Capitulo uno. Recuerdos.
Bella
Acababa de acostar a Cindy. El día había sido bastante agotador. Trabajar en aquel bar de mala muerte me dejaba muy cansada al final del día. Me senté en el viejo y único sofá que había en el pequeño apartamento donde vivíamos y encendí la pequeña tele del mueble. A esas malditas horas, tan solo hacían programas de cotilleos, de cocina y tele tienda. Odié todo en ese momento. ¿Por qué no hacían una buena película?
Después de ver cómo trataban de vender un robot de cocina durante más de media hora, mi vista se fijó en un montón de sobres que había sobre la coja mesa del rincón. Me levanté despacio y caminé hasta la esquina. Todos aquellos sobres eran facturas y más facturas que pagar.
Entre aquellos sobres, estaba la respuesta del seguro. Lo abrí con manos temblorosas. Aquello no me iba a devolver a mi familia, pero al menos me ayudaría a criar a mi hija. Hacía ya año y medio de aquel fatídico accidente donde tan solo mi hija, un chico moreno y yo habíamos sobrevivido. Saqué la hoja y empecé a leer.
Mis ojos se anegaron en lágrimas cuando el resultado final destrozó mi alma. Primero de todo, al no estar casada con Jake, las tierras y la casa de sus padres, había sido heredada por su hermana Leah. La parte proporcional que le tocaba a mi hija, no sería factible hasta que Cindy tuviera la mayoría de edad. Ningún seguro de mis padres me había dado más de seis mil dólares. Y ahora la compañía se declaraba en quiebra y no podría pagarnos la indemnización.
Aquello me dejó completamente devastada. Aún no entendía que había hecho yo para merecer aquello. Apenas podíamos subsistir con el poco sueldo que ganaba en aquel bar de carretera. Me solía levantar una hora antes que mi hija de dos años y medio. Después de ducharme en aquella ducha de plato con agua calentada en una cazuela, me vestía y la despertaba para llevarla a la guardería.
A las ocho y media dejaba allí a Cindy y me iba a trabajar al bar Bloddys. La dueña era una carcamal que tan solo pensaba en el dinero. Cada vez que llegaba tarde por algo, me aumentaba media hora más sin pagarme. Desde las nueve que entraba hasta las cuatro de la tarde, no dejaba de atender a camioneros y gentuza maleducada. Cuando salía de allí, me iba corriendo a por mi pequeña. De los novecientos dólares que ganaba al mes, me gastaba trescientos en su guardería. El resto tan solo era para comer y pagar.
Abrí el resto de las facturas y volví a llorar al ver que me iban a cortar el agua si no pagaba en quince días. Me levanté del pequeño sofá y abrí el armario donde guardaba el dinero. Debía pagar el agua. Ese mes no me compraría la ropa que me hacía falta.
Dejé la carta sobre la mesa y las facturas sobre la mesita de la esquina y decidí irme a dormir. Caminé despacio hasta la pequeña habitación y abrí la puerta. Odiaba dormir allí, ya que solo tenía una cama en todo el piso y le quitaba espacio a mi pequeña. Después del accidente de avión, me embargaron el apartamento donde vivía con Jake y la casa de mis padres pasó a ser del banco al no poder pagar la hipoteca.
Me acosté al lado de mi pequeña una noche más y cerré mis ojos para olvidar un rato mientras estaba en los brazos de Morfeo. A las siete en punto sonó el despertador como cada mañana. Para mí no existían los fines de semana. Me levanté y fui directa a la cocina. Después de tomar un zumo para el desayuno, calenté agua y me dirigí al baño. La ducha esa mañana no hizo nada en mí, pues estaba aún muy nerviosa debido a la carta que había recibido la tarde anterior.
Me vestí con unos vaqueros y mi camiseta negra del bar. Entré en la habitación y desperté a mi pequeña. Los fines de semana, dejaba a mi hija con Alice. Ella era una chica fuera de lo normal. Alice trabajaba en una tienda de modas cerca de donde vivíamos. Ella y yo nos conocimos hace un año y medio cuando vine a vivir aquí.
