Capítulo 2

De cómo lidiar con la genética

-1-

Subían los dos santos y los tres pequeños por las escaleras hacia Leo con la mayor desfachatez de la que eran capaces. Las peripecias de la mañana quedaron lentamente en el olvido, siendo un par de finas hebras de paja entretejidas en el cabello azul de Milo, el único vestigio del enfrentamiento a escobazos con la anciana. Aioria le miró de soslayo, sin poder reprimir una risa traviesa.

El trío de chiquillos se había alejado envueltos en una competencia de salto de escalones, y poca atención prestaban a sus mayores que venían detrás. En eso, alguno de los gemelos trastabilló, rodó un par de escalones abajo y permaneció medio segundo tendido boca abajo, inmóvil, sobre el piso. Los santos niñeras aguantaron la respiración. Sin embargo, para su alivio, el chiquillo se puso rápidamente de pie y, como si nada hubiera sucedido, reanudó el juego con los otros dos niños.

Gato y bicho suspiraron.

- ¿Crees que es posible morir de un infarto a los veintisiete años? -preguntó el escorpión tras un largo silencio que ambos usaron para recuperar el aliento.

Aioria guardó silencio. Subió una ceja mientras recapacitaba sobre su situación: tres pequeños sobrinos que cuidar, un par de padres aprehensivos y sobre protectores; y, para empeorarlo todo, un compañero de Orden que se creía capaz de solucionar sus primeros dos problemas.

- Sí, bicho. Sí es posible morir a los veintisiete de un infarto. -aceptó, resignado.

Exhaló, y los dos santos continuaron su camino.

- ¡Tío Aioria! ¡Tío Milo!

Levantaron la mirada sin saber que esperar. Ahí, justo en el borde de la gran explanada que delimitaba el inicio de Leo, los tres niños ondeaban las manos a manera de saludo. Resignados a escuchar cualquiera que fuese la petición de los pequeños, los dos santos terminaron la subida con presteza.

- ¿Qué sucede, enanos? -Milo se rascó la barbilla mientras sus ojos azules recorrían las caras inocentes que ocultaban la traviesa identidad de los niños.

- Eh… tío Milo… -Odusseus dudó, pero sus dos compañeritos le empujaron hacia adelante para que tomase la palabra por ellos.- ¿Podemos ir… ahí?

Aioria y Milo siguieron la ruta que mostraba el dedito del niño y, para su sorpresa, no era exactamente el lugar más esperado.

- ¿A Virgo? -el santo de Leo tragó saliva. Su voz tembló con evidente nerviosismo.- ¿Para qué quieren ir a Virgo?

- A visitar a tío Shaka. -respondió Aléxandros.

- Papá casi nunca nos lleva ahí. -se apresuró a complementar Héktor.

- Y hay una muy buena razón para eso. -Milo no podía quitar los ojos de la lejana imagen de Virgo, de la misma manera en que sus pensamientos se centraban en el santo de la Virgen haciendo que la piel se le enchinara.- Shaka no es exactamente la persona más atenta con los niños. -escupió en un siseo.

Aioria arrugó el ceño, asintiendo al comentario de su amigo escorpión.

- ¡Eso no importa! -exclamó el gemelo mayor. Soltó una carcajada de triunfo.

- ¡Seguro que no le gustan los demás niños, pero nosotros sí! -rió el otro.

El arquerito se limitó a sonreír por lo bajo.

Curioso, habían pensando los dos santos mayores: ¿Shaka detestando a todo crío menos a esos tres? Realmente curioso, sobre todo porque el trío constituía la única presencia infantil de las doce casas. Intercambiaron miradas porque uno sabía lo que pensaba el otro.

Sin querer, Leo y Escorpio también miraron escaleras abajo. Los otros cuatro templos previos a la quinta casa estaban misteriosamente abandonados. ¿Sería que la noticia de la partida de Aioros y Saga había corrido tan rápidamente como para espantarles? O, ¿simple casualidad? No, no. Las casualidades no existían en el Santuario de la diosa Atenea, mucho menos cuando se trataba de la siempre aguda e intuitiva orden dorada. ¿Aguda e intuitiva?...

Con esas ideas en mente, sus miradas volvieron a coincidir, respondiéndose así sus cuestiones.

- Cobardes. -masculló Aioria.

- Vamos, gato. -Milo le tomó del brazo.

- No pensarás…

- ¿Qué más da? Si los llevamos, Shaka nos sacará en una patada. Si nos quedamos en tu templo, entonces tendremos que soportar horas de berrinches y llantos solo para terminar cediendo, llevarlos con Shaka y que nos saque con una patada. ¿Para qué alargar lo inevitable?

Frustrado como se sentía, pero sin poder negarle la razón al bicho, Aioria se pasó la mano por la cara.

