Hola! Tengo el placer de presentaros una adaptación al sasusaku del libro "Un hombre que promete", de Adele Ashworth. Espero que lo disfruten.
Los personajes de Naruto no son míos, pertenecen a Masashi Kishimoto.
Capítulo 2
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Sakura se despertó fatal. Le dolía la cabeza, tenía la nariz atascada, sentía el cuerpo congelado y, por unos instantes, le costó bastante trabajo recordar dónde se encontraba. Tal vez su confusión momentánea se debiera a la oscuridad absoluta que reinaba en la habitación y a que la casa parecía presa de un silencio sobrenatural. El aullido del viento había cesado en algún momento durante la noche y a diferencia de lo que ocurría en su cálida casa de Marsella, donde siempre escuchaba el sonido del tráfico bajo la ventana de su habitación, allí solo oía los crujidos de la casa sobre la tierra húmeda.
Debía de ser media mañana, aunque en realidad no tenía la más mínima idea de la hora que era, ya que con lo nublado que estaba el cielo apenas lograba divisar la ventana del dormitorio. Hinata solía despertarla a las siete si ella aún no se había levantado. Pero allí nadie iría a despertarla, y Sasuke jamás se atrevería a entrar en su habitación.
Desde el momento en que pisó suelo británico tres días atrás no había dispuesto de mucho tiempo para meditar sobre su situación inmediata ni sobre lo que la rodeaba. Estaba en Inglaterra, y básicamente sola. Aunque estaba acostumbrada a la soledad, durante los últimos años había pasado mucho tiempo en compañía de otros, aunque bien era cierto que solo porque su trabajo así lo había exigido. En su país era popular en diferentes círculos sociales, lo que garantizaba muchas invitaciones para la respetable viuda de Naruto, conocida por muchos y amiga de unos pocos… ninguno de los cuales sabía el profundo odio que albergaba por su herencia francesa y por la infancia de servidumbre que se había visto obligada a soportar a manos de una madre ignorante y desconsiderada. Sin embargo, ahora esa vida le parecía muy lejana.
En Inglaterra no la conocía nadie, lo cual, bien pensado, podría ser tanto un inconveniente como una ventaja en las semanas venideras. Podría crear su propio personaje y convertirse en el tipo de persona que eligiera ser, utilizar sus encantos o bien ocultarlos. No obstante, era una profesional, y sería exactamente quien tuviera que ser a fin de completar con éxito esa misión y honrar el amor que sentía por la patria de su padre. Ya era hora de ponerse a trabajar.
Temblando a causa del aire gélido y húmedo, Sakura apartó la sábana y la manta y se incorporó muy despacio en la cama al tiempo que se frotaba las sienes y la frente con la yema de los dedos. El té le calmaría el dolor de cabeza, pero tendría que vestirse de forma adecuada antes de entrar en la cocina, por supuesto.
Se obligó a mantener los ojos abiertos y plantó los pies descalzos en el suelo antes de ponerse en pie con rigidez. La habitación era pequeña, con una cama individual y un diminuto tocador pintado de blanco que contaba con un espejo para facilitar su aseo. Las paredes estaban empapeladas con el mismo estampado floral que revestía los muros de la sala de estar, pero no había nada colgado en ellas. La única ventana, cubierta con las cortinas de encaje blanco, enmarcaba el cabecero de la cama, y a los pies de esta había un armario ropero.
Se rodeó con los brazos en un intento por controlar sus temblores y se acercó al armario. Solo había traído cuatro vestidos: uno de viaje que había utilizado el día anterior, un vestido de mañana, uno de tarde y otro de noche. Por desgracia, no había tenido medios para transportar todo su vestuario desde Francia y de pronto ese hecho le produjo un tremendo malestar. Tendría que ponerse los mismos vestidos una y otra vez. No era una perspectiva muy halagüeña, pero la verdad era que Sasuke parecía no haberse fijado en lo que llevaba puesto, y los lugareños no esperarían otra cosa de una traductora.
Se deshizo del camisón y se puso a toda prisa el vestido de mañana de muselina amarilla sobre el miriñaque. Tenía las mangas largas y un recatado escote que se ceñía al busto, algo de lo más conveniente, ya que esa parecía ser la única parte de su anatomía que Sasuke había observado, si bien brevemente. Tenía un aspecto agradable y sin pretensiones, y por primera vez en su vida agradeció sentir el abrigo de las múltiples capas de las enaguas que rozaban su piel.
