II
Asalto en la posada
A solas en el enorme dormitorio, a finales del mes de junio, el joven John Watson terminaba de hacer su equipaje. Las clases habían terminado, y en toda la escuela tan solo quedaban los profesores y algunos alumnos, que ya en pocos días marcharían a sus casas a pasar las vacaciones de verano con sus familias.
Watson tenía dieciséis años. Sobre unos grandes y curiosos ojos azules, llevaba unas gafas redondas que le daban un aire despistado. Pero muy lejos de las apariencias, pese a su expresión bonachona y tímida, era un joven inteligente y sensato. Hacía años que soñaba con ser médico, como su padre, y pese a su recelo inicial, sabía que estudiar los últimos cursos en aquel prestigioso colegio le ayudaría en su camino hacia la facultad.
Había llegado a Brompton el pasado diciembre, semanas antes de la Navidad. Su antigua escuela, en Carlisle, había cerrado debido a la gran cantidad de deudas que tenía encima. La idea de estudiar en un nuevo colegio y empezar de cero, tan alejado de su antigua vida, le llenaba de congoja, pero a la vez de una inefable curiosidad. Provenía de una familia bien avenida, pero sencilla, acostumbrada a la vida rural. Así que no era de extrañar que llegara a sentirse abrumado por la gran ciudad.
Apenas llegar a la escuela, conoció a Sherlock Holmes, un joven elegante, particularmente alto y delgado, excéntrico y sumamente sereno, tan extraordinario en sus dotes de trabajo y deducción que enseguida había despertado su interés. Su entusiasmo era contagioso, pese a la de veces que había estado a punto de terminar con su paciencia. Pronto se metió de lleno en su mundo. Su fascinación crecía cada día más al verle enfrentarse a complicados acertijos y retos que resolvía sin ninguna dificultad.
Tras una serie de circunstancias, Holmes dejó la escuela a finales de diciembre. Las primeras semanas que Watson pasó después de su marcha fueron largas y tediosas, sin la emoción y la interesante compañía de su nuevo amigo. Muchas veces, pese a la gran cantidad de estudiantes, se sentía terriblemente solo entre aquellas enormes paredes y muros. Por las noches o en su tiempo libre se sentaba en su escritorio y plasmaba sobre papel esos grandiosos y a la vez trágicos acontecimientos, esa primera aventura, como un desahogo de sus ansias y su mente impulsiva. Siempre le había gustado mucho escribirlo todo; desde sus deseos y vivencias hasta las más increíbles aventuras que le aportaba su imaginación.
Ahora, recogiendo sus cosas, había encontrado todos esos apuntes, pulcramente ordenados en sus libretas. Como la culminación de todo descubrió, sobresaliendo de una de las libretas, la carta que Holmes le había mandado semanas atrás. En ella le contaba cómo le había ido el semestre en su nuevo colegio, ubicado ahora en Oxford. Tal y como le había ocurrido años antes en Brompton, pronto había llenado de curiosidad y fascinación a sus compañeros y al profesorado, y ya los últimos días del curso, fue retado a investigar un pequeño robo, como los que solía resolver en Brompton. Y con el mismo éxito, comentaba en un par de líneas. Watson dejó escapar una risita. Su amigo no era una persona especialmente presumida o presuntuosa: simplemente veía su don como algo demasiado normal. Consideraba que todo tenía su lógica, y que cualquiera es capaz de verla si tan solo prestaba más atención de la acostumbrada.
Decidió que le escribiría apenas llegara a casa. Se alegraba mucho por él, satisfecho de que su vida hubiese vuelto a la normalidad. Guardó la carta en el mismo sitio, y cogió todos los apuntes con una sonrisa. Aún le quedaba mucho tiempo antes de que saliera su tren.
Y leyéndolo todo, su mente se perdió de nuevo entre recuerdos.
