Un bello lunes, parecía llevar buena vibra; definitivamente un buen inicio de semana, pero no para los dormilones gemelos Pines.

Eran las ocho de la mañana en punto y una pequeña alarma comenzó a sonar sacando a Dipper de sus sueños, maldijo internamente.

—Estúpida escuela—susurró al tiempo que se levantaba de su cama apagando la alarma, con cuidado de no pegarse con la madera que sostenía la cama de Mabel. Bostezó, tratando de despertarse un poquito más.

Como de costumbre, golpeó la madera unas cinco veces hasta que escuchó el quejido característico de Mabel.

—No voy hoy—balbuceó entre sueños—. Qué flojera, bro.

Dipper sonrió con dulzura y se levantó ya más atento.

—Sí irás, Mabs—contradijo éste, entrando al baño de la habitación para después encerrarse y poderse bañar. Y se escuchó un quejido más fuerte de la castaña.

Unos diez minutos fueron los que Dipper utilizó para bañarse; salió del baño con una toalla rodeando su cintura y se dirigió a su cómoda, sacando un conjunto sencillo: unos shorts de mezclilla que le llegaban más o menos a la rodilla, dejando ver sus blancas, lampiñas y delgadas piernas; una camisa blanca sin estampados; un suéter negro que Mabel le había tejido, aunque un poco grande; unas calcetas blancas y unos tennis negros.

—Te toca, Mabel—. Dipper se volteó esperando que su hermana tuviera la voluntad suficiente de ir a bañarse.

Increíblemente, sí la tuvo, aunque le llevó unos minutos.

Cuando Mabel se encerró, Dipper se sintió libre de quitarse la toalla para poder cambiarse y cuando acabó, se acercó a la puerta del baño y tocó.

—Mabel, te espero abajo, nos vamos en...—. Miró el reloj de la habitación—. Nos vamos en 15 minutos.

No obtuvo respuesta, supuso que Mabel escuchó, así que abrió la puerta de su cuarto y bajó las escaleras lentamente.

Al llegar a la planta baja, sintió un poco de alivio y caminó más tranquilo hacia la cocina-comedor de la casa para tomar una manzana del frutero y le dió una mordida.

Justo cuando todo parecía tranquilo, escuchó un ronquido, haciendo que se tensara. Dejó su casi acabada manzana en la mesa y se acercó lentamente a la sala. Maldijo internamente cuando vió a un señor de unos cuarenta años durmiendo en el sillón, al que por respeto debía llamarle papá. Seguramente había sido despedido de su trabajo nuevamente.

Bufó enojado. Odiaba a ese señor con toda su alma, había destruido por completo su familia. Al menos Mabel seguía igual de estable.

Regresó a la cocina, tratando de ignorar los demás ronquidos, y siguió comiendo su manzana, mientras esperaba a su hermana.

Pasaron los quince minutos que le había dicho a su hermana y ya estaba completamente listo, ya había hecho todo lo que tenía que hacer y Mabel todavía no bajaba. Decidió esperar unos minutos más, pero nada. Mabel se estaba tardando demasiado.

8:40 am. Esa hora marcaba el reloj de la cocina. En diez minutos comenzaban las clases y tardaban, mínimo, 10 minutos caminando hacia el instituto. Dipper calculó un poco, y con suerte, llegarían a tiempo si iban en bicicleta.

Subió corriendo las escaleras y abrió la puerta sin importar lo que pudiera encontrar. Para su sorpresa, Mabel llevaba una de sus miles de faldas, en específico era la lila, ya tenía sus tennis puestos y unas calcetas blancas cortas, una blusa verde menta, como sus zapatos; y se encontraba viendo al interior de su clóset muy concentrada.

—¡¿Mabel, es en serio? Vamos a llegar tarde por tu culpa!—gritó exasperado.

—¡Silencio, Dipper!—. La castaña gritó un poco histérica—. ¡No sé qué suéter ponerme! ¡Ya me he puesto todos!

Y Dipper explotó internamente.

—No puedo creerlo—susurró. Se dirigió hacia el armario de Mabel y, en efecto, todos esos suéteres ya se los había puesto por lo menos unas cuatro o cinco veces—. ¿Todavía tienes material para hacer suéteres?

La castaña asintió.

—¿Por qué preguntas?

—Llévalos a la escuela, te harás un nuevo suéter, por ahora, te pondrás...

Vió a su hermana, tratando de ver qué le podía combinar. Fue a su armario y buscó una chaqueta perfecta para la ocasión: hace unos cuatro años años, en una fiesta de sus padres una chica mayor que él, le pidió que guardara su chaqueta por el resto de la noche, cuando acabó la fiesta, Dipper seguía con la chamarra y la chica jamás fue por ella. Mabel se había quedado dormida mucho antes de que esto pasara.

