N.A: Gracias A aquellas personas que se dieron un momento para dejar un review n_n Gracias por darle una oportunidad a esta historia.


Disclaimer: Shingeki no Kyojin no me pertenece, el autor es Hajime Isayama. La obra musical es creación de Catherine Johnson, encargada del libreto.


CAPÍTULO SEGUNDO

"MAMMA MIA" [1]

Yes, I've been broken-hearted
Blue since the day we parted
Why, why did I ever let you go?
Mamma mia, now I really know
My, my, I could never let you go.
(Sí, he estado con el corazón roto
Triste desde el día en que nos separamos
¿Por qué, por qué tuve que dejarte ir?
Mamma mia, ahora realmente comprendo
Mi Dios, nunca podría dejarte ir).

.

Mikasa les había pedido que aguarden por ella en una habitación. Más exactamente en la suya. Y ahí estaban: Armin sentado sobre la cama y Sasha examinando la pequeña mesa que servía de escritorio, la cual tenía las patas talladas con formas marinas, ondulaciones semejantes a olas. Una mesa muy antigua, pero muy hermosa. El barnizado reiterado le había permitido conservarse mejor.

—Sabes... —dijo Armin, paseando su mirada por la recámara—. Me hubiera gustado que me deje ver ese cuaderno...

—¿Por qué tanto interés? —respondió Sasha distraída, poniéndose de cuclillas para palpar el tallado.

—Es porque...

—¡Porque te gusta saber! —interrumpió—. No eres chismoso, solo quieres ver con más cuidado qué concluyó esa persona.

—En realidad, es porque hay algo que no me cuadra. Si pudiera...

No alcanzó a decir todo lo que quería debido a la aparición de Mikasa. Estando ella presente ya no podía hablar con tanta libertad.

—Volví —dijo ella, aproximándose a la cama y dejándose caer sobre esta.

—¿Qué está haciendo Levi? —preguntó Sasha.

—Está con mis tías. Con Petra y Hanji. No las había visto desde hace muchos años.

—¡Quisiera verlas! Las recuerdo de cuando éramos muy niños. Especialmente a Petra, porque a ella la vimos hasta adolescentes. Hanji... —dijo Sasha ya de pie, forzando su memoria y entrecerrando los ojos—. Ella era... ¡La mujer que le enviaba pastillas a Levi! ¡La que te llevaba al colegio acompañada de él! Recuerdo que algunos creyeron que era tu mamá, hasta que vieron a Petra también, y luego se enteraron de que Levi era omega...

—Ella misma —cortó Mikasa, y un ápice de aflicción se dejó ver en sus ojos—. Ahora deben estar conversando sobre lo que han estado haciendo. No conviene ir ahora. Ahora importa otra cosa.

—Oh, no... —Armin sabía perfectamente a qué se refería—. Te refieres a los barcos.

—Sí. Ya deben estar llegando. Voy a ir a esperarlos por aquí. Levi no puede verlos.

—No pensarás esconderlos hasta mañana... ¿O sí?

—No, Sasha. Será de momento. Si Levi los viera en este momento no sé cómo reaccionaría. Primero debo reconocer a mi padre y luego veré qué resolver.

—Oye, Mikasa —intervino Armin—. ¿Qué les dijiste exactamente en tu invitación?

—Les envié cartas. Las escribí en una computadora. Dije que Levi los estaba invitando a mi boda y que quería verlos.

—¿Y tú crees que él quiera verlos?

—No lo sé. Lo que importa ahora es que ya deben estar por aquí. Pueden ir a saludar a Levi o platicar con él. Yo iré a fijarme si ya llegaron.

—Mikasa, Levi te va a matar —afirmó Sasha.

Ella ya no hizo caso. Les dedicó una mirada que gritaba "ya está hecho" y abandonó su cama para salir en dirección al patio. Siendo una isla algo pequeña, el único hotel que podría recibir a sus visitas sería el que administraba su padre, y esperaba que sus invitados conocieron el camino hasta este. De ser así, podrían encontrarse a medio camino, en el patio o el sendero cuesta arriba.

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Hanji iba jaloneándolo por el brazo con tanta prisa que prácticamente sus pies se arrastraban en lugar de dar pasos. Petra iba a su lado sonriéndole para calmar su enojo. Porque estaba empezando a temer que Hanji termine muerta para la noche.

Pensándolo bien, se dijo a sí mismo Levi, no estaría nada mal matarla. En la isla probablemente casi nadie la recordaba, no habría nadie que pregunte por ella. Además, dudaba que alguien vaya a extrañarla en la ciudad de donde había llegado. Y el plus: podría arrojar su cadáver al mar.

Un plan perfecto.

—Enanito, siéntate conmigo —dijo Hanji, liberando su brazo y tomando sus hombros para forzarlo a sentarse sobre el sofá de la habitación que les había ofrecido—. ¿Cómo has estado?

—Hanji... —dijo Petra, sentándose al lado de Levi y apoyando su mano sobre la suya, la cual yacía sobre su muslo—. No sé qué tanto ánimo tenga para hablar. Incluso desde antes no hablaba mucho... —Dirigiéndose a Levi—: ¿Estás de humor?

—Me haces parecer una vieja aburrida —respondió Levi, frunciendo el ceño y dejando escapar un suspiro—. ¿Qué quieres saber?

—¡Pues qué has estado haciendo todos estos años! —exclamó Hanji, rodeando sus hombros con su brazo—. Hace muchísimo que no nos vemos.

Levi se puso de pie en un solo movimiento, liberándose del agarre de ambas amigas, aunque con Petra fue más delicado. De una gran zancada se aproximó a la ventana y detuvo su mirada en las cortinas floreadas que Mikasa había cambiado recientemente. Luego, revisó las bisagras y comprobó que estaban oxidándose.

—Trabajar —respondió al fin—. Todo el tiempo he trabajado. Nada más.

—¡¿Desde que me fui has estado encerrado aquí?! —preguntó incrédula Hanji—. Petra, ¿es cierto eso?

Ella, luego de dudar un instante, agachó la mirada y asintió despacio.

—La verdad... Sí. Hasta que me fui se la pasaba cuidando del hotel. Iba de aquí para allá —dijo, sumando a sus palabras su dedo índice que meneaba de derecha a izquierda, desde la puerta hasta el otro extremo de la habitación— revisando hasta lo que acababa de arreglar.

Hanji dio un brinco sobre el sofá y se acomodó los anteojos para examinar a su amigo.

—¡¿Dónde quedó mi Levi?! ¿Dónde está el sujeto increíble que me acompañaba de fiesta en fiesta?

—Ahí, en esa época.

—Tienes que estar bromeando... Es decir, no puedo creer que no hayas vuelto a salir a divertirte. Levi, Mikasa ya es adulta.

—Siempre hay algo que hacer aquí —respondió, mirando el horizonte a través de la ventana. Como si buscara algo—. Siempre estoy ocupado.

—¿Y no extrañas esa época? —preguntó Hanji acercándose a él para abrazarlo, ya con cuidado a diferencia del primer momento cuando lo hizo con brusquedad para despertar su enojo. Parecía querer consolarlo.

—Para nada —aseguró él, clavando sus ojos en los de Hanji—. Estoy muy bien como estoy. Vivo tranquilo.

