N/A: ¡Hola! Bueno pues… ¡vamos a conocer mejor a Rachel! ¿Preparados? Ah! No os asustéis, eso que aparece como verso en medio del siguiente capítulo es un trozo del himno de Irlanda en gaélico irlandés. Estamos empezando [como en el prólogo] casi al final de la historia, pero ahora vamos a poder descubrir cómo han llegado hasta aquí. Quería jugar un poco con los tiempos.

Y cómo veréis los títulos y las referencias a algunas canciones están inglés. Es porque he estado pensando esta historia en ese idioma, pero no tengo la suficiente soltura para escribir algo correcto en esa lengua aún. Así que he respetado sólo los títulos, puesto que además las dos series en las que se inspira y de las cuales toma personajes, son también en ese idioma. ¡Empezamos!

Capítulo 1. The Wolf-Shaped Bullet

"This one's for the lonely, the ones that seek and find... Only to be let down time after time. This one's for the torn down, the experts at the fall. Come on friends get up now. You're not alone at all […]. And this part was for her. Does she remember?"

Greg Laswell. Comes and goes (in waves).

El paisaje era estremecedor por sí solo. No había playa, sólo algunas rocas y algunos hierbajos dónde debería haber arena… No llovía ni quedaba una pizca de viento por soplar esa tarde, pero aún así las olas iban y venían entre los acantilados en ese extraño atardecer en Gales. John Mitchell permanecía en el interior de un coche clásico, azul oscuro de tapicería roja, sin rasguños exteriores que fueran capaces de delatar su edad más allá de la marca vieja y el porte antiguo… y de lo gastado que seguro estaba internamente su restaurado motor. Le resultaba irónicamente gracioso: 'Porqué casi era una metáfora de él mismo'. Él que iba acompañado esa maldita tarde de alguien a quien siempre había conocido bien…

Ni siquiera lo miró al escucharlo hablar.

– Todo va a suceder mucho más rápido de lo que parece posible, hay células durmientes en todos lados… – relató Herrick des del asiento del copiloto – Europa, América, Australia. Solamente tengo que dar la orden, para que todo de comienzo.

John, o Mitchell cómo lo habían llamado todos toda su vida, alzó esta vez sí la cabeza… con la mirada aún fija en las olas y los ojos vacios de emociones. 'Había quedado atrás, muy muy atrás el hombre que pese a su condición aún esperaba llegar a recobrar su humanidad, aunque fuera mínimamente un día'. Ni siquiera lo sentía… no ahora… no en ese momento con Herrick al lado.

– ¿Qué hacemos aquí? – Preguntó el vampiro mayor, precisamente en ese momento. Nunca sabría si por entera curiosidad o sólo porqué al fin y al cabo buscaba que él hablase en ese instante. 'Su relación había sido extraña… cercana una vez, tan lejana pero igualmente entrelazada después: Vomitaría si sólo lo pensaba, pero ese hombre era algo así como el padre de la criatura horrible que él mismo había despertado hacía ya demasiadas décadas en su interior'.

Se permitió sonreír de lado, mover la cabeza con lentitud y en ese instante sí cruzar sus ojos con los de Herrick. – Ya verás. – Los dos eran monstruos, sólo eso. Pero para poder abandonar ese mundo, librarlo de John Mitchell, lo primero que tenía que hacer era asegurarse que no iba a irse solo. No dejando a esa criatura despreciable tan cerca de Annie y George.

– Creo que ya es hora que te explique el truco – continuó hablando no obstante Herrick en ese momento – Verás, si George me hubiese clavado una estaca, habría sido todo para mí. Es decir, nadie regresa de eso. Así que como que tuve la suerte de que solamente me arrancara la cabeza.

Todo la conversación no tendría sentido en un mundo racional. No en el lugar racional dónde la mayoría de humanos creían que vivían. 'Pero Mitchell era todo lo que había deseado oír durante semanas, todos esos días desde que Lia había arrojado pesadamente esa merecida y terrible profecía sobre sus espaldas'.

Negó con la cabeza y rió.

– Ya no quiero saberlo. – Confesó.

– Pero estuviste esperando esto durante meses.

– Sí – Asintió, aunque con ese gesto el gesto dolido y apenas sereno de su rostro no cambió – Y entonces mi mejor amigo me miró con despreció. Y me di cuenta de que esto tiene que terminar.

Herrick habló más a continuación, sobre el casi fin de la humanidad y el supuesto error de dejarse apresar por la policía a instancias de Annie, pero ya ni siquiera le importó. También dijo algo sobre sus planes a partir de entonces, buscando en el mapa una villa inglesa más allá de la frontera… un lugar en el que poner las cosas en orden y quizás dar un bocado antes de convertirla en su nueva capital.

Mitchell había tomado su decisión: – Tú me reclutaste – Explicó sin casi mover uno solo de sus nervios faciales – Me metiste en este… mundo increíble. Y sé que hice algunas cosas terribles… pero también vi cosas extraordinarias. Tengo más recuerdos de los que me merezco, Herrick. Y eso te lo debo a ti. Y entonces, a cambio, quiero darte esto.

