Nota: bueno, aquí va el segundo capítulo. Prometo de verdad que esto se animará más en... el cuarto capítulo o algo así. Por el momento, les dejo el segundo capítulo.
—1—
Draco llevó una palangana con agua fría al sótano. La fiebre de Granger, que había comenzado apenas una hora después de que Snape dejara la casita, no remitía. Mojó un paño en el agua y se lo puso en la frente a la enferma, retirando unos cuantos cabellos rebeldes. '¡Maldita sea, Granger! ¿Por qué no te recuperas y ya?'— pensó Draco hastiado por los sentimientos que empezaba a tener. Desvió la mirada del rostro calmo de su prisionera y cogió su libro de hechizos.
Los dos días siguientes, Hermione no despertó. Draco se quedó con ella día y noche, leyendo el libro sin saber qué más podía hacer. Su madre se ocupaba de esos asuntos usualmente en casa, así que no sabía qué más hacer, o si lo que estaba haciendo estaba bien. Suponía que sí, pero la chica no despertaba ni mejoraba. Se mordió el labio inferior y la miró: temblaba descontroladamente y después de unos minutos angustiosos, Draco suspiró e hizo lo que nunca pensó que haría, se tumbó a su lado y la recostó contra él, dándole un poco de su calor.
— Malfoy...— dijo una voz en la lejanía.— Draco…— repitió, esta vez más cerca. Draco abrió los ojos, primero confuso y luego alarmado: Granger estaba despierta y podía tener su varita. Sin embargo, la chica parecía débil y su mirada era de… ¿Preocupación? ¿Agradecimiento?
Draco se levantó con rapidez apartando a Hermione y enarboló su varita con maestría. Hermione se desperezó lentamente y se sentó en la cama dura. Le miraba con un poco de miedo disimulado en los ojos y una actitud cuidadosa, midiendo sus palabras y meditando todo cuanto decía:
— No te asustes, Malfoy. No te he quitado nada, de verdad.— Draco entornó los ojos, sospechando de la actitud y las palabras de Granger. Después de comprobar minuciosamente que todo estaba en orden, preguntó con curiosidad:
— ¿Por qué no has escapado?— Hermione se levantó tambaleando un poco. Esta vez Draco no la ayudó y se limitó a retroceder a medida que la chica avanzaba hacia él.
— Te culparían por liberarme, te matarían.— dijo Hermione. Draco alzó una ceja, escéptico.— No tienes por qué hacer esto, Malfoy.
— ¡¿Tú que sabes, sangresucia?!— preguntó retóricamente Draco, alterado. Hermione se acercó dos pasos más.
— Ni siquiera le eres fiel, ni siquiera crees en su causa, Malfoy.— Malfoy fue a rebatir pero Hermione fue más rápida.— ¡Estuve en esa reunión! ¡Sé lo que vi, y fue a tu familia humillada por ese al que idolatras! ¿Así quieres vivir el resto de tu vida, Malfoy? ¿Atado a un monstruo que piensa que eres un objeto de usar y tirar?— Draco apartó la mirada y Hermione acortó la distancia que les separaba y le cogió de la cara, obligándole a que le mirara.— Ayúdame, Malfoy, y te prometo que todo esto acabará y serás otra vez libre.
Draco la empujó confuso y salió dejando a Granger sola en el sótano. Se sentó en el sofá un instante y al siguiente se levantó, pateando la vieja mesa que había frente a la chimenea con frustración. Granger tenía razón, maldita sea, todo lo que su padre le había contado sobre el Señor Tenebroso, lo magnífico que se sentía estar a su lado, todo era mentira, una burda y vil mentira en la que había caído como un niño pequeño. Golpeó con el puño la pared, descargando su ira allí y finalmente, apoyó la cabeza contra la superficie fría, cerrando los ojos.
No cedería ante Granger, no debía ayudarla. Todo era una treta, estaba seguro de eso. ¿Cuándo Granger le había ofrecido ayuda desinteresadamente? ¿Cómo podía hacerlo después de que fuera él, Draco Malfoy, el que había conducido a Dumbledore a su muerte? Salió afuera de la casa, mirando el cielo nuboso y oscuro. El Profeta llegaba allí todos los días, y aunque no decía nada de la realidad, Draco lo imaginaba: desapariciones, asesinatos y mortífagos impunes. Y Granger decía de ayudarle. ¡Ja!
