"Black Mirror"


Cap. 02: Porteña de pura cepa.


La elocuentemente arqueada ceja izquierda de la joven Farlong veíase enfatizada por segundos a consecuencia de la exagerada contracción que los músculos frontal y piramidal estaban ejerciendo sobre su muy expresivo rostro de diablillo. Su mano derecha atusaba nerviosamente otra de las innumerables hebras de cabello rebelde que se le habían soltado del peinado e irían a parar indefectiblemente alrededor de las estrías de sus cuernos. Tenían más probabilidades de quedarse fijas ahí que entre el ejército de horquillas viejas con las que se empeñaba en domar lo indomable.

Frente a ella, con el cuerpo en una postura perfectamente alineada para evitar posibles fatigas o calambres al tener que estar tantas horas de pie inhumanamente quieto y tieso como una vara, su padre adoptivo era el epítome de la más absoluta indiferencia.

- Un buen arco, sin duda. - expresó el hombre con aquella inmutable voz suya, tanto su rostro como su lenguaje corporal serenos en todo momento, no traicionando ninguna clase de entusiasmo mientras observaba con detenimiento, casi escrutadoramente, su nueva y flamante herramienta de caza – Fabricado por alguien que ama su trabajo. - concluyó; y en esto que cejó en su examen del arma en cuestión bajándola lentamente, alzando sus ojos verdes para encontrarse con la oscuridad insondable de los de su hija – Puedes quedarte el resto del dinero del primer lote de pieles en concepto de propina de ésta estación.

- He regateado con el mercader y he sacado un margen de beneficio bastante jugoso, padre. - se apresuró a decir la muchacha mostrándole el dinero, ansiosa – Andamos un poco justos éste año, así que creo que deberías quedarte al menos con la mitad de la diferencia.

Y esperó, esperó a que el otro hiciera algo. Cualquier cosa. Tal vez un gesto, por leve que fuera, de sorpresa para luego alabar indirectamente el buen proceder de su hija.

En serio, aunque simplemente lo insinuara. No tenía ni que decirle directamente lo contento que estaba, bastaba con una pequeñita insinuación y la chica comenzaría a dar palmas y a tirar cohetes.

Vanas esperanzas las suyas.

- Muy bien. - asintió el semielfo tomando lo que se le ofrecía y dejando a su hija, no obstante, con una propina que, dados los inestables y un tanto escasos ingresos de los Farlong, podría considerarse hasta incluso generosa – Quince monedas más para el invierno es carbón para un par de semanas. Nos vendrá bien.

De nada, simpático. - ironizó Desdémona internamente al tiempo que esbozaba un calco de la cara de póquer que su extremadamente difícil de complacer padre adoptivo esgrimía en aquellos instantes.

Amie, esperando tras ella junto con Bevil en silencio, observó un tanto perturbada la extraordinaria mímica facial desarrollada entre padre e hija. Desdémona y ella tenían que salir cagando leches de Puerto Oeste, si no el año que viene, tal vez al siguiente ya que, si no lo hacían pronto, ambas acabarían pareciéndose a sus respectivos tutores legales más de la cuenta.

Desdémona cada día imitaba más gestos del huraño semielfo y ella misma se sorprendía a veces adoptando ciertas posturas y costumbres del propio Tarmas.

Y no, gracias. Lo último que quería era que ella y su amiga de la infancia acabaran transformadas en sendos calcos femeninos de aquel par. Semejante noción era sencillamente... indigesta.

A ver, no es que no quisiera a Tarmas. Con o sin lazos de sangre de por medio, él había sido siempre su maestro, su guardián... su padre a todos los efectos. Él le había enseñado a leer, a pensar, a canalizar sus energías místicas, a tener una dinámica independiente e infinitamente más refinada que el resto de los rapazuelos de la aldea... pero no sólo eso, pues había sido Tarmas y no otro quien había aguantado sus berrinches de pequeña, quien le había limpiado los mocos y frotado de arriba abajo a conciencia en la bañera cuando volvía enlodada de los pies a la cabeza tras sus correrías con Desdémona y Bevil por el pantano.

Había sido él y nadie más quien se había tenido que tragar sus lloreras y curar sus heridas con infinita paciencia cuando se raspaba las rodillas o se daba en la cabeza haciendo el ganso y volvía a casa chillando "¡Pupa!, ¡pupa!", demandando atención como la pequeña tirana que era.

Y el mago, pese a sus continuas quejas y su inamovible cara de vinagre, siempre había cumplido como un buen padre, resignado a ver desaparecer buena parte de sus ingredientes alquímicos en experimentos fallidos y pociones asquerosas que su muy rebelde pupila creaba a la carrera sin tregua. Jamás en la vida le había levantado la mano y, pese a que tampoco era de los del tipo de dar besos y abrazos, no podía decir que su niñez con él hubiera sido especialmente mala.

Sencillamente... no quería parecerse a él. No quería acabar sus días de curandera local en un pueblo de mala muerte donde tendría que aceptar a alumnos pocos dispuestos de padres recelosos y prejuiciosos para ganarse la vida.

Lo que ella realmente deseaba...

- Asumo que habrás venido por la Competición de Tiro, ¿no es así? - oyó que decía Daeghun a su hija quedamente con aquella voz monocorde suya, hablándole siempre a ella y usando en todo momento la segunda persona del singular, como si ellos dos no existieran. Dulce Mystra... su absoluta carencia de entonación era increíblemente soporífera al oído.

Desdémona se encogió de hombros.

- No, en realidad hemos venido aquí para admirar el paisaje. - replicó con un reborde socarrón tiñendo los matices de su voz – Ya sabes: mosquitos, hierbajos resecos, solanera de aquí te espero... puede que tomemos un poco el sol y nos pongamos morenos y todo.

La inflexible máscara que el semielfo tenía por rostro se contrajo levemente al entrecerrar los ojos rapaces color verde musgo.

- ¿Es sarcasmo humano lo que detecto? - inquirió secamente – A veces me resulta difícil de distinguir.

- Sarcasmo semihumano, padre. No te preocupes, algún día lo pillarás.

Bevil se estaba poniendo nervioso por momentos con aquel singular duelo verbal. Con cualquier otra persona en términos normales no le importaría... pero cada vez que Desdémona decidía ponerse en plan listilla con el explorador, el chico sufría interiormente pensando en que un día (aunque las probabilidades de que aquello realmente ocurriera fueran ínfimas), Daeghun acabaría estallando, y el mundo tal y como lo conocían se terminaría. El hombre le ponía los pelos de punta. Desde hacía muchos años.

Podía ser un individuo finúsquilo y poquita cosa, nada que ver con la envergadura del joven miliciano porteño, que le sacaba una cabeza entera en estatura... pero Daeghun Farlong no era hombre precisamente de andarse con chiquitas.

Recordaba con un escalofrío cuando era un crío y fue aquella vez a colarse en casa de los Farlong de noche por la ventana de Desi trepando por el sauce que tenían pegado a la parte posterior de la vivienda para jugar a Castillos y Caballeros... y, al oír el ruido de los dos críos corretear por la habitación, Daeghun había entrado a bocajarro pegando una patada a la puerta, tal vez pensando que la niña estaba en peligro, y había disparado una flecha que se había clavado en la pared a apenas un par de milímetros del cuero cabelludo de Bevil.

Había tenido sólo siete años y el pequeño Estornino se había orinado encima. Tal cual. Desde entonces, y pese a la costumbre local de dejar las puertas y ventanas abiertas en verano para que pasase aire, JAMÁS había vuelto a entrar a ninguna casa sin llamar.

Así pues, ajeno al tumulto interior del joven pero consciente en todo momento de la sudoración nerviosa que éste procesaba en aquel instante, el medio elfo optó por ignorar la extraña e inútil cháchara de su elocuente hija adoptiva y señaló con la cabeza un barril de madera que reposaba a su lado sobre la hierba pajiza del Estero.

- Ahí dentro encontrarás una ballesta y virotes. - expuso, directo al grano, con gesto impasible sin apartar su mirada fiera de la muchacha – Sólo podrás coger diez, conjunto equivalente al máximo número de tiros permitidos por participante. Diez tiros, diez dianas. Tus dianas serán viejas botellas vacías colocadas sobre cajas dentro del cercado correspondiente a la Competición. - añadió señalando con los ojos el lugar a sus espaldas – Soy consciente de que es tu último año, pero las normas se aplican a todos. También a las hijas adoptivas.

Desdémona entornó la vista imitando, inconscientemente una vez más, a su tutor. Ella nunca le llamaba "padre adoptivo", ¿por qué narices tenía el tío siempre que soltar el título entero a la mínima oportunidad? Pareciera que le cobraran por decir "hija" a secas, joder...

