Muchas gracias a todos los que participaron y os recuerdo que pueden seguir participando, durante toda la historia seguiré aceptando OCS .Me gustaria pedir a todos los que lean este fic que le hagan publicidad XD así lo leerá mucha más gente y atraeran más OCS y estos haran lo mismo haciendo que el fic se vuelva más divertido y crezca en diversidad. Por supuesto es una broma, no deseo obligar a nadie a hacer nada contra su voluntad. En fin creo que en este cap apareceré un solo OC dado que fue el único que completó la ficha a tiempo antes de que me pusiera a escribirlo. Se daran además, algunos datos más sobre ambas especies para que puedan ir recopilando información para mejorar sus OCS con los datos que quieran. Yo guardaré todo y si desean modificar algo (no de suma importancia comopor ejemplo el nombre) pueden decirmelo. Ok ahora tras estas dos aclaraciones aquí esta el segundo capítulo de nombre:

Capítulo 2: Erase una vez un Demonio malo. La victoria parcial de los ángeles.

Las profundidades de la tierra. Seguramente todo humano alguna vez en su vida se ha preguntado, ¿qué hay ahí abajo? Sobre todo cuando uno es pequeño. Cuando eres niño todo te fascina y... ¿Cómo no va a fascinarte ver lo que hay bajo tus pies? Incluso en su tierna infacia de ignorancia el pequeño niño habrá tratado de hacer un túnel en la arena con el pretexto de intentar llegar al centro de la tierra. El ser humano es así. Es bastante sencillo de explicar, el ser humano es como un vaso de agua en el que se va echando arena hasta que esta adsorbe todo el agua. El agua es la pureza e inocencia del ser humano al nacer, la arena representa la maldad y la corrupción que poco a poco transforman al hombre en una especie de demonio. Ángeles, para los demonios, pues estos son los buenos por supuesto. Pero volviendo a la tierra que es el tema que nos abarca, el niño seguramente habrá perforado unos centímetros, quizás, si es persistente, algunos decímetros pero habrá llegado a la conclusión de que alcanzar el centro es imposible. Bien pues para Meil esto no era ninguna realidad fantástica. Él no iba al interior de la tierra, volvía a su casa tras derrotar a aquellos dos ángeles y liarla parda. Caminaba por un pequeño pasillo de escaleras de roca en mal estado debido al uso, que iban bajando más y más. Desde el borde de estas podía ver un precipio en el cual se veía al fondo un río de lo que parecía ser lava, sin embargo era demasiado profundo para confrimarlo. Unas especies de nubes subterraneas negras cubrían el cielo de la caverna en lo que los demonios llamaban ``El Cielo Negro´´. No tenían ni luna ni sol pero si lluvia, aunque poco frecuente. Esas nubes tenían una sencilla explicación. En un tiempo Lucifer había intentado imitar la creacción de Dios fabricando él su propia visión del mundo para cuando consiguierá liberar al ser humano de su tirania. Aunque evidentemente este nuevo mundo no le había salido como él esperaba. Pues lo primero que fabricó fue los ríos que poblarían y nutrirían aquel mundo subterraneo. Mas sus cálculos habían sido imprecisos, los ríos se evaporaron rápidamente por el calor existente. Tanto vapor destrozó la corteza y provocó la formación de los ríos de lava. A su vez este agua evaporada ascendió al techo oscuro de la cueva, mezclandose con polvo y ceniza por el camino y adquiriendo ese color negro característico. Sin embargo, estas nubes con una densidad estable parecida a la del aire no eran transportadas a ningún lado. Debido a que allí las corrientes de aire se habían detenido, se mantenían en el mismo sitio, incapaces de desplazarse, cambiando de forma y absorbiendo la humedad del poco aire que entraba. Así se formó el Cielo Negro. Estas nubes hacían la misma función que el agua en la tierra y mantenían viva la esperanza de los demonios que vivían como soldados del supuesto maligno. Entre ellos había un dicho que hacia referencia a este curioso echo y las diferencias entre ellos y los ángeles.

``El ángel que es falso y que en realidad es malvado, tiene las alas blancas por vivir en un cielo blanco. Mientras que el demonio puro, tiene las alas negras para diferenciarse del ángel y por vivir en un cielo oscuro.´´

Esto no era del todo cierto. En realidad Satanás había echo las alas de los demonios negras para que en caso de combate aéreo les fuera facil diferenciar entre los demonios y los ángeles solo por el color de estas y evitar confunsiones tontas. Hablando de eso por cierto, este demonio les había dado una ventaja considerable sobre los ángeles. Al querer hacerles iguales a los humanos les había dado la capacidad de ocultar sus alas dentro de su cuerpo. De forma que por fuera parecieran completamente humanos. Cosa que ningún ángel podía hacer, así que estos no podían confundirse entre los humanos mientras que los demonios sí. Una capacidad increíblemente ventajosa, poder disfrazarse de humano les daba la oportunidad de infiltrarse con facilidad en la su perficie. Por otro lado demostraba la verdadera y pura naturaleza del demonio. Ellos sí querían considerarse iguales a los humanos y no ser vistos como infernales a los ojos de estos, mientras que los arrogantes e imperfectos ángeles deseaban demostrar sus diferencias para no ser identificados con el despreciable hombre y sus alas era una prueba de ello. Eso era el misterio de todo sin embargo los demonios preferían creer en el viejo refrán demoniaco. Por fin Meil llegó a su destino, las rojas llamas hacían brillar sus marrones ojos dandole un aspecto siniestro. Iba cantando una canción que seguramente había oido mientras estaba en el mundo de los humanos. Se detuvo en seco a la vez que miraba lo que tenía delante, tras la gran caminata al fin se encontraba ante las puertas de la útlima esperanza demoniaca. La última piedra que se mantenía en pie en el camino de los alados sin que estos fueran capaces de arrancarla. La última ciudad de los antiángeles, pues los buenos demonios habían perdido ya todo el resto del Infierno que era gobernado por asquerosos monstruos voladores de esos. Sin embargo se esperaba recuperarlo todo, tenían que hacerlo. La puerta de la ciudad no era ni más ni menos que dos enormes bloques formados por torres que daban la impresión de estar entrando en un castillo más que en una ciudad. Los muros tenían algo de polvo y estaban manchados por el negro humo. Aquí abajo todo tenía algo de humo, incluso el propio humo. Un pequeño cartel estaba al pie del bloque de la derecha donde ponía ``Devil Village´´. Dos guardias que vigilaban la entrada sacaron un rifle, arma común en la infanteria de Lucifer y apuntaron al chico directo a los ojos al verle avanzar indiferente.

-¡Alto!- El chico se detuvo mientras sonreía. Los guardias le conocían perfectamente sin embargo las órdenes eran iguales para todos

-Di la contraseña- Si lo pensaban bien era una autentica tonteria, las diferencias entre los miembros de ambos bandos eran más que notables, aunque todo podía ser. No sería la primera vez que un ángel lograba penetrar en sus defensas disfrazado de demonio y eso hasta el propio Meil lo sabía muy bien

-No estoy para tonterias, ¿quereis abrirme de una vez?- Los guardias dudaron, podía ser una trampa pero el chico hizo cambiar el color de sus ojos mostrando un fuerte brillo rojo que convenció a los demonios. Solo uno de ellos podía hacer eso, los ángeles cambiaban el color de sus ojos a uno naranja, nunca rojo. Un click se escuchó y la enorme puerta metálica cedió delante del chico abriendose y permitiendole entrar dentro de la ciudad.

-Hogar, dulce hogar- Soltó el chico a la vez que comenzaba a caminar por las calles de la fortificación. La imagen de la ciudad por dentro y por fuera era muy diferente. Por dentro los edificios estaban algunos medio destruidos y otros simplemente derrumbados. Algunas casas le faltaban ventanas, puertas y paredes. El humo negro manchaba sus fachadas y el reflejo de las llamas les daba un aspecto rojizo y siniestro. Era pues esta otra clara prueba de la falsa fachada que querían demostrar los demonios. Ante los ángeles querían fingir que estaban en perfecto estado pero por dentro estaban completamente destrozados. Esto era el Infierno según los humanos; Pero Meil lo adoraba. Allí era libre de hacer lo que quisiera. No había nadie en ningún lado aparetemente en la ciudad, algo normal porque todos estaban encerrados en los bunques de supervivencia, allí solo podían estar soldados y fuertes diligentes de la zona. De nuevo comenzó a cantar con aquella voz que sabía poner de humano hasta que de una de las calles apareció un demonio bastante más anciano que él junto con una chica. La joven era de estatura promedio, piel suave de color blanco como la nieve y de muy buena condición física. Su cabello era de color plateado y largo hasta sus muslos, su corte de pelo terminaba de forma ovalada. Dos mechones pequeños mas cortos le llegaban hasta su busto, también tenía una capa de cabello a un lado de su rostro que se levantaba dándole un toque salvaje a su aspecto. Además un flequillo un poco mas arriba de sus ojos le caía gracilmente. Sus ojos eran grandes y de color rojo carmesí, de su boca sobresalía sus colmillos. El hombre por su parte, era bastante esbelto, su pelo era casi blanco a excepción de algunos mechones que le daban curiosamente un aspecto muy juvenil. Sus rasgos eran sabios y profundos. Una escasa nariz cubría sus rostro y muestras de cansancio marcaban sus ojos mientras contemplaba al joven. Ambos llevaban una bata de color roja con llamas, en el anciano significaba que era maestro, en los alumnos que estaban a punto de terminar sus estudios militares. Se mantenía cruzado de brazos mirando con el ceño fruncido al chico que le miraba sonriendo. De pronto este desvió su vista de él y clavó sus ojos en la joven. La chica se sintió un poco intimidada al principio pero pronto trató de esquivar su puzante vista. Jamás un demonio la había mirado así, ni siquiera los ángeles.

