Título: Estrella Fugaz
Fandom: Harry Potter
Disclaimer: Este fic aunque utiliza personajes creados por J.K. Rowling, no pretende obtener ningún beneficio monetario de su utilización o de la elaboración del mismo.
Pareja protagónica: Draco Malfoy/Harry Potter
Resumen: Londres, época Victoriana. A Harry le ha tocado en suerte nacer en la pobreza; junto a su madre inició su vida en el peor de los lugares: la casa de trabajo. Pero su vida le depara multitud de experiencias, buenas y malas, una de ellas haber nacido en un tiempo donde enamorarte de un chico era motivo de persecución.
Rating: NC-17
Warnings: Por el momento ninguna
Word Count: 3, 236
CAPÍTULO 1. Sobre Lily
Lily se limpiaba continuamente el sudor de la cara con el dorso del brazo, le dolía terriblemente la cabeza, lo que sentía agravarse por el horrible frío. No tenía ni un quinto para comer y su madre agonizaba en silencio en el catre, víctima de la tuberculosis. Parecía dormir tranquila pero el efecto se arruinaba con el extraño sonido que emitía con cada respiración y por la terrible tos que acababa, de cuando en cuando, en un escupitajo ensangrentado. ¿Ahora que iba a hacer? Este era uno de esos momentos en los que incluso la peor determinación era mejor que quedarse inmóvil.
Ciertamente nunca había conocido lujos. Bueno, hablar de lujo es ir muy lejos al hacer un recuento de su vida. En realidad había nacido en el campo, donde las cosechas hacía mucho se habían hecho magras, al igual que los corderos, las vacas y los cerdos. La revolución industrial, aclamada y proclamada a los cuatro vientos por los nuevos burgueses, no había hecho más que transformar los destinos de los que no tenían mucho, en unos similares a los de los desamparados. Quien había tenido la oportunidad de poseer un trozo de tierra, una pequeña granja o ser el maestro de un taller, ahora se veía en las mismas circunstancias que los mendigos y los vagos.
Una pequeña parte de su vida le tocó ser feliz; todos los días despertaba, lavaba su rostro y se sentaba a desayunar con su padre trozos de tocino y avena con leche, incluso, algunos días, los huevos que su madre, entonces hermosa y joven, preparaba diligentemente. Pero llegó la fábrica y llegó la pobreza y el taller de telas de su padre cerró ante la imposibilidad de competir con la producción masiva y los bajos precios que ésta permitía.
El señor Evans se sumió en la tristeza, su saber de maestro no tenía ninguna importancia en el galerón de la fábrica textil. Sus manos ya no eran un medio para crear, sino objetos para producir. Lily siempre creyó que fue eso más bien lo que acabó con él y no la cruda helada de enero que al final sólo fue un medio para terminar con su tristeza. Lily y su madre tuvieron entonces que dejar la casa, que ya les tenían embargada, y emigrar hacia Londres. Con sus conocimientos del taller lograron un lugar en una fábrica de terminado de telas. Su madre estaba en una de las labores más desgastantes, el cortado, y ella, al ser aún una niña, era utilizada para limpiar debajo de las máquinas, los trozos de hilo y los retazos sobrantes.
Todo fue relativamente igual por algunos años, en los cuales si no vivían en las condiciones que acostumbraban antes, por lo menos tenían para comer y un techo donde dormir. El trabajo las salvaba de la prostitución, la mendicidad, y el hurto, pan de todos los días en las calles de la gran ciudad.
Él. Ella siempre le recordó como un hombre magnífico y muy apuesto, en su mente visualizó siempre claramente su estatura imponente y su cabello que parecía haber sido tocado por el viento. Nunca antes le había visto por ahí, pero era un hombre muy bien vestido y a su paso las demás mujeres, sonrojadas murmuraban y cuchicheaban.
—Mira, es el señorito.
—Sí, el señorito James Potter.
—¿A que es más guapo en persona que todo lo que de él dicen?
—¿Qué piensas tú Lily?
—Me gustan sus ojos…
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Andar por aquí es de lo más tosco y aburrido, decía James para sí mientras caminaba por el corredor. Si no fuera porque mi padre me ha obligado, no plantaría pie en este sucio y horrible galerón. ¡Hay que ver las caras de estas mujeres! Un espantapájaros tiene mucho más que presumir. ¡Tan bien que me lo estaba pasando en París! ¡El glamour, los bares bohemios, las mujeres! ¡Hermosas chicas de todos los colores y contexturas!