Se cepilló el cabello antes de enrollarlo en trenzas alrededor de las orejas. En Francia solía utilizar un toque de polvos faciales para acentuar sus rasgos, pero supuso que tendría que abandonar semejante costumbre en Winter Garden. Los ingleses eran bastante conservadores en lo que a los cosméticos se refería, y preferían que sus damas tuvieran un aspecto pálido e insulso en lugar de sensual y atractivo. Algo inaudito, en su opinión, pero lo cierto era que su opinión importaba un comino. Estaba segura de que les causaría una mejor impresión a los habitantes del pueblo si renunciaba incluso al colorete.
Se lavó la cara con el agua fría del jarro, se secó con una toalla suave, se pellizcó las mejillas y se mordió los labios con suavidad. A continuación, con la espalda bien erguida, abandonó la intimidad de su habitación y se dirigió hacia la sala de estar.
La luz que iluminaba la estancia provenía de la chimenea y de una pequeña lámpara. Sasuke estaba sentado en el sillón frente al fuego, con la cabeza gacha y la mente enfrascada en un libro de un grosor considerable. En esa posición, con una pierna apoyada sobre el escabel y ataviado con unos pantalones negros y una camisa blanca de lino abotonada hasta el cuello, tenía un aspecto informal que casaba a al perfección con el caballero intelectual que fingía ser.
Él se volvió al escuchar sus pasos y echó un vistazo a su atuendo antes de mirarla a los ojos con aprobación. Sakura desechó la súbita y abrumadora sensación de que ese hombre estaba escudriñando su alma y le dedicó una sonrisa. Estaba claro que era capaz de amedrentarla con una simple mirada.
—Buenos días, Sasuke —lo saludó amablemente al tiempo que unía las manos a la altura del regazo y avanzaba hacia él.
—Buenos días, Sakura —replicó él con voz ronca y suave.
Ella apartó la vista de él para echarle una ojeada al reloj de la repisa. Las nueve y media. Había dormido demasiado.
—Lamento haberme levantado tan tarde —se disculpó mientras tomaba asiento en el cómodo sofá y se arreglaba las faldas—. Por lo general me despierto muy temprano.
Él cerró el libro sin pensarlo dos veces.
—Estoy seguro de que se encontraba cansada después del viaje. ¿Ha dormido bien? —preguntó con cortesía.
—Sí, muy bien, gracias —No era cierto, y era muy probable que él se diera cuenta de ello. Al sentir que la tensión abandonaba sus hombros, se reclinó contra el respaldo del sofá—. En realidad, me duele la cabeza, y he pasado bastante frío.
Por primera vez, él pareció divertido.
—Le buscaré otra manta para esta noche. Entretanto, le prepararé un poco de té. Después daremos un paseo por los alrededores —Dejó el libro, Las obras completas de Alexander Pope, sobre la mesa que tenía delante antes de ponerse en pie—. Puede que el aire fresco le alivie un poco el dolor de cabeza, y Richard Sharon suele dar un paseo matutino a caballo alrededor de las diez. Pasará un poco lejos, pero podrá echarle un buen vistazo. Más tarde charlaremos sobre los planes para hoy. Siempre que se sienta capaz de hacerlo, claro está.
Él ya se había puesto manos a la obra, ajeno al parecer a su deseo de comenzar el día con calma o al menos de conversar amistosamente durante algunos minutos. Sin embargo, a Sakura no se le ocurrió nada más trivial o personal que decir en esos momentos, de modo que no le quedó más remedio que hacer lo que le había pedido.
Logró esbozar una leve sonrisa.
—Estaré bien, seguro.
—Bien.
Sasuke caminó hasta la cocina y ella se puso en pie una vez más para seguirlo hacia esa estancia pintada en amarillo brillante y verde hoja. La pila estaba colocada frente a una de las enormes ventanas y disponía de su propio suministro de agua, todo un lujo para ellos, ya que no tendrían que acarrearla hasta la casa desde el pozo del pueblo. Los fogones estaban situados junto a la pared del fondo, y junto a ellos había una mesita cuadrada de madera de pino rodeada por cuatro sillas. El lavadero ocupaba el espacio que había bajo la escalera que conducía a la segunda planta.
