Disclaimer: Harry Potter no me pertenece a mí, sino a la grandísima escritora JK Rowling. Yo no escribo en servilletas, no ando en tren, no vivo en Londres y no paso todo el día en las cafeterías (lo que no quiere decir que no desee hacerlo).

N/A: Aquí les va el segundo, espero les guste, Liinak :) [Editado 18 de Agosto, 2013]

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Black

Capítulo 2: El Prisionero

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El hombre se encontraba en lo más profundo de su pequeña celda, protegido por la poca seguridad que las sombras le proporcionaban. Su cuerpo delgado y demacrado tiritaba ante el frío del ambiente, haciéndose presente en pequeñas nubes de vapor que salían de su boca al respirar. El hombre sonreía. Olvidando la prisión en la que se encontraba. Ignorando las sombras terroríficas que se paseaban de tiempo en tiempo al otro lado de la puerta. Relegando al lugar más profundo de su mente aquella infinita oscuridad que lo rodeaba. Lo había visto. Lo había encontrado. El prisionero podía sentir como sus manos temblaban afirma

Al respirar.

Porque todavía, después de 12 años de la más terrible tortura, él aun respiraba.

Y en sus propias manos estaba el premio a tanta espera.

El hombre se encontraba apoyado contra la fría pared de roca, sus ropas sucias y rotas colgaban de su cuerpo delgado dejando ver la piel gris y demacrada de su cuerpo. Su pelo largo colgaba sobre su rostro tapando sus facciones.

El hombre.

El hombre sonreía. Olvidando la prisión en la que se encontraba. Ignorando las sombras terroríficas que se paseaban de tiempo en tiempo al otro lado de la puerta. Relegando al lugar más profundo de su mente aquella infinita oscuridad que lo rodeaba. Lo había visto. Lo había encontrado. El prisionero podía sentir como sus manos temblaban afirmando el papel que tenía entre sus manos, casi rasgándolo.

El hombre.

El hombre sonreía. Y en las afueras de aquel círculo de celdas, los guardias de la prisión se preguntaban si el prisionero finalmente se había vuelto loco.

El papel que tenía entre sus manos se rasgó y dos pedazos de periódico cayeron al suelo. La foto de una familia partida por la mitad. Una familia y una rata.

La rata.

Su rata.

Y él la mataría. Por matar a su mejor amigo, por condenar a su ahijado.

Él la mataría.

Se escaparía y la mataría.

El prisionero sonrió, y por primera vez en doce años se sintió libre.

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Remus Lupin observó el periódico con un aturdido asombro. La noticia que leía era una repetición, un aviso. En toda literalidad no era más que una advertencia enviada por el Ministerio de la Magia, una advertencia cuasi disfrazada como una noticia. Aun así, a pesar de que ya con anterioridad había procesado la misma información, el hombre-lobo no podía dejar de estar en shock. Su cerebro no dejaba de repetir una y otra vez la misma pregunta: ¿Cómo diablos las cosas habían terminado de esa manera?

Habían pasado ya casi dos años desde que habían declarado muerto al sobrino que nunca llegó a conocer realmente. Y ahora el traidor que había matado a sus padres y que había condenado al pobre pequeño a un vida llena de dolor y hambre tenía el descaro de arrancarse de la prisión más segura del mundo y rondar las calles en busca de venganza. Aquella excusa de ser humano a quien James y Lily habían confiado la seguridad del pequeño bebe, ese idiota que se había hecho llamar padrino

"El Ministerio de Magia confirmó ayer que Sirius Black, tal vez el más malvado recluso que haya al bergado la fortaleza de Azkaban, aún no ha sido capturado. «Estamos haciendo todo lo que está en nuestra mano para volver a apresarlo, y rogamos a la comu nidad mágica que mantenga la calma», ha declarado esta misma mañana el ministro de Magia Corne lius Fudge…"

¿Cómo podía Harry estar muerto y ese subterfugio de mago seguir con vida? ¡No solo eso! ¡No solo vivo, sino que libre también! Vagando las calles en busca de más víctimas.