No dejaba de llover aquel día y me olvidé las llaves dentro del apartamento. Estaba sentada en el escalón con mi hija entre mis brazos para que no se mojara, cuando ella apareció con sus cabellos negros revueltos y una gran sonrisa en sus labios. Ese día nos llevó a su apartamento. Ella vivía muy bien. Alice provenía de familia adinerada. Y la verdad es que, aunque me costara admitirlo, gracias a ella mi hija tenía buena ropa y los fines de semana la llevaba a sitios que yo jamás podría llevarla.
Después de arreglar a Cindy, caminé hasta la casa de Alice. La pequeña duende abrió la puerta con una sonrisa en sus labios y mi hija se tiró a sus brazos.
-Nenas, tita Ali.- Mi hija le dio un beso en la mejilla.
-Buenas, pequeña princesa.- Alice le devolvió un sonoro beso y después me dio otro a mí.
-Pasaré a la hora de siempre.- Me giré sobre mis talones.- Hasta luego, Alice.
-Hoy vuelve Jasper. Nos la llevaremos a la feria.- Jasper era el marido de Alice.
-Está bien, pero no la consientas demasiado.- Le dije en tono cansado. Siempre le compraban lo que ella quería.
-Bella, sabes que no puedo negarle nada a mi sobrina.- Alice rió mientras cerraba la puerta.
Baje las escaleras recordando la charla que vendría cuando llegara de trabajar. Los fines de semana, trabajaba turno doble. Así que hasta las nueve de la noche no vería a mi princesita. Siempre trataba de ocultarles mi falta de dinero. Durante todo este tiempo, jamás habían venido a mi apartamento. De ahí que yo siempre alegaba que estaba lejos, aunque eso fuera mentira.
Mientras caminaba hacía el bar, pude observar una vez más en el kiosco del pueblo las revistas del corazón. Allí en la portada estaba él. A mis casi veinte años, debía reconocer que estaba enamorada de un imposible. Desde hacía un año, veía cada mañana su rostro en las revistas y había visto alguna que otra película en la tele. Hacía tan solo un mes que se había estrenado su última película en el cine y debía admitir que aquel joven levantaba pasiones allá donde fuera. Desde la primera vez que lo vi en las revistas y la tele, me enamoré de él.
Miré por última vez su foto en la portada y seguí caminando hacía mi puesto de trabajo. Aquello era soñar muy alto. El simple hecho de estar en una presentación de sus películas ya sería un sueño. Al llegar al trabajo, la señora Bloddy me ordenó enseguida que atendiera la mesa siete. Aquella mesa la odiaba, ya que siempre era el mismo hombre y siempre me tiraba los trastos o trataba de meterme mano. Y como buena camarera no podía quejarme, en aquel puesto no.
Durante el resto del día, atendí las mesas y vi un rato la tele mientras comía una asquerosa hamburguesa. Nada más enfoqué mi vista en la tele, lo vi. Parecía que el destino no quería dejarme en paz. Sus ojos verdes llenaban la pantalla y su sonrisa iluminaba la sala como si fuera el mismo sol. Me quedé embobada viéndole en la pantalla. Sentí un golpe en mi nuca y al girarme vi al hijo de mi jefa.
-Sueñas demasiado, Swan.- Su risa inundó la cocina.- Una persona como él nunca se fijaría en una muchacha desgarbada y con una hija como tú.
-Nadie te ha pedido tu opinión.- Me levanté de la mesa, tiré el resto de hamburguesa y salí a atender las mesas.- Si fuera mujer tampoco se fijaría en ti.- Le solté antes de cerrar la puerta.
James era algo asqueroso. La verdad es que a sus catorce años solo pensaba en faldas y en dinero. Pasado mi turno de trabajo, caminé hasta la casa de Alice a recoger a mi princesa. Al llegar me llevé un gran disgusto. Jasper tenía que volver a Los Ángeles por trabajo y Alice se iba con él. Sólo les quedaba una semana para estar en Forks.