- Si me dieras ventaja esto no sería una Competición, padre. - replicó – No voy a llorar por eso.

- Me alegro de que así sea. - finiquitó el semielfo girando sobre sus talones, dando la conversación por terminada. Muy "alegre" él, ciertamente.

Los tres jóvenes rodaron los ojos al unísono en perfecta sincronía.

Reprimiendo entonces un suspiro, la joven Farlong se aproximó al susodicho barril, abrió la tapa cuarteada del recipiente y hurgó con empeño hasta sacar lo que el explorador le había indicado... más no era lo que ella esperaba.

- Ehm... ¿padre?

Daeghun giró la cabeza mínimamente en su dirección.

- Esto... es una ballesta completa. - repuso la chica lamiéndose los labios, insegura - ¿No las hay... eh... de una mano?

El hombre le dio una mirada pensativa al barril, luego giró la cabeza y observó al resto de jóvenes competidores tirar por diversión o entrenarse en las dianas antes de pasar la prueba.

- Me temo que se te han adelantado, Desdémona. - dijo tranquilamente – Solemos tener de una mano para las muchachas, ya que pesan menos... pero por lo visto éste año hay muchas jovencitas probando su puntería en la dianas.

Desdémona observó un instante su arma, paralizada. Sabía tirar con ballesta, por supuesto, Daeghun se había encargado de adiestrarla en el uso de toda clase de armas de tiro, incluidas la honda y la cerbatana... hasta incluso algún que otro cuchillito (lo último realmente de forma incidental ya que el semielfo detestaba verla cerca de cualquier filo afilado desde la gracia de la cola). El problema principal radicaba en que las ballestas normales, además de ser muy grandes y pesadas para ella, tenían un retroceso muy poderoso que, como no tuvieras fuerza y las manos bien colocadas, iban a dar dolorosamente con la cureña contra tus costillas o tu estómago, dependiendo de tu altura. Y los moratones derivados del susodicho retroceso solían hacerte dolorosa hasta la simple acción del respirar durante unas cuantas semanas. Y eso que ella, al ser medio demonio, procesaba una regeneración mucho más rápida que la media mortal, que si no...

Además de que, por si fuera ya poco el tema del retroceso, aquel que tenía en las manos era un utensilio de factura tosca, con el tablero de madera lijado y pulido pero sin barnizar. Le iba a dejar los dedos y las palmas de las manos para chopped.

Encogiéndose de hombros, decidiendo que esperaría a más adelante cuando hubiera ballestas de una mano disponibles, Desdémona fue a depositar el arma nuevamente dentro del barril hasta que la mano del explorador, poderosa y de una fuerza insólita para alguien de su tamaño, la detuvo a mitad de acción agarrándola de la fina y frágil muñeca.

La mirada del hombre, además de sumamente endurecida, era de reprobación absoluta.

- Sabes usar ése arma, Desdémona. - declaró con una nota en la voz vagamente similar al... ¿enfado? - La puntuación máxima de momento es de seis, pero puede escalar en cualquier momento hasta el máximo, por lo cual la Competición se dará por terminada y tú quedarás fuera simplemente por haber esperado más de la cuenta a que haya disponible un arma más cómoda. - negó una vez con la cabeza, y aquel simple gesto le dijo a la muchacha que no admitiría réplica alguna – Apáñate con lo que tienes. Si alguna vez me prestaste atención en el pasado, sabrás contrarrestar el retroceso.

Y a través de aquellas palabras, a través de aquella mano aferrando su muñeca, la chiquilla sintió por vez primera... no supo cómo definirlo, una especie de conexión que parecía darle a entender lo mucho que se esperaba de ella; el listón que tenía Daeghun era muy alto, quizás demasiado para alguien de aptitudes mediocres como las de su hija y aún así... ¿le estaba diciendo que ella podía hacerlo?

La súbita ola de emoción que recorrió el cuerpo de Desdémona fue rápidamente evaporada en cuanto una sombra espigada les cubrió a ella y al medio elfo.

- Vengo a competir por la Copa. - dijo la dueña de aquella sombra, de voz rota y postura en jarras acompañada por un halo despectivo que se acentuó en cuanto posó sus ojos sobre los cuernos de Desdémona, varios centímetros más bajita que ella – Si no vas a darle uso a ésa ballesta, Farlong, te aconsejo que te hagas a un lado y dejes a los que tenemos agallas y puntería hacer nuestro trabajo. - escupió.

Mientras Daeghun se limitó a observar a la nueva participante con su usual displicencia, su hija adoptiva estuvo a un tris de soltar la mayor obscenidad que le vino a la cabeza en aquel instante.

Se había olvidado por completo de ella y, ahora que la tenía delante, hubiera preferido que la Competición de Tiro hubiera consistido en acertar blancos móviles: Lucy Lannon, la mediana y única chica de los tres hijos de Pitney Lannon, soldado retirado y uno de los miembros más veteranos de la Milicia junto con Georg, Ian Harman, Lazlo Buckman y Pierson.

A apenas unos días de diferencia de haber nacido el año posterior al de Bevil y Desdémona, Lucy Lannon era el único miembro femenino de la Milicia de Puerto Oeste y, por descontado, más bruta que un arado.

De cuerpo alargado, abdomen duro como una piedra y plana como una tabla de planchar, la chica Lannon era pura fibra, atlética y con tanto nervio que solía superar en los entrenamientos no sólo a Bevil, sino a los gemelos Ward y Webb Mossfeld a base de fuerza bruta, y le gustaba jactarse de ello ante todo el que quisiera oírla.

Desde que eran unas mocosas, Lucy y Desdémona se tenían una furiosa antipatía recíproca, muchas veces enzarzándose en peleas de mordiscos, arañazos y tirones de pelo hasta que Georg o el Hermano Merring las pillaban y se aprestaban a separarlas antes de que acabaran sacándose los ojos.

Con los años aquellas peleas de gatos habían dado paso a insultos y bravatas por parte de la chica Lannon, burlas y sarcasmo a cuenta de la joven Farlong como contrapartida.

- ¿Qué pasa, Lannon? - replicó la planodeudo con una sonrisa torcida, no muy dispuesta a soltar su ballesta – No tenía ni idea de que supieras manejar una ballesta. De hecho... nunca hubiera podido sospechar que apreciaras la diferencia entre un virote y un palillo de dientes poniéndonos en antecedentes con los troncacos que usas para mondarte la mierda que sueltas por ésa boquita de pitiminí.

La susodicha "boquita de pitiminí" se curvó en una mueca de asco, como si acabara de oler algo repugnante. Y, a juego con esto, las tenues aunque visibles arrugas de expresión se acentuaron en las comisuras de su boca y ojos. Pese a ser tan joven, Lucy Lannon envejecía muy deprisa y Desdémona no tenía claro si era a consecuencia de la vida en la Milicia o de la vida en su casa, plagada de hermanos inútiles, primos pequeños, una madre amargada y un padre alcohólico que pasaba más tiempo en la taberna local que en su propia casa.

- Me aburre hablar contigo, demonio. - repuso Lucy cruzándose de brazos - ¿Vas a disparar o no? No tengo todo el día para andar perdiendo el tiempo contigo.

Y ahí, en un arranque de orgullo y suma estupidez, Desdémona ofreció su ballesta con una sonrisa cínica adornándole los labios.

- Para que veas que tengo el día generoso, te dejaré tirar a ti primero, Lannon. - replicó desafiante – Me encantará ver como no aciertas ni una puta botella con ése pulso de abuela que tienes.

A Bevil se le pusieron los ojos como platos para, inmediatamente, golpearse la frente con una mano al tiempo que desplegaba una mueca de dolor. Desi a veces era tan... tan sumamente berzotas...

Daeghun a todo esto nada dijo, pero le dio una mirada sumamente afilada a su hija. Su soberbia y su ignorancia la convertían en una necia temeraria.

Una necia temeraria que recibiría las hostias a puñados si no comenzaba a madurar rapidito.

Y Lucy Lannon, no queriendo despreciar aquella oportunidad que puede que no se le presentase otra vez, tomó bruscamente la ballesta de manos de la otra, abrió la tapa del barril, cogió diez virotes y cargó uno de ellos en el canal del arma.

Así pues, posicionándose frente al cercado de la Competición con las piernas separadas, perfectamente alineada y con una postura que denotaba soltura a base de haber repetido la misma operación incontables veces, la chica Lannon fue haciendo blanco sin mayor ceremonia una botella tras otra hasta subir la puntuación en nueve. Para superarla había directamente que ganar la prueba con una puntuación perfecta.

