Pacto de sangre

Capítulo 2

Del vacío de una guerra

Habían pasado 10 años desde que K´ se fue, dejando a Kula con Diana, sin cumplir su promesa.

Kula aprendió a regir su clan, el único clan pacifico que quedaba entre los vampiros. Estaba compuesto por unos 250 miembros, además de ella y de Diana, que siempre estaba a su lado dándole consejos y ayudándola en todo.

Una noche, Kula estaba en el balcón de su fortaleza, cuando fue vista por Diana.

Ésta hizo un gesto de desaprobación con la cabeza. Estaba segura de que no era la primera vez que la joven vampiresa se encontraba en ese lugar.

Se quedó de pie cerca de ella sin hacer ruido. No era necesario. Pero para sacarla de su ensoñación, se acercó y tocó su hombro esperando a que volteara.

-Mi niña, es muy temprano para que estés aquí. No estás en posición para soñar despierta todo el tiempo.

Kula sonrió y sin dejar de mirar la luna contestó a su tutora en el mismo tono.

-Pienso en la vez que conocí a K´, hace ya…- hizo cuentas con los dedos, aunque no era necesario- 310 años. Tengo entendido que para entonces él acababa de ser convertido en vampiro.

-Así es. Los necesitábamos mucho a ambos. K´ fue muy valiente al enfrentarse a la guerra por sí mismo. Y tú eras el único elemento que nos hacía falta para ganar. Fue un milagro que te encontráramos ese día.

-¿Cómo supieron que era yo?

Diana guardó silencio un momento. Necesitaba las palabras para dejárselo claro, así que tomó un par de minutos antes de contestar.

-Estabas a punto de morir. Congelada en ese bosque. Supimos que eras tú porque tu pelo se ponía poco a poco azul. Como cuando peleas.

Kula vio el bosque, debajo del balcón donde ellas estaban. Trató de recordar. A su memoria llegó una carrera por el bosque, en un día helado de diciembre. El momento en que sus fuerzas flaquearon y cayó de rodillas. Recordó cómo había logrado, con lo poco que le quedaban de fuerzas, arrastrarse hacia un árbol en un último intento de obtener calor.

-Creo que morí- dijo en un susurro, más como si hablara para sí misma- en algún momento dejé de respirar. Luego sentí mucho calor y lo primero que vi fue a…

-A K´. Lo sé, él estaba esperando a que despertaras. Creo que te amó desde el principio.

En Kula había muchas lagunas todavía. No podía recordar qué hacía en el bosque aquel día, ni qué la había hecho correr. Estaba segura de algo: antes no había tenido familia, así que el hecho de estar con Diana era lo más cercano a tener una hermana o una madre.

-fue por eso que no te convertimos en vampiro. Para empezar, necesitábamos hacer que bebieras la sangre de K´ para garantizar que serías la segunda fuerza pura necesaria, pero era demasiado fuerte para que la bebieras, habiendo estado al borde de la muerte. Por suerte con tu sola presencia era suficiente para que K´ usara todos sus poderes.

Kula recordaba todo eso, la guerra y el despliegue de poder. Luego, los habían dejado descansar.

-300 años- dijo lentamente, como si tuviera que procesar cada palabra para poderlo entender- a veces lo pienso y sólo entonces me doy cuenta del abismo de tiempo que es. Fue demasiada nuestra ausencia. A veces creo que sólo por eso hay otra guerra.

-Sabíamos que la habría. Por eso los hicimos descansar.

Kula cerró sus puños con fuerza sobre el borde del balcón. Recordó la última vez que se había visto con K´ antes de que la obligaran al descanso. Habían prometido protegerse uno al otro si había otra guerra y hacer lo posible por terminar juntos siempre.

-¿Qué demonios le pasó?- rompió llorando, mientras Diana la miraba asustada, por el inesperado cambio en su ánimo- ¿Cuándo se volvió tan cobarde?

