.
—Siempre que sea ella… bueno… no creo que haya problema… —se avergonzó Julián, y la sirvienta se sorprendió—. Atenderé a la llamada en mi cuarto —prosiguió Julián, recuperando la compostura—. Y si escucho a mis sirvientas rumorear acerca de esto. Pasarás la siguiente semana acompañando a los cargueros pesqueros que van al norte en búsqueda de vida marina que comerciar —continuó Julián,
—¿Eh? ¿En los cargueros? —se asustó la sirvienta, y Julián asintió—. ¡Mis labios están sellados señor Julián! ¡No me atrevería a iniciar ese tipo de rumores! ¡Están sellados! ¡Completamente sellados! —insistió la mujer.
—Lo estarán en hielo si mientes —y la sirvienta tragó saliva con fuerza, y Julián entró en su cuarto. Entonces caminó hasta donde estaba su teléfono, se sentó junto a este, y atendió a la llamada—. Habla Julián —comenzó en calma, y de pronto se quitó el teléfono del oído por un grito sorprendido de Anfitrite.
—¡Eeeeeh! ¡Es como usar una caracola para escuchar el mar! ¡Puedo escuchar al señor Julián como si estuviera allí dentro! —se sorprendió Anfitrite, y Julián se ruborizó un poco, y se rascó la barbilla sin entender lo que estaba ocurriendo.
—¡Señorita Anfitrite por favor no le grite al auricular! —escuchó Julián la voz de Isaac, que reprendía a Anfitrite por su reacción—. De todas formas, dese prisa por favor. Esta es una llamada de larga distancia, muy costosa. El conde del Castillo Ruffo no lo verá con buenos ojos y podría dañar las relaciones con las empresas del señor Julián —y Julián sonrió.
—Es bastante extraño… Isaac nunca se preocupa por mis finanzas —interrumpió Julián, y al otro lado de la línea escuchó a Anfitrite suspirar intranquila—. Lo llamó una larga distancia. Supongo entonces que llegaron a las costas de Italia sin problema —terminó tranquilamente Julián.
—¡Sí! ¡No tuvimos muchos problemas! Aunque no entiendo el italiano, y me confunde —habló intranquila Anfitrite, y Julián sonrió ante aquellas reacciones—. Quería escucharlo otra vez, señor Julián. Espero que no se moleste conmigo y me grite por eso —agregó Anfitrite nerviosa.
—¿Molestarme? —preguntó—. ¿Te he dado la impresión de ser alguna especie de tirano? —y Anfitrite no supo que responder—. Aunque te llevaste a mis mayordomos. Y sin ellos todo ha sido muy aburrido aquí. Tal vez debería enojarme un poco más —bromeó Julián.
—¿Eeeeeh? No por favor señor Julián —suplicó Anfitrite, y Julián sonrió al otro lado de la línea—. De ser posible quisiera seguir disfrutando de su lado amable por un poco más de tiempo —y sin embargo, la sonrisa en el rostro de Julián se borró, y hubo silencio—. ¿Se-señor Julián? —preguntó Anfitrite.
—De manera que no te agrada la personalidad común de tu esposo —habló Julián, aunque su mirada estaba perdida, y su voz era diferente, llena de autoridad—. Me desilusionas, Anfitrite. Pensé que eras más codiciosa —terminó Julián.
—¿Po-Po-Po-Poseidón? —se puso nerviosa Anfitrite, y el dios de los mares esperó al otro lado de la línea las explicaciones de su esposa—. ¡No son quejas amado mío! ¡So-so-so-son simples agradecimientos por una actitud un poco más sensible a mis necesidades! ¡No pretendía insultarte! Yo solo quería expresar que estoy muy feliz al recibir palabras gentiles de… bueno… ¿cómo te explico? —y Anfitrite se dio cuenta de que era mejor quedarse cayada.
—Un recipiente de mi cosmos —concluyó Poseidón, y Anfitrite tragó saliva con fuerza—. Pero admito, que has desarrollado agallas en el poco tiempo que has estado con los humanos, amada mía. Antes jamás te habrías atrevido a contestarme —y el silencio de Anfitrite prosiguió—. Supongo que estoy agradecido. Comienzas a comportarte como una verdadera reina, mi amada Anfitrite. Sigue mostrando esa fortaleza en tu cosmos, y tal vez, las próximas palabras que escuches llenas de cariño no sean de un recipiente, pero de tu verdadero marido —concluyó Poseidón, y Anfitrite sonrió un poco al otro lado de la línea—. Ve por mi reino. Enorgulléceme. Conviértete en la poderosa reina que yo siempre he deseado —y Poseidón colgó, y al hacerlo despertó Julián—. ¿Eh? ¿Anfitrite? —preguntó Julián, y vio el teléfono—. Supongo que le colgué. Pero… ¿Qué le dije? —se preguntó Julián.
Reggio de Calabria. Italia. Castillo de los Ruffo.
—Aaah… este… ah… Pose-Poseidón… —habló Anfitrite de forma nerviosa, y tanto Kanon, Isaac, y un recién llegado Eo, la miraron con curiosidad mientras su diosa temblaba con una mezcla extraña de miedo y alegría—. Ya no está —lloró Anfitrite, y colgó el teléfono, y al hacerlo, una hermosa sonrisa le adornó el rostro—. ¿La reina que siempre ha deseado? —preguntó, y sonrió nuevamente—. ¡La reina que siempre ha deseado! ¡Poseidón! ¡Me haces tan feliz a veces! Aunque también me asustas mucho —confesó Anfitrite.