Desdémona, ya blanca como la leche de por sí sola, se puso gris del susto.

Uh-oh...

A su lado, Amie tragó saliva y Bevil murmuró entre dientes de manera que sólo ella pudiera oírle.

- ¡Lucy lleva entrenando con la ballesta tres horas diarias desde la Feria del año pasado, Desi! ¡¿En qué pensabas?!

- ¡Podías habérmelo dicho antes, Bevil, tío! - susurró Desdémona en idéntico tono bajo.

- ¡No sabía que ibas a ser tan merluza como para cederle tu turno!

La chica Lannon se giró entonces con una sonrisa de autosuficiencia en el rostro y le entregó la ballesta a su rival rodeada de un halo triunfal.

- Supera eso, Farlong. - se mofó haciendo especial hincapié en el apellido de la chica.

Desdémona observó un instante aquel horrible aparato con el que debía tirar, frunció el ceño, cargó el arma y fue andando decidida hasta el cercado de la prueba una vez Daeghun hubo repuesto los blancos de botellas.

Se posicionó con las piernas separadas, ligeramente inclinada hacia delante, y apuntó.

"¡Engendro demoníaco!, ¡basura de los Nueve Infiernos!"

Primer blanco. Recargar virote. Apuntar.

"¡Ni los demonios te quieren! ¡Te abandonaron en el pueblo porque eres débil y das puta pena!"

Segundo blanco. Dolor de brazos. Recargar virote. Apuntar.

"¡Eres tan fea que al nacer tu padre adoptivo te quiso ahogar en el río! ¡Tal vez debió haberlo hecho!"

Tercer blanco. Dolor de muñecas y hombros por el retroceso. Demasiado calor. Recargar virote. Apuntar.

"El explorador te cuida porque se lo prometió a tu madre, ¿sabes?, no porque te quiera. Apuesto a que daría lo que fuera por librarse de ti lo antes posible."

Cuarto blanco. Manos sudadas y brazos temblorosos. Recargar virote. Apuntar.

"Dicen por ahí que comes entrañas crudas de caballo y bebes sangre, ¿es cierto?"

Quinto blanco. La cureña se resbala de las manos por el sudor y el retroceso ha dejado la culata a un milímetro del estómago. Recargar virote. Apuntar.

"Deberíamos pedirle al Hermano Merring que exorcizase a ésa cosa... ¿quién sabe de lo que será capaz de hacer cuando se convierta en un adulto?"

Sexto blanco. Brazos insensibles, palmas irritadas, fricción abrasiva en las yemas de los dedos. Recargar virote. Apuntar.

"Shhh, calla. El diablo ése que vive con Farlong nos está oyendo."

Séptimo blanco. La cureña se ha resbalado y ha ido a dar dolorosamente contra el estómago. Más que probable moratón. Recargar virote. Apuntar.

"¿Crees que funcionará si nos persignamos con el símbolo de Chauntea y le decimos 'vade retro'?"

Octavo blanco. La cureña ha vuelto a golpearse contra el estómago. Dolor y arcadas. Ganas imperiosas de vomitar. Recargar virote. Apuntar.

"Tu madre era una bruja adoradora de demonios y una puta. Seguramente eres hija de una de las muchas alimañas apestosas con las que folló durante sus asquerosos rituales."

Noveno blanco. Gritos alborozados a sus espaldas, seguramente de Bevil y de Amie. La cureña ha vuelto a incrustarse horriblemente en el estómago y el dolor hace que lata absolutamente todo. Posible ampolla en la segunda falange del dedo anular derecho. Visión nebulosa por las lágrimas de dolor. Recargar virote. Apuntar.

"Tú también eres una guarra, ¿verdad que sí? Las de tu especie sois así, unas calientapollas. Te gustaría que te la metieran hasta el fondo y te cabalgaran duro, ¿eh? Desde luego que ningún hombre en el pueblo querrá casarse contigo, pero no le dirán que no a un revolcón con la banshee local."

Décimo blanco. La ballesta va al suelo y su cuerpo es repentinamente izado en volandas por los fuertes brazos de Bevil. Los chillidos de sus amigos ahogan cualquier otra sensación. Ha ganado.

Sentada sobre los amplios hombros de su amigo de la infancia, ligeramente desorientada, Desdémona observó a su padre y, sin bien no le vio sonreír, sí que atinó a advertir su ligero asentimiento de cabeza.

Lucy Lannon estaba que echaba humo. Su último año para competir por la Copa de la Cosecha... echado a perder no sólo porque su hermano menor era un inútil y, pese a ser un natural de la magia, un hechicero que los llamaban, al no haber estudiado nunca nada no podía compararse a la mocosa Helecho... sino también porque el asqueroso demonio tenía mejor puntería que ella. Si no hubiera fallado el quinto tiro...

- ¡Te veré en la palestra, Farlong! - bramó con veneno en la voz, alejándose a grandes zancadas - ¡Si tienes lo que hay que tener te enfrentarás a mí! ¡Te partiré las piernas y luego te arrastraré de la cola para que barras en suelo con la lengua!

- ¡Bésame el culo, Lannon! - exclamó Desdémona, feliz y con el estómago hecho un siete al tiempo que alzaba elocuentemente en el aire su dedo corazón.

Riendo, Bevil la bajó cuidadosamente al suelo dejándola justo delante del explorador semielfo.

El hombre no correspondió al entusiasmo de los tres jóvenes y les dedicó una larga mirada impasible.

- Bien hecho. - felicitó desapasionadamente – Con una puntuación inmejorable ganas automáticamente la Competición de Tiro. - señaló observando con detenimiento a la chiquilla – Pocas veces veo tal despliegue de talento a éstas horas. Tienes instinto de arquero, Desdémona.

La muchacha se rascó la parte posterior de la cabeza, y fue a decir algo emotivo y bonito, muy contrario a su modus operandi burlón y cínico de siempre... hasta que el medio elfo tuvo que borrar de un plumazo todas sus ilusiones. Es que si no lo hacía, el tipo no dormía a gusto, oye.

- No obstante, ésa absurda arrogancia tuya casi te cuesta perder el Torneo frente a la hija de los Lannon. - apostilló con severidad – Espero que eso te sirva de lección para futuras situaciones similares. Y ahora vete, disfruta del día. - dijo, cambiando radicalmente de tema - Todavía hay muchas cosas que ver en la Feria y vuestro cupo de Competiciones aún no está lleno, ¿me equivoco? - expresó, reconociendo finalmente la presencia de los amigos de su hija – Nos veremos ésta noche. Tengo que buscar alguna pieza con la que llenar la mesa de la cena comunal de la Feria. No bebas alcohol, Desdémona. Te sienta mal.

Dicho lo cual, echándose el arco al hombro y tomando su carcaj del suelo, giró sobre sus talones y marchó, raudo y grácil como un felino, dirección Oeste, donde la plaga aún no acusaba su presencia demasiado incisivamente por el momento. De todos modos le llevaría muchas horas y muchos kilómetros de ida y vuelta encontrar una pieza decente. Si es que la encontraba. No mentía cuando decía que regresaría con la oscuridad.

Desdémona le observó alejarse repentinamente deprimida. Había vuelto a largarse sin despedirse...

La fina y estilizada mano de Amie le dio un apretón cariñoso en el hombro.

- Busquemos al Hermano Merring para que te vea eso. - dijo señalando con los ojos las manos irritadas de su amiga – Manejar una ballesta no es moco de pavo. Por eso me ponen enferma las armas.

- Buf, pues flipa. - replicó Desdémona abriéndose un poco la "armadura" de cuero a la altura de la barriga y alzándose la camiseta que llevaba debajo para mostrar (y observar a su vez) los daños y perjuicios que la cureña del utensilio había incidido sobre su estómago – Ea, lo que te digo: ahora tengo la tripa azul. Menudas hostias da el retroceso de los cojones.

Bevil puso cara de dolor al ver el estado de la piel de su amiga. La muchacha exhibía la zona izquierda del abdomen, bajo la caja torácica, con un cardenal que imitaba de cierta manera la culata cuadrada de la cureña.

- Ay, Desi, pobrecita... ¿te duele? - inquirió con una empatía de lo más cándida – Por eso querías una ballesta de mano, ¿eh? Tu padre también podría haber tenido el detalle de guardarte alguna.

- Meh, cuanto más putas las paso, más realizado se siente el hombre. - bromeó la planodeudo alegremente mientras los tres caminaban dirección al cercado de la Competición de Lucha, pues el Hermano Merring aquel año era el encargado de la susodicha – El día en que me empalen con un acero luskanita será cuando por fin le vea sonreír de oreja a oreja.