-No debes juzgarlo, Kula. Tuvo mucho tiempo para reflexionar. Tal vez algo ocurrió en él que lo cambió todo. Yo en tu lugar- habló tratando de sonar tranquilizadora- confiaría en que su amor es más fuerte.

-Nunca lo hubo. Él jamás dijo que me amara. Sólo prometió que me protegería- se dio la vuelta y caminó dentro de la fortaleza de nuevo- tienes razón, no hay motivo para que gaste mi tiempo. Tengo una guerra que impedir.

En algún rincón perdido del reino, dos hombres caminaban entre las sombras, sin rumbo fijo.

-Limpia tu barbilla, te escurre sangre- dijo Máxima alcanzándole un pañuelo de seda que llevaba en el bolsillo- debes ser más cuidadoso.

-¿A quién demonios le importa?- replicó, limpiando su barbilla de mala gana- si algo no te gusta sabes que bien te puedes largar.

Ambos sabían que esto no pasaría. Por más que se pelearan, Máxima estaba dispuesto a guiar a K´ y convencerlo de regresar a ayudar a Kula. Y K´ ya estaba más que acostumbrado a la fuerte y tranquila presencia de su- si cabía decirlo- amigo.

-Te aprecio mucho, amigo, además debo hacer que vuelvas.

K´ desvió su vista- estaba harto de que le insistiera con eso- pero aún así encontró la manera de contestar.

-Pues puedes esperar sentado- luego le hizo una seña- si me vas a seguir de nuevo más vale que te mantengas en silencio.

-Bien, bien, si quieres no hablaré más del tema. Podemos cambiar de tema cuando tú propongas uno bueno.

K´ negó con la cabeza.

-Terminarás torciendo todo lo que te diga hasta que acepte regresar. Como si no te conociera, Máxima.

En ese momento ambos se detuvieron en seco, mirando hacia el horizonte.

Una línea de vampiros desertores, como ellos, viajaban en dirección al norte. No podían despegar la vista del singular grupo. Eran unos veinte de ellos, lejanos, poco visibles para el ojo humano, pero distinguibles para los sentidos de dos vampiros como ellos.

-¿Crees que ellos puedan vernos?- preguntó K´ a Máxima en tono pensativo, sin despegar sus ojos de la lejanía.

-No, están muy lejos…nosotros los vemos por qué son muchos y podemos sentir sus presencias, pero sólo somos dos, así que es muy poco probable que nos presten atención estando en grupo.

Cuando se perdieron de vista, K´ se dio la vuelta y caminó en otra dirección. Ser un desertor no era nada fácil.

Primero que nada, no perteneces a ningún grupo, por lo tanto, todos los grupos te persiguen, ya sea para que te unas a ellos o para matarte. En el caso de K´, era seguido por el clan pacífico para que se uniera, y seguido por todos los demás para matarlo. Además, no cuentas con un hogar fijo. Tienes que viajar para no ser encontrado fácilmente y al mismo tiempo arreglártelas para sobrevivir, conseguir comida y tener un lugar para descansar por lo menos un tiempo. Lo que a K´ y a Máxima les funcionaba era resguardarse en pequeñas posadas y consumir sangre de maleantes, gente que nadie extrañaría, debido a que no debían llamar la atención. Finalmente, renuncias a muchas cosas. En el caso de K´ y Máxima, bueno, Máxima no había renunciado a nada, tenía el privilegio de volver cuando quisiera y la verdad era que no tenía ningún problema en hacer eso o en quedarse con K´. Éste tampoco había renunciado a nada, pues a su parecer no tenía un pasado, y a decir verdad no le importaba para nada el futuro. Si la guerra acababa con todo, no era su problema.

K´ se sintió vagamente identificado con aquel grupo de desertores. Pero hasta donde a él le concernía, estaba solo.

-Kula- Diana entró en la estancia y comprobó que la joven estaba sola. Tenía sobre su regazo un libro de historia vampírica, el cual leía muy concentrada. Estaba en el capítulo que hablaba de las guerras recientes, y leía insistentemente un párrafo en voz baja. Finalmente quitó sus ojos del libro y miró a Diana e manera interrogante.