Remus podía sentir como el lobo se volvía a alzar en su interior. Los ataques de ira se habían vuelto más frecuentes desde aquel fatídico día en que el Director de Hogwarts lo había llamado a su oficina junto al resto de la Orden por primera vez después de muchos años. Era un constante atado de nervios, demasiado peligroso para siquiera salir de su casa no fuera que pusiera en riesgo a alguien más. Ya no había como controlarlo, algo se había roto dentro de él. Aquella barrera que había impuesto ante el lobo durante su juventud ya no existía. La violencia del animal estaba constantemente a su disposición, buscando un modo de salir y expresarse. Remus se encontraba al límite de su propia cordura, había perdido el control y lo sabía, con todos sus cercanos muertos ya no había nada que lo centrará en la realidad, en su propia humanidad.

Dejando El Profeta sobre la mesa. El licántropo gruñó.

Luego aulló.

Por último se levantó y salió de su solitaria cabaña, decidido a encontrar su venganza, a matar al traidor que había destruido su familia.

La voz de Dumbledore resonaba en su cabeza, con dos años de peso en la consciencia: "Los interrogué, sí. Luego de que Hagrid llegó de vuelta gritando que Harry no se encontraba en su casa, que los Dursley desmentían haber conocido jamás a nadie con ese nombre… Fui yo. Fui a hablar con ellos… Era obvio que estaban mintiendo, no necesitaba Legimencia para saberlo. Pero no estaban dispuestos a contestar mis preguntas. La use. Sus mentes se abrieron ante mis ojos y lo que ahí vi…"

Remus siguió avanzando, una mueca asesina en su rostro. Era su culpa. ¡Todo era su maldita culpa! ¡Maldito Black!

"… Lo golpearon. Ese Vernon Dursley, lo golpeó, lo golpeó tanto que lo mató… y se lo llevó hasta Londres para dejar el cadáver en la calle… Esta búsqueda no tiene otro sentido que darle una vana esperanza al Mundo Mágico antes que la trágica verdad de la muerte de su salvador los alcance. No necesitan saber que murió a causa de su propia familia, no necesitan saber que fue maltratado durante toda su infancia, no necesitan sentirse tan culpables como yo me siento respecto a la situación de su vida, y de su muerte."

¡¿Cómo había llegado a eso?! A estar sentado durante años en una mesa en su cabaña, pensando en Harry pero nunca atreviéndose a visitarlo. A imaginarse de lejos que crecía feliz y rodeado de un tipo de amor familiar que él nunca habría sido capaz de otorgarle. ¿Cómo había podido ser tan estúpido? Abandonándolo a su suerte, sin revisar que estuviera bien. Tomando las palabras de consuelo de Dumbledore como si hubieran sido la más bendita verdad: Harry está bien, Remus. Sus tíos están cuidando de él.

¡Ja!

¡¿Cómo podía haber sido tan ciego?!

Pero no más. Nunca más. El lobo estaba suelto y quería venganza. Venganza por la manada que le habían destruido. Por sus compañeros, por su cachorro. Por Harry.

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La vida en las calles nunca había sido tan fácil como lo era en esos días. Durante los últimos dos meses las patrullas y sus policías habían estado enfocados en una búsqueda por cielo, mar y tierra, encaminada a la captura de uno de los prófugos más peligrosos de los últimos tiempos. David y Jack utilizaron el tiempo con sabiduría, retomando el ritmo que habían tenido con anterioridad y cometiendo todos aquellos pequeños robos que habían querido hacer durante los últimos años. La vida avanzaba de manera tranquila.

Aparentemente el fugitivo había huido de una de las prisiones más seguras y misteriosas de Gran Bretaña, y si bien las autoridades llamaban a estar especialmente atentos en Escocia, todos los policías que no se encontraban ya ocupados con casos previos habían sido obligados a trabajar buscándolo. Esto provocaba un hecho increíblemente conveniente: las llamadas a la policía se veían contestadas con horas de espera, dándole a los huérfanos todo el tiempo necesario para huir, y hasta cometer otro atraco.

