EreMika Week 2017
Día 2
Boda/Nueva Familia
Información de la historia:
Géneros: Angst, Hurt/Comfot, Family.
Clasificación: K+
Estado: Completo. Oneshot.
Personajes: Mikasa, Eren, Armin, Carla, Grisha, Abuelo de Armin.
Parejas: EreMika.
Universo: Canon, universo de SnK.
Aquella noche su vida cambió para siempre. Todo lo que había conocido jamás volvería a ser lo mismo porque aquellos hombres se lo habían arrebatado; su familia, su vida, su inocencia.
Era una noche fría y oscura en la que la luna llena y las estrellas bañaban de luz los alrededores del bosque. La pequeña cerró varias veces los ojos con fuerza esperando que al abrirlos todo hubiera regresado a la normalidad. Regresaría al calor de su cama y su hogar junto a las personas que más quería en el mundo entero. Y a la mañana siguiente volvería a levantarse temprano para preparar el desayuno junto a su madre y después iría a ayudar a su padre con la huerta. Sin embargo, cada vez que abría los ojos, la cruda realidad la golpeaba con fuerza. Los cuerpos sin vida de aquellos hombres le recordaban al detalle lo que acababa de ocurrir, lo desgraciada que era en ese momento porque su mayor miedo se había hecho realidad. Estaba completamente sola en aquel mundo despiadado.
Se encogió en su lugar, estaba descalza y aún llevaba aquel camisón que utilizaba para estar por casa. Tenía mucho frío y ningún lugar al que regresar. Alzó un poco la vista para contemplar cómo el hombre que se hacía llamar "Grisha Jaeger" echaba la bronca a su hijo. Aquel chico de tan solo nueve años que había arriesgado su propia vida para ir a rescatarla de los hombres que pretendían venderla a los ricos de las ciudades interiores. No lo conocía de nada, jamás había hablado con él y aún así, lo había dado todo por ella. Por una chiquilla que ya no tenía nada más que un cuerpo vacío que se movía automáticamente pero que parecía un recipiente vacío de emociones.
Cada vez que miraba al niño de cabello castaño y ojos verdes recordaba aquella mirada que se había grabado en su mente al igual que sus palabras. Cuando el tercero de los hombres lo arrinconó y estuvo a punto de estrangularlo, le pidió que luchara, que no se rindiera porque de ese modo siempre tendría una oportunidad para intentar vivir. Pero ahora que ya no le quedaba nada, a pesar de que el joven hubiera sido capaz de despertar una fuerza oculta en su interior de la que ni siquiera ella era conocedora, ya no servía de nada. Porque su vida no tenía ningún sentido.
La pequeña fogata a un lado de donde ella estaba no era suficiente para calentar su pequeño cuerpo, ni tampoco la chaqueta del doctor que llevaba puesta. Lo único que tenía claro era que no quería seguir allí, esperando a que la policía militar terminara de inspeccionar la casa y analizar lo ocurrido. Quería alejarse de todo aquello que le causaba dolor.
Cuando la breve conversación entre el doctor y su hijo terminó, Grisha Jaeger se dirigió a ella, obteniendo toda su atención y sacándola de su pequeño trance.
-Mikasa, ¿te acuerdas de mí?- dijo con tono suave. –Nos habíamos visto muchas veces cuando eras más pequeña.- ella se quedó unos segundos en silencio antes de contestar con un hilillo de voz.
-Le recuerdo, doctor.- su mirada se mantuvo gacha en todo momento, sin ánimos ni fuerzas para alzarla y contemplarlo a los ojos. -¿Qué es lo que tengo que hacer a partir de ahora? Hace frío… ya no tengo… una casa a la que volver.- todo lo que una vez fue, la pequeña niña tímida y feliz que se sentía completa con la única compañía de sus padres y de sus días monótonos, había desaparecido. Si se contemplara en un espejo, no sería capaz de reconocerse.
Permaneció allí quieta unos instantes, rodeada de un silencio al que había empezado a acostumbrarse. Ni siquiera fue consciente del momento en el que el niño llamado Eren se acercó a ella hasta que la cubrió con una prenda cálida y suave. Entonces, sus ojos lo observaron atentamente. Ya no parecían vacíos y sin vida, mantenían un pequeño brillo esperanzador.
-Puedes quedártela.- le susurró terminando de rodear su cuello con la bufanda de un color rojo oscuro. Eren fue algo torpe colocándosela pero a ella eso no le importó porque estaba mucho más atenta a lo que él decía. –Bastante mejor, ¿no?- parte de su cara permanecía iluminada por el fuego, pero sus ojos mantenían aquella energía avivada que era característica de su personalidad enérgica. Mikasa bajó levemente la cabeza para llevar su mano izquierda a la prenda y acariciarla con delicadeza. Estaba calentita, pues la acababa de llevar él, y el olor del chico permanecía impregnado por toda la bufanda. Un aroma agradable y familiar.
-Mucho mejor.- admitió.
-Mikasa, ¿por qué no vienes a vivir con nosotros?- no esperaba aquella oferta y no pudo evitar soltar un pequeño ruidito que mostró su evidente sorpresa. –Ya has sufrido demasiado. Me parece que vas a necesitar mucha tranquilidad- ella pasó la mirada del doctor a Eren, quien seguía de pie a pocos centímetros de ella observándola. Por algún motivo, se sentía incapaz de responder a aquel ofrecimiento.
-¿Qué te pasa?- preguntó entonces Eren. Parecía estar totalmente de acuerdo con la propuesta de su padre. De repente, el chico buscó la mano de Mikasa bajo el abrigo que le quedaba grande. –Vamos, no te quedes aquí quieta.- le pidió manteniendo aquel tono dulce. Tiró de su mano con intenciones de guiarla al carruaje que los llevaría de vuelta. –Volvamos a casa.- dijo finalmente.
Los ojos de Mikasa se abrieron como platos, incrédula ante lo que acababa de oír. Lo había dicho como si ella aún tuviera una familia de la que formaba parte, un hogar al que regresar y en el que esperarían su llegada. En el que aún podría encontrar personas a las que querer y que se volvieran importantes para ella. Sus ojos brillaron repletos de lágrimas acompañadas por pequeños sollozos que no fue capaz de disimular porque en ese momento Eren había dicho lo que ella tanto necesitaba escuchar. El chico de tan solo nueve años, había encendido una pequeña llama en su interior vacío que podía iluminar y alejar toda la oscuridad que llevaba consigo.
-A… casa…- repitió con voz temblorosa, incapaz de contener las lágrimas mucho más tiempo.
Eren la guió hasta el carro con dos caballos que pertenecía a su padre. Ambos subieron al interior donde estarían un poco más calientes, mientras, Grisha fue a intercambiar unas últimas palabras con los guardias que habían terminado de registrar la habitación.
-Por la mañana regresaremos a por los cuerpos, pronto nos pondremos en contacto con usted para que vaya al cuartel a declarar, doctor Jaeger.- escucharon decir a uno de los hombres con uniforme antes de que se subieran a sus caballos y se marcharan del lugar.
-¿Sigues teniendo frío?- volvió a preguntarle Eren sacándola de su trance. Ella negó con la cabeza, se había acomodado junto a él y estaba realmente cómoda. Todo el frío parecía haberse esfumado con tan solo estar cerca de él. En ese momento, a Mikasa Eren la pareció una especie de sol que había entrado en su vida para devolverle la calidez que escapaba de su cuerpo constantemente. Tenía tanta potencia y energía que la iluminaba y le devolvía las ganas de seguir luchando, tal y como él le había pedido. –Llegaremos pronto, no estamos muy lejos de casa.- le aseguró.
El camino se le hizo un tanto pesado, aunque le pareció entretenido contemplar como Eren se esforzaba por no quedarse dormido. Estuvo atenta para impedir que pudiera darse algún golpe, pues cada vez que cerraba los ojos su cabeza se volvía pesada y se movía en diferentes direcciones en busca de apoyo. Finalmente, Mikasa decidió ofrecerse de almohada y llevó con delicadeza la cabeza del chico hasta su hombro para que pudiera apoyarse ahí. Un buen rato después, el paisaje oscuro perteneciente al bosque cambió drásticamente dando paso a un montón de edificios y plazas. Algún que otro farolillo iluminada zonas concretas de las calles, aunque la mayoría de ellas tenían grandes trechos en penumbras. Mikasa nunca antes había visto tantos edificios juntos, en realidad, ella solo había visto su propia casa y aunque había escuchado hablar de otros pueblos en los que un montón de personas convivían juntas, nunca se los habría imaginado de aquella forma.
Todas las zonas que surcaban le parecían exactamente iguales. Vio desde callejones vacíos con cajas apiñadas, hasta alguna que otra zona llena de campo y hierba atravesada por un río. Le pareció curioso poder ver naturaleza en medio de tanta piedra y edificio. Le resultaba desconocido y extraño, pero tampoco le desagradaba estar allí.
De repente, el carro se detuvo dando por finalizado aquel viaje. Grisha llevó los caballos a un establo mientras ellos esperaban en el interior hasta que el hombre fue a buscarlos. Mikasa agitó levemente a Eren para que se despertara. El chico se frotó los ojos desorientado, al principio incapaz de recordar muy bien quien era esa niña hasta que todo lo sucedido volvió a su mente. Estuvo a punto de decir algo pero su padre se asomó al interior del carro para hacerlos bajar. Al parecer, aún no habían llegado a su casa, pues debían bajar un par de calles. Según le había contado Eren, el carruaje no cabía en calles tan estrechas y por eso debían dejarlo en otro lugar.