Los brazos de Bevil y Amie rodearon sus pequeños hombros respectivamente desde ambos lados y la apretujaron cariñosamente a modo sándwich entre los dos procurando, eso sí, no hacerle daño dado el estado de su estómago.

- No digas eso ni en broma, Desi. - murmuró el chico.

Desdémona Farlong, pese a su fachada de gamberra irreverente, era una ñoña sin remedio y se dejó arropar por el cariño de sus dos amigos entrecerrando los ojos levemente para que la poderosa luz solar no la deslumbrara y sólo alzó la cabeza cuando tuvo delante de las narices al párroco local de la aldea.

O más bien al mantillo de su túnica eclesiástica ya que el Hermano Merring era considerablemente alto para su generación.

Considerablemente alto y considerablemente flaco, pues tenía la inspiradora, más no saludable costumbre, de repartir muchas veces la comida que la gente del pueblo le daba para su sustento por pena, fe o simpatía entre los más desafortunados residentes del lugar.

El hombre era pobre en extremo y, por no tener, no tenía más que dos mudas de ropa y no poseía ni una triste navaja con la que afeitar su llamativa barba castaño-rojiza, la cual procuraba llevar siempre limpia y bien recortada con las viejas tijeras que usaba para mantener el desigual y algo caótico corte de pelo. Tampoco es que el hombre pudiera hacer gran cosa con sus greñas él solo disponiendo de unas tijeras viejas y con un espejo de mano cuarteado, así que...

- El Señor del Alba nos ha concedido un buen día, incluso para una pelea. - fue el cálido saludo que les otorgó a los tres jóvenes mientras los contemplaba con aquella candidez extraña, prudente y mesurada, tan extranjera por aquellos lares – Creo que los porteños le caéis bien.

- Bueno, según he oído por ahí, Lathander es un cachondo mental, así que... - replicó la planodeudo antes de sentir la punta de la bota de Bevil pisar la suya discretamente - ¡Au!, ¡vigila lo que haces, tío! - exclamó la chica arreándole un pronto manotazo en el antebrazo y haciéndose la desentendida en referencia a la sutil maniobra de su amigo para que cerrase la boca.

El miliciano no pudo evitar poner los ojos en blanco.

No obstante, al igual que su dios, el Hermano Merring gozaba de un excelente sentido del humor.

- Cierto. - asintió, riendo suavemente. Todo en aquel hombre, desde que viniera predicando su fe diez años atrás, hablaba de reposo y tranquilidad. Por aquel entonces había estado mucho más grueso, impecablemente afeitado y con menos arrugas alrededor de los ojos que había ido adquiriendo con los años, al igual que la soltura, a base de compartir penas y alegrías con la gente de Puerto Oeste. La suavidad de sus gestos, de su labia y su facilidad de trato le convertían en un discreto pero valioso miembro de la comunidad – A Lathander le encantan las competiciones de proezas físicas. La gente se olvida de eso. - añadió observando fijamente a la menuda e incombustible joven Farlong – Aunque debo admitir que pocas competiciones son tan... entusiastas como la pelea.

Desdémona resopló.

- Es entusiasta porque consiste en darse de hostias. - opinó sin remilgos – Somos paletos, Hermano Merring, nos gusta hacer el asno, dar coces y rebuznar de vez en cuando.

Amie sonrió sin decir nada. Para bien o para mal, las ideas y los prejuicios de Tarmas acerca de la "gente del lodazal" como solía denominar el mago a los lugareños, habían terminado por calar hondo entre sus dos aprendizas, quienes pasaban muchas tardes destilando ingredientes y preparando pociones conjuntamente mientras soñaban despiertas con lugares lejanos, exóticas playas y oscuras cavernas en las que perderse.

Porque aquel era el sueño de Amie.

Tarmas tenía en su precaria, más no por ello escasa, biblioteca personal un libro que siempre había fascinado a la joven aprendiz de maga: la "Guía de Volo para los Reinos".

El tomo había estado de siempre muy manido y desgastado, con los rebordes de las tapas y el lomo cuarteados y descoloridos del roce, pero contenía abundancia en coloridas descripciones y poseía también un amplio muestrario de ilustraciones.

Y a Amie siempre le había llamado la atención una de aquellas ilustraciones en particular. La de la página ciento ochenta y tres.

La susodicha ilustración representaba una mujer con atuendo de viaje, dagas enfundadas en caderas y botas, pergaminos y baratijas colgando de su cinto de cuero, sombrero de ala ancha ladeado sobre la cabeza... y, en las manos, un libro y una pluma que goteaba tinta.

Mientras que las fantasías de Desdémona tendían a ser bastante más elaboradas y fatuas sobre lo que querría ser, poniendo en evidencia lo muy poco que había madurado la idea, Amie ya tenía claro que quería ser como la mujer de la ilustración. Viajar por los Reinos con un libro de conjuros y una pluma en la mano, escribiendo todo lo que viera en sus viajes...

Y luego retirarse a Candelero, cerca de Portón de Baldur, en la Costa de la Espada, para escribir libros y contarles historias a los críos... así, verdaderamente, sí que llegaría a ser feliz y ver realizado finalmente su sueño de juventud.

Aquel lapso de irrealidad fue gentilmente sacudido de su muy soñadora mente adolescente en cuanto la voz calmada, extraordinariamente juvenil para alguien que ya había entrado en la treintena, del Hermano Merring la sacó de sus cavilaciones.

- No seas tan dura con tus vecinos Desdémona. – dijo el hombre sin apartar ni un segundo su mirada castaña de los negros globos oculares de su interlocutora – Una vez al año no hace daño pelear deportivamente por un logro común. De hecho, éste proceder suele aliviar tensiones que, de otro modo, se estancarían y corromperían.

La planodeudo se cruzó de brazos y dejó apoyado todo el peso de su cuerpo sobre un pie mientras ladeaba la cadera, copiando una posición un tanto chulesca que había visto en los grabados sobre pícaros y ladrones de aquella famosa guía ilustrada de donde Amie y ella extraían sus supuestos modelos a imitar.

- Supongo que veré algo de razón en lo que usted nos cuenta cuando le haya borrado a Wyl Mossfeld ésa sonrisa de zopenco a cabezazo limpio. - repuso la chica alzando las cejas. Junto con Daeghun, era la única del pueblo que no tuteaba al religioso y, probablemente, esto fuera consecuencia de la rígida y extraña educación que el semielfo prodigaba a su hija adoptiva; una educación de guardar las distancias – De todos modos venimos por esto. - añadió rápidamente abriéndose una vez más su triste armadura de cuero y alzándose la camiseta para mostrar su nada desdeñable moratón – Me he hecho daño en la Competición de Tiro y, la verdad, por mucho que me seduzca la idea de hacerme un tatuaje un día de éstos, no será precisamente una mancha cuadrada y azul en la barriga.

Agachándose entonces un momento para examinar el hematoma, sin mediar palabra el Hermano Merring se llevó de la muñeca a la chica al interior de una de las tiendas de colores que los artistas locales habían tenido la amabilidad de dejarle para el tema de sanar heridas y huesos rotos consecuencia de la Competición de Lucha, le hizo sentarse sobre un viejo taburete de mimbre y, mediante una imposición de manos frías como el hielo seguida de un salmo regenerador, dejó a la joven como nueva. Algo tan simple como un morado no suponía ningún tipo de problema a la hora de sanar... el quid de la cuestión solía venir cuando había hemorragias internas, traumatismos craneoencefálicos y fracturas expuestas.

Desdémona tomó aire e hinchó el estómago mientras se observaba la piel venosa completamente regenerada. Dio un largo silbido de admiración al observarse las manos blancas y suaves, sin signos de ampollas o irritación... ni tampoco las asperezas habituales de andar todo el día fregando cacharros y elaborando mejunjes en la mesa alquímica de Tarmas.

De lo único de lo que en realidad podría tener queja era del increíble picor, casi escozor, que la magia santa del religioso dejaba remanente sobre su piel. Y sabía positivamente que era cosa de la magia del Hermano Merring en particular ya que, de las otras veces en que Tarmas le había curado alguna herida o malestar estomacal, no había experimentado ninguna clase de síntomas de rechazo cutáneo.

- Eh, si le tengo que poner nota, le pongo un diez, Hermano Merring. - dijo mientras se bajaba la camiseta y volvía a abrocharse las correas de la armadura – Algún día va a tener que contarme cómo narices lo hace.

- Lathander provee a través de la fe, como sucede con casi todos los dioses, luminosos u oscuros, Desdémona. - apuntó intencionalmente sin apartar los ojos marrones de los de ella – La fe es fuerza y salvación, y Lathander es proclive a otorgar bendiciones a todo aquel creyente que tenga necesidad.

