Previously, on "Getaway"

—¡¿A dónde. Cresta. Te fuiste?!

.

—No creo que tenga otra, él me quiere, sí, pero esto es más que eso... Intereses políticos, yo sé que él no quiere hacerme esto.

.

—¿De quién es el mozuelo que se encarga de los caballos?

.

—¡Me importa porque es mi hijo!

.

—Al patrón lo ando buscando.

—¿Quién lo busca?

—Un amigo. ¿Está aquí?


—Al Don Miguel seguro busca —suelta una, a lo «ustedes son tontas o qué». La que contestaba las preguntas de Chile le fulmina con la mirada.

Chile, ya invadió Lima, pero esto es ir aún más lejos. Es algo privado de Perú, no un territorio que todos conocen porque sale en los mapas. Es una invasión más como persona que como país.

—¡Sí, sí, a él! ¿Está? Es urgente —pone cara seria y hace que la yegua se acerque más al grupo, para hablarles más de cerca.

—Don Miguel está mal... Dígame el recado y yo se lo comunico —vuelve a tomar la palabra Josefa.

—Tengo que verlo justamente por eso —le asegura él mirándola hacia abajo—. Díganle que estoy aquí y él mismo querrá verme.

La mujer suspira.

—Está durmiendo —«no quiero despertarle, está muy cansado».

—Puedo esperar —Chile le habla directamente, olvidando al resto. La mira con cierta angustia en el rostro.

—Sólo le haré pasar con una condición —le escudriña con desconfianza—. Si oigo algún grito o forcejeo o cualquier sonido que me indique que don Prado está en peligro... La va a pasar muy mal —amenaza.

Chile guarda silencio un momento, viendo eso como una mala señal.

—Nunca en mi vida le haría daño —miente, con tono neutro. La cara, sin embargo, le cambia de angustiada a indiferente, incluso ofendida.

—Yo que sé, señor, encima tiene acento extranjero —frunce el ceño. Acordándose de lo que le dijo Perú...

—¿Y eso qué tiene? —Chile se apea, y al soportar nuevamente todo su propio peso, las piernas le reclaman. Camina lento hacia Josefa, se lleva las manos a la cadera.

—Yo sólo le expreso mi desconfianza. Sígame —responde Josefa. Chile la mira con desagrado, pero asiente y toma las riendas de Samanta, pensando que van a hacer el camino hasta la casa patronal. Las mujeres de alrededor les siguen a ambos con la mirada hasta perderlos de vista.

La casa de Josefa, que es a dónde ella le lleva y en la cual está tomando reposo Perú, no debe estar demasiado lejos, o no a más de diez minutos de caminata.

—¿De dónde es usté, señor? —pregunta Josefa.

—De Santiago —realmente su madre dijo que lo tuvo en el valle de Chile, de allí el nombre que le puso—. ¿Tanto se me nota el acento?

—Eso y por lo blanquito —Josefa ahora es cortante.

Él se mira las manos por inercia.

—En Lima también hay gente así —se queja, y pocos segundos después—, ¿está bien él? —refiriéndose a lo obvio.

—Acá también hay, pero... Se les nota cuando son de otro lado, si me entiende, los europeos hablan chancadito el español —comenta, ya que el párroco de la zona es italiano—. No... Tiene unas heridas bien feas.

—Las tenía algo curadas ya allá... Estaba en cama. De alguna forma tendré que llevarlo de vuelta —comenta Chile, más para sí que para Josefa, mirando el camino.

—¿Usted es su... ? —pregunta algo curiosa.

—Amigo. Nos criamos juntos, podría decirse —la mira y sonríe un poquito. Si Chile supiera...

—Oh... ¿Le ha contado entonces? —pregunta ella—. Ese tema que le afecta —estos peruanos agarrando confianza a los cinco minutos de conocer a alguien.

—¿La guerra? No es necesario que me lo diga. A todos nos afecta. A nosotros, mírenos... De países contrarios —le da la razón, en un tono más suave que el empleado hasta ese momento, y muchísimo menos tenso.

—Sí, feo, mire si hasta me hablaba de su familia... De un amor suyo.

