Disclaimer applied.
Advertencias: Violación, lenguaje fuerte.
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Habían dado un par de vueltas por el centro comercial —tantas que ya no sentía los pies—, y tal y como había dicho Ino, habían gastado casi todo su crédito en ropa.
(—Oh, por Dios, Ino. ¿Qué vamos a comer?
—Cierra la boca, frente. Sobreviviremos de la caridad y... ¡Joder, mira esa chaqueta!).
Aunque Sakura había evitado directamente las faldas y los vestidos.
«Al diablo mis bonitas piernas» pensó. «No volveré a depilarme jamás».
Estaba decidido. Sería más peluda que un oso.
Ino insistió en comprar mucho —mucho, mucho, enfatizó— helado. De chocolate, de preferencia.
«Es un básico para sentarte a odiar — destruir— tu persona» le dijo. «Recuerda, el helado de chocolate es para echarte a llorar…o para celebrar algo realmente especial. De haber perdido tu virginidad en otras circunstancias, ahora estaríamos llenándonos de el».
Rentaron un montón de películas, e Ino saltó inmediatamente la sección de comedias románticas y voló hacia las películas de terror (a Ino siempre le habían gustado esas películas en las que bonitas protagonistas terminaban siendo desmembradas o desfiguradas con una fea cicatriz en su bonito rostro.
—Algún día yo protagonizaré una de esas —come palomitas y señala el televisor, donde seguramente alguien está siendo asesinado. Le guiña el ojo y su cicatriz se arruga.
Sakura no mira porque es una cobarde. Pero bien sabe que ella miente. Odia la cicatriz. La odia casi tanto como ella odiaba al tipo que la violó.
Pero ya no debía pensar en ello).
Incluso le compró ese grueso libro de Neurología que llevaba meses deseando comprar —y que no podía costear— porque pasaron frente a la librería y parecía ser el único sitio en el que Sakura deseaba estar en realidad.
—Mereces ser un poco malcriada ahora —le confió al pagar el libro. Recibió la factura y soltó un largo silbido—. Uh, a papá no le gustará.
Y Sakura sonrió.
Fue la primera vez desde lo ocurrido —que ya no debía ser mencionado bajo ningún motivo (Sasuke se había convertido en el Voldemort de su vida) — que lo había hecho. E Ino la sacó de la librería —con un pesado libro en manos— antes de que empezara a llorar.
Volvieron al dormitorio, donde la cama de Ino ya empezaba a apestar a humedad.
Arrugó la nariz, se acomodó el mechón travieso detrás de una oreja y apartó de un manotazo las sábanas.
—Buscaré una cambio —le guiño un ojo—. Ponte cómoda.
Sakura no tuvo el valor de decirle —¡Dios, era su mejor amiga!— que cualquier acercamiento al colchón le ponía incómoda. Le hacía recordar que…
«Cállate Haruno. Ve por el helado».
Debía salir adelante.
Y pasaron toda la noche viendo a adolescentes atractivos —generalmente en poca ropa— huyendo del algún loco con motosierra.
Cuando amaneció, Sakura e Ino se despertaron en brazos de la otra por el molesto y constante cucú del reloj de la abuela Yamanaka. Ino decidió complacer a Sakura —era lo mínimo que podía hacer por ella después de obligarla a ir a esa fatídica fiesta— y tirar de una vez por todas el único recuerdo de su abuela.
La rubia mandó a Sakura a bañar mientras preparaba el desayuno.
Sakura se metió en la ducha y se obligó a sí misma a no mirar su cuerpo mientras se tallaba, a ignorar el dolor que aún provocaba el simple roce de sus manos sobre las heridas —sensibles, abiertas, palpitantes— sobre su cuello y pecho.
Se dijo que no iría a clases ese día. Merecía —había sido violada, mierda— unas pequeñas vacaciones. Se encerraría todo el día en su habitación leyendo el enorme y costoso libro que Ino le había obsequiado.
(Y no pensaría más en las manos de Sasuke−kun deslizándose lascivamente por su cuerpo.
«Para, Sasuke−kun. Duele, duele mucho».
En serio, ya no lo haría).
Mejor empezaba a leer ya.
—De verdad, Sakura —manotéo sobre su cabeza—. Puedo saltarme las clases de hoy. Asuma−sensei ni siquiera lo notará.
