Capítulo 1.: En la tierra

En la vida de todo miembro de la realeza siempre sucedía, era el momento en que su formación debía avanzar a un nivel diferente, superior por así decirlo. Dominaba todas las estrategias militares que cualquier militar hubiese podido plantear, era culto, educado y con modales dignos de su posición pero aun a pesar de su gran preparación todavía le quedaba poner a prueba lo que cada miembro del linaje real terrestre heredaba de generación en generación, sobre todo él, ya que era el fututo soberano de la tierra, y esta prueba era controlar el Cristal de Oro y proteger con él la tierra y a sus gentes. Como soberano de la tierra debía ser aceptado por el Cristal de Oro, pero no sin antes someterse al entrenamiento y escrutinio de las Guerreros que desde su satélite vigilante, la Luna, cuidaban de la paz en la Vía Láctea, las Guerreros del Sistema Solar Interior, pertenecientes a Mercurio, Venus, Marte y Júpiter. Las Guerreros eran las princesas regentes de cada planeta. Según sus leyes, eran las elegidas para proteger el Milenio de Plata, el Reino de la luna. En él vivía una raza antigua muy longeva, que según algunos de sus profesores e instructores más aprensivos estaban para controlarles y vigilarles, pero otros le decían que eran sus protectores y velaban porque nada amenazase la paz y la estabilidad de los habitantes del planeta azul, como los seres lunares lo llamaban. Él no sabía que pensar. Esta situación no le agradaba pues constantemente se sentía vigilado, sin privacidad. ¿Por qué les vigilaban? ¿Acaso les consideraban tan frágiles y débiles que debían controlar sus movimientos para que no se enzarzasen nuevamente en luchas sin sentido y acabaran matándose unos a otros? Esos tiempos ya habían pasado; él, junto con los cuatro Generales de la tierra: Lord Nephrite, Zoysite, Kunszite y Jadeite, eran los encargados en esta generación de salvaguardar la paz en planeta tierra y asegurar un futuro próspero para todos sus habitantes.

No dejaba de pensar que debían oponerse a esta 'vigilancia', le incomodaba, y es que el Príncipe Endimión debía pensar en estas y otras cosas ya que se acercaba la fecha en la que debería enfrentarse a la difícil prueba de la transición del Cristal de Oro y eso era perturbador. Toda su vida, él había estado rodeado de personas con más o menos influencias que únicamente querían estar junto a él para obtener más poder, por pura conveniencia; y de la misma forma pensaba igual de los seres de la luna. Desde muy joven aprendió de la peor manera a protegerse de todo lo que le rodeaba, no iba a permitir nuevamente que conocieran sus secretos para más tarde usarlos contra él. No, no le volvería a suceder. Primero debía ir al Milenio de Plata y someterse a un entrenamiento que según le habían contado sus consejeros y Generales pondría a prueba todo en lo que creía, lo que sentía y lo que conocía pues aunque era un guerrero consumado y un experto en todo tipo de armamento, en la tierra nada ni nadie le había preparado para usar su propio poder y la energía de su planeta, y por lo tanto, del Cristal de Oro. Los únicos seres capaces de transmitirle estos conocimientos eran los habitantes del Milenio de Plata o las Guerreros protectoras. Se sentía como un ser insignificante e ignorante al que su amo le racionaba la información y ocultaba la realidad. Según las enseñanzas que había recibido desde su infancia esto no era así, pero lamentablemente para él había gente en la corte que pensaba de esta manera y durante mucho tiempo, cuando más influenciable era, él estuvo bajo el influjo de mentes que sólo consiguieron acrecentar el desasosiego reinante en su corazón y sembrar la incertidumbre en su mente. Le habían hecho desconfiar de todo lo que no comprendía, en su mente la situación de la tierra con respecto a la luna era como un gran acuario lleno de peces de colores y los seres lunares sus captores y vigilantes.

"– ¿Por qué aceptamos esta situación?"– dijo el príncipe Endimión bastante enojado al General Kunszite mientras recorría a grandes zancadas el ala de la Biblioteca donde se encontraban. "– ¡No considero necesario todo esto! ¿Tanta prisa tienen para que realice la ceremonia de transición del Cristal? ¿No pueden esperar? Si es tan urgente, ¿es tan difícil que envíen a su instructor a Palacio y así no tenga que abandonar la tierra? Tengo muchas ocupaciones que no debo ni puedo postergar. ¡Sólo porque los habitantes del Milenio de Plata informen que ha llegado el momento, no voy a abandonar todo porque ellos lo digan!"– exclamó furioso.

"– Debéis calmaros, Alteza, no conviene que os exaltéis de esa manera. Recordad que todos los soberanos de este planeta pasaron por lo mismo. Incluso nosotros, los cuatro Generales, fuimos enviados a la luna para aprender a dominar los poderes que nuestros cristales regentes nos concedieron."– explicó con gran calma Kunszite, quien estaba apoyado en una estantería llena de grandes libros y que ojeaba tranquilamente las páginas de uno que versaba sobre el Reino lunar.