-Meil..- Dijo impaciente el veterano mientras el chico llegaba a su altura, de pronto con total naturalidad y pasando del hombre acarició el mentón de la chica que inmediatamente se sonrojó incrédula.

-¿Cómo te llamas hermosura?- Ese determinismo era aplastante en su voz. Ella estaba muy confusa, nadie, ningún demonio, y de esto estaba segura, en la historia había tenido actitudes tan pasotas y provocativas como las del joven, por ello ella era incapaz de saber cómo reaccionar.

-Me... Me llamo Natsuki en lenguaje humano- De nuevo trato de ocultar su vergüenza a los ojos del chico que la miraba impasible, hasta que el otro hombre intervino arto de la actitud del chico.

-Esta no es un presa que puedas cazar- La chica se sintió rara. ¿Presa? Ella no era la presa de nadie y no necesitaba que ese hombre la defendiera de Meil. Aunque lo cierto es que lo estaba deseando, ella no parecía capaz de echar y hacer retroceder al joven que la parecía hipnotizar con su mirada. Y eso que ya estaba prevenida. ``El demonio malo´´, era el nombre que tenía entre todos los habitantes de la ciudad aunque en un principio no sabía proque. Los ancianos del lugar decían que era un pícaro y un aprovechado, que se aprovechaba de que las chicas de la ciudad jamás habían visto otra actitud en un demonio que la amistad y el buen corazón y que por eso usaba sus malas artes para seducirlas, marearlas de sentimientos confusos. Era logico que alguien acostumbrado siempre a lo mismo en todos sintiera curiosidad por probar lo nuevo y esto decían, era el truco de aquel endemoniado de ojos marrones. La voz del hombre que estaba a su lado la sacó de sus ensoñaciones

-Es una de los nuevos reclutas, estaba enseñandole la base y no quiero que te acerques a ella ¿entendido?

-Pero...

-¿Entendido?- Parecía muy cabreado con él. Meil asintió no muy conforme, sin embargo el hombre le conocía, no se fiaba ni un pelo de él así que le hizo jurar que dejaría en paz a la chica que miraba sin saber qué hacer. Aquello era un poco extraño.

-Bien ahora ¿sabes lo que has liado?- Cambió el tema por completo, Natsuki estaba al corriente de todo esto. Ese tal Meil había causado muchos problemas a los demonios. De echo el hombre llevaba un buen rato murmurando sobre eso deseoso de verse las caras con el de ojos marrones.

-Sólo eliminé a dos ángeles, no es para tanto Wimy - Sí era para tanto, pues no sólo había eliminado a dos ángeles sino que había echo algo mucho, pero mucho peor que eso. El hombre gruñó furioso, entonces tendría que mostrarle lo que había liado.

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Meil estaba ahora viendo la tele, el hombre que se encontraba con él y la chica, le habían acompañado hasta una casa y habían encendido el aparato. Otra vez la noticias. Una joven reportera apareció en medio de la calle junto a un coche echo polvo que al chico le era familiar.

-Nos encotramos de nuevo en el lugar de los echos donde dicen haber visto a esa extraña criatura con apariencia humana que según los espectadores, podía provenir del espacio- El chico sonrió ingenuo, ¿del espacio? Se equivocaban mucho y además no tenían pruebas de todas formas

-Afortunadamente nadie sufrió daños con la aparición de esa cosa. Como demuestran los dos videos grabados por unos aficionados con su moviles- La tele se quedó en negro y de pronto comenzó un video.

-Eh tio te he dicho que no me grabes- Dijo el hombre que aparecía en la pantalla y que era de color, nervioso. Su amigo rió a carcajadas, cuando de pronto alertado, giró el movil.

-¡Mira!- Dijo y puso el zoom mientras tres cosas se enfrentaban en el aire entre dos edificios. Meil se llevó las manos a la cara, casi golpeandosela, lo habían grabado todo. Menudo error había sido por su parte descuidar tanto su presencia, no recordaba ningún movil en ese momento y cómo iba a saber él que a pesar de la fuerte tormenta algún desquiciado se atrevería a estar entretenido grabando con el movil. Bueno igualmente estaban lejos y no se veía muy claro. Después de unos cuantos segundos sucedió la escena que Meil recordaba perfectamente y el chico cayó contra el coche.

-¡Vamos!- Dijo el hombre de color soltando el paraguas que llevaba en la mano y ambos corrieron a reunirse con la masa de gente que empezaba a formarse. La imagen se cortó y comenzó el segundo video. En él salía el chico de pie después del accidente dispuesto a irse, soltó lo que bien sabía de memoria y dandonse la vuelta, se alejó entre la gente.

-¿Ves lo que esto significa?- Dijo el hombre que estaba al lado de Meil mirando al chico que parecía indiferente a pesar de los lios en los que estaba metiendoles.

-Espera que esta parte esta genial- Sonrió sabiendo lo que iba a pasar. En efecto el chico se acercó a una joven que estaba cruzando por la calle y la besó sin previo aviso durante algunos segundos, después la soltó y continuó andando mientras la chica confundida no parecía enterarse de lo ocurrido. El video se cortó de pronto y al mismo tiempo apareció la chica de antes en la pantalla.

-No sabemos qué puede ser este joven, solo que parece no ser humano- La conexión se cortó de golpe.

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Mientras en otra casa su pregunta obtenía respuesta.

-Es un demonio, eso lo que es- Se trataba de una figura que se mantenía, por ahora, envuelta en las sombras. Sí, él lo sabía, sabía que esos seres existían pero aún era pronto, tenía que esperar más. Ángeles o demonios a él le daban igual, ambas especies eran conocidas para él como el mal y sería el encargado de erradicarlos, por las buenas o por las malas.

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-Vaya no sabía que se me veía así por la tele.- El hombre apagó de golpe el aparato y miró a la cara a Meil. Ya había aguantado lo suficiente su actitud pasota. A veces le era muy díficil tener paciencia ante el chico, a pesar de que era un demonio de corazón puro.

-¡¿Eres consciente de lo estúpido que ha sido esto?!

-No me dabais permiso para luchar en la superficie y tuve que tomarmelo por mi cuenta.

-¡Ya claro muy razonable, se te da una orden y haces justo lo contrario!

- ¡Este sitio se cae a pedazos no podemos esperar siempre aquí!- Ambos gritaban como si hubieran tenido esta discusión muchas veces y lo cierto es que así era.

-Esos no son los modales, maldita sea, eres un demonio. Empieza a comportarte como tal.

-Tú sabes que yo soy más demonio que cualquiera de vosotros- De pronto el joven estaba a la defensiva, alguna especie de preocupación tenía el chico con eso.

-Lo que eres es la deshonra de los demonios. Eres el motivo por el que esos humanos siguen creyendo igual de mal de nosotros. Te han visto y ahora tienen esa impresión de que somos el mal encarnado otra vez. No has echo más que ensuciar el nombre de los demás. No eres más demonio que el polvo que se levanta en esta habitación- Las palabras del hombre habían sido muy duras, para que un demonio dijera algo tan fuerte debía de sentirse destrozado por dentro y así era. Quería mucho al joven pero no podía seguir con esa actitud pasota. El chico cerró con rabia los puños a la vez que sus ojos se ponían rojos y miraba lleno de ira al anciano.

-¡¿Crees que yo elegí ser así? ¿Lo crees?! ¡Tú lo sabes perfectamente, sabes que por mi culpa estamos en esta maldita situación! ¡La especie se muere y yo soy el responsable! ¡EL DOLOR QUE SIENTE MI PECHO ES MAYOR QUE EL PUEDA SENTIR EL RESTO DE LOS DE LA CIUDAD JUNTOS!- Cada vez estaba mas fuera de sí mientras sus ojos brillaban más y más rojos. El hombre ahora se sentía culpable. Era demasiado para un chico de su edad soportar todo eso y guardarselo dentro. Tanto dolor le había convertido en el único demonio malo de todos.

-Nosotros no tenemos la culpa de ello. Vamos no fuerces que sabrás lo que te pasará

-¡No, la culpa es mía, siempre fue mia!- Lagrimas de pura rabia empezaron a gotear de sus apenados y brillantes ojos rojos. La chica miraba incapaz de ni siquiera reccionar, todas esas emociones eran nuevas en un ser tan bondadoso como ella. Tenía miedo, miedo del chico y pena, una inmensa pena por él.

-¡En el momento más importante de mi vida fallé, no puedo volver atrás. Todos ellos han desparecido y no regresaran!- Cayó de rodillas sobre el suelo mientras se repitía a si mismo, no lo haran, no lo haran... Hasta que de pronto en su mente se produjo una especie de click, era como si una parte de su memoria se hubiera liberado de golpe y como había ocurrido otras veces las imagenes de recuerdos que desearía borrar volvieron a su cerebro envolviendole en una tormenta de desesperación e impasibilidad. Se llevó las manos a la cabeza incapaz de resistir tanto tormento mientras su ojos brillaban con mucha fuerza.

-¡Salvate tú!

-¡Huye!

-¡Aaaaagh!-

-¿Máma por qué debemos huir?

-¡Mi hija!

Era algunas de las voces que en su cerebro pasaban fugazmente, al mismo tiempo que imagenes de edificos, casas y demonios muriendo inundaban su mente haciendole negar con la cabeza. Aquello era horrible. Si bien el joven era alguien fuerte e indomable esto era superior a él, jamás podría olvidar aquello, jamás podría librarse de los recuerdos del día en él que él los condenó a todos.