Según le había informado la noche anterior, prescindirían de los sirvientes por la simple razón de que no podrían hablar con franqueza si había otras personas en la casa. Eso significaba, por supuesto, que aunque la hija del reverendo se encargara de hacer la comida, ellos tendrían que poner la mesa y encargarse de limpiar. Lo bueno era que Sasuke parecía dispuesto a colaborar y no esperaba que ella desempeñara el papel de criada. Algo raro en un hombre, aunque era cierto que se suponía que eran compañeros de trabajo, no una pareja casada o meros amantes. Su relación era estrictamente profesional, y Sakura se preguntó por un momento por qué debía recordárselo a sí misma una y otra vez.
Sasuke puso a calentar el agua para el té y ella se sirvió una gruesa rebanada de pan con mermelada de frambuesa. Se sentaron a la mesa durante unos minutos mientras conversaban con tono impersonal sobre el mal día que hacía y los cambios generales del clima durante la estación. Después la dejó a solas comiendo en silencio y regresó instantes más tarde con su abrigo negro puesto y la capa de ella en las manos.
—He colocado sus guantes dentro de los bolsillos. He pensado que en un principio podría llevarse la taza y dejar que el té le caliente las manos.
—Gracias —respondió ella en un murmullo; se lamió la mermelada de los labios y notó con satisfacción que él seguía el movimiento con la mirada. Lo repitió una vez más, de forma innecesaria y sin ninguna mala intención (o al menos eso se dijo), y vio que el entrecejo masculino se fruncía un poco.
—El agua está hirviendo, Sasuke —dijo en voz muy baja.
Él alzó bruscamente la vista y enfrentó su mirada durante un instante con expresión avergonzada, algo que Sakura encontró de lo más gratificante. Sasuke pareció recuperarse enseguida y apartó la mirada antes de dejar la capa sobre el respaldo de la silla y concentrar su atención en los fogones.
Sakura terminó de comer mientras observaba cómo le llenaba la taza casi hasta el borde y le echaba el azúcar y la crema; era obvio que se había fijado en lo que ella había hecho el día anterior.
Luego dejó la taza sobre la mesa delante de ella y recogió una vez más su capa.
—¿Nos vamos?
Con un gesto de asentimiento, Sakura se puso en pie y le dio la espalda para que él le colocara la capa sobre los hombros. Acto seguido, se abrochó los botones y cogió la taza de té.
Caminaron juntos hasta la puerta principal y se adentraron en la gélida mañana gris. El frío le aguijoneaba las mejillas, pero con el cuerpo cubierto por la capa ribeteada de piel y las manos calientes gracias al té, Sakura se sentía bastante a gusto.
Sasuke la condujo a lo largo de uno de los laterales de la casa hacia la zona ajardinada donde se habían conocido el día anterior. Ella se mantuvo un paso o dos por detrás de sus lentas y regulares zancadas mientras avanzaban hacia la parte trasera de la propiedad. Más adelante no veía más que árboles y un muro espeso de matorrales, aunque él parecía saber con exactitud hacia dónde se dirigía. A la postre, se detuvo junto al grupo de arbustos que había estado despejando el día antes.
—Tendrá que darme la mano —señaló con tono práctico.
Ella inclinó la cabeza hacia arriba para mirarlo a la cara. Sus rasgos adoptaron una vez más esa expresión serena, franca e indescifrable mientras él le ofrecía la mano con la palma hacia arriba. Sakura jamás lo había tocado y, por razones que ni siquiera ella tenía muy claras, vaciló un poco antes de hacerlo. No obstante, él parecía considerar aquello una acción absolutamente necesaria, carente de toda importancia.
Le tendió la mano izquierda, pero ambos se dieron cuenta de inmediato de que ella no podría pasar entre los árboles con unas faldas tan voluminosas a menos que se las recogiera. Sin mediar palabra, Sasuke le quitó la taza con suavidad y después le dio la mano que tenía libre y le apretó los dedos con firmeza. El contacto no tuvo nada de especial y, sin embargo, Sakura se sintió atravesada por una oleada de excitación. Se agarró a él con firmeza y, fingiendo que la calidez y la fuerza masculinas le resultaban indiferentes, se alzó las faldas para seguirlo.