Mikasa caminó con cuidado atenta al camino de piedras grandes y planas, no quería tropezarse con ninguna de ellas. Mientras que Eren parecía tan familiarizado con aquello que no prestaba atención a donde pisaba. La curiosidad la llevó a pensar cómo sería la casa de Eren y en la que ella viviría a partir de ese momento. Si se parecería a la suya, qué tamaño tendría y cuantos pisos. Poco después, una nueva preocupación llegó a ella. El padre de Eren había sido quien se había ofrecido a dejarla vivir con ellos, y Eren apoyaba aquella idea, no le cabía duda de eso, pero ¿y su madre? No la conocía ni sabía lo que pensaría al respecto. Era posible que se negara a dejarla quedarse con ellos, quizás le desagradaría. Y entonces, inevitablemente, las dudas y los miedos volvieron a extenderse por todo su cuerpo, poco a poco, fue quedándose atrás mientras seguía a ambos en total silencio. Grisha iba en cabeza alumbrándolos con el farolillo y justo detrás, Eren. Ambos se alejaban cada vez más de ella.
-¿Mikasa?- escuchó la vocecilla de Eren que la contemplaba parado en el callejón. –No te quedes atrás, vamos.- retrocedió hasta ella para tomar su mano y tirar como había hecho anteriormente. Un gesto que tenía más fuerza de la que él podía imaginar, porque estar a su lado le daba valor. Ella también agarró su mano con ganas, agradecida por aquella muestra de preocupación.
Cuando al fin llegaron, Mikasa dejó que Eren la soltara para aproximarse a la mujer que los esperaba en la puerta con rostro preocupado. Ella se quedó atrás contemplando cómo se apresuraba hasta él para agarrarlo de ambos hombros y sermonearlo.
-¡Eren! Te he dicho un montón de veces que no te metas en líos. ¿Qué crees que te podía haber pasado?- le dijo con el ceño fruncido, una expresión y un tono de voz que no pegaban en absoluto con sus acciones, pues lo abrazaba con fuerza sacándole varios quejidos al chico.
-Mamá, estoy bien. No ha pasado nada y gracias a eso pude ayudar a Mikasa.- contestó él sin arrepintiéndose de sus acciones. La mujer que se parecía muchísimo a Eren, miró a su marido en busca de una explicación para después dar con la pequeña que se había quedado atrás. –Vamos, Mikasa. Ven a saludar a mamá.- las manos le temblaron exageradamente.
-Luego te contaré los detalles, Carla.- se apresuró a decir Grisha ante su expresión de duda. –Mikasa vivirá con nosotros a partir de hoy.- eso último pareció pillarla por sorpresa. Eren no esperó a que la niña se acercara, pues no parecía tener intenciones de ello, así que la arrastró hasta situarla ante su madre.
-Mikasa, ¿verdad?- preguntó ella inclinándose un poco para analizarla con detalle, su voz no era brusca en absoluto. –Yo soy Carla, la mamá de Eren. Estoy encantada de que te quedes aquí con nosotros.- dijo mostrándole una sonrisa que la dejó de piedra. Pero más sorprendente fue el pequeño abrazo que la mujer le dio tras eso. Algo que Mikasa disfrutó más de lo que esperaba.
Los primeros días transcurrieron con total normalidad, dentro de lo posible, claro. Mikasa poco a poco comenzaba a acostumbrarse a la vida en el distrito y también a su nueva familia. Aunque todo era bastante diferente para ella. Sin embargo, el paso del tiempo fue dejando ver que la situación no seguiría mejorando, pues aún había muchísimas heridas que necesitaban ser sanadas y que continuaban abiertas desde aquella noche.
Aunque al principio Mikasa reaccionó bien y pareció amoldarse, solo era un signo de que realmente no era lo que todo aparentaba ser. Para cuando se percataron de ello, la pequeña siempre tenía un rostro triste y lúgubre. Cada vez hablaba menos, ni siquiera se esforzaba en contestar y lo mismo ocurría con la comida. La mayor parte del tiempo parecía no tener hambre. Carla la forzaba a comer y ella no se negaba, pero no podía continuar así. Además, Mikasa tenía la costumbre de ir allá a donde fuera Eren como si de su sombra se tratase. De algún modo, parecía haber forjado un lazo muy especial con el chico desde que llegó allí. A él no le importaba que lo siguiera a todas partes, ni que fuera tan silenciosa. En cierto modo disfrutaba su presencia porque desde que había llegado a su casa se sentía menos solo.
Por si eso fuera poco, las noches en vela en casa de los Jaeger no tardaron en llegar. Fue al cabo de una semana cuando ocurrió por primera vez. Los gritos provenientes de la habitación de Mikasa alarmaron a todos de inmediato. Preocupados, acudieron a ella creyendo que algo malo podía haberle pasado.
Carla dejó que Grisha entrara en la habitación de la pequeña mientras ella contemplaba horrorizada la escena ante sus ojos. Su marido forcejeaba para intentar calmarla y hacer que se despertara de aquella pesadilla en la que parecía estar confundiéndolo con uno de los hombres que mataron a sus padres. Pero todo esfuerzo era inútil.
-¿¡Mamá, está bien Mikasa!?- preguntó Eren, quien había llegado al lado de su madre. Ella trató de ponerse en medio de la entrada para que Eren no pudiera contemplar lo que ocurría. No quería que se preocupara más de lo debido.
-Es tarde, cariño. Papá y yo nos ocuparemos de Mikasa. Tú tienes que dormir- no quería irse de allí y Carla era consciente de ello pero lo llevó hasta su habitación para asegurarse de que se metía en la cama. Eren había logrado ver el interior de la habitación unos segundos, los suficientes como para saber que algo no iba bien con Mikasa. Le preocupaba que algo pudiera ocurrirle, pero no podía hacer nada si su madre se negaba a dejarlo ir. No era como esas veces en las que tenía la oportunidad de escaparse y llevarles la contraria porque se interponían en su camino.
Cuando lograron que se tranquilizara, Grisha dejó a Mikasa con Carla, quien se pasó un buen rato limpiándole el sudor y acariciándola mientras la pequeña mantenía apoyada la cabeza sobre su regazo con los ojos cerrados pero sin estar dormida. Hasta esa noche, Mikasa no había soñado más que con un escenario negro y oscuro en el que nada ni nadie aparecía. No era de su agrado pero prefería eso a tener que revivir continuamente la tarde en la que mataron a sus padres delante de ella, o el momento en el que la golpearon para llevársela a aquella cabaña.
Al de un rato, Grisha regresó a la habitación con un cuenco repleto de un líquido con olor desagradable. Aquello desprendía un aroma tan fuerte e intenso que Eren pudo percibirlo desde su cuarto. Por mucho que su madre lo hubiera obligado a irse a dormir, no podría hacerlo hasta asegurarse de que todo regresaba a la normalidad, por lo que estaba atento a cualquier cosa que pudieran decir o hacer.
-Toma, esto te calmará.- se lo tendió a Carla para que ella se lo diera de beber. –Es una infusión con algunos calmantes, no volverás a tener pesadillas en toda la noche.- aclaró. Ella se lo tomó sin rechistar. El sabor era tan desagradable como el olor pero no mostró ningún signo de repugnancia y lo bebió de un solo trago.
Carla y Grisha se quedaron allí hasta asegurarse de que Mikasa volvía a quedarse dormida y después regresaron a su habitación, todavía afectados por lo ocurrido. No era nada agradable presenciar una escena como aquella en la que los terrores de un niño se veían reflejados en pesadillas que se trasladaban a la realidad.
La mañana siguiente, Eren se había despertado más tarde de lo normal, concretamente cuando la luz que se filtraba por la ventana empezó a molestarlo. Estaba acostumbrado a que fuera Mikasa quien se colara en su habitación para llamarlo. La chica solía quedarse un buen rato observándolo hasta que se cansaba y se metía en la cama con él. Eren fingía estar dormido pero en realidad la escuchaba entrar al cuarto. Sin embargo, en aquella ocasión fue diferente, pues no había rastro de la pequeña por ninguna parte.
Salió de su habitación arrastrando los pies, en la parte inferior de la casa había movimiento por lo que su madre ya debía estar haciendo algunas de las tareas de la casa y su padre debía haberse ido a visitar a los pacientes desde bien temprano. Se quedó quieto delante de la habitación de Mikasa en la que había muy poca luz. La puerta estaba casi cerrada, así que la empujó con cuidado hasta que pudo divisar un pequeño bulto dentro de la cama; pertenecía a la chica.
Eren entró en el interior con cuidado al principio pero obligado a hacer ruido al de un rato para tratar de llamar la atención de la niña. O lo estaba ignorando tal y como hacía él hacía cada mañana o realmente seguía dormida y no podía escucharlo. Entonces, comenzó a llamarla alzando cada vez más el tono, pero ni siquiera así obtuvo reacciones por parte de ella. Preocupado de que algo pudiera haberle pasado, se subió sobre su cama para poder mirar por encima de su cuerpo y contemplar su rostro. Le tranquilizó ver que seguía respirando con extremada calma, tan despacio que si no se hubiera quedado un buen rato contemplándola podía haber pensado que estaba muerta.