Durante el resto de la semana, al acabar mi turno de trabajo y recoger a mi hija, me iba a casa de Alice a ayudarla a empacar sus cosas. El último día que estuve allí, me enteré que su cuñada Rosalie Hale era la nueva actriz que acompañaría a Edward Cullen en su nuevo proyecto.
-Entonces dices que Jasper trabaja como representante de su propia hermana.- Le dije a mi amiga.
-Si.- Alice metió una camiseta en una caja y me sonrió.- Él trabaja en la compañía Apple. Mi hermano trabaja en la seguridad de esa empresa. Bueno, así nos conocimos Jasper y yo.
-Espera que me aclare.- Le dije soltando un pantalón en la cama.- La hermana de Jasper es actriz y modelo.- Ella asintió con la cabeza.- Jasper es su hermano y su representante. ¿La empresa de modelos Apple es de Rosalie?
-Sí, la empresa es de ella.- Alice me sonrió.- Mi hermano trabaja en su seguridad.
-Nunca me has hablado de tu hermano, ni tampoco de lo que haces exactamente.- Le dije muy bajito.
-Mi hermano Emmett es mucho más grande que yo. Cuando nos veas juntos, sólo dirías que somos hermanos por el color de ojos y el cabello. Por lo demás, él es un trasto muy grande.- Alice sacó una foto.
Su hermano parecía un mastodonte, un oso más bien. Alice le llegaba por su pecho y los dos sonreían en la foto. Sus cabellos eran negros y sus ojos azules como el mar. Realmente si los veías separados nunca dirías que eran hermanos.
-Ésta es la última prenda.- Le dije cuando guardé el último pantalón.- Ya lo tienes todo guardado. Te echaré de menos.
-Y yo a ti.- Alice me abrazó.- Cuando terminé el rodaje de esta película, volveré aquí. Tan solo me voy a Los Ángeles un año y después vendré a Seattle. Rodarán otra película allí.
-¿Vendrás a verme durante el rodaje?- le pregunté como una tonta.
-Claro que sí. No puedo estar mucho tiempo alejada de mi sobrinita y mucho menos de ti.- Alice me abrazó y me dio un fuerte beso en la mejilla.
-Vas a conocer a Edward Cullen.- Le dije después de un rato bajando cajas al camión de mudanzas.
-Sí, aunque a mí no me importa. Dicen que es un hipócrita y un niñato.- Alice dejó una caja en el camión.
-Alice.- Le llamé antes de cerrar la puerta de su ahora vacio apartamento.- Si vas a volver, ¿por qué has vaciado el apartamento?
-Bella, no volveré a vivir en este apartamento.- Alice señaló el pequeño edificio de tres plantas.- Cuando vuelva será para comprarme mi casa, ya que pronto queremos tener nuestros hijos y preferimos una casa a las afueras de Forks.
-Eso está muy bien.- Salté a sus pequeños brazos y las dos dimos saltos y vueltas como tontas.- Me alegro por vosotros.
-Gracias, Bella. Nos vemos pronto.- Alice me dio un último beso en la mejilla.- Recuerda que te queremos.
-Y nosotras a ti y a Jasper.- Cogí a mi niña entre mis brazos y las dos dijimos adiós a nuestros mejores amigos.
-Cuida de la pequeña Cindy.
Aunque yo jamás los hubiese llevado a mi casa, sabía que ella en el fondo estaba enterada de que yo no tenía mucho dinero. Tenía que ser así, ya que antes de irse y sin decirme nada, pagó todas mis deudas. Siempre le estaría agradecida por aquello. Ahora sólo me faltaba esperar para verla y darle las gracias personalmente. También tendría que devolverle todo el dinero que se había gastado con mis facturas.
Seis meses después de la marcha de Alice, mi hija cayó enferma de nuevo por culpa de una caída en el parque. La llevé al centro médico y allí le diagnosticaron que había contraído una septicemia. Eso había afectado de nuevo a su corazón y debería dejarla ingresada seis semanas en el hospital para tratarla.