Entre los espacios que dejaban sus dedos alcanzó a ver los rostros angelicales e inocentes del trío de diablillos. Los chiquillos le sonrieron y el león dorado supo que estaba perdido.

- Andando. -aceptó mientras el grupo reanudaba la marcha.

-2-

Virgo siempre había sido uno de los templos que más respeto imponía de entre los doce. Fuese por su sobria decoración, por la fuerza espiritual de su guardián o por las implicaciones religiosas que solían manar de él, así era y así siempre había sido. Era, sin embargo, un lugar callado y de reflexión, cuya tranquilidad pocas veces se veía interrumpida por eventos que solo podían ser eran catalogados como "complicaciones mayores."

Pero todas las reglas se rompían ese día.

- ¡Tío Shaka! -el grito de los niños resonó estrepitosamente en el sexto templo.

- ¡Shh! -les reprendió Aioria, casi de inmediato.- Nada de armar un jaleo, ¿sí?

Los niños entrecerraron los ojos y adoptaron la postura furtiva que los dos mayores tenían. Se escabulleron en silencio, cuidando que cada paso no delatara su presencia.

- Tío Milo, ¿por qué caminas de puntitas? -susurró Héktor.

- Para que Shaka no nos escuche. Tshh…

Los gemelos intercambiaron miradas. Pestañaron un par de veces y sonrieron sin terminar de entender los extraños planes que su tío peliazul planteaba. Después se dispusieron a seguir a los dos santos mayores.

Así, los cinco se adentraron con recelo en la sala de Virgo. El silencio era absoluto y ninguna presencia se sentía. Quizás, pensaron con optimismo, el rubio guardián del templo había desaparecido como los de las primeras casas. No podían estar más equivocados.

- ¡Tío Shaka! -exclamó Odusseus.

Ahí, en medio del salón, una escultura en forma de flor de loto irradiaba un aura dorada y cálida. Entonces, en medio de la flor, con sus largos cabellos flotando en medio de aquel cosmos de oro y su blanca túnica meciéndose al ritmo de las pulsaciones de energía, Shaka meditaba. Se veía repleto de paz; su respiración era casi imperceptible y sus ojos permanecían cerrados, como si durmiera.

Sin demasiados preámbulos y cogiendo desprevenidos a sus cuidadores, el pequeño castaño corrió hacia él con entusiasmo, sin embargo se detuvo al verse completamente ignorado por el santo de la Virgen. Confundido, se detuvo justo enfrente de Shaka para contemplarlo detenidamente.

- ¿Tío Shaka? -esta vez susurró.

De nuevo, no hubo contestación. Entonces, cruzó los brazos y frunció el ceño ante semejante falta de respuesta. Los gemelos no tardaron en unírsele e, imitando cada movimiento de su amiguito, se pararon a observar al rubio santo.

- Está dormido. -acotó Aléxandros.

- No, no, niños. Shaka está meditando. -se apresuró a corregirlos el escorpión. Bajó la voz, dispuesto a no incomodar al señor de Virgo.

El trío de pequeños volvió a caer en el silencio, inseguros de cómo tomar las palabras del mayor peliazul. Por fin, tras consultarse intercambiando miradas, contestaron.

- ¡Esta dormido! -corearon.

Aioria y Milo sintieron la súbita alza del cosmos de su compañero de Orden ante semejante comentario. Se erizaron e, irremediablemente, llevaron su mirada hasta Shaka. Cuando uno de los ojos se abrió para observarles de reojo, un escalofrío corrió por sus espaldas.

Aquel ojo inquisidor se fijó después en los críos; pero ellos, indiferentes, ondearon sus manos en un saludo franco a Shaka. Aunque sus rostros irradiaban inocencia, había algo que no terminaba de convencer al hindú.

- ¿Te despertamos? -preguntó Odusseus.

La única respuesta que obtuvo resultó ser una mezcla de ohms y gruñidos que no parecieron incomodar al pequeño castaño. A sus dos compañeros peliazules, sin duda, el gesto no les pasó por alto.

- ¿Estás molesto, tío Shaka? -cuestionó el mayor de los dos.

- ¿Es porque tío gato y tío bicho hacen demasiado ruido? -le igualó el segundo.

- Es porque lo despertamos a mitad de la siesta. -sentenció el arquerito, meneando la cabeza.- Pero es que ya es muy tarde para dormir. ¿Acaso no tienes nada que hacer? Papá siempre dice que los santos dorados están muy ocupados.

- Eso.

- Todos menos tío Kanon. -terció Héktor.

- Tío Kanon es diferente.

- Lo es. Papi dice que intenta conseguirnos una tía.

- Y eso es raro porque tenemos muchos tíos y pocas tías.

- Eso.

