1977
Tony no había pasado ni un año en aquel parvulario para... ¿Cómo lo había llamado? ¿Para jóvenes talentosos?, cuando tuvieron que citar a sus padres para informarles que no sólo era talentoso de más, sino sobresaliente, que ya no había más que ellos pudieran enseñarle, que se aburría y eso hacía que se portara mal. El niño necesitaba avanzar. Le habían hecho exámenes y, para asombro de todos –menos de Howard-, se dieron cuenta de que estaba a un nivel cognitivo superior incluso al de los chicos de secundaria.
Howard, no obstante, en vez de resplandecer de orgullo como cualquier otro padre normal lo habría hecho, sólo comentó secamente que no esperaba menos de su propio hijo, que eso era parte de su legado. Él y María sacaron a Tony de aquel internado para ingresarlo a otro, la prestigiosa Academia Phillips en Andover, Massachusetts, la cual quedaba a más de cuatro horas en auto de la casa de los Stark.
Steve no estaba muy seguro de que aquello fuera bueno para Tony. ¿Un niño tan pequeño de edad y estatura, estudiando con aquellos jóvenes mucho más maduros y... malvados? Porque, siendo honestos, la escuela secundaria no era nunca un lecho de rosas para nadie, a veces ni para los chicos populares. Steve no conocía persona alguna que dijera que pasar por la secundaria había sido una experiencia fácil. Mucho menos para los pequeños sabihondos tal como lo era el pequeño heredero Stark.
Eso era algo que Steve sabía bien. En sus tiempos, y eso que él sí había asistido a la secundaria con niños de su edad, había sido un infierno para él. Los matones estaban a la orden del día, esperando cualquier oportunidad para hacerlo ver su suerte. Que la Academia a la que ahora asistía Tony fuera de niños ricos y no de niños pobres como en la secundaria de Steve, no iba a ayudar en nada.
La crueldad no tenía nada que ver con el status económico y social.
—Steve, cariño, creo que exageras —le dijo María mientras ambos se bebían un vaso de limonada en el porche del jardín de la mansión—. De verdad, creo que te estás preocupando sin fundamento. La Academia Phillips tiene fama por su atmósfera de compañerismo y ayuda. Non sibi. "No para nosotros", ese es su lema, imagina. Nada de egoísmos, nada de reservas. Todo lo comparten, especialmente el conocimiento. Además, es el ambiente propicio para Tony. ¡Tantos programas de estudio, compañeros de todo el mundo! ¡Le ayudará tanto a desarrollar sus talentos!
Steve la miró, sintiéndose desesperado pero intentando no demostrarlo. No iba a soltarle a bocajarro que los pocos fines de semana que había visto últimamente a Tony, lo había notado no sólo triste, sino hasta demacrado.
—Sí, María, lo entiendo. No dudo que sea lo mejor de lo mejor. He preguntado, y sólo he obtenido espléndidas referencias —dijo Steve esperando adular con eso a Maria y acompañando su afirmación con una gran sonrisa, no deseando de ninguna manera contrariar a la mujer de Howard, quien siempre era toda amabilidad hacia su persona—. Mi... inquietud es la edad de Tony. Sólo tiene siete años. ¿Está en un grupo de noveno grado, cierto? María... Esos son jóvenes de catorce. Le llevan el doble de edad.
Steve estuvo a punto de agregar que además Tony se quedaba ahí de lunes a viernes, que sólo iba a casa los fines de semana, que Steve recordaba la secundaria como un evento atroz pero que al menos él tuvo el consuelo de que, al terminar las clases, podía irse a su casa.
Tony ni siquiera contaba con ello.
No obstante, Steve no se atrevió a decirle nada. Hubiera sido como echarle en cara que no estaban siendo buenos padres, y por Dios, Steve no podía hacer eso de ninguna manera. María estaba tan encandilada con Howard que no era capaz jamás de plantarle cara, ni siquiera en beneficio de su único hijo. Steve se desesperaba sobremanera porque quería tanto a Tony y le dolía verlo mal y que sus padres no se dieran cuenta.
O no les importara, lo cual era peor.
Pero su posición de amigo de la familia no le otorgaba el derecho de opinar sobre la educación del niño. No quería arriesgarse a hacerlos enfadar y que eso diera pie a que lo alejaran de Tony.
