Por fin llegó el primer capítulo del fic, ¿estábais esperando con ganas? Espero que sí. Me ha costado un poco arrancar, pero poco a poco lo he ido consiguiendo hasta que veis lo que tenéis aquí abajo. Estoy contenta porque era tal y como quería y encima no es muy largo, por lo que no se hará tan pesado. No os molesto más, os dejo con el capítulo que da inicio a muchos más para que os entretengáis leyendo.
Un beso a todos ^^, dentro
23 de julio, 1955.
"No puedo decir exactamente qué fue lo que sucedió ese día. Bueno, era un criajo de mierda. Apenas fue un encuentro fugaz, pero el suficiente para que nos cruzáramos en aquella calle. Lo que sí recuerdo era que hacía un calor de la hostia, y tú ibas con aquella camisa de manga larga que haría sudar a cualquiera. Fuiste el único que quiso mirarme, y fuiste el primero en apreciar lo que yo creaba con mis tizas. Siempre te gustaron mis tizas de colores, ¿no es cierto?"
El reluciente Buick century coupe recién comprado de su padre recorría la carretera como si fuese un águila volando toda imperiosa por el cielo. Aquel animal que representaba la libertad en todos los estados americanos siempre había fascinado al niño. Aquellos ojos ámbares y aquel porte elegante y digno, aquella figura que se deformaba en el aire a medida que el calor que irradiaba el suelo de verano se perdía con la altura. Por el camino no había visto ninguna, y eso le había puesto un poco triste. Su madre le había asegurado antes de montar en el coche desde su piso en Nueva York que verían decenas de ellas sobrevolándoles y guiándoles en su camino hacia una nueva vida.
Quizá el no ver ninguna representaba el claustro en el que el pequeño niño moreno estaba obligado a vivir ahora. Todos sus amigos se habían quedado atrás.
Mamá le había explicado con aquellas palabras dulces y ese tono de voz cariñoso que a papá le habían despedido del trabajo, y tenían que mudarse a otra casa para que su padre pudiese estar cerca del nuevo trabajo que le habían ofrecido.
Parecía que había una playa en unas ciudades no muy alejadas de allí, por lo que el único consuelo que le quedaba al niño era ese.
Aunque no le gustaba mucho el calor, podría refrescarse tranquilamente en el agua. Aunque hacía mucho que no iban a la playa, ¿sería cosa de las discusiones de sus padres?
La calmada voz de su padre le hizo dejar de mirar por la ventanilla para mirar hacia el asiento del conductor.
-Mira, Law, ya estamos en nuestra nueva casa.
El pequeño soltó a su oso de peluche para que se tumbara a su lado en los asientos de atrás y él pudiese seguir observando a través del cristal lo que sería su nuevo hogar. Una nueva aventura, eso seguro. Pero a él no le gustaban las cosas diferentes.
Él prefería volver a la ciudad, donde todos eran amables con él. Ahora tendría que hacer amigos de nuevo, con lo que le había costado hacerlos en Nueva York…
Una explosión de hojas atravesó sus pupilas grises ante aquella cantidad de follaje que cubría cada milímetro del pueblo. Había árboles rebosantes por todas partes, con aquella frondosidad exuberante que dejaba escapar pequeñas motas de luz cuando el viento mecía las ramas. Todas las casas, de forma monótona, estaban alineadas una a una, todas con su jardín delantero y trasero. Realmente al niño le parecieron todas iguales.
Se detuvieron justo en aquella calle cuyo cartel enunciaba "110 Lipman st".
El olor a césped recién cortado le dio en cara en cuanto sus padres bajaron las ventanillas para aspirar aquel fragante aroma que inspiraban como si fuese el perfume más caro del mundo. Aquel lugar, con el primer vistazo, se veía totalmente diferente a lo que estaba acostumbrado.
No le gustaba ese sitio.
Las luces de mediodía parecían incluso molestas para aquellos ojos deprimidos por el nuevo cambio. No quería más en su vida, porque aunque fuese un niño sufría por todas aquellas mudanzas más de lo que sus padres se esperaban. Siempre que alcanzaba a hacer nuevas amistades acababa por perderlas. Pero esta vez ya habían pasado muchos años en ese piso, muchos años con aquellos chicos y chicas que amablemente le sonreían y le ofrecían juegos y diversión cada vez que sus pequeños zapatos pisaban el sucio suelo del patio, llenándose los calcetines de arena.
Ahora no tenía nada de eso.