En aquel preciso momento, David podía ver la cara de su gran salvador en las pantallas de una tienda de electrodoméstico. Su rostro se repetía una y otra vez en cada televisor: pelo largo y oscuro, piel pálida, despiertos ojos grises y una sonrisa desquiciada. Podría haber si el rostro de él, o de cualquiera de sus amigos. Podría ser incluso el rostro que Harry tendría en el futuro si continuaba con su vida en las calles. Era el final de todos, después de todo -al menos que fueran realmente poderosos-, no había una manera infalible de eludir a la ley para siempre.

El joven adulto sacudió la cabeza. A través de la vitrina no podía escuchar las palabras de la presentadora de noticias, pero podía imaginárselas perfectamente. 'Extremadamente peligroso', 'incontables crímenes', 'incontables asesinatos', 'culpable', 'trece personas', 'las autoridades están haciendo todo lo posible por encontrarlo', 'cualquier información llamar a…'. La verdad es que él y todos sus compañeros esperaban que nunca lo atraparan. Que fuera la justicia de los marginales la que reinara finalmente, si resultaba ser un asesino en serie ellos lo sabrían, no habría manera de ocultárselos. Pero los polis y los jueces no sabían nada acerca de la verdad ni acerca de la justicia. No había nada parecido la imparcialidad en su trato con los callejeros. David estaba pronto a cumplir sus veinte años y lamentablemente no estaba invicto con respecto a los procesos de justica de la gran Inglaterra. Hacía tres meses que había salido del sistema y se había reunido con su hermano pequeño, y si bien había sido una buena vida hasta el punto en que lo habían encerrado, por primera vez en todos sus años de vivir en la calle había decidido que no era exactamente el mejor camino de todos. Era un buen camino. Pero Harry se merecía mejor. Era demasiado inteligente, demasiado fuerte y demasiado talentosos para quedarse para siempre en el refugio, cometiendo robos pequeños para vivir y tocando la armónica hasta altas horas de la noche.

En la vitrina, el reflejo del joven y la figura del prófugo se mezclaban. David sonrió. De su espalda colgaba una maleta dura con una forma especial. Era el último robo que había logrado llevar a cabo por el día y el peso se sentía reconfortante contra su espalda. Jacky la adoraría. Sabía que el muchacho, ahora de trece años, aprendería rápido a usarla, como lo hacía con todos los instrumentos que había llegado a tener en las manos. Pero ahora tendría uno suyo, uno que tal vez le permitiría hacer más dinero que aquella vieja armónica que había conseguido algunos años atrás.

Con un gesto solemne, David saludó a la figura de Sirius Black y siguió su camino.

La pregunta se había levantado en distintas discusiones entre su grupo de amigos: ¿Era Sirius Black realmente un asesino en serie? David no lo creía, casi nadie lo creía. La repartición de policías a lo largo del país y el misterio que envolvía aquella prisión en la cual lo habían tenido. Era demasiado movimiento político para un solo asesino. Con ningún tipo de homicida se había llevado a cabo tal tipo de extensión anteriormente. La situación era especial. La cantidad de polis, los movimientos diplomáticos, la cantidad de espacio en los noticieros y los avisos de emergencia constantes en la programación normal. Era una exageración. Era una mentira.

Mientras caminaba, David sacudió la cabeza ante la asombrosa estupidez que presentaba el público común. ¿Cómo podían ser tan ciegos? La situación era, por lo menos, sospechosa. ¿Realmente no encontraban ninguna razón para dudar lo que les decía el gobierno?

¿O era acaso netamente solidaridad marginal?

¿Podía estar defendiendo a un asesino solo debido a sus propias experiencias dentro del sistema?

David no se consideraba una persona estúpida. Y a pesar de haber abandonado el colegio a los catorce años, todo el mundo consideraba que tenía una buena cabeza sobre los hombros. Podía escribir, leer, de hecho le encantaba leer. Y eso había permitido que desarrollara una excelente habilidad de analizar las situaciones en profundidad, algo que –consideraba el joven– mucha gente debería aprender para sobrellevar el día a día.