Mientras los peliazules hablaban, la cabeza del arquerito iba de uno a otro, prestando atención a cada palabra que mencionaban aunque al final no había entendido nada.

- Yo ya tengo una tía: tía Marin. -sacó el pecho, orgulloso de vencer una vez más a sus compañeritos. Las miradas de los tres niños y de Milo se centraron en Aioria quien tosió, incómodo del escrutinio al que era sometido.- Aunque mi mami dice que tía Marin parece más la mamá de tío Aioria que su novia.

- Eso es raro. -respondió Aléxandros al mismo tiempo que adoptaba una posición reflexiva que Héktor no tardó en imitar.

- Mucho. -terció el segundo gemelo.- ¿Eso no la haría tu… abuelita? -detrás de ellos, Milo se atragantó al intentar ahogar una risa sin ningún éxito. En cambio, el rostro de Aioria se había teñido de rojo.

- ¡No! ¡Solo tengo al abuelito Shion! -el arquerito frunció el cejo.

Pero fue un segundo gruñido el que obligó a los niños a detenerse en su parloteo. Junto a ellos, Shaka había abandonado la posición de loto y ahora caminaba hacia los privados de su templo. Cuando pasó entre los santos de Leo y Escorpio, estos se olvidaron de todas las reacciones que la conversación de los niños había causado en ellos y siguieron con la mirada cada movimiento sin esconder el temor que les infundaba.

- Muy buenas, Shaka. -Milo rió nerviosamente.

El rubio se detuvo justo en medio de los dos y, entonces, abrió amenazadoramente sus ojos turquesas para observarlo de soslayo. Viniendo de cualquier otro par de santos, Shaka podría creerse que la inesperada visita fuera solo eso: una visita. Pero no de Escorpio y Leo.

- Buenos días, Milo. -respondió haciendo galas de los elegantes modales de los cuales se sentía terriblemente orgulloso. -Síganme. - agregó, más a manera de orden que de invitación. - Y no se separen.

Si algo quería evitar con semejante invitación era el tener a un trío de pequeños rondando por los rincones de Virgo y poniendo en peligro las valiosas obras de arte que decoraban el lugar. Y no, Shaka no reparaba en el valor económico de sus posesiones sino que era el aspecto sentimental lo que les hacía irremplazables; por ello, no estaba dispuesto a correr riesgos.

Pero, mientras sus pensamientos eran ocupados por tales menesteres, su atención se disipó momentáneamente en completo contraste con la de sus pequeños invitados quienes encontraron en la enorme estatua de Buda un nuevo entretenimiento durante su estancia en el sexto templo.

Bastó esa fracción de segundo para que, al voltear la mirada de regreso a sus visitas, descubriera a Hektor en la cabeza de Buda mientras Odusseus y Aléxandros luchaban por conseguir la misma hazaña que el otro niño.

- ¡Gané! - celebró el gemelo, completamente ajeno a las miradas incrédulas de los mayores que observaban desde abajo.

Milo y Aioria voltearon al mismo tiempo hacia el santo de la virgen y casi pudieron jurar que el ojo derecho le brincaba ligeramente. Aquello, de ninguna manera podía ser una buena señal.

- Vamos, bicho. - Aioria jaló de la camisa a Milo para prácticamente arrastrarlo a donde estaban los niños. - Buda necesita de nuestra ayuda.

- Si la rompen… - pero antes de que Shaka pudiera pronunciar una sola palabra más, el santo de Escorpio se había encaramado sobre las piernas de la enorme figura barnizada en colores dorados y trepaba en busca de los niños.

Incómodo por semejante atrevimiento, el rubio frunció el ceño y se cruzó de brazos rogando en secreto porque nada le sucediera a su preciado monumento. Pero sus plegarias no serían del todo escuchadas.

- A la cuenta de tres, jalamos. -se volvió a oír la voz de Héktor.

Aléxandros se había posicionado a su lado y, entre ambos, sujetaban a su amigo de las manos. Debajo, Milo comenzaba el camino de subida hasta ellos mientras Aioria rodeó la estatua para pararse a espaldas de los niños. Alzó la mirada y alcanzó a verlos desde donde estaba. Se mantuvo a la expectativa.

- Odusseus, no te muevas. -le dijo el escorpión.

Se estiró todo lo que pudo hasta alcanzarlo y sujetarlo de uno de sus tobillo. Sin embargo, justo en ese momento los gemelos tiraron de él, convirtiendo al pequeño arquero en un resorte humano.

- ¡Tío Milo! ¡Me lastimas! -se quejó el niño.- ¡Suéltame!