Ni si quiera sabía cómo iban a ser los niños de allí.
Pero no podía discutir, porque sabía que hacerlo era completamente inútil.
Sus padres jamás le escuchaban, ¿pues qué podía saber un niño que no supiese un adulto?
Cuando aparcaron frente a aquella casa de vallas blancas, un camión tras ellos también lo hizo. Sus inocentes y dulces ojos vieron como unos hombres se bajaban de los asientos para abrir la puerta trasera para sacar sus cosas.
Él no podía cargar con mucho, pero le prometió a su madre que ayudaría en lo que pudiese.
Bajó del automóvil cuando la figura de su madre se apareció frente a su ventanilla, abriéndole la puerta.
No se olvidó de tomar a su amigo de peluche de la mano para quedarse parado frente a aquel lugar al que tendría que acostumbrarse esta vez a llamar "hogar". En teoría le habían dicho que aquel iba a ser el definitivo, del que ya jamás iban a tener que moverse. Eso hacía que el joven Trafalgar Law guardase esperanzas en lo más profundo de su corazón, porque creía que esta vez tendría cosas de verdad que amar.
-¡Cuidado, chaval!
El pequeño se apartó para dejar paso a aquellos fornidos y enormes hombres, que cargaban las pesadas cajas que contenían todas sus vivencias en la gran ciudad. Las iban metiendo en aquella espaciosa casa una a una, y su padre y su madre iban dictaminando a aquellos señores dónde debían dejarlas y cómo. Después le fueron siguiendo los muebles.
Le pareció gracioso cuando lo que pasó por sus ojos fue el pequeño colchón en el que siempre dormía y contaba estrellas. ¿Aquí podría contar mejor las estrellas?
Lanzó al pequeño oso encima para que vigilara que aquellos hombres colocaban bien su cama y, tras ellos y casi jugando a ser soldado, empezó a repiquetear con los pies en el suelo de madera, divertido con aquel espectáculo. Estaba todo patas arriba, y en el caos y el desorden el pequeño descubrió diversión.
Subió a toda velocidad las escaleras de su nuevo hogar, mirando cada habitación, cada esquina y cada ventana. Desde todas había una gran vista, descubriendo también que la que iba a ser su habitación sería la que daba al jardín, uno enorme, espacioso y con árboles grandes y frondosos que aportaban una gran cantidad de sombra. En verano tendría que ser muy agradecido.
Se sentó sobre su colchón mientras observaba a los pájaros piar mientras alzaban el vuelo hacia las nubes.
¿Qué habría al otro lado de las nubes?
Quizá algún día lo supiese, pero probablemente, hoy no sería ese día.
Tras lanzar sus zapatos al suelo de su nuevo cuarto bajó tan descalzo como desnudos estaban sus morenos y pequeños pies para ver lo que sucedía abajo.
Su padre pagaba a aquel enorme hombre que parecía ser el jefe del camión de las mudanzas, mientras su madre empezaba a gritarle. No era ninguna novedad.
Antes le afectaba mucho, el verles gritarse y hasta pegarse.
Pero, con el paso de los días, de los meses y de los años, aquel pequeño niño comprendió que eso, quitando que no estaba mal, parecía ser algo corriente. Nadie le había enseñado lo contrario tampoco. A pesar de sentir una fuerte rabia contenida en la boca de su estómago, nada más pasaba. ¿Serían por las lágrimas de mamá mientras se le hinchaba la mejilla? ¿Sería por su voz ahogada?
No lo comprendía, pues su edad no precedía al entendimiento ni al razonamiento.
Por eso sus pasos le detuvieron frente a aquellos dos adultos discutiendo a voces, mirándolos incansablemente intentando comprender lo sucedido.
Su madre, al verle, simplemente sonrió y se agacho frente a él para cogerle en brazos.
-¡No creas que esto se acaba aquí!
Las voces de su padre parecieron alterar al niño, el cual escondió la cara en el pecho de su madre, cálido y dulce. Aquel suave olor a limón le invadía las fosas nasales mientras le hacía sonreír. Siempre que estaba en sus brazos nada malo podía pasarles.
-No grites delante de Law. –Le inquirió la mujer, fulminando con la mirada a su marido mientras desaparecía del pasillo para adentrarse en la cocina y buscar algo para poder preparar la comida para los dos.
Sentó al joven en una encimera repleta de cajas.
Law no pudo evitar abrirlas para curiosear.
-Bien, ¿Qué tenemos aquí para cocinar?