—Si él lo dice, debe ser cierto —intervino Petra, acercándose también para abrazarlo por la cintura y apoyar su mejilla sobre su hombro.

—No —afirmó Hanji, pero a sus ojos había vuelto un brillo divertido—. Ven conmigo. —Y tomó a Levi del brazo para arrastrarlo esta vez a la cama—. Algo debes extrañar...

—No, no extraño nada —replicó Levi, sentándose de sopetón. Conociéndola, tan bien como ella lo conocía a él, esa insistencia solo podía tener fines morbosos—. ¿Adónde quieres llegar, maldita loca?

—A tu vida disipada, maldito enano — rió ella—. ¿No has tenido a nadie que te...?

—¡Hanji! —se quejó Petra con el rostro muy colorado, frenando a tiempo las palabras de su amiga y dándole una palmada en el hombro—. ¡Por Dios!

—No —aseguró Levi, muy tranquilo—. No lo he necesitado.

Hanji estalló en una sonora carcajada, quebrando el tranquilo ambiente que hasta ese momento se había formado. Probablemente otras personas hospedadas alcanzaron a oírla.

—¡Un omega me dice que no ha tenido deseo de coger! —siguió riendo, casi ahogándose—. ¡Déjate de idioteces, por favor! Está bien que te haya abastecido de supresores, pero tienes —enfatizó— que estar bromeando... Digo, alguna vez los habrás dejado de usar para dejarte llevar por tus instintos...

—No son idioteces —afirmó él—. No lo he hecho. Punto.

—Vamos, no quieras engañarme... —insistió Hanji con una sonrisa ladina, dándole unos codazos—. Recuerdo muy bien cómo eras en ese entonces, cuando salíamos juntos los tres... ¡No puedes decirme que se te olvidó de repente! —reclamó.

—Yo maduré, Hanji —dijo Levi, muy firme—. Si no hubiera sido así, ahora tendría otro hijo.

—Eso sí es cierto —reflexionó Hanji—. Pero, vamos, ella ya es mayor. Aún podrías...

—Hanji —cortó enfático—. Basta. Dije que estoy bien como estoy. No extraño esa vida para nada. Lo superé.

—Está bien, ya entendí, no insisto más. Pero ahora no estaría mal que nos digas sobre el hotel, al menos. ¿Hay mucho por hacer? Yo lo veo idéntico a como cuando me fui, excepto algunos pequeños cambios... —dijo ella, paseando su mirada por su habitación con más detenimiento—. Las cortinas, por ejemplo. Ah, también el color de las paredes. Y el sofá, ese es diferente.

—Todo está viejo. Siempre hay algo para reparar o renovar. No he tenido un descanso desde que lo heredé.

—Pero sé que no te quejas —dijo Petra con una sonrisa comprensiva—. Más bien estás agradecido de haberlo heredado.

—Así debe ser —asintió Hanji, dejando su espalda caer sobre el colchón—. Oye, estas sábanas son preciosas, muy suaves... ¿Las lavaron tus lindas manitas?

—Mierda... —Levi recordó algo que había dejado pendiente—. Dejé las sábanas remojando en detergente... Debo irme, instálense y las veré más tarde. Quizá en la cena. O la fiesta.

Hanji quiso detenerlo por la muñeca, pero Levi fue más rápido y logró escapar a trote. Su deber lo llamaba, después de todo. La limpieza siempre es primero y las sábanas podrían echarse a perder si permanecían mucho tiempo así.

Petra y Hanji torcieron la boca, presas de un sentimiento común.

Qué dura debió ser la vida de Levi.

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El bote había atracado, y los tres hombres que habían viajado en su interior habían descendido de este para echarse a andar rumbo al hotel que recordaban haber visitado. Tomaron sus maletas y avanzaron por el muelle, recibiendo miradas curiosas de los pobladores que trabajaban por los alrededores, pescando o comerciando. Por supuesto, llamaban la atención de cualquiera: era bastante obvio que eran alfas. Y para los pobladores era muy fácil darse cuenta de ese detalle porque estos en su mayoría eran betas, por lo que la súbita aparición de algún alfa les hacía detener su mirada. Pero ni siquiera era un solo alfa, sino tres, como para resaltar aun más. Tres lunares.

Farlan iba con una camisa blanca de mangas cortas y un pantalón de vestir acero; Eren vestía todo el conjunto: saco y pantalón azul noche, además de la camisa con corbata, sofocándose a medida que iban subiendo por el camino pedregoso; mientras que Erwin, como todo un explorador, apenas llevaba una camiseta holgada, cubriendo su torso con un chaleco beige, y pantalones cortos del mismo color. De los tres, este último se veía fresco como una lechuga mientras los otros dos parecían hervir.

—¿Sabes? —jadeó Farlan, poniendo su pie con cuidado sobre una roca e impulsándose para poder pasarla. Erwin ya estaba más arriba—. Vengo a ver a alguien. Es decir, vengo por la boda, pero también lo hago porque me interesa ver a alguien.

—¡Yo también, Farlan! —respondió Eren, agitado pero sonriente, rezagado como Farlan. Estaba planteándose seriamente quitarse no solo el saco, sino también la camisa—. Es alguien a quien no veo desde que era muy joven. Me pregunto qué tanto habrá cambiado...

—Una suerte —afirmó Erwin, aguzando el oído para no ser excluido de la conversación—. Yo también espero un reencuentro. Tengo buenos recuerdos de este lugar... Tantas coincidencias entre nosotros tres asustarían a cualquiera. ¿No creen, Farlan, Eren?

—Quisiera aprovechar para agradecerte, Erwin —dijo Farlan, tomándose un momento para observar cuánto habían avanzado. Estaban a mitad de camino y al menos algunos árboles les brindaban su sombra para protegerlos un poco. A esa altura el viento soplaba con más fuerza y se sentía delicioso, en contraste con la parte cercana a la orilla que quemaba de forma espantosa—. Si no nos hubieras ofrecido tu bote estaríamos lamentándonos por la oportunidad que perdimos.

—No es problema. Si de todos modos veníamos todos para acá, no veía motivos para no ofrecerles mi bote.

—Ya no aguanto... —refunfuñó Eren. No lo dijo muy alto, pero Farlan y Erwin alcanzaron a oírlo y volvieron sus rostros para ver lo que iba a hacer. Harto del calor, Eren tironeó de su saco hasta deshacerse de este. Una vez que se liberó de la prenda, agitó los brazos y recibió la brisa que corría, sonriendo por la agradable sensación.

El viento agitó el cabello de los tres alfas. Eren se colgó el saco al hombro y soltó un largo suspiro. Farlan observaba sus expresiones y no podía evitar pensar que ese hombre tenía algunos ademanes propios de gente más joven.

—No quiero ser indiscreto, pero... ¿Cuántos años tienes, Eren?

Él, que seguía pensando en el saco que acababa de quitarse y procuraba colgárselo de modo que no se arrugue, le regaló una mirada de desconcierto y respondió luego de unos segundos:

—Treinta y seis. Tengo treinta y seis años. ¿Por?

—Pensé que eras algo menor. Te ves muy joven para la edad que tienes...