Intenté llamar a Alice, pero su número no existía. Llamé a Jasper, pero su número tampoco existía. No entendía porque ellos no se habían comunicado conmigo durante esos seis meses y ahora la necesitaba más que nunca.
Caminé pensativa hacía casa. No sabía que iba a hacer. Mi hija necesitaba ser ingresada inmediatamente, así que me dirigí a casa a por el dinero que me quedaba para pagar el apartamento y las facturas. A medio camino me encontré con una chica castaña y ojos grandes. La pobre chica parecía perdida, así que me acerqué hasta ella y le saludé.
-Hola.- Le dije sonriéndole.- Te veo perdida.
-Hola.- La chica se sonrojó.- Bueno la verdad es que soy nueva en este pueblo y ando perdida.
-Mi nombre es Isabella Swan, aunque me llaman Bella.- Le tendí mi mano.
-Hola, yo soy Ángela Webber.- La chica apretó mi mano.- Me mudé hoy a este pueblo y no encuentro mi casa.
-Tal vez si me dices el número de tu apartamento pueda ayudarte, ¿quieres?
-Oh, gracias.- Ángela me tendió un papel.- Pone que es el siete, pero del seis pasa al dieciséis.
-Ya veo.- Me giré hacía las fachadas.- El seis es mi casa. Estos apartamentos son más pequeños. Desde el siete hasta el quince están detrás, esos son más grandes.
Le indiqué que me siguiera a la parte de atrás de los apartamentos y le mostré la acera de enfrente.
-Gracias.- Me dijo cuando ubicó el suyo.- Pásate cuando quieras.
Ángela cruzó y se adentró en su apartamento. Odiaba aquella parte, ya que aquellos apartamentos significaban dinero. Alice vivía en el quince antes de que se fuera y ahora ella vivía en el siete.
Ángela vino a verme al día siguiente. Desde aquella tarde nos hicimos buenas amigas, incluso fue ella la que empezó a cuidar a Cindy desde la marcha de Alice. No era lo mismo, pero Ángela era una buena amiga también. Ella estaba aquí porque su novio Ben trabajaría en la misma empresa maderera que trabajó Jake, aunque él era el director de ventas.
Ángela y yo nos pasábamos las tardes hablando en el hospital. Ella me contó cosas de su vida y yo le conté mi trágica vida. Incluso le conté lo de la enfermedad de mi hija, cosa que a Alice nunca se lo había dicho. No es que no confiara en la pequeña duende, simplemente que si se lo hubiese dicho, sé a ciencia cierta que ella se hubiera hecho cargo de los gastos médicos de Cindy. Y eso nunca me lo hubiera perdonado.
Una tarde, viendo la tele en el hospital, salió Edward Cullen. Desde ese día él era nuestro único tema de conversación. Incluso Ángela me alentó para escribirle una carta.
-Ángela, no puedo hacer eso. A Edward Cullen le importará un pepino mi vida.- Le dije apretando una revista contra mi pecho.
-Bella, sabes que yo no puedo ayudarte.- Ángela ya sabía de mis deudas y mi poco dinero.- Lo haría encantada, pero hasta que yo no encuentre un trabajo me es imposible.
-Nunca acepté la ayuda de Alice y sabes que tampoco aceptaría la tuya.- Le dije algo apenada al recordar a mi antigua amiga.- Además, no creo que él se dignara ni a enviarme un mísero autógrafo.
-Bella, tu hija lleva quince días de tratamiento y tu dinero ya se ha agotado. Mándale una carta contándole tu problema. Él dio dinero al orfanato de Forks.- Ángela se acercó a mí y acarició mi mejilla.
-Él es de aquí.- Le susurré.- Nació en Forks y cuando tenía un año se fue a los Ángeles a vivir.-Arrugué la revista que llevaba entre mis dedos.- Por eso donó al orfanato, porque él fue adoptado de allí por la familia Cullen.
-Sólo escribe.
Así fue como gracias a Ángela decidí escribirle y contarle mi problema.
¿Os gustó? si es así dadle al botoncito verde que no cuesta nada jejeje... el siguiente pov será de Edward. Nos vemos y gracias.