"– No lo entiendes, Kunszite. Si abandono la tierra desatendiendo mis obligaciones, estaré a su merced y quién sabe si conseguiré sobrevivir sin vuestra protección. Estaré en clara desventaja numérica. No negarás que es insólito que sólo permitan la entrada al futuro soberano. Es claramente un acto de mala fe, lo que ambicionan es tenerme bajo su control para así gobernar la Luna y la tierra sin oposición."

Kunszite levantó la mirada y habló con serenidad al príncipe.

"– Me parece que le ha prestado oídos a quien no debe, Alteza, pues escuchándole me parece estar oyendo las palabras de esa cortesana, la Señorita Beryl. No debiera dejarse influenciar de esa manera por ella, recuerde lo que la historia nos cuenta de nuestra relación con el Milenio de Plata, gracias a ellos fuimos capaces de restaurar la paz en la tierra y cesaron las guerras y las revueltas en todo el planeta. La gente vive en paz y armonía. Aunque su padre era un buen hombre con un gran corazón y al que gran parte del pueblo adoraba, eso no fue suficiente y lo sabe. Sin la intervención de la Soberana de la luna, la Reina Serenity, no se habrían acabado los conflictos. Recuerde que fue ella, tras mucho insistir con vuestro padre, la que consiguió erradicar la oscuridad de los corazones que aprisionaban a nuestros enemigos. Vuestro padre rechazó en incontables ocasiones su ayuda hasta que mediante la intervención de vuestra madre no tuvo más remedio que ceder."– dijo Kunszite mientras cerraba el libro que sujetaba, y se incorporaba siguiendo con la mirada al príncipe.

"– Tienes razón, Kunszite. Es cierto que no son mis propias palabras, pero tengo la sensación de que si voy a la luna, algo sucederá. Tengo ese presentimiento desde que se anunció en mi veintitrés cumpleaños que era el momento de la transición del Cristal y de iniciar el proceso de la Sucesión al Trono."– Mientras le decía estas palabras, el Príncipe Endimión se detuvo frente a un gran ventanal, suspirando, apretando con fuerza sus puños apoyados sobre el alfeizar de la ventana. "– Es demasiado, son demasiados cambios de golpe. Sé que sobre mis espaldas hay un gran peso, el deber para con mi pueblo no lo olvido pero tengo la sensación de que con tanto hacer por y para el reino, me he perdido por el camino."

"– No debéis intranquilizaros, mi Señor." – dijo una nueva figura que surgía junto con otras dos de las sombras de la habitación"– Kunszite al igual que Nephrite, Zoysite y yo mismo, Jadeite, sabemos el tipo de hombre que sois, poseedor de grandes destrezas para superar todas estas pruebas con éxito y procurar su bienestar de vuestro pueblo."

El príncipe Endimión se giró y observó a sus Generales. Todos habían pasado por la misma prueba a la que él oponía resistencia a enfrentarse. No era un cobarde, sabía perfectamente que una vez la tuviese que enfrentar, se esforzaría al máximo de su capacidad para superarla con éxito, haría todo lo que estuviese en su mano para ser aceptado por el Cristal de Oro. Sea lo que fuese.

"– Gracias, amigos míos. Sé que confiáis en mis habilidades y yo, conociendo las vuestras, sé que no habláis en vano cuando decís que lograré superar esto. Haré mi mayor esfuerzo para superar esta prueba."– Tras decir esto, hizo una leve inclinación de cabeza y se dirigió a los jardines de Palacio, que eran bañados por los últimos rayos del sol. Los Generales le miraban alejarse con cara de preocupación pues bien conocían las verdaderas inquietudes del príncipe para resistirse a lo que iba a acontecer. Por nada del mundo deseaban volver a ver destruido el corazón su príncipe, que con los años no era únicamente eso; él era su compañero, a quien confiarían su vida sin dudarlo, su amigo, su hermano y lo querían y protegían como tal. Habían conocido su dolor desde bien jóvenes, ya que dada la posición que en su día debieran ocupar, siempre habían estado juntos. Cuando lo conocieron, era un joven puro, de gran corazón, que no rechazaba a nadie, buscaba la bondad en todo y todos los que le rodeaban, se entregaba con pasión a cada tarea que realizaba y no desconfiaba de nadie. Esa fue su perdición y por ello el príncipe Endimión erigió regios muros alrededor de su maltrecho corazón cuando los que pretendían sacar provecho de él lo pisotearon. Tras esas experiencias, cambió y se encerró en sí mismo, ocupándose únicamente de su misión en la vida: el llegar a ser un buen rey… pero sin corazón.