Muchas eran las cosas que había anotado sobre sus primeras semanas en Brompton, y mucha era la gente nueva con la que pudo relacionarse. Además de a Holmes, conoció al profesor Waxflatter. Era un anciano excéntrico y divertido, lleno de energía, versado en multitud de temas y enfrascado en la construcción de una extraña máquina con la que pretendía volar. También estaba Elizabeth, la sobrina del profesor, una bella y dulce joven que, tras la muerte de sus padres, se trasladó a vivir a la escuela con su tío, único pariente y tutor. Holmes quería mucho a Elizabeth. Con el paso del tiempo, su amistad se había convertido en un tierno romance. Watson a veces pensaba que haberse ganado el corazón de la joven era uno de los motivos por los que Dudley odiaba tanto a Holmes. Dudley era uno de los alumnos de la escuela, un joven terriblemente arrogante y presuntuoso que siempre andaba buscando una excusa para enfrentarse a su nuevo amigo.
Para Watson empezaba una nueva vida, y quizás, después de todo, este nuevo colegio no iba a estar tan mal. Sin embargo, nada iba a durar. Toda una serie de acontecimientos que culminarían con la marcha de Holmes de la escuela estaban a punto de sucederse. Pronto, el destino, o quizá una simple y nefasta casualidad, iba a ponerles a prueba. Sin quererlo, los tres amigos se vieron envueltos en una aventura donde arriesgarían todo y perderían más de lo que estaban dispuestos a perder.
Unos extraños hechos habían perturbado a Holmes, cegado por su enorme curiosidad y su ansia por descubrirlo todo. Un exitoso contable y un benévolo reverendo habían muerto en extrañas circunstancias. Y desde hacía algunos meses, varias chicas jóvenes habían desaparecido sin dejar rastro. Para Scotland Yard no eran más que meras casualidades; dos suicidios que no guardaban relación ninguna con las jóvenes desaparecidas. Pero Holmes no estaba nada seguro.
Apenas unos días después, el halo de muerte les alcanzó. El profesor Waxflatter murió en extrañas circunstancias. El dolor que produjo su desaparición fue terrible. Elizabeth había perdido a su tutor y único pariente, y Holmes a su mejor amigo. Fue en ese duro momento cuando el intrépido joven supo que debía actuar. Pese a la injusta expulsión que sufrió por culpa de una jugarreta, siguió viviendo en el colegio, oculto a los ojos de todos menos a los de Watson y Elizabeth. Así, pronto descubrieron que una peligrosa y casi milenaria secta egipcia había sido la responsable de las muertes, movidos por el ansia de venganza ante unos terribles conflictos acontecidos a mediados de siglo en Egipto.
Solo uno de los implicados logró sobrevivir, gracias a los dos jóvenes y a la oportuna intervención de Scotland Yard, quien decidió creer la historia de Holmes solo cuando ellos mismos se vieron afectados. Pero llegados a este punto, los acontecimientos dieron un inesperado y trágico giro. Elizabeth estuvo a punto de ser sacrificada por la secta, y para cuando consiguieron salvarla, Rathe, ansioso de venganza, intentó acabar con Holmes y la chica recibió el disparo destinado a él. Holmes y Rathe se sumieron en una feroz lucha a muerte, en la que el profesor desapareció para siempre en las heladas aguas del río. Pero ya era demasiado tarde para Elizabeth. Exhausto y devastado, Holmes solo pudo ver cómo la joven moría en sus brazos.
Esos últimos días en Brompton, a escasos días de las vacaciones de Navidad, fueron tristes, llenos de congoja; la pérdida de dos de sus seres más queridos (Watson incluso se atrevía a pensar que habían sido tres, pues Rathe, incluso siendo quien resultó ser, había sido una parte muy importante de la vida de su amigo) sumieron a Holmes en una depresión tan sombría, que a punto estuvo de acabar con su salud. Durante varios días, no fue más que una sombra de lo que realmente había sido. Se limitaba a estar más que a ser, como si fuera parte del mobiliario, solo diferenciándose de ellos por el simple hecho de respirar. Ni una sola vez apareció en el comedor a la hora de las comidas. Watson tampoco supo determinar cuánto tiempo llegó su maltrecho compañero a dormir, si es que llegó a hacerlo al menos unos pocos minutos. Aún recordaba con claridad la rabia y la impotencia que le dominaban al ver que tanto los estudiantes como los profesores se limitaban a mirar a su amigo con lástima y cierta aversión, sin mover un solo dedo por él. Se le pasará, el tiempo lo cura todo, y en apenas unos días marchará a casa, era lo que decían. Sabía que su amigo era una persona fuerte, demasiado fuerte. Pero a veces, hasta la persona más determinante sucumbía a las dolorosas heridas del alma humana.
