Aquí les traigo el segundo capítulo. Personalmente me gusta más que el anterior aunque ya me diréis~


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My Queen

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II. Adolescencia

Había mucho que enseñarle y poco tiempo e, igualmente, las clases eran una delicia. Los ojos de Elizabeth siempre estaban atentos, al igual que sus oídos, pendiente de cualquier palabra. Aprendía pronto cualquier cosa que Arthur le explicase sobre el funcionamiento de las cosas en la corte.

Y, sobre todo, Arthur se daba cuenta, era fuerte. Cualquiera diría que aquella joven de pelo cobrizo y brillantes ojos había vivido un exilio, había sido encerrada en la Torre de Londres y casi había sido mandada al patíbulo. Sería incorrecto decir que todo aquello había acabado pero al menos el peligro, temporalmente, se había alejado de ella.

Elizabeth estaba sentada con un libro delicadamente cogido entre las manos, leyendo en silencio. Sentado frente a ella Arthur la observaba. Aquella intuición… la recordaba perfectamente, en el nacimiento de Elizabeth, cuando fue exiliada y cuando retornó… Seguía ahí, cada vez más clara y evidente. Inglaterra sabía que ella era su legítima reina. Ni Eduardo ni María. Había visto, con rostro sereno, las coronaciones de ambos pero no tenía esa sensación en el corazón. Ahora, mirando a Elizabeth si. Habían sido unos años revueltos desde que vio su marcha desde las ventanas de la biblioteca, pero volvía a tenerla frente a él. Tan cambiada y a la vez tan igual…

Po supuesto Elizabeth había recibido educación en el exilio, pero entonces no estaba previsto que alcanzase el trono nunca. Ahora, de nuevo en la corte inglesa, debía aprender lo que era ser una reina.

No dudaba de que lo haría bien.

-Os sienta bien sonreír –la voz de Elizabeth le hizo volver a mirarla. Pensando, recordando todos esos años, se había abstraído de la realidad. Ni se había dado cuenta de que, en efecto, estaba sonriendo.

-Gracias.

En los labios de la joven había una sonrisa también. No parecía la sonrisa de alguien que hubiera sufrido en absoluto, sino la de una persona que miraba al futuro. Eso sería bueno.

-Deberíais hacerlo más a menudo –le sugirió con suavidad ella.

Se veía que había dudado si hacer aquel comentario. Aún no conocía demasiado a Arthur… Oh, por supuesto que sabía quién era; y aunque no lo supiera algo en su interior se lo decía. Le infundía un respeto su porte tan tranquilo y su semblante. Se notaba en su forma de ser que había aprendido que las cosas no duraban eternamente, ni lo bueno ni lo mano y, por tanto, podía tomar con mayor calma todo. Le costaba imaginárselo enfurecido. Sin duda daría miedo, pensó.

Y aunque ya sabía todo aquello, quería saber más. Era su país. La palabra sabía extraña incluso pensándola, sin pronunciarla. Parecía tan obvio y, sin embargo, le costaba tanto hacerse a la idea. ¿Cómo debía ser vivir, siendo una nación, sintiendo los deseos de tu pueblo como tuyos, viendo a tus reyes llegar y pasar, tomar decisiones correctas o erróneas? Deseaba que todas sus decisiones fueran correctas, no quería decepcionarle, por eso se esforzaría leyendo todos aquellos libros, recordando la educación que ya había recibido y comprendiendo. Porque una buena reina debe comprender, ante todo. Una vez comprendes puedes decidir mejor.

-Cuando surge la ocasión –le dijo él.

Ella asintió. Cuando surge la ocasión… Daba a entender que no surgía a menudo. Se dijo a sí misma que se esforzaría, para que él estuviese orgulloso de su reina, para que sonriese cuando la viese.

-Si te cansas podemos dejarlo para mañana –propuso Arthur, viendo como no volvía la vista al libro.

Elizabeth se dio cuenta de que debía leer y negó con la cabeza de inmediato.

-No, no… Puedo seguir –aseguró, volviendo a la lectura.