Lo sé, lo sé, están sorprendidas y yo también XD Pero bueno, lo importante es que hay capítulo nuevo y que la tortura hacia Okita continúa. Para la gente nueva que apenas está empezando a leerme con este mini fic, me queda decirles que soy una persona que usa OCs en sus historias (PersonajexOC son lo mío aquí o en cualquier otro fandom), y a eso le aunamos el angst, drama y humor que ya son sello de mis obras. Así que advertidos están OwO ¡Disfruten!

*Dawae: Gracias por animarte a leer y dejar un comentario. Se agradece mucho :D Por cierto, "ese OC que tartamudea" no es un OC XD Es la Soyo, a la cual olvidé establecer como tal.

*FireSoul: En este momento no te recuerdo con claridad en mi fic de OurPromise, así que lo siento por eso. Pero que bueno que te hayas animado a leer este mini fic y dejarme un review. Y sobre lo de actualizar, tengo sentimientos encontrados al respecto porque estoy más centrada en mi otra OC :'v

Yuki: Hija mía, siempre es un placer leerte en los reviews. Disfruta y ya me dirás después si tu teoría se cumplió o no.

II

Can't Go Back

Una semana entera había transcurrido desde que aquel aparente rumor se convirtió en realidad. Solamente llevaba siete días escuchando hablar sobre la relación de aquella mocosa ruidosa y su perfecto novio, y ya estaba harto de todo y de todos. Únicamente le bastó ese tiempo para agregarlo a su lista de personas desagradables que no dudaría en atropellar si tuviera un vehículo a la mano.

Pero trató de no darle demasiada importancia. No lo merecía. Ni él ni el remedo de novia que tenía. Ese tema no tenía por qué importarle a menos que el susodicho intentara una maniobra extraña con su querida hermana mayor.

Ya con sus cabales recompuestos optó por distraerse y matar el tiempo que le restaba de su tarde haciendo alguna ociosidad. Así que se fue por la opción más viable al considerar el punto en dónde se hallaba.

—¿Siempre demoran tanto en abrir la puerta en esta casa? —fue con lo que recibió al pelirrojo que le había abierto la puerta después de haber estar tocando por un minuto entero el timbre.

—Bueno, no es que recibamos visitas muy seguido —Kamui tenía una tostada con mermelada en la boca. ¿Es que no se cansaba de estar comiendo en todo momento? Okita siempre se preguntaba cómo le hacía para no convertirse en una bola gigantesca de grasa.

—¿Y te sorprende? —entró, quitándose los zapatos y colocándose las sandalias—. Aquí vive un troglodita medio yandere y una marimacha. Y eso es algo no muy grato de ver —iba a seguir avanzando, pero se dio cuenta de un pequeño detalle: en ese hogar había cuatro pares de pantuflas para los miembros de la familia y un juego extra para el visitante; sin embargo, no quedaba ningún par ya—. Según lo que me dijo el idiota hermano mayor su madre no ha regresado de su viaje de negocios, lo que significaría que hay otro invitado además de mí…Sin embargo, casi nadie visita este sitio. ¿Acaso se tratará de Tokugawa?

—¿Vas a quedarte ahí parado como idiota o vas a pasar? —preguntaba casualmente Kamui.

Los dos jóvenes avanzaron por el pasillo, cruzaron la pequeña sala y terminaron en el comedor. Justo donde cierta pelirroja estaba comiendo como si alguien estuviera amenazándole con volarle los sesos. Y claro, a un costado de ella estaba su sobreprotector y casi calvo, padre. No obstante, había alguien más sentado a la mesa.

—Espero que se pongan a estudiar o a hacer sus tareas, o reprobarán el año —pronunció, viendo a ambos como el hombre estricto que era—. Bueno, si los sacan de la escuela puedo aceptarlos en la escuela en la que trabajo. Creo que ahí embonan mucho mejor.

—Eso debería decírselo al vago que está al lado de su gorila hija… Ese que dice ser su novio —su cara lucía como si estuviera disfrutando de algo que todavía no ocurría, pero estaba seguro de que pasaría. Y es que él conocía perfectamente al padre de la pelirroja; sabía de su sobreprotección, de sus celos obsesivos de padre y de lo mucho que odiaba a los chicos que se acercaban a su pequeñita—. Idiota, no sabes con qué loca familia fuiste a meterte. Pero en cuanto el viejo empiece a leerte la cartilla saldrás corriendo de aquí…Voy a disfrutar de tu lenta y dolorosa masacre.