Sin embargo, la idea se le fue haciendo cada vez más apetitosa. Su mente ya estaba plagada de dudas que le asolaban a cada segundo cuando Lord Voldemort le llamó. Draco apareció después de ponerse la túnica de mortífago y la máscara y se puso pálido al reconocer detrás de Voldemort, el cuerpo de Ollivanders, tendido boca abajo y respirando ruidosamente. Ese hombre le había dado su varita en primer año y aunque no lo había vuelto a ver, nunca se había sentido tentado a hacerle daño. No a alguien con el que no había cruzado más de dos palabras.
— Draco.— dijo con voz fría Voldemort. Draco dejó de mirar a Ollivanders y miró al Lord, concentrándose en reprimir el miedo que sentía. En seguida bajó la mirada.— Requiero de tus servicios, como podrás ver.— se hizo un silencio tenso en la sala de estar de la Mansión Malfoy y finalmente Voldemort se colocó de mediador entre Draco y Ollivanders, como si se tratara de un duelo. Luego dijo en un susurro que inundó la sala.— Tortúrale.
Cuando Draco volvió a la casita de campo, sólo tenía ganas de llorar. Cerró la puerta con fuerza, haciendo que el golpe resonara en toda la casa y Draco cayó de rodillas en el pequeño rellano, llorando. Sus sollozos ahogados atrajeron la atención de Granger, que comenzó a gritar su nombre de pila desde el sótano. Tambaleante, Draco se acercó hasta la puerta de metal y se recostó allí con la mente nublada. Al menos cerca de otra persona, aunque se odiaran, se sentía un poco mejor, más reconfortado, más humano.
— Draco ¿estás bien?— preguntó una voz femenina al otro lado de la puerta pasados unos minutos. Draco asintió con la cabeza sin ser consciente de que Hermione le miraba y se marchó con rapidez. Sus mejillas ardían y él sólo tenía ganas de dormir.
Y así hizo: durmió y durmió, saltando de pesadilla en pesadilla y procurando relajar la mente lo más que podía. Cada vez que abría los ojos, todo él empapado en sudor frío, más se convencía a sí mismo de lo beneficioso que resultaría aliarse con Granger y secretamente con Potter. Después de un día entero de letargo el estómago de Draco rugió de hambre y se levantó para comer algo de la basura que era capaz de cocinar. Afuera hacía frío y un manto de hojas rojas y ocres teñía el suelo de pasto verde. Se acercaba el invierno a pasos agigantados y el tiempo se acababa, Draco lo sabía bien, lo podía sentir.
Con la comida de Granger en la mano izquierda y la varita empuñada en la derecha, Draco se paró frente a la puerta metálica del sótano, decidido. No quería sufrir más abusos del Lord, ver cómo su familia era torturada día y noche por los errores de su padre y de él mismo y sobre todo no quería volver a vestir la túnica de mortífago. Nunca más.
— ¿Malfoy?— preguntó Granger cuando abrió la puerta. Estaba otra vez sentada en el borde de la cama, mirando al infinito. Debido al encierro, su piel estaba más pálida que antes, e incluso Draco se atrevería a decir que se veía igual de horrorosa que él se había visto el año pasado. Draco inclinó levemente la cabeza y dijo:
— Granger.— le tendió el plato de comida carbonizada y ordenó con sequedad.— Come.
Hermione le miró con cierto miedo a haber vuelto atrás en sus avances con el muchacho y comió, como él decía. Draco la miró comer con el libro de hechizos en el regazo; no fingiría que no la miraba ahora que necesitaba de ella y de su estúpida sabiduría. Cuanta menos comida quedaba en el plato de Hermione, más nervioso estaba Draco pero, no obstante, no tuvo que empezar la conversación él ya que Granger se adelantó:
— Draco, escucha, podemos ayudarte. Sólo…— comenzó. Draco la interrumpió groseramente:
— Estoy dispuesto a colaborar, Granger. Sólo dime mi parte del trato.— Hermione le miró de hito en hito. ¿Ya está? ¿No había más? En cuanto se recuperó dijo:
— Podríamos ir a casa de los Weasley y buscar a Ron y a Harry allí y unirnos a su búsqueda.— propuso Hermione. Draco negó con la cabeza y soltó una risotada amarga:
— ¿A casa de los Weasley? Hace menos de un mes que estuve intentando matarles, Granger.