El otro ni siquiera parecía entenderlo, aunque sonrió: – Mira este mundo. ¿Qué te hace sentir el saber que pronto todo esto será nuestro?

– ¿No lo entiendes? Siempre lo fue.

Y sin darse el lujo de dudar, Mitchell golpeó con una estaca a su creador… en plena puesta de sol. 'Allí dónde se suponía que un humano tenía que tener latiendo el corazón'. Lo siguiente sólo fue humo, cómo cenizas esparciéndose por el aire al abrir la puerta del coche… y por un momento, antes de enfrentarse a su propio final, se permitió caminar hacía las rocas. Pasándose la mano por el cabello revuelto, negro, húmedo y algo rizado… pensando en esa frase suya que una vez le había servido de amenaza…

He matado a más personas de las que muchos serían capaces de conocer en una vida –. Murmuró.

… Una vez antes de la masacre de los 20 del Túnel, había dicho exactamente eso con suficiente ligereza. En cambio ahora, pensarlo aún empeoraba las cosas en su interior. Ahora iba a morir para no tener que repetir algo así nunca jamás.

Porque sabía bien que aún sin la matanza del Túnel, él había sido… era un monstruo.

Sinne Fianna Fáil,

Atá faoi gheall ag Éirinn,

Buíon dár slua,

Thar toinn do ráinig chugainn,

Faoi mhóid bheith saor…

– Somos soldados que han jurado su vida a Irlanda. Algunos vinimos de un país entre las olas. – Repitió en inglés la letra que había resonado en su cabeza – Hemos jurado ser libres… – Y amargamente se rió. Ese ni siquiera era el himno de Irlanda en 1917, esa entonces sólo era la letra que alguien había escrito en un periódico en 1912. Irlanda no era ni siquiera el país – o no solamente – por el cual luchaba en esa gran guerra que lo había condenado: la guerra dónde Herrick lo había reclutado… cuando él, no siempre sólo Mitchell, a veces incluso John; era joven, humano y solía tener ideales.

La letra del himno volvió a su cabeza… esta vez con otra voz, con un ritmo entre divertido y algo ebrio que no tenía nada que ver con la solemnidad de una guerra. La visión de las olas delante suyo se mezcló entonces con el blanco, el naranja y el verde, sobre todo con el verde. Y una carcajada cómo si se tratara del viejo recuerdo de una campana se paseó por sus oídos. 'Conocía a alguien que se sabía esa maldita canción de memoria… cómo si fuera ella quien hubiese nacido en Irlanda'.

No la había amado, no en absoluto; no cómo amaba a Annie… ni cómo había amado una vez a Josie Hunter. Eso hubiera sido ridículo. 'Tampoco habría podido llegar a creer nunca que con ella pudiera realmente controlar su problema, no cómo había pensado que algo así funcionaría con Lucy' Eran demasiado parecidos: Rachel era del tipo capaz de arrojar un montón de piedras a mitad de su camino sin ningún motivo más que el de poder hacerlo, sonreír mientras confesaba haberse acostado con él creyendo que ese sería un brillante suicidio, y después escurrirse cómo el aire hacía cualquier otra dirección.

Rachel era una vieja foto de un par de veces de su no-muerte en el cajón, una vieja bandera de Irlanda desgastada por los años que una vez ella misma le había regalado sin más… 'Era esa chica de palabra rápida y acento difícil que había desaparecido tal y como había llegado. La joven pelirroja capaz de derrumbar el cielo por sí misma, salvarse en el proceso… y asegurarle sin reírse – a continuación – que él era quien acababa de salvarle la vida'.

Él… salvando vidas. Era tan contradictorio cómo absurdo. Y aún así había querido salvar a Annie no hacía tanto… había intervenido por George una vez (y todas las demás que su amigo le había necesitado también). 'Josie solía decir que de alguna manera también la había salvado…'. Y después estaba ella: Riéndose y asegurándole que le debía la vida… y algo más.

Unas pocas vidas no podían compensar todas las otras, todo el horror y todas las muertes. 'Él quizás hubiera sido una víctima una vez, cuando accedió a convertirse para salvar a sus hombres… pero no más allá de ese punto. No después de perder su humanidad'. Cualquier otra cosa que no fuera provocar muerte después de esa mañana de 1917, Mitchell creía ahora que sólo había sido una manera absurda y errónea de hacerle creer que él podía hacer el bien después de todo… que podía haber aún algo bueno en él pese al monstruo que nunca debería haber tratado de olvidar que era...

El monstruo que había masacrado ese tren con Daisy sólo unos meses atrás.

Había matado por Lucy, se decía entonces… 'Porque era un idiota que había emprendido la venganza por la traición de Lucy Jaggat de la única manera que su condición sabia'.

Bufó, agotado y culpable… demasiado cansado para buscar ya excusas, jugando sin querer con los guantes deshilados.