A fin de mancharse de barro lo menos posible, pasó con mucho cuidado a través del estrecho pasadizo de vegetación, que estaba oculto en el denso bosque y cubierto de hojas caídas y húmedas. Apenas habían recorrido unos metros cuando apareció la salida. Sasuke la ayudó a atravesarla y cuando apartó su enorme figura para permitirle una vista mejor, Sakura descubrió que se encontraba en un claro de una belleza arrebatadora.
Estaba a la orilla de un pequeño lago de resplandecientes aguas azules, rodeado en toda su extensión por robles desnudos, arces y frondosos pinos. Justo a su derecha había un banco de madera, firme pese a los deterioros propios de estar a la intemperie, que había sido emplazado frente al agua en un lugar encantador. Uno podía sentarse allí y disfrutar de la tranquilidad tanto en verano como en invierno, escuchando el susurro del viento entre los árboles, los golpes del agua contra la orilla y el canto de los pájaros.
—Es muy hermoso —susurró sin soltarle la mano.
—Sí.
Sakura alzó la mirada. Él la observó fijamente durante un par de segundos, con su frente bronceada oculta en gran parte por un mechón de cabello y sus cálidos ojos entrecerrados en una expresión de satisfacción. Acto seguido, se inclinó hacia ella hasta que sus rostros estuvieron a punto de tocarse.
—Ésa es la mansión de Rothebury —dijo al tiempo que señalaba con la cabeza la orilla opuesta—. Vive ahí durante todo el año y todas las mañanas alrededor de las diez cabalga a lo largo del perímetro de la propiedad, que abarca el borde sur del lago y se extiende desde aquí hacia la izquierda hasta donde alcanza la vista. El sendero pasa junto a la orilla del agua, de modo que no debería tardar mucho en aparecer.
Sakura examinó el edificio que se veía a lo lejos, evaluando cada detalle. Solo veía la parte superior entre los árboles, pero resultaba evidente que era un antiguo edificio de tres plantas de altura, construido con piedra de color marrón claro, de estructura sólida y con vistas al lago. Desde donde se encontraba, parecía una casa bien atendida y más grande que la mayoría de las que había visto en Winter Garden hasta el momento, aunque ese detalle podría explicarse por el hecho de que el dueño era un barón que había establecido allí su residencia habitual.
Sasuke la guió con gentileza hasta el banco. Ella pasó con cuidado sobre las hojas que cubrían la hierba antes de dejarse caer en el duro asiento de madera y colocar sus faldas a fin de dejarle sitio suficiente. Fue entonces cuando él le soltó la mano y le ofreció de nuevo la taza de té para después sentarse junto a ella. Sakura se llevó la taza a los labios y dio un par de sorbos; sabía que él la estaba mirando, pero clavó los ojos en el lago.
—He aceptado una invitación en su nombre para la tarde del jueves —comentó Sasuke con tono formal—. La señora Sarah Rodney, la historiadora del lugar, ha organizado una reunión de té para las damas de la localidad. Suele hacerlo una vez al mes, y los miembros de la aristocracia y aquellos que pertenecen a una clase social elevada siempre están invitados. Le hice una visita hace algunos días con un pretexto insignificante a fin de informarle, como quien no quiere la cosa, de su llegada. Y, por supuesto, ella me aseguró que sería un placer conocerla a usted —Su voz adquirió un matiz divertido cuando inclinó la cabeza hacia ella en tono conspirador—. Naturalmente, esa invitación se debe sobre todo a que la señora Rodney desea satisfacer su curiosidad. Podrá hacer acopio de un buen número de chismorreos, Sakura, y todas tendrán preguntas que hacerle, ya que lo único que le dije a la señora Rodney fue que era usted francesa.
Ella volvió a mirarlo a la cara. Dado que Sasuke se había sentado muy cerca, parte de su sólido muslo se perdía bajo los pliegues de las faldas y sus hombros se rozaban. Sus ojos tenían un brillo de anticipación y su oscuro cabello aún le caía sobre la frente, aunque él no parecía notarlo. Sakura sintió que se le aceleraba la respiración debido a su simple proximidad, al tono grave y profundo de su voz y la virilidad que exudaba en toda su enorme estatura. No estaba acostumbrada a sentirse tan consciente de la sexualidad de un hombre y, para ser sincera, no entendía la reacción de su cuerpo frente a ese hombre en particular.