El castaño pataleó todo lo pudo hasta que su pie libre se estampó en plena cara del santo de Escorpio quien, al sentir el punzante dolor en su nariz le dejó ir. En un segundo, el caos se apoderó de la situación. Milo cayó de espaldas, terminando sentado en las piernas de Buda. Los niños en cambio, siguiendo la inercia de sus movimientos, se fueron hacia atrás con todo y arquerito. Lo siguiente que Aioria supo fue que había sido aplastado por un trío de chiquillos que se carcajearon ante lo accidentado que resultó el final de su aventura, sobre todo para sus tíos.

- ¡Eso fue de lo más genial! -festejaron al unísono los gemelos.

- Deberíamos intentarlo otra vez. -dijo Odisseus.

- ¡Si!

- No creo que mi espalda pueda soportarlo de nuevo. -se quejó el león. Con cuidado intentó ponerse de pie a pesar de que los niños seguían encima de él sin molestarse en moverse.

- ¡Gato! ¡Gato! Creo que tu sobrino me rompió la nariz. -Milo se cubría la cara ensangrentada con la mano.- Si queda torcida, haré a tu hermano pagar por esto.

- Como digas, bicho. -Aioria cerró los ojos, dispuesto a no caer en discusiones con el único aliado que tenía, aunque ese aliado a veces fuera una carga más que otra cosa.- Solo considera que, si tú hablas, el arquerito seguramente hará lo mismo y ni a Aioros ni a Saga les agradará la idea de que sus hijos hayan sufrido una caída libre desde la cabeza de esa estatua. -apuntó hacia el Buda.

- Pero… -el peliazul llevó su mirada hasta lo alto de la cabeza. Sabiendo que el león tenía la razón, suspiró.

El inconfundible sonido de un tosido capturó su atención de regreso al santo de la Virgen. Éste contemplaba la escena sin dejar en evidencia lo que fuera que atravesara su mente. Lo que único que quedó entrevisto fue la rápida mirada que dio a la escultura que, para fortuna de los santos, no tenía más que un par de manchas que un buen limpiador podía borrar.

- ¿Podemos? -señaló en dirección a los privados de su templo.

Sacudió la cabeza en desaprobación y se perdió en el estrecho pasadizo que llevaba a sus aposentos.

- Pf… -se oyó la risita de uno de los gemelos. Los mayores voltearon hacia Aléxandros.- Y ustedes decían que a tío Shaka no le gustan los niños.

Gato y bicho dejaron caer los hombros. Suspiraron antes de seguir al rubio con los tres niños detrás de ellos.

-3-

Una bolsita de té salió volando hasta estrellarse justo sobre el Bindu de la frente de Shaka. El húmedo saquito resbaló , dejando a su paso un sendero de té de manzanilla que terminaba en la punta de la nariz del hindú.

En un reflejo, Milo y Aioria aguantaron la respiración en espera de la reacción del rubio santo de la Virgen. Pero el súbito silencio que el accidente había ocasionado fue roto rápidamente por las risas infantiles que resonaron sin ningún tipo de pudor. Bicho y gato se encogieron en sus asientos.

- Una servilleta, por favor. -la voz de Shaka sonó suave, fría y tenebrosa.

- Shaka, lo lamento mucho. -Aioria tartamudeó a la vez que ofrecía un pañuelo de papel a su amigo para que se limpiase.- Estoy seguro que no lo hicieron a propósito. Fue un accidente.

Shaka alzó una ceja y uno de sus ojos, usualmente cerrados, se entreabrió para mirar al felino dorado con reproche. Aioria suspiró, avergonzado.

- Está bien. Lo hicieron a propósito. -admitió Milo entre risas nerviosas. Tenía la nariz taponeada y ligeramente inflamada, aunque por fortuna, seguía de una pieza.- Pero ya sabes como son los niños, ¿no? Son traviesos por naturaleza. -cerró los ojos mientras su rostro adquiría un aire de resignación.

- En realidad, viniendo de donde vienen, me sorprende que sean así. -musitó el de Virgo. Terminó de limpiar su cara e hizo lo propio con su túnica que solía ser de un blanco inmaculado.

- ¿Perdón?

- Sí, Aioria. No tuve la oportunidad de conocerle de pequeño, pero me parece que su padre era un tipo mucho más serio y educado. Cualquiera diría que no son hijos de Saga.

Al escuchar el resuello de los dos niños peliazules, los dos tíos de Leo y Escorpio palidecieron. Ambos, con movimientos casi sincronizados, se cubrieron los ojos esperando lo peor. Las consecuencias no tardaron en llegar.

- ¿Mi papi no es mi… papi? -chilló Aléxandros.

- Pero… -intentó hablar Héktor, más un sollozo ahogó sus palabras.

Los gritos y el llanto posteriores no se hicieron esperar.

- ¡No, no, enanos! -intentó consolarles el león, sin ningún éxito.- Tío Shaka habló sin pensar. -sentenció, mirando de soslayo al rubio quien ni siquiera se inmutó.

