Casi dos años. Ese es el tiempo que ha pasado desde los últimos juegos del hambre que fueron tomados como "exitosos". Hace casi dos años el país completo conoció a Katniss Everdeen y Peeta Mellark y también cambió por lo mismo.

Guerra. Muerte. Revolución. Las primeras dos se habían vuelto normales gracias a los juegos, la última era deseada. Cuidado con lo que deseas, dicen, pero para qué el cuidado si el Capitolio jamás lo tuvo con la gente de los distritos.

Emily despertó aterrada, las pesadillas se habían apoderado de sus noches desde la muerte de su abuelo. Comenzó a llorar silenciosamente. Extrañaba su vida, extrañaba sus lujos, sus amigas, su escuela, a su abuelo. Extrañaba ser importante y a veces envidiada por ser quien era: la nieta de Snow.

Esa era otra noche más en vela, esperando al sol para ver qué pasaría con ella con la última propuesta de Coin: unos últimos juegos con los niños del Capitolio.

Según su madre no había nada que temer, que la propuesta había sido negada por Paylor, pero ella sabía que sí había que temer, los distritos querían venganza por los abusos del Capitolio, por los abusos de Snow. Era en esas noches en las que maldecía a Katniss por existir y más aún a Peeta. Gracias a ellos dos su vida se había vuelto miserable, de vivir en una mansión pasó a vivir en una casa al estilo del doceavo distrito, cuando aún existía, claro. Odiaba haber sentido admiración por ellos. No quería aceptar que todo en realidad era culpa de su abuelo.

Se giró hacia la ventana y observó la inmensa oscuridad de esas horas; se limpió las lágrimas y se levantó de la ya casi destruida cama, pasando al lado de la otra cama en la que su madre descansaba. Estando frente a la puerta de madera de la habitación se acomodó el camisón que llevaba y salió. Se encontró con una última puerta, igual de descuidada que la anterior, y la abrió para después sentarse en el borde, con sus pies tocando la acera; viendo las pequeñas estrellas titilar. Prefería bajar la mirada para no ver la desgracia que había azotado al Capitolio.

Paylor se había encargado de que el Capitolio pagara con la misma moneda derrumbando las grandes casas y mansiones incluyendo la de Snow, obligando a los residentes a sobrevivir en casas mal hechas como las de los distritos más pobres. Los últimos meses habían sido realmente difíciles para todo Panem. Hubieron tantos cambios en todos los lugares del país: la mayoría de los agentes de la paz fueron asesinados por la gente de los distritos, esto provocó que la gente refinada del Capitolio estuviera en peligro de ser asesinada también, ya que estaban desprotegidos completamente. Todo se volvió caos.

Emily se cubrió la cara con las manos y suspiró. Tenía unas semanas de tranquilidad antes de la votación final, que incluía a todo Panem, para decidir si habría unos últimos juegos. Paylor, al negar la propuesta, provocó el disgusto de prácticamente todo el país, por lo que, segura de que los resultados serían negativos, convocó a una última votación. Sabía que ella estaría entre los tributos, no podría salvarse por tener el maldito apellido Snow.

De pronto, unos gritos se escucharon a unas casas de donde estaba, se quitó las manos y pudo ver el fuego que envolvía una pequeña casa y después a otra y otra y otra, cada vez las llamas se acercaban más a ella. Escuchó otro grito: "¡Por el Sinsajo; vamos por ti, Snow!". Se levantó de golpe, aterrada y se metió a la casa enseguida, despertando a su única familia viva con desesperación.

— ¡Hay que salir de aquí, ahora! —se dirigió hacia un agujero en la pared que simulaba una ventana y lo señaló inquieta, dando a entender a su mamá que había que salir de esta casa.

Absolutamente todo era confuso para la mayor, hasta que una flecha en llamas atravesó la entrada, acabando en el estómago de la madre de Emily quien cayó al suelo, completamente inconsciente y poco a poco su camisón comenzó a incendiarse y a teñirse de rojo. El pánico se apoderó de Emily.

