NADA DE ESTO ME PERTENECE, LOS PERSONAJES SON DE NICK, SOLO ME DIVIERTO ESCRIBIENDO HISTORIAS.

¡hOLA A todos! ¿Cómo se la han pasado en este año nuevo? ¡Espero que todas las uvas les sirvan para cumplir los anhelos que quieren realizar en este nuevo año! Y no se crean eso de que 2012 fin del mundo, son pamplinas. La profecia maya prevee la caída del Quinto Sol para el resurgimiento de un Sexto que propone un cambio en la jerarquía del cosmos. Traducido: bruscos cambios en las energías el universo, pero NO el fin del mundo.

Dejando de lado ese tema (del que casi todos hablan ¬¬) les traigo un nuevo capítulo de esta historia. No es corto, como pueden ver. Y espero que les guste :)

LovinANDLivinLife, ashley bravo. Muchas gracias por sus comentarios ¡Este capítulo va dedicado a ustedes!

Gracias: por los comentarios, las alertas y los hits :)


Capitulo 2.

Los Príncipes.

El enorme navío de madera relucientemente tallada y de divinas decoraciones azulinas rompía las olas en un zig-zageante movimiento mientras atravesaba el gran río. La bandera celeste que ondeaba orgullosa en la punta del mástil, llevaba la fina corona plateada amparada por la luna y sobre el océano; emblema por el mundo conocido de la Familia Real de la Tribu Agua del Sur.

Las pequeñas canoas se hacían a un lado cuando veían el barco pasar. Éste entró libre a la Sexta Ciudad, donde los guardias inmediatamente colocaron sus barcazas a ambos lados en una protección unánime. Siguió su rumbo hasta llegar al Palacio de Ayuntamiento. El Gobernador estaba en el umbral, acompañado de su esposa, y sonreían.

El barco se colocó justo en la entrada dejando colocar la rampa real, con alfombra roja. Por ella aparecieron una mujer delgada y alta, de mirada casi amenazadora y estrictos ojos analizadores de cada mínimo rincón. Llevaba un abrigo azul claro con un pequeño bordado blanco y la insignia de la Familia Real, como todos los sirvientes del Palacio. Su recogido peinado de cabello castaño no dejaba caer ningún solo mechón de la redecilla. Dos guardias parados firmes y con espadas en sus cinturones estaban escoltándola.

Dieron unos pasos en retroceso cuando una figurilla pequeña pero de gran porte apareció. Llevaba dos lindas trenzas nacidas en su frente y recogidas en un peinado tras su cabeza que dejaba caer el resto de su ondulado cabello marrón. El abrigo azul marino con precioso bordes decorados dejaba entrever el vestido de lana celestino y finamente diseñado. Los ojos azules y mirada seria, espalda recta; pasos lentos mientras bajaba por la rampa sin desviar en ningún momento la mirada del gobernador.

Éste se inclinó reverencialmente ante la princesa de diez años y cedió espacio para que pasara al Palacio.

-Es un placer tenerla en la Sexta Ciudad, alteza—dijo la esposa del gobernador, con una sonrisa.

-El placer es mío—contestó con su suave voz—He venido algo cansada, espero sepan disculpar mi ausencia mientras me retiro a mis aposentos.

-Pase majestad.

Katara fue entonces hacia la enorme habitación en la parte superior del Palacio destinada a los miembros de la familia real. Dejó que el sirviente abriera la puerta y ella inmediatamente se fue a la cama, donde se desplomó como una simple niña puede hacerlo.

-Majestad, eso no es correcto—dijo su institutriz, entrando también a la recámara con los mozos atrás que cargaban las maletas interminables de la princesa—Es de muy mala educación.

-Solo estaba algo cansada—respondió, sentándose de inmediato y viéndola sonriente—Discúlpeme.

-Ha llegado esta carta al Ayuntamiento antes que nosotros—le tendió el pergamino—Es para usted. Y otro más, aquí tiene.