-Ha vuelto a ese estado- Wimy se acercó corriendo al chico que se mantenía en el suelo agarrandose la cabeza y había empezado a gritar fuera de sí. Natsuki ahora parecía ida, sus ojos se habían clavado en los ojos del chico que por primera vez parecía vulnerable. Entonces comprendió que aquel chico era igual de demonio que ella, solo que sus verdaderos sentimientos estaban ocultos sobre esa capa de falso determinismo. Aquella situación era bastante extraña, a Natsuki nunca la habían entrenado para algo así. De nuevo otro poderoso grito escapó de la garganta de Meil, pero esta vez fue diferente, fue un grito helado y único. Tras este, el chico se libró con fuerza de los agarres de Wimy y antes de que este pudiera reaccionar saltó por la ventana estrellandose de espaldas contra el suelo. Él sabía que Meil era incapaz de volar aún, curiosamente casi el resto de ellos ya había adquirido esa capacidad y no sabía porqué a él le costaba ser capaz de sacar las alas de su cuerpo. Tal vez no las tuviese, pero no, cuando el chico era pequeño creía recordar el anciano que se las había visto... Quizás fuese otro de los traumas que le había causado lo sucedido. Podría saltar por la ventana y perseguirle, pero sería inútil, en ese estado lo mejor era dejarle vagar a sus anchas hasta que esos dolorosos recuerdos fueran bloqueados una vez más por su mente. Un echo bastante extraño, Meil no podía afrontar los recuerdos que le atormentaban y su cerebro parecía conocerlo. Por ello esos recuerdos estaban la mayoria del tiempo bloqueados, cubiertos por una densa niebla que solo permitía el paso de la culpa a la parte consciente del chico. Una culpa que bien estaba alimentandose su esencia pura, convirtiendole en el indeseable personaje que ya era y que seguiría siendo hasta que ese tormento cesará de una vez. Y tal y cómo se estaban desarrollando las cosas, mucho se temía Wimy de que eso jamás ocurriría.

Se acordó entonces por primera vez en todo ese tiempo de que su aprendiz aún estaba allí y se giró para ver cómo estaba.

-Siento que hayas tenido que ver esto. Él es un buen demonio, pero no sé qué le pasa. Sufre un trastorno por lo que le sucedió hace ya tiempo, sin embargo estos estados de locura son cada vez más frecuentes en él. No sé como ayudarlo- La muchacha se fijo en que apretaba los puños impotente ante todo este echo. Lo que solo le dejó una opción. Se acercó al hombre y le preguntó curiosa.

-¿Es cierto que él ha sido el responsable de todo el mal de los demonios?- Su voz le temblaba un poco, quizás se estuviera pasando al hurgar en la herida del anciano. Wimy la miró durante algunos segundos en silencio y después asintió. La chica desvió la mirada durante otros tantos segundos y volvió a centrarla en los cansados ojos de su maestro.

-¿Cuál es ese echo que le ha provocado ese estado?- El hombre suspiró dispuesto a contarselo...

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Todo había sucedido algún tiempo atrás. No es que fuese demasiado ya que los demonios y los ángeles poseían una vida humana, pero si habían transcurrido un par de años desde entonces. El antiguo infierno. Un explendido reino en el que uno podía respirar la paz y la tranquilidad. De echo demasiado tranquilo para un mundo donde las guerras eran el único pasatiempo de ambos rivales. Y es que este sí era un reino invencible. Una fortaleza que los ángeles estaban artos de intentar penetrar una y otra vez. ``Los Muros de lo Desconocido´´ Era como se conocía a este magnifico imperio que jamás había conocido derrota bajo sus dominios. Eran tiempos muy buenos para los demonios. La fama de los ángeles estaba empezando a caer en picado, la invencibilidad de Dios estaba siendo cuestionada. Pues si sus seres alados eran las criaturas perfectas, ¿qué les impedía atravesar los muros? ¿Qué fuerza del supuesto mal era aquella que no les permitía arrasar ciudades, ni acabar con el peligro de los hombres? En definitiva estos continuos fallos les estaban empezado a pasar factura, ¿no era cierto que el bien siempre vence? Sí, debía serlo ya que no había llegado la destrucción del mal todavia. ¿Entonces significaba eso que el bien estaba en el otro bando? No había respuesta para aquello y eso era algo que empezaba a hacer dudar a todos. A veces una buena defensa puede ser el mejor de los ataques. Sin embargo esta situación no duraría mucho. Todo tiempo glorioso llega a su fin y el de los demonios estaba a punto de acabar. El causante de todo sería uno de los nietos de Satanás. Pues era conocido que eran pocas las veces en las que el demonio original se dejaba engañar por una de sus creaciones; pero en determinadas circunstancias se daba lugar y de uno de estos echos nació el padre de Meil que a su vez le engendraría a él. El demonio de la perdición. Ese fue el principio del fin. Aunque no nos dejemos engañar no toda la culpa es de Meil. Las fuerzas empezaban a escasear entre los demonios y tanta soberbia había echo que se dejará de mejorar las defensas, debilitandolas. Pero es cierto que sin la gota que colmó el vaso, jamás habría habido destrucción. Pues sucedió que cuando la joven criatura tenía 16 años ya era igual de tenaz y de determinante que ahora. Pero eso sí, tenía un corazón más puro que el mismísimo oro. Los ángeles artos de ser incapaces de entrar en la fortificación habían decidido desviar el ataque a un flanco y penetrar por el otro. Era la misma estrategia que habían intentado mil veces y siempre con fracaso pero esta vez tendría sus frutos. Fue una nueva derrota estrepitosa, pero hubo una única direfencia. Una grieta, una diminuta grieta en la muralla que les llevaría a la runia. Esa grieta marcaba el echo de que su torpe orgullo les conduciría al fracaso.

En el reino de los ángeles había llegado alguien nuevo al mando, un ser creado por las más puras fuerzas de la naturaleza. Afuro, como era conocido entre los humanos. Se decía que era listo como él solo y no tardaría en demostrarlo. Él había estado en la última derrota de los ángeles hacía unos días donde misteriosamente había muerto uno de los antiguos lideres. Era curioso el echo de que Afuro, había contribuido mucho a esa muerte y de misteriosa para él no tenía nada. Aprovechando que los 4 hombres encargados de proteger a su escelencia habían salido en busca de la victoria con un simple gesto de su espada había atravesado el craneo de su ingenuo superior. Su mano había tapado su boca para evitar que gritará y una vez sus ojos naranjas se habían apagado solo tuvo que retirar su espada y huir de allí. Incluso hoy cuando lo recordaba le entraban las siniestras carcajadas que había soltado en su momento. Su padre había muerto por fin y él era lider.

De pronto la puerta de su blanco despacho sonó. Alguien había llamado provocando eco en la estancia

-Pasa- Dijo el chico cansado. Se encontraba sentando en una mesa de marmol donde un tablero con piezas representando a los demonios y a los ángeles, así como una maqueta de la gran base de los demonios cubrían el espacio. La puerta de pura madera se abrió y un joven ángel de finos cabellos dorados entró en la habitación. La estancia era enormemente espaciosa, las paredes eran blancas a juego con sus alas, el suelo estaba formado por baldosas de marmol de colores negro y blanco formando algo parecido a un tablero de ajedrez. En el centro había una fuente que era la figura de un ángel con una lanza en la mano por la que en los ojos de esta caían dos cascadas de agua.

-¿Qué querías?- Dijo el chico mientras seguía colocando las piezas, no le cuadraba. Había provado mil y una formas de atacar la base y nada, ninguna daría exito pero... Quizás. Sus ojos se abrieron como platos mientras movía velozmente a las figuras y las colocaba de otro forma.

-Así tampoco- Golpeó la mesa furioso, incluso para alguien con su intelecto esto se escapa y le superaba.

-Señor han llegado los informes de los ángeles- El ángel parecía más centrado en lo que Afuro hacía con las fuguras que en su propia misión de contarle los datos. De nuevo el ángel movió los muñecos y formó cuatro grupos que puso formando una cruz alrededor de la muralla enemiga.

-Bien comentemelos. De esta forma tampoco podemos hacer nada- Empezaba a perder la paciencia, ¿realmente era una base invencible, serían inútil cualquier intento? ¿En ese caso de qué servía intentarlo?

-Verás señor, nos han informado de al menos 58 bajas y 32 heridos. Además hemos perdido bienes armamentisticos de valor de 100 espadas, unos 150 escudos así como 220 kilos de balas y munición y bueno...- Afuro parecía no escuchar nada de lo que decía, solo eran más y más números, no importaba. Lo repondrían enseguida. Sin embargo eran incapaces de superar tanta defensa. Pareció desconectar de lo que decía mientras escuchaba el latir de su corazón, algo le decía que él podría con los demonios, debía hacerlo por el bien de su pueblo. Na eso no se lo tragaba ni el mismo. Él buscaba algo mucho más allá de algo tan simple. El reconocimiento de su propio Dios, dada su inteligencia y sus dotes para el combate, el soberano de todos no tardaría en reconocerlo como su igual si hacia todo bien. Un Dios, eso es lo que Afuro se creía y por supuesto estaba dispuesto a demostrarlo. De pronto algo que dijo el hombre le hizo abrir los ojos como platos.

-¡Repite eso!- Dijo muy alterado girandose y derribando con el brazo todas las figuras que había tardado tanto en colocar.

-He-Hemos localizado una grieta señor eso he dicho- El hombre sacó los papeles donde estaba indicado todo eso y Afuro se los arrancó literalmente de las manos. Comenzó a pasar las hojas como un loco mientras sonreía y cuando terminó de leerlo en segundos se quedó en silencio. El hombre que le acompañaba no sabía muy bien qué hacer, su superior había clavado la vista en la muralla donde le habían indicado la grieta y parecía estar pensando seriamente.