En esos tiempos de eminente guerra nuclear, Steve dudaba de muchas cosas. Dudaba que siquiera la humanidad pudiera llegar sana y salva a fin de siglo. Dudaba que su trabajo de obedecer órdenes superiores en el ejército como el Capitán América siempre fuera lo correcto a realizar. Dudaba acerca de cuánto tiempo María y Howard iban a tolerar su intrusa presencia en su prístino hogar. Pero si había algo de lo que jamás dudaría, era que, si lo apartaban del lado de Tony, no iba a poder continuar.
El pequeño niño era el motor de su existencia, la fuerza que lo hacía levantarse día a día, lo que lo impulsaba a saltar al campo de batalla buscando la paz mundial.
Sus temores de que Howard en algún momento pudiese retirarle su amistad, no eran infundados. En los últimos años, el carácter del inventor millonario había empeorado dramáticamente. Poco antes de que Tony naciera, un socio de Howard había sido deportado a la Unión Soviética acusado de espionaje, lo que fue un duro golpe para él. Luego, estaba su exceso de trabajo. Aunque su amigo y compañero Obadiah Stane le ayudaba con los negocios de las Industrias, Howard continuaba trabajando también para SHIELD. A veces Steve no entendía cómo sacaba tiempo siquiera para dormir y comer.
Qué lejanos le sabían al Capi aquellos días en los que Howard, Peggy y él habían sido un trío inseparable, llevando a cabo alegres reuniones que daban pie a charlas interminables llenas de planes ingenuos acerca del mundo ideal, tanto moral como tecnológico; el mundo que resurgiría de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial.
Habían estado tan equivocados. Steve intentaba, cada día, a pesar de todo, seguir luchando por lo que creía. Howard, en cambio, se había amargado. No disfrutaba de su familia, bebía mucho alcohol y se sumergía de lleno en el trabajo, Steve no comprendía por qué, quizá para intentar olvidar el fiasco que era la humanidad.
Así que por ello, cuando estaba de base en Nueva York y podía disponer de los fines de semana, Steve se autoinvitaba a la residencia Stark con el único afán de ver a Tony y pasar tiempo a su lado. Socializar con María durante horas era el requisito que debía pagar para eso; pero al final no era tan molesto: María era extremadamente agradable y cortés, toda una dama. Y también, como Steve, y como Tony, estaba tan sola. Tony adoraba a su hermosa madre (¿cómo podía no hacerlo?) a pesar de que no era ella la que estaba siempre pendiente del niño y de sus necesidades, sino su niñera y Jarvis; y era evidente para Steve que a Tony le gustaba que el Capitán se llevara bien con su progenitora.
Howard era otra historia, casi nunca andaba por ahí. Ese fin de semana de septiembre, fresco y fragante, Howard estaba de viaje, como casi siempre.
O al menos eso habían creído Maria y Steve hasta que escucharon el escándalo proveniente del interior de la casa.
Fue un golpe, como de algo que se rompe. Luego, gritos de él, gritos de Tony, otro golpe como una bofetada, y, finalmente, el llanto del niño.
Steve se puso de pie, alarmado. Tenía sus sospechas de que Howard golpeaba a Tony, pero nunca lo había confirmado hasta ese momento. Se giró a ver a María, quien estaba pálida pero inconmovible.
Maria puso su mano blanca y delicada sobre el antebrazo de Steve.
—No es nada, Steve, siéntate, por favor. Seguramente es Howard que olvidó algo, papeles importantes, dinero, qué sé yo. Ha vuelto y descubrió a Tony en medio de alguna travesura. Nada que no haya pasado antes.
Steve ardía de rabia y se consumía en la necesidad de soltarse de su agarre para entrar a la casa a buscar a Tony. A enfrentar a Howard y decirle que era un canalla por tratar al pequeño así. Pero si hacía eso, si sucumbía a la tentación de apoyar a Tony tan abiertamente, podría marcar el final de sus días junto al niño.
Steve pasó saliva, escasa y amarga. Se sentó.
Desde lo lejos, desde dentro, se escuchaba el infantil llanto ahogado. Jarvis, que pasaba por ahí para dejar canapés, captó la mirada de súplica que le dirigió el Capitán mientras les servía más limonada. El mayordomo, bendito él, asintió levemente con la cabeza de modo que sólo Steve lo vio, e ingresó a la residencia. Steve se sintió un poco –sólo un poco- mejor porque sabía que Jarvis iría a buscar a Tony y le brindaría consuelo. Esperaba que el niño aceptara salir al jardín con él para verlo y hablarle.