El pequeño se dio cuenta de que le estaba mirando, y esbozando una pequeña sonrisa en sus labios tostados, sacó lo que parecía un bote de judías pintas. Su madre se quedó boquiabierta y se puso a reír.
-Pero Law… oh cielo. –Le dio un beso en la frente y le acarició sus cabellos negros. El pequeño se rio muy por lo bajo, dedicando aquel intenso brillo de amor a aquella mujer que le dio la vida.- No cambies nunca.
En ese susurro iba impuesta una promesa que el pequeño no quería incumplir por nada del mundo.
Tomó el bote de judías pintas de la mano del pequeño y sacó una buena cacerola para prepararlas.
-Ya verás que ricas me salen. ¿Quieres ir poniendo la mesa, Law?
El niño, volviendo a sonreír, bajó de la encimera de un pequeño salto, donde las plantas de sus pies se resintieron un poco para correr de caja en caja y buscar algo que pudiesen usar. Tardó un poco, pero acabó por encontrar aquel mantel de flores estampadas que a su madre tanto le gustaba. Estaba un poco descolorido por el uso, pues la tela ya iba resintiéndose a los lavados, pero eso no les importaba mucho. Retiró como pudo lo que en la mesa del comedor se encontraba para colocar el mantel sobre la madera, corriendo de nuevo a la cocina.
Volvió seguido de aquella bonita mujer, portando los vasos de cristal y los cubiertos.
-Es una pena que no tengamos postre. –Dijo su madre dejando caer las cejas, mirando al niño que la imitaba.- Pero podemos salir a pasear después y comprarnos un helado. Seguro que hay muchas cosas que ver por aquí. ¿Te apetece?
El pequeño simplemente asintió feliz y su madre dejó escapar una melodiosa carcajada.
-¿Ya le estás consintiendo, Water?-Dijo la ronca voz de su padre nada más entrar al comedor.- ¿Está la comida lista? Tengo hambre.
Los hermosos ojos de su madre se alzaron del niño al adulto para poder responderle, perdiendo sus labios algo de belleza.
-Sólo iremos a por un helado. ¿Verdad, Law? –Le dijo con una sonrisa a su hijo, el cual ahora parecía dudar sobre lo que era correcto y lo que no.
-Deja de consentirle. Si ni si quiera habla, parece un puto mudo. –Dijo con mala gana, sentándose en uno de los sofás del salón. Echó un vistazo a las cajas que había cerca, probablemente buscando a Sharp. O así llamaban al televisor.
-No digas tonterías, sólo es tímido. –Defendió al pequeño.- La televisión está en la caja del fondo.
-¿Y qué coño hace ahí abajo? –Su ceño se frunció más si era posible, agachándose para quitar todos los trastos de por medio.
Les quedaba mucho aún para deshacerse por completo de esas cajas, pensó el pequeño Law. Tomó la mano de su madre sin si quiera abrir los labios, con aquellas perlas del color del acero recién templado curiosas e inocentes.
Las rodillas de su madre cedieron lentamente a su demanda de agacharse frente a él, queriendo acariciarle una vez más sus cabellos negros.
-¿Por qué no sales a jugar un rato mientras yo ayudo a tu padre y termino de hacer la comida?
Ante la negativa del niño, le dio un dulce empujoncito para que se moviera.
-Vamos, Law.
Acabó por ceder sin querer realmente hacerlo.
Posó su dorada mano sobre el marco de la puerta que daba al jardín.
Miró aquella enorme y verde explanada que sería a partir de ahora su jardín. Su gran océano lleno de piratas, su planeta lleno de extraterrestres o su sala de disecciones. Por lo pronto, se le antojaba más lo último, como su sonrisa torcida mostraba.
¿Con qué sería esta vez? Ahora que sus padres andaban cerca de la cocina no podía entrar y tomar un cuchillo, pues si le pillaban cogiendo uno y más usándolo con esos fines le iba a caer un buen cachetazo. Se decidió por una rama seca pero resistente que se encontraba a la orilla del tronco del árbol más cercano, estudiando su flexibilidad.
Se dejó caer sobre el césped y empezó a hurgar en el suelo, queriendo recoger todas las lombrices que pudiese para abrirlas una a una y ver lo que había dentro. Era mucho más divertido cuando eran ranas, pero al no conocer el pueblo, le tocaría conformarse con aquellos pequeños seres vivos.