— ¡Mamá! —comenzó a gritar completamente aturdida mientras las lágrimas comenzaban a brotar de sus ojos. Sin embargo, no era tonta. Salió como pudo por esa ventana, evitando el fuego, tratando de pasar desapercibida.

No podía negar que era como su abuelo. Sobrevivir como sea, sin importar los demás. Por el momento, su madre no importaba más. Estaba muerta y eso no se podía cambiar. Ella estaba viva y corriendo por las calles, descalza, tratando de encontrar un escondite, ni de broma se detendría. No estaba segura de si era perseguida o no, pero no estaba en sus planes averiguarlo a la mala.

Entró a la primera casa que vio accesible y cerró la puerta con demasiada fuerza, despertando a la familia que habitaba ahí, un hombre salió de una habitación con un palo, apuntando a Emily, quien se echó a llorar más desesperada aún. Se hincó juntando sus manos, rogando por una noche ahí, bajo techo, protegida. Una mujer joven salió del mismo cuarto al escuchar el llanto y se conmovió por la chica, dejándole dormir esa noche ahí. Emily agradeció tratando de calmarse y siguió a la pareja a otro pequeño cuarto en donde se encontraba una chica de su edad aproximadamente, despierta y un poco asustada por el pequeño escándalo que había hecho la Snow.

—Se quedará esta noche contigo, ¿sí? —explicó la mujer, viendo cómo su "hija" asentía levemente desconfiada.

Emily entró a la habitación apenada y con lentitud, tratando de no parecer una cínica.

Los adultos se fueron dejando a las chicas solas, la desconocida se hizo a un lado, dándole espacio a Emily en un colchón no tan malo. Emily se acostó en ese pequeño espacio un poco incomodada por la mirada de la extraña.

—Perdón por irrumpir de esta manera —susurró a la extraña—. Me ha tocado una mala noche.

—No te preocupes, soy Katherine, tú eres Emily Snow, ¿no? Tu cara te delata —respondió, viendo cómo asentía.

—Así es.

Unos minutos de conversación y las chicas se sintieron más a gusto con la presencia de la otra, se durmieron poco después. Por primera vez, Emily se sintió segura, que alguien la comprendiera como lo hizo Katherine la dejó tranquila. Soñó con los Juegos de Hambre, revivió en sus recuerdos la muerte de su madre. Era huérfana ahora.

— ¡Ah, mamá, no! —Gritó Emily despertándose de repente con los ojos abiertos como platos—. Fue otra pesadilla —susurró al ver que el lugar en el que estaba no era su vieja casa y junto a ella se encontraba una chica durmiendo. Vio por un intento de ventana y se dio cuenta de que ya era de día. Los rayos del sol de comienzos de verano se infiltraban a la habitación iluminando lo suficiente para poder ver claramente cualquier cosa.

Emily se levantó del colchón con toda la tranquilidad y delicadeza que pudo reunir y, cuando estuvo en el suelo completamente, comenzó a caminar a la puerta principal de la casa. Justo cuando iba a abrir la puerta alguien la detuvo.

— ¿Te piensas ir? — habló Katherine al tiempo que avanzó hasta quedar junto a la Snow—. No sería buena idea con lo peligrosas que son las calles ahora que los agentes de la paz están... extintos. Te sugiero que te quedes aquí.

—No quiero molestar a tu familia —admitió.

—No te preocupes, ellos son buenas personas, tratan de ayudar todo el tiempo —explicó Katherine—. Por ejemplo, la gente de los distritos me trató de matar y ellos llegaron a salvarme hace como dos semanas. Ahora vivo con ellos.

Emily se quedó asombrada. Juraba que esos tres eran una familia "legítima" pero ahora que lo veía, los rostros de la mujer y el hombre no se parecían mucho al de Katherine. Sus rasgos eran completamente diferentes.

—Supongo que me quedaré un poco más —dijo la Snow y se alejó un poco de la puerta—. ¿También eres huérfana?

