Le dolían las rodillas y el pecho. Lo primero porque se había dado un golpe contra el suelo de piedra al resquebrajarse el ataúd de cristal que lo mantenía preso, de lo cual no había sido casi consciente. Lo segundo por el propio encierro, que había ido mermando sus fuerzas vitales poco a poco. Pero todavía le quedaba aliento para sostener la espada en alto.

Reena estaba frente a él, pero no era ella. Tenía su apariencia, pero esa voz profunda y terrible que salía de su garganta desde luego no le pertenecía. Y el resplandor que irradiaba tampoco era producto de ninguna magia de las que solía utilizar. Llevaba suficiente tiempo junto a ella para asegurarlo.

Sus amigos parecían tan confusos como él. Sus recuerdos eran vagos y se preguntó qué habría pasado durante el tiempo que Fibrizo le tuvo retenido. Se acordaba ligeramente se haber luchado con ellos en contra de su voluntad, aunque llegado el momento su conciencia se había impuesto sobre el control mental al que estaba sometido y no había sido capaz de matar a Reena. Daba gracias por haber sido fuerte. Si la hubiera hecho daño, aunque no fuera por propia voluntad, jamás se lo habría perdonado.

Como de costumbre, Zelgadis fue el primero en entender lo que ocurría. Gaudy no quería creerlo hasta que la propia Reena lo confirmó. O más bien el ente que ocupaba ahora su cuerpo, dado que ella había desaparecido. En su lugar había sido reemplazada por la reina de las pesadillas. Había vendido su cuerpo y su espíritu para poder traerla hasta su dimensión y que terminase con las ansias destructoras del amo del infierno. Pero el precio a pagar era terriblemente alto: ya nunca volvería. Se perdería en el vacío infinito junto con la reina de las pesadillas durante toda la eternidad.

Gaudy no podía aceptarlo. Por eso mismo, cuando sus ruegos fueron ignorados, sin pensarlo dos veces, ignorando el agudo dolor, espada en mano, se lanzó hacia el ente que ya comenzaba a abandonar ese plano de regreso hacia su propia dimensión. No sabía si tenía suficiente fuerza para alcanzarla. Después de todo, era un simple guerrero, no un hechicero. Era un gran espadachín, incluso poseía un arma mágica, pero ahí terminaba toda su conexión con la magia. Era un tipo sencillo, quizá demasiado a veces, y bien sabía que eso sacaba de sus casillas a Reena. Pero precisamente por eso lo tenía tan claro: no podía hacer otra cosa. Seguiría a Reena adonde hiciera falta, iría a buscarla hasta el mismo infierno si era necesario.

Tienes que estar a mi lado, no en el infierno.

Era terriblemente simple. Ameria, Zelgadis y Sylphiel intentaron ir tras él, pero fracasaron; aún estaban demasiado débiles. Reena se alejaba cada vez más, y él siguió avanzando tan sólo sostenido por su fuerza de voluntad. Le faltaba el aire, le dolían los pulmones y sentía la cabeza a punto de estallar, pero no dejó de extender los brazos hacia ella. La reina de las pesadillas seguía impávida, ocupando su cuerpo ahora convertido en una especie de estatua de hielo. Y él no podía hacer más que gritar su nombre, rogar que se la devolvieran y tratar de no desaparecer en el vacío dimensional en el que se había sumido sin darse cuenta; un plano en el que los humanos difícilmente podían sobrevivir mucho tiempo.

Así fue. Su conciencia comenzó a desvanecerse mientras la imagen de Reena desaparecía en la lejanía. Había dado su vida por él, condenándose a una eternidad vagando en el infierno, y no había sido capaz de mantenerla a su lado. En el desierto le había prometido que estarían juntos hasta que muriese, pero en ninguna parte de ese trato se contemplaba la muerte de ella, y mucho menos como moneda de cambio para permitirle vivir a él. No era así como tenía que suceder. Él era su guardián, su protector, y había fracasado miserablemente en su tarea. Menos mal que iba a morir allí, porque no se sentía con fuerzas de volver y enfrentarse a los demás después de lo que había pasado.

Flotaba en el vacío sin saber cómo. Supuso que ya no le quedaba mucho y cerró los ojos, resignado a no ver nada más. Le atormentaba el hecho de que Reena ya nunca sabría lo importante que era para él y lo muchísimo que la quería. Aunque fuera la chica más ruidosa, mandona, charlatana, malhumorada y bruta que hubiera conocido, lo era todo para él. Y nunca se lo había dicho.

Un fuerte resplandor le obligó a abrir los ojos en contra de su voluntad. No se arrepintió de hacerlo. Porque de entre la luz cegadora vio aparecer a la figura de Reena. Se preguntó si era de verdad ella o aún la reina de las pesadillas, que regresaba para atormentarlo. Quizá había muerto ya y ese era el paraíso. O bien el infierno, una de dos. Pero estaba equivocado. Era ella, la verdadera Reena. Quiso preguntar por qué milagro había vuelto, pero cuando abrió la boca sólo acertó a decir su nombre. Ella hizo lo mismo y nunca se había dado cuenta de lo bien que sonaba su nombre en sus labios con su auténtica voz, esa que normalmente tanto lo irritaba. Sin pensarlo, la estrechó en un fuerte abrazo, como si pretendiera decirle que jamás volvería a dejar que se alejase. Su mirada era clara y estaba iluminada por un brillo especial. Ni ella ni él lo pensaron dos veces antes de unirse en un beso que llevaban demasiado tiempo esperando; habían necesitado casi morir para ser conscientes de la fuerza de ese anhelo.

Entonces todo se volvió blanco. Se dio cuenta de que todavía sujetaba a Reena en brazos cuando aparecieron, sin saber cómo, sobre las ruinas de Sairaag. La ciudad, tristemente, había vuelto a ser la que , Ameria y Zelgadis, creyéndolos muertos, los recibieron como si se tratase de un prodigio. Más tarde descubrieron que Martina y Zanglus habían sobrevivido también. Incluso Zeros estaba recuperado de sus heridas, y traía consigo la espada de luz.

Los detalles de lo ocurrido se iban borrando rápidamente de la memoria de Gaudy. Al parecer los sucesos acaecidos en otros planos eran más difíciles de retener, más aún si había grandes poderes malignos de por medio, de acuerdo a la explicación de Zelgadis. Y aunque durante unos días tuvo el presentimiento de que había olvidado algo muy importante, pronto lo dejó pasar. Le bastaba con saber que Reena había estado dispuesta a ofrecer su propia vida y aceptar un horrible destino por salvarlo, así como ella también estaba al tanto de lo que él había hecho para traerla de vuelta. Tal y como había prometido, no pensaba separarse de ella.

Supongo que, hasta que muera.


No me había gustado tanto esta pareja hasta que vi el final de la segunda temporada, aunque es obvio que son el uno para el otro. Aunque tenga ya muchos años el anime, estoy cómoda escribiendo en este fandom y tengo más ideas, así que espero volver pronto. ¿Reviews? :)