—¡Ah, ya me lo habían dicho antes! No sé si sea algo bueno o malo —rió Eren rascándose la nuca—. ¿Y tú? ¿Cuántos años tienes?

—Treinta y ocho. Me siento viejo ahora —rió Farlan, algo tímido.

—Yo ya tengo cuarenta, jovencitos —bromeó Erwin—. Ya descansamos bastante, no estaría mal seguir caminando. No falta mucho, una vez en nuestras habitaciones podremos relajarnos.

Eren y Farlan asintieron, dándole la razón a Erwin. Al menos el camino ya no era tan tortuoso y eso les permitiría llegar más pronto. Las rocas, antes de considerable tamaño, de a pocos fueron desapareciendo para dar lugar a otras más pequeñas y menos peligrosas, cubiertas por ramas trepadoras y árboles que decoraban el borde del sendero. Una vez arriba, se encontraron con la entrada enrejada.

—¿Estará abierta? —preguntó Farlan, acercándose a lo que debía ser la cerradura. Al tocarla se dio cuenta de que estaba muy vieja y desgastada—. Oh, esto no está bien... No es nada seguro que esto esté así —y señaló su hallazgo.

—Creo que tendremos que entrar sin pedir permiso —dijo Erwin—. No nos conviene quedarnos a esperar aquí hasta que alguien aparezca.

Eren accedió a entrar sin ser invitado con mal gesto. Erwin, que era el más corpulento de los tres, se abrió paso entre Farlan y Eren para intentar forcejear un poco con la cerradura, pensando en darle una patada de ser necesario. Sin embargo, no hizo falta mucho, porque esta en realidad no estaba cerrada.

—Lo bueno es que podemos pasar sin echar a perder nada —dijo Eren—. Supongo que ya adentro veremos a alguien que nos pueda atender.

El grupo de alfas abrió la puerta y se adentró en el hotel.

—No estaría mal que vayamos juntos también a la boda —sugirió Erwin—. Si ya hicimos casi todo el camino así, quizá yendo los tres no nos sentiríamos solos.

—No es mala idea —respondió Farlan—. Podría decirse que hasta nos hemos hecho amigos.

—No he conocido muchos alfas, pero parece que nosotros coincidimos en mucho. Seguro que podemos ser amigos. Cuando nos vayamos intercambiemos teléfonos para no perder el contacto —dijo Eren con una sonrisa bastante amable en el rostro, apurando el paso hasta alcanzar el patio. De inmediato reconoció la figura de la fuente—. Esta cosa no ha cambiado nada... Creí que la habían quitado.

Farlan y Erwin también recordaban claramente la pieza que decoraba la fuente. Ensimismados en sus recuerdos, se aproximaron a esta para poder recorrer sus formas con sus dedos.

—La diosa del amor... —susurró Farlan. Sus ojos se perdieron en la silueta que tenía al frente; su mente, en viejas memorias.

—¿Necesitan algo?

Los invasores se vieron descubiertos. Eren y Farlan dieron un respingo del susto que les produjo oír esa voz tan sombría que les hablaba. Erwin giró despacio y se encontró con una jovencita de cabello oscuro y piel muy clara.

—Buenas tardes —saludó Erwin, muy sereno y con la expresión más pacífica que pudo lucir—. Soy Erwin Smith.

—Hola —saludó casual Eren, ya más repuesto luego de ver quién poseía esa voz—. Eren Jeager.

—Mucho gusto —dijo Farlan, viéndola de pies a cabeza—. Farlan Church.

Un pensamiento común cruzó la mente de los tres alfas.

—Te pareces a... —dijeron los tres al unísono, sorprendiéndose el uno al otro.

Mikasa no supo qué hacer.

Acababa de salir de su habitación para recibir a quienes había estado esperando durante toda la semana luego de haber descubierto aquellas hojas reveladoras; y si bien imaginaba qué sentiría en cuanto los tuviera al frente, en ese momento sus emociones eran un lío. Por una parte le emocionaba al fin conocerlos, pero por otra empezaba a sentir angustia.

Estaba convencida de que bastaría una mirada para de inmediato reconocer a su otro progenitor. No había dudas, el llamado de la sangre sería tan fuerte que le golpearía de lleno el pecho y tendría claro a quién había estado esperando...

Contrario a lo que pensaba, no llegaba la revelación que esperaba.

¿Quién era su padre?

—Soy hija de Levi —dijo al fin. Eso era lo único de lo que estaba segura.

—O sea que tú te vas a casar —concluyó Farlan.

—Sí —respondió ella—. Soy Mikasa.

—Eres muy parecida a Levi —dijo Eren, y Farlan y Erwin asintieron, convencidos de que lo que acababa de decir su nuevo amigo era completamente cierto.

Farlan reflexionó entonces sobre lo que acababan de decir.

Levi lo había invitado a la boda de su hija, Mikasa. Eso decía la carta. Levi le había enviado la carta porque quería que esté presente en la boda. Levi quería que esté presente porque, definitivamente, lo recordaba. Levi... Levi... Levi...

Los tres reconocieron el parecido entre esa muchacha y Levi.

¿Los tres conocían a Levi?

Erwin había procesado la información muchísimo más rápido que Farlan y ya estaba a punto de preguntarle. Sus labios entreabiertos lo confirmaban.

—Voy a llevarlos a su habitación. No digan nada —se adelantó Mikasa, elevando ambos brazos y pidiéndoles calma con estos—. Solo síganme.

Eren también parecía haber comprendido todo. Sus ojos desorbitados clavados en la muchacha y su cuerpo renuente a moverse le hacían lucir bastante confundido.

Erwin fue el primero en moverse. Mikasa ya había dado un par de pasos adelante y se dirigía a un pasadizo de dimensiones desconocidas. Iba a paso rápido, porque no quería que por algún descuido su padre aparezca sin previo aviso y los descubra ahí mismo. No podía asegurarlo, pero muy probablemente esos tres reaccionarían violentamente.

Luego de doblar tres veces a la derecha hasta llegar a otro patio, más pequeño y sin ninguna decoración más que las losas del suelo de color hueso y negro, y descender por una escalera muy ancha y muy corta, llegaron a una especie de bodega equipada con unas cuantas camas a lo largo del recinto. No estaba completamente bajo el suelo, sino que se hallaba en un punto medio. Era bastante amplio y las paredes de piedra le daban un aspecto rústico, aunque agradable a causa de unos cuadros que decoraban las mismas. El suelo estaba cubierto de madera, pero esta ya había sido atacada por la humedad y el paso de los años, por lo que con cada pisada crujía y daba la impresión de que en cualquier momento terminaría por partirse.

Cuando Mikasa se detuvo y se giró para enfrentarse a los hombres que había invitado, se encontró miradas más que confundidas: una mezcla de ansiedad y furia. Pero ni siquiera se enfocaban en ella, sino que se miraban entre ellos.

Nuevamente no supo qué hacer. Por una parte se sentía confundida al no ser capaz de reconocer a su padre, pero seguía emocionándola saber que se encontraba entre ellos; mientras que por otra esas miradas chispeando furia contenida estaban despertando todas sus alarmas. Esos alfas estaban a punto de estallar. Con mucha suerte en solo preguntas, mas no en golpes. O de eso se quería convencer a sí misma.

