KND: Los Chicos del Barrio es propiedad de Tom Warburton por encargo de Cartoon Network Studios.

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Patrick "Paddy" Fulbright.

La primera navidad de Patrick con su hermano menor no es la mejor, porque todo el mundo quiere más a Shaun que a él.

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Patrick está encerrado en la alcoba de su hermana mayor, sabiendo que nadie se le ocurrirá buscarlo ahí, si es que se han percatado de su ausencia; lo duda, honestamente, todos parecen más encantados con el pequeño bebé inútil que lo único que hace es bien es babear a todos… y entrometerse en dónde no lo llaman. Al principio le agradó su hermano pequeño, también le mimó pero desde que todo el mundo parece quererlo más que a él le ha tenido aversión; no lo quiere cerca suyo, no quiere saber nada de ése intruso –ignorará su nombre por largo rato, hasta que sus padres decidan devolverlo al hospital–.

Lo peor de todo es que él ha recibido más regaños por los desazones del pequeño infante: que ha tenido que ser más cuidadoso, haber cerrado la puerta de la habitación, quítale ése tenedor, no dejes que se lleve el crayón a la boca… ¿Es su niñero o lo que se le parezca? ¡No! Sólo es Patrick, el ignorado por su familia; al menos agradece que su hermana no haya caído en el encanto del bebé bueno para nada. Aunque le hubiese sorprendido si llega a prestarle uno solo de sus Simios Arcoíris, aún recuerda el jalón de pelo que le dio por haberse atrevido a ensuciarle uno.

A veces Francine parece demasiado mimada y mandona.

—Paddy —dice, para su horror, Francine, quien está recargada en el marco de su habitación. Con el rostro ceñudo y sus ojos entrecerrados. Oh, no. Tendrá una buena hinchazón en su pobre cabecita—, te doy cinco segundos para que desaparezcas de mi dormitorio, sapo horrible.

—No soy ningún sapo horrible —refunfuña Patrick. ¿Por qué papá tuvo regalarle ése muñeco?, lo malo es que ni siquiera la nieve logró encubrir al muñeco cuando lo arrojó por la ventanilla del auto— y menos me iré —se cruza de brazos, advierte la mirada peligrosa de la niña—. No quiero presenciar cuando el bebé ponga la estrellita en la copa del árbol —bufa. Natural que el pequeño intruso se lleve ése privilegio.

Ella lo mira, fijamente. A los minutos, le dice:

—Sé lo que sientes —Patrick le observa, sin entender a qué se refiere—, yo también te tuve envidia cuando eras un renacuajo —se pone pensativa un momento—… más que ahora —Patrick le manda una mirada cansada, no tienes ganas para soportarla así que se levanta— ¡Quédate ahí —le grita, provoca que se tense; pronuncia el apodo de Patrick, ése que dice cuando se enoja con él—, sapo horrible!

—Creí que querías que me fuera —murmura.

Francine es muy complicada.

—Ignoraré eso —gruñe—. Lo que te diré es que nadie te detesta, zonzo, aunque no lo parezca —dice apartando su vista, no sabe por qué toma el papel de hermana que consuela a su hermano pequeño, ella no tiende a hacerlo—. ¡Pero si no te vas en éste preciso instante te arrepentirás, sapo horrible!

Ésa sí es su hermana.

Y huye.