Esa misma mañana para más inri – después de acostarse con Daisy en una cama de sangre y desquicio – se había cruzado con Rachel Macclellan de nuevo, ocho años después de la primera vez. 'Había sido la única vez, des que la conocía, que su cabello le había evocado la sangre roja a la que nunca antes había pensado que se parecía. La única vez que habría podido atacarla… si ese capullo que la acompañaba no hubiera hablado antes'.

¿Hubiera podido evitar todo eso si – con todos sus problemas de carácter, risas e ironías – él hubiera sabido sólo un poco antes que Rachel estaba en Bristol, que irónicamente vivía allí? Era un pensamiento ridículo. Seguramente no.

Porque ni en su búsqueda por una razón que le impidiese recaer, ni si estaba simplemente obsesionado con la idea de enamorarse para que alguien lo hiciera mejor: ella no habría podido ser nunca algo más que esa chica extraña que, en el fondo, había querido ahogar (o abrazar de pura exasperación) cuando ocho años antes no había tenido reparos en decirle que, aparte de saber lo que él era des del principio, le había engañado de entrada con su edad. 'El recuerdo que guardaba de ella era ya demasiado parecido a otros, de fraternidad y amistad, que habían pertenecido a John… el de antes de la primera gran guerra, el de verdad humano…'.

Se quejó para sí mentalmente. Aunque ya tuviera 25 años, Rachel siempre tendría esos 17 en su cabeza. Había sido una niña… ¿en qué jodido momento había empezado a recordarle de verdad a su hermana?, seguía siendo igualmente una cría en su cabeza.

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– Bruja idiota…

Anders susurró dejándose caer al viejo sofá del apartamento de ella: un piso céntrico y pequeño, de aire y colorido bohemio. 'Una especie de zulo de techo exageradamente alto y moqueta azul, con muebles típicamente ingleses de segunda mano, cojines de colores por todos lados y el tresillo blanco más incómodo de – no estaba bromeando – la historia de la humanidad'.

Anders Johnson odiaba el clima de ese país… Y de Bristol, concretamente, odiaba la lluvia, el color gris de sus calles, el rio que atravesaba la ciudad, su humedad y la obsesión de Rachel por usar siempre sus absurdos y lentos autobuses. Ahora mismo ni tan siquiera conseguía recordar por qué motivo seguía allí.

'Oh, en verdad, sí se acordaba: Había perdido su vuelo, su maldita conexión hacía semanas por cierto asunto policial… y debería haber hecho ya que la policía y todo el maldito mundo olvidase su nombre, pero estaba ella y su tozuda manera de meterse en problemas. Y aunque pareciese absurdo, se había acabado sintiendo algo responsable de eso…'.

El porqué Bragi no ejercía la mínima influencia sobre esa chica… y no había podido convencerla de no entrar en ese vagón de tren, seguía siendo fuente de su propia curiosidad. Y de la inexplicable razón por la que seguía allí…

Lo que ambos habían visto al pisar ese tren a posteriori era del tipo de cosas que Anders Johnson ni siquiera contaba con vivir nunca. 'Debería haberse marchado de allí al día siguiente… Claro que debería haberse ido: Él era de los que se marchaba, cruzaba la calle sin remordimientos y no miraba atrás, por mucho menos'.

Recogió uno de los libros de ella del suelo y después bufó exasperado. 'Le había pedido que no se moviera de allí: Que hiciese el favor de olvidar la maldita cuestión del aún más maldito vampiro por esa única vez y mirase por su integridad ni que fuera porque no tenía sentido hacerse matar por un tipo al que apenas conocía…'. Era una actitud completamente estúpida.

'Estaba pensando en Rachel, de hecho, como si de verdad él sí la conociera…'. Anders suspiró molesto con la idea.

Ella también era casi una completa desconocida para él.

Pero hubiera sido por lo menos todo un detalle que le obedeciera mientras él estaba fuera, claro: Aunque fuera porque entonces habría podido pretender que Bragi servía de algo con ella… y eso sin duda iba a evitar que Anders se acabara involucrando más. 'Ir a Gran Bretaña había sido de entrada una mala mala idea… ¡Ese lugar le superaba!'. ¡Y ella le crispaba, maldita sea!

Miró otra vez a su alrededor. Quizás… simplemente estaba por volver. No, no era cómo si Rachel fuese a aparecer de repente sin ni siquiera hacer todo ese ruido que hacía al llegar. 'No si le había dejado la única copia de las llaves de casa debajo de la estera rota de la entrada'. El Yggdrasil seguía arrinconado contra la pared de la entrada y el portátil de la chica se había quedado encendido, pese a que no había dejado abierta ninguna página de Internet… no al menos alguna que le diera a Anders una pista de dónde podía parar.

Cada vez le gustaba menos ese asunto… y eso que ya había odiado toda esa situación des de un buen principio.

Algo cansado pasó sus manos por su cabello y se tocó de forma instintiva la barba – que se había dejado crecer lo bastante durante todo ese tiempo – antes de volver a dejar caer el libro al suelo.