—Oh, sí —respondió con una sonrisa melancólica—. La gente de los distritos asesinó a mi madre y mi padre se quedó a distraerlos para que yo viviera, así que puedo decirte con seguridad que está muerto —explicó.

Emily sintió un dolor en su pecho. Todo el país estaba en las garras del caos y la venganza, definitivamente el Capitolio pagaría por todos sus abusos.

—Nathaniel —dijo una chica con los ojos heterocrómicos y el mencionado se revolvió en su cama sin abrir los ojos. La voz que le había llamado, en esos momentos, le parecía sumamente irritante—. Nathaniel, ya despierta.

El pelirrojo gruñó dando a entender que ya se había despertado, se giró para ver a la persona al pie de su cama.

— ¿Qué es lo que quieres, Natasha? —preguntó molesto viendo a su melliza, quien le sonrió divertida.

—Qué humor —mencionó alejándose un poco—. El desayuno está listo.

Y sin más, la pelirroja mayor salió de la habitación que compartía con su hermano.

A pesar de todas las revueltas que se habían formado en el Capitolio, los gemelos y su familia vivían, de alguna manera, tranquilos, puesto que sabían defenderse con absolutamente todo. Su casa nunca había sido grande, tomando en cuenta los tamaños de las casas capitolences. Estaba rodeada de trampas por si algún idiota trataba de atacarles, lo cual ya había sucedido.

Nathaniel se estiró en su cama un poco y después se levantó sin muchos ánimos. Hace mucho ya que había ido por última vez con su papá a ver Los Juegos del Hambre en la Plaza en la que los patrocinadores se reunían. Recuerda que por capricho suyo, su padre patrocinó dos años antes a un chico alto de tez negra, que era increíble, llamado Tresh. Era de las cosas que más le gustaban de los Juegos. Por el contrario, su hermana era una chica más tranquila, tenía una opinión neutra del concurso sádico creado por el Capitolio pero eso sí, disfrutaba el entrenar con su hermano para aumentar su nivel de defensa corporal.

Caminó fuera del cuarto y olió algo demasiado delicioso para ser verdad. Bajó corriendo las escaleras y entró a la cocina de la casa, viendo a su mamá cocinar tranquila un jugoso y gigante pedazo de carne.

—Mamá —llamó el pelirrojo sin poder creer lo que veía—. ¿De dónde sacaste eso? —preguntó viendo la carne con hambre. Hace mucho no comía algo así. Los recursos exagerados de los habitantes del Capitolio habían sido reducidos de golpe, volviéndolos casi nulos.

—Oh, esto —mencionó su madre y le sonrió tranquila al tiempo que apagaba la estufa y servía el gran pedazo de carne en una bandeja—. Tu padre lo logró conseguir para este día tan especial.

— ¿Especial? —preguntó confundido, ¿qué podría tener de especial ese día?

—Oh, tontito —dijo su mamá acercándose a él y le apretó las mejillas con fuerza—. Qué raro que olvides tu cumpleaños número dieciséis.

El pelirrojo abrió los ojos asombrado. ¿Tan rápido se habían pasado las semanas para que hubiera llegado su cumpleaños sin notarlo?

— ¿Ya estamos a julio 13? —preguntó tanto asombrado como confundido y desconfiado.

—Ya, mi cielo —afirmó la mujer pelirroja tomando la bandeja con la comida y después le indicó a su hijo que le siguiera al comedor—. Ahora vamos a festejar este día con tu padre y tu hermana.

El menor le siguió hasta llegar al comedor y sentarse junto a su gemela, quien le sonrió emocionada a su madre al ver cómo colocaba la comida al centro de la mesa.

—Este festín es en su honor, muchachos —explicó el padre de los chicos y señaló la comida en la mesa con sus cubiertos en manos—. Disfruten su día.

Los cuatro comenzaron a comer y a charlar como solían hacer en cada comida. Definitivamente parecía ser un buen día. Y así lo fue. Aún sin los lujos habituales en sus vidas pasadas lograron tener un increíblemente genial y hermoso día los cuatro en la familia.

