Capítulo 2
Arwen no podía creer lo que acababa de presenciar. El desconocido había despachado a los tres malhechores sin apenas esfuerzo y en meros segundos. Glorfindel, o quizás Erestor, podrían haber igualado tal destreza con la espada, pero nunca hubiese imaginado que en Minas Tirith, entre meros hombres mortales, iba a contemplar una exhibición tal.
-Tomad mi mano -dijo el desconocido, acercándose a la reina y ayudándola a levantarse-. ¿Os han hecho daño esos miserables?
Arwen se adecentó un poco el vestido, quitándole el polvo mientras contestaba. -No han tenido tiempo, gracias a vuestra afortunada aparición. Creedme, sus intenciones no eran en absoluto honorables.
-Os puedo asegurar que ya no os importunarán más, ni a vos ni a ninguna otra persona, me temo. Mas tengo que recriminaros, mi buena señora, pues loca o necia tiene que ser la doncella que se adentra en estas calles peligrosas a estas horas de la madrugada.
Arwen no estaba acostumbrada a que le hablaran de esta manera, ni en su juventud como hija del señor de Imladris ni ahora como reina de Gondor, por lo que su primer impulso fue replicar con duras palabras. Mas enseguida recordó que este hombre acababa de salvar su honra, y probablemente también su vida, y su habitual temperamento bondadoso se apoderó de ella.
-Tenéis razón, he sido una insensata. Nunca debería haber realizado este peligroso paseo sin escolta -replicó Arwen, aprovechando para estudiar al desconocido a la débil luz de la luna. Era de estatura media, quizás un poco más alto que ella, y tenía un cuerpo esbelto y atlético que protegía con jubón y pantalones de cuero. La capa negra que vestía le llegaba hasta los tobillos, y junto con la espada que blandía en su mano izquierda le confería el aspecto de una ominosa criatura de la noche. Una capucha le cubría la cabeza hasta el nacimiento de las cejas, dejando adivinar más que contemplar unos rasgos faciales sumamente delicados y, Arwen tuvo que reconocerlo, atractivos. No parecía el rostro feroz de un guerrero curtido en mil peleas.
-Si me disculpáis, hay otros deberes que requieren mi atención -dijo el desconocido, dándose la vuelta y echando a andar hacia la calle principal.
-¡Esperad! -gritó Arwen, un poco más fuerte de lo que había pretendido, dando un paso hacia delante-. No podéis iros así. Me acabáis de salvar la vida y ni siquiera me habéis dicho vuestro nombre.
-¿Mi nombre? -preguntó el soldado, deteniéndose momentáneamente-. ¿Qué importancia tiene un nombre? Si queréis llamarme de alguna manera, podéis llamarme Dernhelm.
Arwen hizo memoria, intentando recordar algún gran guerrero del reino que se llamara así, mas fracasó. Seguramente no era su nombre verdadero.
-¿Y no queréis saber mi nombre, la de la persona a la que habéis salvado la vida? -le preguntó Arwen, en un último intento de retenerle junto a ella y poder agradecerle su hazaña como una reina debía hacerlo.
-Francamente, me importa más bien poco. Una pobre hilandera o una opulenta duquesa, para mí es lo mismo. Lo que cuenta es la salvación de una vida -replicó Dernhelm, reanudando la marcha.
-¿Pensaríais lo mismo si os dijera que mi nombre es Arwen Undómiel? -preguntó la reina, sonriéndose ligeramente al ver que sus palabras producían el efecto deseado. Dernhelm detuvo en seco su avance y se quedó paralizado durante unos instantes, como si le hubiese alcanzado un rayo.
-La reina... -murmuró el soldado entre dientes, y, en menos tiempo del que se tarda en contarlo, volvió sobre sus pasos y estudió el rostro de Arwen con devota intensidad-. Sí... sí, es verdad. Pertenecéis a la raza de los elfos. Lo sé porque he conocido a uno de los vuestros. Pero esto es una locura. No podéis andar por aquí sin protección.