Finalmente, la mañana de Navidad, Holmes dejó el colegio. Watson le preguntó si volvería después de las vacaciones, pero la respuesta del joven fue negativa. En ese lugar había demasiados recuerdos. Volvía a estar tan perspicaz como siempre, aunque aún vestía de luto, y había algo, difícil de explicar, en sus maneras y en su mirada, que delataban que no era el mismo. Se solía decir que lo que no mata hace más fuerte, y eso es lo que Watson opinaba que le había ocurrido a su amigo. Todo lo que había ocurrido le había marcado muchísimo. Había madurado tan rápido y tan drásticamente, que no le había dado tiempo a verlo.
Watson sabía que, de algún modo, Holmes jamás volvería a ser el mismo. Su rostro aún era puro y juvenil, pero ya aparecía colmado de la solemnidad que da la edad adulta. Era el rostro de alguien que había tenido que sufrir mucho para comprender las cosas. Alguien que había renegado para siempre de sus sentimientos.
Le vio marcharse, embutido en el enorme abrigo de Rathe (un trofeo, le había dicho, cuando le preguntó el por qué insistía en llevarlo puesto), con el sombrero de Waxflatter y la pipa que él mismo le había regalado. Aquella imagen siempre quedaría grabada en su memoria. Supo que sería así como siempre le recordaría, hasta que llegase, quizá, el momento en que se volverían a ver…
Un golpeteo en la puerta le arrancó de sus recuerdos. La señora Brody, la nueva ama de llaves de la escuela, entró en el dormitorio, ya vacío.
— Señor Watson —dijo—, el cochero se está impacientando.
Watson apartó los papeles a un lado, y miró su reloj de bolsillo. Su tren saldría en quince minutos.
— ¡Maldita sea! ¡Llego tarde!
Diane Edolie Cluteworth (y no Delora, como el joven Holmes había supuesto) tenía veintiocho años. Nació en Sussex, en el seno de una familia acomodada, los Coburn, que habían venido hacía varios años desde América.
Ya desde pequeña, Diane había sido una niña despierta y vivaz, segura de sí misma. En su bello rostro brillaban unos grandes e inteligentes ojos grises y unos rizos castaños, tintados de un leve color rojizo, caían como una cascada hasta su espalda. Creció muy querida entre los suyos, aprendiendo el arte de la equitación y los secretos de la dulce música del piano.
A los dieciocho años se prometió con Arthur Kingsley Cluteworth, amigo de la familia, un joven e inminente arqueólogo y gran estudioso de las civilizaciones antiguas. Pocos años después se casaron, durante una de las muchas expediciones del afamado arqueólogo en la India. A su regreso a Inglaterra, se trasladaron a vivir a Mayfair, en Londres, asentados como unos respetables miembros de la alta sociedad.
Cinco años después, la desgracia se cernió sobre el matrimonio.
Los señores Cluteworth viajaron al sur de la India con su expedición, en donde creían haber descubierto los yacimientos de un antiguo poblado. Un extraño suceso relacionado con los aldeanos y algunos desacuerdos entre sus miembros, hicieron que la expedición y la excavación se suspendiesen repentinamente. Al poco tiempo de regresar a Inglaterra, el señor Cluteworth desapareció sin dejar rastro. La policía había abandonado la investigación y archivado el caso, seguros de que había sufrido algún tipo de accidente o había sido asesinado, y nunca llegaron a encontrar el cadáver. Para la sociedad, legalmente, la señora Cluteworth ahora era una viuda. Pero ella, en el fondo de su corazón, sabía que su marido estaba vivo.