Abrió uno de los rollos y lo leyó para sí.

Mi estimada amiga.

¡Me alegra saludarte de nuevo! Aunque sea solo en una carta. Perdona tardar tanto en responderte, pero no he tenido tiempo entre mis clases y mi recorrido por las ciudades en el Norte ¿Cómo van los tuyos?

¡Ah, no empieces a escribir! Te tengo una sorpresa. Mi padre me ha dado autorización de irte a visitar. ¿Te imaginas? ¡Podré ir! Y lo mejor es que solamente me acompañará la guardia real correspondiente y unas cuantas sirvientas ¡Soy feliz! Llegaré como al día quince después de la última luna nueva. Espero verte pronto.

Me despido, pues ya casi todo mi equipaje está listo ¡No sabes cuánto ansío hablar contigo como antes!

Atentamente:

Yue.

PD: Se me había olvidado, respondiendo a tu pregunta, no, mis padres nunca me comprometieron. Dicen que podré escoger al hombre con el cual casarme, pero que éste deberá cumplir con algunos requisitos. No sé nada más. ¿Por qué esa pregunta? ¿Acaso estás comprometida?

"No" pensó la princesa, y enrolló nuevamente el pergamino. Lo dejó sobre su cama, ya más contenta y después abrió el otro:

Adorada Hija:

Te escribo para hacerte saber que la Princesa Yue nuestra querida amiga vendrá muy pronto. Por favor, deja este viaje para después y regresa, sabemos muy bien que solamente viene a verte a ti. Te lo ordeno como reina… y como madre.

Te estimamos y extrañamos bastante. Esperamos ansiosos tu regreso. Tu padre el Rey dice que anhela saber todo lo que has aprendido y tu hermano desea que retomen sus juegos.

Nos veremos pronto tesoro.

Firma:

Tu madre, la Reina.

PD: ¡Ven tan pronto leas esta carta! Madre te extraña.

Katara inmediatamente se puso de pie y miró a las atareadas sirvientas sacando sus vestidos de las maletas y colocándolos en los armarios.

-Empáquenlos de nuevo. Nos vamos—ordenó, suavemente.

La institutriz la miró asombrada.

-¡No podemos irnos apenas llegamos! Sería mucha descortesía.

-La Reina y el Rey me piden estar en su presencia lo más pronto posible—aunque era una niña, Katara claro que sabía cómo, cuándo y de qué hablar a los demás, incluidos sus sirvientes—Da ese mensaje al gobernador y dile que venga pronto a verme.

La mujer salió inmediatamente y Katara se miró en el espejo. Acomodó un poco su cabello y sonrió. Tenía ganas en ese momento de tumbarse en la cama, dormir por horas y al despertar jugar por los pasillos del Palacio a más no poder. Claro que para eso no había tiempo. Al menos pronto volvería finalmente a casa. ¡Llevaba ya un mes recorriendo las demás ciudades! Estaba tan cansada. Había aprendido lo más rápido posible todo sobre las Cinco Ciudades visitadas y practicado el protocolo para hablar ante los políticos y nobles. No quería volver a saber nada de formalidades en un buen tiempo.

La puerta se abrió y por ella pasó el gobernador, humilde con la cabeza baja y dando una reverencia. Ella asintió y le dejó verla de frente.

-He de marcharme, han escrito los Reyes pidiéndome que regrese a la Ciudad Imperial. Espero que comprenda esto y me reciba de igual manera la próxima vez que venga—le hablaba formal y a la vez dulcemente. Una combinación que siempre cautivaba a los demás.

El gobernador veía a una niña y se esforzaba demasiado en recordar que aquella era la mismísima princesa y soberana. Solamente dijo:

-Es bienvenida cuando quiera venir, majestad.

-Gracias.