—Vamos a ver... —empezó Eren, intercalando sus enormes ojos verdes entre Farlan y Erwin—. ¿Levi los invitó a ustedes a la boda de su hija?

—Sí —respondió Erwin, y de su rostro se había esfumado cualquier atisbo de amabilidad—. Me envió una carta pidiéndome que venga.

—Lo mismo a mí —dijo Farlan. Sus bellos rasgos se habían deformado en una expresión de resentimiento—. No sé qué hacen ustedes aquí. Váyanse —amenazó.

—A mí me invitó Levi —replicó Eren, ya alzando los puños luego de desanudarse la corbata y tirar lo que tenía en las manos. Ya poco importaba que su saco termine en el piso—. No me voy.

—No pienso irme si fui invitado —puntualizó Erwin, también poniéndose a la defensiva. La maleta cayó pesadamente sobre las tablas del suelo y crujieron de forma estrepitosa. Mikasa creyó que se habían quebrado—. Levi quería que venga.

Mikasa tenía entendido que los alfas solo se ponían violentos cuando algún omega entraba en celo. Sin embargo, sabía de antemano que su padre se medicaba de forma que este quedaba suprimido y no aparecía ningún tipejo golpeando su puerta. Lo había visto antes, de muy niña, y el espectáculo había sido bastante desagradable: un sujeto intentando forzar no solo la puerta, sino también a su padre.

Pero, como fuere, ahí tenía en esa enorme habitación a tres alfas dispuestos a irse a los golpes. Por la facha de cada uno, ya podía imaginarse a un ganador.

Así se echan a perder amistades.

Eren fue el primero en lanzarse encima de su enemigo, en este caso Erwin. Con los brazos extendidos y los puños muy cerrados, se abalanzó al cuello de este e intentó asestarle un puñetazo a su quijada. Lo logró, pero Erwin poseía gran resistencia, por lo que el golpe no le afectó demasiado. A cambio su rodilla veloz terminó en el estómago de Eren, doblándolo en dos. Farlan aprovechó el momento de distracción de Erwin y trató de tumbarlo al suelo. Erwin cayó por el mucho impulso que había cobrado Farlan, además de su peso, sumándose Eren que se resentía del dolor. Erwin reaccionó a tiempo y, antes de que Farlan alcance a hacer un movimiento más, le sujetó las manos para estamparle un cabezazo en toda la frente.

—¡Hijo de puta! —se quejó Farlan, entrecerrando los ojos a causa del dolor, pero luchando aún. Cayó sentado sobre el suelo y se llevó una mano a la frente para palpar el daño, mientras que la que tenía libre se dirigía a alguna parte del cuerpo de Erwin. Lo importante en ese momento era golpearlo, sin importar dónde fuera.

Eren se recuperó del rodillazo y escupió un poco de sangre. De inmediato recobró el impulso y volvió a la carga, esta vez contra Farlan. Como una lanza, su hombro derecho dio de lleno contra el costado de Farlan, llevándoselo de encuentro hasta dejarlo tirado en el suelo.

El golpe que recibió en las costillas lo dejó sin aire, pero cumplió su cometido y logró asestarle un manotazo en el brazo a Erwin. Eren quedó sobre Farlan y se sentó a horcajadas sobre él, dispuesto a darle con su puño todo lo que no consiguió con Erwin. Este mientras tanto veía en ese ataque la oportunidad de acabar con los dos. Al igual que Eren, se lanzó contra ellos, derribando a quien en ese momento dominaba a Farlan, que ya se daba por perdedor.

Mikasa entonces temió por lo que pudieran hacer de no ponerles un pare.

—¡Yo los invité! —gritó, y de inmediato los tres detuvieron su batalla.

—¿Qué? —cuestionó Erwin, quien era el que mejor librado había salido. Se incorporó hasta quedar sentado y se tocó la quijada, justo donde le había golpeado Eren. Resistía bastante, pero Eren también pegaba muy fuerte, además de tener el hombro resentido por lanzarse contra sus rivales—. ¿No nos invitó Levi?

—Es... Una sorpresa.

—¿O sea... que Levi no sabe que estamos aquí? —inquirió Eren, incrédulo y aún un poco adolorido. Había terminado completamente tirado en el suelo y de a pocos se incorporaba, apoyándose sobre sus codos.

—Era una sorpresa. Para él. Siempre habla de ustedes. Es solo que es... tímido. Por eso no reconoce que quiere verlos.

—¿Levi tímido? —rió Farlan, mientras un delgado camino de sangre se abría paso desde su frente hasta recorrer su mejilla—. Él no es tímido. Solo se avergüenza a veces y es torpe para expresarse.

Erwin y Eren lo fulminaron con la mirada. Mikasa ya veía venir más golpes, Farlan y Eren se veían bastante vulnerables en el suelo, por lo que se apresuró a hablar:

—No peleen. Por favor. Quise invitarlos para darle una sorpresa. No arruinen la sorpresa.

—¿Qué quieres que hagamos? —preguntó Erwin. La chica se veía angustiada y su natural cortesía le impedía negarse a lo que le pidiera. Además, era hija de Levi.

Mikasa estaba a punto de formular su petición, pero una voz peculiarmente grosera se dejó oír. Los hombres que yacían en el suelo se incorporaron lentamente, aguzando el oído para reconocerla mejor. Esta parecía provenir de una habitación en la parte superior.

—Me cago. Me cago en tus preguntas morbosas, Hanji... Como si por ser omega fuera un urgido de mierda que solo piensa en follar.— Algo estaba siendo refregado y parecía producir espuma—. Al menos las sábanas ya están limpias, solo hace falta enjuagarlas... — El sonido de agua vertiéndose en una tinaja se dejó oír también. Luego, algo pesado estrellándose contra esta; y seguramente el agua terminó desbordándose —. Dos más y listas... —se oyó. Parecía complacido.

—No... —dijo Mikasa, mirando fijamente a los hombres que tenía al frente. Ya veía que tenían intenciones de acercarse a la puerta—. No. Quietos. No.

—Es Levi... —susurró Eren con los ojos clavados en la puerta de la habitación.

—Sí, es Levi... —se sumó Erwin. Farlan estaba mudo.

—No. No pueden salir. No aún. Es una sorpresa, ¿recuerdan? Levi no debe saber que los invité. Quédense aquí y no salgan, yo volveré más tarde... —giró su rostro en dirección a la puerta, temiendo que a su padre se le ocurra acercarse precisamente a esa habitación—. Prométanlo.

—De acuerdo —aceptó Erwin—. Creo que no es prudente ni inteligente aparecernos. Sobre todo porque no sabe que estamos aquí.

—Pero luego buscaré a Levi—sentenció Eren, aunque más sonó como una amenaza—. Vuelve pronto.

—Vamos a quedarnos aquí, linda —dijo Farlan, repuesto de la sorpresa tras oír a Levi—. Te lo aseguro.

Sellada la promesa con un guiño de sus invitados, Mikasa salió corriendo de la habitación, cerrando la puerta para asegurarse de que estos no escapen. Por un momento pensó en trancarla, pero temió lo que pudiera ocurrir al dejarlos encerrados. Siguió corriendo esta vez con rumbo a la playa, con el pecho en un puño.

Quería desaparecer al menos un rato.