Eren admitió que Mikasa cuando dormía tenía un rostro angelical, aparentaba estar tan en calma que le resultaba extraño. Se habría quedado un buen rato más observándola pero tenía hambre y no le gustaba que la niña no actuara como de costumbre porque no podía ser una buena señal.
-Oye, Mikasa.- volvió a llamarla sin éxito. Finalmente, puso ambas manos sobre su costado y la zarandeó con delicadeza, aunque como no funcionaba acabó moviéndola con brusquedad hasta que obtuvo un ceño fruncido. –Mikasa, ¡buenos días!- dijo él. En esta ocasión la niña abrió los ojos despacio recordando dónde estaba y fijando el rostro de Eren que estaba muy cerca del de ella. Parecía contento de verla.
-Buenos… días.- susurró tan bajito que Eren tuvo que leerle los labios.
-Vamos, ¡me muero de hambre!- dijo él metiéndole prisa. Mikasa esperó a que Eren se bajara de su cama para seguir sus pasos con extrema lentitud. Él parecía impacientarse al tener que esperarla pero aún así lo hacía. -¡Venga! Estás muy rara hoy.- le dijo. Y en realidad aunque ella se sentía en completa calma, si que era cierto que le costaba bastante más reaccionar. Era como si estuviera un tanto atontada y lenta de reflejos.
-Buenos días, niños.- los saludó Carla con una cálida sonrisa cuando los vio bajar las escaleras y sentarse en las sillas. Normalmente los obligaría a poner la mesa del desayuno pero aquella mañana se había levantado demasiado pronto a causa de la preocupación por la niña y tenía todo listo. –Mikasa, ¿cómo estás?- preguntó una vez recibió la respuesta a los buenos días. La pequeña se quedó mirándola extrañada pues no sabía exactamente a qué se refería, recordaba fragmentos de lo ocurrido por la noche pero todo parecía haber formado parte de un sueño muy lejano que no sabía a ciencia cierta si era real o no.
-Estoy… bien- susurró llevándose la mano a la cabeza, daba la impresión de estar forzándose más de lo debido en aclarar sus pensamientos, pero finalmente lo dejó pasar a petición de Carla.
Tal y como Grisha Jaeger había previsto, aquellas escenas se repitieron las siguientes noches. Mikasa se despertaba de madrugada gritando y llorando como si estuviera siendo acechada por una bestia terrible, una que para ella tenía forma humana y le había arrebatado lo que más le importaba. Por ese motivo, tras hablarlo con Carla, ambos decidieron que seguirían dándole los tranquilizantes para que la pequeña pudiera descansar, aunque no querían que tuviera que depender de ellos para conciliar el sueño. Pero ser testigos de aquello les partía el alma, y es que Mikasa había presenciado una de las escenas más duras que podía haber visto una niña de su edad. Algo que inevitablemente la marcaría de por vida. Tal y como habían comprobado, aquella medicina causaba fuertes efectos en ella, aunque Grisha redujo la dosis, la niña seguía teniendo dificultades para despertar de su letargo y además, se pasaba más de la mitad del día aturdida.
Eren intentaba llevarlo bien, no demostrar que aquello también le afectaba a él porque en realidad odiaba ver a Mikasa tan apagada. Cada vez se parecía más a una muñeca sin vida. Él trataba de animarla, de hacerla sonreír o de que se divirtiera pero no lo conseguía por mucho que se esforzara. Por eso, cada vez que recordaba los rostros de aquellos hombres que no podían llamarse seres humanos, la sangre le hervía. Porque ellos eran los culpables de que ella estuviera así, de que se hubiera roto por dentro. E incluso él era consciente de que una persona destrozada hasta tal punto era muy difícil de curar, posiblemente llevaría años.
Estaba tan tenso y enfadado por la situación que no lograba dormirse. Hacía rato que los habían mandado a la cama. Primero, acompañó a Mikasa a su cuarto y la chica no tardó en quedarse dormida, el calmante le hacía efecto inmediato. Nuevamente, su respiración se volvió lenta y profunda, odiaba aquel sonido porque lejos de tranquilizarlo, lo inquietaba mucho más. Temía que algún día la niña no volviera a abrir los ojos. Confiaba en su padre y en lo que le estuviera dando porque evidentemente las pesadillas que tenía y los gritos habían desaparecido desde entonces, pero ni siquiera ellos parecían del todo conformes con aquello.
Dio unas cuantas vueltas adoptando diferentes posturas para acomodarse pero no lo logró, por eso, pensó en ir al lavabo para refrescarse un poco la cara y fue de camino al baño cuando contempló que en el piso inferior todavía había luz. Por lo que sus padres no se habían ido a dormir todavía. Se acercó un poco a las escaleras, escuchaba pequeños murmullos desde allí pero no entendía con claridad lo que decían, así que bajó en completo silencio para situarse junto a la puerta y presenciar la conversación que estaban teniendo sus padres en la cocina. Su madre le había repetido un montón de veces que estaba mal meterse en asuntos de los mayores, pero Eren creía que lo que fuera que hablaran también lo incumbía a él si estaba relacionado con Mikasa.
-¿Y si… nunca se acaba acostumbrando a esto?- escuchó decir a su madre con voz temblorosa. Parecía bastante afectada. –Tú mismo lo has visto… cada día que pasa Mikasa tiene peor aspecto.- continuó hablando. Eren no se atrevía a asomarse demasiado por si lo veían, pero desde allí escuchaba todo bastante bien y las palabras de su madre comenzaban a hacer mella en él. –Su salud y su estado peligran. No puede… seguir así.- Aunque Carla realmente lo dijera por preocupación hacia Mikasa, a Eren le pareció que también hablaba por ella misma de forma egoísta pues sabía que no podía ver a la niña así, que aquello la desgarraba por dentro, al igual que a su padre y a él. Porque era cierto que llevaba poco tiempo con ellos pero la habían aceptado en su familia con muchísima rapidez y Mikasa era un miembro más. Uno muy importante al que todos apreciaban.
-Es normal que esté pasando por un episodio así, querida. Mikasa ha tenido que afrontar una situación muy dura para la que es imposible estar preparada. Perder a sus padres y verlos siendo asesinados de una forma despiadada y cruel. Pasó por el secuestro de esos mismos asesinos y tras enfrentarse a ellos tuvo que adaptarse a un nuevo hogar.- se acercó a su mujer para proporcionarle apoyo. –Será cuestión de tiempo, Carla.- quiso asegurarle pero ella no parecía tan convencida de eso. No había cosa que deseara más que el bienestar de la pequeña pero no sabía qué más podía hacer por ella.
-Y si aún así…
-No pienses en eso. Si no sale bien, ya pensaremos en ello cuando llegue el momento.- la interrumpió él de nuevo.
-¡Mikasa se pondrá bien!- intervino de sopetón Eren. Tenía el ceño fruncido y aquellos ojos enérgicos llenos de fuerza y vitalidad capaces de convencer a cualquiera de sus palabras. –Se adaptará a nuestra casa y a nosotros, estoy seguro de eso.- esto último lo susurró ante la mirada sorprendida de sus padres que no esperaban verlo a esas horas de la noche. Eren desapareció de allí corriendo antes de que pudieran decirle nada más.
Sospechaba que sus padres también estaban preocupados por él a pesar de que intentaba aparentar estar como siempre. Se veía afectado por el estado de Mikasa pero eso no lo detendría ni impediría que siguiera esforzándose por la chica, por ayudarla. Porque su deber no terminó el día en el que apareció en medio de la noche en aquella cabaña para rescatarla. Eso solo era el comienzo. Mikasa había perdido mucho de golpe, y no solo necesitaba un hogar al que regresar y en el que la quisieran, necesitaba que la repararan por dentro, que le devolvieran la ilusión y las ganas de vivir. Y él lo haría, porque a pesar de que sabía que aquella herida siempre la llevaría consigo, podía ayudarla a cargar con esa pena.
Aminoró el paso cuando pasó por delante de la habitación de Mikasa y gracias a eso pudo darse cuenta de que del interior provenían unos pequeños quejidos que apenas se escuchaban. Se acercó para asegurarse de que no estaba equivocado, aquello no podía estar sucediendo porque Mikasa estaba sedada por los calmantes y sin embargo, la chica se movía de un lado a otro inquieta. A lo mejor, por descabellado que pareciera, estaban dejando de hacerle efecto.
Entró en el interior y cerró la puerta tras de sí. Su primera reacción habría sido la avisar a su padre para que se encargara de aquello, pues era médico y sabía lo que hacer en aquellas situaciones, pero prefería encargarse él mismo de solucionarlo. No quería preocuparlos más, debía demostrar que él tenía razón y que todo cambiaría poco a poco. Que conseguiría que Mikasa mejorara.
Apartó con cuidado la pequeña lamparilla de aceite encendida, situándola en el otro extremo de la habitación para evitar accidentes. Cuando tuvo la oportunidad de acercarse más a ella y verla con claridad, el estómago se le encogió. Mikasa tenía varios mechones pegados al rostro a causa del sudor y mostraba una expresión de dolor que Eren jamás había presenciado en ella, pues la chica no era nada expresiva con sus emociones. Estaba sufriendo y él no podía sentirse bien viéndola así. Comprendía en parte que su madre no lo hubiera dejado acercarse al escenario aquellas primeras noches, no era algo agradable de contemplar.