Encontró una enorme, y más contento que unas castañuelas buscó una superficie dura donde apoyar el sujeto a estudio y poder abrirle mejor las tripas con el palo. El césped, por ende, no le resultó una buena alternativa. Aun con los pies desnudos, corrió para rodear la casa en un santiamén y acabar en la acera de la calle, prácticamente al lado del coche de sus padres.
Bien.
Extendió a la larga al sujeto de pruebas, dejando al resto de lombrices cerca para que nos e escaparan. Ellas serían las siguientes.
Pero no podía concentrarse, había mucho ruido.
¿A qué venía tanto escándalo de golpe?
Sus dos orbes metálicos se alzaron imperiosos en el ambiente para encontrarse con la curiosa escena de varios niños del barrio jugando. Juntos.
Las niñas estaban demasiado entretenidas jugando con la comba, mientras aquellas estrafalarias trenzas y coletas volaban sin parar con cada salto, al igual que sus faldas. No muy lejos de ellas, un grupo de chicos estaba echando una partida las chapas, viendo cuál era la que más lejos llegaba.
Pamplinas, pensó entonces
Aquellos juegos requerían ser varias personas, preferentemente amigos.
Cosa que él no tenía y que tampoco se mostraba muy interesado en tener por ahora.
Por eso decidió volver a la ardua tarea de hacer una aparatosa operación a aquella larga y gigantesca lombriz.
-Oye, ¿Has terminado ya de pintarnos los cuadros?
La única contestación que le llegó a los oídos al moreno, el cual estaba escuchando, fue un seco "hm".
Volvió su vista hacia arriba otra vez para ver quién era el que se mostraba tan asqueroso con las niñas.
Bueno, es que todas las niñas eran idiotas, era normal ser asqueroso con ellas.
A él, personalmente, no le gustaban.
Sus labios infantiles se abrieron lentamente para contemplar con creciente estupor a aquel pequeño que estaba tirado en el suelo, pintando las baldosas con muchos colores. Se veía refrescante y bonito. ¿Qué estaría dibujando?
Se puso de pie para intentar abarcar más con su vista, pero entonces el grito de su madre le alertó de que las judías estaban listas.
-¡Law, la comida, entra a casa! –Le hizo una seña con la mano para que volviese.- ¡No se te ocurra tocar la cuchara con esas manos, jovencito!
Oh, sí. Se había llenado de tierra.
Tan rápido como pudo, entró dentro de su nueva casa para quitarse la suciedad y sentarse a la mesa a comer.
Su diminuto cuerpo se enterró más si podía contra la funda de tela que tenía su ahora nuevo sofá, no queriendo despertarse de su letargo.
Siempre reía con su madre cuando la decía que dormir en aquel sofá era como dormir en un cuadro con motivos florales, lleno de hierba por todas partes y con hermosas amapolas haciéndote estornudar.
Desde luego, a veces el pequeño tenía unas extrañas ocurrencias, y eso que era raro que hablara muy de seguido.
Sus ojos comenzaron a despegarse cuando la luz que entraba por la ventana de su ahora salón empezó a tornarse anaranjada. Vaya, estaba atardeciendo.
Eso era que había dormido unas cuantas horas largas, sí.
Se bajó del sofá mirando por todas partes, descubriendo que estaba solo. Menuda novedad.
Siempre tendría a Bepo para ese tipo de ocasiones, por lo que no se preocupaba. Siempre que aquel oso estaba con él no había nada que le diese miedo, ni si quiera aquel hombre del saco del que su madre tanto hablaba. Más de una noche había dejado a Bepo en el marco de la ventana por si venía, y a la mañana siguiente ambos estaban bien.
Era mejor que un perro guardián, porque aparte de protegerle encima era un oso. No muy grande, pero un oso igualmente.
Cogió al peluche de su bracito peludo y esponjoso para asomarse a la calle, queriendo descubrir si sus padres volverían ya o aún les faltaba mucho.
Sus pies desnudos no tardaron en alcanzar la puerta de la calle, abriéndola y dejándola así de par en par para solamente asomarse.
No, no se les veía por ninguna parte.
Suspiró, sintiéndose algo olvidado.
Fue a entrar de nuevo en la casa pero algo le hizo palidecer del asombro.
Allí, en la acera de enfrente, aún había un niño jugando desde ese mediodía.
Tirado como unas horas atrás en el suelo, alternando una tiza de un color por otra, sin parar ni levantar la cabeza para nada ni para nadie.
No pudo evitar sentir otra vez aquella plausible curiosidad que irradiaba desde su corazón.