—Bueno, no creo que eso sea necesario —habló el hombre de bigote a la Hitler—. Por lo que me ha contado mi hermosa Kagura, su novio cuenta con tutores particulares que le enseñan cosas más avanzadas de las que ustedes siquiera han visto —la hermana menor lo veía con una sonrisa gigantesca, como la de un maniático que ha logrado escapar del sanatorio mental. Ella se había adelantado.

—Que sea medio inteligente no le garantiza que sea un buen novio… ¿Es que no se debe desconfiar de los hombres mayores? —preguntó, intentando meter su propia cizaña—. Escuché que es cuatro años mayor que ella. Y ya sabe lo que dicen de los mayores…que sólo tienen pensamientos lascivos con menores de edad que usan uniforme escolar —él era como la voz de la consciencia mala que te orillaba a hacer las peores diabluras habidas y por haber—. Podría intentar robarle la inocencia a su preciada hija.

—En ningún momento he intentado poner una sola mano sobre su querida hija, Kankou-san —el castaño sabía que no se quedaría callado y que intervendría—. Jamás haría algo que incomodara o fuera contra los deseos de Kagura. Le respeto y espero que pueda confiar en mis palabras. También sé que es difícil que acepte tan pronto nuestro noviazgo, pero ambos seremos pacientes para estar en buenos términos con usted.

—Con esos modos de hablar te das cuenta de quién nació en un pesebre zarrapastroso y quién en una cuna de suave seda —Okita chasqueó la lengua y observó con deseos de odio a quien lo había señalado como un pobretón malhablado—. Inteligente, educado, respetuoso —¿qué era esa libretita que tenía entre sus manos? ¿Por qué había anotado lo anteriormente dicho? —. Y dime, Shino, ¿qué opinas de los hombres apuestos de mediana edad que se encuentran perdiendo pelo de manera prematura? ¿Crees que deberían recluirse y olvidarse de la sociedad? ¿Merecen esas criaturas miserables seguir existiendo en este mundo banal y superficial? —el castaño iba a decir algo, pero calló. Era mejor que no le respondiera ni hablara de lo mal puesto que tenía su peluquín.

—En la actualidad no hay nada que la ciencia no pueda tratar. Y eso incluye la pérdida de cabello en hombres bien parecidos de mediana edad —¿qué era esa botellita plástica que sujetaba en su mano derecha? ¿Por qué brillaba como si fuera el Santo Grial? —. Es un tónico que ayuda a crecer el cabello. Está elaborado de raíces de altana, por lo que los efectos son potentes y se notan a los pocos días —le entregó tan preciado tesoro al hombre que lloraba de la emoción—. Con esto recuperará su sedosa cabellera, Kankou-san.

—Ni mis hijos se habían preocupado tanto por mi cabello como lo has hecho tú —el hombre estaba emocionado y conmovido hasta las lágrimas. Y es que hasta se había acercado al pelinegro para abrazarlo fraternalmente—. Siento que ya eres como de la familia.

Mira que tiene las pelotas bien puestas ese remedo de bishounen para haber recurrido a tales extremos para ganarse la simpatía del viejo…Pero ese método no te servirá con la madre. Ella verá a través de ti y descubrirá la sabandija que eres en realidad —Sougo apretó los dientes con enorme fuerza ante lo que estaba viendo. Ese chico era un experto manipulador y había sabido por dónde llegarle al pelado. ¿Es que todo lo había planeado fríamente? ¿Cuáles eran sus verdaderas intenciones? ¿Es que en verdad deseaba ganarse a todos los que eran importantes para Kagura? ¿Por qué le mosqueaba que fuera tan en serio con algo como lo era el noviazgo que tenía con la china? Algo no estaba nada bien con él y eso solamente acrecentaba su cabreo.

—Hay más de estas, ¿verdad?

—Todas las que sean necesarias para su tratamiento.

