Accidentes
Romano se echó un poco de perfume en el cuello y las muñecas, se pasó el peine por el pelo hasta dejarlo como más le gustaba, y se miró en el espejo de su enorme vestidor para comprobar lo bien que le sentaba su nueva (y cara) camisa de la última colección de su diseñador italiano favorito, elegir aquella prenda en rosa pálido había sido todo un acierto ya que hacía destacar como nunca el color de sus ojos. Y es que si por algo destacaba Romano era por su buen gusto y fabuloso estilo a la hora de vestir.
Le guiñó un ojo de forma seductora a su reflejo y sonrió satisfecho, tenía una cita con España y estaba más que seguro de que el español se quedaría boquiabierto en cuanto lo viera. Se echó la chaqueta sobre el hombro y bajó al salón dispuesto a marcharse.
Lo que no esperaba Romano era encontrarse que el suelo del salón estuviera empapado en agua porque su hermano, Italia Veneciano, le hubiera dado una pasadita con la fregona antes de marcharse por ahí con sus amigos Japón y Alemania. Y es que si por algo destacaba Romano era porque no solía hacerle ni puto caso a su hermano cuando éste le hablaba, como cuando le había informado apenas unos minutos antes de que había fregado el suelo.
De modo que en cuanto los nuevos y relucientes zapatos que calzaba el italiano tocaron el pavimento húmedo resbalaron, provocando que Romano se desestabilizara y patinara, pero por suerte consiguió mantener el equilibrio adoptando una postura un tanto extraña con los brazos extendidos y las piernas muy abiertas y flexionadas. Suspiró aliviado.
No obstante, tenía que recuperar una postura menos ridícula y más cómoda, así que, tras maldecir a su hermano por haber fregado el suelo justo cuando él iba a salir, apoyó una mano en el suelo mojado y fue acercando una pierna a la otra muy lentamente para recuperar la verticalidad.
Por desgracia, no lo consiguió. Perdió el equilibrio y, mientras hacía aspavientos y soltaba maldiciones a diestro y siniestro, resbaló de nuevo dando varios pasos hacia adelante. Habría podido recuperar el equilibrio entonces de no ser porque "algo" se lo impidió. Y es que si por algo destacaba Romano era porque cuando había un obstáculo en su camino, por muy pequeño que fuera, él lo encontraba y tropezaba. Y en aquella ocasión el obstáculo pequeño no era precisamente, se trataba del cubo de la fregona lleno de agua. Desastre asegurado.
Tropezó con el cubo, lo tiró derramando todo el agua que contenía, y él fue a chocar de bruces contra una enorme estantería llena de libros y figuritas chorras cubiertas de polvo, cayó al suelo y se le vino encima el mueble con todo lo que había en él. Lo único que tuvo tiempo de hacer fue darse la vuelta y protegerse la cabeza con los brazos.
Cuando dejaron de caer libros encima suyo y a su alrededor, Romano apartó los brazos de su cabeza. Le dolía todo el cuerpo, se había dado un buen golpe en la cabeza y le estaba saliendo un chichón, también se había golpeado en el trasero al caer, y además tenía algunos cortes en las manos y en los brazos por culpa de las figuritas que se habían partido al chocar con él o que se habían reventado contra el suelo, pero eso apenas tenía importancia, la pesada estantería que lo estaba aplastando le preocupaba algo más.
Con cuidado de no clavarse algún trozo de porcelana, apoyó las manos en el encharcado suelo para tratar de salir, pero no podía por más que se esforzara, ¡estaba atrapado bajo el peso de la estantería! Maldita sea, ¿cómo demonios era posible que le estuviera ocurriendo aquello?
―¡Venga ya! ―dijo mientras se esforzaba por liberarse―. ¡Tengo que irme, maldita sea!
Las manos se le resbalaron y su torso cayó contra el suelo, salpicando el agua derramada. Un sutil olor a lejía alcanzó las fosas nasales de Romano, ¡el idiota de su hermano le había echado lejía al agua para limpiar!
―¡Oh, mierda! ¡Mi camisa nueva!
Genial, su preciosa y cara camisa nueva estaba empapada en agua con lejía, su próximo uso sería como trapo del polvo, ¿por qué había tenido que sufrir un destino tan cruel aquella hermosa y delicada prenda?
Romano iba a matar a su hermano, sin duda, le iba a hacer pagar bien la desgracia que estaba sufriendo. Aunque para ello primero tenía que conseguir salir de debajo de aquella estantería, cosa que no resultaba nada fácil, y eso que el italiano lo estaba intentando con todo su empeño, pero de nada le servía tanto esfuerzo, empezaba a agotarse.
―¡Maldición! ―gritó al borde de las lágrimas―. ¡Que alguien me ayude, joder!
Nadie lo escuchó.
Estaba solo, golpeado y tirado sobre el suelo mojado con una estantería encima, ¿acaso podía sucederle alguna desgracia más? Ah, sí, tenía una cita con España a la que, por motivos obvios, no había podido acudir. Seguro que el español pensaba que lo había dejado plantado y se largaba a su casa… o alguna lagarta aprovechaba para meterle cuello al encontrarlo solo y deprimido. Joder, ¿por qué demonios tenía que salirle todo tan mal? Ni siquiera gritar de frustración le sirvió para desahogarse. Todo era inútil, tenía que resignarse a esperar.