Tenía un estilo universitario, con un "01" lila del lado izquierdo arriba, con las mangas verde menta y al final de éstas, unas pequeñas franjas lilas. Era de broches plateados y con suerte, del tamaño perfecto para Mabel.

Buscó en una caja de zapatos vieja y la sacó de ahí, la sacudió un poco y se la enseñó Mabel.

—¿De dónde...?—. Mabel fue interrumpida.

—Larga historia, vámonos.

Mabel se puso la chaqueta, que le quedó como anillo al dedo y bajaron corriendo las escaleras, a Dipper no le importaba despertar al hombre.

Fue a la cocina, tomó una manzana y se la dió a Mabel, quién se la comió lo más rápido que pudo, y mientras tanto, Dipper estaba afuera, en el garaje, sacando las viejas bicicletas de ambos chicos. Las limpió un poco y probó que funcionaran.

—¡Mabel, ya vámonos! ¡Tenemos cinco minutos!—. Segundos después de gritar, salió la castaña con ambas mochilas. Le tendió a Dipper la azul y él la tomó, abriendo rápidamente ésta para sacar su amada gorra y volviéndola a cerrar, se la colgó a los hombros y se subió a la bicicleta, esperó a que Mabel estuviera lista y ambos comenzaron a pedalear, lo más rápido posible. Tres minutos para que las clases comienzen.

La escuela ya no estaba lejos, una cuadra más y habrían llegado, Mabel estaba muy centrada en el camino, pero de pronto frenó al ver que su hermano chocó fuertemente con un poste verde.

—Oh, mierda—balbuceó bajándose de la bicicleta, para ver si Dipper estaba bien.

Escuchó un pequeño quejido.

Dipper se sentó en la acera, agarrando su tobillo.

—Estúpidos pedales—espetó molesto.

—¿Estás bien, Dipp?—preguntó la castaña, tocando el hombro de éste.

Dipper se volteó a verla.

—Eh, sí, solo me duele el tobillo, pero...—se volteó a ver a otro lado—¡Santo cielo, ¿estás bien?!

Mabel estaba confundida.

—¿Quién, Dipper?

El chico la ignoró.

—Lo siento tanto, no fue intencional, obviamente no fue intencional, ¿estás bien?—Dipper extendió una mano hacia un chico rubio.

El extraño le sonrió tranquilo, y se incorporó.

—No te preocupes, Dipper, estoy bien—se levantó tranquilo y tomó la mano de Dipper para estrecharla—. Soy Bill.

Algo dentro de Dipper cambió.

—Bill—susurró un poco extrañado—. Oh, este, sí, soy Dipper—. Entró a su nueva realidad.

Se soltaron y Dipper se volteó hacia Mabel, quién no podía creer lo que veía, Dipper hablaba solo.

—¿Qué está pasando?—preguntó preocupada.

—Eh... Nada—. Dipper sonrió—. Mabel él es Bill.

El rubio movió su mano de un lado a otro muy sonriente, por otro lado estaba Mabel, quien movía su mano lentamente y muy extrañada. En su mirada había pura confusión.

—Dipper, se hace tarde—mencionó con voz insegura.

—¡Es cierto! Bill, lo siento, ya debemos irnos—. El rubio asintió tranquilo y se fue caminando lentamente—. ¡Adiós!—gritó Dipper viendo cómo el mayor se volteaba a despedirse con un movimiento de manos.

Mabel tomó su bicicleta nuevamente, pensando en que el golpe que se dió Dipper debió ser muy fuerte.

Dipper se subió a su bicicleta con cuidado y se puso a pensar en lo lindo que era el rubio, definitivamente esperaba volverse a encontrar con él.

Llegaron a la escuela minutos tarde y dejaron las biclas en un estacionamiento especial para éstas. Entraron corriendo y no vieron a nadie en los pasillos, las clases ya habían comenzado.

Se dirigieron a sus lockers y sacaron las cosas de las materias del día. Mabel tardó un poco más de lo usual ya que parecía estar en otro mundo, aunque Dipper también, ya que solo pensaba en una cosa: el chico rubio.

Fueron a su salón y tocaron la puerta. Nadie abría, así que decidieron empujarla un poco, para después ver a todos los estudiantes de su grupo sentados platicando sin ningún maestro. Encontraron a su grupo de amigos y se acercaron.

—¿Y el maestro?—preguntaron los mellizos al mismo tiempo que dejaban sus cosas.