—Kagura, realmente has elegido a un buen prospecto. Tu papi está sumamente feliz de que hayas escogido a alguien de sentimientos tan puros y tan buenas intenciones —claro, como ya le habían resuelto la vida con el tónico milagroso, lo demás importaba un verdadero rábano.

—Y ya que hemos terminado de comer, ¿por qué no seguimos con el postre? —Shino había puesto sobre la mesa del comedor una caja blanca que no demoró en abrir. Lo que había ahí adentro lucía endemoniadamente delicioso; ¿pero es que quién se puede resistir a dos planchas gruesas de bizcocho de chocolate separadas por una fina capa de mermelada de albaricoque y recubiertas con un glaseado de chocolate negro por encima y los lados? Absolutamente nadie de esa familia—. Tarta Sacher —expuso para los incultos que no conocían el nombre de tan despampanante postre—. Una verdadera delicia para los amantes del chocolate —para cuando habló esos dos hermanos ya se habían servido unas regordetas rebanadas de pastel.

—Umm…N-Nunca…—Kagura apenas podía hablar con la buena atragantada que estaba dándose.

—Traga más rápido y ahógate, estúpida china —era el deseo que nació en el castaño en el instante en que la vio comiéndose el postre que su querido y atractivo novio trajo para toda la familia—. Tú también deberías comer y ahogarte —soltó para el pelinegro.

—Hermana, tu novio podría venir a comer todos los días si trae cosas como estas —Kamui, su supuesto amigo de la infancia, su cómplice de travesuras y peleas callejeras, lo había traicionado por un trozo de tarta austriaca de chocolate.

Abandonó aquella casa llena de tan buen ambiente en completo silencio. Su humor había empeorado y lo menos que quería era seguir viendo la estúpida sonrisa de la pelirroja; y es que siempre le molestaba su presencia, sin embargo, ahora parecía que su felicidad se había agregado a su lista de cosas que le mosqueaban.

Y hablando de cosas que lo molestaban, había una parada a la entrada de su casa vistiendo un atuendo policial mientras tocaba el timbre y esperaba respuesta.

—Hijikata-san —pronunció su nombre secamente, clavando su muerta mirada en él—. ¿Se puede saber qué es lo que haces aquí a estas altas horas de la noche? ¿Se te ha perdido de nuevo tu frasco de mayonesa? ¿Es que ahora te dedicas a repartir panfletos de la policía en todas las casas? —la existencia de ese hombre no le importaba demasiado; al menos en el pasado. Sin embargo, ahora todo era diferente.

—Toushirou-san —saludó amablemente la bella mujer que abrió el pequeño portón que conducía a la residencia Okita—. Oh, Sou-chan. Bienvenido a casa —allí estaba esa sonrisa con la que siempre le recibía; esa que ayudaba a mejorar cualquier mal día.

—¡Hermana, buenas noches! —su rostro se transformó. Ahora lucía tan calmado, tan buen niño—. ¿Está bien que salgas? La noche está muy fría. Podría ser malo para tu salud.

—Sou-chan, no necesitas preocuparte. Estoy bien. He tomado mi tratamiento al pie de la letra —aunque le dijera eso, la angustia simplemente no abandonaba su cuerpo—. ¿Por qué no pasamos todos y tomamos un poco de té?

—Hermana, Hijikata-san está agradecido con tu invitación, pero tiene criminales que meter tras las rejas. ¿Verdad? —por un lado miraba tiernamente a su hermana mayor y por otro estaba amenazando al pelinegro de cortarle la garganta si aceptaba.

—Yo solamente venía a dejar este encargo —liberó un paquete marrón de la mochila que llevaba consigo—. Es de parte de Kondo-san en pago de la comida que preparaste la vez pasada.

—No tenía qué hacerlo. Yo lo hice con mucho gusto —la castaña rompió el empaque y se encontró con una de las cosas que más amaba en todo el universo: unas botellitas de vidrio rellenas de especias súper picantes—. Muero de ganas por usarlas en la próxima comida que prepare.

—Estoy seguro de que te quedará delicioso, hermana —intentaba robar la atención de Mitsuba para darle una buena patada al pelinegro y lograr de ese modo que se largara.

