En cualquier libro serio de magia podía leerse la historia de las cinco castas enterradas; El primero de los vampiros, un ser lujurioso llamado Ikki; un nigromante y hechicero, con dos caras y dos mentes fundidas en un solo cuerpo, Ukyo; un poderoso demonio, que gusta de hacer contratos con los humanos para robar sus almas y trasladarlos al infierno, Shin; un sádico licántropo que le gusta ver sangre a borbotones, Toma; y Kent, un experimento viviente, hecho con trozos de cadáveres y las costuras que unen cada parte de su enrome cuerpo son visibles, haciéndolo ver aterrador.
De ellos ya no queda más que almas infestadas de tinieblas, oscuridad y malos pensamientos, pero siglos atrás fueron seres de luz con un corazón que latía en su pecho, sus sonrisas eran tan puras como clara era su mirada.
Un antiguo poder los enclaustró en una mansión desgastada situada en la cima de una montaña solitaria sin que el sol la iluminara ni un momento, el cielo era gris y nubarrones oscuros lo adornaban. Solo era posible acceder por unas escaleras talladas en la roca de la montaña y al final de estas, había agua estancada que no conducía a ningún lugar.
Aunque alguna vez en su época de gloria fue conocida por su elegancia y excelentes decorados ya no quedaba más que el cascarón de aquella parafernalia. En la actualidad, los dos salones eran ocupados por Ikki, las casi veinte habitaciones eran repartidas entre Shin y Ukyo que no les gustaba estar mucho tiempo en una sola, Kent pasaba el tiempo en el ático, alejado de los ruidos y constantes peleas del demonio y el hechicero, y en la parte sur una gran extensión de terreno que servía como patio era el sitio favorito de Toma. Y desde ahí pudo ver cuando el sello que lo mantenía atados a la mansión se deshizo con las palabras de Sherry, en la tierra.
Dio un alarido de gusto y corrió hasta la mansión. Al primero que vio fue a Kent intentando pasar por una puerta muy pequeña. — ¡Kent! — Le gritó con fuerza — ¡El estúpido sello en la puerta hacia la Tierra, esta deshecho! ¡Podemos por fin regresar!
—Grrrrrr — respondió el aludido; por tener un oído súper desarrollado, Toma era el único que podía descifrar as vibraciones mínimas en las cuerdas vocales de Kent.
Ukyo apareció en medio de una pequeña nube de humo grisáceo. Llevaba un libro en la mano, un sombrero de punta y una capa raída, todo en color oscuro.
Con un ligero vistazo hacia sus compañeros supo quién estaba ansioso por salir y a quien había que darle un pequeño empujón. Quiso hacer las cosas a su manera, y antes de darle bandera verde al chico lobo le dio algunas instrucciones. Toma lo miró ladeando un poco la cabeza. —Necesitamos traer aquí a los que rompieron el hechizo para finalizar el ritual.
—¡Vamos por esos humanos! — gritó el lobo.
—Grrrrrr — apoyó Kent.
