dieciséis.

No es hasta un año después, cuando vuelve a encontrarse con el chico.

Por fin se han pasado a las espadas de dos manos. Aunque a John no le gustan tanto como manejar una espada corta y un escudo. Probablemente es solo por el estilo de combate de John, ya que no tiene la agilidad de los chicos más delgados. Él se planta en el sitio y bloquea hasta que su oponente se agota, y entonces contraataca. Es diferente con una espada a dos manos. No puede simplemente sostener el escudo para bloquear, tiene que esquivar o desviar.

- Tienes un pésimo juego de pies – exclama alguien desde donde los demás están apoyados, contra la parte de atrás del edificio que alberga al gremio de los espadachines.

John se impulsa para ponerse en pie y entrecierra los ojos contra el sol para ver quien es.

- Deberías prestar más atención a tu flanco derecho – dice el chico y avanza hasta el borde del ring.

Está vistiendo el uniforme de un acólito, una maza ornamental tipo varita mágica colgando del cinturón. Ojos pálidos y cabello oscuro, John le reconoce al instante. Ha tenido sueños estúpidamente recurrentes con la forma en la que este chico olía durante meses, pero ya no puede olerlo.

Tal vez el año en Prontera le haya embotado los sentidos. Tal vez en primer lugar nunca vino de este chico.

El combate continúa con uno de los otros aprendices tomando el lugar de John. John sopesa la espada larga en una mano y se aproxima al acólito.

- ¿Y tú ahora eres un maestro espadachín?

- Nunca he tocado una espada – dice el chico. No puede tener más de quince años – Es obvio que sujetas un escudo con el brazo derecho y una espada con el izquierdo. Cada vez que alguien va por tu lado derecho, no te mueves lo suficientemente rápido.

- Creo que podría descubrir eso por mi mismo – masculla John.

- Y deberías de dejar de contenerte con el rubio flaco. No va a mejorar nunca si sigues poniéndoselo fácil. Eso sin mencionar tu debilidad por los pecos... aunque tiene sentido ya que prácticamente vivías en el desierto... pero el cocinero estará obligado a alertar que has estado robando de la cocina.

- Yo... - dice John - ¡Si son solo sobras! ¡Lo iban a tirar todo! ¿Cómo es posible que sepas eso?

- Ten más cuidado con los bajos de los pantalones – dice el acólito, mirando hacia abajo – Tal vez deberías considerar remendar la parte de atrás del cuello deshilachado. Es obvio que algo con pico ha estado mordisqueándolo.

John se sonroja y se toca la nuca.

- Nadie mira la parte de atrás.

- Yo lo hice – dice el acólito.

- ¿Cómo sabías que vivía cerca del desierto?

- El moreno de la muñeca no termina con la camisa. Tienes las clavículas pálidas. Solo las tribus del desierto oriental llevan pañuelos alrededor de la cabeza y los hombros, pero van sin camiseta para trabajar en los campos. Tu rostro es albertiano así que probablemente no eres del desierto oriental pero vivías en algún lugar donde tienen sus costumbres. Hacia el noroeste de Alberta encuentras diminutas aldeas en la costa. Cruzas el estrecho canal y estás en el desierto.

- Eso... - dice John - … eso es increíble.

El acólito sonríe por primera vez. Se le arrugan los rabillos de los ojos y realmente le cambia la cara. A John le gustaría verla más.

- John Watson – dice John, alargando la mano.

- Sherlock Holmes – dice el acólito, tocando brevemente la palma de la mano de John con los dedos antes de apartarlos.

- ¿No estás un poco lejos del convento, hermano? - pregunta John.

- En absoluto – dice Sherlock con una sonrisa.

Es entonces cuando Sir James sale por la puerta de atrás, sacudiéndose las migas de pan de la barba. Da una palmada con las manos y los aprendices en el centro del ring paran de pelear.

- Bien entonces – dice James mientras todos le rodean para escucharlo – Puede que hayáis notado de que hoy tenemos aquí un invitado. Este es el Hermano Holmes. El convento ha sido tan amable de prestárnoslo para el resto de nuestro entrenamiento de este mes. Él sanará cualquier golpe o corte que podáis recibir por el camino.

Sherlock estudia a los aprendices reunidos, a los ocho, y no dice nada.

- ¡No os toméis esto como una excusa para ser más imprudentes! - ladra James – La precisión en la fuerza es la clave.

- Sí, señor – le contestan en voz baja.

James los examina a todos durante otro momento antes de dejar caer una mano sobre el hombro de Sherlock.

- Una palabra con usted, por favor.

Sherlock mira a John antes de marcharse con el maestro espadachín. John no sabe porqué se siente de repente tan defraudado con la atención de Sherlock, mientras se vuelve hacia el centro del ring.


- Holmes – dice Richard cuando todos se sientan para cenar esa noche – He oído ese nombre antes.