Iba tan distraído que terminó por tropezar de frente con una mujer que cargaba una canasta de hilos.
—¡Pero qué de…! —exclamó terriblemente molesto.
Al elevar la vista se encontró con la niña más hermosa que había visto en toda su vida y eso que en sus 21 años había visto de toda clase. Era pequeña, pero no demasiado, tenía una piel sonrosada cubierta de suave vello de durazno, el cabello rojo oscuro como el vino, pero lo más sorprendente, eran unos enormes ojos del color de las esmeraldas. Se encontraba un poco despeinada y lucía algo demacrada, pero aquello no era suficiente para opacar su abundante belleza.
—¡Disculpe mi torpeza señorita!
—¡Dios! No… ¡Discúlpeme usted a mí, que no miraba por donde venía! ¡Lo siento tanto señor Potter!
—¡Ah pero es que me conoces! —le preguntó con una sonrisa coqueta y autosuficiente.
—Claro que le conozco señor, usted es el hijo del dueño, el señorito James.
—¡Pero qué injusto! ¡Qué terrible injusticia!
—¿El qué señor? —apenas murmuró ella.
—Que tú sabes mi nombre y yo no conozco el tuyo.
—Disculpe usted, mi nombre es Lily Evans.
La historia de amor (si puede llamársele así) no duró mucho, sólo lo suficiente para que Lily quedara preñada y el dueño se apresurara a mandar de nuevo al indolente hijo a Francia. Por supuesto, la terrible infractora y seductora fue lanzada a la calle con todo y su madre. Halló un nuevo trabajo, pero en el tiempo que estuvo sin dinero las echaron del cuarto que rentaban y en la casa de beneficencia donde empezaron a pernoctar, su madre pescó la tuberculosis.
Ahora era la única fuente de ingresos para ellas, pues su madre no podía estarse en pie más de 10 minutos sin colapsar de cansancio, hambre y dolor. En cuanto se le notó la panza la echaron del nuevo trabajo y no le quedó más remedio que tocar el cerco de la casa de trabajo1.
La Kingston Union Workhouse en Surrey, de la que se decían tantas cosas horribles, no era nada comparado con la realidad. Escuchar y saber cómo es algo no es lo mismo que vivirlo y así lo descubrió desde el momento en que pisó el interior del edificio.
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Estuvo por horas frente a unos ancianos severos e intimidantes que le hicieron toda clase de preguntas incómodas. Que si de dónde venía, que si quiénes eran sus familiares, que si quién era el padre del hijo. Pero lo peor fue cuando le insinuaron si alguna vez se había vendido.
—¿Ha padecido usted sífilis, gonorrea o alguna otra enfermedad venérea?
—¡Claro que no señor! ¡Yo nunca estuve así en la calle!
—Muy bien, ¿pero piojos? ¿Tiene usted piojos? Por lo que nos dijo, su madre y usted han estado durmiendo en la casa de beneficencia.
—No lo creo señor.
—Muy bien, definitivamente reúne las características para ingresar a la Kingston Union.
—Vaya inmediatamente con el encargado, el Sr. Guilpin, a llenar los trámites correspondientes.
En la casa de trabajo se podía entrar por propio pie, pero no se era aceptado por cualquier razón. Lily, para su mala fortuna, reunía las características de los que comúnmente eran recibidos allí. Sería en unos cuantos meses la madre de un bastardo y su único familiar cercano estaba muy cerca de la muerte.
Después de llenar un registro de entrada y un formato en donde se asentaban todos sus datos particulares, la llevaron a una pequeñísima habitación, que le pareció una celda y le pidieron que se desvistiera. Una mujer de horribles modales le revisó incluso sus sitios pudendos y la obligó a lavarse con una cubeta de agua friísima. Luego, le pasó un horrible vestido de color indefinido, cuya textura no era muy distinta de la de un saco de papas. La separaron inmediatamente de su madre, a quien cortaron el pelo al rape, pues por su estado tendría que ir directamente al ala de enfermos. Nunca más la volvió a ver.
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La enfermera, fastidiada, ya no encontraba qué hacer para que la mujer se callara. Tenía horas así y con sus lamentos lo único que hacía era alborotarle al resto de los enfermos. Aquello era un horror, ahora tenía a tres viejos con tifus fregando por agua, y los niños afiebrados comenzaron a llorar al unísono. ¡Condenada mujer! Casi le daban ganas de darle de palos para terminar de una sola vez con aquello.