Se sentó en el borde de la cama con intenciones de despertarla y regresarla a la realidad. Agarró sus hombros con suavidad y comenzó a llamarla para traerla de vuelta, todo en vano. De repente, cuando empezó a llamarla un poco más alto, Mikasa abrió los ojos de golpe. Sin embargo, éstos estaban vacios, sin vida, como si no hubiera regresado realmente. La niña comenzó a forcejear con Eren en un intento por alejarse de él. Le propinó varios puñetazos y patadas con los que el chico no pudo evitar soltar quejidos pero aún así continuó tratando de retenerla y hacer que despertara.
-¡Mikasa, soy yo, Eren!- seguía repitiendo ignorando el hecho de que la chica había empezado a llorar asustada. Él sabía por qué le tenía miedo, lo confundía con aquellos asesinos.
-¡No! ¡Aléjate de mí!- continuó gritando con desesperación. Pero él estaba dispuesto a ayudarla, y entonces, con todas sus fuerzas logró acercar el cuerpo de Mikasa al suyo hasta conseguir que la cabeza de la chica se posicionara en el hueco sobre su hombro. Entonces, comenzó a acariciarle la cabeza con ternura.
-Eh… tranquila, Mikasa. Soy yo, Eren, y estás a salvo. Nadie va a hacerte daño.- repitió una y otra vez notando como la respiración agitada de ella disminuía. Sus lágrimas le habían dejado la camiseta empapada pero empezaba a calmarse. Finalmente su cuerpo se relajó.
-Eren…- susurró ella, cerciorándose de que realmente estaba en los brazos del chico. Por fin, había despertado de aquella terrible pesadilla. –L-lo siento mucho… Eren.- se disculpó. A pesar de que no recordaba muy bien lo ocurrido, tenía la sensación de haberle causado problemas al chico.
-No tienes que pedirme perdón. Estabas teniendo una pesadilla, ¿verdad?- ella asintió con la cabeza cuando él la dejó alejarse un poco y mirarlo a los ojos. -¿Estás más tranquila ahora?- volvió a asentir con la cabeza provocándole un suspiro a Eren.
-Cuando estoy contigo… me siento bien.- admitió ella bajando la mirada un poco avergonzada y sintiéndose un tanto avergonzada por decir aquello. A Eren la aclaración lo pilló por sorpresa. Ciertamente, Mikasa se pasaba gran parte del día junto a él y siempre se había preguntado la razón, quizás fuera por lo que acababa de decirle. Y fue entonces cuando se le ocurrió una idea que esperaba que funcionase.
-Ven, vamos, acuéstate.- le pidió. Ella no tenía muchas ganas de volver a dormir porque a pesar de no acordarse, si que podía recordar lo acelerado que tenía el corazón al despertarse y lo agotada que estaba. Eran sensaciones que prefería no volver a sentir.
-¿Puedes quedarte… hasta que me duerma?- se atrevió a preguntar. Nuevamente siendo egoísta con él. Pero el chico no respondió a su pregunta. Cuando Mikasa se acomodó en la cama, él levantó las sábanas para introducirse en el otro lado, en el hueco que quedaba libre.
-Me quedaré contigo toda la noche.- susurró él mirándola en la escasa luz que los rodeaban. Eren contempló como los ojos de la chica se humedecían al escucharlo. Mikasa asintió con la cabeza totalmente de acuerdo con aquella decisión. –No tienes que temerles, Mikasa. Yo te protegeré… todas las veces que haga falta. Siempre estaré a tu lado- le prometió acariciando de nuevo su fino cabello. La pequeña se acercó un poco más a él para acomodarse entre sus brazos.
Eren se sorprendió un poco por aquel gesto poco propio de ella pero no dudó en rodearla con los brazos. Después apoyó con cuidado su barbilla sobre la cabeza de la niña. Esperaba que aquello fuera suficiente para que no volviera a soñar cosas horribles.
La noche transcurrió sin nuevos incidentes y no solo aquella vez, cada noche, Eren le pedía a Mikasa que lo esperara para dormir. De modo que cuando sus padres se acostaban y ya no había rastro de actividad, el chico se escabullía hasta la habitación de ella para dormir a su lado. No era la primera vez que Eren compartía cama con alguien, cuando era más pequeño lo había hecho con su madre y Carla aseguraba que se movía un montón por las noches y que tendía a pegar patadas, sin embargo, a la mujer le sorprendió que no ocurriera eso con Mikasa. Quizás, inconscientemente, se durmiera con el pensamiento de que debía protegerla durante toda la noche.
Sus padres no tardaron en percatarse de lo que ocurría y no les pareció tan mala idea ya que la chica parecía estar realmente atada a él de una forma que no lograban comprender. A petición de Eren y con grandes expectativas, dejaron de darle aquellos tranquilizantes a modo de prueba para ver si realmente era suficiente con que durmiera con él. Por increíble que les pareciera, así fue. Si que era cierto que en alguna ocasión Mikasa se despertó de madrugada entre lágrimas, nada de gritos y era capaz de dejar la pesadilla atrás por su cuenta, pero en esas ocasiones Eren estaba allí para recordarle que estaba con ella y para acariciar su cabeza hasta que volviera a quedarse dormida.
A partir de aquella ocurrencia de Eren, todo mejoró, esta vez de verdad. Mikasa parecía más enérgica como solía serlo los primeros días que llegó allí. Como si de alguna forma hubiera superado casi por completo sus terrores, sintiéndose parte de la familia. Para ello habían tenido que transcurrir más de dos meses. Pero lo importante era que había acabado.
De por si, no era una chica demasiado habladora o expresiva pero se habían acostumbrado a escuchar su dulce voz de vez en cuando por la casa. Seguía estando muy apegada a Eren como para seguirlo a casi todas partes, pero también se había vuelto muy cercana a Carla quien permanecía en casa la mayor parte del tiempo con ellos. En más de una ocasión Carla había mandado a Eren con Mikasa a hacerle los recados al pueblo. Solía hacerlo mucho antes de que la pequeña llegara, aunque a causa de su estado, Eren apenas había salido a la calle para no dejarla sola. Aunque su mejoría cambiaba las cosas.
-Eren, necesito que vayas a la plaza para comprar todo lo que hay en esta lista.- le dijo Carla antes de que éste se escaqueara por la puerta principal con Mikasa. -¿A dónde crees que vas?
-¡Jo, mamá! Queríamos ir a dar una vuelta, pronto empezará el colegio y no tendremos tanto tiempo libre.- se quejó él pero no hubo lugar para sus peticiones.
-Venga, no te llevará mucho tiempo.- insistió ella. –Mikasa, ¿Cuál es tu color preferido?- preguntó repentinamente mirando con dulzura a la pequeña que permanecía de pie junto a su hijo.
Ella bajó la mirada hasta la bufanda que siempre llevaba en el cuello para contemplarla, Carla conocía muy bien la prenda, pues se la regaló a Eren en navidades para que se protegiera del frío. La había tejido ella misma con esmero y dedicación. La niña señaló la prenda para indicarle que era ese el que le gustaba.
-Ya veo, el rojo oscuro entonces.- le quitó la lista de las manos a Eren para añadir algo más a ésta y después volvió a dársela. –Aquí tienes, que no se te olvide nada.- insistió. Su madre siempre le decía que si no entendía algo de lo que estaba puesto solo debía entregarle el papel al vendedor.
-Ugh… está bien. Vamos, Mikasa.- dijo con fastidio tomando la mano de la chica pero Carla lo detuvo.
-Espera, Mikasa hoy se quedará conmigo, hay algo que debemos hacer aquí.- Eren la miró con sospecha sin saber muy bien qué intenciones tendría su madre pero lo dejó estar. Miró después a Mikasa, quien no había dicho nada pero después asintió sorprendiéndolos a ambos, no solía separarse de Eren ni siquiera para eso pero parecía estar de acuerdo con la propuesta. –Bien, entonces nosotras prepararemos la comida. No llegues tarde ¡y ten cuidado!- eso último lo gritó, pues Eren ya se había ido. A pesar de no haber dicho nada a él también le pareció rara la decisión de Mikasa. Hacía tanto que se había acostumbrado a su presencia y a estar acompañado por ella que le resultaba extraño que no estuviera. Se daría prisa para volver cuanto antes con ellas. Con dos de las personas a las que más quería.
-En realidad la comida ya está lista, pero quería que me ayudaras a preparar algo mucho más importante.- explicó despertando el interés de la niña a pesar de no demostrarlo. Le pidió que se acercara a la cocina y entonces comenzaron a tomar las cantidades de todos los ingredientes que necesitaban para preparar aquello. –Veamos… creo que tenemos todo. Ah, no, espera, aún nos falta la… -entonces se escucharon voces en el exterior. Un sonido que todos conocían bastante bien pero que Mikasa nunca lo había relacionado con algo concreto pues no sabía de qué se trataba, pero sonaba cada mañana. –Es el lechero, pasa todos los días. Ve a por dos botellas de leche, Mikasa.- le pidió amablemente. La pequeña cogió el dinero que Carla le tendió e hizo lo dicho.
Sobre la mesa ya tenían harina, bicarbonato, un par de huevos, azúcar, cuatro manzanas, la leche que ella acababa de colocar y un tarro de mermelada de melocotón que Carla acababa de colocar.