'Si Anders Johnson valoraba algo por encima de cualquier otra cosa, era seguir estando físicamente integro'. Casi parecía ridículo tener que recordárselo a sí mismo a estas alturas. En vez de lamentarse y gruñir, tendría que abrir el puto navegador y comprar ya el billete a Nova Zelanda, el mismo que debería haber reservado de nuevo tiempo atrás…

Dio un vistazo al Yggdrasil. 'No había podido contactar durante semanas con su madre… pero seguía siendo extraño que su progenitora – o lo mucho o poco que quedaba de ella en Agnetha para el caso – no se hubiera puesto en contacto con él para darle prisa al respecto'. La última vez que habían hablado había quedado más o menos claro que iba a cumplir pronto su misión y de eso hacía un par de meses. Él mismo se había permitido algo de ambigüedad en la última de sus charlas por ordenador para tener tiempo de cerrar un pequeño negocio… y algo más… con una clienta potencial. 'Una que no tenía nada que ver con la inquilina cabezota de ese piso…'.

Su clienta había sido algo así como más del tipo que le habían puesto siempre. Multimillonaria, rubia, norteamericana y casada: 'Un gran negocio de representación para una nueva firma de ropa interior que pretendía hacerse un hueco en Auckland. O no…'. No le hubiera importado para nada enterarse que Zoe Brown sólo pretendía tirárselo, otra vez… puesto que a él también le había apetecido jugar un poco a ese juego des del principio. 'Especialmente porque alguien, además de un banquero aburrido de Nueva York, debía aprovechar más todo ese dineral invertido en pechos y glúteos perfectos que Anders había conocido en Oslo'. Era ese – y el negocio en forma de montones de dólares que parecía estar en curso para su pequeña empresa – el motivo por el que después de Noruega había decidido hacer escala en Londres (y de rebote allí) unos días, en vez de en cualquier otro lugar. Esperaba sexo, buenos contactos, más sexo y al final dinero. 'Aunque – así en general – en el país nórdico no hubiera estado perdiendo precisamente el tiempo en cuánto a un montón de mujeres…'. Sonrió de medio lado al pensarlo detalladamente.

Las cosas se habían más que torcido después.

– Se acabó – Murmuró – Esta historia ya no tiene ninguna gracia… Que haga lo que quiera. Yo me largo.

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– ¿Viste eso? – Annie leía en voz alta el periódico en su destartalada pero ya familiar casa de Gales mientras que George la escuchaba desparramado y destrozado mentalmente en el sofá – Los vecinos describieron a Jason Healey como un solitario de mal carácter… – Leyó y después cogió aliento –… pero incluso así se sorprendieron al descubrir que era el autor de la masacre de los 20 del Túnel. – Casi tuvo ganas de reír: – Supongo que ni la mitad de lo sorprendido que estaba él…

La fantasma de cabello rizado y ropas grises se sentía peor, mucho peor por dentro de lo que ni siquiera podía transmitir con ese suspiro cansado posterior. George levantó la cabeza sin decir nada.

– ¿Crees que Herrick está detrás de esto? – Preguntó entonces, consciente que pese a que ella misma había insistido a Mitchell en la necesidad de entregarse, los vampiros hacían las cosas a su manera para proteger el secreto de su misma existencia. No podía estar ya de acuerdo con eso… no al menos así. 'Los familiares de las víctimas de ese tren merecían como mínimo tener el consuelo de la verdad… o de saber encerrado al verdadero culpable por lo menos'.

– Es como dijo Mitchell – Corroboró al fin George – Los vampiros se encargan de sus cosas.

– Están en todos lados. – La sola idea asustaba de verdad. Incluso a ella que ya estaba muerta pero a quien por lo mismo, y después de haber conocido a Lia en el purgatorio, le aterraba lo que muchos de ellos podían hacer en la humanidad. – Quiero decir, son invisibles, pero tienen todo bajo control.

'Mitchell era otra historia… y aun así, precisamente por serlo, lo suyo era lo que más dolía'.

– Son como bacteria – Se reafirmó antes de centrarse en la imagen de Nina que trasteaba ya embarazadísima y recuperada del ataque de Herrick en la cocina. George fue un poco más irónico pero también un poco más abierto respecto a eso último. 'No superabas una transformación al mes, sin hacerte cada vez más fuerte…'. Habían tenido suerte esta vez.

– Nina va estar bien…

Pese al momento de pausa posterior, el tema no tardó demasiado en volver a la masacre del Túnel… y a los vampiros. A uno en particular.

– ¿Crees que deberíamos tratar de encontrar a Mitchell? – Se puso Annie de rodillas en el sofá mientras George miraba, ahora ya levantado, la calle solitaria a través de la ventana.

No iba a hacer falta.

– Creo que acabamos de hacerlo.

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John Mitchell acababa de llegar allí y hacía peor pinta incluso de la que nunca se hubieran imaginado. Llevaba el cabello húmedo prácticamente tapándole la cara, los nudillos de los puños blancos de tanto apretárselos, la ropa mojada y su mirada – que siempre había oscilado entre el verde mezclado y el marrón – totalmente perdida.

Esta vez Nina también iba a ser parte de esa charla, claro. Pero Annie estaba dispuesta a hacer de tripas corazón para ser la primera a afrontarlo. 'Antes incluso que George y que la otra mujer… a quien Mitchell nunca le había parecido lo suficientemente de fiar'.