— Sí. Vale, es cierto, mala idea.— atajó rápidamente Hermione, nerviosa. Se levantó con presteza y se puso a caminar en círculos por la habitación. Draco la observó mientras ella proponía.— Tengo que encontrar a Harry y Ron antes que nada, sólo juntos podremos hacerle frente a Vol— Draco se lanzó hacia ella con agresividad y le tapó la boca con una mirada de alarma.— ¿Qué haces, Malfoy?
— Su nombre es tabú. Le han puesto un hechizo localizador. Por lo que más quieras, no lo digas ni en un susurro.— comentó con voz afilada. Hermione asintió respirando hondo por lo cerca que estaban y Draco volvió a sentarse, inmune a lo que pasaba por la mente de Hermione. Después de un momento, ésta siguió caminando por la habitación.
— Tenemos que encontrar un sitio donde quedarnos hasta que encontremos a Ron y Harry. Piensa tú también, Malfoy.— le pidió Hermione. Juntos los dos jóvenes se quedaron en silencio, pensando en una posible residencia. Hermione quiso proponer Grimmauld Place pero… Era de Harry, era el cuartel general de la Orden del Fénix. No podía decírselo a Malfoy por miedo a que los traicionase.
Los dedos de Draco comenzaron a golpear la tapa dura del libro de hechizos mientras se mordía el labio inferior, rebanándose los sesos por encontrar un lugar en sus recuerdos al que no acudieran los mortífagos. Difícil si todos los lugares en los que había estado guardaban relación con algún mortífago. Al cabo de un rato dejó de intentarlo pero sus dedos por inercia continuaron golpeando la tapa. Hermione se volvió, molesta por el rítmico ruido y con la boca abierta para regañar a Malfoy, vino una idea a su cabeza.
—2—
— ¿Y esta casa?
— ¿Qué pasa con—?— intentó preguntar Draco. Fue interrumpido bruscamente por Hermione, que volvió a preguntar con un brillo extraño en los ojos:
— ¿Cuántos mortífagos saben de esta casa?
— Snape seguro. Los demás no lo sé.— contestó Draco francamente. Se dedicó a mirarla fríamente mientras la cabeza de Hermione funcionaba más y más rápido y en seguida se sumó a sus pensamientos. ¿Pensaba acaso quedarse allí, encantar la casa para que ninguno de los mortífagos pudiera entrar? A la vez Hermione y Draco bajaron la vista hasta el libro que continuaba en el regazo de Malfoy.
— Dame el libro.—demandó sin esperar respuesta. Le arrancó el libro de las manos y se sentó a su lado, sus muslos pegándose sin que Hermione lo notara. Draco se contuvo para no moverse incómodo y miró por encima del hombro de Granger mientras ojeaba el libro buscando algo en concreto.— ¡Ajá! Aquí está.— sonrió triunfal Hermione. Su dedo parado en medio de una de las páginas amarillentas señalaba el hechizo que había elegido: fidelio. Draco la miró entre interrogante y desconfiado y dijo:
— ¿Serás capaz de hacerlo?— Hermione le miró entre ofendida y orgullosa y contestó con altivez:
— Por supuesto. Fui la primera de mi clase en saber hacer correctamente un wingardium leviosa por algo.— Draco resopló por lo bajo acordándose de toda la tontería de la pronunciación del hechizo e hizo caso omiso a la sonrisa de Granger.
— El Lord ya sabe dónde está la casa, Granger. De hecho, se dedicó Él a poner las protecciones de la casa.
— Las romperemos y alzaremos las nuestras propias.— se quedaron un rato en silencio y Hermione memorizó varios hechizos más. Luego volvió a alzar la cabeza y sonrojándose le pidió a Draco.— Sabes que no tengo varita, Malfoy. Debes dejármela.— ante las protestas de Draco le calmó.— No intentaré nada, no te preocupes.