-¿Aún no sabes lo que vamos a preparar, Mikasa?- preguntó ella, al obtener una respuesta negativa, comenzó a explicarle. –Bueno, pues vamos a hacer una tarta de manzana. No has tenido oportunidad de probarla desde que estás aquí, pero la receta de esta tarta lleva muchos años en mi familia y va pasando de generación en generación. Por eso debes aprenderla tu también.- la niña la miró con curiosidad al tiempo que comenzaban a añadir los ingredientes. Mikasa se encargó de mezclar la harina, el bicarbonato, el azúcar, los huevos y la leche en un gran cuenco mientras que Carla pelaba dos de las manzanas y las hacía puré con un mortero para agregarlas después. –A Eren le encanta esta tarta, ¿no te lo ha dicho?- a Mikasa se le iluminaron los ojos al escuchar aquello, un gesto que a Carla la tranquilizó pues creía que la pequeña quizás no estaba demasiado a gusto con ella pero visto lo visto, debía estar disfrutando aquello, más aún a sabiendas de que a su hijo le gustaría. Estaba convencida de que a partir de aquel día tendría una ayudante siempre que preparara tarta.
El siguiente paso fue dejar listo el molde. Carla cortó las manzanas restantes en láminas pequeñas que Mikasa fue colocando en orden sobre la base espolvoreada con más harina. Después, extendieron la masa sobre la misma de forma uniforme.
Tras aquello, cuando la masa estuvo lista, ambas salieron de casa con el molde en manos cubierto por una tela para llevarlo un par de calles abajo. Según le había contado Carla a Mikasa, una amiga suya tenía un horno de leña en la parte trasera de su casa que solía poner en marcha durante todo el día dos veces a la semana. Por ese motivo había decidido prepararla aquella mañana. Dejaron allí la tarta para regresar en menos de una hora, mientras tanto recogerían todo lo que habían utilizado y dejarían la mesa preparada.
-Esperemos que esté lista para cuando Eren llegue, todavía tenemos que desmoldarla y echarle esta rica mermelada por encima.- sonrió. Había sido mucho más agradable hacerla con la ayuda de Mikasa. A Eren no le gustaba ayudarla en la cocina y siempre que podía prefería salir a hacer recados e ir a jugar con Armin. Cuando llegaron, comenzaron a guardar las sobras. –Mikasa, espera, deberías tener cuidado con eso.- le advirtió cuando la niña sujetó con ambas manos el saco de harina.
La miró con duda para después bajar la mirada hasta el saco y quedarse quieta sin saber qué hacer ya que no entendía a qué se refería la mujer.
Entonces, la pequeña sintió la mano de Carla en su mejilla, acto seguido de acariciarla comenzó a reírse con fuerzas dejándola aún más patidifusa. Las sospechas de Mikasa se hicieron realidad al llevarse su propia mano a la cara y comprobar que estaba llena de harina. Cuando quiso darse cuenta, Carla volvió a repetir el proceso con la otra mejilla, justo antes de que la niña lograra reaccionar apartándose. En ese momento, el movimiento brusco que realizó tambaleó el saco de harina que aún estaba abierto y cayó al suelo entre las dos. Intentaron cogerlo en el aire en vano. Una gran ola de polvo blanco se extendió entre ambas y las risas por parte de Carla estallaron de nuevo porque ambas estaban totalmente blancas. Mikasa por el contrario, solo dedicó una pequeña sonrisa, ya que se sentía culpable por lo que acababa de ocurrir.
-Estás completamente llena de harina.- logró decir Carla después de un buen rato riéndose. Entonces, empezó a acercarse a Mikasa lentamente para atraparla entre sus brazos antes de que escapara de ella. Y ahí fue cuando llegó su perdición, pues la mujer conocía los puntos débiles de Eren siempre que le hacía cosquillas y estaba dispuesta a encontrar los de Mikasa. Momentos después, una sonora carcajada que nunca antes habían escuchado inundó la cocina.
Eren, que acababa de llegar a casa se quedó totalmente sorprendido al escuchar reír a Mikasa nada más entrar. Jamás creyó que sentiría esa calidez en su interior al verla así, tan alegre y llena de vida. El calor se acumuló en sus mejillas, hasta que su madre se percató de su presencia.
-¡Eren! Si que has vuelto pronto.- dijo sorprendida soltando al fin a Mikasa. El chico dejó a un lado todo lo que había comprado y se acercó a ellas. –Bien, creo que ya es hora de ir a por la tarta.
-¿Tarta?- preguntó él animado. Las dos le mostraron una amplia sonrisa.
-Si, Mikasa y yo hemos preparado una tarta de manzana de esas que tanto te gustan.- Eren saltó de alegría al escuchar a su madre decir eso. –Iré a por ella, mientras tanto, vosotros podéis empezar a recoger esto.
Cuando Carla se fue, Mikasa se acercó a Eren con varios paños húmedos, aún debían recoger toda la cantidad de harina esparcida por los muebles y el suelo.
-Creo… que deberíamos usar esto.- propuso la pequeña llamando la atención de Eren.
-Sí, pero antes… -se agachó para coger un puñado de harina y lanzárselo a Mikasa. Ella logró girar la cabeza justo a tiempo y entonces comenzó a correr alrededor de la mesa, pues Eren había aprovechado ese momento para perseguirla con intenciones de atraparla. –Vamos, Mikasa, quiero escucharte reír así de nuevo.
Varios días después, Eren se acababa de levantar de la siesta y no podía arrepentirse más de ello pues era bastante tarde. Miró hacia el otro lado de su cama pero Mikasa ya no estaba allí, así que salió a buscarla, ya que ambos tenían planes para aquella tarde.
-Oye, Mikasa…- comenzó a hablar al tiempo que abría de golpe la puerta de la habitación de la chica. Se quedó perplejo incapaz de seguir hablando cuando vio a su madre tomando las medidas de la niña, Mikasa se encontraba en ropa interior. Segundos después, Eren salió de allí totalmente sonrojado y con el pulso acelerado, ella también sintió calor en sus mejillas pero no reaccionó. -¡P-podíais haber avisado!- las culpó en el pasillo. Se quedó allí fuera para hablar con ambas sin tener que entrar en el cuarto. -¿Por qué estás haciendo eso, mamá?- quiso saciar su curiosidad. Siempre que tomaba medidas era para hacer alguna prenda.
-Dentro de unos días iremos a la boda de un conocido de tu padre.- explicó. Mikasa estaba de pie sobre una banqueta de madera y Carla no dejaba de dar vueltas alrededor de ella para tomar diversas medidas. Sobre su cama se encontraba la tela que utilizaría y también un costurero con hilo, agujas, alfileres y tijeras.
-¿Y cuanto os queda?- preguntó. No creía que fuera a tardar mucho.
-Empezaré ahora con su vestido, así que necesito que se quede conmigo esta tarde para acabar de concretar sus medidas. Es la primera vez que hago uno.- le sonrió a la pequeña. –Eren, necesitamos unos cuantos ingredientes para la tarta que llevaremos a la boda. Podrías ir a por ellos mientras tanto.
-¿¡Qué!? ¿Tiene que ser justo esta tarde?- se quejó.
-Sí, no nos queda tiempo.- contestó Carla. –Si tardas mucho las tiendas cerrarán.- lo advirtió.
-Mamá, hoy quería presentarle a Armin, ya habíamos quedado con él.- continuó quejándose. Su mejor amigo hacía poco que había vuelto de un viaje con sus padres y se iba a quedar unos cuantos días en casa de su abuelo, al otro lado del río. Nada le ilusionaba más que presentarle a Mikasa, estaba convencido de que los dos encajarían bien. –Ahora ni siquiera yo podré verlo porque tengo que ir a comprar.- tras ese último comentario se fue de allí al piso inferior. Tomó la lista que había sobre la mesa y el dinero. Al día siguiente los presentaría a ambos sin falta, no pensaba hacer más recados.
-Eren te ha hablado mucho de Armin, ¿verdad?- preguntó Carla. En realidad se sentía mal por haber estropeado sus planes pero tendrían oportunidad de jugar juntos en otra ocasión. –Es un niño muy dulce, educado e inteligente, estoy segura de que os llevaréis bien.- Mikasa asintió con la cabeza. Le inquietaba tener que conocer a gente nueva pero si aquel amigo era tan importante para Eren, ella también quería conocerlo. –Todavía no entiendo cómo se ha hecho amigo de Eren, es un trasto.
Las horas pasaron, cuando en el exterior comenzó a oscurecer, Carla ya había fijado las bases del vestido en la tela utilizando los alfileres. Por lo que no requeriría de Mikasa hasta que ya estuviera casi hecho. Pronto sería la hora de la cena y Eren todavía no había regresado.
-Espero que no se haya metido en líos, tiene una gran capacidad para eso.- susurró Carla un tanto preocupada, aunque no era la primera vez que su hijo llegaba más tarde de lo esperado a casa. Muchas veces mientras jugaba perdía la noción del tiempo y no regresaba hasta que Armin le paraba los pies.
-Iré a buscarlo- se ofreció Mikasa. Carla al principio no supo si dejarla ir. Temía que la pequeña pudiera perderse por las calles.
-¿Estás segura? ¿Sabes ir hasta la plaza?- preguntó para asegurarse. Ella asintió, era el camino que siempre recorría con Eren cuando los mandaba a comprar. Carla la miró a los ojos, Mikasa había demostrado ser muy responsable y no le vendría mal salir un poco a la calle. –Está bien, pero ten cuidado y no os entretengáis.- le dio un beso en la frente y la contempló marcharse desde la entrada de la casa.