La novia de George nunca había tenido una imagen buena de ese hombre, porque nunca había creído que el vampiro fuera lo suficientemente estable. 'Al final había tenido toda la razón…'.

– Mitchell – Habló Annie al mirarlo: – Sabes que no podemos volver a ser lo que éramos. Nosotros cuatro. Amigos… – Hizo un gesto para incluir a todos en esa sentencia con una sola mirada a George – Amantes… – Continuó después –…hacernos un té. ¿Lo comprendes?

Asintió callado.

– ¿Entonces qué quieres? – Fue después, ahora sí, Nina quién habló.

John Mitchell lo tenía claro. Y lo mostró al sacarse de entre las ropas una estaca que había llevado escondida de los acantilados hasta allí… aún con la sangre roja de Herrick en la madera.

– Quiero que George me mate.

Ni siquiera importaba si la profecía de Lia existía o no. 'John Mitchell estaba convencido que necesitaban pararle… porque si no, tarde o temprano, volvería a matar…'.

Lo miraron asustados.

Y Nina bufó cansada con una mano en la tripa. Estuviera de acuerdo o no – no iba a permitir que George cargase con otra culpa así, con más de ese dolor que el vampiro que tenían delante parecía ser capaz de esparcir sin final en los últimos tiempos.

– ¡No puedes hacerlo tú mismo porque eso no traería la suficiente angustia! – Se quejó. Acusándolo con los ojos brillantes, llenos de su propia desesperación. Hacer algo así iba a matar internamente a George. 'Había sido su mejor amigo… aún si después de cien años de sangre y muerte a su alrededor, John Mitchell no se mereciera ya una bondad cómo esa'. Tendría que bastar con eso: Era egoísta i retorcido pedirle más a George: – Incluso el suicido tiene que ser un trauma sangriento compartido –. Sentenció con rabia la chica rubia y bajita de gestos decididos, y cada una de las sílabas de esa frase fueron una dolorosa acusación: – Incluso para eso buscas arrastrarnos a todos en tu maldito drama…

Esta vez no había podido ser Herrick quien ocultase la autoría de sus crímenes. Así que... ni siquiera había una alternativa para Mitchell. No en ese momento.

No vaciló para nada.

– Alguien, quien sea que ha inculpado a otro tipo por los asesinatos del túnel, va a querer cobrarse su favor. Creedme. – Insistió – No me querréis aquí cuando vengan. No querréis haberme conocido. Esto esta incluso por encima de los límites de Herrick.

Él debía morir, se repitió una vez más. Y antes George tenía que desvincularse de él definitivamente. Aunque fuera así, de esa brusca y violenta manera. Porque George había sido el primero en sospechar… el primero que había escogido a su amigo antes que a su moralidad.

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Una chica pelirroja con un abrigo amarillo y botas altas se miró las manos antes de salir de ese callejón oscuro y ahora vacio e incorporarse caminando con normalidad a esa otra calle de Bristol, esta principal, aún temblando. 'Estaba viva… pero dadas las circunstancias, quizás haber sobrevivido a eso no era la mejor de las ideas'.

Intentó normalizar su respiración. '¿En qué maldito mundo era buena idea investigar una masacre que sabías hecha por vampiros?'. En ninguno claro. Y era peor si a medio hacer descubrías que el único vampiro del planeta que te caía bien [Ni siquiera pretendía recordar que se había acostado con él una vez], era también el principal culpable de toda esa muerte y de… No pudo continuar con el pensamiento.

La sola imagen de esos cuerpos, de las vísceras, conseguía enfermarla.

Se miró la punta de los dedos, sus uñas ligeramente pintadas con ese toque de purpurina naranja y tuvo la vieja sensación de poder ser inmensamente feliz si algún día tenía el valor de arrancarse las manos. Notaba la magia en sus dedos. 'Ese poder antiguo que una vez había querido pensar que sólo pertenecía a su abuela…'. La realidad era que ellas dos no eran únicas, ni siquiera especialmente poderosas.

Pero no sólo había magia hecha de chispas benignas y pequeños conjuros blancos en ese mundo. Entrelazó sus propias manos al pensarlo. También existía el descontrol de la misma magia, lo sobrenatural más espantoso. 'Y no, claro, ahora ni siquiera estaba hablando de vampiros u hombres lobo. Tampoco de jodidos dioses que sólo parecían ser un peligro con una falda de por medio'. Se quiso reír.

Tenía que conseguir llegar a la estación de tren y coger uno que la llevara a Barry, Gales, antes que anocheciera del todo. Iba a hablar con John Mitchell aunque él volviera a amenazarla esta vez. 'No tenía opción, porque estaba segura que ese hombre que – unos segundos atrás – la había asaltado junto con Daisy en el callejón, no era exactamente un vampiro vulgar…'.

Había creído muy seriamente esa tarde que ese sería su fin. 'Hasta que había notado toda esa electricidad en sus manos…'. Recordaba con detalle esa sensación que iba más allá de su control.

