It's been a long time since I write something!
Hola, acá está el final, cortito, porque creo que es lo mejor. Aunque quizás escriba más, para deleite de los que disfrutan de esta parejita nueva
Y como siempre, gracias a CarXx por el género xD
Disfruten.
Queonda.
No sabía qué hacer. El dominio que Bulma había sentido en su pequeño cuerpo sobre el de ese gigante de hierro era inesperado. Pero las cosas no estaban saliendo como ella quisiera. Casi sentía querer huir, escapar de esa situación desesperada.
Pero dos sentimientos se contraponían en su corazón de mujer: su orgullo, heredado de su familia y el que la hacía prevalecer sobre su competencia y enemigos; la que la hacía la persona decidida que realmente era.
Por otro lado, sus ojos no dejaban de mirar el torso desnudo de Turles. La mirada lasciva de ese imponente hombre la perseguía, buscaba esas zonas donde la bata se había corrido y dejado ver la dulce piel de porcelana de la mujer.
Había algo en esa mujer insolente que lo atraía, quizás era la forma en la que ella no había temido ni un instante en enfrentársele, o tal vez era porque sentía que la última vez que la había visto, había dejado algunas cosas inconclusas. Esa mujer era atractiva, pero algo le decía que jugar con ella sería jugar con fuego.
Bulma giró detrás del teclado y se paró, asomando su cabeza al otro lado de la pared que los dividía. De pronto, él saltó sobre el teclado e intentó agarrarla. Bulma corrió, girando y recorriendo el teclado de la cámara que interrumpía la habitación en el centro. Turles la perseguía por detrás, casi alcanzándole la bata. Esa escena era de lo más ridícula, ambos corrían alrededor del objeto como gato y ratón. Y el gato estaba muy hambriento.
La paciencia de Turles desapareció. No podía creer que esa mujer le estuviera haciendo pasar el ridículo. ¡A él! Siendo el mercenario que todos temían y que muchos alababan, probablemente por el terror que le tenían. Frenó su corrida y volteó, atajando de lleno a la peliazul y cayendo al suelo.
Bulma había enredado sus brazos alrededor del torso desnudo del sayajin, que de pronto le mostró una sonrisa encantadoramente fatal. Podía sentir su corazón agitado y sus venas con la sangre hirviendo y corriendo a gran velocidad.
La peliazul no sentía miedo. Eso se había extinguido en los ojos negros y profundos de Turles. Ninguno se movía. La respiración se podía escuchar a lo largo de toda la cámara de gravedad.
Miraba su cabello y, aunque lo intentara, no podía ver a ese sujeto como su amigo Goku.
Sus bocas estaban por encontrarse. Bulma sentía las fuertes y ásperas manos del sayajin subirle por los muslos lenta y pausadamente.
Turles recibió la bofetada de su vida.
—¿¡Cómo te atreves a golpearme de la forma que lo hiciste!? ¿¡Acaso no sabes quién soy!?...—Pero Turles no escuchaba los gritos de esa mujer exasperante. Su cara estaba contra el suelo frío, y su mentón palpitaba del dolor. Casi podía saborear la sangre dentro de su boca.
¿Cómo había dejado que eso pasara? Había bajado las defensas frente a esa insulsa fémina, sin esperar lo inesperada que ella solía ser.
Bulma no dejaba de sacudirse. Sus cabellos cortos tapaban sus ojos fruncidos de rabia contra el sayajin que había osado levantarle la mano. Él la tomó de ambas muñecas y giró hasta estar sobre ella.
—Eres la mujer más exasperante.— Y la besó.
La besó contra su propia voluntad, y contra la voluntad de la mujer. Ella no dejó de intentar escapar, en eso había algo que a Turles lo estaba volviendo loco. Sus labios la rozaban con asco, pero luego se fueron relajando hasta convertirse en un beso de verdad. Un beso pasional que encendió la llama lujuriosa de ambos.