—Parece que será una reunión muy instructiva —replicó sin mucho interés al tiempo que se aferraba a la taza con la esperanza de que él no notara lo mucho que la había afectado en un solo día.
Sasuke frunció el ceño.
—¿Tiene algo apropiado que ponerse? La verdad es que no pensé en eso.
Ese comentario práctico acabó con los temores de Sakura, que sonrió con ironía. Muy propio de los hombres no reconocer la atracción cuando la veían…
—Tengo un vestido para cada posible ocasión social, pero debido al escaso tamaño de los baúles, solo he podido traer tres más aparte del que me puse ayer —Y luego añadió sin pensar—. Es muy probable que acabe harto de verme siempre con lo mismo.
—Lo dudo mucho —se apresuró a replicar él.
El pequeño cumplido, que había salido de sus labios con toda sinceridad, la caldeó mucho más que la taza de té que sostenía en las manos. Lo observó casi con descaro hasta que él comenzó a darse cuenta poco a poco de lo que había dicho, momento en el que se puso serio y apartó la mirada.
—De cualquier forma, una traductora no tiene por qué poseer un vestuario espectacular. Encajará mucho mejor en su papel si viste de manera poco sofisticada y extravagante.
Una respuesta de lo más razonable, pensó ella; un razonamiento al que ella misma había llegado.
—Creo que hoy —continuó él antes de que Sakura pudiera abrir la boca— podríamos caminar por el pueblo para que usted se familiarice un poco con el lugar y aprenda algo sobre la zona; puede que incluso vayamos a visitar a un par de vecinos distinguidos.
—Muy buena idea —convino ella con tono amable antes de dar un nuevo sorbo de té. Bajó muy despacio la taza y se concentró en el líquido cremoso durante un momento—. Sasuke, llevamos juntos casi un día, hemos dormido bajo el mismo techo, hemos comido en la misma mesa y, sin embargo, no hemos hablado más que de nuestro cometido y del tiempo —Hizo una pausa y después añadió—. ¿No cree que deberíamos conocer unas cuantas cosas el uno del otro si vamos a vivir juntos durante un tiempo indefinido?
Cuando él se volvió hacia ella, Sakura lo miró a los ojos y le ofreció una encantadora sonrisa desafiante.
—¿Qué le gustaría saber? —preguntó Sasuke con aire pensativo.
En realidad, ella había esperado algo más que eso.
—¿Está casado? —inquirió, tratando de ocultar la tensión de su voz y a sabiendas de que esa pregunta estaba motivada por una apremiante curiosidad. Y supo por intuición que a él también lo había sorprendido.
—No —murmuró con calma indiferencia—, aunque lo estuve en una ocasión.
Sakura abrió los ojos de par en par, incapaz de ocultar su interés. También se alegró sobremanera de que él no supiera la enorme satisfacción que le había proporcionado su respuesta.
—Ya veo —respondió con suavidad, a la espera de que él le aclarara el asunto. No se hizo esperar.
Tras respirar hondo, Sasuke se inclinó hacia delante, apoyó los codos sobre las rodillas y se frotó los dedos para luchar contra el frío mientras clavaba la mirada en el lago.
—Se llamaba Ino. Falleció hace doce años, durante el parto de nuestra hija, que nació muerta. Tengo un hijo de quince años, que está interno en una escuela de Viena —Hizo una pausa antes de concluir con voz débil—. En realidad, no hay mucho más en el ámbito personal que deba saber sobre mí. Luché en la guerra; trabajo para el gobierno en la actualidad y vivo una vida tranquila en Eastleigh.
—Supongo que echa de menos a su hijo —dijo con un tono de afirmación, más que de pregunta—. Y a su esposa.
—Echo de menos a mi hijo todos los días —admitió con un suspiro—, pero es un violinista con mucho talento y debe estar allí donde se encuentran los mejores maestros si quiere convertirse en uno de los grandes. En ocasiones añoro a mi esposa, pero murió hace ya mucho tiempo.
Sakura fue prudente. No deseaba fisgonear, pero sabía con certeza que había mucho más en él de lo daba a conocer. Se había dado cuenta de que era un hombre muy complicado, y de que su silencio no era más que un escudo. La mejor manera de conseguir que confiara en ella era mostrarse sincera con él.