Levi había terminado de enjuagar las sábanas y se disponía a tenderlas sobre los cordeles para que pudieran secar. Estos se encontraban justo saliendo del cuarto de lavandería, en el pequeño patio, dispuestos de forma paralela. Su baja estatura le causaba algunos problemas, porque los había atado a algunas vigas colocadas a lo ancho del patio, de modo que Mikasa no tenía que agacharse para sortearlos. Él, en cambio, debía estirarse para poder colgar la ropa, ya que no alcanzaba a los cordeles con facilidad.

Distraído en su tarea, iba rumiando su molestia con su amiga mientras las aún húmedas sábanas alcanzaban a mojarle las manos. Con toda la fuerza de sus brazos exprimió cada una y la tendió, asegurándola con un par de ganchos, aspirando el agradable aroma del suavizante que recientemente había adquirido. Una ganga: le salía a mitad de precio si además compraba el detergente de su preferencia.

Pensando en la buena compra que había hecho, una vez terminada su tarea se devolvió al cuarto de lavandería para guardar y acomodar todo lo que había utilizado: las tinajas, la escobilla, el detergente y el suavizante, además de asegurarse de que estos queden bien sellados: había visto el otro día a un gato, y temía que en un descuido este se meta a la habitación y termine derribando sus botellas, causando un desastre en el suelo y desperdiciando sus productos.

Conforme con su trabajo, se secó las manos con su pañuelo y acomodó la enorme camiseta que llevaba puesta, la cual le llegaba hasta el inicio de sus muslos. Le resultaba más cómodo ir por su casa usándola, el calor no era muy fuerte pero era muy agradable sentirse libre con una prenda tan ancha. Por eso también vestía un pantalón de dormir, pero este era justo de su talla, no quería que la basta se arrastre porque acabaría por desgastarse, dándole un aspecto descuidado.

Se cercioró de que su ropa no se haya humedecido y salió del cuarto de lavandería. Ya estaba planeando qué lugar podría revisar o qué podría reparar a continuación, hasta que el sonido de madera crujiendo capturó su atención. Posiblemente Mikasa estaba rondando por la bodega, pero no podía asegurarlo; además, estaba convencido de que ya se habían encargado de limpiar allí.

—Gato de mierda... —concluyó en un susurro; y como si lo imitara en sus sigilosos movimientos, avanzó muy despacio, midiendo sus pasos para no hacer ningún ruido.

Si quería capturarlo para acabar con la plaga, tenía que ir con cuidado. Le pareció más adecuado aproximarse a la bodega por el techo de esta, porque de ese modo podía sorprenderlo y ver qué hacía exactamente, para lo cual treparía muy despacio por la escalera metálica que había incrustado en un muro lateral. Así, Levi escaló peldaño por peldaño hasta llegar al techo del lugar donde aguardaba su presa.

No pensaba matarlo. No era tan cruel como para acabar con su vida, porque suponía que, de enterarse, Mikasa se pondría triste. Siempre quiso tener una mascota, pero se negaba a su petición porque no quería imaginarse tener a un bicho de esos ensuciando constantemente el hotel con sus deposiciones. Era mucha responsabilidad y definitivamente no quería cargar con el peso de otra vida. No, ya no. Solo lo atraparía y lo echaría a la calle. O quizá podrían quedárselo hasta encontrar a su dueño... Podrían poner un anuncio y el bicho luego volvería a su hogar...

—No... —se dijo a sí mismo—. No quiero a esa bestia soltando sus pelos por aquí...

Levi llegó al techo de la bodega y se acercó a una pequeña abertura. Había tenido la precaución de hacerle una salida de escape en caso ocurra una emergencia, porque a menudo la puerta se trababa y ya no había forma de salir si Mikasa no estaba. Ni siquiera un huésped podría salvarlo de quedar atrapado, ya que solo ella conocía las mañas de cada aparato y cerradura que hubiera en su hotel. Levantó la pequeña tapa y asomó la cabeza, examinando la habitación. No quería meterse directamente en la habitación porque el gato podría asustarse y ponerse violento. No, arañazos no, definitivamente.

Esperaba encontrarse con las sábanas deshechas o algún cuadro caído, pero no. Todo estaba en orden.

Extrañado, metió un poco más la cabeza y revisó de un lado a otro hasta hallar al invasor.

No encontró a un invasor, sino a tres. Ninguno era un gato.

Sus ojos tenían que estar fallándole. No había otra explicación.

No, tampoco. Sus ojos estaban muy bien. Porque si sus ojos estuvieran realmente mal, le estaría dando indirectamente la razón a Hanji y sería un viejo.

Un espejismo. Sí, eso debía ser.

Se incorporó de golpe, alejando su cabeza de la abertura para quedar de pie. Una sensación de vértigo terrible le sacudió el cuerpo. No estaba tranquilo. Tenía que cerciorarse de que en verdad fue una ilusión; inusitada, porque no sabía por qué razón su mente había revivido esos recuerdos como para que tres sujetos con los que había compartido su juventud aparezcan en su bodega, pero ilusión al fin.

Repuesto del mareo, quedó de rodillas frente a la abertura y asomó nuevamente la cabeza.

Pero ellos seguían ahí, dándole la espalda, charlando de algo.

—¿Qué mierda...? —susurró, frunciendo el ceño y cubriéndose la boca con una mano para no ser oído—. ¿Qué mierda hacen aquí?

Su mirada repasó de arriba abajo cada figura que se presentaba en su bodega.

—Farlan... Erwin... Eren... —Y un extraño sentimiento le dio de lleno en el pecho, volviendo a aturdirlo.

Toda una época de su vida estaba pasando frente a sus ojos.

De puro susto se alejó de la abertura y la cerró de golpe, quedando sentado sobre el techo.

Eso no tenía explicación alguna. Esas personas no tenían por qué estar ahí.

Quizá fue a causa de que quiso probarse a sí mismo que su presencia en su bodega no le afectaba en lo más mínimo, que todo lo vivido ya estaba superado y enterrado. Solo una vez más antes de salir de ahí, para dejarse muy en claro que no había razón para que su corazón vuelva a latir de esa forma desbocada, al punto de robarle el aliento.

Así, volvió a abrir la pequeña puerta, asomándose con cuidado y muy despacio. Sin embargo, esta vez el gato sí apareció, y sus garras incrustándose en su espalda en medio de un brinco enorme le hicieron perder el equilibrio. Levi cayó a través de la abertura en medio de la bodega, golpeándose la baja espalda, además de las piernas y codos.

Los tres alfas, luego de habérsela pasado discutiendo sobre las decisiones que tomaba Mikasa a escondidas, ya más calmados luego de aclarar que los tres se quedarían porque, a fin de cuentas, Mikasa fue quien los invitó y no podían negarse a la petición de la hija de Levi, sobre todo con respecto a no pelear; giraron al mismo tiempo al oír el estrépito de la madera destruida [2].

—¿Levi? —preguntó Farlan, acercándose hasta él al verlo tirado en el suelo, apoyado sobre su codo derecho y acariciándose la espalda baja con una expresión de dolor en el rostro.

—¡Levi! —exclamó Eren, corriendo hasta quedar de rodillas frente a él, haciendo amago de tocarlo para ayudarlo a ponerse de pie.