¿Por qué seguía allí, si estaba solo?
¿Su padre no había ido a buscarle? ¿O es que prefería, al igual que él, disfrutar de un momento de soledad a la hora de jugar?
Cruzó sin mirar la carretera, acercándose casi como un gato a su presa, en completo silencio.
Quería molestar lo menos posible al pequeño niño de cabellos rojos como el fuego que no cesaba en colorear todo lo que se le antojaba.
Notó la boca reseca al comprobar que aquello que tenía delante no era un simple dibujo. Era algo más, mucho más. Era…
El joven Trafalgar Law no encontraba las palabras que podían acercarse a ese canon de belleza. Seguramente era más pequeño que él, pero allí estaba, terminando de sombrear y dar luces a lo que parecía una hermosa explosión de colores en forma de jardín.
El niño no dejaba de pintar árboles, quizá fijándose en los que les rodeaban.
No cabía en sí de asombro.
¿Cómo podía alguien con las manos tan pequeñas crear algo como eso?
Apenas él podía dibujar a una persona con palos y círculos, y ya le parecía un esfuerzo.
¿Acaso…?
¿Acaso había alguien MEJOR QUE ÉL en algo?
Siempre había presumido de ser el mejor en la escuela, y los deportes tampoco se le daban mal del todo. Solía destacar para desgracia de muchos de sus compañeros, quitando el hecho de que muchas madres le adulaban por ser tan guapo siendo tan niño. Nunca pensó que unas líneas y unas combinaciones de colores pudiesen crear algo parecido a eso.
¿Cómo lo había hecho?
Porque eso no era algo que se aprendía en la escuela, eso era seguro.
Estiró su morena mano hacia el hombro casi blanco de aquel pequeño que no cesaba de mover y pulir casi por completo sus tizas de colores sobre la acera de la calle.
Apenas fue un roce de sus dedos.
Un intenso y electrizante chispazo le recorrió toda la columna vertebral, y pareció que el niño de cabellos rojos frente a él, que le daba la espalda en su momento artístico, también lo sintió con fuerza.
Fue entonces cuando se miraron.
No necesitaban nada más que mirarse a los ojos.
Law no pudo evitar retroceder ante el impacto de aquella furibunda mirada ámbar, casi tan dorada como los ojos del águila imperial que tanto adora.
¿Por qué tenía esos ojos?
Demasiadas preguntas que se ahogaban en su mente, siendo incapaces de pasar por el sifón.
El niño más pequeño que él se levantó de golpe del suelo, dejando caer las tizas contra la acera, partiéndose en su gran mayoría.
Law sintió que era culpa suya, y quiso solucionarlo.
-Lo siento, no quería…
Pero no le dejó terminar, pues aquel canijo de piel blanca como la luna salió corriendo al instante calle abajo sin mirar atrás.
El moreno se quedó estupefacto por tan exagerada reacción. Dándose cuenta a los pocos segundos de lo que se había dejado tirado.
-¡Espera, tus…! –Gritó intentando pararle, pero no había manera humana de conseguirlo. El pelirrojo ya había desaparecido entre las calles.- tizas…
No había forma de arreglarlo ahora.
Al menos, pensó, quedaría aquel precioso dibujo en la acera de enfrente durante unos días, hasta que la lluvia decidiese llevarse los colores a las profundidades de las alcantarillas.
Era una pena.
Se agachó en el suelo, dejando a su oso de peluche no muy lejos de allí, para recoger las tizas que el niño se había dejado abandonadas. Eran muy bonitas, y tenía unos colores realmente llamativos.
Las guardó en la caja que también estaba tirada y se las metió al bolsillo.
Bueno, no pasaba nada si se las guardaba hasta mañana, ¿verdad?
Eso es, mañana se las devolvería sin falta.
Y así podría preguntarle cómo había hecho aquello.
Volvió a entrar a su casa con una pequeña sonrisa sin saber que aquella sería la última vez en años que lo volvería a ver.
Vaya, 1955 eh. Sí, lo sé, son una tira de años, echad cálculos. ¿Cuántos años tiene Law~? Los de Kid no os lo pienso decir todavía, soy muy mala jajajajaja. Eso sí, es más pequeño que Law, os lo aseguro. Nah es broma, Law tiene 7 años para ser exactos, y Kid ya lo veréis. Os tocará hacer cuentas, pero es que no quiero quitarle la magia explicando absolutamente todo.
Muchas gracias por leer, ¿merezco algún review?