—¿Un amor? —eso a Chile le sorprende más que el que Perú hable de su familia. Con lo baboso que se pone cuando se trata de Bolivia o Inca, ¡incluso con España!—. Mish... No sabía que anduviera enamorado... ¿Por eso se vino? —«¿por eso huyó?».

—No sé, yo le entendí que esta visita era para darse un respiro, que le hacían daño y se iba a volver loco —ya están llegando—. Pero que la familia está primero, a pesar de eso... Me dolió verle así, ¿sabe? Él es un buen chico, no se merece ese daño.

—Mmm... —Chile difiere con esa última afirmación—. Es cierto que su familia tiene que ver con su estado... Su hermano no le trae más que problemas —habla mal de Bolivia, como siempre que puede. Chile aún cree que les falta harto, ya que no ve una casa imponente ni nada, sólo que llegan a una pequeña casita de madera. Josefa saca las llaves y busca abrir.

Chile da un paso atrás, y Samanta levanta las orejas, percibiendo la desconfianza de su jinete.

—¿Es aquí?

—Sí —empuja ella la puerta (que está algo descuadrada del marco), y la sostiene para que pase.

Chile duda. De verdad lo hace. Podrían esperarlo adentro. Podría ser un trampa. Quizá Perú esperaba que lo siguiera, quizá le habían dado una pista falsa. No se mueve.

Josefa le observa y enarca una ceja.

—¿No va a pasar, don?

—Sí... Con permiso —suelta las riendas de la yegua, esperando que no escape, y les hace un amarre para que no lleguen hasta el suelo ni sean un peligro para el animal. Entra antes que Josefa, preparado para pelear de ser necesario.

—Ahí va a estar tranquilito su caballo —comenta ella y cierra la puerta detrás de Chile.

Nadie ataca a Chile, así que éste puede bajar la guardia, buscando con la mirada a Perú. Josefa lo conduce a un pasadizo, que desemboca en los cuartos.

—Está en el ultimito.

—Gracias —le dice antes de caminar hacia allá. Se imagina que debe ser una familia con hijos (quizá alguno en el ejército, incluso), y al final del pasillo, encuentra una puerta entreabierta, la empuja despacio.

La temperatura del cuarto es parecida a la de un sauna. Con la diferencia que acá se oyen ronquitos bajitos, mezclas de suspiros... Perú duerme como mejor puede, ya que las heridas le dificultan bastante el cambiar de posición. Boca arriba y con la cabeza ladeada, trata de no apoyarse en los costados, obviamente para no apretar las heridas.

Chile cierra la puerta tras de sí, y se acerca a la cama. Aliviado por haberlo encontrado, sin desmedro de lo cual la cólera le quema el estómago. Se sienta en la silla que Josefa usó. Respira por la boca, intentando no hacer ruido.

Josefa se retira a la cocina viendo que todo se queda tranquilo. Perú se relame los labios y hace un sonidito, en el mundo de los sueños. Chile le acerca la mano para quitarle el cabello del rostro y, por primera vez en mucho tiempo, se permite ser cariñoso con Perú y le pasa el pulgar por la frente, delineándole por la sien y luego el pómulo.

Perú sigue un poco la caricia, sin despertarse ni nada.

—Dios... —le toca los labios, pensando en la amante que le mencionó Josefa—. ¿Por qué? —mira hacia las sábanas. Quiere mirar. Quiere saber, poder ver sin que Perú se lo niegue.

Perú entreabre los labios para respirar y... La yema de los dedos de Chile son insistentes. En medio del sueño le chupa, apenitas, uno. Chile le quita el dedo suavemente, para no importunarlo, y le destapa para verle las heridas.

Observa con rostro impasible las heridas, esos tajos gigantes que están a medio cicatrizar, junto con varios moretones. Y deduce que se extienden incluso en zonas que no puede ver. En Lima había dejado que otros se encargaran de Perú y le comunicaran sobre su estado, no había querido verlo por sí mismo. Al hacerlo, siente que algo se le endurece aún más en el pecho. Le arropa con movimientos carentes de cariño, más sí con respeto.

—Mmmmfríoooo —ha sentido el airecito.

—Shhhh... Duerme —le pide Chile, sin saber cómo actuar realmente. ¿Respeto al enemigo, o cariño al amigo? ¿Es posible que le quiera? ¿No es eso una traición a sí mismo? Quiere hacerle daño a Perú para demostrar que es fuerte, que no le necesita, que no le quiere.