Arwen reprimió una sonrisa a duras penas al ver la repentina preocupación que se había apoderado de su salvador, quien hacia tan poco había declarado no dar importancia a los estratos sociales. -Oh, pero ya no estoy sin protección. Estoy bajo el amparo del mejor espadachín de Gondor.
Dernhelm inclinó la cabeza ante el cumplido de su reina, que consideraba exagerado, y dijo: -Os debo escoltar hasta el palacio. Cuanto más tiempo nos quedemos aquí, más posibilidades habrá de sufrir un mal percance.
Arwen asintió y echó a andar, inmediatamente escoltada por su salvador. Conforme subían por las empinadas cuestas de Minas Tirith, la reina podía ver sombras escurridizas que se asomaban por las esquinas de los callejones, pero que desaparecían en cuanto el frío acero de la espada de Dernhelm centelleaba a la luz de la luna.
Ninguno de los dos habló durante todo el trayecto. Finalmente, llegaron hasta las grandes puertas que permitían el acceso al palacio. No eran un gran obstáculo, sin embargo, puesto que el guardia que se ocupaba de la vigilancia se hallaba tendido en el suelo, vencido por el sueño. Arwen le miró con gesto comprensivo; sabía que los soldados trabajaban muy duro durante el día y era normal que el cansancio se apoderara de ellos en mitad de la noche. Al darse la vuelta para hablar con Dernhelm, el murmullo de despreció que profirió le hizo entender que no era tan comprensivo como ella.
-Acompañadme adentro. Lo que habéis hecho esta noche merece una gran recompensa -dijo la reina mientras manipulaba la empuñadura de la puerta, abriéndola sin realizar el menor ruido.
Dernhelm no parecía ansioso por seguir sus pasos. -La mayor recompensa posible es haber salvado vuestra vida, mi reina. No es la fama ni las riquezas lo que mueven mis actos.
-Sois un hombre extraño, Dernhelm -dijo Arwen, mirándole fijamente-. Ocultáis vuestro rostro entre las sombras de una capucha, y despreciáis un reconocimiento que es vuestro por derecho propio. Yo creía haber comenzado a entender a los Hombres, mas veo que tengo mucho camino por recorrer.
-Puede que las motivaciones que rigen mis actos os resulten tan oscuras como la noche que nos rodea -replicó Dernhelm-, pero os aseguro que tengo razones para actuar así.
Arwen asintió con la cabeza, sabiendo que era inútil intentar persuadir a una persona tan aparentemente segura de sí misma. -Aunque no queráis nada de mí, espero que no rechacéis este pequeño regalo que os hago.
Y llevándose las manos a la cinta de seda azul que mantenía recogidos sus cabellos, la desató y se la ofreció a Dernhelm, que la recogió tras un momento de vacilación. -Sí alguna vez estáis en un apuro, si no sabéis a quién acudir, mostradme esta cinta y yo sabré que fuisteis el que una vez me salvó la vida, y os ayudaré en todo lo que mi poder alcance.
Dernhelm guardó la cinta en uno de los bolsillos de su capa, hizo una profunda reverencia y se marchó sin pronunciar más palabras. Arwen le estuvo contemplando hasta que se perdió en un recodo de la calle, quedándose inmóvil unos momentos hasta que finalmente cerró la puerta y recorrió a oscuras los largos corredores del palacio. Una vez en sus aposentos, se desnudó y se metió en la cama. Si alguna vez hubo una noche en la que necesitara tener compañía, era esta; mas Aragorn se encontraba de visita diplomática en Ithilien, y no se esperaba su regreso hasta el día siguiente. Y así, dándole vueltas a la aterradora aventura de la que había sido protagonista, se durmió, mientras los primeros rayos del sol lamían las murallas de Minas Tirith.
Continuará...