—Yo nunca he estado casada —reveló casi con demasiada ligereza antes de llevarse la taza a los labios una vez más. El contenido estaba casi frío, así que apuró lo poco que quedaba antes de dejar la taza sobre el suelo del bosque—. Jamás quise atarme de esa manera, y nunca deseé tener hijos. Disfruto de los desafíos y las emociones que me proporciona trabajar para el gobierno británico sin la necesidad de estar atada a un marido.
Él bajó la mirada hasta la hierba del suelo, giró el pie y apretó la suela de la bota contra las ramitas y la pinocha hasta que las hizo crujir. A Sakura le pareció que había sonreído un instante.
—A mí me gustaría casarme de nuevo —admitió Sasuke con aire reflexivo—. Una unión de ese tipo trae consigo muchas ventajas…
—Para un hombre —lo interrumpió ella con un brillo en los ojos al ver que su humor había mejorado—. Como mujer, yo prefiero las ventajas que ofrece la vida fuera del matrimonio.
Él la miró de reojo y estudió su rostro.
—No estoy seguro de que hablemos de las mismas ventajas, Sakura.
Ella esbozó una sonrisa afable y se enderezó en el banco.
—Yo estoy segura de que sí. Tengo veintinueve años, Sasuke, y soy francesa. No me describiría como una mujer ingenua. Me niego a convertirme en propiedad de nadie para su exclusivo disfrute.
Lo primero que le vino a la cabeza tras semejante admisión fue que él podría sentirse horrorizado ante tanta franqueza. Pero no lo estaba. Durante algunos momentos se limitó a observarla, pero después, por primera vez desde que se conocieran, sus labios dibujaron una enorme sonrisa que reveló unos dientes perfectos y que le hizo parecer mucho más joven. Casi un muchacho. En ese instante, sentado a la linde del bosque junto a un resplandeciente y tranquilo lago, Sasuke Uchiha la cautivó, y Sakura sintió una deliciosa y reconfortante calidez en su interior.
—Tal vez no haya encontrado a un hombre que caliente su sangre con esa clase de deseo que dura para siempre, Sakura —sugirió en un susurro ronco e íntimo—. Esa clase de deseo que no se sacia jamás y que en cambio siempre te hace anhelar más y más. La clase de deseo que te da ganas de aferrarte a alguien con fuerza y no soltarlo jamás.
El hecho de que él sugiriera algo que ella estaba cerca de sentir logró que la calidez de su interior se elevara hasta sus mejillas. Se sonrojó por completo, algo que no le sucedía jamás. Él también se dio cuenta y su expresión se suavizó mientras recorría una vez más su rostro con la mirada.
Sakura cerró los párpados y se movió con nerviosismo en el banco. Metió las manos en los bolsillos de la capa en busca de los guantes, más por la necesidad de hacer algo que por el calor que le proporcionarían. Se puso primero el de la mano izquierda y después el otro.
—Habla como si hubiera sentido ese tipo de devoción por una mujer.
—¿Sí?
En realidad no era una pregunta, sino una simple declaración que no precisaba una respuesta por su parte. Eso hizo que se sintiera un poco nerviosa y aún más intrigada. Quería conocer todos los detalles, pero se mordió la lengua para no preguntar. De poco sirvió, porque él no añadió nada más.
Dejó escapar un suspiro adrede y volvió su atención hacia el lago.
—Tal vez tenga razón, Sasuke. Pero he aceptado mi situación. Soy demasiado mayor para casarme, y puesto que nunca he experimentado ese tipo de devoción hacia un hombre, y tampoco la he recibido de ninguno, albergo serias dudas de que algún día llegue a hacerlo. No tengo claro que a mi edad pueda llegar siquiera a reconocer esos sentimientos románticos. Pasión, sí. Romance, no.
Sasuke se encogió de hombros, algo que ella sintió más que vio.
—Uno puede albergar sentimientos a cualquier edad, Sakura. Por supuesto, jamás ocurrirá si se cierra en banda y no deja que formen parte de su vida, pero eso es elección suya.
Su tono era indiferente, pero sus palabras resultaban bastante explícitas; no eran insultantes en absoluto, pero estaban cargadas de significado.