Él salió y ella después rumbo a su bote. Ansiosa, entró a él, se disculpó con la Institutriz y con la Nana y encerró en su camarote. Dejándose caer sobre la cama, sin importarle despeinarse o arrugar el vestido, Katara cerró los ojos y se dejó mecer por el vaivén de las olas.

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La Reina Kya miraba a través de la ventana los prados cubiertos de nieve y los ríos hermosos que se perdían como calles entre los edificios cristalinos de la ciudad. Esperaba tanto ver aquel hermoso barco donde su hija se había ido un mes atrás para estrecharla entre sus brazos, oír su risa rebotar entre las paredes, verla jugar animosa por los jardines y sus prácticas de agua-control

¡Cómo la extrañaba!

Instintivamente, una de sus manos se fue hacia el medallón en forma de luna llena que tenía siempre colgando de su cuello. Cerró sus ojos pensando en los espantosos días aquellos, en el pasado. Solía decir que ella misma lo había encargado al joyero real, pero era una mentira. Una grande.

Nadie en la Tribu ignoraba que la Reina había sufrido horriblemente durante su segundo embarazo. Pero nadie, ni el mismísimo rey, sabía la verdadera razón y lo que ocurrió a su esposa. Era un secreto que, según ella, se llevaría a la tumba. Aunque estaba consciente que quizá, pronto, habría de revelarlo.

Cerró los ojos viajando lentamente al pasado. Sintió su cuerpo rejuvenecer y el vientre hincharse como el propio de una mujer que ha esperado seis meses a un bebé. Había despertado esa mañana sintiendo que la cabeza se hinchaba y el cuerpo entumido. No podía moverse, batallaba demasiado para respirar y sudaba.

Su esposo, a su lado, inmediatamente se puso en pie y al tocar su ardiente frente mandó hablar a la Curandera Real. Ésta acudió y tras atender a la reina salió con semblante entristecido.

-Majestad, temo mucho decirle que la vida de su esposa y la del niño están en peligro. Mucho me temo, uno de ellos habrá de morir para que el otro pueda vivir—fue su veredicto—No desespere alteza, que haré todo en cuanto mi alcance esté para impedirlo.

La curandera dijo que la reina no se había repuesto bien de su primer embarazo y que, además, una especie de espíritu maligno había tomado posesión del bebé aún no nacido. Una maldición de carácter anónima enfermaba más y más a la soberana de la Tribu Agua del Sur.

No podía sentirse peor. Saber que tu hijo, al que no conoces, al que sientes en tu interior pero no has podido cargar, va a morir, es la peor de todas las noticias. Kya imploró noche y día a los espíritus que la salvaran, no a ella pero sí a su bebé.

Los síntomas empeoraron. No podía ya levantarse de la cama porque cada movimiento le dolía hasta los huesos. Estar recostada en la cama, con el peso del cuerpo hundiéndola en el colchón le era doloroso, le dificultaba respirar y aceleraba los latidos de su corazón. Siempre sentía calambres por los brazos y piernas, un intenso calor, escalofríos, dolor en la cabeza o en el vientre. Y a su pobre bebé removiéndose de una manera que la hacía agonizar, seguramente agonizando también el pequeñín.

Kya lloraba y rezaba y seguía sintiendo la vida esfumarse de ella misma. Ya no tenía energía ni para hablar, comunicándose con pequeños movimientos de cabeza apenas visibles y otros tantos de los ojos. Hakoda, devastado, acudía día y noche al divino Templo, rogando misericordia por él y su familia.

Hasta el pequeño Sokka que apenas tenía dos años cumplidos sabía que algo andaba muy mal. Hacía semanas que no le dejaban ver a su mamá, su padre estaba siempre triste sin prestarle casi nada de atención, y muchas mujeres curanderas entraban y salían de la habitación de los reyes. Solamente le decían que su madre estaba enferma, pero nada más.

Fue una noche espantosa en que Kya se retorcía en la oscuridad de su alcoba, apretaba los edredones y mitigaba sus gritos mordiendo las almohadas. Aún con todo eso la curandera dispuesta a cuidarla no despertaba. Intentó llamarla sin éxito, pues de su boca salían solamente gemidos.