—Supongo que eso es un: 'todo salió bien al final', ¿o me equivoco? —preguntó Isaac de forma incrédula, y Anfitrite asintió con su habitual sonrisa. Isaac le devolvió la misma—. Bien hecho, señorita Anfitrite —y la diosa asintió nuevamente. Kanon por su parte se molestó más y más por todo lo que escuchaba e ignoró al grupo con su habitual arrogancia—. ¿Qué hacemos ahora? Lo único que tenemos para encontrar a la Atlántida es el escrito de Platón que indica que para llegar a la Atlántida debemos primero pasar por las columnas de Heracles —explicó Isaac, y Eo sonrió ante aquellas palabras.
—Tenemos más que solo un libro escrito por un filósofo hace miles de años como referencia —habló Eo, y abrió la puerta para Anceo, que entraba a la habitación, rasurado, y vistiendo una hermosa armadura de Oro Rojo, con incrustaciones de oro dorado como adornos preciosos, y con una capa dorada cubriéndole la espalda. Al verlo, Isaac y Kanon sintieron un cosmos tremendo, que superaba con facilidad el cosmos de los caballeros dorados y parecía desafiar el cosmos de los mismos dioses—. Anceo, no es solo mi maestro, sino que es un Argonauta —explicó Eo.
—¿Un Argonauta? —preguntó Isaac—. Cuenta el mito que Jasón era un mortal cuyo mito lo reconoció como uno de los más grandes héroes de Grecia junto a Aquiles y Heracles —comenzó a explicar Isaac—. Un héroe, que reunió a los hombres más grandes, en un ejército de 71 soldados incluyéndose él mismo. Recorrieron los mares del mundo bajo el nombre de Argonautas sobre un barco que desafiaba las aguas de Poseidón —terminó de decir Isaac.
—Los Argonautas somos más que solo eso, Isaac —comenzó Anceo—. Somos uno de los mil ejércitos bajo el servicio del dios Zeus. Nuestro cosmos es superior al dorado de los santos de Atenea, a lo profundo de los Generales de Poseidón, y a las tinieblas oscuras de los Espectros de Hades. Nuestro cosmos lo respalda Zeus, y aun así, solo somos uno de mil ejércitos bajo su mando —terminó de explicar Anceo, y caminó en dirección a Anfitrite, arrodillándose frente a ella—. Mi señorita Anfitrite. Mi lealtad a Zeus me impide ayudarla a recuperar su reino. Pero de cualquier forma, como un hijo de Poseidón, puedo brindarle al menos transporte —y Anfitrite asintió—. No hay navío capaz de llegar a las columnas de Heracles. Solo el Argos es capaz de semejante proeza, y yo, soy su capitán —y Anceo tomó la mano de Anfitrite, la encaminó hasta el balcón, y una vez allí, Anfitrite pudo ver, atracado en la playa, un majestuoso navío de madera roja, incrustaciones de oro rojo, y una vela enorme con el emblema de un carnero adornando la enorme vela dorada—. La llevaré a las columnas de Heracles. Aunque pasaremos primero por Portugal a recoger al resto de sus generales marinos. Así lo ha solicitado su General, Sorrento de Sirena. Pero más no puedo ofrecerles. Los Argonautas no participaremos en ninguna guerra a no ser que sea solicitud directa de Zeus. Incluso si fuera mi padre quien me lo ordenase, no podría desobedecerlo —terminó Anceo.
—Lo comprendo, Anceo. No podría pedirte más —se lo agradeció Anfitrite, que observaba el mítico barco, orgullosa—. En el mito, a los barcos se les llamaba corceles de Poseidón —comenzó Anfitrite—. Este corcel, correrá por los mares como un poderoso Hipocampo —y el grupo admiró al increíble navío.
Playa de la Falésia, Algarve. Portugal.
—Entonces este es Portugal. Muy diferente de las playas semi-congeladas del Norte de Canadá —habló un joven de cabellera café lechosa. Vestía pantalones de mezclilla azules, y un chaleco de piel de cuero sin mangas, así como una gorra café del mismo material—. Uff, hace demasiado calor aquí —insistió el joven.
—Te advertí que Portugal tenía un clima muy diferente del Canadiense, Bian —habló Sorrento, que bajaba del mismo barco que Bian utilizaba—. En estas playas encontraremos a otro de los Generales de Poseidón. Y sin embargo, no venimos a reclutarlo, sino a matarlo. Ha deshonrado a su armadura —explicó Sorrento.
—¿Esas fueron las ordenes de tu diosa, Anfitrite? ¿O aprovechas que no se encuentra presente para dar tus propias órdenes? —preguntó Bian de forma arrogante. Como respuesta solo obtuvo la sonrisa de Sorrento—. ¿Qué hizo este tonto para que te molestaras? —preguntó.
—Kasa de Lynmades es su nombre, y te aseguro que no es ningún tonto. Algunos lo llamarían un genio —explicó Sorrento—. Y lo que hizo, fue utilizar sus escamas, y las habilidades que de ella nacen, para su beneficio personal. Asesinatos, robos, extorciones, un verdadero criminal que usa los deseos y aspiraciones más profundos de sus víctimas para unirlas a su colección de cadáveres marinos. Ten mucho cuidado, Bian. Kasa de Lynmades es la representación absoluta del mal —explicó Sorrento, y Bian cerró sus manos en puños.
—Que conveniente —respondió Bian—. Porque yo soy, la representación absoluta de la justica. Y te juro, Sorrento, que castigaré a Kasa de Lynmades por su enfermiza masacre —aseguró Bian, y su cosmos se intensificó—. Yo, Bian de Hipocampo, me aseguraré de ponerle fin a ese miserable engendro del mal. Y mi ira, será su mayor penitencia.