Cathel, su abuela, solía decirle que algún día iba a tener que dejar de huir de sí misma… 'Y aunque no fuera capaz de reconocerlo: Rachel sabía, que con los años, había ya conseguido focalizar y controlar mucha de esa energía que en pequeñas cantidades era más extraordinaria que peligrosa'. Había pasado mucho… mucho tiempo des del momento que había intentado elegir la racionalidad por encima de su magia. Y aún así, incluso entonces: Nunca había sido lo racional que el resto de personas parecían ser. 'Ni siquiera si ahora tenía una carrera… y había logrado unos meses atrás un puesto de trabajo medianamente serio directamente relacionado con su en teoría algo-poco-mágica profesión'.

Le gustaba lo que hacía y era buena en ello. Sin truco alguno. 'Aunque quizás había menospreciado, más que un poco, lo importante que era tener amigos cuándo trabajabas en un periódico, fuese este local o no…'. Esa era su otra historia, aunque en realidad formaba parte de su misma caótica vida: Con 25 años había conseguido ya ser vetada como redactora mínimamente considerada en la ciudad donde trabajaba. '¡Fantástico…!'. Su jefe le había felicitado tiempo atrás, y eso ni siquiera le había servido para no ser degradada después a esa sección absurda de gente guapa y consejos para la celulitis en la que se veía condenada a escribir ahora. Usando su magia probablemente le hubiera ido mejor.

'Ni siquiera tenía esperanzas de volver a escribir en la sección de política cuando el ahora ex-alcalde de Bristol simplemente la odiaba por haber destapado el mayor escándalo de corrupción que había conocido en años el sud-oeste de Inglaterra…'. Ese tipo había dimitido por su culpa y no iba a dejar de mover hilos para verla lejos de círculos políticos. Era un maldito cretino, prepotente y arrogante. Reconocía a ese tipo de tíos a millas de distancia.

Por eso mismo intuía que el vampiro del callejón era algo más importante que Daisy. 'Porque se había mostrado seguro, faltón y de esa misma pasta de la que parecían haber sido hechos Herrick y el humano ex-alcalde que tanto la detestaba'.

… Lo cual la llevaba directamente a su otra nueva preocupación. Era eso lo que principalmente había odiado de Anders al conocerlo. Toda esa pomposidad para venderles la entrevista con esa mujer insoportable que parecía haber tenido una tía-abuela o algo así relacionada con la ciudad. 'Por no hablar de su pequeño don'.

No aguantaba la arrogancia, se repitió. 'Cosa bastante irónica teniendo en cuenta quién vivía con ella ahora'. – Míster arrogancia kiwi… – murmuró.

Arrastrar a Anders hasta Bristol, porque decía querer darse a conocer primero en la ciudad dónde se había criado su tía-abuela, había sido seguramente "el peor sinsentido" de esa mujer llamada Zoe Brown… siempre según el egocéntrico punto de vista Anders Johnson, por supuesto. Aunque en verdad había sido algo un poco bizarro. 'Él había creído – al hacer escala en Inglaterra – que en verdad haría contactos en la City a través de la empresa del marido de la tal Zoe'. Rachel se permitió sonreír de medio lado sólo un instante con ese pensamiento: A Anders ni siquiera parecía haberle importado mucho esa estadounidense como clienta, pese a qué debía creer que ganaría dinero con ella. Y tampoco había parecido muy preocupado por el evidente engaño de llevarlo a Gran Bretaña y hacerle pagar las primeras facturas aún siendo (supuestamente) muy muy rica. Cualquiera hubiera visto antes que si la norteamericana había acabado intentado salir en un diario local era porque con anterioridad en Londres no debían haberle hecho ni el más mínimo caso… ni a ella ni a su colección de braguitas y sostenes. Al igual que ni siquiera debía haber encontrado antes una agencia que perdiera el tiempo en eso.

'Se podría pensar que esa mujer le había tomado el pelo de mala manera. Pero no… seguramente no'. En el fondo estaba segura que, después de descartar a Zoe Brown como clienta en firme – en algún momento entre su primera visita a Bristol y la sesión de fotos que nunca habían llegado a finalizar–, él sólo se había dejado llevar para tirarse esa mujer entre champagne y coca un par de veces más. Hubiera sido casi gracioso que el engañado fuera él con todo su porte ególatra y prepotente, después de todo. 'Aunque haber acabado dónde seguro no quería estar, rodeado de mucho menos glamur del esperado, tampoco le venía mal del todo al dichoso Bragi…'.

Hizo chocar la lengua con los dientes en un gesto incómodo.

Pese a esa observación, ahora mismo lamentaba no estar segura de no haberle metido en un buen problema sin querer. Todo se había complicado demasiado con los días: 'Después que ella hubiera tenido la genial idea de intentar recuperar su lugar en la redacción ocupándose de ese suceso en particular sin el permiso de su superior… obviando para más inri cualquier cita con la clienta de Anders para la completa exasperación de éste'. Estaba eso sí algo orgullosa de haber desarrollado un particular don para sacarlo de quicio.