—Ya cállate tonta, ni que fueras la única mujer en el mundo que ha parido. Yo misma he tenido cinco, tres vivos y dos muertos. Cállate, por Dios, que ya no tarda en que salga.
Aquello fue terrible, las condiciones de higiene de la enfermería dejaban muchísimo que desear y a esto se sumó que durante las 20 horas de labor de parto, Lily no tuvo ningún tipo de atención médica. Apenas al momento del nacimiento se apareció por ahí el médico encargado y entre él y la enfermera sacaron al bebé, al que tuvieron que dar tres palmadas antes de que comenzara a respirar. En cuanto soltó el primer chillido Lily perdió la consciencia.
Despertó afiebrada y sintiéndose más mal que en toda su vida, la enfermera la zarandeaba por el hombro y en el otro brazo sostenía el bebé.
—Hey, me han pedido que me des un nombre. Además es hora de que le des el pecho, el mocoso muere de hambre.
—¿Es niño?
—Sí, es niño. Anda dime como le llamarás.
—Creo que me gustaría que se llamara Henry como mi padre, y James, como el chico con el que lo tuve.
—No quieres que olvide nunca que es un bastardo, ¿verdad? Bueno, allá tú. Henry James Evans le haré saber al Sr. Guilpin.
A pesar de sus desgracias y de no encontrarse en las mejores circunstancias precisamente, Lily se sentía feliz, como si tuviera algo por qué vivir nuevamente. Era una cosita preciosa, con unas manecitas pequeñas y alargadas, el cabello lacio y oscuro como su padre. Quién sabe de qué color terminarían siendo sus ojos pero por el momento lucían de un gris verdoso.
—Te juro Harry que en cuanto pueda nos iremos de aquí. Lo juro por Dios, chiquito
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Desgraciadamente Lily no pudo cumplir pronto su promesa, sin dinero, ni modo de conseguirlo, era muy difícil que se animara a salir de los confines de Kingston. En la casa de trabajo no pagaban, suerte tenías si durante la jornada no te regañaban por algo y podías comer tus raciones del día completas. El desayuno consistía en un pedazo de pan y muy rara vez un trozo de tocino, durante la comida tenías que aguantar con un plato de gruel2. que más bien parecía contener solo agua y en la noche te tomabas otro pedazo de pan y un pedazo de queso.
Pero estar medio hambrienta todo el día y trabajar de 7 de la mañana a 7 de la noche no eran lo peor de aquellas circunstancias, sino que por ley estricta estaba prohibido ver a tus hijos. Desde que dejó de darle a Harry el pecho se lo llevaron al ala de niños y solamente lo había visto unas tres veces en los siguientes cuatro años. Por cierto había pagado caro esas tres escapadas, la primera vez le habían recluido en una de las áreas de castigo por una semana entera, dándole apenas una comida al día. Cuando salió estaba tan cansada y hambrienta que no tenía las suficientes energías para pensar de nuevo en reunirse con el niño o siquiera albergar la idea de una posible salida.
La siguiente vez, por ser reincidente, al castigo anterior se le añadió no probar ningún bocado. Y la tercera vez fue la peor, ya que al haber acumulado trasgresiones en su expediente, se le obligó a estar una semana trabajando con los hombres en el molido de huesos. Los pobres tipos, castigados como ella por quién sabe que pena, estaban tan abatidos por el hambre, que escudriñaban en los huesos por sobrantes de carne y de tuétano y se los comían sin importar que estuvieran cubiertos de moscas. Al presenciar aquello se le vino una terrible náusea y no pudo evitar vomitar. Pero no fue solo el hecho que atestiguaban sus ojos lo que la mortificaba, sino que la experiencia le hizo pensar con mayor fuerza en cuál sería la suerte de su pequeño niño y su madre.
A ella tampoco le dejaban verle, el régimen de la casa era muy estricto, en el sentido de separar a los familiares según edad y sexo. Su madre, que había ingresado enferma, había sido apartada en el área hospital y cuándo preguntó por su estado, le dijeron de mala gana que no se preocupara, que estaría trabajando con las otras ancianas en el bordado de telas. Y así fue cada vez que planteó la cuestión.