-Dime una cosa- Comentó de pronto casi sobresaltando al otro ángel- De los de la base, ¿cuál es el demonio que te parece más importante?- El ángel sonrió y señaló una pieza que se encontraba en el centro de la base, junto al que sería el trono de Lucifer. Sin embargo la figura del rey de los demonios no estaba en la base, el Diablo se encontraba en otro sitio oculto a los ojos de los ángeles y fuera de la base y de cualquier peligro, su valor no merecía correr riesgos tontos, a pesar de lo fuerte que eran las murallas del reino que había construido.

-Evidentemente el hijo de Lucifer señor. Él es el que esta al mando- Afuro sonrió.

-Me lo figuraba- De nuevo el silencio se hizo en la sala, solo el gorgoteo del agua destacaba como ruido.

-¿Esta usted planeando algo?- Preguntó abiertamente sin embargo no obtuvo respuesta. Era algo demasiado evidente como para preguntarlo, aquel ángel no es que fuera demasiado listo. Aunque en comparación con Afuro, ¿quién lo era?

-¿Y digame estos dos de aquí son su esposa y su hijo?- Afuro sabía perfectamente que lo eran pero quería oirselo decir al hombre. Por supuesto este se lo confirmó. Después Afuro lo único que hizo fue revisar tres fichas que contenían toda la información respecto a las personalidades de los tres muñecos señalados, su emisario esperó en silencio mientras él terminaba. Cuando pareció terminar sonrió de forma siniestra, era la misma sonrisa que había puesto cuando la sangre de su padre chorreaba entre sus dedos, por fin había encontrado la manera de hacer caer al más grande de los imperios.

-Escuchame bien lo que te voy a decir amigo. Acabo de encontrar la forma de entrar en la fortaleza, si todo sale como espero. Pronto estaremos riendonos y sentandonos en el trono de Lucifer.- El otro ángel esbozó una enorme sonrisa mientras Afuro empezaba a reir a carcajadas profundamente. Su plan no podía fallar, por fin conseguiría entrar en el lugar donde otros habían fracasado. Y todo gracias a ese desgraciado de su misma edad. Todo gracias a ese tal Meil.

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Dos semanas habían pasado desde aquella revelación que tuvo Afuro, la muralla había permanecido sin ataques en este tiempo tal como él había ordenado, pero ahora una elevada concentración de ángeles se disponía a realizar el ataque. Todos ellos tenían órdenes muy concretas de lo que debían hacer.

Al menos 2.000 de estos alados se colocaron en fila unos al lado de los otros, como hermanos que van agarrados de la mano al colegio, dispuestos al ataque. Había todo tipo de ángeles con brillantes y hermosas armaduras que intentaban impedir a cualquier precio la muerte de su portador. Estas ropas eran repugnantes muestras de su increíble prepotencia, brillantes como indicando la grandeza de los ángeles y su perfección, pero como estaba demostrado en los combates, todos estos brillos y colorines lo único que hacían era hacerles más facil el trabajo a los demonios que les costaba menos apuntar a los alados. Algunas inmensas catapultas estaban ocultas al fondo, ellas tendría un papel muy importante en esta batalla. Todos ellos tenían como objetivo una única cosa, golpear la pequeña grieta que cubría esa parte de la muralla. Por su parte los demonios tenían otros tantos soldados preparados en la muralla para abrir fuego en cuanto alguno de ellos se atreviera a cruzar lo más mínimo el limite de la ciudad. El propio padre de Meil junto a su esposa estaban presenciando a lo lejos el duelo que estaban a punto de tener lugar esperando una nueva victoria de los suyos. Tanto el como la reina podían ver todo desde el inmeso castillo, que sobresalía como único edificio más alto que la muralla. Era de una belleza soberbia, una edificación explendida formada por cuatro torres terminadas en pico que rodeaban a una central mucho más alta. La alta era de color rojo penetrante, mientras las otras eran blancas y negras. Lucifer había echo maravillas aquí abajo y este castillo era una de ellas.

-¿Por qué atacar por ese lado?- Pensó el soberano de los demonios de esa base mientras esa infinitud de alas empezaban a batirse en el cielo impacientes y una escalofriante música, así como el ruido de pisadas se formaba, la batalla iba a comenzar. Afuro, como lider de todos alzó una brillante espada que había servido para acabar con su padre hacía apenas unas 3 semanas y que según él les conduciría al exito una vez más.

-¡Soldados!- La música paró de golpe y todos se callaron para escuchar sus palabras. El fuerte eco de la cueva hacía llegar las palabras también hasta los hombres de Lucifer que esperaban impacientes.

-¡Todos conoceis el plan! ¡Estas sucias criaturas han desafiado la supremacia de Dios, no son dignos de existir, osan mancillar el honor del todopoderoso diciendo falsas verdades sobre él! ¡Creen que desea someter a todos a su voluntad y no ven que la voluntad de Dios es la misma que la de todos!- Todos los ángeles gritaron a la vez eufóricos. Un glorioso casco cubría la hermosa cabeza de su lider y la armadura de combate de los ángeles tapaba cualquier punto debil de su cuerpo. Era relativamente hermoso, pero tanta perfección daba asco.

-¡Sí todo sale bien hoy! ¡Al final de la batalla los ángeles conseguiran restaurar el órden! ¡POR LA HONRA DE DIOS, ATACAR Y DESTRUIR!- Alzó su espada de nuevo y señaló la base con esta mientras un fuerte brillo fruto de las llamas inundaba el arma. Como respuesta un enorme rugir se formó en sus hombres y todos se lanzaron en trompa contra sus rivales. El camino pedregoso se vio inundado por pisadas, mientras a su vez El Cielo Negro era dominado por alas blancas que se alzaban burlonas a la vista de sus enemigos.

-¡Abrir fuego!- Los primeros tiros de los demonios consiguieron alcanzar a algunos de los voladores que cayeron inmediatamente contra el suelo. Los tiradores de la base tenían una punteria exquisita, si bien no todos eran veteranos experimentando en muchas batallas y con largas vidas militares, dado a que era díficil morir en la base, algunos novatos estaban entre sus lineas, pero estos no parecían ser menos diestros que sus compañeros. De pronto de la base una segunda nube de alas, esta de color negro, se alzó dispuesta a salir al encuentro de la primera. La mayoria de los demonios que la formaban sabía que su destino sería la muerte, pero para los pocos que consiguieran volver la recompensa sería mayúscula y aunque un demonio realizaba los actos por su puro amor a Lucifer, no venía mal una motivación extra. Las dos nubes se fundieron en un solo bando donde los choques de espada resaltaban. Flechas, disparos e incluso cañonazos cubrían todo lo que la vista podía alcanzar en un salvese quien pueda. Un par de ángeles lograron llegar hasta la piedra rota por la grieta. Lo habían logrado, habían pasado el campo entero y lo único que hicieron antes de ser arrasados por una lluvia de plomo fue golpear con sus espadas la grieta haciendola un poco más grande.

-Esta batalla es evidentemente un suicidio, jamás seremos capaces de vencer a estos seres del infierno, pero eso no es lo que necesitamos, no en esta batalla. Da igual las bajas, esa grieta tiene que hacer ceder la muralla.- Afuro levantó su espada y dio la orden para que las catapultas lanzaran las piedras, era una idea un tanto estúpida, sus ángeles aún volaban por el cielo y esas pedradas podrían llevarselo por los aires. ¿Tan poco importaban sus vidas? Realmente y por triste que pareciera, sí. Daban igual, eran solo peones en el juego.

-¡Seguir luchando!- Un certero disparo cruzó el corazón de otro de los ángeles provocando su caida al suelo. Otra nueva infanteria de ángeles se lanzaba contra la muralla y otras tantas espadas golpearon la grieta haciendola crecer.

-¡Los cazos!- Había llegado el momento, entre más de 20 demonios y con sumo cuidado traían dos cacerolas de al menos 50 metros de ancho por unos 3 de profundo llenas hasta arriba de lava. La lava podría fundir el cuerpo de los demonios y los ángeles que cayeran al suelo pedregoso. Pero era un sacrificio que debían tener en cuenta. Llevaron la primera hasta el borde de la muralla a la vez que un sin fin de choques de espada podía oirse por todo el furor de la batalla. La cacerola se volcó en su sitio y con ella gritos de puro dolor rebotaron desde las profundidades del camino. Los demonios y ángeles que habían caido, pero que aún no estaban muertos quedaron fulminados al instante. Era un arma primitiva de los demonios, pero muy eficaz. De pronto, las piedras de las catapultas comenzaron a llover sobre la ciudad. Golpeaban fuertemente los pocos bunques de los demonios. Sin embargo la dureza de estos les hacía estar seguros, jamás podrían romperlos. Salvo que hubiera una grieta... Como en este caso.

-¡De prisa el segundo cazo!- Las pedradas hacían saltar trozos de roca desecha tras los impactos. Los fuertes guerreros encargados de llevar la lava acercaron la cacerola al borde del precipio, y se dispusieron a dejarla caer sobre la otra parte del camino. Pero antes de eso una pedrada desviada de alguna catapulta y con algo de fortuna para los ángeles golpeó en el borde del cuenco haciendo que el hirviente líquido semifundido que contenía se derramará sobre los propios demonios. Los gritos de estar quemandose vivos sobresalieron por encima de lo demás. Una muerte muy dolorosa les llegó a los desafortunados encargados de llevar la lava.