-¿Por qué justamente nosotros dos?

Diana no podía explicarlo.

-Nosotros no tomamos esa decisión, Kula, fue el destino. El destino decidió que tú y K´ fueran esas fuerzas que necesitábamos y no se puede hacer nada al respecto.

Kula permaneció en silencio por un rato más y cerró sus ojos.

-Saldré a cazar, no soporto este encierro.

Se puso de pie. En unos segundos, su cabello color miel cambió a un color azul celeste*. Su piel palideció hasta hacerse casi completamente blanca, y sus ojos cambiaron de púrpura a un color rojo encendido, como la sangre. Diana sabía que hablaba en serio y que no era conveniente molestarla. En ese estado resultaba muy peligrosa y después de un tiempo ya había aprendido a manejar mucho mejor sus poderes. Caminó con paso decidido hasta la puerta de la estancia la abrió con lentitud; era algo grande y pesada.

-Kula- ésta se dio la vuelta y miró a su aún tutora con un aire de cansancio- ten cuidado, pequeña. El mundo puede ser muy peligroso si lo enfrentas sola.

Kula asintió y se fue.

Al principio, ella esperaba a que K´ volviera. En algún momento en los últimos 10 años, se había dado cuenta de que esto no iba a ocurrir, al menos no en el futuro cercano, así que s conformó con la certeza de que seguía con vida. No estaba completamente segura de que lo necesitaría para concluir la guerra, pues los conocimientos que tenía acerca de cómo planeaban utilizar sus fuerzas eran casi nulos. Diana se negaba a explicarle en su totalidad y cuando ella decidía investigar por su cuenta no conseguía despejar ninguna de sus dudas y, en el peor de los casos, le generaba más.

Sobrevoló cuidadosamente la región al norte de su hogar. Ella sabía que sin duda habría una aldea y algo en ella que comer.

Se puso de pie en el suelo y se encontró con un lugar en el bosque que le era familiar. Ahí fue donde Diana y Máxima la encontraron y supieron que ella era la fuerza pura que les faltaba.

-La fuerza del agua- Kula miró su mano pálida, extendida frente a sus ojos. Se sentó en el viejísimo árbol donde había tratado de tomar calor- Y K´ la del fuego. Pero no puedo terminar de comprender porque él no ha querido ayudar en esta guerra.

Estuvo allí unos momentos. La noche era tranquila y pacífica. Lástima que ella tuviera que alimentarse. Era triste tener que acabar con la paz.

Caminó la senda por el bosque que la llevó hasta la aldea.

Se internó en un callejón oscuro y esperó.

No tuvo que aguardar demasiado. Su mismo instinto le indicó como moverse, dónde estaba su víctima. Era un hombre que iba sólo. Se le acercó por la espalda y pudo comprobar que aquel tipo tramaba algo no muy bueno. Se le tiró encima y clavó sus dientes en aquel cuello antes de que la víctima pudiera hacer algún ruido.

Bebió y bebió hasta saciarse. Cuando soltó el cuerpo de aquel hombre, se dejó caer en el suelo ella también. Estaba agitada por la descarga de energía que la sangre producía en su cuerpo. Respiraba con fuerza, estaba más bien desfallecida.

Se recargó con una pared cercana y se refugió entre sus propios brazos. Asustada por sí misma, lloró. Estaba obligada por su propia naturaleza a beber sangre. Aunque lo necesitaba locamente, en su interior su conciencia la mataba cada vez que tenía que alimentarse de un ser humano. Deseaba y a la vez le repugnaba la sensación placentera que le producía consumir aquél líquido, y a pesar del tiempo que llevaba haciéndolo, aún no lo podía asimilar. Movió su lengua dentro de su boca tratando de alejar el sabor amargo que aún se refugiaba en ella, y que seguramente, como siempre, tardaría en irse.

Luego de reponerse a su usual depresión luego del consumo de sangre, escondió el cuerpo de aquel hombre. En ella, Diana se había encargado de implantar una ética común entre los vampiros pacíficos. Sólo alimentarse de alguien que no valiera la pena, que nadie extrañaría después. Con el tiempo ella comprendió el porqué de esta regla moral. Su conciencia simplemente no le permitiría vivir.