Perú suelta un quejido y pestañea.

—Ya me has ssspantao el sueño, Josefa —sin abrir los ojos totalmente.

Chile traga saliva.

—No soy Josefa.

—Esa voz... Se me hace conocida —Perú sigue mitad en el sueño, mitad en vida.

—Soy yo —Chile se inclina sobre él, apoyándose en la cama—. Vine a buscarte.

Perú se tarda unos segundos en reaccionar. Y cuando lo hace, el corazón se le acelera, aprieta los ojos.

—¿Por qué me buscas? —suena a quejido.

—Porque huiste de casa... —Chile le pone una mano sobre el pecho, para que no se levante.

—¿Y eso a ti qué te incumbe? —Perú abre los ojos, enfoca y le mira fijamente, volteando más la cabeza para ello.

—No puedo dejar que huyas, por obvias razones —pone los ojos en blanco.

—No... Cuando tengamos que reunirnos específicamente, con nuestros superiores te veré, después no tengo por qué.

—¡Ja! ¿Y quién me dice que cumplirás? —posa su otra mano en la frente de Perú para tomarle la temperatura.

—No me toques —quita la mano de Chile de su frente, removiéndose—. Te voy a botar de aquí, a patadas.

—Inténtalo y te corto las piernas, a ver si así te vuelves a ir sin mi permiso —cuidado, que Chile luce capaz de cumplirlo.

—Te olvidas que estás en mi territorio.

—¿Por cuánto tiempo más crees que será tuyo? —no puede evitar sonar cruel, le sale, como si fuera requisito de las circunstancias.

—Será mío por toda la vida, es simplemente un disparate venir a decir que un día para otro te apropiarás de mi capital —la verdad no, considerando que, el mismo alcalde, rogó porque el ejército chileno pusiese orden en la ciudad que se convirtió en un pandemonio, gracias a tus habitantes. Creo que eso es lo que más molesta a Perú, que todo se haya descontrolado (con justas razones) antes de la llegada de su enemigo (quién lo hizo en calma y con elegancia). Se yergue en la cama, a pesar del dolor y busca pararse.

Chile le empuja para que se quede acostado, levantándose a la vez. Perú no se equilibra lo suficiente y cae en la cama, apretando la mandíbula por el dolor, le ha rozado una herida.

—¿A dónde crees que vas? —Chile se sienta en el borde de la cama, sin soltarle y asegurándose de tenerle bien sujeto.

—No voy a volver tampoco —no te importa, igual no voy a volver a casa.

—No te estoy preguntando —Chile ladea la cabeza—. ¿Quieres que te lleve entero, o sin piernas?

—No me vas a llevar a ningún sitio ya te dije —terco.

Chile no le responde, mirándole con furia. Quiere gritarle. Quiere arghhhhhhh...Pegarle. Perú reúne algo de fuerza, suficiente para levantar las piernas y alejarlo con una patada. Que debe empujar a Chile hasta casi hacerle trastabillar, con un gran dolor allí donde le pateó. Chile se levanta de la cama apretándose allí.

—Coyote de mierda —rabia entre dientes, y camina a la puerta.

Y Perú se levanta ahora sí de la cama, también, reprimiendo cualquier dolor ya que es hombre macho en apariencias. Chile se voltea a mirarle, junto a la puerta. Con una mano en la manilla y la otra en el golpe:

—Qué haces parándote, imbécil —le regaña.

—¿Ya te vas? —camina hacia él, cojeando—. Me paraba para botarte y hablar con Josefa.

—Sólo voy a averiguar qué cuidados te han dado, no te hagas muchas ilusiones —Chile pega la espalda contra la puerta, para no dejarle ir.

Josefa oye el ruido de alguien planchándose bruscamente contra una puerta y se asusta.

—¿Ilusiones? —Perú suelta una carcajada que le hace doler el tórax, ahora sí, irguiéndose en su mejor postura para no demostrar su dolor frente al enemigo—. Muévete de ahí o lo haré a la fuerza.