Al poco tiempo, descubrió una nota entre los antiguos enseres de la expedición:
Cuida del reloj.
A. C.
Era de su marido. No comentó nada a la policía porque de repente, tuvo un extraño presentimiento. Tuvo la sensación de que su marido sabía de antemano que no iba a volver, y que ahora le dejaba aquel valioso reloj como parte de él. Y de todos modos, estaba segura de que Scotland Yard, una vez cerrada la investigación, no le iba a hacer ningún caso.
Cuida del reloj…
Era un precioso reloj de oro, al que su marido tenía mucho aprecio. Era lo único que le quedaba de él, y perderlo suponía perderlo todo. Por eso siempre lo llevaba con ella, en su bolso de mano. El único sitio donde se atrevía a dejarlo era en casa, y puesto que ahora estaba de viaje, lejos de su hogar, no dudaba en llevarlo consigo a todas partes.
Ya vestida y sentada sobre la cama, mantenía el reloj entre sus finas manos, mirándolo con tristeza.
— Arthur... Sé que estás vivo en alguna parte, no muy lejos… Se que estás conmigo…
Tocaron a la puerta. Diane se apresuró en guardar el reloj, y dio paso. El señor Brooks, el cochero, entró en la habitación.
— ¿Todo listo, señora?
— Sí… —dijo ella, cogiendo su bolso— Ya podemos irnos.
La señora Cluteworth había venido a Bloomsbury para arreglar unos asuntos con su asesor de bienes. Después de la supuesta muerte de su marido (ya considerada oficial en cuanto a trámites legales) se había visto obligada a asegurar sus pertenencias, siendo ella la única beneficiaria, pues la pareja no tenía hijos. Pero el coche había sufrido una pequeña avería saliendo de Mayfair, por lo que para cuando alcanzaron el barrio, ya se había hecho de noche y tuvieron que posponer la visita para el día siguiente.
Justo frente a la suya, se encontraba la habitación del joven Holmes. La puerta todavía se encontraba cerrada.
Diane recordó lo ocurrido la noche anterior. Admirada de las dotes del muchacho, habían entablado una amistosa conversación. Ya era casi medianoche cuando todos se retiraron a dormir. Esa noche, ellos tres eran los únicos huéspedes de la posada. Era antigua y muy pequeña (tan solo contaba con cuatro habitaciones), pero confortable. La posadera, la señora Lanstron, era una mujer bonachona, muy amable y dicharachera, con un marcado acento escocés.
El joven Holmes había llamado mucho la atención de Diane. Le parecía un joven tremendamente inteligente y noble. Pero tras ese porte elegante y distinguido, lleno de ímpetu, parecía ocultar algo que no atinaba a averiguar. Algo que le había perturbado notablemente e impulsado a una loca carrera por las oscuras calles, estando su coche a punto de atropellarle. Las consecuencias podrían haber sido fatales si Brooks no hubiese frenado a tiempo. Por suerte, del accidente le quedó solo una leve pero aparatosa herida que no tardaría en curarse.
Todo esto hizo que la joven señora, preocupada, se detuviera antes de bajar la escalera.
— ¿Cómo estará el señor Holmes? —preguntó a su cochero— ¿Cree que habrá pasado buena noche? Me preocupa su herida, quizá le esté dando problemas. Aún tenemos tiempo, le preguntaré… Aunque puede que siga durmiendo…
Dio dos golpes suaves en su puerta, pero nadie contestó. Con mucho cuidado, abrió y miró dentro. La cama estaba vacía. Inexplicablemente, el joven se había debido de dormir sentado en el sillón. Respiraba con suavidad, profundamente dormido. En ese momento parecía todo lo contrario a lo que aparentaba la noche anterior, donde pese a su elocuencia, mostraba una mirada sombría y una sonrisa inquieta.
Finalmente, cerró la puerta con mucho cuidado.
—El señorito sigue dormido —le dijo al señor Brooks con una sonrisa.
La posadera salía de la cocina, limpiándose las manos en el delantal, cuando les vio bajar.
— ¿Se marchan ya?