La joven Farlong giró la cabeza y se le quedó mirando con cara de póquer. Se lo estaba oliendo, aquí venía una vez más...

- Desdémona... – comenzó el hombre con cautela, tanteando el terreno – No quisiera parecer entrometido, pero me preocupa de veras el hecho de tu... - y buscó en su cabeza la manera menos brusca de expresar lo que quería decir - … aparente indolencia en lo que a la fe respecta. Sé que ya hemos tocado éste tema otras veces por unos u otros motivos, no te estoy pidiendo ni mucho menos que sea precisamente a Lathander a quien entregues tu devoción y tu vida. - dijo rápidamente al ver a la chica abrir la boca para objetar – Hay muchas deidades luminosas con las que podrías encontrar intereses en común y que estoy seguro estarían dispuestas a acogerte en su fe... - vaciló, lamiéndose un instante los labios – Eres una buena chica, Desdémona, y no quisiera... que tu alma se perdiera por una mera cuestión de testarudez.

Ah, sí. Otra lacra de vivir en una comunidad tan cerrada donde todos sabían los chismes de todos era llevar una vida sin fe entre devotos de Chauntea, Mystra, Lathander, Lliira... hasta incluso la sensual Sune, diosa de la belleza, el amor y la pasión, reverenciada en secreto como segunda opción por muchas mujeres.

Porque Desdémona Farlong no profesaba fe de ninguna clase hacia ningún dios del Panteón actual. Ni siquiera se tomaba la molestia de mentir afirmando cualquier relación, devota o meramente conveniente, con ninguna deidad conocida.

Era una Sin Fe irreverente y blasfema... y orgullosa de serlo.

- Hermano Merring – comenzó muy seria y serena, algo totalmente fuera de sus esquemas de comportamiento habitual pero, de algún modo, completamente inherente en ella – Le respeto enormemente y respeto el hecho de que haya decidido entregarse en cuerpo y alma a su fe, de veras que lo respeto... de tal modo que le pediría que usted también respetase mi decisión de pasarme por la piedra a los dioses y simplemente vivir mi vida sin tener que ceñirme a requisitos impuestos por una o varias criaturas inmortales cualesquiera a las que, y seamos honestos, les importo un absoluto pimiento.

El religioso se armó de paciencia. El problema con la muchacha Farlong es que tenía una lengua afilada y sabía argumentar muy bien... tal vez demasiado. Los dioses sin duda le habían concedido el don de la palabra y le parecía... un desprecio muy peligroso que la chica se tomara tan a guasa no sólo los caminos de la fe, que marcaban la forma de vivir de cada uno acorde a su naturaleza o los dictados de su corazón... sino que no se planteara ni por un instante qué le sucedería al morir si no creía en algo más allá de ella misma.

- La fe también nos ayuda a no sentirnos solos, Desdémona. - repuso el hombre tomando otro taburete y sentándose frente a frente con la chiquilla – Sé que dada tu... particular condición las cosas en Puerto Oeste no han sido nunca fáciles para ti y puede... puede que albergues cierto resentimiento contra los dioses por haberte permitido crecer bajo tanta presión social.

Desdémona se limitó a fruncir el ceño. No quería hablar de aquello, de veras que no quería hacerlo...

- Pero ése no es motivo para que te repliegues sobre ti misma y no puedas gozar de las bendiciones o... favores que los dioses pueden concederte a cambio de tu lealtad. - tal vez si abordaba el tema por el lado práctico y egoísta, cosa que odiaba profundamente pero era totalmente necesario a la hora de dialogar con gente como aquella joven que tenía delante, cuya aversión hacia lo divino no haría otra cosa que perjudicarla... tal vez así lograría hacerle entrar un poco en razón - ¿No has pensado por ejemplo en que muchos dioses se adaptan a muchas cosas que ya haces o... que anhelas?

El ceño de Desdémona se intensificó. ¿Y qué sabría aquel individuo de sus anhelos...?

- Vergadain, por ejemplo. Apoyaría indiscutiblemente tu astucia, tu inteligencia verbal... además de que beneficiaría tu patrimonio, tu suerte y tus negociaciones, sean de la naturaleza que sean. - probó el religioso, pendiente en todo momento del lenguaje corporal de su interlocutora, tratando de averiguar si estaba consiguiendo algo o sólo que la chica se cerrara más.

La planodeudo se cruzó de brazos. Postura hermética por excelencia. Vergadain no era de su agrado.

- ¿Y qué me dices de Yondalla, la Bendecida? Te daría seguridad, protección, sabiduría... beneficiaría a tu familia y allegados. - argumentó el hombre – Es la Madre de la Crianza. Si algún día tuvieras hijos...

- Yo no voy a tener hijos, Hermano Merring. - replicó la joven secamente.

Y aquel pensamiento le dolía más de lo que le hubiera gustado admitir. ¿Formar una familia... alguien como ella? Era de risa. Por un lado, los posibles críos que tuviera pasarían por la misma suerte de rechazo por el que había pasado ella... hasta puede que peor ya que, dentro de lo que cabe, ella había sido afortunada de tener tan buenos amigos como Amie y Bevil para apoyarla.

Y por otro... ¿quién iba a querer compartir su vida con un demonio?

- Bueno... - titubeó Merring un instante - ¿Qué hay de Sune, Sharindlar... o incluso Sharess? A las chicas os gustan mucho ésas diosas.

- Porque todas van del mismo palo. - replicó Desdémona con absoluta mordacidad – Belleza, amor y sexo. Sota, caballo y rey. - en esto que le dirigió una mirada fiera al cura frente a sí – Y yo ni soy guapa, ni voy a tener amor con mis pintas y, si algún día echo un casquete, no será precisamente en honor a una diosa guarrindonga.

El Hermano Merring se revolvió un tanto perturbado en su asiento. Ya de primeras que una mujer, y máxime así de joven, fuera tan... brusca a la hora de hablar de cosas tan privadas como la sexualidad femenina como si tal cosa era, por no encontrar una mejor palabra que lo definiera... verdaderamente incómodo.

Pero aquello no era más que la punta del iceberg ya que estaba viendo que, de aquella conversación, estaban surgiendo muchos sentimientos negativos implícitos, muchas inseguridades, mucho resentimiento, desprecio y mucha rabia.

Aquella chiquilla necesitaba muchos abrazos y que le dijeran todas las veces que hiciera falta que era querida y deseada.

Y, muy posiblemente, la culpa de todo aquello la tuviera su padre adoptivo. El hombre vivía tan en el pasado y estaba tan amargado y resentido, que había transmitido aquellos sentimientos a su hija como parte de un legado triste y vacío, muy vacío.

No obstante, estaba más que decidido a intentar salvar a ésa chica. Indistintamente de sus orígenes poseía un corazón bueno y merecía una oportunidad de dejar atrás ése vacío para dar la bienvenida a algo que le impulsara a seguir adelante, a mejorar, a...

Y entonces se acordó. La joven poseía una habilidad magnífica e indiscutible además de su afilado ingenio. Una habilidad con la que podría convencerla no sólo de que los dioses tenían los ojos puestos en ella, sino que era valorada y admirada por ello.

- ¿Y ése don tuyo que tan poco exhibes y que con tanto celo atesoras, Desdémona?

La muchacha le dio una mirada de soslayo, la guardia alta en todo momento.

- No sé de qué me está hablando y no sé qué diablos tiene que ver con ésta conversación. - replicó finalmente, evasiva.

Merring tomó las manitas de ella entre las suyas, huesudas y enormes.

- La música, Desdémona, la música y la inspiración. - dijo el hombre con una gran sonrisa alzando las manos unidas de ambos para que ella las viera bien – Con éstas manos creas sentimiento y belleza. - y en esto que desenredó una de sus manos grandes y llevó un índice hacia la sien astada de la planodeudo – Con ésta cabeza moldeas ésa belleza y le das forma. - bajó su índice hasta señalar, que no tocar, por decoro, los labios de ella – Y con tu voz das alas a ésa forma. Pones palabras al sentimiento. ¿No crees que eso es algo maravilloso y que los dioses han debido concedértelo por algo?

Sí, bueno, la cuestión es que, demonio o no, Desdémona siempre acababa tocando alguna tonadilla (popular o de propia cosecha ya que era, por así decirlo, compositora autodidacta desde los nueve años) en cada festividad celebrada en Puerto Oeste. La petición siempre venía por parte de Retta Estornino o de Georg, éste último, por otra parte, al ser el alcalde era portavoz de sus conciudadanos quienes, en su orgullo y miedo hacia la extraordinaria naturaleza de la joven, jamás expresaban abiertamente lo mucho que disfrutaban con su música y sus canciones.