—Mira cómo tiemblo —Chile levanta la barbilla—. ¿Por qué no mejor me haces las cosas más fáciles por una puta vez en tu vida? —le fulmina. Perú se le va a la yugular, lo agarra del cuello para ahorcarlo, lleno de furia.

—Vete. A. La. Mierda.

Chile forcejea, agarrándole de las muñecas, pero no expresa en su rostro ningún desespero porque le suelte. A lo que Perú aprieta más, frunciendo el ceño a pesar de la sensación extraña que le causa estarle asfixiando.

—Suéltame —le ordena Chile con la voz ahogada, enterrándole las uñas en la piel.

—Te vas a ir de esta casa y si yo mañana al despertar encuentro que le has hecho algo a esta familia voy a triturarte —Perú le mira a los ojos, tratando de atemorizarle, ya que a estas alturas perdió todo poder, apretando más la nuez del cuello de Chile, el cual abre la boca buscando respirar, soltándole. No le responde, falto de aire, pero sí le da un puñetazo de frente, al estómago o a donde le caiga dada la posición. Y gracias a ese golpe inesperado, Perú le suelta por completo... Le duele, pero devuelve el golpe, por instinto, con un rodillazo a las partes nobles de Chile.

—Vete —eso es lo que trata de decir en medio de un gruñido.

Chile saborea poco su victoria antes de doblarse sobre sí mismo, creemos que infertil, se lleva las manos a sus regiones vitales. Si no le salen lágrimas es por buena suerte. Aun así, no se quita de enfrente de la puerta. Perú, al ver que Chile no se mueve, lo agarra de los brazos y lo estrella repetidas veces contra la puerta. Con vehemencia.

El chileno hace fuerza para retenerle, aunque aún le faltan fuerzas debido al golpe bajo de Perú. Empuja, buscando anular la energía de Perú. Ya saben, vectores de energía opuestos y todo eso. Viva la física.

Al final, le da un empujón fuerte a Perú para separarle. Ante eso, Perú prefiere no seguir con la pelea, de ser así, acabarían destruyendo media casa. Ya a esta distancia de Chile decide regresar a la cama. Chile da unos pasos tentativos hacia él. Perú le mira de reojo.

—Imbécil —se queja Chile.

—Ya —Perú se echa bruscamente en la cama, tapándose hasta las orejas con las mantas. Chile se para a su lado.

—No he terminado —pero no forcejea por destaparlo nuevamente, lo que es un gran logro. En lugar de eso, le acerca la mano a la frente—. Oye. Oye, ya po.

—¿Qué? —pregunta Perú en un susurrito, volteando un poco la cabeza para verle mejor, disfrutando del sólo toque de sus dedos.

—Quiero saber si tienes fiebre —Chile le deja la mano en la frente un rato, frunce el ceño, y se toca su propia frente con la otra, pensando en que es un buen momento para devolverle el golpe en las pelotas y rechazando la idea prácticamente de inmediato ya que nada positivo sacaría de hacerlo.

—No tengo fiebre —asegura y se siente débil, porque quiere tocarle debajo de la camisa aunque eso es contradictorio con lo que sucede (y ha sucedido hasta hace unos instantes). Sigue molesto con que haya venido hasta aquí.

—Eso lo decido yo —Chile quita las manos, y se las mira, considerando que las tiene demasiado frías para decidir.

—¿Quién te dijo que yo estaba acá? —para darle una muerte a cuatro caballos.

—No te voy a decir —sube una rodilla en la cama, inclinándose sobre Perú—, sería traicionar a mi gente —sonríe, muy hijo de puta, inconsecuente para muchos y consecuente consigo mismo.

Perú traga saliva al tenerlo más cerca.

—¿Tu gente? —suelta una risa sardónica—. No le doy a esto ni diez años, pero ya... Aprovecha cuanto puedas —se encoge de hombros, mostrando superioridad al enemigo al notar que no le llegan tan profundas sus burlas.

—Mi gente lo decía por quienes colaboran conmigo, pero... Ahora que lo mencionas —Chile se inclina más sobre Perú, apoyando una mano junto a su cabeza. Toca la frente de Perú con sus labios, cerrando los ojos.

A Perú se le detiene el corazón una milésima de segundo con el gesto, no entendiendo que le está tomando la temperatura.