Steve soltó un suspiro de impotencia. No se había dado cuenta de que estaba reteniendo el aire de esa manera. Aflojó el apretón de sus puños e intentó concentrarse de nuevo en la charla banal que María estaba llevando a cabo desde hacía minutos y de la cual no había escuchado ni media palabra.
Se sentía morir.
Funcionó. Jarvis tardó un poco en convencer a Tony de salir al jardín a ver al Capitán, pero al final accedió. Llevaba con él un carro enorme a control remoto que quería mostrarle: un juguete novedoso y extremadamente costoso que seguramente Howard le había regalado para "compensar" los malos ratos que le hacía pasar.
Steve sintió que el piso se hundía bajo sus pies cuando notó la mejilla izquierda de Tony enrojecida y un poco hinchada, pero tuvo que mostrarse estoico y no decir nada al respecto. Fue mucho más duro aun aguantarse las ganas de estrecharlo apretadamente entre sus brazos y decirle que todo iba a estar bien, que era un buen niño y que jamás creyera lo contrario.
—¿Cómo te va en tu colegio nuevo, Tony? —le preguntó Steve, toda su atención volcada en él mientras María leía un libro a sus espaldas.
Tony se encogió de hombros con arrogancia mientras torcía la boca. Estaba entretenido arreglando y rearmando el coche porque unos minutos antes lo había estrellado y destrozado contra una pared del jardín.
—Igual que en todos lados. Todos son unos tontos. Pero al menos acá los profesores son un poco más listos que los del instituto donde estaba antes. ¡Ahora estoy en un curso de trigonometría avanzada y es genial! Creo que sí me gusta.
Las últimas frases las había dicho con ese brillo especial en sus bonitos ojos cafés que siempre conseguía erizarle la piel a Steve en medio de un escalofrío. Le hacía inmensamente feliz ver al pequeño entusiasmado por algo.
—Me alegro mucho de que te esté gustando —dijo con sinceridad. Esperó unos momentos para ver si decía algo más. Notaba, por la manera en que Tony no lo veía a los ojos y apretaba los labios, que quería seguir hablando.
Steve no se equivocó. Tony dijo entonces, bajando la voz para que su madre no lo escuchara:
—Sólo que... Tengo estos compañeros que... Se burlan porque no me creen que eres mi tío. Dicen que soy un mentiroso, que el Capitán América no está emparentado con los Stark. Se metieron contigo diciendo que tú eras de Brooklyn, que qué asco, que es un barrio de pobres y vagos. Yo te defendí y se enojaron, y un día, en las duchas, ellos...
Tony se calló abruptamente y se negó a decir más. Miró a María con ojos preocupados y luego se concentró en los últimos detalles de su coche recién armado (con mejoras hechas por él mismo) e ignoró las miradas interrogantes del Capitán.
Steve lo sabía. Sabía que la vida para Tony en ese colegio era un infierno. No por nada había notado en en el niño ojeras, tristeza y delgadez.
Las ganas de llevárselo a vivir con él se incrementaron exponencial y alarmantemente. Lo único que podía pensar era que tenía que hacer algo al respecto, así que para no caer en la alternativa más extremista, se le ocurrió algo que al menos no lo convertiría en un secuestrador de menores.
Se giró hacia María.
—Sé que esto podría parecer inapropiado, pero, ¿podrías invitarme a pasar la noche en la mansión y permitirme ser yo quien lleve mañana a Tony a su colegio?
María lo miró como si no comprendiera en absoluto por qué motivo el legendario Capitán América querría hacer tal cosa. Desde que Tony estaba en la Academia Phillips, era Jarvis quien conducía cuatro horas de ida y cuatro de regreso para recogerlo los viernes y llevarlo los domingos.
—Bueno, sí, claro, para nosotros es un placer y además, tenemos espacio de sobra. Pero, ¿no te generará problemas? ¿No interrumpe tus deberes en el ejército?
En realidad sí. Steve debía reportarse el domingo al mediodía. Pero, demonios, era el jodido Capitán América, creía que bien podrían perdonarle un retraso sin aplicarle corte marcial.
—No, en absoluto —respondió, verdaderamente agradecido. Miró de reojo a Tony y pudo ver una sonrisa enorme en su carita mientras el pequeño fingía que se concentraba en su coche y no en lo que los adultos decían—. Gracias, María.