—Cuánto tiempo —sonrió Erwin, muy seguro de que ese omega no podía estar sufriendo mucho—. Tu entrada me impresiona.

—Cierra la boca —gruñó en respuesta, alejando de un manotazo a Eren, ignorando a Farlan y dedicándole una mirada asesina a Erwin—. ¿Qué hacen ustedes aquí? —dijo, y esta vez su mirada recayó en cada par de ojos que lo observaban.

—Parece que estuvieras escupiéndonos veneno —volvió a reír Erwin—. Vine de vacaciones. Con mi bote.

—Yo... —vaciló Eren, buscando alguna buena justificación—. ¡Yo quise aventurarme a venir aquí!

—Yo quise volver a ver la isla —confesó Farlan, viéndolo directamente a los ojos.

—¿Y tenían que instalarse aquí? ¿No tienen otro lugar?

—Recuerdo muy bien este hotel, Levi —replicó Farlan.

—Nos gusta aquí —volvió a reír Erwin.

—¿Se conocen? —inquirió Levi, poniéndose de pie. Le dolía el cuerpo, mucho. Si lograba moverse debía ser a causa de la adrenalina del momento.

—N-Nos conocimos aquí —dijo Eren.

—¿Desde cuándo tres alfas se hacen amigos así nada más? —dijo Levi receloso.

—Bueno, no hay ningún omega en celo por aquí... ¿O sí? —bromeó Erwin.

—Los quiero fuera —sentenció Levi—. A los tres. No quiero verlos por la noche. Tengo mucho por hacer como para tener que verles la cara. Dijiste que tienes un bote, Erwin. Bien, lárguense en esa mierda si son tan amigos.

—¡¿Adónde vas?! —se apresuró a decir Eren, viendo que Levi estaba a punto de salir de la bodega, así fuera cojeando.

—Lejos de ustedes. Tengo mejores cosas que hacer —respondió, volviendo su rostro para encararlo antes de partir.

—Levi... —rogó Farlan.

—Lárguense. Lárgate, Farlan —dijo, dándole la espalda—. Lárguense todos.

Levi empujó la puerta de la bodega, pero esta no cedió. Tuvo que darle un par de patadas pese a su mal estado físico para poder salir de ahí lo más pronto posible. Se dio más prisa al ver que Eren estaba a punto de ayudarle, y lo que menos quería era lidiar con esos sujetos. En ese momento no le importaba romperla, ya luego podría arreglarla.

Arreglarla, repararla, componerla, comprar otra cerradura...

Nada, nada estaba bien.

¿Por qué tenía que pasarle eso cuando ya tenía demasiadas preocupaciones?

En un par de pasos subió las escaleras y a grandes zancadas se alejó del patio, dirigiéndose directamente a alguna habitación. Cualquiera, con tal de desaparecer aunque sea por solo unos minutos.

El plan no le duró mucho, porque luego de rehacer el camino a través de los pasillos, chocó con Hanji y Petra que habían ido a buscarlo para saber qué estaba haciendo. Afortunadamente el impacto no fue muy grande, porque de lo contrario su cuerpo ya no soportaría más. De inmediato notaron que algo en su expresión había cambiado, un pequeñísimo cambio apenas perceptible por aquellas personas que podían leerlo.

—Cariño, ¿qué ocurre? —preguntó Hanji, tomándolo por los hombros e inclinándose para que la vea a los ojos—. Dime.

—Están aquí —jadeó Levi. El dolor ya se dejaba sentir en toda su espalda—. Ellos.

—¿Quiénes? —preguntó Petra.

—Espera —dijo Hanji, apoyando un brazo de su amigo sobre su hombro para ayudarle a caminar—. Primero vamos a ver qué le pasó a tu cuerpo y luego lo que ocurre en esa cabecita tuya.

Hanji lo guió hasta la habitación en la que habían estado hacía unos minutos, antes de que se fuera a lavar las sábanas. Petra tomó el otro brazo de Levi y le rodeó la cintura para evitar que la caminata, aunque fuera breve, le termine lastimando más. Una vez en la recámara, lo colocaron despacio sobre la cama y le acomodaron algunas almohadas hasta que quedó satisfecho, de modo que su espalda descanse.

—Bien —empezó Hanji, con un tono semejante al de un psicólogo, mientras se recostaba al lado de Levi para verle la cara y peinarle el cabello de la frente—. ¿Qué pasó?

—Me saqué la mierda... Suéltame. No te aproveches.

—¿Cómo?

—Me caí.

—Levi, con tus respuestas de una frase no vamos a llegar a nada —apuró Hanji, pero su voz se tornó un poco más dulce—. Dime qué pasó.

—Oí algo en la bodega que está cerca al cuarto de lavandería, me acerqué por una abertura que había en el techo creyendo que era un gato y al final el gato me hizo perder el equilibrio. Entonces me caí.

—Y si no era un gato, ¿qué era?

—Ellos. Están aquí. Eren, Farlan y Erwin.

—Ellos son... —reflexionó Petra, sentada sobre la cama—. Son de esa época... Tú me contaste cuando volví...

—Sí.

—¿Qué están haciendo aquí? —preguntó Hanji.

—No lo sé y no me interesa. Solo quiero que se marchen.

—O sea que ellos ahora están en la bodega... —dijeron al unísono ambas mujeres.

—No —amenazó Levi, muy seguro de lo que estaban pensando. Intentó incorporarse un poco, pero el dolor lo venció—. Ni se atrevan. Quietas ahí.

—Levi, por favor —replicó Hanji, ya muy seria y sentada sobre la cama—. ¡No puedes ser tan egoísta! Si los recuerdo a los tres... —dijo, soltando un suspiro.

—Yo también quisiera verlos... —comentó Petra algo apenada—. Son alfas, ¿no? Deben ser geniales...

—Bien. Vayan y llévenselos con ustedes. A mí me dan igual.

—Vamos, cariño, no te enojes... —rogó Hanji—. ¿Qué es lo que te molesta?

—¿Hace falta preguntar? Sabes bien lo que pasó —resopló Levi.

—Oye, por supuesto que lo recuerdo. Lo recuerdo muy bien. Incluso llegaron a presentarse conmigo. Pero —advirtió Hanji, meneando su índice derecho— dudo que esa sea la única razón por la que su presencia te incomoda.

—No pueden estar aquí. Mañana es la boda de Mikasa y van a estar estorbando. No pueden ni deben verla.

—Ya entiendo —declaró Petra—. Es por Mikasa.

—Espera... ¿temes que Mikasa los conozca y sepa cómo era tu vida de joven? —dedujo Hanji.

—Cállate.

—Confirmado. Eres un idiota.

—¡Hanji! —recriminó Petra—. Este no es momento para tratarlo así... Me imagino que la impresión ha sido muy fuerte. Son veinte años, después de todo...

—Es un idiota, Petra. Porque cree que Mikasa lo juzgará por su pasado. Levi, ¿te das cuenta que estás dudando de la educación que le diste a tu propia hija?

—Llegaron en el peor momento... Es eso —respondió Levi, y dejó sus párpados caer pesadamente. Prefería no contestar, porque sus amigas habían atinado completamente—. No puedo moverme bien y tengo mucho por hacer... Esta noche es la fiesta de Mikasa...