Kya veía la luna llena y rogó, como nunca antes, misericordia para ella y para su bebé. El cuerpo entero se le acalambró, sintiendo los músculos contraerse de esa espantosa forma. El intenso calor, las náuseas contenidas y la debilidad más espantosa jamás sentida. Todo terminó cuando, de la nada, su pequeño bebé dejó de moverse dentro de ella.

No sentía ya nada de dolor ni de calor. Era como estar sana. Pero el niño en sus entrañas no se movía. Trató de animarlo, hablándole con suavidad, acariciando su abdomen, pero no respondió. Ella, como madre, era capaz de sentirlo. Simplemente lo sabía.

Lloró ahogando sus lágrimas con la almohada. Lloró por el pequeño bebé que ya no podría conocer ¿Por qué el mundo fue tan injusto con ella? ¿Por qué su bebé? ¡No era justo! ¡No, no lo era!

Entonces sintió una fresca brisa y una mujer cantando melodiosamente. Kya abrió los ojos cuando una mujer joven de cabellos blancos y largos, ojos celestes clarísimos y pálida piel entró a su recámara. Estaba vestida con unas simples telas brillantes de color azul y parecía flotar unos centímetros sobre el suelo. Se sentó a su lado, cogiéndole la mano, y acaricio con ternura sus dedos. La mujer, sonriente, le habló.

-No llores por algo que no es—le dijo con voz tierna—Tu bebé ha de nacer bien.

Kya trataba de no llorar y tras un tiempo se calmó. Uno de sus brazos seguía abrazando su vientre abultado, sentía la peor de las penas por su pequeñito.

La mujer entonces colocó una de sus blancas manos sobre el hinchado vientre de Kya e inmediatamente la reina sintió que la salud regresaba a su cuerpo. Vio asombrada una luz blanca desprenderse de la mano de aquella mujer, como devolviéndole vida. Retiró su mano y se paró.

-No durará mucho—le dijo—Pronto la enfermedad regresará. Hay muchos que se beneficiarán con tu muerte y la de tu hija.

Entonces, se quitó de su cuello un hermoso colgante en forma de luna llena. Era de una plata que resplandecía poderosa, con decorados dorados haciéndole una verdadera reliquia. Kya pudo estirar el brazo para agarrarlo con cuidado. La mujer le ayudó a colocárselo.

-Has de encomendar tu hija al Espíritu de la Luna y al del Océano, y cuando la bella princesa cumpla los dieciséis años, le darás este medallón. Nunca olvides este favor que te hemos hecho y no cuestionarás la vida que tu hija habrá de llevar ¿De acuerdo?

La desesperación de Kya era tal que con el medallón en manos le prometió todo ello a la mujer. Solamente el saber que su bebé estaba bien era suficiente para su frágil alma tan llena de dolor y angustias. Siguió llorando, ahora de felicidad, mientras la mujer de la nada desaparecía envuelta en un resplandor plateado.

Kya, con el medallón ya colgando de su cuello, se sintió mejor desde ese día, pero la bebé no se movía. Fue por ello que siguió en cama hasta el día del parto.

Fue el peor de todos. Sentía que su cuerpo se rompía y lo peor era la incertidumbre de no saber si su hija estaba bien o no. Se perdió en un estado somnoliento y, sumida en aquel sueño, fue capaz de escuchar el lejano y agudo llanto de un infante. Abrió los ojos sin ver nada y después uno de los curanderos apareció con el más diminuto bebé y más tranquilo de todos.

La preocupación era espantosa. Kya estaba demasiado débil para pedir o decir algo. En los días que tardó en recuperarse y en estrechar en sus brazos a su pequeña hija sintió como un agujero en donde debía estar su corazón.