— Volveremos en un par de horas. Tengo asuntos que arreglar en el barrio antes de irme —explicó Diane—. Muchísimas gracias por su hospitalidad.
— No hay de qué, señora —dijo la posadera con una amable sonrisa—. Aquí es bienvenida cuando desee.
Los dos salieron, cerrando la puerta tras de sí.
Holmes despertó con una dolorosa sacudida, como si hubiera estado a punto de caer a un oscuro pozo. ¿Había tenido otra pesadilla? No estaba seguro. Vio que estaba en el sillón, con la cabeza embotada y el cuello dolorido. Debió de quedarse dormido al llegar a la habitación, antes siquiera de intentar acercarse a la cama.
Le dolía todo el cuerpo. Ahora, todo lo que había pasado la noche anterior parecía lejano y borroso, como si lo hubiera soñado. Muchas imágenes se mezclaban en su mente todavía aletargada: la sombra misteriosa, la frenética persecución bajo la lluvia, el carruaje que se le había echado encima y el fuerte impacto contra la calzada... De pronto recordó algo, y apartando la mullida manta de lana, se miró la rodilla. La herida estaba allí, y el vendaje aparecía teñido de un rojo oscuro. Como llamado al percatarse de que la herida existía, apareció un dolor sordo y punzante.
Al menos, eso sí había ocurrido de verdad.
Se levantó del sofá y se desperezó, consiguiendo aliviar un poco sus músculos entumecidos. Luego se aseó y se empezó a vestir, dispuesto a bajar a desayunar. Oyó que alguien tocaba la puerta abajo, en la entrada. Le llegó el sonido apagado de unas voces. Reconoció la de la posadera, pero desde esa distancia le parecía oír otras dos o más, aparte de la de ella. Por un instante, pensó en la señora Cluteworth y su cochero, pero esas voces parecían más graves y no le eran nada familiares. De repente subieron de intensidad, como si se enzarzaran en una discusión, aunque no podía escuchar lo que decían.
Todavía abrochándose los botones del chaleco, se acercó con cautela al pasillo y miró abajo, a través del hueco de la escalera. Efectivamente, las voces pertenecían a dos desconocidos. No pudo verles la cara porque de repente se abalanzaron sobre la posadera, que gritaba aterrorizada; la llevaron fuera del alcance de su vista, y parecieron encerrarla en algún sitio que luego cerraron de un portazo. Podía oírla gritándoles, golpeando con ansia la puerta. Luego comenzaron lo que parecía una búsqueda a fondo por todo el salón, sin consideración alguna por los muebles y objetos con que iban topándose. Holmes retrocedió rápidamente hasta la esquina del corredor, de forma que no pudieran verle. Vio una pequeña alacena, en el tramo de escalera que subía al último piso, y se metió dentro.
Justo a tiempo. Oyó el resonar de sus pasos por la escalera antes de llegar al segundo piso, y cómo abrieron la puerta de la primera habitación del pasillo de una patada. Si había calculado bien, era la de la señora Cluteworth. Se acercó lo máximo que pudo a la rendija, intentando ver u oír algo. La alacena era demasiado estrecha; estaba en una postura incómoda y la rodilla herida empezaba a molestarle.
— Sí, ésta parece ser la habitación de una mujer. Debe ser ésta —oyó que decía uno.
Hasta sus oídos llegaba un horrible estruendo de cristales que se rompían y muebles que arrastraban o volcaban.
— ¿Has encontrado algo?
— Nada. Miremos en esa otra.
Otra puerta que se abría con estruendo. Se percató de que habían entrado en su dormitorio.
— ¡Eh! ¡Ahí hay algo!
Un breve silencio.
— No, solo es una estúpida carta.
Oyó que el otro hombre resoplaba; parecía fastidiado.
— Vámonos, aquí tampoco hay nada.
Holmes oyó un fuerte portazo y un sonido de cristales rotos. Los dos tipos habían salido de su habitación, y a través de las rejas de madera de la puerta de la alacena, pudo ver unas piernas anchas y unas manos enormes y robustas. Se deslizó más adentro temiendo que le vieran, con tan mala suerte que tiró un listón de madera polvoriento que había pegado a la pared del fondo.