—Chile —sube sus manos a la cintura del otro—. ¿Por qué me haces esto? —la pregunta dramática de siempre.

—Para saber —le responde, apenas moviendo los labios y considerando el toque de Perú como un gesto de autoprotección—, si tienes fiebre —se separa—. Y la tienes.

Perú le mira con ojitos inescrutables, pero que revelan intensidad.

—Mentira, tú estás demasiado frío, seguro.

—Eso mismo pensé, por eso volví a tomarte la temperatura —se sienta al lado de Perú, mirándole desde arriba—. No estoy mintiéndote.

Perú duda en bajar sus manos al estado original donde se encontraban. Al final, no lo hace.

—¿Y ahora? La casa se queda sola por tu capricho.

—¿Ahora qué? Tu casa te la van a cuidar, no le van a prender fuego —rueda los ojos, poniendo sus manos sobre las de Perú, con intención de quitar las de éste—. Voy a buscarte algo para la fiebre, eso significa que tuviste, o tienes, una infección... ¿Sientes fatiga? —su tono, que aún parece el de quien está haciendo un mero trámite, se suaviza de a poco.

—No necesito nada, ya me dieron todo —terrrrrco como una mula, baja las manos al sentir las de Chile—. Si sales por esa puerta, que sea para volver al Centro.

Es decir, donde está la casa. A pesar que, verdaderamente, no le molestaría esa preocupación en Chile de no ser este momento. Donde está débil, quiere y no quiere más de Chile.

—Aun así... —Chile no quita sus manos, siguiendo a las de Perú. Quiere tenerlas controladas—. ¿No sientes náuseas? ¿Hambre? —baja la mirada a las manos, y aprieta con su pulgar en la piel de Perú, no demasiado fuerte, más sí firme.

—No... —se acerca un poquito más—. Me das calor —se muerde el labio, respira lento—. Eso tengo, calor.

—Es la fiebre... —le suelta la piel y se queda mirando a ver qué tal está la circulación de Perú—. Te voy a matar a un animal —le advierte, mirándole de reojo antes de pararse.

—No vas a matar a nadie.

—Te hará bien, te lo prometo —le va a preparar ñachi, huyan corderitos insensatos que estén en los alrededores—. Igual tienes que comer bien si quieres fuerza en el cuerpo.

Perú rueda los ojos y no contesta, volviendo a taparse hasta las orejas.

—Déjame en paz —vuelve a la rabieta, el engreído, le falta llamar a papi.

—Mmm... —«no, no quiero» es lo que Chile va a decir, pero se muerde la lengua—. Volveré en un rato a bajarte la fiebre —le advierte, dando un paso atrás.

—Yo le diré a Josefa que venga a bajarme la fiebre, roto asqueroso, lárgate de aquí.

Chile se detiene en el camino a la puerta, sin embargo, aprieta bien fuerte los puños y los dientes, aguantándose las ganas de regresar a sacarle la cresta a Perú.

—Bueno —gruñe.

—Bueno —le remeda Perú con tono burlesco y más que todo, desafiante—. Bueno, bueno, bueno... Bueno —se arregla mejor la camisa—. Ay, bueno...

—No me hagas tener que volver allí —le amenaza Chile, ya girando la manilla. Y sin embargo, espera su respuesta, con la puerta abierta.

—¿Para qué vas a volver? ¿Te gusta el sabor de la humillación? —Perú se ríe. Arreglándose lo que le queda de ropa.

—¿De la tuya? Sí —y sale, pegando un portazo para no oír la respuesta de Perú.

Lamentablemente, Perú se enfada más con esa respuesta y se levanta de la cama como un resorte, mandando a la mierda cualquier dolor. Abre la puerta.

¡Josefa! —grita y la nombrada se sobresalta porque estaba preparando una agüita de manzanilla. Debe ver a Chile al entrar al pasillo.

—¿Patrón? —se seca las manos.

Chile se voltea a mitad del pasillo, a mirar a Perú, sin girarse. A él también le ha tomado por sorpresa.

—¿Qué cresta...? —murmura para sí.

Josefa llega unos segundos después, mientras Perú susurra con furia «ven acá, pues, ¿no que querías?» para Chile.