—Mi trabajo significa mucho para mí, Sasuke —replicó ella, un poco a la defensiva—. Siempre es lo primero.
Él se echó hacia atrás y se relajó contra el banco una vez más mientras cruzaba las piernas.
—También comprendo ese tipo de devoción.
Tenía la certeza de que había sido sincero con esa declaración. Con todo, él no sabía hasta dónde llegaba su devoción por el trabajo, y Sakura no habría sabido explicárselo ni en el caso de haber querido hacerlo.
De repente, algo llamó su atención al otro lado del lago. Un hombre había emergido de un grupo de árboles a lomos de un enorme caballo gris y zigzagueaba a lo largo del sendero que pasaba junto a la orilla del agua.
—¿Es él?
—Es él —respondió Sasuke en voz baja.
Descartada ya la conversación anterior, Sakura se inclinó hacia delante y se concentró en el barón para estudiarlo tan bien como le fuera posible desde esa distancia. Llevaba un traje de montar azul marino, pero estaba demasiado lejos para determinar su calidad. Tenía el cabello de color rubio rojizo cortado a la moda, y la piel pálida de su rostro estaba bien afeitada, a excepción de unas largas patillas laterales; tenía una complexión media, si bien sus brazos y piernas parecían bastante fuertes. Cabalgaba con la destreza propia de los que lo hacen a menudo, y aunque el esfuerzo del ejercicio le daba una expresión dura a su rostro, Sakura pudo imaginárselo sin problemas como el apuesto galán de las reuniones sociales.
Justo en ese momento, el hombre perdió la concentración. Miró en dirección al lago y aminoró el paso de su caballo cuando los vio por primera vez. No apartó la vista de ellos mientras seguía avanzando despacio por el sendero del bosque. Sin embargo, no los saludó ni con gestos ni con palabras; mantuvo una expresión seria y los observó con ojos fríos y sagaces. Calculadores. Es inteligente. Y me está observando, se dijo Sakura.
Una repentina ráfaga de viento levantó las hojas caídas, sacudió los árboles y agitó el agua. Aun así, el hombre no apartó los ojos de ellos, de ella. Por primera vez desde que saliera a pasear esa mañana, Sakura sintió que el frío atravesaba sus ropas y le helaba su piel, y se echó a temblar.
Sasuke percibió su reacción y extendió el brazo por detrás de ella con un movimiento tranquilo para subirle la capucha de la capa muy despacio; luego deslizó la palma por el borde y se lo ajustó al cuello. El ribete de piel acarició el rostro de Sakura, que alzó también las manos hasta la capucha y rozó la mano enguantada masculina durante algunos segundos, hasta que él la dejó caer a un costado.
Dejó de observar al barón y contempló una vez más al hombre que tenía al lado. Sus miradas se enlazaron y entre ellos se estableció una extraña comunicación silenciosa… no de tipo sexual, sino relacionada con algo más profundo que ella no acertaba a comprender del todo. De pronto, como si de un fogonazo de luz se tratara, lo entendió todo y abrió los ojos de par en par en una expresión asombro.
Ese inocente acto de ponerle la capucha había sido algo más que un comportamiento caballeroso. Era un gesto tan calculado como la expresión que había visto en el rostro de Richard Sharon y con un propósito más que evidente. Era un movimiento que denotaba posesión, un mensaje sin palabras que ambos hombres habían entendido muy bien. Un gesto posesivo. Sasuke la había reclamado, y el barón lo había visto.
—¿Lista para volver a casa? —le preguntó él con tono amable.
Sakura parpadeó un par de veces antes de dirigir la vista hacia el lago. El barón de Rothebury había desaparecido por detrás de los árboles.
—Supongo que sí —murmuró; las inquietudes le habían provocado un nuevo dolor de cabeza.
Sasuke se puso en pie antes de ofrecerle el brazo, y ella lo aceptó sin pensárselo dos veces. Tras recoger la taza vacía del suelo, caminó a su lado a través del túnel de vegetación preguntándose por la causa de su desconcierto. ¿Sasuke también se sentía inexplicablemente atraído hacia ella? ¿O su muestra de posesividad no había sido más que una puesta en escena?
Que les ha parecido? Personalmente este capítulo me encanta, y a partir de ahora esto solo puede ponerse mejor. Espero verles en el siguiente capítulo!