De hecho, pese a la suma antipatía que los Mossfeld (particularmente Wyl, el mayor de los tres), le tenían a la joven Farlong, cuando ésta cantaba tendían a cerrar el pico y a embelesarse... si bien de brazos cruzados y gesto despectivo para mantener su reputación de macho-men. Ya dice el refrán que la música amansa a las fieras, así que...

Amie y la familia Estornino eran, en última instancia, los mayores beneficiarios de su temperamento artístico ya que constituían su público habitual, y gracias a ellos había aprendido a rimar ya que, otra cosa no, pero Retta y Amie eran una voraz audiencia que siempre pedía más y mejores composiciones caseras de la joven cantautora.

Desdémona tocaba de oído ya que nunca había recibido ninguna clase de educación musical... y tampoco había tenido los medios para hacerlo o un modelo al que imitar salvo los "artistas" locales, que sólo actuaban en fiestas como pasatiempo y, más que tocar, recitaban o declamaban versos al son de un bombo.

Conocedora de todos y cada uno de los acordes del viejo violín que, siendo apenas un mico de siete años, había encontrado por casa olvidado dentro de un arcón de la habitación de su padre adoptivo, cuidadosamente envuelto en un paño de algodón para que no se llenara de polvo; Desdémona había batallado muchos meses de pequeña con el dichoso instrumento hasta que las cuerdas habían dejado de chirriar bajo el arco y habían comenzado a producir sonidos placenteros. No obstante, había tenido que preguntar por ahí cómo narices se colocaba el artilugio y para qué servía el arco ya que, en un principio, había pensado que aquella cosa funcionaba del mismo modo que un laúd.

Daeghun, a todo esto, siempre la mandaba fuera de casa cuando practicaba y solía mirar el violín de soslayo en silencio, con una mezcla de algo sospechosamente cercano al dolor y al desdén. Pero nunca había hecho amago de quitárselo, ni siquiera como castigo. En realidad apenas lo mencionaba.

Ella jamás le había preguntado de quién había sido aquel instrumento ya que el explorador tenía pinta de todo menos de músico, ni qué hacía guardado en uno de sus arcones... pero, desde el mismo día en que el artilugio vio la luz de nuevo, el semielfo le había prohibido tajantemente volver a entrar en su dormitorio. Si quería algo, que llamase a su puerta y ya saldría él.

Así pues, Desdémona había ganado uno de los mayores placeres de su vida y, al mismo tiempo, había perdido el acceso a una de las partes de la casa más importantes para ella. Se sintió mal una temporada, pero la música había terminado por acallar su arrepentimiento. Había sido un intercambio, si doloroso, muy... justo.

- Los inmortales no me han concedido nada que yo no me haya currado sola, Hermano Merring. - volviendo a la realidad, la planodeudo contemplaba sin pestañear al hombre sentado frente a ella tras un velo defensivo, sumamente vulnerable – Además, es un simple pasatiempo inútil que no me dará de comer el día de mañana.

Y aquel destello triste en la mirada oscura... el religioso intuyó la verdad inmediatamente.

- ¿Te ha dicho eso tu padre, Desdémona? - inquirió con absoluta dulzura.

La chiquilla apartó la vista.

Por supuesto que se lo ha dicho. - pensó el hombre, súbitamente enfadado – Daeghun Farlong... tu manera de tratar a una criatura que te admira y te quiere tanto es sencillamente despreciable.

Pese a todo, enmascaró la indignación que sentía en aquellos instantes hacia el explorador semielfo con una sonrisa y centró sus energías y su buena fe en la muchacha. Daeghun Farlong era material para otro día en el cual no se sintiera con tanta predisposición a meter las narices en la vida del otro hombre diciéndole cuatro verdades a la cara.

- Escúchame bien – comenzó dándole un ligero apretón a las manitas de ella, las cuales todavía sostenía entre la suya – Lo que posees ni es inútil ni es un simple pasatiempo, y tú lo sabes. - tomó aire y, si bien tenía muy claro que aquel era un paso arriesgado, no podía dejar que el más leve atisbo de esperanza se escapara de entre las manos de aquella joven. Porque la esperanza es el primer paso hacia la curación del alma y, por tanto, hacia la fe. Y no sólo fe en los dioses, sino en uno mismo - ¿Nunca... has pensado en marcharte de aquí y probar suerte en Neverwinter?

La chica le dio una mirada interrogante.

- ¿Neverwinter? Eso está en el quinto pino, Hermano Merring.

- Yo vengo de allí, no lo olvides. - dijo el religioso sin perder la sonrisa – Y no está tan lejos como piensas. Es una ciudad grande, llena de oportunidades para alguien como tú.

Ella enarcó una ceja.

- ¿Qué pasa? - inquirió socarrona - ¿Los de la Academia de Magia tienen demanda de demonios con los que experimentar o analizar? ¿Cuánto pagan?

Merring frunció el ceño. La chica no se lo tomaba en serio.

- No, Desdémona. Lo que trato de decirte es que Neverwinter ofrece un amplio abanico de posibilidades y... - vaciló – Si bien no tendrías nunca una economía boyante, sí podrías ganarte la vida... como bardo.

Ahí la muchacha quedó muda un instante.

- Eso es ridículo. - musitó.

- No, no lo es. - aseveró el religioso muy seriamente – Y te digo aún más: allí puedes aprender de los mejores y pulir tu don consecuentemente con la posición que pretendas alcanzar en el mundillo de la música.

- Eso no es una profesión...

- Es una profesión como cualquier otra.

- Los ingresos son irregulares...

- ¿Importa eso demasiado, Desdémona? - preguntó Merring con los ojos castaños fijos en ella.

Y ella le devolvió la mirada, pensativa. Pero no dijo nada.

El religioso se levantó entonces de su taburete y, tirando de las manitas de la chica, la puso también en pie suavemente.

- Simplemente piénsatelo. - finalizó – Contempla la idea al menos y decide por ti misma. Tú no quieres quedarte en Puerto Oeste para siempre, Desdémona. - apuntó con voz grave – No dejes que otros entorpezcan tu camino y escojan por ti.

Asintiendo, sin ningún comentario de listilla que añadir al particular, Desdémona Farlong salió de la colorida tienda para ir derecha al cercado de la Competición de Lucha donde se encontró a Bevil sujetando del brazo a Amie mientras ésta trataba de zafarse observando con un gesto de odio reconcentrado a Lucy Lannon y a sus hermanos, Garth y Alvin. Tanto Bevil como los chavales Lannon parecían un poco fuera de lugar en aquel enfrentamiento ya que la acción, por lo que Desdémona pudo juzgar de un rápido vistazo, se estaba desarrollando evidentemente entre las dos féminas.

- ¡Repite eso que has dicho, Lannon, y te convierto en un sapo verrugoso antes de que puedas pestañear! - exclamó la joven aprendiz de maga señalando con un índice acusador a la interpelada.

- Cierra el pico, bruja de pacotilla, y dime de una vez dónde está ése demonio cornudo de Farlong. - replicó Lucy, cruzada de brazos y evidentemente disfrutando de estar sacando de sus casillas a la otra chica – ¿O es que ha decidido volverse a su casita con ésa cola puntiaguda que le sale de los pantalones entre las piernas? ¡Quiero verla llorar en la palestra!

Acercándose, Desdémona soltó una pedorreta.

- Oh, por supuesto que lloraré, Lannon... ¡de risa! - se choteó situándose al lado de su exaltada amiga de la infancia con una arrogante sonrisa burlona decorándole los labios, sus desnudas inquietudes de hacía apenas unos minutos cuidadosamente ocultas bajo el habitual manto de cinismo de siempre – Te encajaré tal puntapié entre nalga y nalga que no te podrás sentar en una semana y tendrás que ponerte un cojín en el culo cada vez que vayas al retrete.

- ¡Ja!, ¡quisiera verte intentándolo, demonio! - escupió Lucy - ¡Todos saben que tienes la lengua muy larga pero, a la hora de pelear, te retiras como las ratas a los rincones!

- ¿Sabías que las ratas también saltan a la cara y muerden, Lannon? - la mirada de carbón de la planodeudo se encendió momentáneamente con un brillo peligroso al tiempo que su mano señalaba el vallado de la Competición de Lucha – Mueve tu culo, métete en el cercado y ya veremos quién sale de aquí chupando suelo.

