Capitulo 2
Después de hablar con Kyung Soo, me había quedado bastante curioso acerca de esa persona. Ese amor que sentía por un desconocido al que apenas había visto, realmente no podía comprenderlo en lo más mínimo. Sólo sabía que era un sunbae que había conocido en la facultad de medicina en la que él estudiaba. Pero ni el mismo D.O, conocía su nombre asi que como podría encontrarlo y ponerlo a prueba. No iba a ser nada fácil. Sin embargo, no dejaría que esto se me escapara de las manos. Ni loco permitiría que nadie lastimase a mi amigo.
Estos sentimientos realmente me disgustaban, -¿Sería que Kyung Soo significaba más que un simple amigo para mí?- las suposiciones que se producían en mi cabeza me daban arcadas, por lo que fui corriendo al baño y me senté junto al inodoro. Pero no vomité, porque esas sensaciones fueron puramente generadas por mi mente.
Decidí aclarar las ideas en mi mente. Ese tema podría reflexionarlo en otro momento.
Recordé que se me hacía tarde para ir al trabajo, así que salí del baño y fui a prepararme el desayuno. Una vez que había terminado de cocinar, miré el reloj de pulsera que llevaba en mi muñeca izquierda. Este marcaba las ocho y media, por lo que me atraconé una de las tostadas que reposaban en mi plato.
Mi madre que me observaba detenidamente, se acercó para darme mi portafolio.
-Los hábitos nunca cambian- dijo mientras me entregaba mi material de trabajo.
-OK, ya sé, ya sé- contesté luego de exhalar un suspiro de irritación. Yo sabía que mi forma de comer era apresurada, pero no tenía porque ponerlo en evidencia todas las benditas mañanas -Debo irme ahora mismo. Después hablamos- agregué luego de darle un beso en la mejilla.
Cuando estaba apunto de salir de casa, mi madre me frenó.
-¡Espera Suho!- exclamó rápidamente, antes de que cerrara la puerta de calle.
-¡¿Y ahora qué?- grité ya totalmente frustrado. No iba a llegar tarde, sino tardísimo.
-¿Te sucede algo?- preguntó ella con un gesto de preocupación.
-¿A qué te refieres?- contesté también con una pregunta.
-No sé- ahora me estaba dando ansiedad -Te veo muy pálido. ¿Te sientes bien?- agregó por fin, después de unos segundos interminables.
-¡Ay mamá! ¿De qué hablas?- ya esto había superado mis limites. Todos los días me preguntaba lo mismo. Ya era una rutina insoportable -Estoy bien, igual que siempre- dije al tiempo que cerraba la puerta. No pensaba darle más charla.
Una vez que llegué al trabajo, tuve que idear alguna excusa que decirle a mi jefe por llegar tarde. Otro sujeto odioso en mi vida, pero no quería darle muchas vueltas al asunto, así que me dirigí decididamente hacia su oficina. Éste se encontraba estudiando metódicamente unos casos que nos habían dejado el día anterior.
Cuando se percató de mi presencia, giró su silla de escritorio, quedando de espaldas a mí. Sinceramente no me importaba que me mirase, pero no toleraba su soberbia, por lo que me planté a su lado y giré su asiento.
-Yo sé que no tengo un pretexto por haber llegado a esta hora- dije al fin, y me detuve unos segundos para ver si reaccionaba. Sin embargo, éste no lo hizo. -Si usted lo pide, me disculparé- terminé agachando la cabeza. Solía ser muy orgulloso, pero dependía de este trabajo. Por este motivo, no podía darme el gusto de liberar mi ira contenida.
-Es lo mínimo que deberías hacer- dijo con un tono muy descarado -Si no fuese porque eres un gran secretario ya te hubiese echado, ¿entendiste?- al menos él era consciente de mi esfuerzo y capacidad.
-No se preocupe, no volverá a repetirse- acabé y me dispuse a salir de ese sitio infernal.
-El que debería preocuparse es usted- dijo por última vez junto con su risilla repugnante. Sus últimas palabras, fueron el complemento que faltaba para colmar mi paciencia. Esto produjo que el cuerpo se me tensara y, que mis puños al cerrarse tan fuertemente hicieran que mis uñas se claven y lastimen mi piel.
Gracias a un empleado que apareció justo a tiempo, y si no fuera porque me encontraba de espaldas a él, lo hubiese asesinado despiadadamente.