―¿Qué ha sido eso?
Holmes se pegó a la pared y se quedó muy quieto, conteniendo la respiración. Tenía que ser cauteloso. Si le descubrían, no tendría ninguna posibilidad de averiguar quiénes eran ni qué habían venido a hacer allí. Alargó el brazo hacia el listón de madera que tenía a sus espaldas y lo agarró, dispuesto a pelear si acababan viéndole.
― No es nada. Vámonos, deprisa, antes de que vuelvan.
Holmes respiró aliviado. Pasaron de largo la última habitación y volvieron a bajar; un portazo le hizo saber que se habían marchado. Cuando todo estuvo en silencio y tan solo se oían los amortiguados gritos e injurias de la posadera, miró furtivamente por la rendija. Ya no parecía haber nadie. Abrió la puerta y salió, sacudiéndose el polvo de la ropa y tirando el listón de madera al suelo. Todo estaba destrozado. Los maceteros estaban rotos, con la tierra desparramada y las maltrechas plantas dejando ver sus raíces. El cuadro que había en la pared, al lado de su habitación, se había caído al cerrar la puerta, y el cristal se había hecho añicos. Eso explicaba el estruendo de cristales rotos que había oído.
Bajó las escaleras apresuradamente. El antes confortable y agradable salón parecía ahora un campo de batalla. Buscó de dónde provenía el desesperado traqueteo de la posadera, y descubrió que estaba encerrada en el armario de la limpieza.
— ¿Señora Lanstron?
— ¡Señorito Holmes! ¡Gracias a Dios, pensaba que le habían hecho algo a usted…! ¡Sáqueme de aquí, por favor!
Holmes abrió el armario. La mujer salió tambaleándose y se abrazó a él.
— ¡Qué canallas, señorito Holmes! ¡Malditos, sucios canallas…! —profería.
— Tranquilícese, señora Lanstron… ¿qué ha pasado?
— De repente entraron dos tipos… Me preguntaron quién se estaba alojando aquí. No quise contestarles, y entonces uno de ellos me agarró y me encerró en el armario… Después creo que registraron toda la posada, lo han tirado todo… Oh, Dios mío, espero que no hayan robado nada…
Entonces vio cómo había quedado todo, y empezó a gimotear.
― ¡Ésta es mi ruina!
Holmes la ayudó a sentarse en el sofá e intentó calmarla, sentándose a su lado. Estaba terriblemente pálida y asustada. El joven le cogió la mano con suavidad.
— Tranquila, ¿de acuerdo? Iré arriba a ver qué ha pasado arriba.
La mujer asintió, todavía nerviosa. Él también empezaba a sentirse inquieto. Se preguntó a dónde había ido la señora Cluteworth, y por qué habían registrado hasta el último rincón de su habitación con tanto interés. Mientras subía las escaleras, oyó murmurar a la posadera:
— Parece que no se han llevado nada… No lo entiendo… Ni siquiera se han llevado el dinero…
Holmes abrió la puerta de su habitación y sintió que se le revolvía el estómago al ver semejante desastre. Todos los cajones de la cómoda estaban abiertos, y su poco contenido había sido rebuscado y desordenado. Su maleta más grande, la que contenía las probetas y demás material de laboratorio, estaba abierta, pero no habían tirado ni sacado nada. Se sintió enormemente aliviado al haberlo recogido todo el día anterior por haberse quedado sin ideas y fórmulas químicas. La carta de Watson, abierta, estaba tirada en el suelo. La volvió a poner sobre la mesilla. Se sentía indignado, pero ya empezaba a hervir de curiosidad.
En el recibidor, la campana de la puerta sonó, y la señora Lanstron se apresuró en abrir. La señora Cluteworth y su cochero habían vuelto. Al verles, se sobresaltó y palideció de repente, como si temiera la reacción de sus huéspedes.
— ¡Señora Cluteworth!...