Turles no había sentido nunca esa sensación de poder sexual sobre alguien. La miraba a los ojos y le parecía ver a la mujer más hermosa del mundo. La soltó, relajó su agarre. De pronto, sólo quiso verla moverse.
Todo ocurría lentamente. Ella se levantó, algo insegura, y lo miró. Sus ojos azul marino brillaban de la emoción. Reflejaban el fuego interno de deseo. Tapó su cuerpo con sus pequeñas manos de porcelana, sintiendo cómo el sayajin la desvestía con los ojos. Quiso correr, pero una energía más fuerte la mantenía cerca de él.
—¿Quieres un café?— le preguntó ella, las palabras a duras penas lograban salir de sus labios. Él no la oyó, sólo observó el mover de los labios rojos y carnosos de la peliazul.
Lo siguiente fue algo fuera de lo común para Turles. Se encontró al sol, en un balcón, sentado en una pequeña silla de incomodidad, frente a una minúscula mesa redonda. Sus piernas no entraban en esa silla, y sentía que podría romperse. El sol le destrozaba los ojos, y su cola sudaba a más no poder. El ruido de la ciudad lo aturdía, estando él acostumbrado al vacío sonido del espacio. La vio entrar con una bandeja con tazas y una tetera. Ella tomó asiento y le sirvió algo de café.
Una pequeña risa escapó de Bulma, al verlo forcejear con esa silla de mimbre que no era lo suficientemente grande para esas piernas musculosas y ese traje. Casi se había atrevido a traerle ropa, pero recordó al último sayajin al que le ofreció ropa. Prefirió que este hombre se largara.
—Y, cuéntame, ¿Qué estás haciendo por aquí?— tomó un sorbo—, ¿negocios?
Turles tomó con dos dedos la taza y la tomó rápidamente.— De hecho, vine por ti.
—Interesante.— Ella tomó un semblante serio, dejando reposar la taza sobre su falda— Escúchame bien, extraterrestre luchador, ya hemos pasado por esto. De hecho, ya he pasado por esto más veces de las que te imaginas. Quisiera llevar esto a una resolución rápida y sencilla. Tú te marchas por donde viniste, y yo sigo con mi vida.
La mesa se volteó.— ¡A mí nadie me da órdenes!
—Cálmate, sólo digo que nos perjudicará a ambos, llegará mi marido y—
Lanzó una risa que heló todos los vellos del cuerpo de Bulma— Tu marido no me llegaría ni a la punta de los dedos de los pies. Yo tomo lo que me plazca.
La levantó en su hombro y la llevó dentro, riendo como maníaco.
—¡Qué básico eres!— lo golpeaba, sin efecto— ¡Pareces King Kong! ¡Bájame!
—No escuché un "Por favor"
—¿Por favor?
Lo pensó un momento, sólo para fastidiarla—… ¡No!
Entró a la primera habitación que encontró, con una cama. La arrojó bruscamente y se quitó la armadura. Le arrancó las vestiduras hasta dejarla en paños menores. La cara de Bulma se coloreó de rojo, mientras con las almohadas cubría sus partes nobles.
—¡Así resuelves todo! ¡Te falta originalidad!— Cuando menos quiso darse cuenta, Turles estaba sobre ella, besando su cuello.— ¡Bájate!
—No me digas que no te gusta— le susurró en tono burlón, lo cual la enfureció. Dio su grito más agudo y ensordecedor. Los que pasaban por la calle voltearon a la corporación con preocupación. Pero nadie hizo nada. Esas cosas eran normales en esa corporación científica.
Turles le metió una almohada en la boca.— Te metería otra cosa, pero podrías morderla.
—¡Qué sucio eres! ¡Degenerado! ¡Desgraciado violador!
Los insultos no pararon, pero no hacían más que elevar sus deseos de poseerla en el momento. Su cuerpo era el de una diosa, nunca había contemplado tanta belleza. Recorrió su figura con sus dedos pulgares, sintiendo cómo ella se respingaba de la emoción.
