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En el segundo día de estancia en Hang Sang, Ranma y su padre consiguieron empleo limpiando establos en una pequeña finca de la periferia. Al tercer día comenzaron a trabajar como obreros en una mina de carbón al norte del pueblo. Vivian, muy a pesar de las quejas de su progenitor, de los restos de comida que guardaban de sus cenas en la pensión y se llevaban a las minas al día siguiente para llenarse con algo el estomago, pero aquella comida tenía un sabor extraño para él, que añoraba los platos calientes, recién hechos de otros tiempos. No se lamentaba ni tan siquiera consigo mismo, sacrificando comida y comodidad para aumentar sus ahorros. Había decidido, de nuevo ante las objeciones de su padre, residir unos días más en Hang Sang, esperando la oportunidad de hacer contacto con el misterioso profesor que podría ser su puente con las amazonas. Se sentía desesperadamente ansioso. No conocía a nadie en aquel lugar, y extrañaba el entorno más conocido del norte. Ranma disfrutaba de la novedad, pero sentirse ansioso era una irritación constante.

Finalmente, llegó el tan esperado día. Una tarde calurosa, mientras él y su padre se preparaban para descansar de otra jornada más en la mina, el posadero les saludó con una nota en mano para cada uno en las que se podía leer:

"Señor Saotome, debe usted dirigirse a la mayor brevedad posible a…"

5

Al sur del pueblo había un almacén con un letrero colgado, oxidado, que advertía: Chang Zhu & Zhu, importadores. Un joven alto, de la edad de Ranma, estaba cargando un camión frente al local. Era ancho de hombros y con músculos definidos, uno de los mozos más imponentes que Ranma había visto en su vida. Tenía ojos muy oscuros, nariz diminuta y una barbilla afilada. Mostraba cierto aspecto de superioridad e ingenuidad, presagiaba carácter ambiguo. Alzó hasta su hombro una caja de cartón llena de lo que parecían ser enlatados, y al volverse, trastabilló perdiendo estabilidad con el giro. Instintivamente, Ranma intentó sostenerle. El joven ignoró el gesto, recuperó el balance por sí mismo y se encaminó hacia la plataforma del vehículo. Otro hombre que estaba revisando unas cajas colocadas frente al lugar gruño y exclamó desdeñosamente:

—Ese es Ryoga, maldito japonés. No sé porque el profesor le dio empleo a ese tunante que no sabe ni donde está parado.

La frescura y la oscuridad en el interior del almacén contrastaban con el calor deslumbrante de la calle, representando un alivio junto con los olores exóticos que impregnaban la estancia. Le pareció a Ranma que cada rincón de espacio estaba ocupado por algún producto para la venta. Recorrió el lugar entretenido. Vio telas, latas de conservas, rollos de alambre, herramientas agrícolas, generadores eléctricos, linternas, envases de aceite, bidones de combustible y hasta golosinas. Un montón de estantes desbordados completamente con mantas, ropa, botas, abrigos y carpas para acampar. Al parecer el fulano profesor es un hombre rico, pensó Ranma, y papá tiene esa mirada que me dice que piensa igual.

Una voz ronca a su espalda les preguntó:

— ¿Qué buscan aquí?

Ranma se volvió para encontrarse frente a un hombre notablemente alto y bien desarrollado. Consideró que tendría unos cuarenta años. Tenía un rostro distintivo, de huesos fuertes y cuadrado, una nariz protuberante y ojos de color café intenso. Su cabello era oscuro, cortado al estilo militar. Ranma, al detallar su figura, concluyó que era un sujeto entrenado para el combate.

—Vinimos porque se nos citó —respondió Genma—. Hemos venido por el asunto del trabajo.

En los ojos del hombre apareció un breve destello de duda, luego se desvaneció como la llama de una vela en contraste con la luz del sol.

—Mi nombre es Lee Yon-Hao, teniente coronel retirado del glorioso ejército chino. Pueden llamarme coronel como lo hacen todos. Y ustedes ¿Quiénes son?

—Saotome Ranma y mi padre Saotome Genma.

— ¿Saotome? —Yon-Hao consultó un pedazo de papel en el que aparecía una lista de nombres—. Si, aquí aparecen. Ustedes dos son los últimos en venir, el resto de los candidatos rindió sus pruebas desde esta mañana.

— ¿Pruebas? —Inquirió Genma irritado—, pensé que veníamos a una simple entrevista, no se dijo nada de pruebas.

— ¿Qué tipo de pruebas señor? —replicó Ranma con reserva. Luego miró a su padre y le dijo—: cálmate viejo, dejemos que este tipo se explique.

— ¿tipo? Es coronel ¡tunante!

—Si bien, pues explíquese entonces "Coronel tunante" —insistió glacialmente Genma.