—¿No deberías estar haciendo tus deberes o cosas por el estilo? —ahí estaba diciéndole lo que debía de hacer. ¿Es que no se daba cuenta de lo irritante que era su existencia para él? —. Si no estudias apropiadamente acabarás siendo un fracasado y darás clases en una escuela de dudosa certificación.

—Agradezco tu preocupación, Hijikata-san, pero soy un estudiante ejemplar —si las miradas fueran pistolas, Toushirou tendría más agujeros que una coladera—. Hermana, te traje una rebanada de pastel. Estoy seguro de que te encantará —porque nadie rechaza la comida gratis. Ni siquiera él. Así que se trajo un pequeño recuerdo de la casa de los hermanos pelirrojos.

—Sou-chan, no debiste molestarte —ahí estaba, acariciándole la cabeza como cuando era más pequeño y menos sádico—. De seguro te salió costosa.

—No te preocupes por eso hermana —al menos aquel pastel había logrado hacerle un bien—. Vayamos dentro de casa y veamos una película antes de ir a dormir —proponía.

—Toushirou-san…—sus carmesí pupilas se enfocaron en el estoico hombre—, ¿por qué no nos acompañas? Seguramente te siente bien que te relajes un poco —Okita podía sentir aquella tensión que siempre nacía cuando esos dos comenzaban a hablarse; esa atmósfera que le mosqueaba y que no hacía más que empeorar. ¿Es que Hijikata no se daba cuenta de que no era alguien digno para su bella hermana?

—Casi lo había olvidado —nada como interrumpir el momento semi-comprometedor de esos dos—. Escuché rumores que cerca de la estación han visto un chico sospechoso que intimida a los transeúntes que pasan desprevenidos. Incluso los llega a golpear y robarle sus pertenencias —relató con una seriedad épica. Es que estaba convenciendo a los dos adultos que estaban con él—. Como señas particulares está que usa sudadera azul cielo, un saco encima y pantalones negros… Mide casi un metro setenta. Pálido, pelinegro y pupilas carmesíes —describió de manera muy concreta—. Hijikata-san, eres el único que puede encontrarlo y apresarlo. No permitas que el crimen asole en esta pacífica y hermosa ciudad.

—Ya pondré en cintura a ese granuja —estipuló. Y con lo serio que era con su trabajo era una realidad que iba a mover cielo y tierra para atrapar al problemático chico—. Tendré que rechazar tu oferta —y eso en cierto modo desanimó un poco a la castaña. Aunque ella recobró el ánimo y le sonrió dulcemente.

—No te preocupes. Ya será para la próxima ocasión —ella adoraba esa parte de su personalidad porque hablaba de lo comprometido y orgulloso que estaba de su profesión—. Ten mucho cuidado.

—¡No te saldrás con la tuya maldito granuja! Yo mismo te re-educaré si es necesario —juró a los altos cielos antes de salir saliendo a toda marcha. Okita había matado dos pájaros de un tiro.

Con la obsesión que Hijikata-san posee con la justicia ese idiota tendrá que soportar en el mejor de los casos sus sermones infernales. Incluso lo hará cumplir ese estúpido código que escribió para los miembros de la policía —es que estaba imaginándoselo y no podía contener las ganas que tenía de carcajearse a todo pulmón.

—¿Sucede algo Sou-chan?

—Nada hermana —ya se había calmado y era el buen hermanito de toda la vida—. Sólo pensaba en que Hijikata-san siempre mantiene las calles limpias de toda esa escoria que está allá afuera.

La mañana llegó y con ello el inicio de un prometedor fin de semana. Y es que hasta el sol brillaba en lo alto, llenándolo todo con su calidez y fulgor. Y si eso no era buena señal, tal vez el degustar de un condimentado desayuno hecho a manos de su hermana, lo arreglaría todo.

Se cambió y abandonó su residencia, era hora de estirar las piernas y corroborar de que todo hubiera salido conforme sus planes. Aunque lo que no estaba esperándose era encontrarse con esos dos viejos amigos suyos.

—¿Por qué tienes esa cara de sádico consumado? ¿Has vuelto a azotar a alguien con tu látigo? ¿Por qué presiento que te has metido en graves problemas? —unas celestes pupilas se direccionaron en el castaño con una mezcla de curiosidad y no querer saber nada al respecto.