De una vez por todas salí de ahí y me dirigí a mi sector de trabajo el cual se encontraba a unos pocos metros de la oficina en la que me encontraba. Esto resultaba muy útil para mi jefe, que se aprovechaba de mí exigiéndome hacer mandados de aquí para allá.
Cuando estaba por sentarme, sentí una fuerte punzada en el pecho, exactamente en donde se encuentra el corazón. -¿Qué me esta…sucediendo?- dije en un susurro entrecortado, mientras con la mano derecha me agarraba justo en ese sitio, intentando extraer el dolor que me estaba produciendo. En cambio, la izquierda intentaba sujetarse fuertemente al escritorio para no perder el equilibrio, lo que resultó inútil porque caí al suelo. Sin darme cuenta, empecé a perder la noción del lugar en el que yacía y de un momento a otro, me hundí en una profunda inconsciencia.
Al despertar de lo que parecían días y no horas, me percaté de que me encontraba dentro de una habitación de hospital.
-¿Qué estoy haciendo aquí?- me pregunté a mi mismo al tiempo que intentaba recordar que había sucedido antes de desmayarme, pero todo estaba muy difuso. Por más de que tratase de dilucidarlo, me era imposible. Mi cabeza, en ese instante, estaba completamente en blanco y el querer resolverlo me estaba causando mucha molestia.
Al poco tiempo, se abrió la puerta y apareció mi madre con un gesto de consternación en el rostro.
-Mama, ¿Por qué estoy en un hospital?- pregunté antes de que ella notase que me había despertado -¿Y qué son todos estos cables que salen de mi cuerpo?- ante el interrogatorio y la ansiedad que mi madre sintió por mi parte, cambió radicalmente la expresión en su rostro.
-Quédate tranquilo hijo- dijo suavemente intentando calmarme -Pronto vendrá el médico a decirnos que no pasa nada y que podremos irnos…- sus palabras no me engañaron ya que su voz se había quebrado antes de que terminara la frase- pronto ya verás.
Había algo que me inquietaba aún más, que el modo en el que hablaba. Me detuve a inspeccionar su rostro, que parecía contemplar las divisiones de los zócalos del suelo y por fin me dí cuenta. Era la expresión que hacía cuando me ocultaba algo.
-¿Hay algo de lo que no me he enterado?- pregunté demandante. Sabía que no sería fácil sacárselo, pero debía al menos intentarlo.
-No sé de que me hablas- dijo con gesto despreocupado, pero con cierto tartamudeo en la voz.
-Si que lo sabes- declaré, pero antes de que pudiese decir algo más, alguien tocó la puerta. -De la que te has salvado- pensé mientras ella se alejaba de mi cama para dejar pasar al inoportuno. Éste llevaba una bata, por lo que supuse se trataba de un médico.
Se acercó a mi madre y le dijo:
-Tendremos que trasladarlo- dijo secamente sin ningún miramiento.
-Eh… ¿Podríamos hablar fuera?- preguntó ella, un tanto molesta y fulminándolo con la mirada. Él no llegó a contestar, ya que mi madre lo estaba sacando de la habitación a empujones.
Ya no tenía que meditar más nada, por fin lo había comprendido. No necesitaba que mi madre me lo dijese. Si me lo escondía era porque iba más allá. Esta recaída, no era tan insignificante como un pico de estrés, sino que se trataba de algo que estaba acabando con mi vida poco a poco. Entonces, fue en ese momento que recordé que había sucedido antes de perder el conocimiento. Ese agudo dolor en el pecho.
Había una sola cosa que deseaba saber -¿Cuánto tiempo me queda? ¿Años? ¿Meses? , o tal vez...- fue lo último que pensé antes de entrar en un estado de shock.
Salí de mi pesadilla, al instante en que mi madre entró en mis aposentos. Sólo aguardaba que me diese las malas noticias. Pero éstas no llegaron, ya que mi madre se inventó la excusa de que debíamos trasladarnos de ciudad para hacerme estudios intensivos por no saber que tenía. Pero a mi no se me escapaba nada. De todas formas, no quería hostigarla demasiado asi que me hice el ignorante.
Al anochecer, cuando ésta finalmente me dejó para que descansara, no pude controlarlo más. Lo que había comenzado siendo un sollozo, se convirtió en un llanto sin remedio. Nunca me había sentido tan desdichado en mi vida, por lo que fue una larga noche en la que no pude pegar ojo.