En los jardines, se dirigió al lugar al cual iba siempre a pensar, donde podía bajar la guardia, evadirse de sus responsabilidades y desconectar de cuanto le rodeaba. Era un pequeño rincón de los jardines con un pequeño estanque en un lado, rodeado de altos y frondosos setos, en el que un Sauce llorón flanqueado por rosales y algunos bancos de mármol hacía que para él, el tiempo se detuviese y lo inundaba de tranquilidad volviendo a aquellos tiempos en los que no había muros que le aislasen de lo que le rodeaba. Se sentaba apoyado en su tronco y se relajaba escuchando como el viento mecía las hojas y ramas colgantes del árbol. En ese remanso de paz, conseguía alejarse de sus preocupaciones, ese lugar parecía absorber toda su tristeza y frustración, pero en esta ocasión no podía escapar. Debía enfrentarse a algo que con los años, había estado acosándole cada vez más y él se resistía a dar ese paso.

Lo que realmente hacía que se resistiese a iniciar todo el proceso era que tras la transición del Cristal; debía desposarse para ocupar el trono. Debido a la formación militar, al protocolo real, a sus responsabilidades actuales como príncipe y futuras como soberano en la tierra, nunca se había visto forzado a enfrentar realmente esta situación, desde su adolescencia siempre había estado rodeado de mujeres, ellas lo buscaban pero él no deseo iniciar nada con ninguna de ellas y menos unirse en matrimonio por las razones que las movían. Se sentía decepcionado con respecto al amor. Esas mujeres acudían a él con la esperanza de enamorarlo con sucios trucos y artimañas, además de con sus cuerpos para así obtener poder, una posición más elevada en la Corte, riquezas y aspirar con el tiempo a ocupar el trono a su lado. Antaño había conocido princesas, mujeres de la nobleza e incluyo plebeyas, pues él no hacía caso del rango que una mujer ostentase; él disfrutaba el relacionarse con gente normal pues nunca sabía en donde podría encontrar amistad, inspiración, o simplemente un afecto sincero. Pero lamentablemente, nunca fueron las relaciones sinceras que él creía, esas mujeres siempre buscaban obtener algo de él, un beneficio material, y eso le hizo mella; con cada decepción sólo consiguieron que ese fuerte joven de hermosa apariencia, con el pelo negro como la noche y ojos de un azul tan profundo como el mar en calma y con el brillo de la luna llena en la noche, sepultase su corazón en lo más hondo de su ser, protegiéndose así de todo y de todos. Si, era un hombre muy hermoso y atrayente al sexo femenino, y experiencias no le faltaron desde muy temprana edad ya que por su físico y por su título las mujeres lo deseaban, pero nunca llegaron hasta donde residía el verdadero valor del príncipe, ninguna poseyó su corazón. Las que consiguieron acercarse a él, sólo lo consiguieron en lo físico, pero ya nunca obtuvieron su amor. Y aunque él nunca las correspondió ni les dio motivos reales para ello, algunas si se enamoraron de él, y cuando fueron apartadas de su lado pues resultaban inconvenientes, se fue propagando el rumor de que era una casanova y un mujeriego. Situación que no le incomodó pues con ello lograría mantener alejadas a todas las indeseables que sólo querían ascender en el escalafón real, ya que sabían que no lo atraparían con argucias de índole sexual.

"– ¿Qué debo hacer, luna?" –dijo el príncipe Endimión observando entre las ramas del Sauce al astro blanco que acompañaba sus noches solitarias en ese lugar. "– No temo enfrentar mi obligación. Sé que debo hacerlo, será duro; se por los Generales que en el Milenio de Plata no sólo me pondrán a prueba físicamente, sino también emocionalmente. Y eso es lo que me incomoda. No puedo ser débil, no quiero que vean lo que hay en mi interior." –dijo cubriendo su rostro con sus manos. "– Me costó mucho levantarme… ¡No quiero que revivan esos recuerdos!".

Tras su desahogo con su silenciosa amiga, se sintió algo más aliviado; materializar en palabras lo que le atormentaba le hizo darse cuenta que debía superar sus temores y avanzar, pues de lo contrario, no sería el Rey que deseaba ser para su pueblo, y si tras la ceremonia de transmisión del Cristal debía encontrar una reina, lo haría. Se puso en pie con resolución y se dirigió a paso firme y seguro hacia el palacio. Afirmando para sí mismo que lo lograría. Organizaría una recepción y un baile donde invitaría a familias reales y nobles de todo el planeta, y seguramente encontraría a la que sería su reina entre todas ellas. No pediría demasiado, su madre era el mejor ejemplo para buscar lo mismo en su futura esposa y reina: bella, modales impecables, culta, de buena familia e inteligente. No quería más, no pedía más. Sería lo mínimo que pedir pues sabía que todas las damas de la corte y la nobleza desde la cuna eran educadas para tener esos mínimos. Sin embargo, un pensamiento errático acudió a su cabeza, era algo importante, no había tenido en cuenta entre sus exigencias nada que tuviese que ver con sentimientos.

"– No importa, salvo en el caso de mis padres y el que me profesan ellos a mí, no aspiro a tener más amor. Eso ya terminó."

Y con este pensamiento se dirigió al interior del Palacio para preparar su futuro viaje al Milenio de Plata.