- Clérigos – dice Williams mientras se echa media cucharada de guiso en el pan – Siempre han sido realmente poderosos, del tipo la mano derecha del rey

- ¿Qué está haciendo aquí ese pijo estúpido?

John se queda mirando fijamente su sopa y no dice nada. No sabe porqué la idea de volver a ver a Sherlock le emociona tanto.


La primera vez que las habilidades de Sherlock son llamados a la acción, Arthur realiza un contraataque hacia el brazo derecho que John no logra esquivar a tiempo. La sangre se extiende rápidamente por la manga, la sorpresa adormece el dolor hasta que llega en palpitantes oleadas.

Sherlock pone sus manos contra la herida y John sisea quedamente dolorido. Sherlock no abre los ojos pero murmura algo en voz baja hasta que un brillo dorado le rodea las manos y se difunde por el brazo de John, borrando el dolor suavemente con calor.

- Oh – dice Sherlock tras un momento.

La luz se atenúa y Sherlock aparta las manos, mirándoselas. John está más interesado en su herida curada, desliza los dedos por el brazo aún resbaladizo por la sangre, pero ya no hay ningún corte ni ningún dolor.

- Te lo dije – dice Sherlock un momento después – Siempre se lo pones demasiado fácil. Ciertamente no merece la pena la herida.

- Bueno, ahora te tenemos a ti – dice John con una sonrisa y levanta su espada larga otra vez.

Sherlock pone los ojos en blanco y John no puede evitar sonreír más ampliamente mientras se vuelve hacia el ring.


Empiezan el entrenamiento con las lanzas. A John le gustan más las lanzas de una sola mano porque así puede llevar un escudo y hostigar a sus oponentes empujándoles a esforzarse hasta agotarlos.

John sigue ganando los combates con las que continúan por la tarde después de terminar de practicar las técnicas nuevas por la mañana, así que lo echan fuera del ring. Se sienta en el banquillo con Sherlock y observa a los otros aprendices apuñalarse entre ellos.

- Que idiota – dice Sherlock mientras acaricia con el pulgar un lado de su maza de forma ausente. Está observando la lucha entre Richard y Arthur, pero John se queda mirando el movimiento del dedo de Sherlock con el rabillo del ojo – Su juego de pies es horrible. Si sigue yendo hacia la izquierda de esa forma, alguien lo va a notar y lo dejará fuera de combate.

- Hablas por hablar – dice John, sonriendo.

Sherlock le mira. Tras un momento él sonríe también.

- Ponme en un ring con cualquiera de esos y te lo demostraré.

- Ni siquiera puedes levantar una espada.

Sherlock se encoge de hombros.

- Usaré mi maza.

- Te matarían en apenas cinco segundos.

- ¿Te atreverías a probar eso? - pregunta Sherlock. Ahora sentado con la espalda recta, mirando directamente a John.

- No puedes hablar en serio.

- Después de la cena – dice Sherlock – Cerca de la alcantarilla. ¿Sabes dónde está?

- He vivido aquí por más de un año – dice John – Claro que sé donde está.

- No parece que dejes nunca el gremio – dice Sherlock, con el roce de una sonrisa asomándose en su boca.

- Te veré después de la cena – dice John.


El sol se pone por la hora en la que John sale de los muros de la ciudad por las puertas occidentales. Cuanto más se aleja de Prontera, más limpio es el aire. El constante polvo de las calles de Prontera mezclado con el humo de los vendedores de comida y de la continua quema de madera y paja que vuelven a su sentido del olfato casi inútil en la ciudad. Sin duda todo eso se había atenuado desde que había llegado allí.

Hay un crujido de una ramita detrás de él. John se gira, con la mano en la empañadura de la espada del costado. No hay nada entre los árboles, solo el canto tardío de los pájaros y el batir de sus alas a través de la maleza.

Algo frío le roza la nuca. John se queda petrificado.

- ¿De verdad esto es todo lo bien que te entrenan?

- Hermano – dice John, bajando los hombros aliviado.

- No me llames eso – dice Sherlock, de forma inesperadamente cortante. La punta de la maza se mueve brevemente hacia abajo por la nuca de John y este cierra los ojos durante un instante y traga – Sherlock está bien.

Sherlock eleva la maza y John se vuelve para mirarlo. Sherlock sonríe, aunque parece una sonrisa un poco insegura a la tenue luz del sol.

- ¿Preparado para perder?

John desenvaina su espada y levanta su escudo de madera. Sherlock ya ha ganado una ronda, incluso aunque John ni siquiera supiera que ya estaban jugando. Se ponen en guardia, John observando a Sherlock por encima de su escudo.