—Oh, no ha venido, y si no llega en los próximos cinco minutos, significa que tenemos una hora libre—explicó una pelirroja de nombre Wendy—. Cool, ¿no?

—Definitivamente—concordó Mabel con una sonrisa aliviada.

—Ah, qué bien—mencionó Dipper aliviado—. Mabel, puedes hacer tu suéter si quieres... o estar con Pacífica.

Esto último lo dijo con una pequeña mueca al ver cómo Paz y su hermana se abrazaban, mimaban y besaban frente a todos, como de costumbre. Sintió celos, jamás podría estar así con un chico.

—Déjalas disfrutar un rato su compañía—dijo Candy tomando una foto de la pareja con una cámara profesional—. Va para el álbum—canturreó.

—Iré al baño—avisó el menor de los Pines para después abandonar el aula

Justo cuando el castaño se fue, Mabel se puso seria, apartó un poco a Pacífica y se aseguró de que solo sus amigos escucharan.

—Hoy en la mañana pasó algo de lo más extraño en el mundo—dijo consternada, lista para comenzar a explicar el suceso.

Cuando acabó, todos estaban pensativos. La puerta se abrió y todos voltearon a ver asustados, ya que podría ser el maestro, pero cuando vieron a un castaño con una gorra azul suspiraron aliviados y siguieron con sus pláticas.

El castaño se dirigió hacia sus amigos con una sonrisa, y estos fingieron no saber nada, mostrando una sonrisa, mientras hablaban de qué podría ser el nuevo suéter de Mabel.

Después de ese día, siguieron pasando cosas raras con Dipper, que incluían al invisible e irreal Bill. Uno, dos, tres días pasaron... Una semana y media y Dipper estaba más que enamorado del oji-ámbar.

Sin duda, Mabel y los demás se empezaron a preocupar un poco, esperando que fuera una broma o algo así. Mientras Dipper no estaba, trataban de encontrarle solución al asunto.

Era miércoles y la rutina fue la misma: levantarse, bañarse, cambiarse, desayunar, esperar a Mabel, caminar a la escuela, llegar, preparar sus útiles, entrar al salón, esperar a que Dipper vuelva del baño, hablar y tomar las clases.

Dipper entró al salón con una sonrisa boba y se acercó a sus amigos.

—¿Y esa sonrisa, Dipper?—preguntó Wendy, con un tono burlón, haciendo que el mencionado se sonrojara.

—No es nada—susurró feliz—o bueno...

—Anda, dinos, bro~ ¿ya encontraste a tu príncipe azul?—. Mabel sonrió divertida con la actitud del Pines menor.

—Yo diría amarillo—balbuceó Dipper recordando el cabello y los ojos del chico.

—¿Es rubio?—inquirió Soos, viendo cómo Dipper asentía.

—Vaya, vaya, vaya—dijo Grenda—. Los Pines se traen algo con los rubios.

Los mellizos se sonrojaron. Mabel escondió su rostro en el cuello de Pacífica y Dipper se tapó la cara.

Wendy rió fuerte:—. Y... ¿Cómo se llama?

Dipper bajó las manos y miró a Wendy sonriendo.

—Se llama Bill, aún no sé su apellido...

Todos se tensaron, pero Dipper no lo vió.

—¿Bill?—. Mabel trató de no sonar preocupada—. El Bill que te encuentras todo el tiempo... ¿cierto?

Y Dipper asintió completamente feliz.

—Ya lo conocen entonces—aseguró.

—Yo no lo he visto jamás—balbuceó Candy apenada.

—Pero el lunes te lo presenté, ¿no recuerdas, Candy?—dijo extrañado el castaño, mientras que todos los demás veían a Candy asombrados—. Nos lo encontramos en la heladería.

—Sí, Dipper, eh... Tú te lo encontraste, quizá, y aunque estaba contigo... No ví a nadie... Hablaste solo por unos cinco minutos—admitió la pelinegra, con vergüenza.

—No, eso no es cierto—. Dipper se ofendió—. Yo no habló solo, Bill estaba ahí y tú lo viste—. No trataba de convencer a la asiática, sino a él.

Candy negó con la cabeza.

—Lo siento, Dipper, es enserio.

—Candy, basta, no habíamos acordado decirle de esta manera—soltó Pacífica sin pensar, se cubrió la boca enseguida.

—¿De qué hablan?—preguntó extrañado—. Bill existe.

—Jamás lo hemos visto—siguió Soos—. Lo sentimos, Dipper.

Pero Dipper no quiso entender, Bill existía para él, enseguida ignoró que le habían dicho eso y siguió pensando en su rubio. Sonrió, y en sus ojos se vió una pizca de locura.

—Como sea—comenzó a decir—. Me gusta Bill.