Tener en sus brazos a la princesita le brindó el alivio que necesitaba. Acariciar sus mejillas, ver sus azules ojos y su tierna sonrisa le alivió el alma. Desde ese día nunca se quitó el medallón y solamente saldría de su cuello el día en que Katara cumpliera los dieciséis años, como había prometido a los espíritus.

Kya comenzaba a sentir que las cosas iban a ser realmente difíciles. Máxime cuando supo que Katara era maestra agua. Aunque su propio padre y el padre de Hakoda lo eran, de haber sido por cuestión genética Sokka también hubiese sido maestro. Para Kya la vitalidad de su hija, sus poderes, sus creativas ideas y la profunda devoción que tenía a los espíritus era algo más que pura coincidencia con los acontecimientos secretos de su nacimiento.

-¿Majestad?—Kya se exaltó y parpadeó rápidamente para regresar de su viaje al pasado. Miró a la tímida y delgada sirviente inclinada en el umbral de su recámara.—Su alteza el rey le habla.

-Iré en seguida.

Kya se puso de pie, la sirviente salió. Alisó su falta y después vio en el reflejo de su espejo su aspecto; se encontraba más que presentable. Puso el medallón bajo sus túnicas y salió rumbo al salón donde estaba Hakoda.

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La princesa Yue estaba sentada en un sofá leyendo unos pergaminos en sus manos. Aburrida, los enrolló y colocó en su sitio de nuevo, recostándose y viendo sus aposentos con fastidio "Katara ¿Porqué tardas tanto en venir?" pensaba la pequeña princesa.

La Tribu Agua del Norte era la hermana de la Tribu Agua del Sur. Ambas llevaba relaciones políticas excepcionales y más que dos pueblos siempre se consideraban uno solo. La enorme tribu norteña tenía la Gran Muralla y además doce ciudades aparte de la ciudad Imperial. Eran muy parecidas las Tribus, aunque con alguna que otra diferencia por la distancia entre ellas.

El Rey y soberano del Polo Norte se llamaba Arnook. Un hombre moreno y muy justo que se jactaba de ser un diplomático experto. Amigo íntimo de Hakoda desde que los dos eran niños, llevaba además una buena relación con Kya. Estaba casado con una dulce mujer, la Reina, que en su sumisa educación encontraba bastante placer viviendo encerrada en el Palacio sin ninguna participación política.

Así pues, era la única y bella hija de ambos, la princesa, la que tenía una participación diplomática semejante a la de su madre. Yue viajaba con su padre a pesar de tener solo doce años por el Reino Tierra y la Nación de Fuego. Desde que tenía seis iba constantemente al Polo Sur, donde acostumbraba jugar y charlar con su mejor amiga: la princesa Katara.

Comúnmente ambas princesas se comunicaban por medio de correspondencia. Empero, cuando una viajaba a con la otra, se la pasaban de maravilla. Usualmente no dejaban a Katara ir más lejos que las Islas Kyoshi al sur del Reino Tierra (Kya odiaba tenerla lejos de sí) y la pequeña solamente conocía al Polo Norte por las tres ocasiones que viajó allá con sus padres.

Pero Yue iba al Polo Sur una vez al año, y el lapso que duraba alojada en el Palacio dependía de sus padres. Estaba feliz porque en esa ocasión le dejaron permanecer todo el Invierno ¡Para que Katara se encontrara de viaje en la Sexta ciudad! No era justo.

Intentó leer un poco pero encontró la lectura de ese pergamino particularmente aburrida. ¡Qué condenación! Se paró y fue al tocador donde retocó su perfecto peinado.

Yue tenía el cabello blanco, porque cuando nació estaba enferma y su madre al consagrarla al espíritu de la luna supo arrebatarla a tan bello astro ese milagro; en consecuencia, quedó con el cabello blanco y ojos algo más claros.