Mentira. Ino era demasiado llamativa —tan histérica, tan gritona, tan hermosa— como para pasar desapercibida. Y más aún para el profesor encargado («Su tutor, señorita Yamanaka») de que Ino no reprobara ese año.
Y es que a Ino se le daba mucho eso de saltarse las clases.
—Ve —negó con una taza de café entre sus manos (su mejor aliada en esos momentos) —. Estaré bien. Lo prometo.
Lo vio en sus ojos —los que ya estaban muertos, los que no eran verdes—, Sakura no sabía si iba a estarlo.
Pero confiaba en que sí.
«Vete ya, Ino. Para que pueda cortarme las venas de una vez».
Ese era el plan original. Pero una cobarde.
«Miedica» solía decirle Ino. Tenía toda la razón.
Terminó leyendo el libro —casi la mitad solo esa mañana— tumbada en el sillón —porque no se había atrevido a acercarse a la cama— con tres veces la cafeína que acostumbraba consumir en su sistema.
Se sentía como drogada. Mareada. Estúpida.
Tenía muchas ganas de llorar.
«¡Muchísimas!» hubiera dicho Ino.
¿Pero por qué?
«Acaban de violarte» contestó una vocecilla en su cabeza (la que no era muy positiva). «Tienes razones de sobra para hacerlo».
Y así lo hizo. Lloró hasta que no pudo más, hasta que se sintió seca. Hasta que sintió alivio.
Después se sintió patética.
«¿Y ahora qué? ».
«Limpieza» pensó (estúpidamente). Pero la pulcritud no iba con ella. Simplemente no se le daba (ni a Ino. Dios, su dormitorio daba asco. Igual que ella).
Su cuerpo, tal vez.
Tomó el que era su segundo baño en el día y dio especial énfasis en lavar las heridas que Sasuke había ocasionado en su cuerpo (ya no importaba sí dolía, sí ardía o sí recordaba. Ya no importaba nada).
Salió chorreando de la ducha y se posó frente al espejo, completamente desnuda. Y sintió que sus ojos volvían a llenarse de agua y que aunque pensó que estaba seca —por dentro, casi tan seca como lo estuvo a merced de sus dedos bruscos y su falo grotescamente grande— se dio cuenta que podía pasar el resto de su vida llorándole a esa noche.
(Que las lágrimas no se acababan).
Y cubrió cada herida, hasta la más mínima e invisible, con las banditas de Hello Kitty que a Ino le gustaba comprar.
Porque a su mejor amiga le gustaba esa curiosa gatita sin boca.
(—Leí alguna vez que Hello Kitty no tiene boca en honor a la hija de su creadora, que es muda —sacó a colación uno de esos datos curiosos que lees en revistas y crees que jamás servirán de algo, pero puedes mencionar en alguna cena en plan de «Hey, ¡he leído algo!».
—¿En serio? —Ino no le prestó más atención a su comentario de la que le prestaba a su comida. Una hamburguesa grasienta—. ¿Crees que enfermaré sí me la como entera?
Sakura alzó los hombros desinteresadamente, algo irritada de que dejara pasar su comentario sin más.
—A mí solo me gusta porque es rosa —miró la bandita de la aludida gatuna en su dedo (se había dado por vencida en la cocina al primer corte del cuchillo. Razón por la cual habían terminado cenando carne de dudosa procedencia) —. Todo lo que le rodea, digo. Es rosa, coqueto y tierno —mordió la hamburguesa. No estaba tan mal—. Como tu cabello.
Sakura sonrió. A veces Ino, tras su cabello rubio, el maquillaje y esa sádica cicatriz, podía ser muy linda.
Y también tenía el peor sistema inmunológico del mundo).
Observó su reflejo. El cuerpo menudo de pechos pequeños, pero con lindo trasero y largas piernas.
El saberse algún día —ahora muy lejano— orgullosa de su trasero, ahora la hacía sentirse realmente tonta.
Entonces se tapizó las nalgas de banditas, aún cuando no existía herida alguna en sus glúteos.
«Hey, Sasuke−kun, mírame. Estoy usando un bonito vestido que… ¡Para! ¡Estás haciéndome daño, Sasuke−kun!».
Y se echó a llorar en el piso del baño, completamente desnuda. (Con el trasero lleno de curitas).