—Es raro verlos por estos rumbos.

Okita vio al pelirrojo que estaba saboreando un polo helado de menta y después llevó su atención a su acompañante; ese que era igual de alto que ellos dos y que resaltaba sin problema alguno por lo llamativa que resultaba ser su revuelta y rubia cabellera. Y si eso no era suficiente, también estaba su magnífica complexión física y sus ropajes veraniegos que consistían en una playera blanca, unos pesqueros verdes ocre y unas zapatillas deportivas negras, que dejaban apreciar que se ejercitaba frecuentemente.

—¿Ya te levantaron el castigo, Raiko?

—Te recuerdo que fuiste TÚ el que planeó aquel festival cultural con pirotecnia…—soltó con enfado—. ¿A quién demonios se le puede ocurrir hacer un caballo de Troya explosivo?

—A ti al parecer —el rubio se limitó a arrojarle una canica directo en su nariz—. ¡Maldito, ¿cómo te atreves a hacerme eso?!

—¿Otra vez vamos a apostar por quién es el más fuerte de los tres? —Kamui ya estaba tronándose los dedos con cierta ansiedad—. Esta vez apostemos algo diferente —que fuera en bermudas y camiseta no le impedía meterse en una pelea.

—Yo paso —lo dicho por Okita dejó a ambos confundidos—. Tengo un asunto importante que resolver —y mientras Sougo se mantenía adelante ese par lo seguían y cuchicheaban quién sabe qué cosas.

—¿Y no sería todo más fácil si le dijera que está celoso de su novio y que preferiría que lo dejara por él? —meditaba el rubio.

—Él ha dicho que no está interesado en mi hermana. Así que debe molestarle que él sea mejor peleador.

—Idiota, es obvio que te mintió —el blondo suspiró ante semejante incredulidad o estupidez—. Está claro que solamente intenta negar lo que es evidente para todos. Y para ello recurrirá a cualquier excusa por más ridícula que esta sea… Está huyendo de la realidad —alguien era el sensato de los tres—. Él finge demencia con sus sentimientos hacia Kagura y tú finges estupidez frente a todas las mujeres a las que les gustas.

—Ey, yo no estoy huyendo de nada ni de nadie. Mucho menos de esa tabla de surf.

—Las peleas y la comida son mucho más interesantes que las chicas de nuestra escuela~

—Olvídenlo, son un caso perdido… Ojalá se ahoguen con su propia estupidez —¿qué culpa tenía él de juntarse con imbéciles de semejante calibre? —. Espera un momento, ¿tú no tenías una "amiga" por correspondencia o algo así? ¿Y qué hay de Tokugawa? Me enteré de que te alimenta a diario en la escuela —enfocó su atención en el pelirrojo.

—¿Tú rechazarías la comida gratis?

—Lo haría si es de una chica que no me interesa —esos dos suspiraron y le golpearon la nuca. Olvidaban que su amiga era la moralidad hecha persona—. ¡Malditos bastardos los voy a volver a tirar en un baúl por la empinada!

Y podrían seguir intentando matarse mutuamente, pero lo que estaba ocurriendo en la acera de enfrente los atrajo por completo.

—¿Ese no es tu rival? —Raiko se encontraba jalando a Kamui de su trenza.

—¿Y ese no es tu cuñado? —complementaba el pelirrojo.

—Ni ese idiota es mi rival ni el obsesionado con la mayonesa es mi cuñado —ambos sonreían discreta pero satisfactoriamente. ¿Estaban jugando con él? Sí serían capullos.

Los tres siguieron los pasos de ese par con la mayor de las discreciones posibles. Y se detuvieron en cuanto notaron a dónde planeaban entrar.

—¿Ese no es el restaurante favorito de tu cuñado? —el rubio leyó el nombre del establecimiento y después tuvo un ligero presentimiento.

—Creí que habías dicho que habías logrado hacerle creer que él era un gamberro.

—Eso fue lo que hice. Y estoy seguro de que lo convencí… Pero…—no iba a quedarse con la curiosidad. Tenía que saber qué estaba pasando.