Steve le pidió a Jarvis que le asignara la recámara de huéspedes más cercana a la de Tony; era algo tonto, pero eso lo hacía sentir más cerca del niño. Habían sido muy pocas las ocasiones en que había pernoctado en la residencia Stark, y todas ellas habían sucedido en épocas muy anteriores, cuando Howard y él eran más cercanos, y el mismo industrial en persona lo había invitado a ello.
María estaba francamente extrañada de la petición de Steve, pero era demasiado elegante y educada como para decir nada. Durante la cena, Tony estuvo más contento y charlador de lo usual; además de que, por suerte, Howard no se encontrara presente intimidando a todos con su mera presencia y ceño fruncido como solía hacerlo.
A medianoche, Steve se despertó a causa de la puerta de su cuarto abriéndose; todas sus alarmas de súper soldado disparándose de inmediato.
Pero sólo era Tony, vestido con pijama y con el rostro somnoliento.
—Steve... Yo, una... pesadilla —fue todo lo que masculló por explicación mientras entraba arrastrando los piecitos y se subía a la cama. Ante la estupefacción de Steve, Tony se metió bajo las sábanas y se abrazó del adulto, quedándose dormido de inmediato.
Steve, en cambio, no pudo volver a pegar ojo. Estaba anonadado, aterrorizado y fascinado, todo a la vez.
Es probable que haya pasado el resto de la noche mirando el rostro angelical y bonito de Tony, asombrado de lo relajado y confiado que parecía a su lado. El alma le punzaba de dolor por no poder protegerlo en cada momento de su breve y ya difícil vida, pero... Al menos, esa noche, aparentemente, Steve pudo darle algo de paz.
El día siguiente, fue perfecto. El mejor domingo que Steve había pasado en mucho tiempo. Y creyó, sin temor a equivocarse, que también para Tony lo fue.
Le pidió autorización a María para salir con unas horas de anticipación y así poder llevar a Tony a Astroland, en Coney Island. Steve estaba seguro de que Tony jamás había pasado ni remotamente cerca del sitio, y quería demostrarle que en Brooklyn había algo más que sólo viejos edificios y calles llenas de vagos.
María no permitió que Steve se llevara solo a Tony; los acompañaron Jarvis y la niñera, una jovencita llamada Erika. Afortunadamente para Steve, Jarvis fue lo bastante suspicaz para darse cuenta de cuál era su plan (pasar tiempo de calidad con el niño), así que ayudó manteniendo alejada a Erika, invitándola a juegos mecánicos mucho más tranquilos mientras Steve llevaba a Tony a la legendaria montaña rusa que era la joya de la corona de Coney Island: la Cyclone.
Tony no podía parar de hablar de lo emocionado que estaba; Steve no podía emitir palabra exactamente por la misma razón. Esa montaña rusa, Tony no podía saberlo, pero significaba muchísimo para Steve. Tantos recuerdos.
—La inauguraron cuando yo tenía nueve años —le contó al pequeño mientras estaban formados en la línea, Tony devorándose un hot-dog y mirando embelesado a la gente que en esos momentos se paseaba encima de ella y gritaba con ganas—. No pude venir a montarme durante muchos años, principalmente por la falta de dinero. Venir aquí al parque y subirse al Cyclone es el sueño de todo niño en Brooklyn. Pero un día, mi amigo Bucky me arrastró y me trepó casi a fuerzas. —Steve sonrió mientras dejaba pasar la punzada de dolor que siempre sentía en el pecho cuando recordaba a Bucky—. Vomité apenas al bajar... mira, creo que fue justo aquí, donde estamos parados.
—Eeew, Steve, qué asco, demasiada información. Ya no quiero mi hot-dog.
Steve se rió mucho de Tony mientras el niño lo miraba con indignación y tiraba su almuerzo al cesto de basura más cercano. Fue cuando Steve se dio cuenta de que Tony ya tenía tiempo que no le decía "tío" Steve.
Ahora, era sólo Steve.
¿Eso era bueno o malo?
Comieron helado, Steve le compró a Tony una camiseta con decorados de su escudo (la cual Tony quiso ponerse inmediatamente), vino Jarvis a buscarlos y, finalmente se marcharon a Andover. Fue un largo camino, Tony se quedó dormido con su cabecita encima de las piernas de Steve y él, torpe y cohibido, le acarició los mechones negros mientras se distraía mirando por la ventanilla.