Quizás no había manera de saber la verdad acerca de Black sin conocer al hombre mismo. Y eso era algo que probablemente nunca sucedería, su curiosidad acerca de este extraño rostro tendría que quedar insatisfecha.

En el entretanto, todavía tenía una belleza de guitarra que entregarle a Harry.

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Una gruesa capa de polvo cubría el suelo y los pocos muebles que adornaban aquella desahuciada casa. Estaba claro que nadie había estado ahí por años, pero había algunas extrañas marcas en los muebles y el suelo que sugerían que tiempo atrás una bestia había alojado en aquel lugar. El hombre entró con pesados pasos, sus roídos zapatos dejando marcas distintivas en la suciedad del lugar. Era una curiosa figura, este hombre, pues si bien en su mano derecha llevaba una varita como cualquier otro mago, en su mano izquierda llevaba firmemente tomada la pierna de un niño inconsciente al cual arrastraba metódicamente a través de lo que alguna vez había sido una sala de estar.

Estaba claro que aquel muchacho no estaba muerto, su leve respiración y sus sonrosadas mejillas podían atestiguar a ello. Pero su inmovilidad y su inoportuno sueño parecían declamar que algún tipo de hechicería había sido cometida. El hombre no parecía tener ningún tipo de aprensión con respecto a sus acciones, y es que este hombre no era cualquier mago. Él era, después de todo, el prófugo número uno de del mundo mágico. Él era el infame Sirius Black. ¿En qué mundo tal asesino en serie podría mostrar reparos ante la acción de maldecir a un niño?

No en aquel, eso estaba claro.

Black se sentó en el suelo, algo alejado del cuerpo del muchacho, y apoyó su espalda contra la pared. Se sentía agotado, desprovisto de cualquier energía. Aunque lo hubiera intentado, el ex-prisionero no habría podido gritar, llorar o golpear la pared hasta que sus puños sangraran. Por mucho que su mente le gritaba que todo aquello era la reacción que se esperaba de él ante tal noticia, el mago no se podía el cuerpo ni el alma y era incapaz de moverse. Sus ojos miraban levemente hacia arriba, sin enfocarse en objeto alguno. Dos orbes grises y vacíos. No había lágrimas en ellos, solo la sensación de derrota.

Estaba muerto.

No, no el niño que yacía sobre el suelo.

Harry.

Harry estaba muerto. El muchacho pelirrojo se lo había dicho. Y el muchacho no había estado mintiendo, no podía mentir. Black sabía que le era imposible en tal estado de pánico absoluto.

Y no solo eso.

Sino que llevaba muerto varios años.

Bajo circunstancias dudosas y poco claras.

¡¿Qué diablos había sucedido?!

Black bajó la cabeza y la apoyó en su pecho. Su pelo negro le cubría el rostro, aumentando la cantidad de sobras que envolvían sus facciones. Sus ojos desaparecieron en la oscuridad. El hombre se mantuvo en silencio.

Desde que había sido encarcelado por la muerte de Peter y aquellos trece muggles, nada había tenido mucho sentido en la vida de Sirius Black. Pero su sobrino siempre había sido aquel soporte que lo había mantenido medianamente cuerdo dentro de aquella esquizofrénica prisión. Si había salido de aquel lugar, había sido para matar a la rata y así limpiar su nombre, para poder vivir con su ahijado y enseñarle todas aquellas cosas que James nunca tuvo la oportunidad.

Pero aquel sueño estaba ahora destruido.

No había sido más que una ilusión imposible de cumplir.

¿Acaso se merecía el derecho de criar a Harry? ¿Luego de haberse lanzado en caza del traidor y no haber ido directamente a reclamar la tuición del hijo de su mejor amigo? Era su propia culpa y no había nada que pudiera hacer al respecto. Estaba en el infierno mismo, solo, desdichado. Y culpable. Era más culpable de lo que jamás había sido estando encerrado en Azkaban.

El mago escondió su rostro entre sus manos y ahogó un sollozo.

Ya nada tenía sentido.