Hecha un manojo de nervios, les hizo pasar. Al verlo todo, Diane se llevó las manos a la boca; parecía incapaz de decir nada. Desconcertado, Brooks se quitó el sombrero.
— ¿Pero qué es todo esto?...
— Han asaltado la posada, señora… —explicó la señora Lanstron dirigiéndose a Diane; de nuevo parecía profundamente alterada— Fueron dos hombres. Uno de ellos me encerró en el armario… No sé qué es lo que buscaban, parece que no se han llevado nada…
Diane la cogió de las manos, intentando mantener la compostura. Brooks se había puesto tan lívido que parecía a punto de desmayarse.
— No se preocupe, lo importante es que no haya pasado nada… ¿Y el joven Holmes? —preguntó, inquieta—¿Dónde está él?
— Está arriba, comprobando los daños… Creo que también han registrado las habitaciones…
La joven señora se apresuró a subir. Cuando llegó, encontró a Holmes en la puerta de su habitación, y por su expresión se diría estaba más disgustado que antes. Ella ahogó un grito cuando su vista se posó en el desastre que ahora era su habitación.
― Dios mío, ¿qué ha pasado aquí?... —su voz se quebró en medio de la pregunta. Holmes no pudo evitar fijarse en que agarraba inconscientemente su bolso de mano, y que luego, como si hubiera encontrado algo dentro de él, cerraba los ojos y respiraba aliviada.
Todos los muebles estaban volcados y el colchón estaba fuera de su sitio. Habían abierto y roto la almohada de plumas, que ahora aparecían esparcidas por toda la estancia. No le había dado tiempo a deshacer las maletas la noche anterior, pero los extraños asaltantes ya se habían encargado de ello. Enseres y ropas se desparramaban por el suelo. Llena de bochorno y pudor, la mujer se apresuró a recogerlo todo.
—Han asaltado la posada, señora Cluteworth —dijo Holmes, rompiendo el tenso silencio—. La posadera dice que fueron dos individuos corpulentos.
— Sí, eso me ha dicho... ¿Quién ha podido hacer algo así?...
Brooks les alcanzó. Pese a la ya de por sí delicada situación, parecía más nervioso de lo habitual.
— ¿Está todo bien, señora? ¿Se han llevado algo aquí arriba?
― No, Brooks… No lo entiendo, aquí arriba tampoco se han llevado nada… —respondió Diane.
― Su bolso, señora Cluteworth… —dijo Holmes, acercándose a ella— Buscaban su bolso, ¿verdad? O al menos, algo que lleva dentro. ¿Me equivoco?
Ella no respondió, sino que se aferró con más fuerza a su preciado bolso.
— Sea lo que sea, tiene mucho miedo de que se lo roben, y por eso lo lleva siempre consigo.
— No tiene ningún sentido, señor Holmes. ¿Por qué iban a querer el viejo reloj de mi marido?
— ¿Su reloj?
Haciendo un enorme esfuerzo para contener las lágrimas, la mujer abrió el bolso y sacó el reloj. Lo sostuvo en su palma abierta; un bonito y antiguo reloj de oro.
— Es lo único que me queda de él, señor Holmes… —dijo, recuperando la firmeza— Este reloj es algo que él realmente apreciaba. Es como si siguiera conmigo... Por eso nunca me separo de él —contuvo una risita nerviosa—. Supongo que le parecerá una tontería…
— En absoluto —dijo el joven con voz suave.
Metió la mano en el bolsillo de su chaleco, como aferrándose a algo. Por un levísimo instante, su rostro adquirió un atisbo de tristeza, pero enseguida recuperó la compostura y sonrió amablemente.
— Entonces seguro que solo eran ladrones que buscaban cualquier cosa de valor. Creo que no ha traído sus joyas, ¿verdad? Bueno… la ayudaré a recoger todo esto... Ah… —miró su reloj de bolsillo—. Luego he de volver abajo, si me disculpa. Un viejo amigo mío debe estar a punto de llegar.
Ya eran casi las once de la mañana cuando el coche en que iba Watson alcanzó por fin Bloomsbury. Tras casi media hora más de camino, llegó a la calle donde estaba la posada que Holmes le había comentado en su carta.