Yon-Hao continuó como si no lo hubiera advertido.

—Una prueba física nada más—sus labios temblaron en una aparente sonrisa burlona—. Necesitamos hombres o mujeres fuertes, capaces de defenderse. La expedición conlleva sus peligros y no podemos darnos el lujo de cargar con debiluchos que nos retrasen. Alguien muy importante de la comitiva debe ser resguardado a toda costa, y el trabajo como tal es hacer de relleno a los guardias principales de esa persona.

—Carne de cañón—dijo suavemente Ranma.

El coronel volvió a llevar la mirada al pedazo de papel, incómodo.

—Es un término muy crudo; en el ejército preferimos llamarles "Unidades de apoyo"

—Si muy técnico y bonito, pero carne de cañón, ni más ni menos—bramó Genma.

— ¿Y bien señor? ¿Cuál es la prueba? —preguntó Ranma mirando a su padre de reojo.

El ex militar se encogió de hombros.

—Algo muy simple, un pequeño combate para medir sus habilidades físicas, el único requisito es mantener la conciencia al menos por un minuto, después de eso podrán desmayarse, o tirar la toalla si así lo desean.

Ranma miró a los ojos del hombre. Tenía que reflexionar. No confiaba en aquel hombre y sin embargo no tenía más remedio que someterse a su voluntad. Miró a su padre nuevamente de reojo y notó que éste parecía nervioso. El coronel dio unos pasos atrás alejándose solapadamente, y allí fue cuando sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo.

Oyó entonces un ruido detrás de ellos y cuando iba a volverse, escuchó el silbido de algo férreo cortando el aire, sus reflejos reaccionaron, el filo de un Kwan Dao(1) le rozó la espalda dejando un pequeño corte perpendicular en su omoplato derecho, arrojándole por inercia al suelo. A su lado, su padre reaccionó al ataque con una serie de golpes de manos directos que impactaron con violencia en la vara metálica que servía de extensión a la hoja del arma, haciendo retrocedes al autor de la emboscada. Fue allí cuando Ranma, desde su posición en el suelo, dejó escapar un suspiro de sorpresa al distinguir mejor la silueta del agresor. Era una Joketsuzoku, de una belleza inexplicable, la mujer más bella que Ranma hubiere visto en su vida. Tendría unos quince años, un cuerpo escultural, suave cabello azulado y ojos violeta oscuro. Ranma se quedo sin aliento.

La Joketsuzoku contempló divertida la reacción de Ranma al verla.

—Xian Pu está sorprendida de que hayas podido esquivar ese ataque, extranjero —replicó inocentemente, dirigiéndose a él en un Mandarín muy elegante—. Posees buenos reflejos, siento curiosidad por ver que otras sorpresas ocultas puedes revelarme.

— ¡Déjame el combate a mi papá! —gritó Ranma levantándose.

— ¡Ranma que dices! Es una Amazona, entre los dos podemos…

—No te preocupes —le tranquilizó Ranma—. El espacio es muy pequeño para combatir los tres. A pesar de su ataque traicionero, seremos justos con nuestro oponente. Además quiero que estés alerta por si al Coronel se le ocurre intervenir.

Xian Pu dedicó una maliciosa sonrisa a Ranma.

—Ran-ma… —dijo jocosamente—. ¿Así te llaman extranjero? A Xian Pu le gusta el sonido de tu nombre.

Un instante después, a una velocidad sorprendente, la guerrera amazona atacó. Ranma deslizó el cuerpo hacia adelante, luchando contra el incomodo dolor que sentía en la espalda. Trató de anticipar el estoque que venía directo hacia él, pero la guerrera intuyó su maniobra y corrigió la trayectoria de su arma con exquisita precisión. El Kwan Dao hizo blanco impunemente sobre su hombro izquierdo, haciendo un tajo en su camisa desgarrándole levemente la piel, era evidente que la ofensiva de la mujer no llevaba ninguna malicia, que solo quería herirle premeditadamente en zonas específicas para inutilizarle. "¡Intentaba jugar con él!". Y sintió una llamarada de rabia en el estomago.

—Piensas rápido Ran-ma, pero Xian Pu es ágil de mente también.

Miró a su oponente durante un instante y después embistió nuevamente. Esta vez levantó el Kwan Dao de forma diagonal a su cabeza y lo descargó con gran potencia en un tajo cruzado, buscando hacer daño en su pecho. Ranma esquivó la nueva acometida dando un pequeño salto hacia atrás; la punta metálica del arma hizo entonces contacto con el suelo de madera, pulverizando la zona de impacto, dejando como huella un agujero lleno de polvo y serrín.

Cuando Ranma estaba a una distancia segura y completamente estabilizado, aprovecho la guardia baja que el efecto del ataque había dejado en su oponente, y decidió entonces tomar la iniciativa.