Se puso a caminar por la aldea. Debían ser cerca de las 3 de la mañana, aun le quedaba unas horas de oscuridad y en realidad no deseaba volver al castillo.

De pronto cayó en cuenta de que no estaba tan sola como ella pensaba. Se quedó de pie y se concentró lo más que pudo al percibir una presencia cercana a ella.

-Buenas noches.

Se dio la vuelta al escuchar la voz de un joven tras ella.

-¿No eres muy joven para andar por aquí tu sola?

La sonrisa en sus labios, burlona y algo retadora, la hizo levantar su guardia.

-Sabes que eso no es así. ¿Yagami, no es cierto?

Él asintió. Ella lo conocía por las descripciones que Diana y otros de sus aliados le habían dado de los clanes enemigos. Ella sabía que algún día lo tendría que enfrentar, pero no esperaba que fuera tan pronto. Su cabello rojo tenía una tonalidad extraña esa noche. Su expresión burlona cambió a una más seria y se acercó a ella lentamente.

-escuché que tu clan planea detener la guerra- evidentemente su intención era intimidarla. Comenzó a caminar a su alrededor, examinándola con cuidado mientras ella se quedaba en su lugar, aguardando a cualquier movimiento.

-Escuchaste bien. Nuestro mundo no se puede dar el lujo de permitir una pelea así. Independientemente de qué clan ganara, el daño hacia la tierra sería irreparable. Hay un equilibrio que…

-A mi no me vengas con ese sermón estúpido- la interrumpió cortante- No pueden evitarlo. Hay más de lo que ustedes pueden manejar. Cada clan tiene sus propios intereses y a la vez cada vampiro tiene sus razones para pelear.

Kula lo sabía a la perfección.

-Incluso ustedes, aunque no lo quieran,- rió con desdén- tendrán que pelear también, si es que quieren lograr algo.

-¿A qué se debe toda esta plática?- Kula comenzaba a temer. Todas sus lecciones sobre cómo defenderse contra otros vampiros quedaban resumidas a ese momento en el que, sin embargo, no lograba recordar nada.

Iori dio una pequeña patada en el suelo. Dejó de caminar a su alrededor y se alejó un par de pasos. Mantenía todo el tiempo las manos en sus bolsillos y en ningún momento la miraba a ella.

-Yo también tengo un interés, Diamond. Hay un solo vampiro en este planeta con quien debo y quiero enfrentarme, y la única forma en que puedo hacerlo sin romper las reglas de mi clan es mediante esta guerra. Y si tuviera que eliminarte para lograrlo, lo haría ahora mismo.

Kula apenas tuvo tiempo para reaccionar. Se movió pero no fue tan rápida como para esquivar el golpe, además Iori era más corpulento y ágil de lo que ella había podido percibir al principio. No pensó que él fuera tan fuerte, ni recordó cuando fue la última vez que ella misma había peleado, ni que fuera tan débil como para no aguantar tal golpe.

Se tuvo que reponer rápidamente, pero no pudo hacer mucho. Aunque trató de moverse, los golpes que Iori le propinaba eran excesivamente fuertes. En poco tiempo le dolieron tanto que su cuerpo se adormeció, y se quedó tirada en el suelo, sin poder moverse.

Unas lágrimas furiosas corrieron por su rostro. No podía creer lo mucho que se había debilitado, lo mucho que estaba fallando. No podía dejar que la matara, pero ni siquiera se podía mover. Iori la levantó y la sujetó, de modo que su cuello le quedó a la altura de su boca. Se dispuso a consumir de su sangre.

-Hasta nunca, su alteza- dijo con énfasis- ahora ni siquiera tu amado clan pacifista podría salvarte.

Kula sintió su aliento frío chocar contra su piel, y el miedo dentro de ella se convirtió en un sudor frio que bajó por su frente, en una respiración trabajosa y entrecortada, en un temblor interno que le impidió de nuevo el movimiento de todos sus miembros.