- ¡Pero dice que no nos parecemos! -lloriqueó el mayor.

- ¿Se han mirado en el espejo? Ambos son idénticos a él. -replicó el escorpión.

- ¡También somos idénticos a tío Kanon!

- Bueno… sí, pero no son sus niños. Son de Saga y punto. -el peliazul se cruzó de brazos mientras un mohín de disgusto matizado con desesperación adornó sus labios.

- Eso no lo sabes. -Aléxandros curvó sus labios hacia abajo, en una mueca de tristeza.- Solo mi papi podría saberlo y como no es mi papi…

- Lo sé y punto. -repitió el aludido.- Además, decir eso sería como asegurar que Odusseus es hijo de tío Gato solo porque se parece a él. -agregó a pesar de que Aioria casi se le había abalanzando encima para hacerle callar. Sus intentos llegaron tarde.

- ¡¿Yo qué? -gritó el pequeño aludido mientras luchaba por refrenar las lágrimas que habían humedecido sus ojos.

- Genial, Milo. Genial. -se quejó Aioria. De inmediato cogió a su sobrino en brazos y secó los gruesos lagrimones que corrían por sus mejillas sonrojadas.- No, Odusseus no creas nada de lo que tío Milo dice. -le dijo.- Tú no puedes ser mi hijo porque… porque… porque si fueras mi niño, tendrías los ojos de tía Marin o los míos y, pues, los tuyos son idénticos a los de tu mami, ¿no?

El instante en que el arquerito tardo en responder se sintió como una eternidad para el santo de Leo, pero cuando el niño toscamente se secó la nariz y sintió con timidez, el mayor se permitió respirar en paz.

- Bien. -suspiró aliviado.

- Entonces… -volvió a escuchar la voz de uno de los gemelos.- ¿Mami tampoco es mi mami? -lloriqueó.

- ¡¿Qué? ¡No! Digo, sí. Su mami es su mami. -parloteó desesperadamente mientras dejaba al arquerito y concentraba su atención de regreso en los gemelos peliazules.

- ¡Pero no nos parecemos nada a mami! -Aléxandros balbuceó entre llantos.

- Están en lo cierto. -complementó el santo de la virgen, bebiendo un sorbo de su té.

- ¡Shaka! -gritaron los otros dos mayores.

-4-

- Esta es la peor misión a la que Shion alguna vez se le ocurrió mandarnos.

Aioros soltó un bostezo y asintió perezosamente ante la declaración de Saga. Llevaban horas ahí, sentados bajo el gran cerezo que decoraba el patio trasero de la residencia Kido en Japón. Los pétalos de un aterciopelado color rosa caían sobre ellos. Algunas de las flores se habían enredado en sus cabellos mientras otras volaban arrastradas por el viento.

- Comienzo a pensar que nos ha tomado el pelo. Esto definitivamente no es lo que esperaba. -acotó el arquero para después soplar una flor que aterrizó en su nariz. Saga lo miró de reojo.- No creo que proteger a la princesa durante las remodelaciones de su mansión sea una misión para un santo dorado. -bufó.

- ¿Tú crees?

- Cállate, Saga. -se quejó de la ironía en la voz de su compañero. Aioros cruzó los brazos para después mirarle de soslayo.

- Eh, tranquilo. Estoy de acuerdo contigo. -dejó escapar una risa apenas perceptible.- Digo, Tatsumi bien podría protegerla de un eventual ataque de alguna alfombra asesina, ¿no?

Aioros le miró por un segundo, completamente sorprendido por la actitud de su amigo. Pestañeó y torció la boca.

- ¿Tú, bromeando? ¿Quién eres y qué hiciste con Saga?

- Qué gracioso te has vuelto. -le aventó un puñado de pétalos.

- No tanto como tú.

Le sacó la lengua y ambos compartieron una sonrisa cómplice. En eso, cuando menos lo esperaba, la cabeza de Saga vibró al sonido de un par de vocecillas que conocía a la perfección.

- ¡Papi! -Saga se respingó.

- ¿Qué les sucede, enanos? -preguntó, sintiendo el cosmos desordenado de los chiquitos.

- Es que… -hubo una pausa que obligó al santo de Géminis a fruncir el semblante.

- ¿Qué sucede, Héktor? ¿Todo bien?

Entonces, hubo otro momento de silencio ante el cual Saga no pudo sino arrugar el ceño.

- ¿Qué pasa? -llevó sus ojos hacia su amigo.

- Los gemelos.

- ¿Los gemelos? -Aioros tomó un posición recelosa.- Dime que el Santuario sigue de pie.

- No lo sé. -Saga le miró, ligeramente ofendido por el tono de sus palabras.- Guarda silencio y déjame averiguar que sucede.

Como se le había pedido, el arquero calló.