Mikasa caminó tranquilamente, aunque en cierto modo no era lo mismo moverse sola que con la compañía de esa persona tan importante para ella, sabía lo que hacía y conocía los lugares. Bajó unas escaleras dejando atrás su casa y la zona algo más alta que solían emplear para colgar la ropa. El centro de Shiganshina no estaba lejos pero tampoco tan cerca como aparentaba y podría llevarle perfectamente unos quince minutos a menos que se metiera por callejones para atajar. Pero no se arriesgaría a hacerlo en aquel momento.
La pequeña ya casi podía vislumbrar la figura de Eren en alguno de los puestos de la plaza o simplemente sentado sobre la fuente comiendo alguna golosina que le hubieran regalado o que hubiera comprado con las vueltas de la compra. No pudo evitar ocultar una pequeña sonrisa, pues tenía ganas de verlo, de volver a su calidez.
Sin embargo, no fue muy buena la sorpresa que se llevó cuando llegó al centro de la plaza y no vio al chico por ninguna parte. Se aseguró de registrar hasta el último rincón pero no lo veía y tampoco quedaba demasiada gente con la que poder confundirlo. Mikasa esperó un poco allí, quizás estuviera en la zona y no fuera capaz de verlo, pero cuando todos los puestos y tiendas cerraron y no quedaron más que dos o tres pueblerinos allí, supo que Eren no aparecería.
A lo mejor había decidido irse por los callejones que una vez le enseñó, posiblemente lo hubiera hecho. Miró a un lado sin estar del todo segura, tenía buena memoria y era capaz de seguir el recorrido a la perfección pero no sabía si arriesgarse, lo único que quería era dar con él de una vez por todas y volver a la seguridad de su hogar. Decidida y dispuesta a encontrarlo antes de que la oscuridad lo cubriera todo, se introdujo en el callejón a su izquierda asegurándose de que nadie la seguía.
-¡Mamá, ya estoy en casa!- saludó Eren a gritos. La mesa estaba puesta. Su padre acababa de llegar pues aún tenía el maletín en las manos y su madre estaba en la cocina terminando de preparar la cena. Sabía que le esperaba una pequeña bronca por haber tardado tanto pero tenía que avisar a Armin de que no podrían ir y quedar con él para el próximo día. Su intención había sido tardar poco. Compró todo lo de la lista y productos en menos de veinte minutos y después, como tenía tiempo, se acercó a casa de Armin para avisarlo. Sin embargo, no pudo resistirse a las galletas y el chocolate caliente que le ofrecieron de merienda. Una cosa llevó a la otra y las horas transcurrieron demasiado rápido. Después, hizo uso de los callejones para llegar hasta casa y tardar la mitad de lo que le habría llevado recorrer el camino largo.
-Ya empezaba a preocupar…- en el momento en el que Carla acabó de girarse para contemplar a su hijo, la preocupación nubló su mente. –Eren… ¿y Mikasa?- susurró con mirada vacía, casi esperando que aquello se tratara de una broma y que la chica apareciera de un momento a otro.
-¿Mikasa? No la dejaste venir conmigo, ¿recuerdas?- le reprochó él sin saber a lo que se refería, aunque ver de aquel modo a su madre empezaba a impacientarlo. -¿Es que no está?
-Debería haber venido contigo.- continuó ella. Entonces, se acercó con rapidez a Eren agarrándolo por los hombros y cambiando el tono a uno urgente que concordaba con la gravedad del asunto. –Eren, Mikasa salió a buscarte a la plaza para traerte de vuelta porque se estaba haciendo tarde. ¿No te la has… encontrado por el camino? Me aseguró conocerlo.
-He venido por los callejones porque me he acercado a casa de Armin, así que no he podido cruzármela. Quizás todavía me esté esperando allí.- dijo él con tono preocupado. La noche ya se había ceñido por toda la ciudad y aunque confiaba en el sentido de la orientación de Mikasa, porque él mismo la había puesto a prueba, de noche las calles se veían desde una perspectiva totalmente diferente.
-Tenemos que ir a por ella.- dijo finalmente Grisha. –Eren, tú quédate en casa por si regresa y nosotros estamos fuera. Si vuelve mientras la buscamos esperad aquí a que volvamos. Y si no hay suerte… entonces pediremos ayuda a la policía militar.
-No, no pienso quedarme aquí.- se negó. Se sentía culpable de lo ocurrido. Le carcomía por dentro imaginarse a Mikasa vagando sola por las calles, perdida y completamente sola. Y todo por salir en su busca. La encontraría, tal y como lo hizo cuando se la llevaron a aquella cabaña en el bosque. Llegaría hasta ella y volvería a salvarla porque era su deber protegerla, así se lo había prometido.
-¡Eren, haz caso a tu padre por una vez!- exigió Carla enfadada agarrando a su hijo del brazo, pero él no estaba dispuesto a ceder, no cuando se sentía de aquella forma tan miserable.
-¡No!- tiró fuerte del brazo y el amarre se soltó. Salió corriendo calle abajo para alcanzar la plaza cuanto antes. La encontraría.
Eren escuchó los gritos de sus padres a sus espaldas pero no le importó, así como tampoco le importaría el castigo que pudieran ponerle por desobedecer. Podrían sermonearlo todo lo que quisiera una vez estuvieran los cuatro a salvo en casa. Las noches eran bastante oscuras en Shiganshina, nunca le dejaban salir de casa tan tarde a pesar de que generalmente todas las calles se quedaran vacías y la policía vigilara. Pero siempre había algún que otro callejón poco agradable que cruzar, sobre todo para un niño o niña de corta edad y sin acompañante. Podría resultar peligroso, el distrito no se libraba de los malhechores a pesar de haber más seguridad.
Estaba perdida y lo admitía, aunque no sabía en qué punto se había equivocado de dirección. En más de una ocasión trató de regresar para cambiar de ruta pero le fue imposible porque mientras más retrocedía, más se perdía. Finalmente, decidió salir a una calle algo más grande que seguramente llevaría al centro del distrito por ser una de las principales. Recordaba las palabras de Eren "Si alguna vez tienes dudas, vete a una calle grande y síguela, todas ellas llevan a la plaza. Si te equivocas de lado y vas en sentido contrario, solo tienes que dar media vuelta y volver a atravesarla". Y eso haría.
A pesar de la situación en la que se encontraba, no podía parar de buscar al chico con la mirada. Aún guardaba la esperanza de cruzárselo en algún lugar por coincidencia. Sabía que debían estar preocupados por ella y lo triste que Carla se pondría si no conseguía volver, ella también deseaba hacerlo y lo haría de inmediato si supiera el camino de vuelta. En el fondo, deseaba que Eren estuviera buscándola y que la encontrara, necesitaba que la sacara de allí, que la rescatara una vez más.
Los nervios poco a poco se apoderaban de ella con cada paso que daba. No era capaz de distinguir si sus manos temblaban de frío o a causa de lo sola que se sentía. Porque aquel sentimiento desagradable siempre iba acompañado de los recuerdos del pasado que tanto le habían estado atormentando. Un episodio que no quería que se repitiera más.
Ignoraba totalmente cada silueta que se cruzaba en su camino, no cambiaba de expresión, tampoco las miraba. Quería mostrar seguridad absoluta de modo que ni siquiera se atrevieran a alterar su concentración, pero cuando pasó por delante de un pequeño grupo de personas que se mantenían en pie fuera de uno de los pocos bares que cerraban tarde, aquella táctica no funcionó.
Supo que con aquellas personas sería diferente cuando escuchó de fondo la voz de una de las mujeres: "Eh, Marthel, esa niña está sola a estas horas, puede que se haya perdido". Eso llamó su atención y la alteró haciendo que su corazón latiera con rapidez pues lo último que quería era detenerse a hablar con extraños. Intentó acelerar el paso para dejarlos atrás cuanto antes hasta que sintió un amarre en su hombro.
-Oye, niña, ¿estás bien?- la brusquedad empleada asustó a Mikasa. Y aunque podría haber intentado tumbar al hombre allí mismo empleando todas sus energías, las piernas le temblaron tanto que no se sintió capaz de ello. Ni siquiera alcanzó a entender lo que le estaba diciendo porque solo pudo centrarse en sus ojos rojos y la peste a alcohol que emanaba de su aliento. De fondo distinguió unas cuantas siluetas más de las personas que lo acompañaban pero no alcanzó a ver sus caras. Repentinamente se soltó y salió corriendo con todas sus fuerzas. Tuvo la sensación de que aquel hombre trató de perseguirla unos cuantos metros hasta que se cansó pero no estuvo muy segura de ellos porque prefirió no mirar atrás.
Cuando estuvo lo suficientemente lejos de ellos hasta dejar de escuchar sus voces y risas de fondo, redujo la velocidad. Arrastró los pies hasta el primer callejón que vio sumido en la oscuridad y sin introducirse demasiado en él se sentó junto a la esquina que daba a la calle ancha por si veía a Eren desde allí. A esas alturas solo quería que él la encontrara y la sacara de allí. Lo esperaría toda lo noche si hacía falta.