-¡No!- alguien derribó a Iori de una patada antes de que pudiera morder a Kula. Ella apenas se repuso para poder observar, pero se sentía demasiado debilitada por los golpes. La silueta que vio en esos momentos. Estaba casi segura de que era K´. Perdió la conciencia en pocos segundos.

-Kula. Kula despierta.

Kula abrió sus ojos. Pero al abrirlos, no encontró a K´, como esperaba, sino a Máxima.

-T…Tío Máxima…

-Cuantos años, pequeña.

Kula abrazó tiernamente al gigante, que la estrechó de vuelta con dulzura y la ayudó a ponerse en pie.

-¿Qué ocurrió con Yagami?

-Lo hice largarse. No te preocupes, no te molestará a menos que te encuentre en el campo de batalla.

Se sentaron a descansar.

-Deberías volver al castillo. Pronto amanecerá.

Kula guardó silencio. Estaban en una pequeña banca en medio de la solitaria aldea. Aunque un humano los viera, no los molestaría. Se habían impuesto con tanta fuerza desde muchos años antes, que era imposible que algún humano "valiente" se atreviera a encararlos.

Pero últimamente la prioridad de la mayoría de ellos no era matar humanos –nunca lo había sido del todo- sino prepararse para la inminente guerra, que se acercaba a pasos agigantados.

-Sé que pronto amanecerá – dijo Kula luego de unos segundos- pero hay tanto de lo que me gustaría platicar.

-Ya habrá tiempo- repuso Máxima, tomando su mano- si logro convencer a K´, muy pronto estaremos a tu lado.

Kula se soltó y poniéndose de pie se alejó dos pasos- ¿Todavía crees poder convencerlo? Han pasado 10 años y se ha negado por completo-Máxima la miró estremecerse y estrujarse las manos mientras sus ojos se inundaban. Esperaba verla llorar y derrumbarse, pero al contrario, la joven vampiresa e limpió suavemente las lágrimas y sonrió con ternura- discúlpame, sólo que lo he estado pensando mucho y…- Máxima se aproximó a ella – creo que lo mejor será que lo dejemos en paz. Él es muy terco y no creo convencerlo antes de que la guerra comience. Pero, tío Máxima, si quieres volver siempre serás bienvenido. Nos vendría mejor tu apoyo en la fortaleza que aquí, tratando de hacer regresar a K´.

-Si esos son tus deseos así se hará pero…- Máxima sonrió y se alejó de allí- yo aún tengo algo de fe.

-Este es el lugar- K´ aprovechó la ausencia de Máxima para hacer una investigación que le interesaba. Había encontrado la cueva en la que había estado encerrado trescientos años, y la curiosidad por conocer la fuerza que lo había retenido allí era muy grande.

Luego de recorrer el túnel que lo llevaría a la cueva más grande, se encontró con que ésta tenía unas antorchas encendidas como las recordaba. Esos tres siglos no habían sido de total inconsciencia. Fueron una especie de descanso, pero su alma encontró la manera de no mantenerse del todo aletargada. Por eso recordaba el interior de la cueva a la perfección. Recordaba el frío y el ambiente solitario, la humedad y la tristeza que cada roca y cada tenebrosa sombra emanaban.

Se sentó en una roca y apoyó los codos en sus rodillas.

Poco a poco, en el silencio, volvieron a su mente 3 siglos de soledad, de silencio. De tristeza y de espera. De visiones y de pesadillas que nunca podría borrar de su mente. ¿De qué le servía la vida eterna si no tenía una razón para vivirla? La guerra había dejado de ser una realidad cercana para pasar a ser una tontería sin sentido en la cual no quería participar.

Su oscuro corazón, en lugar de dejar de sentir al ser convertido en vampiro, había aumentado sus sentimientos de manera que lo torturaban y lo consumían por dentro. Nadie hubiera podido entenderlo aunque hubiera gastado sus días en explicarlo. Su corazón dolía, aunque no se suponía que lo hiciera.