Ya estaba. No asistiría a clases toda la semana.
Se quedó dormida. Despertó en su cama, vestida. Con las banditas en el trasero. A su lado un plato de fruta picada —a todas luces parte de un coctel— se ofrecía tentadoramente.
«A veces Ino puede ser tan dulce» afirmó quedándose dormida de nuevo.
Cuando despertó (Ino estornudaba, y era escandalosa) le dolía la espalda y —por alguna muy extraña razón—, tenía banditas de Hello Kitty en el trasero.
«Muy graciosa, cerda».
Se levantó y caminó con pereza, estirándose por el pasillo y dejando que la frialdad del suelo recorriera su cuerpo. Se sentía tan bien.
Ino estaba en la sala con una caja de pañuelos al lado. Sonaba su nariz ruidosamente y maldecía por lo bajo a algo o alguien. No le interesó realmente.
—¿Quisieras ser desagradable en otro lugar? —arrugó la nariz—. Estaba durmiendo, cerda.
Ino la miró. Parecía muy, muy sorprendida. « ¿Estaba enfatizando? ¿Qué rayos…? ».
—Sakura… tú…
Frunció el ceño—. Sí, buen momento elegiste para comportarte como una idiota —la miró enojada—. ¿Qué significa lo de mi trasero?
Ella la miró y boqueó como un pez. No dijo nada. Lucía perturbada. Sakura suspiró.
—Idiota —masculló. Se dio la vuelta e inició el camino hacia su habitación.
—¡Espera Sakura! —volteó. Ino la miraba de pie frente al sillón, con los ojos desorbitados y el pañuelo usado en la mano—. ¿Qué vas a hacer?
—Te diré que voy a hacer, cerda —Sakura sonrió, casi con regocijo—: voy a ponerme un muy lindo vestido y saldré de aquí a buscar a Sasuke Uchiha.
—¡No, tú no…!
Y Sakura rió. Feliz.
—¡Supéralo! —le dio la espalda—. Me acosté con Sasuke−kun. Gané.
Caminó entre los pasillos de la universidad con un bonito vestido azul cielo que ondeaba sobre sus rodillas. Y una mascada a juego (porque Ino era una bromista empedernida que gustaba de los juegos rudos) sobre su cuello.
Sonrió.
Por fin —¡finalmente!— Sasuke la había mirado entre el montón de chicas que lo idolatraban día a día en espera de una oportunidad.
Y Sakura la había recibido.
Le demostraría a Sasuke Uchiha que no se había equivocado en elegirla. Que ella era digna de él. Que lo merecía. Y que iba a hacerlo muy feliz.
El plan era sencillo: esperar el toque de cambio de clases —estratégicamente ubicada en un lugar desde donde pudiera verlo al salir del salón— y topárselo accidentalmente. Saludaría, con una sonrisa muy bonita (había sido practicada cientos de veces frente al espejo) y entablaría una interesante conversación que lo haría notar que aparte de poseer gran flexibilidad (en la cama, se entiende), era inteligente y perspicaz.
«Y él caería enamorado de ella».
(¿Colorín colorado?).
Y fue exactamente así como sucedió. Pero no le dio tiempo de acercarse —no pudo, no quiso, no lo hizo— porque alguien —la estúpida y despampanante pelirroja de su clase— se acercó antes. Y lo besó (apasionado, rudo). Y él le correspondió (de la misma manera).
«Eso debe doler».
Sí. Dolía muchísimo. Ahí, entre las costillas, donde palpita la verdad.
Y lo supo: Sasuke era un hijo de puta sin corazón.
Y la había violado.
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La cosa está así: Comencé a escribir esto porque tuve un día de la mierda (hace unas semanas atrás). Fue cosa de momento, así que no pensé que llegaría a más. Sin embargo, una vez lo publiqué y lo releí, no pude parar de escribir. La idea se formuló sola y sin permiso en mi cabeza y seguí escribiéndola solo para que no me diera vueltas por semanas y semanas. No tenía planeado publicarlo. Pero debido a la gran aceptación que ha tenido, me he decidido por fin.
Agradezco muchísimo todos sus comentarios y críticas, todo es bien recibido aquí.
Los amo un montón, en verdad. Esperen noticias mías por aquí pronto. Un besote bien sensual.