No quedaba nadie.

Lupin y Dumbledore. El resto de la Orden lo creían culpable. Ni siquiera le habían dado un juicio en el cual limpiar su nombre. Nadie le había preguntado por su lado de la historia. Había sido juzgado culpable, un mortifago. Otro Black a favor de un mago oscuro. Su apellido lo había condenado para siempre.

No le quedaba nadie.

Estaba solo en la oscuridad. Y poco a poco podía sentir como la cordura que había podido recuperar fuera de la prisión comenzaba nuevamente a ser invadida por retazos de locura. Sacudió la cabeza y con un sonoro THUD la golpeó contra la pared a su espalda. Era un tratamiento burdo contra la enajenación que comenzaba a invadirlo, pero un tratamiento eficaz.

Con una mueca la golpeó nuevamente.

El mundo a su alrededor volvió a enfocarse. Y a través de sus cabellos sucios pudo ver como la figura del joven mago comenzaba a desperezarse, finalmente despertando de su siesta. Sirius Black movió su varita y susurro un par de palabras. Un rayo de luz rojo se estrelló contra el niño. Su cuerpo nuevamente yacía inmóvil, Black sabía que no se despertaría por varias horas más.

Con esfuerzo, Black se levantó. Hundió su mano en el bolsillo izquierdo y saco una pequeña rata congelada. La colocó en el suelo y llevó a cabo el hechizo de re-transfiguración. Poco a poco la silueta de la rata pasó a ser la silueta de un hombre. Y Sirius sonrió la sonrisa de un asesino.

Avada Kedavra.

No hubo un cambio evidente en la figura.

Pero el prófugo sabía que la rata estaba muerta.

El problema recaía en que James, Lily y Hary estaban muertos también.

Y él era demasiado cobarde para quitarse su propia vida.

Con un último vistazo a los dos cuerpos, Sirius Black abandonó la Casa de los Gritos, transformándose en un perro negro justo antes de dejar el edificio. En las calles de Hogsmeade, el gran perro negro se escurrió en uno de los callejones y -transformándose nuevamente en humano- desapareció de la villa.

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El Profeta

Artículo especial: 20 de enero, 1994.

"Después de un silencio de más de dos meses, el Ministerio de Magia finalmente confirmó la identidad del cuerpo encontrado en la Casa de los Gritos el pasado mes"

Ronald Weasley, estudiantes de tercer año de la casa de Gryffindor, fue secuestrado hace aproximadamente un mes atrás por el infame Sirius Black. Según la investigación llevada a cabo por la división de seguridad del Ministerio, el estudiante de Hogwarts habría sido llevado por el prófugo a la Casa de los Gritos, lugar en el cual el joven Weasley habría despertado un día después con la sola compañía de un cadáver cuya identidad el Ministerio había mantenido bajo llave hasta ahora.

En un extraño giro de acontecimientos, el cuerpo pertenece al mago Peter Pettigrew, quien habría sido declarado muerto más de una década atrás a pesar de que los exámenes mágico-forenses habrían confirmado que el cuerpo ni siquiera había entrado en la primera etapa de descomposición al ser encontrado.

El Ministro no ha querido dar más información con respecto al tema, pero al interrogar a la vocera del Departamento de Aplicación de la Ley Mágica, se ha aclarado que el caso que involucra a Black y Pettigrew ha sido reabierto. Con esto se espera inspeccionar tanto los datos compilados como las acciones que el Ministerio llevó a cabo 12 años atrás con respecto a éste, ya que se ha develado que Sirius Black fue apresado sin la oportunidad de un juicio ante un tribunal mágico.

Estos hechos ponen al Ministro Fudge y a Bartemius Crouch –Jefe del Departamento cuando Sirius Black fue condenado- en serios problemas, ya que traen al ojo público errores que podrían que haber causado el encierro injustificado de una persona inocente en la temible prisión de Azkaban.

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Leer una historia, disfrutarla y no dejar un review es muy parecido a entrar a un restaurant, comer y no pagar la cuenta! – Atte, Liinak

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