No hizo falta mayor empuje al asunto ya que, antes incluso de que el Hermano Merring hubiera salido de la lona para ver de qué iba todo aquel vocerío, los chavales ya estaban armados de clavas, cada equipo de tres en el extremo opuesto del vallado con Lucy y sus hermanos observando expectantes, casi con impaciencia, cómo la joven Farlong golpeaba el suelo con el arma marcando un compás de tambor de guerra mientras que, tras ella, Bevil se peleaba con las correas y cinchas del peto de cuero blindado que había pillado del barril de clavas para que Amie tuviera algo de protección durante el enfrentamiento.

- Por Mystra, Bevil, déjalo ya, ¿quieres? - refunfuñó la aprendiz de maga, molesta y un tanto abrumada por la evidente preocupación del chico por su seguridad.

- Tú no sabes lo fuerte que pega Lucy... - replicó Estornino en voz baja, no muy dispuesto a soltarla hasta que estuviera satisfecho con la colocación de la prenda en cuestión – Incluso si la desarmáramos podría romperte las costillas de una patada.

- ¿Y crees que esto va a protegerme mucho si ésa cretina me suelta una coz mulera? - se mofó la chica - ¡Au!, ¡no aprietes tanto!

- ¡Deja ya de protestar y de moverte, por Chauntea!

Casi tropezándose con los faldones de su túnica monacal, el Hermano Merring salió escopetado de la tienda dirección a la palestra y, al chocar contra el vallado, se arreó un buen golpe en la cadera.

- ¡¿Qué hacéis?! - exclamó sin resuello y con los ojos como platos - ¡Gracias a Lathander que he llegado a tiempo, no podéis pelear sin supervisión!

- Conocemos las reglas y no han mediado apuestas, Hermano Merring. - aseguró Bevil una vez hubo acabado con el peto de su amiga – Nada de hechizos ni otras armas que no sean las clavas.

Amie le miró de hito en hito, alarmada. ¡¿Nada de magia?!

Mierda...

Pasándose una mano nerviosamente por las greñas castaño-rojizas, el religioso miró primero a unos y a otros y luego, asintiendo, dio su consentimiento para que la pelea diera comienzo.

Reducir al pequeño de los Lannon, Garth, fue realmente pan comido ya que, de un certero testerazo en el estómago según cargaban contra ellos, Desdémona lo dejó doblado en el suelo, gimiendo de dolor, y nadie se molestó ni en levantarlo o seguir apaleándole tras aquello.

El problema fueron Lucy y Alvin.

Alvin había entrado casi a capón en la Competición al ser tan sólo diez meses mayor que Lucy. Igual de alto y fibrado a consecuencia del duro trabajo que llevaba en la granja y con no poca fuerza, puso a prueba ésta última en un tenso forcejeo contra Bevil mientras que su hermana iba derecha a por la incombustible planodeudo.

Desdémona esquivó uno tras otro los golpes de clava que la chica Lannon iba lanzando a la carrera con la precisión de quien, obviamente, entrenaba a diario con la espada y, en una de ésas, se subió a la valla del cercado manteniendo el equilibrio sobre ella de pie.

- ¡No puedes hacer eso! - chilló Lucy girándose hacia el atónito religioso, árbitro de tan singular enfrentamiento - ¡Hermano Merring!, ¡no puede hacer es...!

Y no terminó ni de completar la frase en cuestión cuando Desdémona le cayó encima como un saco de ladrillos, haciéndole soltar la clava con el empujón.

Ambas jóvenes rodaron por el suelo y, olvidando por completo cualquier clase de habilidades o entrenamiento que cualquiera de las dos pudiera poseer, comenzaron a arañarse, morderse y a tirarse de los pelos igual que cuando eran unas mocosas.

Llevaban mucho tiempo sin desfogarse hostiándose la una a la otra y aquella rabia reprimida les había devuelto a los diez años como por arte de magia.

El problema era... que mientras que todo éste tiempo atrás Desdémona había trabajado su velocidad y sus reflejos, Lucy había tomado el camino de la fuerza bruta y, pese a que la pequeña diablilla era ardua de controlar, comenzó a someterla a pulso con una rodilla hincada en su pecho y con una mano asiéndola del gaznate mientras buscaba debilitarla por falta de oxígeno.

No obstante, ignorada hasta ahora por el equipo contrario, Amie se acercó despacio y silenciosamente por la espalda de la chica Lannon y, en cuanto la tuvo quieta y a tiro, la golpeó en toda la cabeza con la clava.

Desdémona contempló desde el suelo, alucinada, a su rival poner un instante los ojos en blanco para, acto seguido, caer a plomo inconsciente encima de ella.

Rodando a la otra muchacha a un lado, Desdémona tomó la mano que Amie le ofrecía sonriente y se puso en pie justo a tiempo de ver a Bevil someter finalmente al hermano mayor.

Los tres entonces se miraron en silencio a los ojos un instante y, antes de que pudieran siquiera relajar los hombros tras su victoria, unas manos aplaudieron el evento a golpes secos y espaciados, con implícita sorna.

- Bonito, muy bonito el espectáculo, Estornino. - se mofó una voz ronca y gutural fuera del cercado – Tal vez al final sí que acabes suponiendo una pequeña molestia en la palestra. No puedo esperar a verte sudando la gota gorda, rojo y cabreado, como te pasa siempre en los entrenamientos.

Bevil frunció el ceño y sus dos amigas se giraron como activadas por un resorte. Apoyado casualmente contra el cercado estaba Wyl Mossfeld respaldado, como de ordinario, por sus hermanos pequeños, los gemelos Ward y Webb.

Eran tan diferentes entre sí que costaba creer que compartieran los mismos lazos de sangre ya que, mientras que Wyl era moreno, tosco, no muy atractivo de cara y con un físico de levantador de pesas; Ward y Webb eran rubios, de constitución ligeramente más estilizada y con unos rostros que, si bien evidenciaban lo sumamente borricos que eran, no por ello dejaban de resultar en cierto modo atractivos para el ojo local femenino.

Por otra parte, sus personalidades dejaban muy claro también cómo estaba estructurada su jerarquía familiar: Wyl mandaba, y no precisamente por ser el más listo de los tres, sino por su envergadura y por su capacidad de liderazgo mientras que Ward, quien llevaba la cabeza afeitada sólo dejando una cresta picuda que le recorría el cráneo desde la frente a la nuca, era su segundo al mando, el "macho beta" como solía denominarle Desdémona quien, entre otras cosas, comparaba a la triada de hermanos con una jauría de lobos sarnosos.

Webb era el más tranquilo de los tres y, también, el más tímido. No solía hablar mucho y tenía la mala costumbre de plegarse a todo lo que Wyl dijera o hiciera. Bevil había dicho alguna vez que el chaval no era tan malo como sus hermanos, pero para Amie y Desdémona todos venían juntos en el mismo lote y, por lo tanto, los tres eran igual de cretinos y subnormales.

- Una pena lo de Lucy. - prosiguió Wyl observando de reojo al Hermano Merring atender en silencio las contusiones de los Lannon – No sabía yo que las peleas de gatas podían ser tan... interesantes. - añadió deliberadamente dejando por último la vista fija sobre Amie mientras la recorría con los ojos arriba y abajo con un ansia tan obvia que dejaba poco lugar a la imaginación.

El gesto de la joven Helecho se avinagró, sintiendo verdadero asco ante lo implícito de aquella mirada.

- ¿Qué pasa, Mossfeld? - saltó Desdémona a defender a su amiga cruzándose de brazos y sonriendo desdeñosamente - ¿Te has puesto palote viendo una pelea de chicas o qué? No sabía que tu vida sexual fuera tan triste... aunque claro, con ésa cara de babosa pringosa es normal que no te toquen ni con un palo a tres metros de distancia.

- Y aquí viene la banshee, diciendo guarradas y restregando su cola de acá para allá, suplicando atenciones. - replicó Wyl, entornando los ojos – Si eres un diablo, ¿dónde fueron tus alas, mmm? Así podrías salir volando lejos y dejarías de empañar la reputación de los hombres del Estero con tus trucos infernales de fulana diabólica.

Bevil se mordió la lengua para no intervenir. Los insultos entre Wyl y Desdémona eran siempre los peores ya que la mayoría de las veces solían tener algún componente obsceno de por medio. Y aquella particularidad había empezado desde que Wyl cumpliera los trece y comenzase a jactarse de su supuesta hombría delante de los demás críos del pueblo. Al parecer la pequeña Farlong se había reído en su cara comentando algo acerca de los minúsculos estándares de hombría que había entonces por aquellos lares y, desde aquel día, el otro no hacía otra cosa que perseguirla soltando obscenidades a diestro y siniestro, apodándola "banshee" sin tener verdadera idea de lo que el nombre significaba y, otras veces, cosas mucho peores.