Cruzaron la acera y se adentraron en aquel restaurante de fideos. Y hasta el fondo se encontraba Hijikata leyéndole un manuscrito descomunal al chico que no tenía mayor elección que permanecer sentadito y escucharle atentamente o sería sometido por la porra que portaba el demoníaco policía.

Hijikata-san al fin has servido para algo más que incordiarme —en efecto su sábado estaba resultando más que perfecto.

—Por dios, la tortura todavía continúa —la cara del rubio se puso verde del asco en cuanto contempló esos dos tazones de fideos repletos de muchísima mayonesa—. Realmente desea que se arrepienta de todo lo que ha hecho.

—Ni siquiera yo me comería algo como eso —Kamui tenía límites también, como el resto de los mortales.

—En cuanto se coma eso terminará corriendo a urgencias —y Okita estaría ahí para grabar el momento con su teléfono móvil. La vida simplemente era hermosa.

Los tres observaron en completo silencio cómo Shino tomaba sus palillos y los clavaba en sus fideos. Lo siguiente que presenciaron los dejó totalmente pasmados; es que se les caía la quijada al suelo. Simple y llanamente no daban crédito a lo que veían.

El pelinegro no sólo dio el primer bocado, sino que continúo comiendo de manera constante, sin inmutarse por el sabor ni la textura; era como si estuviera devorando algo que no fuera tan vomitivo como aquel platillo criminal.

¿Y lo peor? Es que se lo había terminado todo y estaba íntegro. Nada de gestos de asco ni deseos de irse al baño a vomitar.

—Es un monstruo…—susurraba Raiko estupefacto.

—No debe de ser humano —agregaba Kamui. Y es que hasta su estómago se retorcía ante lo que vio.

—No. No existe manera de que haya alguien además de él que ingiera ese asqueroso platillo y no termine potando… —había perdido una vez más contra él y eso no estaba para nada bien—. Va a vomitar. Lo hará. Tiene que hacerlo.

—Oh, Sougo, ¿acaso tus amigos y tú han venido por un Special Hijikata? —la sola insinuación les bastó para mover sus cabezas en son de negación—. Una parte de ustedes no habrá vivido de verdad hasta que prueben esa delicia culinaria. ¿No es así Shino?

—Ciertamente tiene un sabor muy particular. Jamás en mi vida comí algo como esto —expresó tras haberse empinado una jarra entera de agua—. Pero no lo consumiría tan seguido por el riesgo a un paro cardíaco. Deberías hacer lo mismo, Toushirou —¿desde cuándo se volvieron tan íntimos como para llamarse por el nombre?

—Descuida, no me pasará nada —expresó con una media sonrisa—. Corro todos los días en compañía de Mayo-chan —¿quién se supone que era ese? —. Y ahora sólo ingiero cinco botellas de mayonesa diarias.

—¿Por qué no consumes más para que te una buena vez por todas te dé un paro cardíaco y desaparezcas para siempre, Hijikata-san? —había sido ingenuo, demasiado. Debió de haber previsto que ese chico se las apañaría para voltear la situación a su favor.

—Sougo, creo que te equivocaste en la descriptiva. Este chico es todo menos un criminal —profesó mirando al acusado quien lucía como alguien que no levantaba la voz a los adultos—. Hasta me ayudó a buscar gente problemática que estuviera perturbando la paz pública. Es sin duda un gran compañero para el trabajo —ambos chocaron sus puños en son de hermandad y camarería sincera. Y eso enfermó a Sougo.

—Creo que te está derrotando —pronunciaron aquel par en perfecta armonía.

—Podrás haber obtenido dos victorias, pero no has ganado la guerra —no había conocido a nadie que osara en desafiarle y saliera airoso como él. Por lo que lo reconocería y lo aceptaría como un enemigo digno de su grandeza y sadismo—. El próximo asalto será completamente mío —dio media vuelta, listo para salir con la frente en alto. Sin embargo, no dio ni dos pasos antes de detenerse en seco—. ¿He pisado mierda? —llevó sus pupilas hacia abajo para revisar lo que estaba bajo la suela de su zapato. Y no, no era lo que él pensaba. De hecho, era algo enorme y peludo—. ¿Una cola? —fue conduciendo su vista por toda la cola de aquel animal hasta toparse con su cabeza—….Es enorme…—lo que estuvo dándole la espalda y ahora lo miraba penetrantemente medía más de setenta centímetros y poseía el suficiente pelaje azabache como para ser visto como un oso en miniatura. Aunque lo peor era ese arsenal de dientes blancos que se acompañaban de un gruñido gutural e intimidante; estaba molesto y él iba a pagar las consecuencias.