—Dile a Luis que asegure todo afuera —comanda, aunque no les avisó a nadie de nada... Josefa se queda con una mueca de confusión—. ¿Y se puede saber por qué carajo has dejado a entrar a esta escoria?

—P-Pero... —ésa es Josefa, que observa el altercado.

Chile niega con la cabeza, de verdad harto con Perú, realmente harto, y agarra del brazo a la mujer.

—Retírese —le ordena—. Retírese ahora y vaya a buscarme un cordero. O un carnero, o lo que tengan —la mira a ella, no a Perú, con ojos de que no le pongan a prueba, porque ya está alcanzando el límite de su paciencia (por no decir que está sacando paciencia de donde no la tiene).

La pobre Josefa se pone más nerviosa.

—Usted no es mi patrón —en un hilito de voz.

Perú bota aire por la nariz y harto también de Chile, va, le agarra de los hombros, con intención de darle un rodillazo, pero en cuanto su contrincante le siente las manos, o siquiera los pasos, suelta a la mujer y da un paso hacia la pared, porque ya le ha dejado a Perú que le pegue lo suficiente en situaciones en que se podía defender.

Así que el peruano se queda a media acción. Chile le mira con rabia:

—¿No te habías quedado en la cama, tú? —le espeta.

—Ahora eres ciego —escupe.

—Es sencillo —intenta, intenta ignorarle—. O te acuestas y no te corto las putas piernas, o me voy y regreso con una cuadrilla —le amenaza, queriendo decir que echará abajo las casas y pasará por cuchilla a todos los que nacieron y trabajaron para él en esa viña. Levanta la barbilla, tan derecho como puede, como si pasaran lista en el ejército.

Josefa es presa del shock, quiere salir corriendo a avisarle a Luis.

—Haz lo que se te dé la gana, anda —lo alienta Perú y le palmea el hombro.

—Como quieras —Chile mueve el hombro asqueado y se lo limpia con la mano, antes de seguir camino a la puerta. Quería ayudar. Quería ayudar a Perú y hasta tenía pensado cómo hacerlo, pero si tiene que asesinar a toda una villa para llevarse a rastras a Perú, lo hará.

Sin embargo, Perú traga saliva, asustado con que de verdad vaya a cumplirlo.

—Espera.

Josefa está a punto de llorar.

—¿Qué, no me dijiste que hiciera lo que quisiera? —Chile sigue caminando a la puerta de entrada, y la empuja con toooda la calma de que es capaz, controlando su rabia.

—No, no hagas nada —pide Perú, ya que ha sido un gravísimo error exponer a la familia de Josefa. Porque sabe que Chile es capaz de cumplir su palabra—. Olvídate ya. Anda a cocinarme algo, más bien.

—No, ya me dijiste que hiciera lo que quisiera —insiste, sólo por joder, y sale, cerrando la puerta. Con la mirada busca al primer hombre, niño o mujer que haya cerca, y se le aproxima. No sabe si Perú tendrá corderos allí, o cualquier animal similar, pero quizás sus trabajadores tengan alguno.

Hay un niño afuera, que está levantando maleza.

Chile camina hacia el niño, todavía pensando en cómo sería regresar con su uniforme y varios hombres a caballo, cómo sería grabarle en la retina a ese mismo niño las cosas que podría hacer... Y carraspea.

—Buenas tardes —le saluda.

El niño solamente le mira, mas no saluda, con cara de póquer.

—¿Sabes si tu patrón tiene cabezas de ganado aquí? —le pregunta Chile, directo al grano, ignorando que no le salude de vuelta ni muestre un mínimo de respeto (ya ha castigado a muchos hoy por esas razones, está cansado, ni siquiera ha podido almorzar).

El niño niega con la cabeza, sin dejar de escrutarle con la mirada.

—¿Y alguien de aquí cerca? ¿No hay ni una mísera vaca en esta villa de mierda?

—Es una viña, es obvio que no hay.

—Mmm... —Chile le queda mirando, pensando que algún animal raquítico deberán tener para sí mismos—. Te creo —suspira, sin insistir, y se devuelve sobre sus pasos. No hay nadie, y no quiere regresar a la casa... Se detiene a medio camino—. ¿Quieres unas monedas?

—Sí —contesta el niño, cauteloso.

