Salió del despacho de su padre que se ubicaba en el centro de Londres cerca de la comisaría de Scotland Yard, era un edificio grande en estilo contemporáneo que el mismo Sherrinford había escogido de entre otros tantos, "bonito pero sencillo" decía con frecuencia. Las labores de su hijo en la oficina constaban en recibir el correo, acomodar documentos, ir por refrigerios y aprender todo lo posible del negocio, esperaba que Mycroft abriera los ojos y se dedicara a la abogacía, no cómo Sherry. Una mujer en las líneas británicas, vaya locura la tuya Sherrynford Katherine Holmes ¡regresa a casa antes de que algo malo te ocurra!, pedía con frecuencia a su hija cuando ésta llegaba a llamar por teléfono a casa.
El sol comenzaría a ocultarse pronto, su padre se había retirado hacía ya unas horas pero él prefirió quedarse a terminar de archivar los papeles de la caja mohosa que estaba en la esquina del escritorio para no tener tanto trabajo mañana. La tomó entre sus manos y leyó las palabras escritas con marcador indeleble en una de las caras: "Casos resueltos". Tomó una de las carpetas que se hallaba dentro y hojeó sin interés, analizando solamente una que otra frase que pareciese importante.
— Vaya, esto es aburrido incluso para un niño de doce años –se dijo al cerrar el folio-. Todos dicen "Oficial H. Lestrade", llegará a Inspector algún día viendo todos los casos que ha resuelto, y si me equivoco dejo de llamarme Mycroft Holmes.
Al finalizar su labor se encaminó a la parada del bus que se hallaba frente a uno de los cafés más elegantes de la ciudad, por donde la mayoría de los taxistas conducía. Se detuvo y alzó el brazo haciendo la señal típica para detener un cub; fijó su vista en el cristal del café "Crème Élégant", bajó el brazo quedando petrificado, mirando la escena tan irreal que sucedía en aquél lugar. Cruzó la calle ciegamente y se ocultó tras un buzón de correo. Allí estaba él, sosteniendo al aire con una de sus manos una taza de café y con la otra la mano de una joven mujer. Ella parecía tener entre veintiocho y treinta y dos años, las pocas marcas alrededor de sus ojos lo denotaban, el cabello rubio platinado y un peinado estilo "Marylin Monroe" solo gritaban "cualquiera". Sonreían, se miraban como dos adolescentes enamorados en su primera cita.
— Padre…
Mycroft corrió intentando no voltear atrás, no era impactante para él porque lo sabía desde hacía tiempo; las salidas misteriosas los fines de semana, la alegría desbordante y la luz en su rostro al recibir "un mensaje de la oficina". Sin vergüenza, masculló.
Se detuvo en seco, se sentía molesto, furioso con el mundo; pobre de su madre, sin saber nada, creyendo una y otra vez las mentiras de aquél hombre que decía ser su esposo fiel. Arrojó la sombrilla que llevaba contra el suelo, golpeando de paso a un transeúnte inocente.
— ¡Oye! ¡¿Cuál es tu problema?! –farfulló molesto el joven moreno al recoger la sombrilla del suelo-. ¡Deberías tener más cuidado!
— Lo… lo siento –por un momento Myc olvidó que no estaba solo.
— No, disculpa, no debí gritarte –dijo devolviendo aquel proyectil-. ¿Estás bien? No fue mi intención…
— Si, lo estoy, gracias –comentó-. Y no es culpa tuya por lo tanto tampoco es de tu conocimiento.
— Estás llorando...
— Claro que no…
El extraño jovencito se acercó más a él y limpió su rostro. La cara del pelirrojo se tornó del mismo color de su cabello, no sabía qué decir, su cabeza tenía frases, datos, comentarios, y excusas que podría mencionar pero su boca no se movía.
— ¿Sabes? Mi padre siempre dice que debemos de indagar bien y ver las cosas desde otro punto, a veces no son malas y solo nos dejamos llevar por lo primero que pasa por nuestra cabeza…
¡Qué niño! gritaba una mujer caminando hacia ellos. ¡Te había estado buscando! Me tienes con el alma en un hilo…
— Me voy, mi mamá es un monstruo sobreprotector… -dijo el pelicastaño riendo-. ¡Ya voy mujer! ¡Solo estaba platicando!
Mycroft se sentía tonto y conmovido. Se sentó en una banca cercana y puso sus manos sobre su rostro caliente. Un sentimiento de confianza lo abordó llevándolo a una noche lluviosa hace unos meses, recordó a su madre llorando, la tristeza y el dolor en sus ojos. No. No se dejaría llevar por sentimientos tontos como la ira o el amor ni volvería a actuar de esa forma tan bufona ante otra persona.
Reflexionó unos minutos, era brillante y rápido para su edad, "maduro" decían los adultos a su alrededor continuamente. Tomó un cub y eligió no hablar de lo sucedido ese día, su madre ya lo sabía, él ya lo sabía, no dejaría que las decisiones del matrimonio de sus padres arruinaran la vida de él y de Sherlock.