- ¿Héktor? ¿Sigues ahí?

- Sí. -respondió el niño con timidez.- Es que…

- ¿Qué? Puedes decirme.

- ¿Es verdad que no eres nuestro papá y que mamá no es nuestra mamá?

Los colores escaparon el rostro del geminiano bajo la mirada aterrada del su compañero de Sagitario a la vez que su cosmos se elevaba a nivel amenazantes. Pero antes de que Aioros pudiera hacer algún tipo de pregunta, Saga había desaparecido en medio de la Otra Dimensión dejándole con los ojos y boca bien abiertos.

-5-

El agujero de color negro se condensó en el salón de Virgo y un geminiano furioso emergió de él. Caminó hacia el grupo con pasos decididos mientras un reflejo dorado centellaba en su vibrante mirada de esmeralda. A su paso, Leo y Escorpio se estremecieron, encogiéndose de hombros pensando que quizás así escaparían de la vista de Saga; en cambio, los gemelos corrieron al encuentro de su padre, montándose en sus brazos de un brinco y colgándose de su cuello.

- Creía que estabas de misión. -Shaka alzó una ceja.

- Estaba, Shaka. Estaba en una misión. -siseó.- Pero parece que aquí hay problemas más graves.

Gato y bicho agacharon la mirada. Sin embargo, completamente indiferente a los gestos atribulados de sus mayores, el pequeño arquero se abrió paso entre ellos hasta llegar a los pies del peliazul mayor, en donde le jaló de la camisa para atraer su atención. La mirada de Saga descendió para posarse en él. No pasó desapercibido para el resto la manera en que su semblante cambiaba al observar al tercer niño.

- ¿Sí?

- Tío Saga, ¿verdad que sí eres el papá de los gemes? -preguntó con inocencia.

Por un momento no hubo más respuesta que una mirada rabiosa que se clavó en el trío de santos de mayores, mirada ante la cual Shaka no atinó sino a torcer la boca en claro gesto de desaprobación de las ideas que surcaban la mente de su compañero de Geminis.

- Sí, lo soy, Odusseus. -respondió, arrastrando las palabras.

Al escuchar la tan esperada respuesta, el pequeño arquero suspiró.

- ¿Y su mami? -dejó escapar la segunda pregunta antes de que Aioria lo jalara contra sí, cubriéndole la boca mientras esbozaba una sonrisa nerviosa.

- Ella es su madre.

- ¿Lo es? -oyó a Aléxandros y asintió, tratando de disimular la rabia que mostraba hacia los mayores.

- Lo es. Y no se atrevan a dudar de ello no importa quien se los diga.

- ¿Seguro? -preguntó el otro gemelo.

- Muy seguro.

- No te habrás confundido de mamá, ¿verdad?

- No, Aléxandros. No hay manera de que me haya confundido de mamá. -no sabía que le enfadaba más: si el tener esa discusión con los niños delante de los demás o el hecho de que, ante aquel cuestionamiento, había pillado una tenue mueca de diversión en el rostro de sus compañeros.

- Bien, porque yo quiero a mi mami. -Héktor acotó, frunciendo el ceño.

- Yo también la quiero. -respondió el otro.

- Sí, sí.

- ¿Tú no la quieres? -y ahí estaba de nuevo: la mueca de burla en la cara de los otros santos. No, no. No pensaba responder a esa pregunta y dejar que los otros se rieran de él. Saga de Géminis nunca expresaba sus sentimientos en público y no comenzaría a hacerlo ahora, ni siquiera por las adorables caras de los gemelos que llevaba en brazos.

- ¿Saben algo? Guardemos silencio un momento que necesito hablar con sus tíos. -volteó hacia los aludidos.- Necesitamos hablar muy seriamente.

Leo y Escorpio tragaron saliva.

- Antes de que digas algo más… -Shaka terció.- Esto no es lo que parece. -meneó la cabeza.

- ¿Y qué es lo que parece? Porque, según lo veo, está muy claro. -dijo el mayor, tratando de guardar los estribos.

- Por Atenea, Saga. Sólo comenté que los gemelos no se comportaban de la manera esperada para un niño cuyo padre seas tú. Debes admitir que son mucho más inquietos. -al oírlo los niños guardaron la cara en el pecho de su padre.- Después surgió el tema de los parecidos, y es muy obvio que nada obtuvieron de su madre. No es muy difícil de notar su extrema similitud contigo. - trató de suavizar la situación, pero al contemplar como el semblante del peliazul se tornaba todavía más serio, si es que aquello era posible, supo que no estaba consiguiendo probar su punto.

- Para empezar, ¡¿cómo podrías saber que yo era un niño tranquilo? -exclamó el gemelo, incapaz de guardarse más sus emociones.- ¡Para cuando tú eras mocoso con capacidad de recordar cosas, yo ya era un adolescente!