—¿No deberíamos ayudarlo? —Raiko cerraba los ojos cada vez que escuchaba cómo esos dientes desgarraban las vestimentas de su amigo.

—Él es bueno con los perros. No creo que este le suponga algún problema.

—Esa cosa luce como todo menos como un perro —objetaba—. Mira cómo le está masticando la pierna mientras se sienta sobre su cara.

—Se mueve así que todavía continúa con vida —Kamui era muy despreocupado. La vida la corría y ahora menos atención ponía ya que le había sonado el móvil y estaba checando su mensaje recién llegado—. Encárgate de que Sougo no terminé siendo picadillo.

—¿A dónde vas? —el pelirrojo ya iba hacia la salida bien campante.

—Mi madre ha regresado y quiere que vuelva a casa~ —fue lo último que dijo antes de desaparecer con una sonrisa burlona; obviamente disfrutaba de la desgracia de Okita.

—Tal vez yo también debería volver a casa. Dejar a mis hermanos por demasiado tiempo a solas podría conducir a que algo explote o se incendie —se despidió del castaño y se fue de allí.

—Malditos traidores… Maldito perro —los casi 80 kg que pesaba aquel hermoso ejemplar de Mastín Tibetano literalmente le imposibilitaron escapar y estar a la merced de sus destructivos dientes. Y es que lucía como si hubiera sido machacado por una trituradora—. Te convertiré en carne para comida china —el can lamió todo su rostro y se marchó sin más, dejándolo tumbado sobre el piso.

—Te agradezco que hayas jugado con Masa. Él siempre tiene mucha energía y demasiada fuerza, y la gente no lo aguanta —ahí estaba el pelinegro, parado a un costado suyo, clavando esa mirada carmesí que parecía estarse burlando de su persona.

—A mí no me engañas con esa cara y esas actitudes de tipo perfecto… Solamente alguien que está podrido hasta la médula sería capaz de manipular a todos a su gusto —sus miradas chocaron como lo hacían durante los duelos de la antigüedad—. Voy a desenmascararte para que todos se den cuenta del fraude que eres.

—¿Fraude? —inquiría—. De ninguna manera, Okita —él se limitó a escucharle—. Sólo hay una coa que podría ser considerada como tal y dudo que lo descubras por ti mismo —agregó con una pequeña sonrisa.

—Dime una cosa.

—¿Y esa sería?

—¿Cómo fuiste capaz de comerte todo eso sin morirte del asco en el proceso? —era algo que lo intrigaba.

—Ah, muy sencillo —hizo una pequeña pausa dramática y levantó sus hombros—. La cocina de mi madre es cientos de veces peor que eso y es algo que he comido por muchos años. Por lo que yo ya estoy curado ante cualquier platillo.

—Un monstruo que ha creado a otro monstruo —sonreía ampliamente, con la energía recuperada; lo hacía como cualquiera que ha reconquistado la motivación que extravío por años—. No sería divertido si fuera sencillo, ¿no? Además, me gusta ganar y eso es lo que haré.

—Entonces ya tenemos algo en común —pronunció el joven cantarinamente—. Una pena que en cuestiones gastronómicas estemos disparejos. Aunque creo que se puede solucionar si te acostumbras a las cosas que te desagradan —Sougo abrió sus ojos como charolas en el instante en que contempló lo que ese chico tenía en su mano derecha.

—¡No te at…! —su exclamación fue cortada de tajo por él, por ese infame que había hundido su rostro en aquel enorme tazón de fideos bañados con mayonesa—. ¡Me las vas a pagar maldito bastardo! ¡Juro que haré que te arrepientas de cada una de las cosas que me has hecho! ¡Juro que te derrotaré o dejo de llamarme Okita Sougo!