-Eren…- susurró flexionando ambas rodillas y rodeándolas con sus brazos. Luego acomodó la cabeza entre ellas durante un buen rato hasta que escuchó un ruido cerca. Levantó la cabeza alerta para identificar cuanto antes a la persona, no podía ver bien su rostro pero parecía un niño y entonces se levantó esperanzada. Se quedó quieta en la esquina del callejón esperando a que la silueta que iba cargada con enormes cajas pasara junto a ella. En el fondo sabía que no podía ser él porque no tenía ningún sentido que cargara con las cajas de cartón, pero no quería creerlo.
El joven estuvo a punto de pasar de largo, pues no había reparado en la figura de la chica que se mantuvo quieta como una estatua en todo momento. Pero un fuerte balanceo de las cajas vacías que cargaba lo hizo mirar hacia aquel lado, detectándola en la oscuridad. Le llamaron la atención sus ojos grises y tristes, así como sus rasgos delicados y angelicales pero llenos de sufrimiento y dolor. Su pelo largo, liso y negro contrastaba con su piel clara, se parecía mucho a aquella persona de la que tanto había oído hablar. No, se equivocaba. Jamás había visto a nadie con aquellas características, debía ser esa persona sin lugar a dudas.
Armin dejó todo lo que llevaba en el suelo y se posicionó ante ella. No entendía qué podía estar haciendo allí, pues según le había contado a Eren, no había podido salir de casa a causa de un vestido que le estaba haciendo Carla.
-¿M-Mikasa? ¿Eres tú?- la llamó con voz entrecortada. No acostumbraba a hablar con desconocidos, y debía admitir que el rostro impasible de la muchacha lo intimidaba un poco pero estaba seguro de que en realidad no era tan fría como aparentaba. Cuando la llamó ella se tensó al instante, por lo que debía estar en lo cierto. Pareció preguntarse unas cuantas veces el por qué de que conociera su nombre, aquello pareció darle inseguridad. –Soy Armin, el amigo de Eren. Estoy seguro de que te ha hablado de mi, aunque dudo que tanto como me ha hablado a mí de ti.- soltó una pequeña carcajada para intentar quitarle tensión al ambiente y pareció conseguirlo. –Íbamos a conocernos hoy, ¿recuerdas?
Ella lo contempló analizándolo constantemente, cada palabra, cada gesto. Todo era exactamente como Eren lo había descrito, a pesar de su gran torpeza con las palabras. Era un chico rubio con el pelo un poco largo, ojos claros y brillantes como el agua y con una sonrisa gentil. Amable y de buen corazón. Sentía que todo eso era cierto porque aquel chico ante ella se lo transmitía a pesar de acabar de conocerlo. Por eso no debía estar mintiendo.
-Sí, soy yo.- contestó al fin en un susurro. – ¿puedes… llevarme con Eren?- preguntó. Algo que lo sorprendió pues le extrañaba que el chico la hubiera dejado sola.
-¿No está contigo? Qué extraño…
-Salí a buscarlo. Tardaba mucho así que salí. Pero no estaba y entonces… bueno, me perdí en los callejones.- Armin entonces entendió todo. Eren le había contado sus trucos para no perderse en aquellas callejuelas. No le gustaba que su amigo atravesara esas zonas pero al final solo podía esperar que no se metiera en ningún lío.
-Deben estar preocupados por ti, Mikasa.- dijo él enarcando sus anchas cejas que quedaban ocultas por el flequillo rubio. Eren no se detendría hasta encontrarla. No sabía muy bien qué debía hacer en aquella situación, si sería buena idea llevarla de vuelta a su casa o esperar en algún punto clave para que pudieran cruzarse con Eren o con alguno de sus padres. –Ven, vamos a mi casa, está muy cerca de aquí. Pensaremos en algo, seguro que el abuelo sabe qué hacer.- Armin se tomó la confianza para agarrar la mano de la chica y guiarla hasta el lugar.
Ella lo siguió sin rechistar ni quejarse por aquello. Armin se sorprendió de lo pequeña y delicada que parecía su mano, estaba fría y era sumamente delgada. Daba la impresión de que se rompería si se golpeaba con fuerza.
Cuando entraron a la casa del abuelo de Armin, Mikasa se acomodó en una silla entre ambos, le habían preparado leche caliente con un poco de cacao para que entrara de calor. El abuelo no era un hombre de gran tamaño y tenía algo de barba. A primera vista podía intimidar bastante pero su carácter era agradable y la trató con dulzura.
-Armin, ¿y aquellas cajas?- le preguntó entonces. El chico rubio se alarmó por haberlas dejado en el lugar incorrecto. Debía llevarlas a la zona en la que tiraban toda la basura y en vez de eso las había dejado en mitad de ninguna parte.
-Las he dejado en la calle en la que he encontrado a Mikasa. Iré a por ellas y esperaré a ver si veo a Eren. Si no me cruzo con él, volveré y subiremos a tu casa, seguro que hay alguien esperando allí.- afirmó. Sabía que a su abuelo no le gustaba mucho que saliera tan tarde, pero aquella era una ocasión especial y antes de que se negara o se ofreciera en su lugar, utilizó la táctica que Eren tantas veces le había comentado. Consistía en dejar a los adultos con la palabra en la boca y marcharse de golpe. Así no podrían detenerlo.
"Maldita sea, Mikasa… ¿dónde demonios estás?" era lo que se repetía a sí mismo una y otra vez. Había buscado por toda la plaza y las zonas cercanas a su casa, no sabía hacia dónde ir. Dos de los cinco caminos que llevaban hasta el centro ya los había revisado, incluyendo callejones, tenía que elegir otro. Intentó pensar como lo haría la chica pero era complicado porque nunca sabía lo que se le pasaba por la cabeza.
-Quizás… haya intentado volver a casa por uno de los caminos que le enseñé- se asomó a una de las oscuras calles, aquella que más usaba para atajar. Estaba tan oscura que esperaba que no se hubiera metido por ahí pero había posibilidades de que así fuera. Parte de esas calles estrechas ya las había revisado así que en esta ocasión iría por aquellas en sentido contrario a su casa.
Las siguió casi de memoria. La noche alteraba sus conocimientos porque sin luz todo parecía diferente, más tenebroso. Aunque las conocía tan bien que era difícil confundirlo, por ello, acabó llegando a la calle que esperaba encontrar al otro lado. Pensó en irse dirección contraria a la plaza pero unas voces llamaron su atención y se dirigió hasta ellas. Cuando se acercó lo suficiente a ellas, se introdujo en el grupo de seis personas apartándolos con algo de brusquedad para mirar bien si había algún rastro de la chica. Al no ver nada, decidió seguir corriendo pero lo detuvieron de malas maneras.
-¡Eh, mocoso! ¿Qué crees que estás haciendo?- uno de los hombres lo levantó del suelo hasta ponerlo a la altura de sus ojos para intentar intimidarlo pero la expresión malhumorada y fiera de Eren no desapareció en ningún momento ni tampoco se dejó achantar por el tamaño del sujeto. Estaba enfadado y frustrado, temeroso de lo que pudiera haberle pasado a Mikasa o de quién podría habérsela llevado. Era cierto que la noche en la que la encontró demostró ser capaz de defenderse ella sola, pero al mismo tiempo seguía pareciendo muy frágil por eso sabía que era él quien debía protegerla. Era su deber.
-¡Déjame en paz, viejo! ¡Tengo algo importante que hacer!- le gritó enfadado, consiguiendo que el hombre se enfureciera por el comentario.
-Parece que esta noche no hacen más que escaparse niños extraños de sus casas.- las carcajadas se escucharon de fondo pero ese comentario alarmó a Eren. Quizás se referían a Mikasa y si era así, no debía estar muy lejos.
-¿Habéis dicho niños? ¿Una niña con pelo largo y oscuro?- preguntó ansioso pero no logró escuchar la respuesta porque el tipo que seguía manteniéndolo en el aire no dejaba de balbucear cosas malhumorado y Eren comenzaba a hartarse de aquella actitud pedante. -¡Suéltame!- gritó mordiendo con fuerza su mano y obligándolo a soltarlo al momento.
Eren cayó de culo golpeándose con fuerza el trasero pero no tardó en levantarse y seguir corriendo evitando que pudieran darle alcance. Los gritos del hombre se escuchaban de fondo y lo perseguían a causa del eco de la calle vacía.
En ese momento, cuando todos sus sentidos se habían concentrado nuevamente en dar con ella, chocó fuertemente con otra persona que salió de la nada. Ambos cayeron hacia atrás debido al impacto, se quejaron doloridos.
-Esa voz…
-¡Eren!- gritó Armin volviendo a asomarse para encontrar al chico de ojos verdes levantándose del suelo.
-Armin, podrías tener más cuidado, casi me rompes la nariz.- dijo frotándose la parte de la cara recién mencionada. Le dolía bastante el golpe que acababa de recibir.
-Lo siento mucho, Eren. En realidad te estaba buscando.
-Sea lo que sea puede esperar Armin, hay algo mucho más importante que hacer ahora. Mikasa está perdida en alguna parte de Shiganshina y tenemos que seguir buscándola.- lo interrumpió dispuesto a continuar con su camino con o sin la ayuda de su amigo.
-¡Espera, Eren!- se puso ante él para impedirle que siguiera caminando. –Es justo de eso de lo que quiero hablarte.- su rostro cambió al instante esperando con curiosidad sus próximas palabras. –Mikasa está con mi abuelo, la encontré por aquí por casualidad y como no sabía qué hacer la llevé a casa.- explicó contemplando sorprendido como su mejor amigo se saba media vuelta y salía corriendo en dirección al lugar.