La princesa norteña se orgullecía de deberle la vida al espíritu de la luna y era, realmente, muy hermosa a pesar de su joven edad. A sus doce años tenía largos cabellos entrelazados en un peinado elegante que no dejaba ni un solo mechón suelto. El cálido interior del palacio le evitaba usar abrigos, así que podía lucir el vestido morado claro a juego con azul marino tan hermoso y bordado en blanco; confeccionado por su madre y por ella misma.

Yue amaba los quehaceres femeninos, una diferencia impresionante con Katara. Le encantaba aprender a cocinar manjares, coser sus propias ropas, peinarse ella sola con elaborados diseños, dibujar y pintar debidamente, tocaba el piano, el violín y sabía cantar. Por no decir que, a pesar de saber bastante sobre política y economía, compartía con su madre un cierto placer en estar calmada en sus alcobas sin más interrupciones que los deberes primordiales.

Katara odiaba coser y cocinar, haciéndolo únicamente cuando se lo obligaban las lecciones de educación femenina. Siempre había preferido leer en vez de dibujar, hablar en vez de cantar; se la pasaba practicando su Agua-Control casi todas las tardes. A pesar de eso y de encantarle los debates, era muy recatada gracias a la espléndida educación de su Institutriz y madre.

Tratando de encontrar distracciones, Yue se puso el grueso abrigo azul y salió a uno de los jardines. El Primer Jardín, como lo llamaban usualmente, tenía en el centro una enorme explanada que usaban los Guardias para entrenar. Esa tarde, el Príncipe Sokka estaba en su centro, sosteniendo con ambas manos una espada negra y con su maestro enfrente, explicándole otros movimientos.

El Maestro Piandao era conocido como el mejor espadachín del mundo y el que el Rey Hakoda había escogido para que le enseñara a su hijo sobre ese arte. Ya desde pequeño Sokka había sentido pasión por la espada y encontraba mucho placer aprendiendo a manejarla.

-¡Más fuerte, Sokka!—dijo el maestro, empuñando él mismo un arma y usándola para atacar directamente al heredero—¡Domina siempre a tu enemigo!

Yue cruzó las dos manos frente a su cuerpo y los miró atentamente. Sus gráciles y precisos movimientos, sus sentidos atentos. Un verdadero arte.

Pero Yue no solo estaba atenta a los precisos movimientos del príncipe. También veía en él sus facciones; aquella nariz tan recta, tan perfecta que se asomaba sobre su rostro moreno de piel lisa. Esos labios apretados en señal de concentración. Ese ceño fruncido mientras más fuerza usaba. Y esos ojos azules tan intensos como el mar, profundos, que ella siempre admiraba en silencio.

Se sentó en una de las bancas colocadas al lado de la explanada y ahí se quedó viendo. El viento estaba helado y apresurada por salir del palacio no alcanzó a ponerse los gruesos guantes de lana ni la bufanda. Tuvo que meter las manos, cada vez más frías, en los bolsillos del abrigo y encogerse un poco para proteger su cuello.

"Ya sabía que debía cambiarme el vestido de verano" pensaba con lamento, pues lo que menos quería ahora era alejarse de Sokka. Él andaba con su uniforme de soldado, ligero y poco abrigador, lleno de sudor por el ejercicio. "Quizá si me pusiera a correr ahorita el frío de las manos de va" seguía pensando, pero no era de una princesa, linda y educada, fina y culta, echarse a correr por los jardines en un día nublado. A lo sumo, ejercitarse en los gimnasios acondicionados donde ningún guardia o sirviente las viera "¡No quiero entrar!"

Cerró ambas manos en dos puños. Las puntas de sus dedos gélidas. Y se imagino bajo el sol inclemente de las cálidas costas del Reino Tierra. La ayudó mucho.

Hasta que una persona puso sus dos enguantadas manos sobre sus ojos y le susurró al oído.

-¿Quién soy?—la aguda voz forzada a ser grave no impidió que ella la reconociera. En cualquier lado lo haría.

-¡Katara!—y retiró las manos de sus ojos entre risas—Ya sabes que a mi no me engañas.