—Ve a tu casa y tráeme el cuenco más grande que tengan. Si hay una tinaja, o una jarra, mejor —se lo piensa un poco más... Sabiendo que con esto cava su buen poco de su propia tumba—. Mejor tráeme cualquier recipiente, y agua, ¿ya? —siente que se va a arrepentir.

—¿Cuánto me dará? ¿Cómo sé que no es mentira?

—Anda a hacer lo que te digo o lo vas a lamentar. Agradece que te lo voy a pagar, pendejo —le habla... Muy patrón de fundo del siglo XIX y XX. No está acostumbrado a que sus propios trabajadores no le obedezcan de inmediato.

—Está bien —el niño corre cuesta abajo hasta su casa. Debe volver en unos veinte minutos, con un jarrón lleno de agua.

Chile está haciéndole cariño al animal elegido, con cara neutra, intentando por todos los medios no arrepentirse. La tiene sujeta de la cabeza.

—Me dijeron que te consintiera... —le repite a la yegua como por novena vez—. Hiciste un buen camino, muy rápido. Bonita.

—Ya, señor —el niño le habla, con el jarrón lleno de agua en ambas manos, pesa mucho para cargarlo solamente con una. Lo espera a una distancia prudente—. ¿La va a bañar? ¿Quiere que le ayude? —porque nota que acaricia con bastante cariño al animal.

—Más o menos —está más calmado que hace media hora, acariciar a Samanta le ha ayudado. Le dirige una mirada al niño—. Bien, podemos usar ese mismo jarrón... Aunque preferiría una palangana limpia —le da unos golpecitos en el cuello a la yegua. Y se acerca a amarrarla a un árbol.

—¿Qué es una palangana? —este señor es raro.

A Perú, adentro, se le cierran los ojos de sueño, pero no quiere dormir, está alerta por si Chile cumple sus amenazas.

—Una fuente graaaaande, que se usa para lavar ropa —le responde Chile al niño, más calmado y con más paciencia que antes, amarrando bien al animal al árbol. Ya le quitó la silla de montar—. Vamos a sacrificar a la buena Samanta para hacer un remedio —agrega, aunque el niño no le pregunte—, y necesitamos que la sangre no se pierda, ¿me entiendes?

Y hablamos de un caballo. Un animal caro y necesario.

El niño traga saliva al oírle eso.

—¡¿Por qué?! ¡Se ha vuelto loco! —exclama, muy asustado—. Los remedios pueden hacerse con hierbas, no con animales —frunce el ceño.

—Podemos agregarle hierbas también —acepta Chile, y empieza a lavarle el cuello al equino, con el agua que sostiene el niño, haciendo cuencos con su mano—. Pero una persona desangrada, ¿qué necesita?

—Reposo y carne, comer bien —contesta el niño, aún asqueado con lo que presencia.

—Y sangre —sonríe el mayor, un poquito.

Es tan macabro, este niño sólo ha visto matar pollos o cabritas, como máximo. Y una de esas veces se puso a llorar.

—Yo le dejo el jarrón ahí —se agacha a dejarlo a sus pies, con cuidado que no se derrame—. No le vayan a ver. Eso que hace es extraño.

—Si no me quieres ayudar, bueno. Pero tráeme algo donde pueda echar toda la sangre de este animal —exagera, pero lo necesita. Aaaaahhh, al niño se le hace un rollo mental.

—¿Otro jarrón? —siente que está haciendo algo malo (hasta satánico), matar animales está mal. Se siente sucio. Tendrá que confesarse.

—Una olla... O varias. Sólo tráeme varias, ¿ya? —le echa más agua a la yegua, que se revuelve.

El niño traga saliva y le duele la garganta al hacerlo, le tiemblan un poquito las manos. Corre a su casa otra vez.

Chile termina de lavarle la zona que va a cortar a Samanta, y se regresa hasta sus bolsas a sacar su cuchilla, que dejó atrás porque sino estaba seguro que, al ver a Perú, no le dejaría ni hablar antes de enterrársela. Como Perú mismo se la enterró a él antes.

—Yo no te traje para esto —le dice al objeto, pero bueno, nada está saliendo realmente como quiere. Espera al niño, quién llega con dos vasijas de barro. Dejándolas al lado de Chile, en silencio. Se aleja lentamente.