-El fuego no es amigo de nadie- Se dijo a si mismo Afuro mientras su mirada se clavaba en la muralla. La grieta ya era enorme, casi se podía decir que habían conseguido partir la muralla, pero faltaba el último golpe.

-¡Vamos!- Empezaba a estar nervioso, cada vez eran menos las alas blancas que aún se mantenían en combate contra las alas negras, su tropas se estaban agotando. Dio de nuevo la orden y las piedras volaron como de costumbre. Estas rocas se estaban llevando por delante a los descuidados luchadores aéreos que tenían la desgracia de cruzarse en su camino. Una forma desagradable de morir era esta. Pensar que era como la mosca que quedaba aplastada por el matamoscas, algo indigno. La batalla paró de golpe. Lo que nunca había pasado ocurrió. La muralla cedió por un lado y por primera vez en mucho tiempo se formó un huevo por donde entrar. ¡Por fin lo habían conseguido!

-¡POR LA FAMA DE DIOS!- Gritó victorioso Afuro, en realidad aquello no era más que la señal que tenía que dar y entonces un grupo de ángeles entró por el hueco. Los demonios confundidos dispararon contra ellos intentando eliminarles e impedir que entraran en su fortaleza. Era la primera vez que en mucho tiempo que algo así pasaba, no sería suficiente para ganar pero si para lo que quería Afuro. Todos los ángeles fueron eliminados menos dos que consiguieron escapar y adentrarse dentro de la ciudad. Pero dos ángeles no podrían hacerles mucho mal o ¿sí?.

-¡HERMANOS ALADOS, DEBEMOS HUIR NO PODEMOS PERMITIRNOS MÁS BAJAS!- Esa era la otra señal e inmediatamente un motón de alas blancas se batieron en retirada, los ultimos fueron derribados sin compasión mientras desesperadamente intentaban volver con su lider para ponerse a salvo. Esto era muy extraño, ¿por qué huir cuando por primera vez tenían acceso a la ciudad? Igualmente su derrota era clara, pero no tenía sentido. Bueno al menos no para el padre de Meil que veía desde su trono la enorme cantidad de ángeles que habían sacrificado para nada. No, algo más debía estar ocurriendo y escapandosele a su atenta mirada pero... ¿Él qué?

Afuro estaba eufórico lo había echo lo había logrado, su plan empezaba a funcionar a las mil maravillas y el primer paso ya estaba completando. Había engañado a los demonios por primera vez como lider. No podía creer lo facil que había sido. Su bien empezaba a superar al mal de los demonios y si todo seguía así le esperaba grandes triunfos. Su plan había sido bastante sencillo. En realidad no había solo un grupo de ángeles sino dos, el enorme formado por aquellos dos millares que habían sufrido la derrota y un segundo de apenas 100 ángeles que se había separado del primero enormemente. Sus órdenes eran sencillas, esperar a que comenzará la batalla y los 100 que se encontraban separados del grupo se lanzarían intentando colocarse justo debajo de la muralla, siendo invisibles a la vista de los demonios que estaban arriba y lo suficientemente cerca de la pared para esquivar la lava que lanzaban. Una vez allí debían esperar a que la grieta se abriera. Luego lo siguiente era facil, intentar entrar dentro de la fortaleza. Para los pocos que lo consiguieran, les esperaba la última parte de su misión. Pero de eso ya serían conocedores después.

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Dos días habían pasado desde la batalla, el olor a gusanos era bastante notable fuera de la fortaleza e incluso dentro cierta peste llegaba a las calles exteriores. Los ángeles serían bellos por fuera pero por dentro parecían estar podridos. Los demonios supervivientes habían estado trabajando día y noche en limpiar los cuerpos y reconstruir la muralla. Un joven de 16 años vagaba por las calles alegre, conocedor de la fuerza de los demonios.

-Mira Wimy, mi padre consiguió la victoria de nuevo para los demonios, algún día yo les gobernaré igual que él- Meil era feliz en esta época, su dulce aspecto juvenil le daba un atractivo extra que en el presente había sido sustituido por su rebelde actitud. El viejo Wimy era algo más joven en esa época, pero sus ojos ya parecían cansado y su pelo empezaba a mostrar partes blancas.

-Así es Meil, eso esperamos todos- Unas risas escaparon de entre los gastados labios del hombre. ¿Qué su padre había ganado la batalla? Menuda tonteria, eran los hombres que habían muerto quienes habían empuñados las armas, eran ellos los que habían acabado con los alados y no el soberano sentado en su trono, aunque tampoco era prudente que su lider se arriesgará a ser eliminado si intentaba matar con sus propias manos a los ángeles. No, no podían perderle, pero sí que podían evitar decir que él había ganado las batallas. Hablando de este, el soberano se encontraba de pie en su estancia mirando por la ventana. Era la viva imagen de Meil, solo que bastante más anciano. Apenas había algunas diferencias con su hijo en sus ojos, que los había heredado de su madre y de su curiosa y bondadosa personalidad.

-Deberias descansar, llevas dos días despierto- El hombre se dio la vuelta justo a tiempo de ver a su mujer. La soberana de los demonios. Un ser bondadoso y misericordioso. Aún hoy el hombre se preguntaba cuál había sido la razón por la que esa envidiable hembra había acabado con él. Era díficil no pensar que había sido su poder lo que la había atraido a sus brazos, pero sus puros besos demostraba que entre ellos había amor de verdad.

-No puedo, aún no sé qué planeaba Afuro, no puedo descuidarme- Era cierto, ese misterio le comía la cabeza, ¿porqué Afuro había retirado a sus hombres?, no era posible que hubiera echo algo así. Es decir si atacaban la base buscando la victoria no deberían haberse retirado cuando más cerca habían estado en mucho tiempo, aquello contradecía toda logica y esto era el causante de su insomnio prologando. Y tenía motivos para estar preocupado, pues aunque él no lo sospechaba incluso ahora, 4 eran las personas que estaban en la habitación. Aunque a la vista solo había los demonios y eran estos otros dos. Seres ocultos que se habían colado en los aposentos y estaban esperando el momento para atacar, que llegaría pronto.

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La situación era muy distinta en el reino de los ángeles. Donde Afuro seguía en su habitación jugando con sus piezas. Miraba con sus ojos a la pieza de Meil y sus delicadas manos acariciaban la esbelta figura del muñeco. Estaba echo de un material parecido a la madera y era suave al tacto lo que hacía preguntarse al sabio ángel si el de verdad sería así. Aquel chico lo era todo para él. Al fin y al cabo en sus manos estaría su victoria o su derrota.

-Pequeño Meil, ¿cuánto más tardarás en darme el poder?- Otra vez sonó la puerta de su despacho. Si era otra vez el idiota de Nagumo lo mandaría matar. Estaba arto de ese estúpido, en estos dos días le había visitado 5 veces pidiendo malditos reconocimientos y logros. Que si él era el lider de otro de los escuadrones, que si estaban a la misma altura, bla bla bla. Estaba muy cansado de las pestes que echaba por su boca. Aunque por ahora tuviera razón, había algunos que estaban a su altura, al menos 3 que pudiera recordar, y también existían otros 2 ángeles que estaban por encima de él. Pero ya se ocuparía de igualar la balanza en su momento, ahora debía de terminar sus planes. Los dos ángeles que se infiltraron en la base no tardarían en volver con su tesoro.

-Pasa- Dijo recordando que aún alguien esperaba al otro lado, no era Nagumo por suerte, era el imbécil ese que le había comunicado lo de la grieta, solo por eso Afuro había consentido que siguiera con vida, quizás le traía suerte aquel desgraciado de alas blancas.

-Esto... Afuro aún no tenemos respuestas de los ángeles espias- Afuro sonrió sin nisiquiera mirarle a la cara.

-Es normal, tenían órdenes de esperar al menos tercer día. Para que las cosas estuvieran calmadas antes de actuar- Sus fríos ojos seguían estudiando meticulosamente la figura de Meil. Todos, pero todos los detalles estaban calculados por su inmensa mente, y no había posibilidad de error. No para él. Jamás había cometido un fallo en su perfecta vida y no iba a ser esta la primera vez. Odiaba que la gente le preguntará porqué tanta perfección, ¿no estaba claro? Un Dios es perfecto y él lo era, estaba seguro, pero por ahora tendría que esperar para demostrarlo

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El tercer día tras el ataque llegó, la mañana amaneció oscura. En realidad en el reino de los demonios no existía el día ni la noche naturales. La luz del sol no llegaba tan lejos. Pero usaban el fuego como luz artificial. Habían inventado un ingenioso método por el cual, una inmensa tapa se movía por inercia lentamente, tapando las llamas del fuego poco a poco. Cuando no había fuego, no había luz y por tanto, era de noche. Por el contrario, si la tapa se destapaba la luz iba volviendo y se hacía de día. Habían tardado 50 años en ajustarlo lo suficiente para que imitará, con un error de 2,34 milisegundos , el tiempo normal que dura la noche y el día. Pero ya llevaba 30 años funcionando perfectamente y seguiría así por si solo hasta que alguien se atreviera a destrozarlo. Una enorme ira se había apoderado del reino en esta mañana. En especial de dos personas. El rey y su hijo. Pues sus corazones y sus ojos lloraban incesablemente incapaces de contenerse. Este era, a gusto de todos, el único fallo que podían tener los demonios. La pureza. Eran seres tan bondadosos, que cuando alguien conseguía hacerles daño de verdad, no uno físico o un pequeño golpe mental, sino auténtico dolor emocional. Sus corazones se inundaban de sentimientos increíblemente dañinos. Se conocía de muchos caso de muerte por depresión entre sus miembros y tanto Meil como su padre sentían esto ahora en sus carnes.