—¿Le harás despedida de soltera? —preguntó Hanji divertida.

—No sé si pueda considerarla como tal, porque si fuera una despedida de soltera estarían presentes solo mujeres, y ella me pidió que permanezca a su lado.

—¡Para eso estamos nosotras! —propuso Petra—. ¡Nosotras te ayudaremos a ordenar todo!

—¿Recuerdas nuestras fiestas, Levi? —dijo Hanji, ladeando la cabeza para clavar su mirada en el techo, como si este tuviera una pócima capaz de devolverle los recuerdos.

—¿Otra vez con eso? —bufó fastidiado Levi, abriendo despacio los ojos para echarle una mirada de desprecio.

—No te lo digo por joder, enano. Mikasa es muy tranquila y bella, como Petra, aunque no tan sonriente. Si te hubiera conocido en ese entonces, le habrías caído muy bien, estoy segura.

—¿Por qué tan segura?

—¡Porque juntos éramos una sensación! —respondió, poniéndose de pie para brincar sobre la cama—. ¡El mundo era nuestro!

—¡Ensucias mis sábanas, maldita loca! —reclamó Levi, haciéndose a un lado para evitar terminar pisado por Hanji. Petra lo acogió entre sus brazos—. ¡Bájate!

Hanji ignoró su petición y siguió saltando, además de emitir chillidos de emoción, como si de golpe hubiera perdido veintidós años. Petra la veía subir y bajar, y de a pocos esa energía desbordante que caracterizaría eternamente a su amiga la fue contagiando. Levi retrocedió hasta quedar pegada su espalda a la cabecera de la cama y siguió los movimientos de Hanji, ya no tan molesto. Porque muy en el fondo, pese a los problemas, recordaba con cariño esos tiempos.

—¡Vamos, Petra! —gritó Hanji, dando una palmada mientras seguía brincando—. ¡Animemos a este viejo! —y señaló a Levi con su índice.

—¡Que no soy viejo! —replicó Levi—. ¡Vas a quebrar la cama!

—¡Solo escucho las protestas de un abuelo! —volvió a burlarse—. ¡¿Dónde está mi Levi?! ¡¿Dónde está mi omega?!

Petra al fin se sumó a la dinámica de Hanji y también trepó a la cama, imitando los saltos de su amiga. A ese paso definitivamente la cama terminaría por partirse en dos.

—¡Salta con nosotras, Levi! —le pidió Petra.

—¿Les parece que mi cuerpo está para dar brincos?

—¡Más viejo imposible! —rió Hanji—. ¿Ves?

—Me refiero a mi caída, idiota. Me duele la espalda.

Comprensiva, Petra cedió y se dejó caer pesadamente sobre la cama, al punto de que Levi pudo jurar que hasta rebotó, apoyando su rostro sobre el hombro de su amigo. Hanji la imitó con los labios torcidos y de inmediato rodeó el cuerpo de Levi con su brazo.

—Mikasa no te odiaría, Levi —le consoló Hanji, acariciando su pecho con sus delgados dedos—. No pienses tonterías —y decidió abrazarlo, pegando su cuerpo.

—No podría —se sumó Petra al abrazo—, porque has hecho un gran trabajo. Eres increíble, Levi... Pudiste criarla solo... Te admiro mucho.

—Ustedes me ayudaron —reconoció Levi—. Sobre todo cuando era pequeña.

—Eso es mentira —respondió Hanji, seria como pocas veces—. A lo mucho nos dejabas verla y llevarla a la escuela. Tuviste que trabajar solo, nunca dejaste que te apoyemos con dinero.

—La querías solo para ti, egoísta —dijo sonriente Petra—. Con lo linda que era y es, querías tenerla siempre contigo.

—Tienes un pasado y una época de tu vida que disfrutaste. Eso no es malo, Levi, porque, como tú mismo has dicho, maduraste. No hay porqué renegar de eso... No me gusta para nada pensar que te has amargado la vida encerrado aquí...

—No me encerré, Hanji. Solo estoy ocupado, eso es todo... —Un sopor misterioso fue ascendiendo por sus miembros hasta relajarlo por completo, por lo que no se negó a las caricias de sus amigas y las palabras fluyeron de sus labios más lentamente—. No odio ese tiempo tampoco... Fue divertido y nada más. En el fondo sigo siendo el mismo, si es lo que te preocupa.

—Eras una maldita perra —rió estruendosamente Hanji—. Incluso llamabas la atención de algunos betas... A nosotros no nos quedaban más que las sobras.

—Aprendí de la más perra —respondió Levi, más y más relajado, con una apenas perceptible sonrisa de lado—. Tú me llevabas a todos lados. Incluso corrompiste a Petra.

—Y tú eras una santa virgen que se negaba, gran pendejo —bromeó Hanji, dándole una palmada al pecho de Levi—. Te gustaba salir conmigo...

—No lo he negado.

—No podrías —dijo Hanji, picoteándole con sus dedos—. Como sea, ¿qué piensas hacer? Y me refiero a tus, nada más y nada menos, tres ex amantes que están abajo en la bodega. Qué puta eres...

—Cuando te conviene olvidas que soy omega y cómo pasaron las cosas, bastarda... Por ahora quiero dormir un momento, solo unos minutos... Ya les dije que se vayan, Erwin tiene un bote así que espero que se marchen ahora mismo.

—Voy a ver si hay alguien en la cocina a quien pueda ayudar —intervino Petra incorporándose sobre la cama—. Supongo que debe haber mucho por hacer allá, ya sabes, por la fiesta de esta noche. Vamos a ayudarte, Levi.

—Iré en un momento, Petra —se disculpó Hanji—. Estar así me ha contagiado el sueño... —dijo, y estiró los brazos en el aire en ademán de desperezarse.

La pequeña mujer salió de la habitación con una sonrisa, convencida de que con quien mejor podía comunicarse en ese momento era Hanji. Desde el momento en que los tres iniciaron su amistad, supo que Levi y Hanji tenían una particular química y confianza que les permitía ofenderse sin sentirse ofendidos y confiarse sus secretos, además de comprender mejor los sentimientos del otro. Si bien ella también apreciaba muchísimo a su amigo, su relación fue ligeramente más distante porque ella, en cierta forma, lo admiraba, lo cual la llevaba a mantener un trato un tanto más respetuoso. Su admiración había ido en aumento con el paso de los años luego de ver lo que Levi conseguía pese a vivir solo.

Lo recordaba claramente. A sus dieciocho años, mientras iba buscando algún empleo de medio tiempo y se dedicaba a estudiar alguna carrera sencilla que le permita ejercer un oficio, conoció a Hanji. Estaba tirada al pie de un árbol, con una botella vacía y Levi sentado a su lado, ambos ebrios. Atenta y amable, se acercó a ellos y les prestó su ayuda, creyendo que se habían desmayado o algo peor les había ocurrido. En cuanto despertaron, luego de zarandearles levemente, ambos la observaron de pies a cabeza, curiosos por la persona que tenían frente a sus ojos.

—¿Quién eres? —preguntó Levi desconfiado. Hanji seguía parpadeando a causa del sueño y decía un par de incoherencias.

—Soy Petra —respondió ella, tratando de calmar al hombre que tenía al frente—. Pasaba por aquí y los vi... Quise ayudarles...