No supo cuánto tiempo llevaba tirado en el suelo, pero era de noche y la oscuridad hacía rato que había invadido el salón cuando escuchó el sonido de una llave abriendo en la puerta principal.
―¡Ayuda, maldita sea!
―¿Roma?
Aquella era la voz de España, había ido a buscarlo, ¡bendito el momento en el que le dio una copia de las llaves de su casa!
―¡España, ayúdame! ―gritó Romano―. ¡Estoy aquí atrapado, bastardo!
España encendió la luz del salón y se quedó boquiabierto en cuanto vio al italiano, ¡Romano estaba herido y atrapado! El español reaccionó de inmediato. Corrió hacia el accidentado y levantó la pesada estantería, liberando el cuerpo de su querido italiano, que se arrastró un poco hacia adelante, pero le dolía todo el cuerpo y le costaba moverse, estaba demasiado agotado.
España lo ayudó a levantarse y, viendo la poca estabilidad que parecía tener, lo cogió en brazos. El italiano no se molestó en protestar, no le apetecía, así que rodeó el cuello del moreno con sus brazos y dejó que lo cargara a su habitación. El español tomó asiento en la cama sin descargar a Romano, al que sentó sobre su regazo.
―¿Qué ha pasado, Romano? ―preguntó España acariciando suavemente la cabeza de su antiguo secuaz―. ¿Cómo has acabado empapado y atrapado debajo de una estantería?
―Ha sido culpa del idiota de mi hermano, maldición, que se pone a fregar el suelo en el momento más inoportuno y se deja las cosas por medio ―se quejó el italiano―. ¡Casi me mato, joder! Y encima mi camisa nueva ha quedado destrozada, maldita sea.
La camisa estaba empapada y llena de parches desteñidos a cuenta de la lejía.
―La camisa es lo de menos, Roma, siempre te puedes comprar otra. ¿Te has hecho mucho daño?
―Se me ha caído una puta estantería encima, ¿tú qué crees? ―espetó sarcástico, quizás demasiado sarcástico para estar dirigiéndose a la persona que le había ayudado. Y es que si por algo destacaba Romano era por su carácter irascible que salía a la primera de cambio, aunque luego se templara y se diera cuenta de que se había pasado de la raya. Se encogió un poco entre los brazos del español, echándose más sobre él, e hinchó los cachetes―. Las estanterías me odian.
―¿Eh? ¿A qué viene eso?
―A que cuando vivía en tu casa de pequeño y me ponía a limpiar, los malditos estantes de libros se iban al suelo apenas los rozaba y se armaba un desastre del que siempre me culpaban a mí, maldición. No era culpa mía que los malditos muebles estuvieran en mal estado. Tuve suerte entonces de que no se me cayera ninguno encima.
―Creo que si cuando eras pequeño te hubiera encontrado debajo de una estantería como hoy me habría muerto del susto.
―¡No exageres!
―No exagero, Roma, lo extraño es que haya conseguido mantener la calma cuando te he visto en el suelo. Te aseguro que casi me da algo al encontrarte así.
Romano esbozó una pequeña sonrisa y se apegó más al español.
―Cómo me jode que se nos haya arruinado la cita ―comentó el italiano agachando la cabeza con vergüenza.
―Los accidentes ocurren, Roma. No le demos más importancia, ya tendremos otra cita otro día.
―¿Y cómo es que se te ocurrió venir aquí? ―preguntó Romano curioso―. Pensé que creerías que te había dado plantón.
―¡En ningún momento creí que me hubieras dado plantón! Al principio simplemente pensé que llegabas tarde y te esperé, pero cuando vi que tardabas más de lo normal me preocupé un poco, así que te llamé por teléfono, pero tu móvil no daba señal.
Romano recordó entonces que llevaba su móvil encima, metido en el bolsillo de su pantalón. Lo sacó y descubrió la razón por la que no daba señal: estaba mojado y tenía la pantalla rota. Genial, una víctima más junto a su camisa rosa de aquel maldito y estúpido accidente.
―Ahí ya me preocupé muchísimo más ―siguió España―. Llamé a Italia y me dijo que te estabas arreglando cuando él se marchó, así que decidí venir aquí por si te encontraba. Y menos mal que lo hice.
Romano sonrió y se abrazó a España, que le dio un suave beso en su adolorida frente.
―Anda, vamos a curarte esas heridas y a preparar un buen baño para que entres en calor, ¿sí?
Romano asintió contra el pecho de España, se abrazó a su cuello y alzó la cabeza para unir sus labios con los del moreno en un tierno beso que expresaba toda la gratitud que sentía en ese momento. Y es que si por algo destacaba el italiano era por expresarse mejor a través de sus gestos que por sus palabras, sobre todo cuando estos estaban dirigidos a aquel español con el que sabía, sin temor a equivocarse, que podía contar siempre.