-Sigo sin creerlo- Dijo Wimy que siempre acompañaba a Meil a todos lados. Él era digamos su ñiñera, su tutor personal. Estaba al cargo de su aprendizaje en aquel entonces e incluso él sentía pena por lo sucedido. El día hubiera sido completamente normal excepto por el echo de que la soberana había sido secuestrada. Sí, capturada por dos sucios ángeles. Estos habían aprovechado la oscuridad de la noche y por órdenes de Afuro habían atrapado a la dama de la fortaleza. Cuando el rey se había despertado alterado por los ruidos solo había logrado encontrar una nota en su alcoba que decía: ``Tengo lo más preciado para ti. Espera mi visita si lo que deseas es recuperarla´´ Tras eso todo el reino había despertado, pues el grito de rabia que había liberado las cuerdas vocales de su alteza había sido tan perturbador que había echo llorar hasta los niños de la ciudad. La ira de un rey puede ser mala, pero la tristeza de un soberano es aún peor. Esto era lo que sufrían tanto Meil como su padre, ira, rabia, dolor y desesperación. No querían creerlo, pero debían y todo por el bastardo de Afuro. Ambos juraron ante todo que no descansarían hasta dar muerte a ese tirano. ¿Quién se creía que era para jugar con la vida de ese ser bondadoso? Se conocía de la baja casta de los ángeles pero jamás se había pensado que podrían caer tan bajo como para recurrir a esta clases de secuestros. Los ángeles no tenían clase y cuanto más tardaran en desaparecer, más daño causarían al mundo.

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Afuro estaba temblando completamente, una sonrisa se había formado en sus labios que vibraban llenos de emoción. Lo había echo, había completado la segunda parte de su plan. Sabía que si había una parte que era complicada era esta. A partir de aquí todo dependía de él pero lo habían conseguido. Habían capturado a esa asquerosa demonia. Carcajadas llenas de regocijo y lujuria escaparon de entre sus dientes mientras se llevaba las manos a la cabeza envuelto en un extasis incapaz de ser comprendido por el idiota que le miraba. ``El ángel de la grieta´´ así era como había bautizadeo a su amuleto de la suerte y debía de ser de los buenos por que era la segundo buena noticia que le traía. Sus ángeles habían seguido bien las órdenes que tenían. Esperar al menos tres días y traer a la reina de la base. Tal y como él había calculado, la seguridad y la confianza de los demonios era tal. Que la seguridad en torno a sus lideres era escasa, su arrogancia era un punto debil que Afuro había explotado de maravilla habiendo conseguido como trofeo a la madre de Meil, una victoria brillante. Por fin pareció calmarse y observó por última vez la reconstrucción de la base a miniatura que tenía en su despacho. Hoy conocería a Meil y lo engañaría. Sí señor. Hoy él sería grande y los demonios pequeños. Hoy sus hombres arrasarían la base y él se sentaría satisfecho en el trono de Lucifer. En definitiva hoy sería un día glorioso para los ángeles.

-Bien Guzmos, parto inmediatmane hacía el infierno, necesito que prepares a todo el ejercito y que... Oh bah ya se lo diré a alguien más competente- Las palabras de su amo le hirieron, él era mucho más eficaz que cualquiera de sus mandados. Deseaba en ese momento apretar su cuello entre sus manos pero no podía ni siquiera responderle si quería seguir respirando, así que solo apretó con rabia los puños y dijo.

-Pero señor hace poco que se han enterado de la noticia estaran furiosos.

-Furiosos es una palabra que se queda corta. Nunca subestimes la ira que puede desatar la perdida de un ser querido- Decía esas palabras meintras parecía feliz de este desagradable echo

-Razón de más para que no se arriesgue a ir a su base, esos bárbaros no dudaran en matarle. ¿No debería esperar a que se calmen las cosas?- El perfecto ángel se detuvo y le dedicó una sonrisa a su imbécil amigo.

-Este es el mejor momento para ir, los sentimientos impiden a la mente pensar con frialdad, cuanto más tarde en ir, más díficiles seran de engañar. Debo partir raudo y ocupar mi sitio en el trono de los demonios. Recuerda esto Guzmos, hoy tu lider será doblemente lider- Los ojos del de cabellos dorados se abrieron como platos antes de que su señor desapareciera tras la puertas de marmol. Esta sería la última vez que ambos se verían, claro que en ese momento el chico lo desconocía por completo. ¿Quién le diría a él que más tarde su lider Afuro mandaría traerle su cabeza como adorno y recuerdo? Nadie, como era de esperar.

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6 horas y 33 minutos. Fue el tiempo que tardó Afuro en llegar hasta las puertas de la base del infierno. Tiempo más que suficiente para que el odio que todos los habitantes del reino sentían ahora por él fuese extremo, tras cocerse a fuego lento y extallar en algunas represalias. Tiempo suficiente para que Meil hubiera imaginado su cabeza en sus manos y una muerte dolorosa para el ángel en más de una treintena de ocasiones aunque Afuro sabía de sobra que se encontrarían y eso no ocurriría. Pero todo aquello debía de esperar. Un enorme ejercito como pocas veces se había formado, se encontraba en las mismísimas puertas de lo desconocido. Afuro se mantenía al frente de todos sus hombres y miraba a la base dispuesto a arriesgar su propia vida en beneficio de su especie. Dio unos cuantos pasos al frente en solitario mientras su tropas esperaban a sus espaldas con claras órdenes. ``Cuando la puerta se abrá por si sola, entrar´´ Esas habían sido las indicaciones del perfecto ser que ahora había detenido su avance en dirección de la fortificación, pues los demonios tenían a tiro su cabeza y sus armas estaban apuntado a su craneo. Casi a traves de su armadura sin casco. Ya que el rubio se lo había quitado y lo llevaba sujeto con el codo.

-¡He venido a ver a vuestro rey! ¡DEJARME PASAR ESCORIA!- Sus insultos les estaban dando más que motivos para apretar el gatillo, pero a ninguno se le ocurriría hacerlo. Su lider esperaba con ansias esta visita y lo único que hicieron fue abrir un poco la puerta y permitir que pasaran. Siempre atentos por si alguno de sus soldados alados se atrevía a intentar acceder a la base. Pero ni un solo movimiento se produjo en las tropas que esperaban algo lejos de su amo. Aún no era el momento. Afuro miró el interior de la base. Impresionante. No encontraba a pesar de su basto vocabulario otra palabra para definir aquel magnifico lugar. Decenas de demonios cubrían con su vista al chico. Podía leer el deseo de matarle en sus ojos. Hasta en los de las criaturas más pequeñas. Todos y cada uno de esos puntos rojos expresaban sin miedo alguno las ganas de poder acabar con su vida. Lo que solo hacía sonreir a Afuro, pues pronto ellos serían los asesinados. Por fin el ansiado palacio de los soberanos se alzó a sus pies. Un fuerte color rojo cubría la puerta llena de mosaicos y dibujos arcaicos de demonios primitivos. Empujó con fuerza la puerta y entró dentro de la lujosa edificación. Un enorme pasillo de columnas interminable se alzó a su vista. Más y más figuras de sus rivales adornaban las fachadas. En el fondo a lo lejos había un trono donde el rey esperaba impaciente que cruzará hasta él. Seguramente ya hacía rato que le esperaba. Caminó despacio, sabía de ante mano lo que le esperaba unas cuantas columnas más adelante pero aún así quería disfrutarlo. Tras llegar a la zona que él más o menos calculaba y como estaba previsto un joven de 16 años saltó delante suya de detrás de una columna y empuñando una espada amenazó a su cuello.

-¿Qué haces?- Fingió haberse sorprendido Afuro. Esto estaba más que previsto por él. Aquel era Meil. Cuántas veces no había deseado verle en persona, bien pues por fin le tenía ante sus ojos. Era mucho mejor de lo que esperaba y un agradable aroma a miedo y rabia invadía por partes iguales sus ojos. Era peculiar el joven. Lo cierto es que Afuro tenía su edad más o menos y de entre todos los demonios le había elegido a él como su rival. ¿Por qué? No solo porque él sería el causante de la destrucción de los demonios, claro que no. Sino porque de entre todas las figuras de su despacho la de Meil parecía ser la del demonio más listo. Era aburrido ser un genio entre seres normales. Una manzana sana entre las demás podridas. La soledad es mala y el cerebro tiende a evitarla, en el caso de Afuro creando en Meil una falsa imagen de un rival digno. Puede que ahora no, pero esperaba algún día poder luchar con él de igual a igual y ese era uno de los pocos deseos que le impulsaba a venir en persona al castillo.

-¡Te mataré... Te mataré!- Gritó Meil, acto seguido amenazó con darle una estocada, haciendo retroceder un poco, a Afuro. El ser ángelical, simplemente sonrió y pasó como si tal cosa por su lado. El chico sólo se mantenía en pie respirando agitadamente, aún no estaba preparado para esto. Sin embargo cuando el lider de sus rivales llegó a su oido le dijo las palabras que tan bien había estado ensayando con el muñeco del chico desde hacia varios días y sus labios se morían por pronunciar.

-Si deseas acabar conmigo espera a que hable con tu padre. Podrás traerles de vuelta a la base si haces lo que te digo. Te estaré esperando detrás de la puerta principal de la base. Cuando creas que es el momento abrela. Prometo no matarte y te devolveré tanto a tu padre como a tu madre pero debes abrirla.- El discurso le había quedado más largo de lo que había esperado. Pero había dado el resultado que esperaba, el chico había caido completamente de rodillas abatido al suelo mientras en su mente aún analizaba las palabras que acababa de oir. Afuro... Él moriría entre sus manos, ese era su destino. Abriría la puerta, sí abriría la puerta y lo mataría. Eso pensaba hacer.