El joven prefería reventarle la cabeza a hostias en la palestra antes que rebajarse a su nivel contestándole.

- Déjalo, Mossfeld. – intervino Amie sin ocultar su mucho desdén – No eres lo bastante listo para ser ingenioso.

Wyl le dirigió una mirada ésta vez fiera. Amie le gustaba mucho y, precisamente por ello, le daba rabia no sólo que ella fuera tan guapa y él tan poco agraciado, sino que siempre le tomara por imbécil. Equipararse hablando a Farlong costaba lo suyo y nada parecía impresionar a la aprendiz de maga.

- ¿Y a ti quién te ha preguntado, huérfana cara de rata? - siseó – Siempre mariposeando detrás de Estornino y Farlong con tus cutres alabanzas. - porque, ¡ay, lo que le escocía que Bevil fuera tan cercano a ella y él no! - Es una pena que los demonios no te quemaran junto a tus padres.

Amie se puso blanca y ahí Bevil, pese a sus esfuerzos, no se contuvo.

- ¡Cierra el pico, Wyl! - bramó - ¡No te ha hecho nada!

- Por supuesto que no me ha hecho nada, es una inútil. - replicó el otro con absoluto veneno en la voz – Un ligero golpe de viento bastaría para tumbarla.

Desdémona resopló.

- Sólo si ése "golpe de viento" procede de tu gordo culo. - replicó – Una parte de tu anatomía, por otro lado, muy fácil de confundir con tu cara.

Y antes de que pudiera replicar, a las espaldas de Wyl se oyó una leve risilla tonta.

El mayor de los Mossfeld se giró entonces, furibundo.

- ¡Oye!, ¡cierra la bocaza, Webb! - exclamó señalando con un índice grueso y áspero a su hermano menor.

Webb calló de inmediato y agachó la cabeza, pero no sin antes alzar fugazmente la vista, cruzar la mirada con los ojos insondables de Desdémona y volver a apartarla.

Siempre hacía eso. Wyl intervenía, se desataban los insultos y Webb siempre acababa mirando fijamente a Desdémona para, una vez la joven se percataba de que la observaba, desviar los ojos en cualquier otra dirección que no fuera ella.

- Si tienes agallas, demonio, resolvamos éste asunto en la palestra. - desafió Wyl girándose nuevamente hacia Desdémona – Ricemos el rizo y juguémonos algo más. Hagamos una apuesta amistosa.

Bevil se situó al lado de su amiga y le puso la mano en el hombro.

- De eso nada, Wyl. - replicó, muy seguro – Va contra las normas y tú lo sabes.

- No estaba hablando contigo, Estornino. - bufó Mossfeld despectivamente – Ya sé que tú no tienes sangre en las venas para arriesgarte a nada fuera de tu burbuja de seguridad y reglas... pero puede que la banshee aquí presente tenga algo más de espíritu que tú.

Desdémona tenía la certeza de poder ganar a aquel trío de mentecatos con un poco de estrategia, no como la reyerta caótica que habían tenido antes con los Lannon, y algo de dinero extra no le vendría nada de mal... pero al observar el rostro repentinamente serio y expectante de su amigo de la infancia a su lado, pensó que la amistad valía más que unas pocas monedas.

- Lo siento, Mossfeld. Pero lo cierto es que no me fío de que vayas a pagarme. - replicó tranquilamente chasqueando la lengua, ganándose un apretón cariñoso en el hombro de un muy aliviado Bevil.

El rostro de Wyl Mossfeld se trocó en una mueca de absoluto desagrado.

- Vamos, hermanos. - dirigió haciendo un gesto con la mano a los gemelos de que le siguieran mientras saltaba el cercado ágilmente – De todas formas lucharemos contra estos cobardes...

Arbitrados nuevamente por el Hermano Merring, quien había dejado a los Lannon recuperando su orgullo dentro de la tienda, Amie, Bevil y Desdémona se posicionaron en un extremo de la palestra y debatieron brevemente cómo abordar a aquellos tres, campeones consecutivos de los últimos cuatro años de la Competición de Lucha.

- Me da un por culo increíble que se le permita participar a Wyl, ¡tiene casi veinte años, joder! - refunfuñó Desdémona en voz baja, no muy dispuesta a que aquel trío de borricos escuchasen sus planes.

- El haber sido campeones tantos años y el hecho de que es el único de los tres que sobrepasa la edad permitida les da... cierto margen, Desi. - suspiró Bevil en idéntica voz baja – Es injusto pero totalmente reglamentario. De todos modos éste es el último año para Ward y Webb, así que pelearán por el título con uñas y dientes. Estad preparadas.

- ¡Bah! - despreció la muchacha – Que le den a Wyl. A ése hay que distraerle mientras derribamos a Ward y a Webb. Amie, ponle ojitos. - instruyó girándose hacia su amiga.

La joven aprendiz de maga puso cara de dolor de estómago.

- Haré lo que pueda. - dijo encogiéndose de hombros, molesta ante semejante perspectiva – Pero si me viene con la clava en alto, salgo por patas.

- Ésa es la cuestión: esquívale y ponle ojitos. - dijo la otra chica – Le desconcertará y no medirá muy bien lo que hace. - en esto que se giró hacia su otro amigo – Bevil, tú te encargas de Ward. Si te insulta, insúltale tú a él pero no te cabrees, ya sabes lo que ha dicho Georg de los entrenamientos.

Bevil asintió con un gruñido.

- Yo marearé un poco a Webb. ¿Habéis visto cómo me mira?, quiero saber de qué palo va. - finalizó – Y una vez nos hayamos librado de los gemelos, cargaremos todos a una contra Wyl hasta que se coma la tierra a puñados. Confío en ti, Amie.

Todos asintieron y, girándose hacia sus contrincantes, ambos equipos adoptaron prontamente las posturas de combate pertinentes y, como una exhalación, en cuanto la mano de Merring bajó en señal de comienzo, los combatientes se enzarzaron en la pelea que definiría aquel mismo día no sólo quién era más fuerte, sino si habría o no Trofeo de la Cosecha en manos de alguien aquel año.

Un año de alegres fiestas para conmemorar un evento oscuro y difuso, largamente silenciado en el tiempo. Largamente temido a lo largo y ancho del Estero.

Largamente encarnado en la sangre de aquella muchacha sobrenatural que, desviando un golpe de clava tras otro, había iniciado en aquel mismo instante su lento proceso de abrirse camino en el mundo.


Nota de la autora: ugh, pese a la extensión del capítulo me temo que ando un poco bastante desentrenada. Tengo muchas cosas en la cabeza y, al querer escribirlas todas, la historia se vuelve menos ágil; de tal modo que tenemos otro capítulo en Puerto Oeste y el siguiente... pues probablemente también, aunque trataré de enlazarlo con el ataque de por la noche.

Tengo la cosa de que quiero que os encariñéis un poco de los personajes, que no simplemente son unos rostros con nombres, si no seres con personalidades propias e inquietudes. A unos los perderemos, a otros los conservaremos.

Debo añadir, y es un aviso, que me voy a tomar bastantes licencias artísticas sobre el desarrollo de la historia. Si el capítulo siguiente va más fluido, sabréis a qué me refiero. Y, si no, para el siguiente :)

Vale, en respuesta a las cuestiones de Guest: en primer lugar muchas gracias por tu apreciación, ya que encontrar las palabras adecuadas a la hora de escribir me lleva muchas horas y mucho uso de la página de WordReference para sinónimos y antónimos :) Ahora, detalles: Según unas fuentes, Daeghun es medio elfo; según otras, un elfo silvano como Elanee, como tú bien dices. Yo me quedo con la primera, que da más juego :P Los tiefling viven lo mismo que los humanos, año arriba, año abajo (consultado en la wiki de Forgotten Realms).

Y sí, Desdémona. Me hacía gracia la primera vez que jugué el juego y dije "¿Y por qué no?, Desdémona Farlong suena de puta madre." Voy a meter muchas referencias literarias y de canciones dado que es una bardo, así que puede que meta algo de Shakespeare ;) Su personalidad quiero que sea creíble, que pueda ser una tía dura y decidida... pero con altibajos e inseguridades como corresponde a alguien que tiene dieciocho años y se ha criado siendo una marginada.

Sobre lo de la imagen... bueno, si pillo tiempo igual dibujo algo a lápiz... o si no pillo y hago un screenshot de mi Desdémona en el juego (aunque la Desdémona de ésta historia tiene ciertos retoques físicos imposibles en el juego como lo del pelo cardado).

Un saludo, espero que os guste, comentadme que os lo agradeceré mucho y os responderé. ¡Nos leemos! :)