De alguna forma masoquista, estar en esa cueva, él solo, era tranquilizador.

Kula era como una espina que hería su interior constantemente. Había una promesa, sí, pero algo en su interior no lo dejaba actuar. No lo quería admitir. Había miedo, un miedo muy grande en su corazón.

-Kula…-murmuró, aún sabiendo que nadie en esa cueva lo podía escuchar, lo avergonzaba pronunciar su nombre con ese tono de voz lastimoso y triste.

¿Qué era lo que quería entonces? ¿Quedarse en esa cueva por siempre? ¿Morir?

Había llegado un punto en el que no sabía hacia dónde dirigirse.

Sin proponérselo siquiera, se vio rodeado por una llama. No le hacía el más mínimo daño, no le daba calor, pero se sentía como en casa. Al menos así nadie podría acercarse, aunque daba lo mismo. Nadie sabía de la existencia de esa cueva, nadie se acercaría y nadie se compadecería de él.

Tampoco era que lo necesitara. Unos cientos de años más podían venir si querían.

-¿Qué demonios estaba pensando?- salió de su letargo y la llama a su alrededor desapareció- debe ser una especie de trampa- salió de allí con rapidez. La cueva se cerró y su entrada se perdió entre la espesura del bosque.

Un tanto agitado y por qué no, alarmado, se alejó lo más que pudo. No era la primera vez en esos diez años. Ese lugar debía estar embrujado o algo así, pero cada vez que sus pensamientos se ensombrecían, cada vez que su mente concebía la idea de la muerte o del sueño eterno, se hacía presente y sus puertas se abrían en algún lugar de los bosques.

De pronto su cerebro le dio la espalda a la idea de volverse a encerrar en el descanso. Por supuesto que deseaba vivir, sería un tonto de no ser así, o al menos así se sentía.

Sin embargo había logrado lo que se proponía, comprobar que podía evitarlo si se mantenía lo suficientemente lúcido todo el tiempo. Por supuesto que no quería volver a ese lugar, era simplemente algo demasiado fuerte para cualquiera.

Pero por enésima vez luego de pensarlo mucho se negaba a la idea de participar en la guerra. Algo dentro de él le decía que solo una desgracia lo esperaba de aceptar unirse a cualquier bando, incluso al pacífico.

Decidió caminar por el bosque, de vuelta a la aldea antes de que amaneciera. Pronto Máxima seguramente lo buscaría también, y prefería aparecerse por sí mismo y ahorrarse el sermón. En medio de su caminata, una sensación magnética lo atrapó y lo hizo desviar su ruta, caminando por un lugar donde no había estado antes. De pronto, sus ojos se encontraron mirando fijamente otra mirada, violeta, dulce, cálida e inocente. Una especie de niebla los rodeó y fue como si los acercara. Estaba embelesado, no podía apartar sus ojos de ella.

-K´- Kula lo llamó y estiró sus brazos hacia él, como si le suplicara que volviera. Sin embargo, temerosa, se alejó corriendo.

K´ a su vez, salió del trance y vio los primeros rayos del sol asomarse por encima de las copas de los arboles.

Se alejó y volvió a la aldea, buscando la pequeña posada en la que se escondía desde hacía un par de semanas.

Kula por su parte volvió a la fortaleza y se dirigió a un salón, donde sabía que Diana se encontraba.

-Tenemos que prepararnos, Diana- dijo con decisión- no esperaré más a que K´ quiera hacer algo, debemos investigar cómo más podemos intervenir en la guerra.

-Pero, Kula, ¿Estás segura de esto?

-No, pero debemos actuar antes de que ocurra lo peor- Kula revisó unos libros-tú no los has visto, Diana, no has hablado con ellos, están dispuestos a todo y ya no hay más qué esperar- lo había comprendido al hablar con Iori- Convoca a todos los elementos que tengamos. Ya no se trata de ser guerreros o pacíficos, Diana. Sólo podemos luchar y tratar de sobrevivir.

Continuará…