Pese a su expresión de malgenio, Levi accedió a la ayuda que le brindaban. Petra lo tomó entre sus brazos y lo ayudó a llegar a un lugar más cómodo. Levi se negó a ir a su casa, porque no quería que lo vieran en ese estado, por lo que Petra lo llevó a la suya, en la que vivía sola con la ayuda que le enviaba su padre desde otro país. Tuvo que cargar con ambos cuerpos, principalmente con el de Hanji, que parecía más ebria, porque Levi de a pocos iba recuperando el sentido. Cuando lo dejó en su cama, apreció su expresión apacible y la contrastó con la de Hanji, que roncaba y apretaba almohada contra su cuerpo.

Por la tarde, sus huéspedes despertaron con una resaca espantosa, por lo que les ofreció mucha agua y les permitió quedarse el tiempo que quisieran. Sin embargo, cuando se hizo noche cerrada, sus ocasionales visitas lucían impecables: Levi le había pedido prestada su ducha y, ni ella supo cómo, ya tenía no solo su cuerpo limpio, sino también su ropa. Hanji también se había aseado y ambos parecían dispuestos a salir.

—¿Se van? —preguntó Petra consternada. Por su mente jamás cruzó la idea de que ese par vuelva a las andadas tan pronto.

—Sí —respondió secamente Levi—. Gracias por lo de hoy.

—¿No quieres venir con nosotros? —preguntó coqueta Hanji, rodeándola por la cintura con su brazo y tomando su barbilla con sus dedos—. ¡Vamos a divertirnos!

—P-Pero... ¿Adónde van? ¿Qué van a hacer?

—Síguenos y lo descubrirás~ —respondió Hanji, liberándola y aproximándose a la puerta, donde ya la esperaba Levi—. ¡Vamos!

Petra dudó mucho. Pero Hanji le estaba ofreciendo la posibilidad de sumergirse en un mundo que hasta entonces no había tenido la oportunidad de conocer. Porque tanto tiempo dedicada a sus deberes la tenían hasta cierto punto harta. Porque quería dejar de ser, aunque sea por una noche, aquella chica que se debía únicamente a su padre y su buen comportamiento.

—¿Qué decides? —apuró Levi—. Escoge, Petra.

Con esas palabras, ella aceptó lo que le ofrecían y salió con ellos, enfrentándose a la noche.

Con el tiempo terminó por adaptarse a ese ritmo de vida. Sin embargo, no dejó su vida a la deriva y parecía ser la más sensata de los tres, porque dedicaba solo las noches a sus salidas, mientras que durante las mañanas y tardes ocupaba su tiempo en trabajar y estudiar.

Sabía de las decisiones más atrevidas que tomaban Levi y Hanji, que se iban a pasar la noche con algún amor de turno, pero podía comprender a Levi. Porque sabía que era un omega, y comprendía que mensualmente, si no lo impedía con medicina, era parte de su ser entregarse al placer y subyugarse a lo que la naturaleza le dictaminaba. Por eso no le reprochaba nada.

Cuando murió su padre tuvo que alejarse por poco más de medio año. No pudo comunicarse demasiado con sus amigos en medio del lío del funeral y cuestiones sobre una posible herencia. Cuando volvió, encontró a Levi con una barriguita abultada, y estuvo a punto de lanzarle un sermón que, con el paso de los años, concluyó hubiera sido estúpido. Su amigo no necesitaba que le recriminen, sino que le apoyen.

Así, cuando nació Mikasa le ayudó en todo lo que pudo. O más bien en todo lo que Levi le permitió inmiscuirse, porque no le agradaba del todo tener a sus dos amigas detrás de su hija. Se sentía autosuficiente y siempre afirmaba que su ayuda no era precisamente indispensable, aunque Petra sabía que en el fondo eso no era completamente cierto, ya que Mikasa parecía tomarles más y más cariño.

Y de vuelta, luego de cinco años de ausencia, se encontraba con una muchacha encantadora. Y a su padre angustiado, aunque no lo reconociera, por que esta descubra ese lado licencioso de su vida. Y precisamente era Hanji quien debía hablar con él, porque había sido ella con quien más aventuras había vivido y, en consecuencia, con quien mejor podía abrirse a contar sus sentimientos.

Pero para eso debía dejarlos solos.

—Te ha jodido, ¿cierto? —preguntó Hanji, muy despacio y examinando la nariz respingada de su amigo. Siempre había creído que era muy bonita y llamativa, aunque no se le diría, porque su amistad se inclinaba más a ver sus errores mutuamente.

—Por qué lo dices, loca... —respondió él, adormilado por la necesidad que tenía su cuerpo de descanso.

—Porque te conozco. Y porque no te veo bien, y no es por la caída... No lo has superado, ¿verdad?

Hanji tenía una expresión algo piadosa en los ojos y Levi lo notó, por lo que de inmediato su cuerpo se tensó y desvió la mirada.

—Déjalo, Hanji. No importa. Ya no me molesta. Escogió, para bien o para mal. Solo ahora sabemos las consecuencias.

Resignada a no sacarle alguna confesión, sabiendo que quizá no era el momento más adecuado, dejó a Levi descansar sobre su cama luego de arroparlo un poco. Le volvió a colocar las almohadas para que su espalda quede cómoda y antes de salir depositó en su frente un pequeño beso. Porque en el fondo se sentía culpable, porque ella lo había llevado por esa vida. Porque si no le hubiera mostrado ese mundo de diversión, probablemente no se habría habituado a ese ritmo de vida y no habría conocido a ninguno de esos sujetos.

Sin embargo, si el fruto de sus acciones en conjunto era Mikasa, no había de qué arrepentirse. Y de eso no le cabía la más mínima duda.

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Continuará

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[1]: La canción que da título a este la pongo en mi perfil, pero esta vez sí será la versión de Abba porque me agrada más.

[2]: Quiero aclarar por qué dejan de pelear. Ellos pelean porque creen que fue Levi quien los invitó, por lo que creen que el otro no tiene derecho a quedarse. Pero si Mikasa fue la de la idea, no tienen motivos para portarse como salvajes. De lo que investigué, los alfas no son necesariamente violentos, solo lo son si los provocan o cuando un omega entra en celo. Ahí sí, que Dios nos coja confesados (?)

N.A: Bueno este es un capítulo un poquito más corto.

Me he dado cuenta, releyendo por enésima vez el primer capítulo (para ver si hay errores), que también parece haber insinuaciones Rivetra y LeviHan xD o sea, son las BROTPS aquí (?) Vamos, se ve lindo que sus amigas le hayan apoyado cuando tuvo a su hija, llevándola al colegio o pasando las mañanas juntos. Hasta parecían un matrimonio... Levi tenía su pequeño harem (?) Ok no xD

La escena en la que pelean la escribí escuchando "Back in black" de AC DC... Lo comento porque... No sé xD Y la parte en la que Hanji y Petra intentan animar a Levi luego de su reencuentro con nuestros alfas, en el musical y en mi mente está sonando "Dancing queen" de Abba.

Próxima actualización en una semana o semana y media :D ya ven que a veces actualizo antes xD gracias por leer y darle una oportunidad.

Nos leemos n_n