—¿Puedes...? —le mira Chile. Cuchillo en mano. Al niño le comienza a sudar la espalda de frío.

—¿Llenar?

—Mmm —Chile se lo piensa—. Realmente, llamar a Josefa, ¿la mujer que vive en la casa de por allá? —señala la dirección con el cuchillo.

El menor asiente.

—La Josefa —vuelve a asentir y sale corriendo a la casa. Cuando llega, toca la puerta desesperadamente.

—¡Josefa, Josefa!

—¿Quién es? —pregunta la mujer, que está viendo qué cosas llevarse de tener que irse, porque le ha dado pésima espina todo.

—¡Ábrame! ¡Soy Arturo!

La mujer descorre la traba de la puerta y le abre.

—Niño —le hace entrar.

—¡Hay un señor matando un caballo afuera! —voz de «es un monstruo».

—No será un chileno, ¿no, mi niño? —le atrae a su reboso, como protegiéndole.

—Tenia acento. Y me dijo que la llamara.

—Guárdate, niño, escóndete —le advierte, y abre apenitas para mirar—. ¿Te dijo para qué me quería? —teme que la vaya a matar como amenazó.

—Creo que para ayudarle, ¿por qué me tengo que esconder? —se abraza a ella.

—Nonono... Qué va a querer que le ayude, ¡es el diablo! —le abraza más fuerte y le suelta porque debe ser valiente—. No vuelvas a acercarte a él, quizá pueda echarlo.

—Está bien —acepta Arturito—. ¿Regreso a mi casa?

—Sí, y vigila que tu hermano tampoco se le acerque —abre la puerta, y sale primero, dejando entrecerrado para cuando el niño quiera salir. No muy lejos de allí puede ver a Chile, junto al caballo echado... ¿Es eso sangre? Al acercarse, ve que le está sosteniendo la cabeza.

El niño debe salir disparado luego que Josefa salga, cagado de miedo con todo el misterio.

Josefa se sigue acercando, impactada con el escenario. Cuando llega a estar a unos cuantos metros de Chile, se le revuelve el estómago con tanta sangre. No se va a atrever a hablarle, al menos por ahora.

Chile está arrodillado, sosteniéndole el pesado cuello a la yegua con los brazos arremangados y llenos de sangre. La había guiado para que se echara en el suelo y la había tranquilizado tras hacerle un enorme corte en la yugular. Los jarrones, eso sí, están llenos, y el resto de la sangre se desparrama, perdiéndose. A Chile no le gusta que se pierda tanta comida, pero no puede hacer nada para evitarlo. Sólo puede acariciar a Samanta para que muera tranquila.

Josefa baja la mirada.

—Dígame.

—¿Está despierto el patrón? —pregunta, aún sin soltar al animal, como si estuviera vivo.

—N-No lo sé... —se muerde el labio y observa los jarrones llenos de sangre. Repletos. A rebosar—. ¿Todo esto es para él?

—Sí, ¿se los podría servir, por favor? —es sorprendente como su actitud está más neutra. Como si Chile estuviera redimiendo algo con todo este acto—. En un vasito... Así con limón si puede. Con alguna cosita para darle saborcito si tiene —no la mira directamente—. Le va a hacer bien.

Josefa sigue viendo todo el acto tan primitivo y bestia (es una costumbre tan atípica del sitio)... Asiente.

—Claro, señor —se agacha a tomar una vasija. No le menciona nada de si que le quiere matar a ella y a toda su familia, con el propósito de que Chile se haya olvidado de eso—. Limoncito —repite, dando media vuelta para volver. Mira para todos los lados cuando está con el recipiente entre sus manos, como buscando si alguien los ha visto.

—Y mírelo que se lo tome. Se va a negar cuando sepa que se lo mando yo —se lo piensa, quizá deba ir él mismo... Pero no parece una buena idea, para nada—. Dígale que lo haga por usted, él va a entender.


Lamento la semana extra de espera, Akrakyarot, no pude hacer mi parte hasta hoy (Tigrilla tenía lista su parte xD somos dos las redactoras).

Personalmente, me gusta la parte costumbrista de este fic y esos Chile y Perú que tienen propiedades acordes a la época.~G