Tras su encuentro con el mocoso demonio, nada se interpuso en el camino del chico que debía librar su siguiente batalla contra el rey de todos sus rivales. Se detuvo junto al trono y ambos lideres se miraron a los ojos. Determinación, miedo y odio. Todo presente en las retinas de ambos. La mirada del lider lo llamaban

-Tienes muchas agallas para venir aquí tú solo sin ni siquiera uno de tus soldados sabiendo el daño que me has echo- Su tono era irritante. Si no fuera por que sería inútil, hace rato que sus frias manos hubieran ahogado el cuello de Afuro, pero si hacía eso tendría mucho que perder. No, debía comporse como un buen demonio. Afuro sonrió dejando ver sus blanquezinos y perfectos dientes.

-Sé que no me harias daño, no te importo yo pero sí tu esposa y para recuperarla debes hablar conmigo ¿me equivoco?- El soberano dio un fuerte golpe con su brazo izquierdo en el trono.

-¡No te pases de listo conmigo!- Parecía que en cualquier momento podía perder los nervios. Debía de tener cuidado, no olvidaba lo peligroso que era estar en la base de los demonios, si ahora moría todo sería inútil.

-Dime ¿qué quieres a cambio de ella?- Preguntó el hombre aunque desgraciadamente hacia horas que ya sabía la respuesta. No deseaba oirla de la boca del rubio pero eran inevitables sus palabras. Cuando llegaran le cortarían la piel del corazón a tiras, todo era muy complicado.

-Es evidente, no quiero otra cosa que no sea a vos- Sonrió una vez más aun a riesgo de perder su propia vida, no podía evitarlo estaba feliz de saber que todo estaba saliendo a las mil maravillas. El hombre del trono cerró los ojos. Lo sabía, sabía que diría eso y aún así ¿porqué le costaba tanto aceptarlo? Ahora la otra duda que había estado deborando su tiempo le llegó una vez más a la mente. ¿Debía decir que sí? Por supuesto que no; pero iba a hacerlo, su amor por su esposa era mayor que cualquier otra cosa y no le importaba si por ella, debía de entregar su imperio o su vida. Solo una cosa podría hacerle dudar, Meil, pero evidentemente el moreno no jugaba ningún papel en su decisión así que nada impedía su respuesta.

-No puedo negarme y lo sabes. Dime las condiciones del intercambio- Afuro sonrió por tercera vez feliz, después se rascó la barbilla como pensando. Un gesto enormemente falso porque él ya conocía de sobra la manera en que harían el intercambio desde hacia bastante tiempo, pero quería fingir ante el soberano que evidentemente no se tragaba la farsa.

-El intercambio se llevará a cabo a traves de la grieta. Vuestros hombres derribaran la pared igual que la última vez logró hacer mi ejercito. Tú caminarás por la grieta y a su vez nosotros soltaremos a tu esposa. Evidentemente una vez estes en nuestro poder atacaremos la base, no mataré a tu mujer, eso puedo asegurartelo pero no puedo prometerte nada en cuanto a ti.- El hombre se quedó callado unos segundos. Este era el momento más importante de todo el plan. La decisión del monarca condenaría a los suyos para bien o para mal. Si decidía sacrificar a su mujer y que no podía hacer eso, Afuro moriría en sus manos segundos después; pero si decidía lo contrario sería el propio rey el que moriría. Era en este momento cuando los nervios habían afectado a Afuro por primera vez en mucho tiempo. No sabía si era demasiado tarde, si la herida del soberano había cicatrizado lo justo para que su mente pudiera pensar con la suficiente frialdad podría salvar a todos los suyos. En caso contrario él sería un Dios.

-De acuerdo- Inmediatamente después el corazón de Afuro empezó a latir a una velocidad de vertigo. Finalmente él lo había conseguido. Acababa de vencerles a todos y burlarse de ellos en su misma cara. Solo tenía que esperar que los acontecimientos se desarrollaran y él ganaría. Como dirían los humanos ``Game Over´´. Todo por fin había acabado. Asintió y se dio la vuelta procurando que el rey no viera lo tremendamente emocionado que estaba. Tenía unas ganas incontrolables de reirse, pero debía aguantar ya tendría tiempo de hacerlo. Comenzó a andar con paso firme sin despedirse del otro ser y por los pasillos se encontró con Meil de nuevo. Aún estaba en el suelo sin haberse movido lo más mínimo pensando en las palabras de Afuro. Aquello era bueno, muy bueno.

Media hora despues todo estaba preparado. Los hombres del monarca habían derribado las construcciones que estaban haciendo sobre la grieta y habían liberado el hueco de la pared. A este lado estaba el monarca de los demonios junto a estos. Al otro lado estaba Afuro y su querida esposa que pronto estaría libre. Por su parte Meil y Wimy habían ido y se mantenían en pie delante de la inmensa puerta principal de la base. La mirada del chico parecía ida y al hombre le preocupaba mucho.

-¿Qué te pasa Meil?- Dijo con una voz calida. La respuesta del chico fue torcer lentamente la cabeza, casi como a golpes y sonreir de forma siniestra.

-Que hoy mataré a un hombre- El viejo saltó hacia atrás. ¿Cómo un demonio se atrevía a decir esas palabras? Era horrible, una blasfemia.

-¡No puede ser!- Gritó asustado ante la locura de su protegido

-Sí, sí puede ser. ¡Hoy Afuro morirá en mis manos!- El hombre no podía creer la locura que se había apoderado de Meil. Su juicio se había desvanecido completamente, algo que por supuesto Afuro esperaba. Pero Wimy no le dejaría, no permitiría que su protegido manchará sus manos con sangre y lo haría a cualquier precio.

El intercambio había comenzado. El soberano andaba lentamente por el camino de piedra de su reino dejando a sus espaldas a casi todos sus hombres. Era una de las pocas veces que había salido de la ciudad y la primera que andaba por ese camino. A su vez los dos grandes bandos se miraban. Un enorme ejercito de demonios en frente de un enorme ejercito de ángeles. Sus pasos eran pesados. Sabía que en cuanto se cruzará con su esposa un disparo le volaría la cabeza. La mujer caminaba hacia él. Enorme lagrimas cubrían sus puros ojos. Su marido estaba sacrificandose por ella. No quería pero ahora era tarde, si se detenía podían matar ambos y eso él no se lo perdonaría. Continuaron andando hasta que ambos se encontraron. Ni siquiera se miraron. Era mejor evitar la tentación de tirarse a los brazos del otro, los dos sabían que no podrían resistirlo. Era triste pero cierto. Entonces uno de los ángeles preparó el rifle. Afuro sonreía de forma desagradable al igual que todos en sus filas. Él lo sabía, sabía que estaban a punto de matarle. El ser de alas blancas levantó el arma mientras continuaba andando a paso lento, ¿a qué esperaba? ¡Debía disparar ya! Por fin el sonido de su tiro rebotó en forma de eco a traves de la cueva. Todo había terminado. Su mandato sobre los demonios había acabado... Pero no, no estaba sangrando, él no.

-¡NOO!- El hombre se giró justo a tiempo de ver caer a su mujer muerta, una ira más grande que cualquiera otra invadió sus ojos rojos a punto de estallar. Giró de nuevo la cabeza para encontrarse de cara con la sonrisa en la cara de Afuro que le miraba contento con sus ojos naranjas. Entonces lo comprendió todo, comprendió el engaño. Afuro había dicho que ``él no mataria a su esposa´´ Pero jamás dijo nada de que no lo harían sus ángeles. La ira de haber sido estúpido le hizo lanzarse a la carrera contra Afuro. Sus portentosas alas negras se estendieron gloriosas en el aire en segundos. Una velocidad increíble era la liberada por sus músculos, pero Afuro no parecía ni inmutarse, lo único que hizo fue desenfundar su espada con la que había matado ya a uno de los lideres de los ángeles y levantandola el propio rey se la clavó en el pecho en su intento de alcanzarle. Antes de morir ,sus ojos rojos pudieron ver la cara de alegria que inundaba el rostro de Afuro. La peor de las visiones para ese demonio antes de cerrar sus ojos para siempre.

-¡ATACAR!- El grito del lider de los ángeles hizo a sus hombres lanzarse contra los sorprendidos demonios. ¿Qué iban a hacer sin su lider?, nada más ni nada menos que intentar defenderse. La última batalla de la base había comenzado. Una batalla que a pesar de todo y hasta el momento, los ángeles no podían ganar. Los demonios seguían siendo invencibles detras del muro. Flechas y espadas volaron como de costumbre en otro intercambio de ambos bandos. Pero Afuro no se quedó para contemplarlo. Le esperaban en otro lado así que extendió sus alas y voló hasta situarse delante de la puerta principal de la base. Donde otros tantos soldados (los que antes habían venido con él) permanecían inmoviles esperando algo que no tardaría en pasar.

Dentro Meil trataba de librarse de Wimy, el hombre le había agarrado en un intento por detenerle.

-¡Sueltame debo abrir la puerta, Afuro me espera!- Tenía que hacerlo, ese bastardo le estaba esperando en el otro lado. Pero el viejo no quería soltarlo, no debía.

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Wimy hizo una pausa en la historia que estaba contandole a su aprendiz.

-Si hubiera conseguido agarrar lo suficientemente fuerte a ese demonio nada hubiera pasado. La base era fuerte y aún sin lider, los ángeles hubieran sido derrotados.- La chica asintió, era increíble lo que estaba oyendo, ese anciano hombre era historia en estado puro, pero aún no había terminado su relato.