Al siguiente día, Nathaniel despertó alterado por unos gritos.

— ¡Suéltenme! —gritaba una mujer que Nathaniel no pudo identificar viendo por la ventana hasta que fue tomada por los rebeldes de manera que le era imposible escapar sin salir lastimada de gravedad. Tenían a la madre de los mellizos no idénticos agarrada de las muñecas por la espalda y con una daga en su cuello, amenazando con matarle—. ¡Idiotas!

— ¡Mamá! —Gritó Natasha, viendo a su madre por la ventana, con lágrimas en los ojos a punto de rodar por sus mejillas—. ¡Suelten a mi mamá!

La Hughes comenzó a golpear el vidrio de la ventana con toda su fuerza, gritando cosas que para Nathaniel no tenían mucho sentido, ya que no eran entendibles.

—Natasha —llamó el menor con la voz más serena que pudo usar en ese momento, sabiendo que tenían la posibilidad de no volver a ver a su madre—. Cálmate.

Los mellizos salieron de la habitación bajaron al primer piso. Se dirigieron a la cocina y, detrás de varias raciones de comida enlatada encontraron las armas de emergencia de su padre, todas armas blancas.

—Toma una —comenzó a decir el chico—, vamos a ir afuera y salvar a mamá, porque seguramente papá no está ya en la casa. Ya debió haberse ido a conseguir comida.

La mayor, con nerviosismo, tomó una catana prácticamente perfecta para asesinar. El menor tomó un juego de cuchillos, que incluían un cinturón para cargarlos. No tardaron mucho preparándose y ya estaban frente a la puerta, escuchando lo que pasaba.

Las armas que los mellizos llevaban habían sido compradas por el padre de éstos, un aficionado a los Juegos del Hambre que invertía lo que quería y podía a cada evento que se realizaba. Había comprado varias armas que se habían usado en los Juegos pasados. La catana era de unos Juegos del Hambre en los que la arena había sido las ruinas de algún castillo seguramente asiático. Los cuchillos eran de los Juegos en los que ganó Johanna Mason.

Nathaniel abrió la puerta de golpe y apuntó con el cuchillo al frente. Natasha se colocó detrás de él, lista para desenfundar la catana.

— ¡Nathaniel, Natasha! —Exclamó sorprendida la mujer—. Entren a la casa de nuevo —ordenó.

—No, mamá —contradijo la chica—. No te queremos perder.

Uno de los rebeldes intentó atacarlos, haciendo que Natasha le golpeara con la catana aún sin desenfundar en la boca del estómago, sacándole el aire. Fue una reacción instantánea. El desconocido cayó al suelo sofocado.

—Suelten a mi mamá —exigió el chico con una mirada de enojo, apuntando a la persona encapuchada que tenía a su madre agarrada.

—Ustedes, niñatos, aléjense de aquí o mataremos a su mamá así como lo hicimos con su papá —amenazó el encapuchado.

Natasha frunció el ceño al tiempo que se acercaba más al desconocido; tenía las lágrimas a punto de salir de sus ojos.

— ¿Qué no oíste? —Comenzó a decir—, ¡suelta a mi mamá!

La pelirroja desenfundó la catana y apuntó a la persona; segundos fueron necesarios para que ésta apretara un poco más la daga contra el cuello de la mujer.

—Cuidado, niña —amenazó mientras apretaba un poco más el agarre, haciendo que la pelirroja arqueara un poco la espalda por el dolor—. Un paso en falso y muere.

Nathaniel se acercó a su hermana y le acarició el hombro—: Tranquilízate, Nat —habló con voz entre cortada.

Nathaniel miró a los ojos a su mamá, quien le suplicaba que huyeran, dando a entender que ella no importaba realmente. Sin embargo, Nathaniel en su mirada derrochaba convicción y salvaría a su madre no importaba cómo. No pensaba perderla.