Después de conseguir que Draco cediera, Hermione y él subieron a la planta baja. Con los ojos entrecerrados, Hermione se acercó hasta la puerta de la calle y miró afuera: aunque estaba nublado y llovía, podía verse todavía el sol por detrás de los nubarrones. Draco la observó desde el dintel de la puerta mientras la chica salía fuera del acogedor porche y se mojaba, sintiendo el agua de lluvia después de las semanas de encierro. Se sentía agradable y Hermione habría dado cien galeones por quedarse allí unos minutos más, pero la responsabilidad estaba primero.
Se sonrojó al ver la ceja alzada y la sonrisa altanera de Draco pero no dijo nada. Dejó el libro en la mesa del salón y con voz alta y clara comenzó a recitar el conjuro. Requirió de más magia de la que creía y cuando terminó se sentó en el sofá, temblando y exhausta. Sin embargo, la casa ya contaba con la protección más básica y a la vez eficaz. Le dijo a Draco el lugar donde se encontraban para que pudiera ver el salón de la casa y luego se sentaron juntos en el sofá con el libro entre ellos dos.
— Ya sigo yo, Granger.— Draco le robó la varita con agilidad y juntos eligieron el siguiente hechizo a lanzar. Después de una tarde entera, que fue lo que tomó para quitar los hechizos que había impuesto Voldemort y poner los suyos propios, los dos chicos respiraron tranquilos. Además de los hechizos que habían encontrado en el libro de hechizos, Hermione añadió los que habían aprendido del Príncipe Mestizo del año pasado, siendo más práctica que ética. Daba igual quien fuera el Príncipe, lo primordial era su seguridad.
Al día siguiente Draco despertó con un increíble dolor en el brazo. Ardía como los mil demonios y él se contuvo para no llorar apretando los dientes con fuerza. Después de media mañana, Hermione entró en su habitación, preocupada por la ausencia de Draco en la casa. La Marca, que Draco no se había atrevido a destapar hasta ese momento, tenía los bordes enrojecidos e irritados y sangraba tímidamente. Hermione se marchó y cinco minutos después volvió con vendas y un frasco de vidrio. Aplicó la poción del frasco en la Marca y luego le vendó con cuidado, haciendo que el dolor comenzara a remitir.
— ¿Tienes lechuza para mandar cartas, Malfoy?— Draco asintió con los ojos cerrados y silbó. Su lechuza, pequeña y de un color marrón común, se posó en el alféizar de la ventana y Hermione la cogió ante los gruñidos de ésta.
Se la llevó al salón, dejando que volara majestuosamente por el techo y sacó pergamino y pluma. Hermione miró el pergamino con determinación e inseguridad: ¿Qué escribir? ¿Cómo hacerles llegar a Ron y Harry su mensaje sin que pensaran que la estaban suplantando? Se mordió el labio inferior y luego comenzó a escribir. El sonido de la pluma al rasgar el pergamino inundó la sala durante unos minutos y cuando terminó de escribir Draco ya estaba de pie con la ropa puesta y mirándole desde el dintel de la puerta.
— ¿No pensarás mandar esa carta sin ningún seguro, verdad?— preguntó. Hermione le miró, sabiendo que quería decir y golpeó el sobre contra su mano pensativamente.
— No, no pensaba hacerlo. Pero tampoco se me ocurre nada…
— Una maldición de carbonización instantánea no vendría nada mal.— Hermione le miró un momento interrogante y Draco añadió.— Si alguien no autorizado intentara abrir la carta se quemaría en sus manos. Es completamente irreversible, Granger.— terminó cuando vio que ésta iba a hablar.
— Estaría… Sí, eso está bien. ¿Haces los honores, Malfoy?— Draco asintió con la cabeza seriamente y cuando convocó la maldición la carta se tornó roja por unos instantes. Luego observaron cómo la lechuza se iba por el horizonte desde la ventana de la cocina y Draco preguntó con curiosidad:
— ¿Les has hablado de mí, Granger?— Hermione asintió con sequedad.
Nota: colgaré el siguiente capítulo este sábado =)