-Pero no pude, él me golpeó- Señaló la parte de su vieja cabeza que había sido golpeada aquel día...

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El golpe de Meil le había liberado. No sabía si lo había matado o solo estaba inconsciente pero le había soltado de pronto, él no quería hacerlo, había sido sin querer. Había intentado librarse del anciano y en el forcejeo le había golpeado con la parte trasera de su espada. Daba igual en ese momento, ahora estaba libre y debía abrir la puerta para encontrarse con Afuro. Corrió hasta los mecanismos de poleas que sujetaban la cuerda, un guardia estaba delante de estos.

-¡Quieto, no me importa que seas el hijo del lider no te dejaré!- El hombre se dispusó a sacar su espada, pero antes de eso, Meil volvió a cruzar la cara a otra persona con el mango de su espada e igual que Wimy el demonio cedió de espaldas. Ahora tenía via libre para vengarse. Un rápido corte y la cuerda que mantenía cerrada la ciudad cedió. Era curioso pensar que esa cuerda había condenado a todos. Un simple trozo de tela tenía el poder de detener a los ángeles o proclamarles victorioso y como ahora vería Meil, en este caso sería lo segundo. Los ángeles que fuera esperaban sonrieron al ver bajar la puerta lentamente.

-¡Tirarle ``eso´´ chicos, un trato es un trato!- Todos los ángeles rieron conformes y se lanzaron a por la base, a su vez algo pasó por encima de la puerta volando. Meil esperaba detras de esta a que Afuro pasará pero el ruido que hizo esa ``cosa´´ al caer a sus espaldas le hizo girarse alertado. Inmediatamente sus ojos se inundaron de lagrimas y empezaron a llorar mientras su corazón se volvía negro como el carbón. No... No podía ser... Afuro dijo que... Recordó las palabras de Afuro antes de que el primer ángel pasará por la puerta y cruzará por al lado suya. Ahora todo estaba enormemente borroso para Meil, estaba como aturdido por el dolor de su corazón. Él también había sido engañado pues la cosa que había volado por encima de la puerta eran los cuerpos sin vida de tanto su madre como su padre. Estaban delante suya mirandole. Los había traicionado a todos y ahora había sido engañado. Afuro dijo que se los devolvería pero jamás dijo que con vida. Los ángeles pasaban por sus dos lados de forma difuminada y borrosa mientras los gritos de los ciudadanos de la ciudad empezaban a inundar su cerebro. La batalla era ahora por dos flancos y ya era imposible de ganar para los demonios. Afuro lo había echo, había ganado y su misma espada, que hacia escasos minutos había atravesado la piel de su padre, atravesó la del confundido Meil por la espalda. No era un golpe mortal, pero si doloroso. El siniestro ángel puso su cabeza sobre la espalda de Meil que soltaba pequeños gritos de dolor.

-Muchas gracias, sin ti nada hubiera sido posible, tú me has ayudado más que cualquiera de todos mis ángeles juntos. Meil mi plan no podía fallar. Todo estaba planeado y desde el momento en que nacistes llevabas escrito en la frente la palabra destrucción. Tú y solo tú eres la escoria de los demonios. Y para tu mayor dolor no te mataré ahora, disfrutaré viendo como te pudres tú solo- Sacó la espada llena de sangre del cuerpo de Meil al que le costaba respirar y que cayó confuso de rodillas y junto con los ángeles que seguían entrando por docenas. Se lanzó hacia el castillo de la base.

Por su parte el chico se arrastró. Todo lo que había dicho Afuro era cierto, las lagrimas se mezclaban con la sangre a la vez que la desesperación de intentar alcanzar los cuerpos sin vida de sus creadores le inundaba. Otra vez volvió a arrastrarse dolorido y extendió la mano lo justo para agarrar la de su madre. Aún estaba caliente. No le hubiera importado si hubiera estado fria, pero ¡aún estaba caliente!

-¡AAAAAAAAAAAAAGGH!- Su gritó de rabia pudo oirse por encima de todos los otros ruidos que reinaban en la ciudad. Madre, padre e hijo. Todos derrotados por el intelecto de un cruel ángel. Por el mal. Dicen que el bien siempre gana, hasta ahora Meil lo había pensado así pero esta derrota dejaba claro que ese refrán era una estupidez, todos habían perdido hoy y Afuro lo disfrutaría por siempre.

Por su parte Afuro se había lanzado como un loco al interior del palacio y había corrido por su largo pasillo hasta llegar al bello trono. Ahora sí, ahora era el momento. ¡Por fin podía reirse! Gloriosas carcajadas escaparon de su boca mientras giraba alegre sobre sí mismo para finalmente caer sentado en el asiento real. Había echo lo imposible habían derribado la primera piedra en su camino. Había vencido la muralla invencible y había conquistado la fortaleza de los demonios. Le seguirían muchas otras del infierno, de eso estaba seguro. Pero ninguna sería tan importante como esta primera victoria.

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Wimy tosió un poco, estaba viejo y le costaba hablar tanto sin descansar. La chica que estaba a su lado permacía temblando. Era una historia terrible de oir y si a ella ya le costaba soportarlo, no quería ni pensar lo que Meil debía de sentir.

-¿Y qué pasó con Meil?- Preguntó la chica curiosa.

-¿Que qué paso con Meil?- El hombre sonrió amargamente- ¿Sabes cuál el sentimiento que invade al hombre después de la desperación? La ira. En el caso de Meil la mayor de las iras...

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El chico seguía agarrando fuertemente la mano de su madre muerta, no quería aceptarlo, no debía aceptarlo. Ese Afuro ahora se había convertido en la única obsesión de su vida. ¡La única y nadie, nadie destruiría a todos sus seres queridos nunca más! ¡No lo permitiríam no dejaría a otros hacer eso! ¡Ningún ángel volvería a hacerle daño!.. ¡NAAAAADIEEEE!

De pronto el brillo de los ojos del chico comenzó a volverse negro, negro mezclado con el rojo. Un negro que inundó su cuerpo a la vez que sus manos aumentaban de temperatura. Soltó a su madre temiendo quemarla. Pues su manos se habían puesto al rojo vivo, quemaban como la lava misma. El dolor por el espadazo del lider de los ángeles no había pasado pero su ira era mucho mayor que cualquier daño físico. Se levantó oscuro como el propio cielo. Su espada áun estaba a sus pies y se agachó a cogerla. El mango empezó a fundirse por el calor de sus manos. Era imposible de decir qué le estaba pasando a Meil, había cosas de los demonios que muchos desconocían y esta era una de ellas. Pero algo paso; de pronto el arma dejo de fundirse, ya no se derretía y de echo había empezado a recuperar su forma original. Era como si hubiera comunicado su ira a traves de la espada y no por encima de esta en forma de calor. Una inscripción se forjó en su hoja a la vez que se veía envuelta en llamas. Su preciada arma que le acompañaría a todos lados había nacido.

-¡AAAAAAA!- Gritó incapaz de controlarse, había dejado de tener conciencia sobre sí mismo, la ira era lo único que le movía y se vengaría de todos. Ya no era demonio, ya no era más que un animal. Había oscurecido más que cualquier criatura de todos los reinos. Daba miedo, mucho miedo y sus ojos eran como los de la propia medusa, aquel que le mirara en ese estado acabaría muerto por su colera. No había amigos o enemigos. Solo gente a la que matar.

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-Y...- Dijo Wimy parandose. La chica le miró a los ojos, la curiosidad reinaba en sus bonitas y jovenes retinas. El hombre dudó, no podía seguir contandole más por que ni él mismo sabía lo siguiente que había pasado.

-Y... Lo que ocurrió con Meil sólo él lo conoce. Jamás se ha atrevido a contarselo a nadie. Un hombre furioso es un ser peligroso. Sólo él sabe las atrocidades que pudo cometer en ese estado. Lo único que puedo decirte es que jamás ha vuelto a ser el mismo. Y después de aquello el resto de ciudades fueron cayendo una a una. Sólo esta ha resistido el ataque de los invasores como la pirmera y original Devil Village; pero mucho me temo que no tardaremos en caer.- La chica bajó la cabeza. Ahora se arrepentía de haber preguntado todo aquello. Casi prefería haberse quedado con la duda antes de saber todas esas cosas.

-Historias como estas las hay a patadas, tenlo presente aprendiz.- La chica asintió y el hombre se marchó, seguramente a beber agua. Su garganta no podía más mientras la chica contemplaba desde la ventana el destructivo paisaje que había quedado. Costaba imaginarse lo glorioso que había sido aquello en su juventud. Pero ella lo sabía. La guerra no había echo nada más que empezar y tanto ella como muchos otros demonios y ángeles tendría papeles muy importantes que cumplir...

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Terminé este capítulo. Sinceramente quería meterle bastantes más cosas. Pero creo que hubieran sido demasiadas palabras. Espero que os haya gustado leerlo tanto como a mí escribirlo. Os dejo algunas preguntas que quizás os interese responder.

-¿Os gustó el cap?¿ Hubieras preferido que hubiera sido más largo o más corto?

-¿Los demonios perderan la guerra o seran capaces de recuperar todo lo perdido?

-¿Fue culpa de Meil todo lo ocurrido?

-¿Es Afuro demasiado listo? ¿Crees que acabará convirtiendose en un Dios?

-¿Qué crees que pasará ahora? ¿Meil llevará a la victoria los demonios o a un nuevo fracaso?

Para el siguiente capítulo hay preparadas algunas sorpresas, habrá una nueva batalla y esta vez apareceran más OCS así que espero que todos esteis atentos para ver lo que tengo preparado. ¡Nos vemos!