Se pasó la mano por el flequillo largo de su cabello antes de avanzar. 'No tenía ni idea si el poder de Bragi funcionaba con otros seres sobrenaturales, no mientras siguiera encerrado entre piel humana, diría. Creía que no almenos, porque con ella no lo hacía y no había parecido hacerlo con Mitchell… Así que al menos esperaba que no hubiera más movimiento de vampiros en Bristol, hasta que ella hubiera conseguido hablar con el irlandés'.

Si John Mitchell no la ayudaba…

Con todo en la cabeza, con sus culpas y sus responsabilidades apremiándola para hacerse sentir peor, Rachel Macclellan deseó de repente que la tierra se la tragara sin más. 'Si por su culpa, por haber involucrado seres tan distintos en lo que al principio tampoco parecía para tanto, eso se convertía en algo muy muy gordo… No quería ni pensarlo'. Gritó ahogadamente un instante sólo para dejar escapar aire, haciendo que al menos un par de personas se giraran para intentar adivinar qué pasaba a su alrededor.

Esa tarde llovía, como tantas otras… y Rachel volvía a estar igual de perdida que una década antes.

Cerró los ojos un instante para intentar centrarse.

Había caminado y caminado esa tarde de diez años atrás, debajo de la lluvia fina e insistente de Londres. Y aún así, no había conseguido serenarse lo suficiente para parar. Sentía su cerebro casi en ebullición, con una y otra idea en la cabeza... con el miedo empapándola y su orgullo intentado no recordar que antes que verdugo, había sido sólo una niña asustada más: víctima de la más absurda de las circunstancias, del más increíble de los regalos genéticos que, en realidad, una chica de 15 años pudiera imaginar. No tenía que haber huido nunca de ese pueblecito a las fueras de Inverness. Pese a que, intuyendo dónde iba y para qué, ni tan siquiera estaba muy segura que su abuela Cathel fuera a intentarla buscar…

Lloró. Pero no se permitió hacerlo a la vista de todos, no aunque fueran sólo perfectos desconocidos que inundaban la calle de prisa y tráfico pero ni siquiera iban a mirarla.

Prefirió, en cambio, parar y fingir que observaba un aparador cualquiera, esconder la cara entre su pelo mientras tanto: rojo, mojado, enredado y alguna vez tan ondulado que podía incluso pasar por rizado con un poco de cura. 'Llevaba una bufanda aún más roja que su cabello... y ese abrigo desgastado y verde que su abuela Cathel solía recordar que había sido de su joven hija, de la difunta madre de Rachel'.

¿Qué iba a hacer sola en Londres una niña de 15 años? Sabía que si rebuscaba en su bolsa encontraría el dinero que Cathel se habría encargado que ahorrara un verano. 'Pero no era eso lo que permitía que una abuela cómo dios manda, una incluso dulce, no estuviera ahora mismo moviendo cielo y tierra para encontrarla'. Se había escapado, sí. 'Y aún así no había nada que escapara al entendimiento de Cathel... su abuela había imaginado antes que ese preciso día ella no estaría cuando la casa y el pueblo despertaran... y – cómo la misma Rachel – en el fondo había sentido entonces que su no-tan-pequeña escapada iba a ser lo correcto después de todo'.

Suspiró.

Y se permitió una media sonrisa amarga cuando se dio cuenta que era el aparador de una tienda de animales. 'En su casa siempre había habido pájaros y gatos...'. Aunque se preocupó un poco más al darse cuenta que había algo extraño en la manera cómo una pequeña tortuga había quedado flotando en el aire. Hizo un gesto brusco con la cabeza para intentar que todo volviera a la normalidad... y aunque tuvo miedo por un segundo más, agradeció que al menos esa vez no hubiera hecho saltar nada por los aires. 'En esa ocasión no había habido fuego ni explosiones... ni el cadáver de esa otra chica entre las rocas de ese acantilado...'.

Se cubrió enseguida la cara con las manos, para al final echar a correr. Iba a tener que aprender a controlar 'eso' antes que la controlará a ella... y por lo que parecía, su abuela – pese a su propia realidad – había considerado seriamente que era algo que al principio sólo podía hacer sola. 'O quizás no era eso lo que Cathel, su único tutor legal, buscaba de ella en ese instante: Quizás sólo había pretendido que se aceptará a sí misma, antes de volver corriendo a casa… a preguntarle a ella (¡por supuesto!) cómo iba a controlar ese poder que le recorría la punta de los dedos y le entumía la cabeza'.

Para disgusto de su abuela, nunca había vuelto de forma definitiva; no por más de unas pocas semanas cada otoño. 'Aunque siempre había querido encontrar una excusa para volver a Escocia – a cualquier otro lugar que no fuera ese pueblo – algún día…'.

La niña de quince años que había sido no se sentía mucho menos asustada que la chica de 25 que era ahora. Se sumergió en los recuerdos una última vez camino a la estación.

