1. Aquí estoy

Quinn Fabray abrió los ojos, sudorosa, angustiada y más cansada aún que cuando, después de terminar de ver la cuarta temporada de LOST se había ido a dormir al dormitorio del destartalado piso que compartía en el centro de Cleveland con Eve Lawrence, una estudiante de Bellas Artes que no le caía muy bien, y a la que por fortuna apenas veía. Aquella mañana de viernes le había dejado una sensación rara en el estómago, como de emoción, como si algo que llevase esperando mucho tiempo estuviese a punto de tener lugar.

Hacía un año que ya no le quedaba nada por lo que vivir. Sus padres la habían echado de casa cuando ella había decidido que quería hacerse cargo de Beth. Noah la había engañado con Berry y cuando hubo de tomar partido por alguien en el tema de la niña, se había decantado por esa inútil de Corcoran. Había renunciado a la compañía seguramente agradable que podían proporcionarle sus compañeros de clase y de Glee, se había dado cuenta de que no le caía bien a nadie y de que estaba sola. Completamente sola. Desde que discutiese con Rachel en la ridícula fiesta de despedida que habían montado para ella y para Kurt, no había vuelto a saber nada de ninguno de ellos. Nadie la había llamado. Nadie había ido a visitarla a pesar de saber que se había mudado a Cleveland gracias a su presencia en diversas redes sociales. Nadie le había preguntado por qué lo había hecho. Nadie le había mandado un mensaje privado por Facebook o Twitter simplemente para saber cómo estaba, si seguía viva, si necesitaba hablar.

A nadie le importaba lo que hiciese Quinn Fabray.

Del mismo modo que hubo un tiempo en el que a Quinn Fabray no le importaba lo que hiciese nadie.

Y ahora, todo su egoísmo, sus subidas muestras de orgullo y sus vanos intentos de poner a unos en contra de otros empezaban a pasarle factura.

Ser una mala persona siempre le había gustado. Le encantaba ver el brillo de las lágrimas en los ojos de Berry cuando le gritaba. Adoraba la sensación de poder que le producía decirle a Santana lo que tenía que hacer. Y era maravilloso comprobar como Puck habría hecho cualquier cosa que ella le pidiese. Estar sola era únicamente el precio que tenía que pagar por haber estado en la cima de la cadena alimenticia del McKinley una vez. Y volvería a hacerlo si tuviese la oportunidad.

Se levantó, a regañadientes y subió la persiana de su habitación. El día se presentaba soleado y caluroso, un día más de Junio que tendría que soportar, hasta que éste concluyese y viniese otro, tal vez más aburrido y desesperante que el anterior.

Se arrastró con pesadez hacia el salón y sacó de la nevera un brick de leche que debía de llevar semanas allí por el olor que despedía. Se resignó a no desayunar leche y cogió la caja de cereales para llevársela al sillón. Dejándose caer de cualquier manera, encendió la tele y comenzó a comer cereales metiendo la mano en la caja y llevándosela a la boca en un gesto tan rudo y grosero que si alguien de los que la conocían la hubiese visto, no habría reconocido a la chica que un día fue. Cuando terminó de comer sacó su cajetilla de tabaco de uno de los cajones de la cocina y encendió un cigarro. Nunca le había gustado el tabaco, pero desde que no tenía nada mejor que hacer le parecía un pasatiempo bastante placentero.

- ¿Cuántas veces tengo que decirte que en esta casa no se fuma, Fabray? – Dijo Lawrence con irritación, saliendo del baño con una enorme cesta de ropa en los brazos. Le arrancó el cigarro de los labios y lo apagó en el vaso de plástico que estaba usando como cenicero. – Y a ver cuando limpias un poco tu cuarto. Huele como una maldita leonera.

- Este piso es tan tuyo como mío, yo también pago alquiler – Replicó ella, recuperando el cigarro y volviendo a encenderlo. – Si te molesta el humo, lárgate de aquí.

Eve hizo una mueca de desagrado y desapareció tras la puerta de su habitación. Como detestaba pasar el tiempo encerrada bajo el mismo techo que ella, decidió salir a comprar víveres que le permitiesen sobrevivir otra semana en aquel apestoso agujero. Sin ni siquiera molestarse en entrar al baño para asearse un poco, se puso unos vaqueros rajados, una camiseta manchada de tomate y unas zapatillas y salió del piso sin despedirse de su compañera.

Cuando volvió del supermercado cargada con bolsas de papel marrón llenas de comida, algo en el buzón correspondiente a su piso le llamó la atención. Normalmente las únicas cartas que le llegaban eran las facturas y el papeleo de la universidad de Eve, por eso, cuando metió la pequeña llave en la cerradura y cogió el sobre de color rosa, sabía que iba dirigido a ella antes incluso de haber leído su nombre en el dorso.

La tarjeta que había en el interior, con cursis dibujos de notas musicales y corazones, rezaba, en letra cursiva.

"Queridos ex alumnos y ex integrantes del Glee Club:

Me complace y a la vez me llena de tristeza anunciaros que la semana que viene hará un año de la disolución de Nuevas Iniciativas, y aunque sigo dando guerra con nuevos alumnos y proyectos musicales, me gustaría poder reunir de nuevo al grupo para intercambiar testimonios sobre vuestras andanzas como universitarios y nuevos trabajadores. Por este motivo, el fin de semana que viene, he pensado hacer unas jornadas de convivencia de antiguos miembros del Club. Será necesario que confirméis vuestra asistencia, todos tenéis mi correo electrónico y mi página de Facebook. Os ruego a todos que os presentéis, lo pasaremos bien.

Atentamente, William Shuester. "

En cuanto terminó de leer la tarjeta, Quinn subió las escaleras a una velocidad vertiginosa, abrió la puerta de su piso casi a patadas y soltó la compra sin miramientos en la mesa de la cocina. Rompió la carta en cuatro, en seis y siguió rompiéndola en miles de diminutos trocitos, cegada por una furia indescriptible que dominaba su mente y nublaba sus sentidos.

¿Volver a reunirse con los miembros del Glee Club? ¿Los mismos que habían tratado de fingir que desconocían su existencia durante un año entero? ¿Los mismos que habían logrado que su vida fuese miserable?

Ni en broma.

Un poco más calmada, se dejó caer en una silla y se pasó las manos por el pelo con nerviosismo. No podía negar que echaba de menos las tardes de ensayos, las reuniones que siempre acababan en discusión, los pretenciosos monólogos de Rachel, las peleas entre Santana y los chicos…

Pero no volvería.

Ya no.