- Lo asumo. -Shaka se respingó.

- ¿Asumes? Pues asume esto también, Virgo: Son mis niños y no vuelvas a poner eso en duda… o voy a dejarles demostrarte que lo son. -terminó, casi musitando.

- Mis disculpas. -masculló el otro pensando en que nada afortunado saldría de ello. Lo que menos necesitaba era que tener a un montón de críos en su templo.- Pero no puedes negar que no sé parecen en nada a su madre.

Aioria y Milo se cubrieron la cara con las manos adivinando la reacción que seguía; y es que, esa era del tipo de situaciones en las que una nube repleta de relámpagos solía aparecer sobre la cabeza del geminiano.

- Su madre es su madre, Shaka. Los nueve meses que sufrí el vaivén de sus hormonas lo dejaron muy claro. -entrecerró los ojos.

- Sí, bueno…

- Los gustos de Héktor son los mismos que los de ella, ¿de acuerdo? A él le gustan el chocolate y las fresas, pero a mi solo me gusta el chocolate. Las fresas las sacó de su madre. -prestando atención a las palabras de su papá, Héktor entrecerró los ojos, pensativo, y al caer en cuenta de que era verdad, sacó el pecho orgulloso.- Quizás no se parecen físicamente, pero tienen algunas cualidades, Shaka. ¡Y ni siquiera sé porque demonios te doy explicaciones de esto! -exclamó, furioso, para después torcer la boca con la disposición de no decir nada más.

- No necesito más explicaciones. -dijo el rubio y Saga sintió que la cabeza iba a explotarle en cualquier instante.

Confortados por el cese del ritmo ajetreado de lo que consideran era el final a una tensa conversación, Milo y Aioria dejaron escapar la respiración que llevaban reteniendo por largos minutos. Más aquella aura de tranquilidad no duraría demasiado.

- ¡Ustedes! -dieron un pequeño brinco al darse cuenta que la atención de Saga ahora les pertenecía.- Afuera… ahora. -siseó.

Complemente conscientes de que cualquier intento de huída sería una pérdida de tiempo, ambos se resignaron a abandonar el salón de la sexta casa; y así lo hicieron, arrastrando los pies.

- Enanos, quédense con tío Shaka un momento, ¿sí? Si hace o dice algo que les moleste, tienen mi permiso para desaparecer el juego de té que tanto adora. -Saga se aseguró de que su penetrante mirada verde dejara bien en claro al rubio que no quería más problemas. Acarició los cabellos de sus niños y, al pasar junto al pequeño castaño, hizo lo mismo.- Cuídalos, arquerito.

Orgulloso de la responsabilidad dejada sobre sus hombros, el chico se irguió mientras veía a su tío del tercer templo alejarse tras los pasos de Aioria y Milo.

Desde donde estaban, y con los ojos todavía enrojecidos por el llanto, los gemelos contemplaron a Shaka con recelo. El santo, lejos de ignorarles, les sostuvo la mirada. Al final, los niños le sacaron la lengua haciéndolo respingarse.

Sí, tío Gato y tío Bicho habían tenido razón antes: Virgo no era un buen lugar para cualquier niño.

-6-

- ¿De quién fue la gran idea de traer a los niños a Virgo, brillantes niñeras?

Los dos aludidos miraron hacia donde provenía la voz del gemelo. Sus gestos seguían siendo tan tirantes como al principio, aunque su voz sonaba mucho más fría y distante que antes. El santo de Géminis atravesó el salón, mirando sobre su hombro a la escultura de Buda que se veía al final de corredor. Nunca le había gustado y, ahora, acababa de comprobar que todavía le desagradaba.

- Estoy esperando una respuesta. -Saga había cruzado los brazos sobre su pecho y observaba de uno a otro santo.

- ¿Oficialmente? De Milo. -bufó el león. En el fondo sabía que la estupidez de aceptar semejante idea había sido suya y eso le enfadaba; sin duda comenzaba a pasar demasiado tiempo con el escorpión.

- ¡Oye! Tú estuviste de acuerdo.

- Lo sé. -retiró de un manotazo una mecha de cabello castaño que cayó sobre su frente y que le picó el ojo.- Mi idiotez me impidió detener a la tuya. -Milo le miró con fastidio a causa de ese comentario.

- Me importa poco quien haya sido…

- Eh, decídete. Tú preguntaste, Saga. -le interrumpió el bicho solo para cerrar la boca al reparar en el semblante disgustado de su mayor.

- Decía, antes de que alguien me interrumpiera, que no me interesa ya quien sea el culpable. -continuó hablando con la mandíbula apretada.- Pero les garantizo que va a importarme, y mucho, si esto vuelve a repetirse.