En aquél entonces – sola, perdida y en Londres – había sabido que iba a tener que mentir mucho para encontrar un lugar en el qué dormir... Y había sido consciente que seguramente no era buena idea confesar a nadie su edad si es que quería llegar a trabajar de forma segura en la vorágine de esa ciudad. 'De todas formas tampoco sabía que podría hacer ella para parecer mayor: en ese entonces era bajita, pelirroja, odiaba sus cuatro mil pecas (o algo así)... y no había manera humana que la estúpida combinación colorida de su ropa no la delatara cómo una niña tonta... y no precisamente muy acostumbrada a andar sola por el mundo'.

Por no hablar de su acento.

Su vida se hubiera podido perder, de hecho muy fácilmente, en el momento en qué agotada optara por dormir en la calle... o en qué simplemente algo o alguien se cobrara la vida que su insospechado poder había arrebatado sin ni siquiera proponérselo.

Sobrevivir las primeras semanas sin un rasguño, y sin el menor control de su magia, había sido un milagro. 'Y con el tiempo había dejado de culpar a su abuela por ese pequeño detalle que le recordaba que a ella ni tan siquiera le había importado si, en el proceso de llegar a conocerse a sí misma, Rachel acababa dañando a alguien más sin querer'.

No estaba segura de haber podido vivir con ello.

En el presente, el dominio de su magia era ya el último de sus problemas. Algo que a la fuerza había aprendido con los años: Aunque no podía exactamente llamar control a eso que acababa de pasar en el callejón…

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– Dejar que se vaya también es una decisión – Dijo Annie llorosa – Podría ser la correcta, pero sin dudas es una decisión, y si la tomamos, está bien. Pero habrá consecuencias.

Nina dudaba: – Si vuelve a matar…

– Es porque lo dejamos salir de esa casa.

Las chicas parecían haber llegado a una conclusión y sin embargo George aún dudaba.

– ¿Qué tal si huyes… a Escocia? – Le sugirió sin pensarlo mucho al volver a afrentarlo. 'Había mencionado Escocia cómo podría haber hablado de otro lugar, sin pensar que algún día podría incluso recordarse a sí mismo diciendo eso con ironía… Él mismo había sido convertido allí'. Era un territorio lo suficientemente extenso, con zonas poco pobladas en las Tierras Altas.

– Entonces mataría gente en Escocia.

– ¿Y qué tal si te encerramos en el ático?

– No tuvimos mucho éxito con eso.

– ¿Qué tal si te perdono? – Un muy muy cansado George Sands gastó su último cartucho con esa sugerencia.

– No tienes derecho a hacerlo. No hice daño a nadie que conozcas.

No parecía haber ninguna salida.

– ¿Intentas salvar mi alma?

– Ha quedado comprometida, George. Te usé. Usé tu amistad. – Llevaba ojeras y los ojos prácticamente cerrados, enrojecidos y oscuros pero no de una manera sobrenatural. Iba a provocarle si eso hacía que George lo matará: – No es nada personal, fue un medio para un propósito… Jugué contigo.

George no iba a caer de todas maneras.

– Cuando subí a ese tren – John presionó un poco más – tu bien podrías haberme acompañado y haberme aguantado el abrigo.

Era más que suficiente.

El hombre lobo, que durante todos los restantes días del mes sin luna llena, era ese chico frágil y alto que ahora se enfrentaba a su mejor amigo, gritó.

– ¿Tu realmente, realmente, quieres que me crea todo esto?!

– No… – Ahora ya lloraba abiertamente – No, dios, no. Por supuesto que no. Puedo ver sus rostros, George. Por favor. No solo de la gente que maté, también de la que sé que algún día voy a matar. Estoy tan asustado… ¡Quiero arrancarme los ojos! La próxima vez quizás sea otro tren, o una escuela – Cayó de rodillas con el cabello en la cara, mostrándose más vulnerable y pequeño de lo que sus compañeros lo habían visto jamás – Por favor, George. Por favor, tienes que detenerme. Y si no puedes hacerlo por mí, tienes que hacerlo por ellos. Por favor.

Era el final… o se parecía mucho a él.

George lo ayudó a alzarse y un momento después de ponerle la estaca en la mano, realmente intentó decirles cómo de importantes eran para él. Porque todo eso – como Mitchell intentó decir a continuación – hubiera pasado igualmente, sólo que sin ellos hubiera sido un poco antes y mucho peor. El monstruo lo habría ganado tarde o temprano. 'Lo habría ganado antes sin George… y sin Annie, que ya era a esas alturas el amor de su larga vida…'. Fue completamente sincero al decírselo.

Le pidió también a Nina que cuidará a George y al bebé. – Supongo que al fin estoy haciendo lo correcto.

– Entonces esto es lo que recordaremos… – Le aseguró la joven enfermera en ese instante, momentos antes que Annie le besara.

Él se quitó la chaqueta y se abrió la camisa… pero ni siquiera estaban preparados para lo que iba a venir a continuación.

George alzó la estaca.

Hubiera esperado la interrupción de uno de los Antiguos… de alguien que aún creyera en los planes de Herrick pero de una forma mucho peor, puesto que ellos tenían el verdadero poder. Pero cuando la puerta voló por los aires, no fue ninguno de ellos quien apareció.

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