Algunas veces veía a aquellas mujeres desfilar aturdidas por el gran patio, a donde las sacaban muy de cuando en cuando –si podían andar- para que estiraran las articulaciones. Un día creyó verla, pero era imposible estar segura, apenas fijabas la vista en algo que no fueran tus labores y te reprendían fuertemente. Esperaba que se encontrara por lo menos bien.
Verdaderamente quiénes vivían en la casa habían caído lo más bajo, se convertían en entes sin individualidad, ni personalidad (al menos a ojos de otros), que perdían el amor propio y vivían en el continuo y supuestamente inamovible estigma del despojo y la pobreza. Eran menos que una piedra afilada que se pisa en el camino, a ésta al menos la notas y la apartas a un lado. A los habitantes de una casa de trabajo se les trataba de ignorar por principio, alejándolos de los ojos de la sociedad para que pareciese que no estaban realmente ahí. La casa de trabajo ocultaba y permitía vivir la ilusión de que los pobres habían desaparecido.
En ese terrible escenario era extraño notar como el continuo sufrimiento, se transformaba rápidamente en un entumecimiento de los principios. Lo que antes te hubiera parecido terrible, improbable, completamente inapropiado y amoral, ahora no te producía el mínimo aspaviento. Podías ver como gritaban y humillaban a tus compañeras de trabajo, como eran castigadas sin razón por un pequeño descuido o por tomarse un segundo de descanso de una larga faena y en ningún momento te atreverías a decir una palabra por ellas. ¿Por qué querrías llamar la atención hacia ti?
En algún momento dejaba de importarte también como lucías exteriormente. Si antes te interesaba peinarte todos los días y lavarte apropiadamente, ahora hacerlo había perdido su sentido, ¿a quién impresionarías aquí? Pero lo peor, es que perdías el honor y la honestidad. Una noche, mientras cenaban, una de las mujeres sentada junto de Lily fue llamada por el capellán a la oficina del . En cuanto se fue, hurtó su pedazo de pan y queso y lo escondió dentro del blusón. Nunca estaba de más comer otra ración.
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Quizá Lily dejó de pensar en su madre, cuyo paradero nunca le fue conocido debido a las continuas evasivas de los encargados. Pero su hijo… eso era otra cosa. No había segundo, minuto, ni hora del día en que dejara de pensar de él, en cuál sería su suerte. No quería ni especular que todo lo que había visto en su pabellón, pudiera ser replicado en el área de los niños. Había oído que en general se les trataba bien, que eran alimentados y vigilados por una enfermera y además asistían, a la escuela. Sin embargo, mucho de ellos nunca habían conocido el mundo por fuera de las murallas de Kingston.
Todos estos pensamientos se le revolvían a Lily en la cabeza y aunque se hallaba atrapada en sus continuos ejercicios de racionalización, llegó por fin a una verdadera determinación:
—Nos iremos de aquí, mi niño, a donde verás que no todo el mundo se encuentra constreñido por una pared gris.
NOTAS
1 Bajo el sistema de las Leyes de Pobreza de Inglaterra y Gales, Escocia e Irlanda, una casa de trabajo era un lugar donde la gente que no podía sostenerse a sí misma podía vivir y trabajar.
La Enmienda a la Ley de Pobreza de 1834 en Inglaterra y Gales. Los internos eran libres de entrar y salir cuanto quisieran y recibían comida gratis y hospedaje. Sin embargo, existía la preocupación de que un régimen tan liberal llevaría a que mucha gente usara a su conveniencia la casa de trabajo. Para contrarrestar esto se creo el principio de menor elegibilidad. La vida en la casa de trabajo era deliberadamente dura y degradante de modo que solo los verdaderamente destituidos aplicaran a ella, es decir, se buscaba que las condiciones de vida y trabajo dentro fueran peores que el peor trabajo en el exterior. .org/wiki/Workhouse
Si estabas acuciado por la pobreza debido a ser una viuda sin recursos, madre soltera, huérfano, o estabas demasiado viejo para trabajar, eras un vago, estabas enfermo o eras minusválido, podías terminar en la casa de trabajo. La casa de trabajo, de quienes algunos se referían como La Bastilla, era un despiadado intento del siglo XVIII y XIX en Inglaterra para resolver el problema de la pobreza. ..
2 El gruel es una comida que contiene algún cereal –avena, trigo, centeno o arroz- cocido en agua o leche. Su conumo ha sido tradicionalmente asociado a la pobreza. También la palabra es utilizada como expresión coloquial para referirse a cualquier comisa acuosa o líquida de carácter desconocido. .org/wiki/Gruel