Ninguno de los dos respondió. Mejor era guardar silencio que argumentar cualquier idea que terminarían siendo refutada y usada en su contra.

- Deberíamos volver por los niños. -Aioria susurró tras una larga pausa.

- Antes de que Shaka agote la poco paciencia que le quede. -complementó el de Escorpio.

Ante la falta de respuesta de Saga, así lo hicieron.

Completamente solo, Saga miró hacia el corredor una vez más. La gigantesca estatua le enfadó de nuevo. Entonces, sonrió sardónico mientras el agujero de Otra Dimensión se abría y tragaba lentamente al monumento.

- Mejor así. -se dijo antes de desaparecer de regreso a su misión.

-7-

Cuando Saga regresó a Tokio su humor todavía era tan oscuro como la noche. Rebuscó entre las sombras el lugar donde había dejado al arquero, pero lo único que descubrió fueron unas brillantes luces rojas y azules que provenían del portón principal. El sonido de algunas voces lejanas llegó hasta donde estaba y supo que la curiosidad de saber que sucedía le ganaría la batalla.

Entonces, caminó lentamente en esa dirección, hasta distinguir entre el pequeño grupo de personas que se había reunido en la puerta a su amigo perdido. Se acercó, deteniéndose detrás de él a observar.

- ¿Pasó algo? -le preguntó al descubrir que las luces pertenecían a una ambulancia, a la cual subían a Tatsumi tendido sobre una camilla.

- ¿Recuerdas a la alfombra asesina? -Saga asintió.- Pues fue una cortina y el pobre no pudo defenderse de ella. -el arquero soltó una risa contagiosa.

- En serio, ¿una cortina?

- Sí. Se enredó en ella y estuvo colgando a saber cuanto tiempo. Los paramédicos dicen que probablemente tenga una contusión por golpearse contra las paredes mientras intentaba liberarse, así que… -el arquero subió los hombros.

- Genial. Esto seguramente nos costará más tiempo aquí. -bufó el otro.

Mientras veían la ambulancia alejarse, los dos retomaron el camino hacia el porche que habían convertido en su base de operaciones. Anduvieron en silencio, con nada más que miradas furtivas entre ambos. Sin embargo, aquello no duraría demasiado.

- ¿Siguen vivos? -Saga volteó hacia Aioros quien, a su vez, tampoco podía quitarle la mirada de encima. Cerró los ojos y sacudió la cabeza para indicarle que no comprendía la pregunta.- Milo y Aioria, ¿siguen vivos?

- Ah. Por ahora, sí.

- Menos mal. ¿Qué sucedió?

- Larga y penosa historia, arquero. -se permitió suspirar.- Te la contaré otro día.

- ¿Otro día? No tenemos absolutamente nada que hacer.

- ¿No tenemos nada que hacer? -le miró.- Hubiese sido bueno impedir que ese idiota se rompiera la cabeza rebotando contra las paredes.

Aioros sonrió. Se dejó caer sobre su silla y cruzó los brazos detrás de la nuca.

- Somos santos dorados, no hacemos milagros de todo tipo. -sentenció con una sonrisa.

- Continuará. -

NdA: No me pregunten porque Shaka xDDD Fans del rubio, no me odien, ¿ok? Esto es un solo un intento de fic cómico y de ninguna manera creo que a Shaka le vayan bien los niños :P

A quienes han leído y comentado: ¡Gracias! Damis, Cybe, marinxaioria, Little. rat, SAINT LUNASE, Rose. Nyl , Alfa, beautiful sadness, Sakurita94, sol angel pdl, Tisbe, AngelElisha1 y Suigin Walker, ya saben que sus comentarios son siempre apreciados.

Rose . Nyl: ¡Hola! Déjame decirte que yo tampoco veo a Milo como una niñera responsable. No, no. Y bueno, con lo del cereal, también pensé en hacer a los nenes hiperactivos por un exceso de azúcar, pero quizás más adelante y no ahora. Muchas gracias por leer. ¡Saluditos!

Tisbe: ¡Vaya! A los gemelos les salen mamis por todos lados xDD Con razón los pobres están tan confundidos al respecto u_U ¿O será que Saguis de verdad se confundió de mamá? xDD En fin, seguiré atormentado santitos un rato más y espero que tu sigas disfrutando con ello. ¡Besos!

Suigin Walker: ¡Excelente saludarte también por estos lares! Pues así es, estos peques son el ejemplo de lo que sucede cuando la belleza conoce a la maldad xDDN Nah, son traviesillos nada más :P En cuanto a si los demás tendrán niños, realmente no está contemplado. Por ahora serán solo estos tres y, si el san Santuario sobrevive a ellos, quizás algún día me anime a hacer algo más.

Espero que el capítulo haya sido de su agrado y nos veremos en el siguiente.

Sunrise Spirit