A Steve le deprimía totalmente pensar que Tony tenía que hacer ese largo viaje dos veces a la semana para que ni siquiera pudiera pasar un buen rato en su hogar.
Se hizo la promesa de visitarlo cada fin de semana en la mansión de los Stark, aun para el disgusto de Howard o la incomodidad de María.
Al llegar a la Academia, Steve se empeñó en ser él quien acompañara a Tony con su maleta hasta su habitación. Jarvis se mostró reacio durante un momento, pero creo que la mirada firme del Capitán terminó de convencerlo de que no le quedaba alternativa.
Steve no tuvo problema para entrar. Hizo abuso descarado de su fama para conseguir sólo sonrisas y saludos afectuosos del personal de la escuela y de los estudiantes que pasaban por ahí. Steve esperaba de todo corazón que los matones que molestaban a Tony anduvieran cerca, o que al menos el rumor de que el niño Stark era el protegido de Steve Rogers llegara a sus imbéciles oídos.
No pudo hacer más, aunque ardía de deseos. En el mundo de la secundaria los adultos pocas veces tienen influencia para proteger a los niños que sufren de abuso. Lo único que Steve podía hacer era confiar en que aquella pequeña amenaza vedada que les estaba dejando, surtiera efecto y esos estúpidos dejaran a Tony en paz. Steve tuvo que confiar en que pronto Tony haría algún buen amigo que lo ayudaría a no pasársela tan mal.
—Gracias, Steve —le dijo Tony cuando finalmente llegaron a su cuarto. Era una gran habitación con todas las comodidades, muchos libros y tecnología de punta.
Steve cerró la puerta a su espalda. Se agachó hasta quedar en cuclillas y abrió los brazos, esperando. Tony, ya con siete años, se sentía muy maduro y "niño grande" como para abrazar a nadie, pero aun así Steve lo hizo y aguardó. Le sonrió al niño dándole ánimos.
Tony lo miró fijo y burlón durante unos segundos, pero entonces algo se quebró en su interior, Steve pudo verlo. Su expresión se ablandó, sus ojos se humedecieron y caminó rápidamente hasta el Capitán. Enredó los bracitos alrededor de su cuello y sumergió el rostro en el hueco. Steve lo sintió suspirar y lo apretó fuerte.
—Todo va a salir bien, Tony —le susurró—. Es normal tener miedo. Yo también lo tengo cada vez que salgo a pelear. Tengo miedo de no poder regresar y no volverte a ver. Pero he tenido suerte. Tú también la tendrás. Además, eres muchísimo más listo y carismático que yo. Pronto tendrás un montón de amigos.
El pequeño se separó del mayor y ya no quedaba nada del Tony atemorizado de unos momentos antes. Parecía haber crecido en estatura y carácter. Miró a Steve con arrogancia.
—Que de eso no te quepa duda, Steve. Y si mi inteligencia o carisma me fallan, siempre quedará el dinero. Podré comprar algunos amigos, si es que me hacen falta. O construirlos, en el peor de los casos, ¿no crees?
Steve se rió sin ganas, no estaba tan seguro si Tony bromeaba o no, y no le gustaba.
—En todo caso, si te molestan... no corras. Enfréntalos. Tienes la lengua afilada y eres inteligente, defiéndete. Si corres, si te ocultas... será peor. Te lo digo por experiencia —le dijo en voz baja, la voz de su conciencia atenazándole con una amonestación. ¿Realmente ese era el mejor consejo que podía darle?
Steve se levantó, tomó un cuaderno y una pluma del escritorio y le escribió dos números telefónicos.
—Este es mi línea directa en la base militar. Y este otro, es el de mi apartamento. —Steve miró a Tony directamente a los ojos, quería que supiera que no estaba mintiendo—. Llámame sin falta, a la hora que sea, cuando sea... si me necesitas. ¿Me prometes que lo harás?
Con el rostro serio, Tony asintió.
Steve quiso darle un beso, pero no se atrevió. Le pasó una mano por el pelo desordenándoselo, le sonrió por última vez y salió de ahí.
Las cuatro horas de regreso a Nueva York acompañado de un Jarvis que no dejaba de hablar y de una Erika que no dejaba de insinuársele, fueron lo peor.
Steve sólo podía pensar en Tony.