Su cola peluda abrió las piernas de la mujer y se introdujo en su interior secamente. Bulma gritó del horror, no sabía qué era lo que tenía dentro, y no tenía ansias de averiguarlo. Sintió unos cálidos besos en su cuello y el lóbulo de su oreja, mientras unas ávidas manos acariciaban su cuerpo con cautela. Poco a poco se dejó llevar por esa sensación de cariño.
La almohada se deslizó lentamente de su rostro, permitiéndole verlo a los ojos. Los ojos azabache la miraban, como deseando comérsela entera.
La hizo rogar por más, mientras ella se derretía bajo su cuerpo musculoso. Bulma sintió que su voz se escapaba cada vez que abría la boca para expresar ese deseo y goce que su cuerpo sintió cuanto él ingresó dentro de ella vorazmente. Su mente se perdió en las sensaciones que revolucionaban su cuerpo y la hacían sentir los colores y ver la felicidad.
Se aferró a su espalda con sus uñas, arañándolo por cada embestida que él le proporcionaba. Nunca creyó poderse divertir tanto con una fémina como la que tenía bajo suyo.
Los gemidos rápidamente ocuparon toda la corporación. Los animales enloquecían, y los pájaros volaban lejos.
En las afueras, villano tras villano caía bajo los pies de los héroes del momento, y en el inframundo, una batalla sin retorno había culminado con la última esperanza de los dos héroes, la fusión. Luego de la fusión fallida, la creación de un nuevo individuo, Gogeta, se hizo sentir en todo el inframundo. La energía que emanaba era extrema, fulgurosa. Goku y Vegeta sentían en sus cuerpos el vigor y la energía infinita recorrer cada parte de su cuerpo, llenando sus venas de sangre poderosa y viril.
Sensaciones que Bulma sentía, recostada sobre la mesa, siendo penetrada virilmente por ese sayajin agresivo y degenerado. Se sentía débil ante su energía, sus brazos, su ser. Los ojos carmesí que la observaban no hacían más que ruborizarla cada vez que los cruzaba con los suyos.
No quería dejarse debilitar por un simple hombre del espacio, pero no dejaba de sentirse atraía a ese hombre que no hacía más que cautivarla.
—¿Quién es despreciable ahora?— le susurró Turles al oído, tomándola del cuello y arrojándola contra la mesa de frío roble.
Cuando sintió que él desplegaba sus colmillos sobre su cuello, le golpeó la mano. Él se detuvo. Otra vez lo desafiaba.
—¿Qué haces?
—¿¡Tú qué haces!?
Él la forzaba a moverse, ella le quitaba la mano de encima, con rabia. Era una discusión sin palabras.
En el inframundo, el ambiente volvía a la normalidad. El caramelo se dispersaba, la fusión desaparecía en conjunto con todo su poder. Los muertos retornaban a su estado: la muerte.
Bulma cerró los ojos, mientras se aferraba fuertemente a las sábanas de su cama, luego de ser cargada a la fuerza por Turles. Nunca lo olvidaría mientras vivía. Sentía su cuerpo rasguñado, lastimado. Pero su alma se sentía sana, más viva que nunca.
Turles sentía en su cuerpo la fuerza viril que sentía al combatir a un enemigo más fuerte que él. Y, hasta podía admitir—sólo mentalmente— que ella era más fuerte que él. No en fuerza, sino en alma. Su energía superaba la de cualquier ser mortal que hubiera conocido alguna vez, y era capaz de dominarlo con solo tres palabras. Hasta podría arrodillarse y besarle los pies, si ella lo ordenaba.
La sujetó fuerte de la cintura, dejando sus dedos varoniles marcados en su piel de seda, y acrecentó el ritmo, gozando de los alaridos de placer que dejaban sin descanso a Bulma.
De pronto, la puerta se abrió. Una sombra notablemente pequeña iluminó la habitación oscura. Una silueta aterradora y conocida se dibujó en la pared. Al son de su voz carrasposa, Bulma se exaltó.
—Ya llegué, mujer.
Al abrir los ojos, se encontró sola en su cama, desnuda y algo lastimada.