El carruaje aparcó frente a la puerta, y el cochero le ayudó a bajar las maletas. Watson miró a su alrededor. Por las tranquilas calles transitaban unas pocas personas, especialmente residentes, y algunas madres con sus hijos pequeños. El ambiente era muy tranquilo. También la posada estaba extrañamente silenciosa. Le pareció un edificio pequeño y antiguo, pero enormemente tranquilo, por lo que supuso que no albergaría a demasiada gente. Esperaba haber calculado bien, y que Holmes aún siguiera ahí. Pensaba alojarse unos días de todas maneras, pero le hacía mucha ilusión volver a verle.
El coche se marchó, rompiendo el silencio con su fuerte traqueteo y el rítmico galopar de los caballos. Watson respiró hondo, y tocó en la entrada. Nadie contestó. Se fijo entonces en que la puerta estaba entreabierta, y empujó con suavidad, asomándose para mirar dentro.
— ¿Hola…?
Se quedó boquiabierto. La posada parecía haber sido arrasada por un huracán. De lejos, oyó la inconfundible voz de Holmes, proveniente de la sala de huéspedes. Aquel desastre no podía significar otra cosa: su amigo se había visto involucrado en un nuevo lío. Y pese a que en su corazón sentía el ansia de vivir una nueva aventura, no pudo evitar dejar escapar un quejumbroso: "Oh, no…"
Entonces, Holmes apareció por el pasillo, hablando con la posadera.
— Pero no estoy tan seguro, señora Lanstron —decía el joven—. Este es un barrio demasiado tranquilo para…
Se interrumpió de repente. Vio a Watson (que continuaba plantado en medio del salón totalmente estupefacto) y con un brillo en los ojos le sonrió, con toda la tranquilidad y despreocupación del mundo, como si llevara esperándole toda la mañana.
― ¡Bienvenido, querido Watson! Te esperaba hace media hora.
― ¿Que me esperabas?...
Holmes sonrió con perspicacia. Watson recordaba perfectamente aquella mirada; era la misma que tenía el día en que se conocieron, antes de empezar a descubrirlo todo sobre él con un solo vistazo.
― El matasellos de tu carta, Watson... La entregaste el 4 de julio. Me extrañó mucho que hubiera tardado tantos días en llegar a la oficina postal de Bloomsbury, habiéndola mandado desde Brompton. En la carta decías que ibas a entregarla apenas salieras… es decir, en la oficina de South Kensington, donde está nuestro antiguo colegio. Muy buena treta, Watson ―sonrió―. Por eso parecías tan interesado en tu carta sobre dónde te dije que iba a estar alojándome. Intentabas darme una sorpresa, y para eso mentiste sobre el lugar en que te encontrabas… El papel ni siquiera es de los que usan en Brompton. Ya estabas lejos de allí cuando escribiste esta carta. Aunque no descarto que realmente estuvieras llegando tarde a alguna parte; la caligrafía en esas últimas líneas es muy descuidada…
La posadera meneó la cabeza, divertida; era obvio que ya se había acostumbrado a las asombrosas dotes de observación del muchacho. Watson pareció desinflarse como un globo al ver truncada su sorpresa, pero apenas pudo disimular una sonrisa ante la repentina oleada de júbilo que sintió.
― No sé por qué, no me sorprende en absoluto… —dijo con sarcasmo.
Holmes avanzó hacia él. Tal como había pensando, su mirada seguía teniendo la misma perspicacia. Pero había algo más, profundamente oculto en esos ojos grises. La misma melancolía de sus últimos días en Brompton, pero que ahora parecía oculta por el entusiasmo.
― Es todo un placer verte de nuevo ―dijo con una sonrisa, y le tendió la mano.
Watson sonrió con complicidad.
― Lo mismo digo, amigo ―dijo. Y el peso desapareció de su corazón, sintiéndolo ahora tan liviano como los primeros días en que conoció a aquella indescriptible persona que era Sherlock Holmes.