-¡Vamos, Armin!- suspiró aliviado antes de echar a correr, estaba a salvo. No había mejor lugar que la casa de Armin, de eso estaba completamente seguro. Aunque estuviera tranquilo, sus ansias crecían y así seguirían hasta que pudiera verla con sus propios ojos.
Eren entró de sopetón en la casa con las luces encendidas. Olvidó su educación, el deber de llamar antes de entrar a una casa ajena, el de saludar como era debido. Lo olvidó todo porque en aquel momento solo pudo buscar con la mirada por toda la sala a la niña que llevaba horas buscando. Y allí estaba, de pie junto a una pequeña chimenea de leña, con su usual rostro inocente e inexpresivo.
Mikasa lo miró aliviada, por fin la había encontrado y no podía sentirse más feliz, aunque Eren no parecía estar nada contento de verla, su rostro expresaba enfado. Eso fue lo que la detuvo de ir hacia él y abrazarlo, creía que estaba molesto con ella por haberles causado tantos problemas, así que se quedó en su sitio sin saber qué hacer.
Fue entonces cuando él, harto de esperar, caminó con movimientos bruscos hasta ella.
-Eren…- susurró cerrando los ojos con fuerza al verlo acercarse tan decidido, esperando quizás una pequeña colleja como reprimenda pero en vez de eso, sintió unos fuertes y delgados brazos rodeándola y estrechándola hasta el punto de dejarla sin respiración. Percibió el característico aroma de Eren, ese que tanto la calmaba a la hora de dormir y al que se había acostumbrado. Lo había extrañado.
-Estábamos muy preocupados por ti, Mikasa. Todos queríamos buscarte pero no sabíamos dónde hacerlo.- ella abrió los ojos sorprendida. –No sabía dónde buscarte… pensaba que te había perdido.- esto último lo susurró tan bajo que solo ella pudo escucharlo. –No lo hagas más. Cuando quieras salir por Shiganshina yo te llevaré, también puedes pedírselo a Armin.- le ofreció y ella asintió con la cabeza a punto de derramar algunas lágrimas. Estaba deseando regresar a casa con su nueva familia.
-¡Mamá!- gritó Eren por tercera vez desde la planta baja. Llevaba una camisa blanca y unos pantalones oscuros un tanto elegantes. No era la ropa que solía usar pero tampoco le resultó tan incómoda como creía.
Su padre acababa de salir para preparar el carruaje, ellos llevaban listos desde hacía rato, no sabía qué estaba haciendo su madre pero desde que se había encerrado en el cuarto de Mikasa no las había vuelto a ver. Se impacientaba demasiado cuando lo hacían esperar de aquella forma sin nada que pudiera entretenerlo.
Desde la entrada le llegaba aquel rico olor a manzana. Le tentaba acercarse para coger una porción y devorarla como si no le hubieran dado de comer en días, pero en esta ocasión debía controlarse porque aquella tarta la ofrecerían como un regalo al banquete de la boda. Todos los invitados llevarían algo de comida.
-¿Os queda mucho?- preguntó cansado y aburrido. Comenzó a darle pequeños golpes a la silla que tenía al lado hasta que escuchó los primeros pasos por las escaleras. Era su madre que llevaba un bonito vestido verde claro con algo de vuelo y que se ajustaba a su cintura. El pelo recogido en una gran trenza a uno de los lados. Estaba muy guapa.
Sin embargo, cuando fue a hablar se quedó totalmente mudo. Carla se apartó y entonces pudo ver a Mikasa que no parecía la misma de siempre. Llevaba puesto un vestido rojo oscuro como el color de la bufanda que le había regalado él. Ajustado arriba con tirantes, y en la parte superior bajo el vestido llevaba una camisa blanca corta. Mientras que la parte de abajo tenía un montón de vuelo y un segundo vestido con volantes blancos. En cuanto a su pelo, lo llevaba suelto como de costumbre pero su madre había recogido ambos costados hacia atrás dejando solo el mechón que surcaba su frente. Con parte del pelo recogido le hizo una trenza que ató en la parte superior con un lazo del mismo color que el vestido.
-¿Qué te parece, Eren?- preguntó ella con mirada pícara. Sabía muy bien lo que significaba aquel repentino silencio. –Mikasa, está preciosa, ¿verdad?- insistió al ver que seguía callado en su lugar con la mirada a un lado incapaz de seguir contemplándolas. También le pareció ver un ligero sonrojo que pasaba desapercibido con su tez morena. Pero siempre reconocería sus orejas enrojecidas a causa de sus mentiras. A ella no podía engañarla.
-S-supongo.- fue lo único que se le ocurrió decir.
-Eren también va muy apuesto con esa ropa, eh, Mikasa.- pidió su opinión. Al contrario que Eren, ella no tuvo ningún inconveniente en afirmarlo con la cabeza. –Aunque aún falta algo, toma, ¿puedes ponérselo tú?- le tendió una pequeña pajarita negra a Mikasa. Era de Grisha pero como ya no la utilizaba se la había regalado a su hijo. Carla le había enseñado a Mikasa cómo colocarla, solo debía rodear el cuello de Eren con la pajarita y después atarla con cuidado en uno de los extremos. Aquella pajarita tenía un sistema sencillo para que ellos pudieran utilizarlo.
-P-puedo hacerlo solo- se quejó él cuando la vio acercarse pero Mikasa ignoró sus palabras y se la colocó de todos modos. Eren contempló su rostro sin perderse ningún detalle, le parecía aún más bonita de cerca.
La boda se celebraría en el Distrito de Trost, un tanto lejos para ellos y por eso tuvieron que salir tan temprano. No era la primera boda a la que asistía Eren, su padre tenía muchos buenos amigos y por eso contaban con él para eventos del estilo, podría decirse que era querido por la gente en todas partes. Sin embargo, en el caso de Mikasa, era la primera vez y no podía imaginar qué tipo de evento sería o qué encontraría. Por eso en cierto modo no podía evitar sentirse entusiasmada.
-¿Te ocurre algo, Eren? Llevas callado todo el viaje y no es propio de ti.- preguntó Grisha curioso. Su hijo murmuró alguna queja que ninguno comprendió y se limitó a mirar por la ventana, aunque de vez en cuando los ojos se le iban hacia la chica sentada ante él. No podía ver a la Mikasa que una vez salvó, a la chica indefensa que no tenía intenciones de seguir luchando por su vida. Había cambiado mucho en aquellos meses y no podía estar más contento con aquello porque deseaba su bienestar a toda costa.
La ceremonia no tardó en celebrarse en una de las iglesias de los creyentes. Realizaron una breve ceremonia en honor a los tres muros y las diosas protectoras, luego desearon una larga y próspera vida a los novios. Los atuendos de los recién casados no llamaban la atención de forma exagerada pero Mikasa parecía hechizada por ellos o más bien por lo que aquella ceremonia significaba.
Durante el banquete que se celebró al aire libre en un amplio jardín repleto de diferentes variedades de comida, Eren la encontró ensimismada contemplando a la pareja de novios.
-¿Es la primera vez que ves a dos personas casándose?- la sacó de su pequeño trance. Mikasa entonces pasó a mirarlo a él y asintió con la cabeza. –Yo creo que estoy empezando a acostumbrarme a esto. Aunque es la primera vez… que voy contigo a una.- admitió con una gran sonrisa y las mejillas coloradas.
-Eren… algún día me gustaría ser tan feliz como ellos.- admitió volviendo a contemplarlos. En realidad quizás aquella pareja no fuera tan feliz como aparentaba serlo, seguramente tendrían sus problemas, pero se tenían el uno al otro y parecían no necesitar nada más que la persona a la que tenían al lado para sentirse totalmente completos. Quizás esa sensación se asimilaba a la que sentía ella cuando estaba con Eren, aunque no estaba segura de que se tratara de lo mismo. El chico la miró sorprendido, no esperaba escuchar algo así de ella.
-Mikasa, ¿recuerdas aquello que te dije la primera noche que dormirnos juntos?- preguntó él esperando una respuesta afirmativa que recibió al instante.
-Sí, lo recuerdo.
-A partir de ahora y siempre, me encargaré de protegerte y de que seas feliz.- dijo con seguridad tomando su mano y agarrándola con fuerza. Los ojos de Mikasa brillaron de emoción hasta que empezaron a llenarse de lágrimas de felicidad. Eren al verla así, decidió tirar de ella para llevársela de allí.
-Vamos a por un poco de tarta de manzana.- pidió sonriente. –No quiero que se termine antes de poder probarla.
No necesitaba nada más ni a nadie más para ser feliz ni para sentirse completa. Mientras pudiera seguir siendo ella misma junto a las personas que más quería, sería suficiente para que su corazón se sintiera en calma. Siempre que Eren estuviera a su lado, sabía que sería capaz de hacer cualquier cosa.
Aquí os dejo el segundo oneshot, la verdad es que este me ha quedado un poquito simple. Me he limitado a narrar cómo pienso que habrían sido los primeros días de adaptación de Mikasa a su nueva familia, así que quizás no os ha resultado demasiado interesante.
La siguiente historia no estoy aún segura de poder subirla mañana, espero terminarla hoy pero no aseguro nada. Por eso a partir de ahora no creo que pueda subir al día los fanfics que quedan porque no están terminados. Siento mucho no poder cumplir con el evento. Pero acabaré subiendo todos si o si lo antes posible. ¡Un saludo!