- Siempre esperas a que tu oponente ataque primero – dice Sherlock – En teoría una idea decente. Significa que mides la fuerza de tu oponente antes de que este vea la tuya. Pero, ¿y si estás en medio de un combate? Tus amigos están heridos, y estás frente a frente, tres de vosotros contra tres orcos que son mucho más grandes y mucho más pacientes que tú, viendo que están ganando la batalla.

John da un paso hacia delante, atacando con rapidez, pero incluso él puede ver la duda en sus propios movimientos. Sherlock es mucho más veloz, usa el impulso obviamente lento de John contra él y aprovecha el momento en el que John lanza su espada hacia delante para deslizarse detrás de la hoja y golpear con la maza con fuerza contra el estómago de John. Este se dobla por la mitad.

- No soy Arthur – dice Sherlock mientras da un paso atrás, con los ojos iluminados por una cruel sonrisa – Si pretendes contenerte, te prometo que estarás sangrando en una hora.

John se estira y reajusta el agarre de la espada. Esta vez Sherlock va hacia él. Se mueve para bloquear el primer golpe de la maza, pero luego Sherlock se agacha y barre las piernas de John con la suya. John cae al suelo de espaldas, sin aliento y parpadeando al cielo crepuscular.

- Confías demasiado en ir a la defensiva. No ves cuando un golpe ofensivo es obviamente mucho más efectivo para parar a tu oponente – dice Sherlock.

John vuelve a ponerse en pie, reajustando su agarre.

- Lo se todo sobre tu forma de luchar – dice Sherlock – Con toda honestidad, soy yo quien se está conteniendo.

Sherlock va hacia él de nuevo. Normalmente John se habría movido para bloquear, pero en el último momento se gira hacia un lado y el ataque de la maza de Sherlock se encuentra con el vacío. John balancea el escudo como un arma, golpeando a Sherlock bajo la barbilla y echándole la cabeza hacia atrás. Sherlock esquiva el vuelo de la espada pero se ve obligado a retroceder unos pocos pasos y ahora está jadeando con un moratón formándose rápidamente bajo la mandíbula.

- ¿Qué decías sobre derramar sangre? - pregunta John. Sherlock tensa el agarre de su maza.

John solo tiene un momento para admirar lo ligeras que son las pisadas de Sherlock antes de que tenga que esquivar el golpe que va hacia su cabeza. Levanta el escudo pero Sherlock no va a caer en el mismo truco dos veces, su maza vuela bajo y uno de los ganchos ornamentales atrapa el lateral del escudo e intenta arrancárselo del brazo. John eleva la espada y Sherlock pone distancia entre ellos.

- No creo que intentar quitarle el escudo a un espadachín sea la mejor de las ideas – dice John.

- Serías completamente inútil sin él – responde Sherlock.

- Con más razón para conservarlo, entonces.

Ocurre en un instante: el va hacia arriba y Sherlock hacia abajo, tropieza cuando trata de esquivar el ataque de Sherlock, y entonces se estrella contra él, aplastándolo contra el suelo.

Ahí está: el olor que John recuerda de hace un año, débil y apenas perceptible pero tan atrayente como como había sido. John tiene que contenerse de presionar el rostro contra el cuello de Sherlock, por encima de la camisa y contra la piel. En lugar de eso se queda mirando fijamente al acólito, al acólito, se recuerda a si mismo, y se aparta rápidamente.

- Lo siento – dice John, tendiéndole la mano.

Sherlock la toma y se impulsa con ella para ponerse en pie.

- Deberíamos regresar – añade. Los últimos vestigios de la luz solar prácticamente han desaparecido en el cielo.

Sherlock ladea la cabeza un momento y murmura algo antes de que sus manos resplandezcan de un brillante azul. Se toca la parte de abajo de la mandíbula antes de girarse hacia John.

- ¿Estás herido?

- Estoy bien – dice John pero Sherlock se mueve hacia él de todos modos. Toca los hombros de John y el brillo azul se transforma lentamente en dorado mientras el calor se expande por el cuerpo de John.

Es una de las cosas sobre las que John quiere preguntar, pero no lo hace. ¿Por qué la magia de Sherlock se vuelve dorada para él cuando se queda de un azul frío para casi todas las veces que John le ha visto usarla? Pero no quiere llamar la atención sobre el tema, no si eso va a poner incómodo a Sherlock por cosas que a lo mejor ni siquiera puede responder, así que mantiene la boca cerrada.

- Gracias – dice John cuando la magia sanadora se desvanece. Sherlock no dice nada, solo se mete las manos entre los pliegues de la ropa mientras comienzan el camino de vuelta a la ciudad.

Ya están casi en las puertas cuando Sherlock dice de repente:

- Mañana es mi último día.

John mira el perfil del rostro de Sherlock contra la tenue luz de la lámpara que ilumina la calle principal que lleva al oeste de Prontera.

- Ven al convento alguna vez – dice Sherlock – Conozco un excelente restaurante utaniano.