La princesa apareció entonces frente a Yue, luciendo sus trencitas colgando por ambos lados de su cara, ojos azules y enorme sonrisa. Llevaba un grueso abrigo, bufanda y visiblemente un vestido de invierno. Se abrazaron con fuerza.

-¡Oh Yue, cómo te extrañé!

-¡Y yo a ti!

Ambas niñas se dieron las manos.

-¡Pero si estas helada y pálida!—exclamo la más morena con susto—Vayamos al palacio a que te calientes.

-Eh… no quisiera.—dijo en voz baja, viendo de reojo a Sokka aún entrenando.

Katara que comprendía aquello perfectamente le sonrío con picardía.

-Mis padres quieren hablar conmigo y con Sokka más tarde, y su entrenamiento acaba en un cuarto de hora. En lo que entras en calor ya estará en su alcoba.

-¿Segura?

-¡Completamente!

-Bueno…

No esperó más y la jaló bruscamente para meterla a los cálidos pasillos. Yue inmediatamente entró en calor, quitándose el abrigo y acomodándose al lado de Katara en la sala de juegos. Con muñecas en mano, charlaban.

-¿Y porqué me preguntaste si estaba comprometida?—preguntó curiosa la norteña—¿Acaso tus papás te han prometido?

Katara bajó la cabeza.

-No oficialmente—respondió—Pero escuché una vez a mis papás diciendo sobre un hombre con el cual prometerme.

-¿Y cuál es?

-No lo sé… hasta donde sabía era maestro aire, creo.

-¿Y cómo sabes todo eso?

-Los escuché escondiéndome atrás de la puerta. Según entendí, pensaban hacerlo, pero no lo hicieron por prudencia. Mamá no quería prometerme.

-¡Eh hizo bien! Mi padre siempre dice que una debe escoger con quién casarse—respondió Yue con solemnidad—Y mamá lo apoya.

-No lo sé. Creo que es papá quien quiere casarme—se notaba tristeza en la voz de Katara—Cuando lo acompañé al Reino Tierra conocí a una princesa de siete años que ya tenía prometido.

Yue se cubrió la boca de la impresión.

-¡Mentira! ¿Cómo pueden ser los papás tan desconsiderados?

-¿Y yo que sé? Solo espero que papá ni mamá piensen en casarme, soy aún muy pequeña.

-Para mí que has malentendido la conversación. Ellos te quieren mucho.

-Lo sé—y después cambió de tema—¿No te la habrás pasado pensando en mi hermano todo el verano verdad?

Yue se sonrojó toda.

-¡Qué cosas dices!—y bajó la cabeza.

-Para mí que vienes a verlo a él más que a mí.

-Katara, no digas tonterías.

-Sabes que nuestros padres adorarían que se casaran.

-Eso no importa. La elección es de él.

-También tuya—replicó la morena.

La peliblanco enmudeció.

-Creo que el destino lo dirá—fue su veredicto.

-Sí.

La puerta se abrió y por ella apenas asomó medio cuerpo de Sokka. Con rostro de fastidio, habló.

-¡Katara, nuestros padres nos pidieron en audiencia!

-¿Audiencia?

Las dos princesas se miraron confusas entre sí. ¿Audiencia? ¿Tan formal? Verdad es que eran los príncipes herederos, pero para querer hablar con ellos de esa manera llena de protocolos debían querer algo, o presentarles a alguien.

-Ya voy—dijo Katara, poniéndose de pie.

-Apúrate, te esperaré en el pasillo.

Katara se quitó el abrigo y acomodó su vestido. Revisó en el espejo estar bien peinada y tras acomodarse unos cuantos mechones sonrió a su amiga.

-Vuelvo en un rato.

-Sí.

Katara salió y Yue se sentó, pensando en el futuro.


¡Final!

Vale, sé que no es la gran cosa pero al menos confío en que les guste lo suficiente para dejarme un lindo comentario :)

chao!